LA PRINCESA Y LA PROFECÍA
Capítulo 2
Sakura estaba en su cama muy aburrida. No tenía sueño y Lucy le había dicho que esta noche no iba a explicarle ninguna historia porque estaba muy cansada. Como vio que su tata decía la verdad había decidido darle el día libre para que descansara. Encima de la mesa se encontraba una bandeja donde se encontraban los platos y cubiertos de lo que le habían dado para cenar.
Mientras tanto había cogido una de sus muñecas preferidas que le había regalado su padre desde hacía mucho tiempo. Llevaba un vestido con flores azules y su pelo estaba rizado y era rubio. Le gustaba mucho hablar con su muñeca, siempre le explicaba todo lo que le preocupaba.
-¿Crees que papá va a regresar pronto para verme?- le preguntaba la niña a su amiga que no podía contestarle.
-Seguro que sí, nunca ha estado más de medio año para venir a verme- seguía ella con su monólogo-. Cuando llegue espero que me enseñe a ir a caballo, ¡la otra vez me lo prometió!.
Ella ya se sentía un poco mejor después de eso. De repente escuchó una voz que cantaba. Ésa era una canción muy dulce, no sabía muy bien de donde venía, lo único que estaba en su mente en esos momentos era poder llegar hasta la persona o lo que fuera que produjera ese sonido tan hermoso. Era como si la estuviera llamando.
Lentamente se levantó de su cama, estaba llevando su camisón de dormir y como hipnotizada empezó a andar tranquilamente. Salió sigilosamente de la habitación y llegó al cuarto de al lado, había una pequeña puerta que nunca antes había visto, con la luz de la luna había unos motivos plateados que brillaban en ella. Parecía que la puerta hacía mucho tiempo que nadie la hubiera abierto.
Detrás de las puertas había una serie de escaleras, no se veía el final de ellas, ella lo único que podía hacer era subir más arriba para intentar encontrar hasta donde llevaban. A medida que iba subiendo esa voz se escuchaba cada vez más fuerte. Tenía mucha curiosidad para llegar hasta arriba.
Al final del todo llegó a una puerta que estaba cerrada. Al igual que la que había abierto para llegar a las escaleras ésta también tenía unos motivos plateados alrededor de toda la puerta. Ella después de pensarlo mucho decidió abrir la puerta. Al principio no pudo moverla mucho, pero tomando impulso por segunda vez consiguió abrirla.
Cuando entró se quedó parada. Al lado de una ventana que dejaba entrar la luz de la luna se encontraba una mujer con un largo vestido azul oscuro. La voz que había oído pertenecía a esa mujer que seguía cantando y no le había parado ni la más mínima atención. Su pelo era muy largo y parecía cascadas plateadas que le llegaban hasta los pies. Había una pequeña corona dorada encima de su cabeza. Sus ojos demostraban que era una mujer que había vivido mucho tiempo, aunque no se podía precisar bien su edad, ya que su aspecto físico no parecía deteriorado con los años.
Entre sus manos tenía una tela muy transparente, que estaba tejiendo. Tenía forma circular, no se podía apreciar muy bien los detalles. Sus manos eran muy finas y trabajaba sin cesar mientras cantaba. De repente dejó su trabajo y levantó sus ojos grises que posó en la niña que había entrado en su hogar.
-Hola pequeña Sakura- le dijo afablemente la mujer-. Ésta es la primera vez que nos encontramos, espero que ahora que sabes donde estoy vengas a verme más seguido.
-Perdone señora, pero ¿cómo sabe mi nombre?- le preguntó Sakura mientras se acercaba a ella.
-Te voy a preguntar algo, ¿cuántos años crees que tengo?- le preguntó sonriendo la mujer.
-No lo se señora, el profesor dice que decir la edad de las mujeres es algo que no se debe hacer- dijo la niña algo avergonzada.
