Si quieren ir descargándose de la mule los temas que van a convertirse en
la banda sonora del baile de fin de fic, dentro de dos capítulos, se lo
agradecería mucho, Así podrán ambientarse sonoramente mientras lean esas
emotivas escenas. Son:
"As the world falls down", "Within you" y "Underground", de David Bowie, las tres en la BSO de "Labyrinth".
"You and me", de Julie Andrews; del musical o la película "Victor Victoria".
"I migliori anni della nostra vita", de Renato Zero
Gracias. Merecerá la pena (I hope so).
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Harry se despertó, sobresaltado, cuando una lechuza entró en su habitación. Llevaba un mensaje de Dumbledore. Lo desplegó dificultosamente, pues tenía los dedos entumecidos y los ojos llenos de legañas.
"Te estamos esperando para desayunar. ¡Date prisa!"
Apenas acababa de amanecer: el aire que entraba por la ventana era frío aún. Se vistió con lo primero que encontró, resintiendo en su cabeza ecos los excesos alcohólicos de la noche anterior, y bajó hasta el gran comedor, donde le estaban esperando Dumbledore, Snape y Koreander en la mesa de los profesores. No había nadie más en toda la gran sala.
-Buenos días- masculló.
-¡Buenos días, Harry! Le he pedido a nuestros cocineros que preparen un desayuno tropical en honor a vuestro viaje. ¿Te apetece piña?
Koreander degustaba un gran zumo de papaya y Snape cortaba diminutos trozos de kiwi. A Harry todo aquello le parecía una de las situaciones más surrealistas que había visto en su vida. Se sentó, y se sirvió una gran copa de leche de coco, mientras miraba de reojo a Severus, sorprendiéndose al comprobar la perfección de sus rasgos. Pero este no desviaba la vista de su plato, ocupado en quién sabe qué pensamientos. Además, se le notaba un sutil aire de resaca.
Dumbledore no dejaba de intentar animar la conversación, pero sólo Koreander, que engullía con fruición unas costillas en salsa, le respondía de vez en cuando. Harry se dio cuenta de que la bebida de coco y los trozos de piña le estaban sentando muy bien a su dolor de cabeza, despejándole por completo ¿estarían embrujados por Dumbledore?
-Bueno, creo que es el momento de explicarles a Harry y a Severus en qué consiste esta misión. Os lo hubiera querido explicar ayer, pero no quise... molestaros.
Harry enrojeció como la grana, pero Snape puso una cara de extrañeza, como si no supiera a qué se refería el director. Entonces Dumbledore hizo aparecer un gran mapa, que se desplegó ante los ojos de los cuatro.
-Esta es la islita de Sobsel. Es una de esas formaciones coralinas tan frecuentes en el pacífico, y está relativamente aislada. Pero de un tiempo a esta parte venimos observando cómo se produce una especie de sobrecarga... de sobrecarga mágica. Profesora Koreander, ¿le importaría continuar?
-Hemos detectado que en la isla se están acumulando grandes cantidades de taumatita. Como sabéis, se trata del único mineral de la naturaleza que contiene partículas de magia natural, pero es tan escaso que sólo se han conseguido algunas muestras de interés y están todas en museos. Es sumamente anormal que se haya producido esta concentración tan excesiva en un lugar tan pequeño, es como si... como si las rocas se hubieran estado desplazando bajo la tierra.
-Iréis a la isla para analizar qué es lo que está sucediendo allí. Llevaréis todo el equipo de geomancia, y usareis este traslador- Dumbledore sacó un pequeño patito de goma.
Harry pensó que el director quizá sí estuviera realmente loco, después de todo.
..oooOOOooo...
Ya habían terminado de desayunar. Dumbledore se despidió de los viajeros tras desearles buena suerte, y se fue. Pero Harry creyó captar una mirada de triste advertencia dirigida a él. Snape, Koreander y él se levantaron de la mesa.
-Tengo que lavarme los dientes- explicó Koreander,- no me gusta hacerlo con magia. Donde esté un buen cepillo de cerdas duras... Quedamos en el aula de geomancia dentro de quince minutos, planta sexta.
Harry y Severus se quedaron solos, en medio del comedor desierto. Severus seguía consultando el mapa. Harry no sabía qué cosas pasaban por la cabeza de su antiguo profesor, encontraba su actitud hermética y silenciosa muy extraña. Aún no había dicho ni una palabra.
-Oye, Severus...
Snape se volvió, muy sorprendido de que lo tuteara.
-¿Cómo te atreves a llamarme por mi nombre, Potter?
-Bueno, la primera razón es que ya no soy tu alumno, la segunda es que somos compañeros en esta misión, y la tercera es que conozco hasta el último lunar de tu piel.
Harry advirtió el gesto de sorpresa y de terror de Severus.
-¿Quieres decir que realmente ocurrió?
Los grandes ojos de Harry, mirando directamente al centro de las oscuras pupilas de Severus, no dejaban lugar a dudas. Snape pareció marearse, palideció aún más, y se sentó.
-No puede ser, no puede ser...- susurraba Snape, hundiendo la cabeza en sus manos.
Harry se sentía triste al ver la desesperación del profesor. Intentó explicarle.
-Fuimos a una taberna, en el callejón Knokturn, volando en la alfombra mágica de tu hermana. Y allí me diste a beber una cosa llamada "sangre de hadas"...
Severus estaba dándose cuenta a demasiada velocidad de que lo que él había tomado por una fantasía inofensiva habían sido hechos de lo más tangibles. Nunca iba a perdonarle a Sione que no le hubiera controlado. Claro, que ya era mayorcito. Pero debía de estar loco. La cabeza le dolía como si la hubiera utilizado como tambor la banda municipal de Ankh-Morpork. Levantó la cabeza y miró a Harry.
-¿Alguien más lo sabe?
-Bueno, imagino que Dumbledore... ¿recuerdas que anoche fue a visitarte?
-No, he venido porque esta mañana recibí una lechuza convocándome. Pero espera un momento, ¿dices que anoche Dumbledore vino a visitarme? ¿y tú estabas allí?
-Me escondiste, pero creo que él se da cuenta de todo.
