He puesto un poquito más de limón en el capítulo 7.

Muchas gracias por los comentarios, Nevichii y Anna Potter. A veces el amor no es tan fácil, ¿no? Y creo que se saborea mejor lo que ha costado más conseguir... pero os va a gustar este capítulo.

Un beso.

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-¿Dónde está Harry?- preguntó Hermione.

-Esa se está empezando a convertir en una pregunta demasiado frecuente. Parece que no puedas vivir sin él-, murmuró Ron, con un mohín de celos, mientras se sentaban a la mesa para la cena.

-Ron, parece que no te das cuenta de la situación. Es muy posible que Harry esté, ahora mismo, obedeciendo las órdenes de cualquiera que haya querido ejercer sobre él el hechizo "ardentus". Y además, alguien nos ha robado la poción.

-Pero, ¿quién iba a saber que teníamos esa poción? ¿Estaba etiquetada?

-Bueno, pensé que la mejor manera de despistar era ponerle una etiqueta falsa...

-¿y qué etiqueta pusiste, exactamente?

-Poción del sueño. Así que era natural que yo la tuviera en mi cajón.

-¿Y si alguien desesperadamente insomne la vio y se apropió de ella, Hermione? Deberíamos haberla protegido contra robo.

-Ron, ya hemos hablado de esto. Un campo mágico alteraría la poción.

-¿Y ahora qué vamos a hacer? Sin ella, nuestro plan no funcionará-, dijo Ron, agobiado.

-Puedo repetirla con mi giratiempo, pero... eso no es lo que más me preocupa ahora. Debo hablar con Dumbledore, quizás él sepa... ¡RON!

-Mira esos dos... vaya pareja más bizarra.

Neville Longbottom y Sione Snape caminaban juntos, entre risas, hacia la mesa de Gryffindor.

-Ron, podrías hacerme un poco más de caso-, mascullo Hermione, molesta.

-¡Hola, chicos!-, dijo Neville al sentarse.- Esta es Sione. Quiere sentarse hoy con nosotros, ¿os parece bien?

-¡Claro!-, dijo Ron, ayudándoles a hacer sitio. Hermione hervía de celos por las atenciones de su novio a la bellísima hermana de Snape.

-Tú eres Ron, ¿verdad?, y tú hermione... Harry y Neville me han hablado mucho de vosotros...

-Encantada-, le respondió altivamente Hermione, enfadada también por descubrir que Sione y Harry eran amigos.- Y, hablando de Harry, ¿le has visto últimamente, Sione?

-Pues la verdad es que no debería decirlo, pero me imagino que con vosotros es diferente. Está cumpliendo un encargo de Dumbledore en el pacífico. Se fue con la profesora Koreander y con mi hermano. No os dijo nada porque la partida fue muy precipitada: ni siquiera yo sabía que se iban. No me pude despedir de Sev.

Neville la miraba hablar, embobado y goteante. Ron estaba celoso de no haber sido convocado para la misión. Y Hermione, como siempre, hacía funcionar su cabecita a toda velocidad.

...oooOOOooo...

Snape se despertó en medio de la noche, porque una lengua que quería ser serpiente se enroscaba en cada uno de sus huecos, envolvía sus articulaciones en complicadas curvas, dibujaba trayectos de viajes imposibles en su espalda y en sus muslos. Se revolvió en la cama de la tienda de campaña, inquieto: quería fingir que seguía durmiendo para que el muchacho se cansara y se durmiera de una vez. Pero algo fallaba: no podía resistir las tiernas caricias de la lengua de Harry sin ponerse muy, muy nervioso. La sensación de imaginar sus ojitos cerrados mientras trabajaba con mucha más aplicación que en cualquier clase, la delicia de sentir esa frescura renovándose en su piel, la presión exquisita que Harry ejercía con su lengua, y sólo con su lengua, sin tocarle con ninguna otra parte del cuerpo... su piel entera se reducía al centímetro donde en ese momento estuviera posado el extremo de la boca de Harry. Y cuánto resistía, el chico... no se cansaba nunca. Severus se estremeció pensando que esa paciencia, esa devoción, sólo podían deberse al amor. Y hubo un momento en el que no resistió más.