-Lo sé, pero te voy a contestar-. dijo la mujer indicándole que se acercara más y se sentara en una silla que acercó a ella-. Yo ya estaba aquí cuando nació tu padre y tu abuelo y tu bisabuelo, y, para decirte la verdad puedo nombrarte el nombre de todos tus ancestros, puesto que yo ya me encontraba aquí incluso antes de que se construyera este castillo.
-Pero de eso hace mucho tiempo- dijo Sakura sin poder entender mucho de lo que le había dicho la mujer-. Perdóneme pero a mi no me parece que tenga tantos años.
-Puedes tratarme de tu, Sakura- dijo la mujer-. No me gustan los formalismos. Espero que creas lo que te he dicho, puesto que nunca te mentiría. Por cierto, mi nombre es Sakura, igual que el tuyo.
-¿También te llamas Sakura?- preguntó la princesa alegremente, en el poco tiempo que conocía a esa señora ya le había tomado mucha confianza-. Es un nombre muy bonito. Mi padre siempre me ha explicado que me lo pusieron porque a mi madre le gustaban mucho los cerezos.
-Sí, la joven Nadeshiko, me acuerdo de ella- dijo tristemente la señora-. Te pareces mucho a tu madre, seguro que ya te lo han dicho.
-Pues la verdad es que si- dijo Sakura orgullosa-. ¿Conocías a mi madre?.
-Ella era sólo una muchacha cuando vino a verme por primera vez- dijo la señora recordando-. Pero los espíritus tuvieron que llevársela antes de que su tiempo hubiera terminado. Serás tú quién tendrás que terminar su tarea.
-Lo siento pero no puedo seguirte abuelita- le dijo la niña que de verdad hacía cara de haberse perdido durante la conversación-.
-Tranquila que algún día lo sabrás- dijo la señora mientras le acariciaba la cabeza-. ¿Quieres que te enseñe una cosa?
Sakura se la miró con una sonrisa y enseguida agitó la cabeza en señal de afirmación. Realmente estaba muy contenta de haber encontrado otra persona con la poder hablar. Además que la veía como la madre o la abuela que nunca había conocido.
-¿Ves esta tela que tengo en mis manos?- le preguntó la mujer enseñándole lo que estaba tejiendo, a lo que Sakura asintió-. Entonces eres una afortunada, sólo aquellos que creen pueden verla y además eso indica que eres buena de corazón. Te diré un secreto, ven acércate para que nadie pueda oírlo.
Sakura se acercó a ella con una mirada curiosa. Le gustaba mucho guardar secretos. Era como saber alo que nadie más que ella sabía.
-Mira, voy a anudar una parte de la tela a este anillo- dijo mientras acaba un anillo plateado con una piedra azul en el centro que brillaba con diferentes tonos azules-, después te pones el anillo en el dedo y siempre que quieras puedes venir a verme. Además que él te conducirá a lo que quieras en el momento que quieras. ¿Te gusta mi regalo?.
-¡Oh, señora!- dijo Sakura mientras admiraba el anillo que ahora llevaba en el dedo-. Gracias, es el regalo más bonito que me han hecho nunca- le dijo sonriendo muy feliz la niña.
-Estoy contenta de que te haya gustado mi regalo- dijo la mujer mientras sacaba otra bola de hilo y empezaba de nuevo a tejer otra vez-. Y acuérdate, siempre tienes que seguir el hilo si él te lo indica, ¿lo recordarás?.
Sakura asintió con la cabeza mientras seguía observando la joya sorprendida. ¿Seguir el hilo?, estaba segura que podía hacerlo.
-Entonces creo que ya es hora para que se vaya a dormir muchachita que ya es tarde- le dijo la mujer despidiéndose de ella-. Recuérdame y ven a verme cuando quieras, estoy muy solitaria en lo alto de esta torre.
La pequeña princesa se despidió y empezó a bajar las escaleras y se colocó en su cama a dormir. Después de un rato ya no estaba segura si lo que había vivido era real o un sueño como muchos otros. No estaba nada segura de que era lo que había pasado en realidad y decidió no pensar más en ello y descansar. Se había propuesto que el día siguiente iría al pueblo a jugar con sus amigos.