La memoria de Snape fue reconstruyendo la realidad. El muchacho podía estar tomándole el pelo, pero ¿se correspondería eso tan fielmente con su sueño? Necesitaba comprobarlo Levantó la varita e hizo aparecer un pensadero; con mucho cuidado, desligó unas cuatas hebras plateadas de su cabeza y las arrojó en él. Con otro golpe de varita, murmuró "visio". Entonces, de repente, unos diminutos Harry y Snape aparecieron en medio de la mesa, frotándose con lujuria, entrelazados en un abrazo de carne húmeda, buscándose como animales. Snape, durante unos minutos, no pudo reaccionar; sólo miraba fascinado y aterrado la escena que se desarrollaba ante sus ojos. Harry no pudo evitar excitarse terriblemente ante la visión de su propio cuerpo ofreciéndose a un Snape sonriente y lujurioso. Pero justo en el momento en el que el Snape pequeñito se disponía a atravesar al Harry intangible, el Snape del presente detuvo la visualización con su varita, lívido y tembloroso.
Harry, fingiendo toda la calma del mundo, y cogiendo el patito de goma que estaba sobre la mesa, dijo:
-Bueno, creo que ya es el momento de acudir a la clase de geomancia, sexta planta. Tenemos que irnos al pacífico.
..oooOOOooo...
La clase de geomancia era un taller lleno de martillitos, balanzas y trozos de piedras aparentemente vulgares. Pero ya se sabe que en Hogwarths nada es exactamente lo que pueda parecer. La profesora Koreander, que ya les estaba esperando cuando llegaron, le dio una caja a Harry y otra a Snape, que contenía cosas que podrían serles útiles en la isla.
-Sin embargo os advierto de que es un lugar profundamente distorsionado por un intensísimo campo mágico-, explicó lentamente.- Será mejor que nunca nos separemos y que estemos muy atentos de lo que les pasa a los otros. En cuanto lleguemos, antes de generar un campo de protección mágica, sería conveniente medir las cantidades y los tipos de energía liberada.
Harry y Snape se mostraron de acuerdo. Evitaban mirarse. Snape sólo quería que todo aquello se acabara cuanto antes para poder pensar sin tener cerca al pequeño Gryffindor, y Harry intentaba evitar a toda costa mirar los finos labios de Severus, porque la tentación de besarlos, ahora que conocía los matices de su sabor, era demasiado grande.
-Una cosa más, Severus... donde vamos hay cuarenta grados a la sombra. Yo de tí me quitaría esa capa.
Harry se estremeció al contemplar los elegantes movimientos de Severus al despojarse de su vestimenta. Le traía muchos recuerdos.
Los tres se agarraron al patito de goma, y unos segundos más tarde estaban en una cálida playa de arena.
..oooOOOooo...
Cho se despertó con sensación de frío. Se le había caído la manta mientras dormía. Acababa de amanecer, y se oía el canto de los primeros pájaros. Cho sentía sus ojos hinchados y enrojecidos por haber estado llorando demasiado, y tuvo la tentación de volver a arrebujarse en sus mantas y seguir llorando, hasta que fuera la hora del desayuno, cuando un gran tazón de chocolate caliente la haría sentir un poco menos mal. Sin embargo, estaba empezando a recordar una interesante conversación que había tenido con Hermione Granger... y su cabeza se puso a funcionar, hasta que tuvo una idea.
Aunque todo el mundo dormía en Ravenclaw, se levantó, animada por primera vez en varias semanas, y corrió a lavarse la cara. Necesitaba verse otra vez guapa. Y además, tenía muchas cosas que hacer.
Sólo quedaban tres días para el baile del equinoccio de primavera. Y ella pensaba acudir con pareja.
..oooOOOooo...
Hacía muchísimo calor. Los tres notaron el brusco cambio térmico e intentaron adaptarse a él. Koreander sacó algunos instrumentos y efectuó varias mediciones. Mientras tanto, Snape esperaba en silencio. Harry se abanicaba con una gran hoja de palma.
La playa era de arena muy fina, que parecía estar cambiando de color por sectores, pero de manera tan lenta que era difícil distinguirlo. Había una preciosa playa de aguas transparentes y rizadas, y una fila de altas palmeras.
-Parece que no será necesaria una pantalla protectora, por el momento. Vamos a efectuar diferentes mediciones para localizar el centro exacto del fenómeno.
Koreander les dio a cada uno una especie de cajita que tenía una pantalla líquida, en la que unos pececitos, que parecían vivos, nadaban en su interior.
-Estos peces son hipersensibles a la magia; más allá de cierta intensidad se desmayan. Veis que tenemos tres colores de peces: los amarillos son los más débiles, los plateados aguantan un poco más, y los verdes sólo dejarían de coletear en la trayectoria de un hechizo de Dumbledore. Así que tomad este mapa de la isla, y señalemos, en cada punto, cual es la intensidad mágica.
-Pero usted dijo que no debíamos separarnos.
-No nos separaremos. Haremos cada medición tres veces para estar seguros de los resultados. Lo sabrías si te hubieras inscrito en mi clase.
Entonces, Koreander y Snape, como si fuera lo más normal del mundo, se quitaron toda la ropa y se quedaron en la más absoluta desnudez. Harry se asombró del aspecto atlético que tenía el cuerpo de la profesora, que parecía haber hecho muchas horas de gimnasio en su vida. A Severus no se atrevía ni a mirarlo.
-Harry, vamos a cubrirnos de una pantalla hidratante que impedirá que nos quememos o deshidratemos con este calor. Pero es muy molesto llevar ropa al mismo tiempo, porque la pantalla es un poco húmeda.
Harry asintió con la cabeza, asombrado, y se quitó la ropa. Después de tantas aventuras, creía estar preparado para cualquier cosa, pero la verdad era que había situaciones que lo superaban. Hallarse en una playa del pacífico que no paraba de cambiar de color junto con dos profesores desnudos era una de ellas, especialmente si el profesor era precisamente Snape. Claro que lo más extraño de todo era haberse enamorado de Snape, en realidad. ¿Enamorado? Harry se sorprendió a sí mismo. Nunca le había dado nombre a ese sentimiento de atracción. Koreander convocó la pantalla protectora, que era una especie de nube agradablemente fresca y un poco aceitosa, pero invisible por completo.
Snape, Koreander y Harry recorrieron la costa, que se les acabó en seguida por tratarse de una isla muy pequeña, haciendo mediciones. No encontraron nada llamativo, así que decidieron adentrarse en el centro, donde parecía haber una pequeña montaña.
-No parece un volcán en activo, explicó Koreander, pero nunca se sabe. Por favor, estad atentos a la mínima señal.