Severus se dio la vuelta y aferró al sorprendido Harry por las muñecas, inmovilizándole. Lo miró a los ojos durante un largo rato, desafiante. Pero no había sábanas, y Harry no pudo evitar ver la enorme tensión que se había acumulado en el miembro del profesor. Así que sonrió, puso ojitos de gato, y lanzó un par de lametones al aire en dirección de la suculenta presa. Severus, con todos los músculos en tensión, ya no podía más, así que aferró la cabeza del chico y la hundió entre sus muslos, reprimiendo un aullido de placer cuando la lengua de Harry redobló sus esfuerzos alrededor del otro mástil de la tienda de campaña.

Severus estaba sintiendo un placer tan intenso que la cabeza se le perdía a ratos, en una sensación próxima al desmayo. Sentirse tan vulnerable era la última sensación que le hubiera podido parecer placentera. Pero también sabía que el chico estaba en su poder, quizá más en su poder que nunca. Esto le dio una idea. Se arrastró unos centímetros para llegar hasta la varita, e hizo aparecer una gran nube de aceite aromático evaporado justo en la espalda de Hary. Era una nube que podía moverse y extenderse a su antojo, como si fuera una tela. El chico gruñía de placer al sentir los dedos del profesor amasándola sobre su cuerpo, con una impaciencia tal que perdía el ritmo de su tarea. Así que Snape lo levantó en el aire con la fuerza de sus brazos.

-¿Cómo eres tan fuerte?- le preguntó Harry, con la voz entrecortada por el deseo.

-Tengo muchos secretos-. Fue toda la respuesta del profesor, que manipuló a Harry con firmeza hasta tenerlo en la posición deseada por él: no quería penetrarlo esta vez. Severus extendió su cuerpo por toda la longitud del cuerpo del otro, frotándose lentamente contra él, e inesperadamente, agarró con una sola mano los dos miembros, cuya impaciencia estaba pasando al rojo oscuro.

Harry se sintió envuelto completamente por Severus cuando comprendió sus intenciones: sus venas estaban latiendo a la vez que las de Snape mientras eran apresadas por la misma mano exasperantemente lasciva, deliberadamente morosa en su caricia. Harry sentía en su parte más sensible cada latido, cada contracción, cada pequeño temblor de la parte más ardiente del profesor, que las agitaba juntas con un ritmo que se aceleraba inevitablemente. Harry tenía que morderse los labios para no gritar, y este gesto enloqueció al profesor, que aumentó la presión que se cenía sobre ellos. Sólo una mano controlaba todo el placer del mundo, pensó Snape, y se sintió poderoso; pero de repente el poder no era lo más importante, sino llegar hasta esa boca, besar esos labios cruelmente toturados por los dientes de Harry. Severus se curvó hasta llegar a esa boca enrojecida por la fricción, y la devoró como si sus labios también fueran dientes, como si llevara semanas en un desierto, como si estuviera colgando de un precipicio y el único punto de apoyo fueran esos labios que gemían sin control, haciendo un ruido de pájaros, y de repente Potter abrió los ojos, y la conciencia súbita de sus bocas se intensificó, y todo el vientre de Harry se empapó con el placer mezclado de los dos, que se deshacían, se estaban deshaciendo en gotas templadas y en sonidos tan densos como ese líquido.

Permanecieron abrazados. Severus tenía ganas de decirle palabras tiernas, de abrazarle también con sonidos, pero no era capaz. Harry, sin embargo abrió la boca.

-¡ARRIBA! La cosa se ha puesto muy fea, señores. Tenemos que continuar el camino inmediatamente.

Snape se sobresaltó, ¿qué ocurría? Sacudió la cabeza y se encontró con el preocupado rostro de Koreander, destacándose contra un cielo amarillo y violeta. Se volvió hacia Harry, que dormía con una pesada respiración. Sólo había sido un sueño.

Koreander parecía realmente asustada. Despertó también a Harry, y les dijo que la situación les obligaba a actuar con urgencia. Una hormiga de un metro, con veinte tetillas de cabra, pasó muy cerca de la tienda.

-Tenemos que llegar al centro de la isla y ver cómo podemos disolver este nodo de energía rarificada. De lo contrario, si esto estalla, podría contaminar, como mínimo, toda el agua del planeta- Koreander no había dormido ni una hora, pero la urgencia de su voz no delataba el más mínimo cansancio.