Después de un rato se puso a pensar en el chico minero que había conocido hacía unos días. Nunca lo había vuelto a ver, no estaba con los demás niños del pueblo cuando ella iba. Preguntaría por él a los demás, así tal vez lo vería de nuevo.
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Shaoran había salido justo cuando empezaba a amanecer el día con su padre hacia la mina como cada día. Los dos iban paseando y cantando canciones alegres para empezar el día con ganas, ya que la jornada sería muy larga. De camino se iban encontrando con otros compañeros de trabajo.
-Mirad, aquí tenemos al joven Shaoran- dijo uno que se les acababa de unir en su trayectoria diaria-. Me acuerdo cuando empezaste a venir a la mina jovencito, siempre habías dicho que serias el mejor minero del pueblo y, al paso que vas, falta poco para conseguirlo.
Shaoran asintió riendo. Desde pequeño había visto pocas cosas más que esa mina y era igual que su hogar. Pero en esos momentos tenía algo más en que pensar que en el trabajo. El peso que le había puesto Tomoyo sobre los hombros era muy grande. Aunque le había dado su palabra no estaba seguro si pondría todos sus esfuerzos en buscar a la persona que necesitaba su raza para poder dominar el mundo de nuevo. Agitó la cabeza e intentó pensar en otra cosa, ya tenía demasiados problemas.
Mientras el joven iba sumido en sus propios pensamientos, llegaron a la entrada de la mina. Todos se fueron a sus puestos y empezaron a trabajar en ella. Hacía tiempo que Shaoran se había dado cuenta de que empezaban a excavar muy hondo, no sabía si eso era una buena o una mala señal. La tierra empezaba a cambiar de color y a veces se escuchaban unos sonidos muy raros. Lo había comentado a los demás pero le habían dicho que no se preocupara, que no había nada más que roca detrás del terreno que picaban y que continuara trabajando como siempre.
El padre de Shaoran se acercó lentamente a él y estuvo un rato observando a su hijo, parecía que no sabía si tenia que acercársele o no. Al fin se decidió y posó su brazo en el hombro del chico que se giró enseguida.
-Vamos hijo que ya es hora de comer-. Le dijo el hombre intentando que no se notara nada extraño en su voz.
-Sí padre- le contestó Shaoran dejando el pico a un lado y acompañándole hacia fuera.
Aún no habían terminado de salir fuera cuando el hombre volvió a coger a su hijo del brazo y le indicó que fueran a otro sitio. Shaoran siguió a su padre para ver que pasaba, por la forma como estaba se veía que había algo que le rondaba por la cabeza y no lo dejaba tranquilo.
-Shaoran, ayer vino el médico a ver a tu madre- empezó explicando el hombre mientras intentaba que su rostro permaneciera ilegible-. Sus noticias no fueron muy buenas.
-¿El médico ya sabe lo que tiene?- preguntó Shaoran-. Entonces si lo han descubierto puede que encuentren el remedio, ¿no?, aunque sea muy difícil yo intentaré ayudar en todo lo que pueda.
-Lo sé hijo pero no podrás ayudar mucho. No se sabe lo que tiene, sólo que la vida se le va cada vez más rápido.
-Entonces no hay remedio- suspiró Shaoran bajando la cabeza-. Pobrecita Meiling.
Diciendo esto Shaoran se fue otra vez hacia su zona de trabajo. Ya había perdido el hambre, se encontraba mal y tenía ganas de llorar. Decidió que lo mejor era seguir trabajando para olvidar todo eso, a partir de ese día no haría nada más que trabajar para que los últimos días de su madre pudieran ser los más felices. Haría realidad todos sus sueños, y sabía que entre ellos se encontraba un mantón de una tela muy rica que sólo podían poseer las damas más sofisticadas de la sociedad. Él intentaría lograr comprarle ese regalo, que seguramente sería el último que podría hacerle ya que tendría que trabajar el doble durante bastantes años para poder conseguir el dinero necesario.