Harry asintió, y Snape también. ¿Qué estaría pensando? Harry se hacía todo tipo de hipótesis en su cabeza. Snape no le miraba nunca, y parecía arrepentido de sus actos nocturnos, pero mientras estaban sucediendo Harry sintió una sinceridad en la piel y en los brazos del profesor que nunca antes había encontrado en ninguna persona.
Se adentraron entre las extrañas palmeras, y Harry se situó el último del grupo para, por lo menos, poder admirar a su antojo el cuerpo de Severus mientras caminaban, el gesto enérgico y poderoso de sus brazos apartando las ramas, cada pequeña tensión de su espalda y sus hombros, el ritmo de sus pasos marcado en sus glúteos. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que si continuaba con ese juego iba a quedar muy pronto en evidencia, ya que no llevaba pantalones, ni siquiera una hojita de parra.
La selva era cada vez más densa, y pronto tuvieron que convocar una protección también contra los insectos y los pequeños animales.
-Mirad esto- dijo Koreander, mostrándoles una especie de rata. Tenía cola de pez, y agitaba sus diminutas patitas atrofiadas mientras chillaba muy desagradablemente.
Severus levantó su aparato de medición. Los peces plateados ya estaban como dormidos, lo que significaba que se estaban adentrando en un campo mágico de especial fuerza.
-La intensidad taumatúrgica está haciendo mutar todo por aquí-, señaló Koreander, indicándoles las palmeras sobre sus cabezas. Los frutos no eran cocos ni bananas, sino gigantescos pulpos verdosos que tenían muchos más brazos de lo habitual, moviéndose todos a la vez. Dejaron caer una especie de fruto gelatinoso: era una de las cosas más repugnantes que Harry había visto nunca.
-Será mejor que andemos con cuidado.
...oooOOOooo...
Hermione Granger se despertó en brazos de Ron Weasley. Ya eran más de las once, el sol estaba alto en el cielo, y Hermione sintió los brazos de Ron atrayéndola, aún en sueños.
-Ron, tenemos que levantarnos o todo el mundo se dará cuenta...
Pero Ron, con los ojos cerrados, la apretó contra sí, marcando su vientre contra los muslos de la chica. Estaban en el despachito de prefecto de Ron, donde habían hecho aparecer una pequeña cama cuando regresaron de Hogsmeade la noche anterior. No era la primera vez que estaban juntos, pero había sido de las mejores. Ron emitía gruñidos de placer mientras sacudía su cuerpo ya erecto contra el de Hermione, que se reía en voz baja.
-Eres insaciable, Weasley, ahora entiendo por qué sois tantos hermanos en tu familia...
El pelirrojo ya se había despertado, y exploraba con sus largas manos los alrededores de los pezones de su novia, mientras le susurraba palabras privadas detrás de las orejas. Sabía que lo importante para Hermione era la estimulación sonora: nunca tuvo mucha resistencia a los halagos. Sin dejar de piropearla en susurros, arrojó las sábanas al suelo, y admiró el cuerpo desnudo de su amante en todo su esplendor. Lo que más le gustaba es que no tenía ni una sola peca, porque él venía de una familia donde eso era imposible.
-Eres tan blanca... eres resplandeciente como un astro-, iba diciendo Ron mientras amasaba las caderas de su amante, a punto de introducirle un dedo juguetón que se hacía esperar. Hermione estaba más excitada con cada palabra.
Entonces Ron no pudo aguantar más, e hizo aparecer un preservativo sobre su miembro rugiente. Hermione se abrió por completo para dejarle hundirse en ella, y gemía con cada embestida. Sentía como si Ron la estuviera transportando al centro de sí misma, la estuviera elevando a un territorio de placer multidimensional, corpóreo. Era tan diferente a tocarse ella sola...
Entonces se le ocurrió un juego. Con un golpe de varita, hizo aparecer una araña cerca de su pezón izquierdo, y luego otra, que se desparramaron por su cuerpo. Ron se asustó en un primer momento, pero al ver cómo Hermione disfrutaba de esas caricias minúsculas que le correteaban por el torso y por el vientre, se dejó llevar. Las arañas cada vez eran más y más rápidas, y algunas incluso trepaban por el cuerpo de Ron, cuya sensación inicial de repugnancia y miedo se mezclaba con el placer, tensando sus expectativas, y las sensaciones contrastadas provocaron que la mente del pelirrojo se desatara totalmente, percutiendo de manera brutal a su amiga, que rugía de placer mientras diminutas patas rozaban enloquecedoramente cada centímetro de su piel. Ron, cada vez más encendido por ver a su novia disfrutar tanto de un contacto con el animal que el más odiaba, redobló sus impulsos y llevó a Hermione a un placer doble, que parecía no terminarse nunca...
Cuando los dos hubieron dejado escapar todo el aire de sus pulmones, al llegar el final de su abrazo, Hermione hizo desaparecer las arañas y se abrazaron con ternura. De vez en cuando se oían pasos en el pasillo de los prefectos, pero esperaban que nadie les hubiera oído a ellos. Conociéndola, parecía imposible que Hermione estuviera quebrantando las reglas de una manera tan alocada. Pero después de todo, el nuevo vigilante nocturno era su mejor amigo, ¿no?
Al rato, la responsable Granger se levantó, y salió por la ventana con su escoba para ir a ducharse a su casa. Ron aprovechó para quedarse un rato más remoloneando entre las sábanas. Pero no pudo permanecer en ellas mucho tiempo, porque a los diez minutos Hermione volvió a entrar por la ventana de la habitación, visiblemente nerviosa:
-¡Nos han robado la poción "ardentus"!
...oooOOOooo...
Caminar por el interior de la isla estaba resultando ser mucho más lento y penoso que por la playa. No avanzaban mucho, y ya casi estaba cayendo la noche; sólo se habían detenido una vez para comer y estaban exhaustos. Además, el centro de la isla parecía estar mucho más lejos de lo que parecía.
-Bueno, creo que podemos establecer aquí un campamento-, dijo Koreander.
La realidad a su alrededor estaba, más que transformada, enloquecida. Había grandes mosquitos con piel de plátano que golpeaban sin cesar la burbuja protectora, una especie de monos con una concha a la espalda y triple fila de dientes, arañas de más de cuarenta patas que hubieran sido la delicia de Ron. Habían visto, incluso, un papagayo amarillo del tamaño de un avión.
Koreander encendió una hoguera, y sacó de una lata impermeabilizada contra la magia un par de cosas para cenar.