El suelo se reblandecía cada vez más, y la textura del aire iba cambiando, mientras se llenaba de criaturas en las que sólo de vez en cuando podía reconocerse algún fragmento. Si no fuera por la campana de protección mágica, que algunas criaturas atacaban con saña, no hubiera podido sobrevivir ni un minuto en ese ambiente enloquecido

Harry y Snape, aún en medio de esta situación de peligro y delirio, evitaban, más que nunca, que sus miradas se cruzaran. Harry sufría por la negativa de la noche anterior. Pero Snape sufría el doble, porque era capaz de leer todos y cada uno de los tiernos pensamientos de Harry, como siempre había ocurrido.

...oooOOOooo...

Era casi de noche cuando llegaron, por fin, a la cima de la montaña. Todo temblaba a su alrededor, mientras el cielo amarillo se sobrecargaba de venas verdosas y de nubes que se descomponían a toda velocidad. Koreander sacó sus aparatos de medida y se sobresaltó.

-¡Es un terremoto natural de magia! Hay que deshacer la concentración de taumatita, que sólo es soluble en un campo mágico de intensidad siete.

-¡Pero un campo de magia de ese calibre sería letal, Koreander! ¡Nos mataría!

-¡Snape, si no lo hacemos, todo este caos se derramará por el mundo, y no serán tres personas las que se pongan en peligro, sino millones!

Entonces, de repente, un tentáculo gigantesco salió de la tierra, traspasó el campo de protección mágica, y aferró el cuerpo de Harry, agitándolo por el aire, en medio de las nubes multicolores. Snape sacé su varita.

-¡No!- le chilló Koreander- No puedes usar la magia. ¡Se alimenta de eso!

Snape dudó un momento, y luego salió del campo de protección, y se arrojó contra el tentáculo de tierra, obligándolo a inclinarse hasta que Harry pudo zafarse de él y saltar al suelo.

-Ese tentáculo ha conseguido penetrar en el escudo de energía. Te has jugado la vida saliendo de él para liberar a Harry-, dijo asustada Koreander.

-Está bien, ¿qué tenemos que hacer?- dijo Harry, valerosamente.

-Hay que hacer como un pararrayos... pero al revés, hacia el cielo. Tenemos que canalizar este exceso de partículas mágicas inestables hacia la estratosfera, donde se mezclarán con los gases enrarecidos y se descompondrán.

-Pero, ¿cómo?- preguntó Severus, que estaba empezando a sentir como uno de sus pies se volvía gelatinoso.

-Pues creando un cable de intensidad siete- gritó Koreander, pues ya casi ni se oían-. Eso mataría a una sola persona, pero somos tres.

Koreander les tendía sus manos, y Harry y Snape comprendieron: se cogieron los tres formando un círculo, mientras extrañas estructuras rugían a su alrededor al descomponerse. Cada uno tenía agarrada su varita con la mano derecha, que aferraba al siguiente.

-A la de tres, tenemos que pronunciar a la vez "PANTA RHEI", ¿de acuerdo?

Harry y Snape asintieron con la cabeza. El fuerte viento mágico estaba a punto de destrozar el escudo de energía. No oyeron los números de Koreander, sólo la veían mover los labios, pero cuando fue el momento lo supieron. Los tres magos dijeron a la vez:

-¡PANTA RHEI!

Inmediatamente, se formó un vacío en el interior del círculo que limitaban con sus cuerpos. Algo como un irresistible poder de succión comprimía todo el espacio, llevándolo hacia adentro y hacia arriba. Los tres sintieron un súbito dolor de intensidad desgarradora, pero sabían que no podían soltarse las manos, ni dejar escapar las varitas, pasase lo que pasase, La columna de desorden fue creciendo hasta alcanzar la altura de un edificio de varios pisos, y luego más y más aún...

Era como un tornado, pero que tenía su origen en la tierra y no en el cielo. Harry, que había perdido las gafas hacía tiempo, sentía cómo se le arrancaban mechones de pelo, cómo su carne se volvía rugosa y eléctrica, cómo sus propias orejas crujían al doblarse como patatas fritas. No veía nada: ante sus ojos sólo se desenvolvía el caos puro, cuyos colores alucinógenos ni siquiera podían distinguirse a causa de la endemoniada velocidad. El ruido era insoportable, y Harry sintió que estaba a punto de separarse de la mano de Snape, de lo inmensa que era la tensión a su alrededor... se resbalaba... se resbalaba...