El hombre mayor se quedó observando como su hijo se adentraba de nuevo a la mina. Sabía que eso era muy doloroso para toda su familia pero era mejor que el chico lo supiera, él ya era todo un hombre, aunque había tenido que crecer más rápido de lo que le tocaba. Meiling ya era otra historia, era mejor no decirle nada, su esposa se lo había prohibido. Un día hablando con su esposa y Shaoran habían decidido que su hija pequeña podría tener la infancia que su hijo no había podido disfrutar.
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En las entrañas de la tierra había una chica que se estaba paseando lentamente y haciendo preguntas a unos hombres que estaban frente a ella de rodillas. Ésos eran los mensajeros que se dedicaban a buscar a la persona elegida y la joven era su princesa.
-Entonces aún no traéis noticias interesantes- murmuró Tomoyo-. Yo ya le dije a mi hermano que eso sería más difícil de lo que él pensaba.
-Lo siento princesa pero es muy difícil vigilar a los humanos cuando sólo podemos salir de noche y sin que seamos vistos- dijo uno de los hombres que estaban arrodillados.
-Tranquilo sé muy bien que vuestra tarea no es fácil. No hace falta que me deis las noticias cada día. Volved al trabajo y contactad conmigo cuando tengáis alguna noticia, ¿de acuerdo?.
Los tres hombres asintieron y salieron del recinto en que se encontraban. Tomoyo fue a ver a su hermano que se encontraba descansando en su habitación.
-Mi hermano tan perezoso como siempre- dijo mientras se apoyaba en la puerta de la habitación. El hombre que estaba estirado se sentó y saludó a la jovencita.
-Y mi hermana siempre trabajando- dijo mientras invitaba a Tomoyo a sentarse a su lado-. ¿Tienes algo nuevo?.
-No, nada- contestó Tomoyo.
-Pensaba que lo más difícil sería encontrar la profecía del oráculo, pero ahora me parece que saber a quién se refiere es aún más difícil- dijo el hombre contrariado.
-Tranquilo, seguro que pronto encontraremos alguna pista- le consoló Tomoyo- . Nuestros rastreadores son de los mejores que hay.
Mientras ella decía estas palabras estaba pensando en Shaoran. No sabía si él estaba dispuesto a ayudar aunque hubiera dado su palabra. Estaba segura que no la decepcionaría pero también sabía que lo que le había pedido era algo bastante grande para él. Esa noche iría a verle a la mina como cada día para hablar con él. Hacía unos días que el joven minero estaba algo raro, como desilusionado, ya no se reía tanto como antes ni hacía bromas. Tomoyo estaba algo preocupada por él.
-Todos damos lo mejor de nosotros para conseguir nuestro propósito- dijo el rey de los elfos oscuros sacando a su hermana de sus pensamientos-. No debemos dejar que nadie nos pase por encima, después de todo nos merecemos una vida mejor, ya hemos pagado hace tiempo la ofensa de nuestros antepasados, ¿no crees?.
-Sí lo creo- respondió Tomoyo mientras salía de la habitación. Antes de que pudiera hacerlo su hermano la cogió del brazo.
-¿Dónde vas?, hace unos días que desapareces sin dejar rastro- le preguntó él con la mirada algo acusadora-. No quiero tener que preocuparme por ti, sé que sabes cuidarte sola. Pero lo que haces no es normal, sales sin que nadie te vea y no regresas hasta tarde.
-No hago nada hermano, sólo intento ayudar a los mensajeros a buscar a la persona que necesitamos- respondió Tomoyo-. Necesito salir de aquí de vez en cuando, así voy conociendo el territorio que nos pertenece para cuando podamos vivir en él.