-¿Por qué no volvemos a Hogwarths, regresamos mañana, y vamos directamente al volcán?- dijo Snape, molesto por el calor.
-Sería peligroso utilizar el traslador en este lugar-, les explicó-, podría suceder cualquier cosa. No creo que debamos usar más magia que la estrictamente necesaria para mantener el campo de protección energética. Recomiendo que durmamos en dos turnos de seis horas. A mí no me importa hacer sola la primera guardia.
El tono de voz de Koreander no daba mucho lugar a réplica, así que después de cenar algo Snape y Harry levantaron sin magia la tienda de campaña donde les correspondía dormir durante la guardia de Koreander, que se quedó cerca del fuego a pesar del calor, con un libro sobre "Alteraciones en el plasma geotéctónico".
Una vez dentro, y como no tenían ropa que quitarse puesto que estaban completamente desnudos, se tendieron en las delgadas colchonetas muggle. Había ya muy poca luz, y Harry admiraba los contornos afilados y fibrosos de Severus en la penumbra. Entonces, de repente, este habló.
-Potter- susurró Snape en un tono muy bajo, para no ser oído desde fuera- he estado pensando en lo que pasó anoche, y quiero pedirle disculpas. No debería haberle emborrachado. Sólo quería reírme un rato de usted, pero parece que luego caí en mi propia trampa.
-Pero tú no me obligaste, Severus, yo quería...
-No diga usted insensateces. No tiene aún ni edad ni criterio para saber lo que le conviene, ni siquiera qué es lo que realmente desea. Cualquiera puede experimentar sensaciones... digamos agradables... casi con cualquiera, si la ocasión se presenta. Eso no significa nada. Por lo que a mí, respecta, pienso destruir ese recuerdo en cuanto regresemos a Hogwarts, y le recomiendo que haga lo mismo. Buenas noches.
Severus no le había mirado ni un segundo mientras hablaba. Harry se hizo un ovillo en su cama, pero tenía el cuerpo de Snape demasiado cerca, demasiado desnudo, como para poder dormirse. Sus frías palabras le afectaban, pero la presencia de esa espalda, que rozaba con cada movimiento en la pequeña tienda de campaña, era más fuerte que cualquier cosa. Además, la nube hidratante recubría la piel de Severus de un brillo tentador.
Harry se dio una ducha de agua fría mental, e intentó por todos los medios que se calmara su excitación, recordando a todas las personas desagradables que había conocido. Pero fue inútil: tenía la respiración y el olor de Snape demasiado cerca, ¿se habría dormido ya el profesor de pociones? Entonces se dijo que ya tendría todo el tiempo del mundo para lamentarse y echarlo de menos, pero que en ese momento, ahora, sus cuerpos estaban juntos y desnudos.
Tímidamente, lentamente, Harry empezó a acariciar su miembro inflamado, casi dolorido por la prolongada excitación. El perfume del hombre que estaba acostado a su lado, generando un campo magnético de deseo, le llenaba la cabeza de detalles de la noche anterior: cómo la piel de Severus había ido cediendo a los roces de su boca, y Harry recordaba nítidamente el sabor del torso de su amante; cómo había sentido al profesor temblar y perder el control, entregándose a la sensación de disolverse con él, el calor de sus músculos alargados y precisos...
Lentamente, las fantasías tomaron el lugar de los recuerdos. Harry se imaginó a sí mismo tumbado, desnudo, a orillas del lago de Hogwarths, en una calurosa noche de verano. La luna llena iluminaba la superficie del agua como un espejo. Había una gran sensación de paz en el aire: a lo lejos, dentro del bosque prohibido, se oía cantar a quién sabe qué criaturas una melodía extrañamente armoniosa. Entonces, lentamente, las aguas se agitaron cerca de Harry y una oscura figura fue saliendo del agua, completamente vestida. Snape se acercó al chico tumbado en el suelo, y se arrodilló frente a él, poniéndole una mano en la cabeza. Harry se dio cuenta de que, a pesar de que acababa de salir del fondo del lago, sus ropas estaban secas, y las tocó para comprobarlo. Pero en cuanto ponía un dedo en alguna de las muchas prendas negras de Severus, estas se convertían en agua, que caía sobre el muchacho, hasta que ya no quedó ninguna, y los dos, desnudos y mojados, se quedaron un largo rato mirándose fijamente, mientras sentían crecer una humedad diferente que llegaba desde dentro del cuerpo. Harry se abalanzó sobre Severus para abrazarle, pero este desapareció del sitio donde estaba para volver a aparecer medio metro más allá. Harry volvió a intentar atraparle entre sus brazos, con ansiedad, pero Snape desaparecía a voluntad, sin perder la sonrisa malévola, jugando con la prisa de Harry, hasta que, de repente, harry fue más rápido y consiguió atarse al profesor de pociones, sintiéndose latir con urgencia.
Snape no desapareció esta vez. Lentamente, sin dejar de abrazarle, fue acomodando a Harry en una postura adecuada para entrar en él, de frente, para no tener que dejar de mirar esos ojos verdes. Lentamente, muy lentamente, se fue adueñando del cuerpo de su antiguo alumno mientras este sentía cómo se deshacían entre los brazos firmes de Severus, que le aferraban con fuerza las caderas para marcar un ritmo a su amor. Harry seguía tocándose a sí mismo mientras imaginaba que empezaba a masturbarse para Severus, al ritmo de los golpes que le iban moldeando, enloquecedores...
Entonces, unas grandes alas negras se recortaron contra la luna en el lago de Hogwarths: Severus iba a iniciar el vuelo, y Harry, temeroso de que pudiera abandonarlo, se aferró aún más a él con cada parte de su cuerpo. Pero no era desprenderse de Harry lo que el Severus alado quería: lentamente, se fueron levantando del suelo, inventando la manera de no perder el contacto total que mantenían, y levantaron juntos el vuelo, mientras sus cuerpos reclamaban vaciarse, en medio del torbellino incontrolable de pasión que dominaba sus cabezas.
Harry llegó al orgasmo a doce metros de altura, mecido por el poderoso aleteo de las alas de Severus, y consiguió fundirse en silencio, sin que nadie se diera cuenta.
O eso creía él. Porque Severus Snape, tan cerca que aún oía la respiración atragantada del chico mientras este se relajaba y se iba durmiendo, sólo había fingido conciliar el sueño. Además, el profesor de pociones tenía un secreto, que sólo concía Dumbledore: era capaz de leer la mente sin contacto visual. Y gracias a ese talento, ahora tenía un problema muy parecido al que el pequeño Harry, que ya dormía apaciblemente, acababa de solucionar.