-¡Nooooooo!- gritó, y de repente todo cesó. No se había soltado de la mano de Severus. Las imágenes volvieron a aparecer, lentamente.

Koreander parecía destrozada. Su pelo se había convertido en un revoltijo en forma de araña, y parecía haber adelgazado. Snape estaba palidísimo, con los ojos fuera de las órbitas, y harry, agotado, preguntó:

-Profesora, ¿cree que podríamos separarnos ahora?

-Sí, creo que sí...

En cuanto se soltaron las manos, los tres cayeron al suelo, y se quedaron un rato allí, recuperando la respiración. Snape estaba preocupado: todos sus enseres había volado en el torbellino, incluido el traslador en forma de patito de goma. Al cabo de un rato, Harry se levantó, tambaleante. Estaban en la cima de un hermoso monte, un poco más pelado de lo normal a causa del contratornado mágico, pero era un paisaje agradable, tropical, y, lo más importante, normal. -Creo que lo hemos conseguido- dijo, con una voz que apenas le salía del cuerpo, pero contento y aliviado.

Entonces oyó una voz a su espalda:

-Bueno, creo que algunos van a agradecer una visita a la enfermería de la señora Pomfrey.

Era Dumbledore, con una bondadosa y radiante sonrisa, que acababa de aparecer con un traslador en la mano. Tenía forma de sacapuntas.

...oooOOOooo...

Cho estaba sumergida en barro hasta el cuello, y en su rostro había una mascarilla de pluscuampepino embelleciendo hasta el último de sus poros. Una mujer se encargaba de la pedicura y otra le aplicaba un tratamiento revitalizante en la raíz del cabello. Después, buscaría en los catálogos el maquillaje perfecto. Estaba en el único salón de belleza de Hogsmeade, sometiéndose al tratamiento más caro, pero era un dinero bien empleado. Harry, estuviera donde estuviera, no podía faltar al baile del equinoccio, y entonces ella...

...oooOOOooo...

La enfermera les reconoció durante un rato. Afortunadamente, no había nada grave, sólo desperfectos que podían solucionarse con diversas curas y un poco de tiempo. Al cabo de una hora, salieron de la enfermería, con el pie de Snape entablillado hasta que se le cuajara la gelatina.

Koreander se fue a su habitación. Entonces, por fin, Harry se quedó a solas con Snape, en un pasillo solitario.

-Severus... esta tarde has vuelto a salvarme la vida.

Snape no respondió. Ya sabía lo que Potter iba a pedirle, pero no tenía ni idea de lo que tenía que contestar él.

-¿Podemos hablar? Creo que, pase lo que pase, hay cosas que tenemos que solucionar.

Snape estaba sorprendido por el tono adulto y por la actitud respetuosa y tranquila de Harry. Y es verdad que cuando acabas de jugarte la vida, hay detalles que de repente parecen menos importantes.

-Sí, Harry, yo también quiero hablar contigo.

Así que fueron a las habitaciones de Severus, en lo alto de la torre de Slytheryn. Sione no estaba allí.

-¿Quieres venir al piso de arriba? Nadie nos molestará allí. Harry subió con él a su amplio dormitorio. Snape hizo la cama con un golpe de varita, cambiando las sábanas negras por otras azul cobalto. Se sentaron. Harry abrió la boca para hablar, sin saber muy bien lo que iba a decir, cuando le sorprendió la confesión del profesor.

-Harry, hay una cosa que debo decirte. Durante las clases de oclumancia te oculté dos cosas: la primera es que no necesito tener contacto visual para leer un pensamiento sin protección.

Harry asimiló estas palabras.

-Entonces eso significa que...

Harry enrojeció hasta la raíz. Eso significaba que cada vez que había fantaseado con su boca en clase, que cada vez que había imaginado que cabalgaba encima del profesor convertido en centauro, agarrándose fuertemente a su espalda... Oh, demonios, eso significaba que sabía todo lo que estaba pensando en este preciso momento. Harry intentó cerrar su mente. Pero qué más da a estas alturas, se dijo. Era otra forma de desnudez que le ofrecía a Severus.