El hombre la miró sin saber si tenía que creerlo o no, al final decidió que su hermana era lo bastante grande para cuidarse sola. Además ser la más inteligente de sus súbditos le daba un gran prestigio. Aunque aún así tenía un mal presentimiento de todo eso.
Tomoyo se fue alejando rápidamente de allí pensando que se había librado por poco. Si su hermano supiera adonde iba el castigo sería muy fuerte. Aún así no le había mentido del todo, ella se dedicaba a buscar aunque también durante ese proceso se encontrara con su prometido. Pensar en Shaoran hizo que se dibujara una sonrisa en sus labios. Seguro que él le estaría esperando fuera de la mina como siempre.
Salió sigilosamente de su hogar y se escondió entre las sombras para encontrar su destino. Después de andar unos minutos llegó al lugar donde la estaban esperando. Shaoran estaba allí sentado en una piedra fuera de la mina con el pico apoyado en el hombro. Su mirada estaba perdida y se veía que estaba preocupado por algo.
-Shaoran- dijo Tomoyo acercándose intentando que las hierbas la cubrieran lo mejor que pudo.
-Hola Tomoyo- dijo él sin muchos ánimos-. Te estaba esperando. ¿Habéis encontrado algo?.
-No, hemos estado buscando pero hasta ahora no tenemos nada- contestó ella- . Se te ve preocupado, ¿Qué ha pasado?.
-Nada nuevo, sólo que hay algo que me podía imaginar pero me negaba a creer- contestó él.
Tomoyo se sintió algo dolida al ver que Shaoran no le respondía exactamente la pregunta. Suponía que era algo sobre su madre ya que siempre le hablaba de ella pero ese día aún no le había dicho nada sobre su familia. Ella tampoco podía comprender muy bien su dolor ya que desde pequeña le habían enseñado que los sentimientos eran malos, aunque ella pensaba que tampoco estaban tan mal.
-Si no me lo quieres decir lo entiendo- dijo Tomoyo-. Mi hermano cada día se preocupa más por mí, temo que alguno de estos días me ponga una escolta sin yo saberlo.
-No te preocupes por eso- dijo Shaoran-. Puedo salir de muchas dificultades sin problemas, supongo que esto no será diferente.
-Puede que sí sea diferente- murmuró Tomoyo algo apenada-. Espero que nunca tengas que encontrarte en una situación así.
Shaoran miró a Tomoyo algo más contento. En esos momentos necesitaba a alguien que le apoyara siempre. Su familia no podía darle lo que le faltaba porque ellos estaban igual de mal que él, así que tenerla a ella a su lado era algo muy importante para él. Mientras el tiempo iba pasando cada vez se sentían más juntos, aunque fueran de razas diferentes.
-Gracias por estar conmigo en estos momentos- dijo Shaoran.
-No tienes por qué dármelas- contestó Tomoyo.
Los dos se levantaron y se fueron de allí. Tomoyo acompañó a Shaoran hasta el final del terreno más boscoso, no podía salir fuera porque sería vista con mucha facilidad. Y tenía que tener en cuenta que los humanos aún no conocían de su existencia. Estuvieron unas horas hablando como hacían cada día y cuando ya hacía rato que había caído la noche Shaoran se despidió de Tomoyo y regresó a su casa.
Tomoyo se quedó mirando como su amigo se alejaba lentamente, ese día no iba cantando ni tarareando como de costumbre, se limitó a seguir el camino cabizbajo y en silencio. Ella se quedó en el mismo sitio hasta que su figura desapareció en el horizonte.
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Notas de la autora. Mmmm bueno... sé que me he tardado mucho. Lo que pasa es que he tenido algunos problemas con la historia incluso he estado a punto de borrarla porque las ideas se me habían ido....
Me he esforzado intentando seguir gracias a los comentarios que me escribisteis. Espero que no es defraude. Jeje, a ver que pensáis de este nuevo capítulo.
nos vemos en el próximo (espero que no tenga muchas dificultades).