"As the world falls down", "Within you" y "Underground", de David Bowie, las tres en la BSO de "Labyrinth".
"You and me", de Julie Andrews; del musical o la película "Victor Victoria".
"I migliori anni della nostra vita", de Renato Zero
Gracias. Merecerá la pena (I hope so).
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Harry se despertó, sobresaltado, cuando una lechuza entró en su habitación. Llevaba un mensaje de Dumbledore. Lo desplegó dificultosamente, pues tenía los dedos entumecidos y los ojos llenos de legañas.
"Te estamos esperando para desayunar. ¡Date prisa!"
Apenas acababa de amanecer: el aire que entraba por la ventana era frío aún. Se vistió con lo primero que encontró, resintiendo en su cabeza ecos los excesos alcohólicos de la noche anterior, y bajó hasta el gran comedor, donde le estaban esperando Dumbledore, Snape y Koreander en la mesa de los profesores. No había nadie más en toda la gran sala.
-Buenos días- masculló.
-¡Buenos días, Harry! Le he pedido a nuestros cocineros que preparen un desayuno tropical en honor a vuestro viaje. ¿Te apetece piña?
Koreander degustaba un gran zumo de papaya y Snape cortaba diminutos trozos de kiwi. A Harry todo aquello le parecía una de las situaciones más surrealistas que había visto en su vida. Se sentó, y se sirvió una gran copa de leche de coco, mientras miraba de reojo a Severus, sorprendiéndose al comprobar la perfección de sus rasgos. Pero este no desviaba la vista de su plato, ocupado en quién sabe qué pensamientos. Además, se le notaba un sutil aire de resaca.
Dumbledore no dejaba de intentar animar la conversación, pero sólo Koreander, que engullía con fruición unas costillas en salsa, le respondía de vez en cuando. Harry se dio cuenta de que la bebida de coco y los trozos de piña le estaban sentando muy bien a su dolor de cabeza, despejándole por completo ¿estarían embrujados por Dumbledore?
-Bueno, creo que es el momento de explicarles a Harry y a Severus en qué consiste esta misión. Os lo hubiera querido explicar ayer, pero no quise... molestaros.
Harry enrojeció como la grana, pero Snape puso una cara de extrañeza, como si no supiera a qué se refería el director. Entonces Dumbledore hizo aparecer un gran mapa, que se desplegó ante los ojos de los cuatro.
-Esta es la islita de Sobsel. Es una de esas formaciones coralinas tan frecuentes en el pacífico, y está relativamente aislada. Pero de un tiempo a esta parte venimos observando cómo se produce una especie de sobrecarga... de sobrecarga mágica. Profesora Koreander, ¿le importaría continuar?
-Hemos detectado que en la isla se están acumulando grandes cantidades de taumatita. Como sabéis, se trata del único mineral de la naturaleza que contiene partículas de magia natural, pero es tan escaso que sólo se han conseguido algunas muestras de interés y están todas en museos. Es sumamente anormal que se haya producido esta concentración tan excesiva en un lugar tan pequeño, es como si... como si las rocas se hubieran estado desplazando bajo la tierra.
-Iréis a la isla para analizar qué es lo que está sucediendo allí. Llevaréis todo el equipo de geomancia, y usareis este traslador- Dumbledore sacó un pequeño patito de goma.
Harry pensó que el director quizá sí estuviera realmente loco, después de todo.
..oooOOOooo...
Ya habían terminado de desayunar. Dumbledore se despidió de los viajeros tras desearles buena suerte, y se fue. Pero Harry creyó captar una mirada de triste advertencia dirigida a él. Snape, Koreander y él se levantaron de la mesa.
-Tengo que lavarme los dientes- explicó Koreander,- no me gusta hacerlo con magia. Donde esté un buen cepillo de cerdas duras... Quedamos en el aula de geomancia dentro de quince minutos, planta sexta.
Harry y Severus se quedaron solos, en medio del comedor desierto. Severus seguía consultando el mapa. Harry no sabía qué cosas pasaban por la cabeza de su antiguo profesor, encontraba su actitud hermética y silenciosa muy extraña. Aún no había dicho ni una palabra.
-Oye, Severus...
Snape se volvió, muy sorprendido de que lo tuteara.
-¿Cómo te atreves a llamarme por mi nombre, Potter?
-Bueno, la primera razón es que ya no soy tu alumno, la segunda es que somos compañeros en esta misión, y la tercera es que conozco hasta el último lunar de tu piel.
Harry advirtió el gesto de sorpresa y de terror de Severus.
-¿Quieres decir que realmente ocurrió?
Los grandes ojos de Harry, mirando directamente al centro de las oscuras pupilas de Severus, no dejaban lugar a dudas. Snape pareció marearse, palideció aún más, y se sentó.
-No puede ser, no puede ser...- susurraba Snape, hundiendo la cabeza en sus manos.
Harry se sentía triste al ver la desesperación del profesor. Intentó explicarle.
-Fuimos a una taberna, en el callejón Knokturn, volando en la alfombra mágica de tu hermana. Y allí me diste a beber una cosa llamada "sangre de hadas"...
Severus estaba dándose cuenta a demasiada velocidad de que lo que él había tomado por una fantasía inofensiva habían sido hechos de lo más tangibles. Nunca iba a perdonarle a Sione que no le hubiera controlado. Claro, que ya era mayorcito. Pero debía de estar loco. La cabeza le dolía como si la hubiera utilizado como tambor la banda municipal de Ankh-Morpork. Levantó la cabeza y miró a Harry.
-¿Alguien más lo sabe?
-Bueno, imagino que Dumbledore... ¿recuerdas que anoche fue a visitarte?
-No, he venido porque esta mañana recibí una lechuza convocándome. Pero espera un momento, ¿dices que anoche Dumbledore vino a visitarme? ¿y tú estabas allí?
-Me escondiste, pero creo que él se da cuenta de todo.