-Harry, lo siento. No me he portado bien. He jugado con toda la ventaja del mundo. Sé tanto sobre ti... lo sé todo... pero yo no he sido capaz ni de decirte una vez lo que pienso, de tratarte como a un igual...

Snape parecía estar pasándolo mal con estas palabras. Se notaba que las confesiones no eran su fuerte. Pero siguió hablando, valientemente.

-Harry, no puedo permitirme querer a nadie, ¿no lo entiendes? Siempre hay demasiado dolor de por medio... demasiado dolor, Harry. Sé que ahora me amas, pero, ¿Quién sabe el futuro?

-Trelawney no, desde luego- bromeó Harry. Snape tardó un rato en reaccionar, pero luego se rió, era tan maravilloso verle reír, pensó Harry...

-Pero si quieres se lo pregunto. Lo que pasa es que me va a decir que dentro de un rato estaré muerto, así que creo que no vamos a avanzar mucho...

Severus lo miraba, divertido. Ojalá pudiera tener la alegría de ese chico cerca cada día.

-Por cierto, Severus, se te ha olvidado decirme cual es la segunda cosa que me ocultabas durante las clases de aritmancia- dijo Harry.

Hubo un silencio. Harry buscó los ojos de su antiguo profesor, pero este se los negaba. Hasta que, bruscamente, lo miró. Vertió sus ojos negros en los ojos verdes del chico, y le dijo sin palabras:

-No te dije que me estaba enamorando de ti.

A Harry se le cortó la respiración ante la intensidad de esa mirada, de esa transmisión de pensamiento. No sabía cómo reaccionar: si comerse a besos a Snape, si enfadarse con él por haberle mentido, si...

Pero Snape, con un dedo presionándole los labios, impidió que empezara a hablar. Luego levantó esa misma mano en el aire, y con la varita en la otra, murmuró:

-"¡argentus filum!"

Unas uñas metálicas crecieron en los dedos de Severus, que empezó a desabrochar con ellas los botones de Harry. No eran cortantes, pero sí duras y frías, de un tacto afilado aunque no punzante. La camisa de Harry cayó al suelo, y entonces Severus empezó a acariciarle con sus nuevos vértices. Harry se derramó por las sábanas, buscando los ángulos de máximo placer, sintiéndose un juguete de Snape, pero qué dulce era sentirse tan suyo, tan protegido por cada uno de sus caprichos.

Los dedos metálicos pellizcaban la carne de Harry, haciendo converger el umbral previo al dolor con un placer creciente, líquido, que se extendía por la sangre como una droga maravillosa y eterna. Estaba tan concentrado en no perderse ni uno de los matices de las manos de Severus que no se dio cuenta de cómo este, con la varita, hacía desaparecer los pantalones de Harry, así como toda su propia ropa.

Entonces el juego cambió. Harry se encontró inmovilizado contra las sábanas por una mano férrea apoyada sobre su espalda. Harry comprendió por qué: una alargada uña de acero jugueteaba demasiado cerca de la entrada de su cuerpo. Se estremecía al sentir la proximidad de esa violencia.

-No- musitó débilmente Harry...

Pero Severus no le escuchó, e introdujo rápidamente la uña metálica dentro del chico, que sintió su frialdad y su filo. Severus sintió un par de contracciones involuntarias. Mientras tanto, la otra mano de Snape se clavaba entre los hombros de Harry, que gemía al sentir moverse la pieza metálica en su interior. Al mismo tiempo, como si el hueco que se estaba abriendo en Harry buscara una salida, éste sintió su miembro endurecido contra la seda, como intentando calentarla y derretirla.

-Severus... amor mío... te quiero a ti... te necesito...

Esta súplica era más de lo que Snape podía soportar. En un solo gesto rapidísimo, deslizó su uña de plata fuera de Harry, y empezó a cubrirle de besos los hombros, masajeándolos con su boca; la espalda, deteniéndose en cada vértebra; y por fin llegó a sus nalgas, completamente dispuestas a él. Las mordió con avidez, mientras notaba que estaba perdiendo su preciado autocontrol en la ansiedad de poseer completamente a su amante.

-¿Quieres que entre en tu cuerpo, Harry?