La memoria de Snape fue reconstruyendo la realidad. El muchacho podía estar tomándole el pelo, pero ¿se correspondería eso tan fielmente con su sueño? Necesitaba comprobarlo Levantó la varita e hizo aparecer un pensadero; con mucho cuidado, desligó unas cuatas hebras plateadas de su cabeza y las arrojó en él. Con otro golpe de varita, murmuró "visio". Entonces, de repente, unos diminutos Harry y Snape aparecieron en medio de la mesa, frotándose con lujuria, entrelazados en un abrazo de carne húmeda, buscándose como animales. Snape, durante unos minutos, no pudo reaccionar; sólo miraba fascinado y aterrado la escena que se desarrollaba ante sus ojos. Harry no pudo evitar excitarse terriblemente ante la visión de su propio cuerpo ofreciéndose a un Snape sonriente y lujurioso. Pero justo en el momento en el que el Snape pequeñito se disponía a atravesar al Harry intangible, el Snape del presente detuvo la visualización con su varita, lívido y tembloroso.
Harry, fingiendo toda la calma del mundo, y cogiendo el patito de goma que estaba sobre la mesa, dijo:
-Bueno, creo que ya es el momento de acudir a la clase de geomancia, sexta planta. Tenemos que irnos al pacífico.
..oooOOOooo...
La clase de geomancia era un taller lleno de martillitos, balanzas y trozos de piedras aparentemente vulgares. Pero ya se sabe que en Hogwarths nada es exactamente lo que pueda parecer. La profesora Koreander, que ya les estaba esperando cuando llegaron, le dio una caja a Harry y otra a Snape, que contenía cosas que podrían serles útiles en la isla.
-Sin embargo os advierto de que es un lugar profundamente distorsionado por un intensísimo campo mágico-, explicó lentamente.- Será mejor que nunca nos separemos y que estemos muy atentos de lo que les pasa a los otros. En cuanto lleguemos, antes de generar un campo de protección mágica, sería conveniente medir las cantidades y los tipos de energía liberada.
Harry y Snape se mostraron de acuerdo. Evitaban mirarse. Snape sólo quería que todo aquello se acabara cuanto antes para poder pensar sin tener cerca al pequeño Gryffindor, y Harry intentaba evitar a toda costa mirar los finos labios de Severus, porque la tentación de besarlos, ahora que conocía los matices de su sabor, era demasiado grande.
-Una cosa más, Severus... donde vamos hay cuarenta grados a la sombra. Yo de tí me quitaría esa capa.
Harry se estremeció al contemplar los elegantes movimientos de Severus al despojarse de su vestimenta. Le traía muchos recuerdos.
Los tres se agarraron al patito de goma, y unos segundos más tarde estaban en una cálida playa de arena.
..oooOOOooo...
Cho se despertó con sensación de frío. Se le había caído la manta mientras dormía. Acababa de amanecer, y se oía el canto de los primeros pájaros. Cho sentía sus ojos hinchados y enrojecidos por haber estado llorando demasiado, y tuvo la tentación de volver a arrebujarse en sus mantas y seguir llorando, hasta que fuera la hora del desayuno, cuando un gran tazón de chocolate caliente la haría sentir un poco menos mal. Sin embargo, estaba empezando a recordar una interesante conversación que había tenido con Hermione Granger... y su cabeza se puso a funcionar, hasta que tuvo una idea.
Aunque todo el mundo dormía en Ravenclaw, se levantó, animada por primera vez en varias semanas, y corrió a lavarse la cara. Necesitaba verse otra vez guapa. Y además, tenía muchas cosas que hacer.
Sólo quedaban tres días para el baile del equinoccio de primavera. Y ella pensaba acudir con pareja.
..oooOOOooo...
Hacía muchísimo calor. Los tres notaron el brusco cambio térmico e intentaron adaptarse a él. Koreander sacó algunos instrumentos y efectuó varias mediciones. Mientras tanto, Snape esperaba en silencio. Harry se abanicaba con una gran hoja de palma.
La playa era de arena muy fina, que parecía estar cambiando de color por sectores, pero de manera tan lenta que era difícil distinguirlo. Había una preciosa playa de aguas transparentes y rizadas, y una fila de altas palmeras.
-Parece que no será necesaria una pantalla protectora, por el momento. Vamos a efectuar diferentes mediciones para localizar el centro exacto del fenómeno.
Koreander les dio a cada uno una especie de cajita que tenía una pantalla líquida, en la que unos pececitos, que parecían vivos, nadaban en su interior.
-Estos peces son hipersensibles a la magia; más allá de cierta intensidad se desmayan. Veis que tenemos tres colores de peces: los amarillos son los más débiles, los plateados aguantan un poco más, y los verdes sólo dejarían de coletear en la trayectoria de un hechizo de Dumbledore. Así que tomad este mapa de la isla, y señalemos, en cada punto, cual es la intensidad mágica.
-Pero usted dijo que no debíamos separarnos.
-No nos separaremos. Haremos cada medición tres veces para estar seguros de los resultados. Lo sabrías si te hubieras inscrito en mi clase.
Entonces, Koreander y Snape, como si fuera lo más normal del mundo, se quitaron toda la ropa y se quedaron en la más absoluta desnudez. Harry se asombró del aspecto atlético que tenía el cuerpo de la profesora, que parecía haber hecho muchas horas de gimnasio en su vida. A Severus no se atrevía ni a mirarlo.
-Harry, vamos a cubrirnos de una pantalla hidratante que impedirá que nos quememos o deshidratemos con este calor. Pero es muy molesto llevar ropa al mismo tiempo, porque la pantalla es un poco húmeda.
Harry asintió con la cabeza, asombrado, y se quitó la ropa. Después de tantas aventuras, creía estar preparado para cualquier cosa, pero la verdad era que había situaciones que lo superaban. Hallarse en una playa del pacífico que no paraba de cambiar de color junto con dos profesores desnudos era una de ellas, especialmente si el profesor era precisamente Snape. Claro que lo más extraño de todo era haberse enamorado de Snape, en realidad. ¿Enamorado? Harry se sorprendió a sí mismo. Nunca le había dado nombre a ese sentimiento de atracción. Koreander convocó la pantalla protectora, que era una especie de nube agradablemente fresca y un poco aceitosa, pero invisible por completo.
Snape, Koreander y Harry recorrieron la costa, que se les acabó en seguida por tratarse de una isla muy pequeña, haciendo mediciones. No encontraron nada llamativo, así que decidieron adentrarse en el centro, donde parecía haber una pequeña montaña.
-No parece un volcán en activo, explicó Koreander, pero nunca se sabe. Por favor, estad atentos a la mínima señal.
Harry asintió, y Snape también. ¿Qué estaría pensando? Harry se hacía todo tipo de hipótesis en su cabeza. Snape no le miraba nunca, y parecía arrepentido de sus actos nocturnos, pero mientras estaban sucediendo Harry sintió una sinceridad en la piel y en los brazos del profesor que nunca antes había encontrado en ninguna persona.
Se adentraron entre las extrañas palmeras, y Harry se situó el último del grupo para, por lo menos, poder admirar a su antojo el cuerpo de Severus mientras caminaban, el gesto enérgico y poderoso de sus brazos apartando las ramas, cada pequeña tensión de su espalda y sus hombros, el ritmo de sus pasos marcado en sus glúteos. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que si continuaba con ese juego iba a quedar muy pronto en evidencia, ya que no llevaba pantalones, ni siquiera una hojita de parra.
La selva era cada vez más densa, y pronto tuvieron que convocar una protección también contra los insectos y los pequeños animales.
-Mirad esto- dijo Koreander, mostrándoles una especie de rata. Tenía cola de pez, y agitaba sus diminutas patitas atrofiadas mientras chillaba muy desagradablemente.
Severus levantó su aparato de medición. Los peces plateados ya estaban como dormidos, lo que significaba que se estaban adentrando en un campo mágico de especial fuerza.
-La intensidad taumatúrgica está haciendo mutar todo por aquí-, señaló Koreander, indicándoles las palmeras sobre sus cabezas. Los frutos no eran cocos ni bananas, sino gigantescos pulpos verdosos que tenían muchos más brazos de lo habitual, moviéndose todos a la vez. Dejaron caer una especie de fruto gelatinoso: era una de las cosas más repugnantes que Harry había visto nunca.
-Será mejor que andemos con cuidado.
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Hermione Granger se despertó en brazos de Ron Weasley. Ya eran más de las once, el sol estaba alto en el cielo, y Hermione sintió los brazos de Ron atrayéndola, aún en sueños.
-Ron, tenemos que levantarnos o todo el mundo se dará cuenta...
Pero Ron, con los ojos cerrados, la apretó contra sí, marcando su vientre contra los muslos de la chica. Estaban en el despachito de prefecto de Ron, donde habían hecho aparecer una pequeña cama cuando regresaron de Hogsmeade la noche anterior. No era la primera vez que estaban juntos, pero había sido de las mejores. Ron emitía gruñidos de placer mientras sacudía su cuerpo ya erecto contra el de Hermione, que se reía en voz baja.
-Eres insaciable, Weasley, ahora entiendo por qué sois tantos hermanos en tu familia...
El pelirrojo ya se había despertado, y exploraba con sus largas manos los alrededores de los pezones de su novia, mientras le susurraba palabras privadas detrás de las orejas. Sabía que lo importante para Hermione era la estimulación sonora: nunca tuvo mucha resistencia a los halagos. Sin dejar de piropearla en susurros, arrojó las sábanas al suelo, y admiró el cuerpo desnudo de su amante en todo su esplendor. Lo que más le gustaba es que no tenía ni una sola peca, porque él venía de una familia donde eso era imposible.
-Eres tan blanca... eres resplandeciente como un astro-, iba diciendo Ron mientras amasaba las caderas de su amante, a punto de introducirle un dedo juguetón que se hacía esperar. Hermione estaba más excitada con cada palabra.
Entonces Ron no pudo aguantar más, e hizo aparecer un preservativo sobre su miembro rugiente. Hermione se abrió por completo para dejarle hundirse en ella, y gemía con cada embestida. Sentía como si Ron la estuviera transportando al centro de sí misma, la estuviera elevando a un territorio de placer multidimensional, corpóreo. Era tan diferente a tocarse ella sola...
Entonces se le ocurrió un juego. Con un golpe de varita, hizo aparecer una araña cerca de su pezón izquierdo, y luego otra, que se desparramaron por su cuerpo. Ron se asustó en un primer momento, pero al ver cómo Hermione disfrutaba de esas caricias minúsculas que le correteaban por el torso y por el vientre, se dejó llevar. Las arañas cada vez eran más y más rápidas, y algunas incluso trepaban por el cuerpo de Ron, cuya sensación inicial de repugnancia y miedo se mezclaba con el placer, tensando sus expectativas, y las sensaciones contrastadas provocaron que la mente del pelirrojo se desatara totalmente, percutiendo de manera brutal a su amiga, que rugía de placer mientras diminutas patas rozaban enloquecedoramente cada centímetro de su piel. Ron, cada vez más encendido por ver a su novia disfrutar tanto de un contacto con el animal que el más odiaba, redobló sus impulsos y llevó a Hermione a un placer doble, que parecía no terminarse nunca...
Cuando los dos hubieron dejado escapar todo el aire de sus pulmones, al llegar el final de su abrazo, Hermione hizo desaparecer las arañas y se abrazaron con ternura. De vez en cuando se oían pasos en el pasillo de los prefectos, pero esperaban que nadie les hubiera oído a ellos. Conociéndola, parecía imposible que Hermione estuviera quebrantando las reglas de una manera tan alocada. Pero después de todo, el nuevo vigilante nocturno era su mejor amigo, ¿no?
Al rato, la responsable Granger se levantó, y salió por la ventana con su escoba para ir a ducharse a su casa. Ron aprovechó para quedarse un rato más remoloneando entre las sábanas. Pero no pudo permanecer en ellas mucho tiempo, porque a los diez minutos Hermione volvió a entrar por la ventana de la habitación, visiblemente nerviosa:
-¡Nos han robado la poción "ardentus"!
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Caminar por el interior de la isla estaba resultando ser mucho más lento y penoso que por la playa. No avanzaban mucho, y ya casi estaba cayendo la noche; sólo se habían detenido una vez para comer y estaban exhaustos. Además, el centro de la isla parecía estar mucho más lejos de lo que parecía.
-Bueno, creo que podemos establecer aquí un campamento-, dijo Koreander.
La realidad a su alrededor estaba, más que transformada, enloquecida. Había grandes mosquitos con piel de plátano que golpeaban sin cesar la burbuja protectora, una especie de monos con una concha a la espalda y triple fila de dientes, arañas de más de cuarenta patas que hubieran sido la delicia de Ron. Habían visto, incluso, un papagayo amarillo del tamaño de un avión.
Koreander encendió una hoguera, y sacó de una lata impermeabilizada contra la magia un par de cosas para cenar.
-¿Por qué no volvemos a Hogwarths, regresamos mañana, y vamos directamente al volcán?- dijo Snape, molesto por el calor.