-Sí, sí... - la súplica del chico era casi inaudible, con su voz tan cambiada por el vértigo de la proximidad de Snape. Podía sentir el calor de su miembro muy cerca de sus nalgas.

Snape volvió a coger su varita e hizo aparecer un frasco de aceite de almendras, que frotó al final de la espalda de Harry. La voz del profesor sonaba trémula cuando, en vez de anunciar, casi le suplicaba a Harry:

-Pues voy a llenarte, y vas a sentirme como nunca has sentido a nadie...

Un primer golpe brutal casi hizo perder el sentido a Harry, que se deshizo en un aullido de dolor. Se sentía otra vez nuevo, estrenado, como si la primera vez no hubiera ocurrido. Snape le mecía lentamente ahora, y volvió a suceder lo mismo que la primera noche: la sensación de dolor, en el momento previo a volverse insoportable, se transformaba en un placer complejo, matizado, completo en su sabor a peligro, en su reverso.

Snape era consciente de estar disfrutando más que nunca en su vida. Haberle dicho la verdad a Harry le liberaba de tantas cosas... haberle confesado su amor era tan extraño, y tan valioso... sin poder evitarlo, aumentó el ritmo y la intensidad de sus embates. Necesitaba fundirse con Harry, penetrarle totalmente, hundirse hasta el centro de su alma para ser sólo uno con él, con el chico que temblaba ahí abajo, con el dueño de esos gemidos que iban a volverle loco...

-Harry... te... amo...

Harry no pudo esperar. Sintió que se iba con el simple contacto de las sábanas, llenándolas de su placer derramado, mientras que él mismo se convertía en el receptáculo del alma de Severus, en el mejor cáliz que este había tenido en toda su vida.

Se separaron con dificultad, agotados, con todas las heridas del día ardiendo en sus pieles. Se quedaron un rato así, simplemente juntos, disfrutando de la calma de esa cercanía.

-¿Volverás a las doce?- le preguntó Snape.

-Es mi hora favorita-, dijo Harry, con una sonrisa de felicidad.

...oooOOOooo...

Harry, agotado y reblandecido por la sensación maravillosa del amor, con una sonrisa estúpida en la cara, se dirigía su habitación para ducharse y cambiarse de ropa. No esperaba encontrarse a nadie en ese breve trayecto, y menos a Cho.

-¡Harry! ¿Qué tal vuestro viaje?

-Ho-hola, Cho- musitó Harry, sin saber qué decir-, ¿Qué haces por aquí?

Cho estaba más bella que nunca. Harry no comprendía cómo era posible que su piel pareciera tan sedosa, su mirada tan brillante, su boca tan tentadora. Además, estaba vestida como para una fiesta, sólo que la fiesta no era hasta el día siguiente. Sin embargo, a Harry le extrañó comprobar lo poco que le tentaba el conjunto a él en particular. Sólo podía pensar en cada pliegue de los labios de Snape.

-Harry, te he echado mucho de menos- susurró sensualmente Cho. – Y te he traído un regalo.

Un frasco de poción relumbró un segundo en la mano de Cho.

...oooOOOooo...

Harry no llegaba. Era la una de la noche, hacía una hora de su cita, y el niño del demonio no venía. Snape había preparado una cena, en una debilidad romántica inexpresable, pero ya se había cansado y la había hecho desaparecer.

Snape se preguntó mil veces si debería ir a buscarle, si algo malo podría haberle sucedido. Pero su orgullo era muy fuerte, casi invencible. Sólo había sido vulnerado por ese chico, por ese maldito Potter... La vida era tan extraña e injusta. Enfadado, cerró de un golpe el ventanal, que había dejado abierto por si a Harry se le ocurría aparecer con su escoba. Cerró también todas las demás ventanas.

Las tres de la mañana. Snape decidió que ya iba siendo hora de dormirse, y como sabía que no iba a ser fácil, tomó una poción a tal efecto. Era un preparado de gran poder que normalmente le hacía un efecto instantáneo, pero la preocupación y la tristeza, mezcladas con la rabia y el deseo, se combinaban en su alma sin permitirle el descanso.

Justo cuando se estaba vistiendo para ir a buscar a Harry, la poción surtió efecto y se quedó dormido a medio vestir. En ese momento, algo golpeó su ventana, como buscando entrar.