-Sería peligroso utilizar el traslador en este lugar-, les explicó-, podría suceder cualquier cosa. No creo que debamos usar más magia que la estrictamente necesaria para mantener el campo de protección energética. Recomiendo que durmamos en dos turnos de seis horas. A mí no me importa hacer sola la primera guardia.
El tono de voz de Koreander no daba mucho lugar a réplica, así que después de cenar algo Snape y Harry levantaron sin magia la tienda de campaña donde les correspondía dormir durante la guardia de Koreander, que se quedó cerca del fuego a pesar del calor, con un libro sobre "Alteraciones en el plasma geotéctónico".
Una vez dentro, y como no tenían ropa que quitarse puesto que estaban completamente desnudos, se tendieron en las delgadas colchonetas muggle. Había ya muy poca luz, y Harry admiraba los contornos afilados y fibrosos de Severus en la penumbra. Entonces, de repente, este habló.
-Potter- susurró Snape en un tono muy bajo, para no ser oído desde fuera- he estado pensando en lo que pasó anoche, y quiero pedirle disculpas. No debería haberle emborrachado. Sólo quería reírme un rato de usted, pero parece que luego caí en mi propia trampa.
-Pero tú no me obligaste, Severus, yo quería...
-No diga usted insensateces. No tiene aún ni edad ni criterio para saber lo que le conviene, ni siquiera qué es lo que realmente desea. Cualquiera puede experimentar sensaciones... digamos agradables... casi con cualquiera, si la ocasión se presenta. Eso no significa nada. Por lo que a mí, respecta, pienso destruir ese recuerdo en cuanto regresemos a Hogwarts, y le recomiendo que haga lo mismo. Buenas noches.
Severus no le había mirado ni un segundo mientras hablaba. Harry se hizo un ovillo en su cama, pero tenía el cuerpo de Snape demasiado cerca, demasiado desnudo, como para poder dormirse. Sus frías palabras le afectaban, pero la presencia de esa espalda, que rozaba con cada movimiento en la pequeña tienda de campaña, era más fuerte que cualquier cosa. Además, la nube hidratante recubría la piel de Severus de un brillo tentador.
Harry se dio una ducha de agua fría mental, e intentó por todos los medios que se calmara su excitación, recordando a todas las personas desagradables que había conocido. Pero fue inútil: tenía la respiración y el olor de Snape demasiado cerca, ¿se habría dormido ya el profesor de pociones? Entonces se dijo que ya tendría todo el tiempo del mundo para lamentarse y echarlo de menos, pero que en ese momento, ahora, sus cuerpos estaban juntos y desnudos.
Tímidamente, lentamente, Harry empezó a acariciar su miembro inflamado, casi dolorido por la prolongada excitación. El perfume del hombre que estaba acostado a su lado, generando un campo magnético de deseo, le llenaba la cabeza de detalles de la noche anterior: cómo la piel de Severus había ido cediendo a los roces de su boca, y Harry recordaba nítidamente el sabor del torso de su amante; cómo había sentido al profesor temblar y perder el control, entregándose a la sensación de disolverse con él, el calor de sus músculos alargados y precisos...
Lentamente, las fantasías tomaron el lugar de los recuerdos. Harry se imaginó a sí mismo tumbado, desnudo, a orillas del lago de Hogwarths, en una calurosa noche de verano. La luna llena iluminaba la superficie del agua como un espejo. Había una gran sensación de paz en el aire: a lo lejos, dentro del bosque prohibido, se oía cantar a quién sabe qué criaturas una melodía extrañamente armoniosa. Entonces, lentamente, las aguas se agitaron cerca de Harry y una oscura figura fue saliendo del agua, completamente vestida. Snape se acercó al chico tumbado en el suelo, y se arrodilló frente a él, poniéndole una mano en la cabeza. Harry se dio cuenta de que, a pesar de que acababa de salir del fondo del lago, sus ropas estaban secas, y las tocó para comprobarlo. Pero en cuanto ponía un dedo en alguna de las muchas prendas negras de Severus, estas se convertían en agua, que caía sobre el muchacho, hasta que ya no quedó ninguna, y los dos, desnudos y mojados, se quedaron un largo rato mirándose fijamente, mientras sentían crecer una humedad diferente que llegaba desde dentro del cuerpo. Harry se abalanzó sobre Severus para abrazarle, pero este desapareció del sitio donde estaba para volver a aparecer medio metro más allá. Harry volvió a intentar atraparle entre sus brazos, con ansiedad, pero Snape desaparecía a voluntad, sin perder la sonrisa malévola, jugando con la prisa de Harry, hasta que, de repente, harry fue más rápido y consiguió atarse al profesor de pociones, sintiéndose latir con urgencia.
Snape no desapareció esta vez. Lentamente, sin dejar de abrazarle, fue acomodando a Harry en una postura adecuada para entrar en él, de frente, para no tener que dejar de mirar esos ojos verdes. Lentamente, muy lentamente, se fue adueñando del cuerpo de su antiguo alumno mientras este sentía cómo se deshacían entre los brazos firmes de Severus, que le aferraban con fuerza las caderas para marcar un ritmo a su amor. Harry seguía tocándose a sí mismo mientras imaginaba que empezaba a masturbarse para Severus, al ritmo de los golpes que le iban moldeando, enloquecedores...
Entonces, unas grandes alas negras se recortaron contra la luna en el lago de Hogwarths: Severus iba a iniciar el vuelo, y Harry, temeroso de que pudiera abandonarlo, se aferró aún más a él con cada parte de su cuerpo. Pero no era desprenderse de Harry lo que el Severus alado quería: lentamente, se fueron levantando del suelo, inventando la manera de no perder el contacto total que mantenían, y levantaron juntos el vuelo, mientras sus cuerpos reclamaban vaciarse, en medio del torbellino incontrolable de pasión que dominaba sus cabezas.
Harry llegó al orgasmo a doce metros de altura, mecido por el poderoso aleteo de las alas de Severus, y consiguió fundirse en silencio, sin que nadie se diera cuenta.
O eso creía él. Porque Severus Snape, tan cerca que aún oía la respiración atragantada del chico mientras este se relajaba y se iba durmiendo, sólo había fingido conciliar el sueño. Además, el profesor de pociones tenía un secreto, que sólo concía Dumbledore: era capaz de leer la mente sin contacto visual. Y gracias a ese talento, ahora tenía un problema muy parecido al que el pequeño Harry, que ya dormía apaciblemente, acababa de solucionar.
