Capítulo 4: El lago negro
Harry, Ron, Hermione y Ginny recorrían el pasillo metidos bajo la capa invisible. Era muy difícil que cuatro personas adultas pudiesen andar de esta forma sin que en algún momento se viese un pie asomando por algún lado. Bajaron como pudieron las escaleras de la entrada entre pisotones y llegaron al exterior del castillo donde habían quedado con las chicas.
- ¡Qué difícil ha sido bajar! Pero cualquiera le dejaba posibilidad a la señora Norris de que nos viese para ir corriendo a decírselo a Filch -exclamó Ron cuando salió de debajo de la capa y pudo respirar el aire fresco de la noche.
- Harry ¿por dónde has visto que venían? -preguntó Hermione observando a su alrededor.
Harry dudó un momento mirando hacia todos lados también.
- Ha sido por allí -confirmó fijando su mirada hacia un punto en concreto- Los he visto que venían sobrevolando hacia el lago.
- Harry... allí no hay nada... ¿Estás seguro de que no era un sueño? -preguntó Ginny temerosa de la reacción del chico al dudar de su palabra. No se equivocó.
- ¡Los he visto! ¿Vale? ¡Y no ha sido un sueño! Ha sido... -dudó cómo explicarlo durante unos instantes pero trató de hacerlo- Me sentía allí, en el lago, y no en mi cama. Como si estuviera fuera del colegio y los viese acercarse. Sentí como si volase hasta donde estaban. ¡Sentí... el frío, el miedo! -concluyó en un tono enfadado. ¿Por qué todo el mundo tenía la tendencia a preguntarle con preocupación y cuando él se decidía a contar algo, no le creían?
- Harry... ¡has hecho un viaje astral! -exclamó Hermione- He leído mucho sobre el tema. Ocurre cuando una persona tiene mucho interés o una gran preocupación por algo. Y obviamente tú llevas preocupado muchos días aunque no nos has querido decir nada. -aseguró la chica. Era sorprendente la poca capacidad de disimulo que tenía Harry sobre su estado de ánimo. O que Hermione era tremendamente intuitiva. Pero quizá un viaje astral era la explicación más lógica de por qué Harry había visto a los dementores y lo había sentido todo tan claro.
- Ummmm... creo que hay algo que no habíamos pensado -dijo de pronto Ginny- ¿Cómo van a poder bajar las chicas si no tienen capa de invisibilidad? ¡Filch las puede pillar en cualquier momento!
Tenía razón. ¿Cómo habían pasado por alto algo tan importante?
- Ron, saca el Mapa de los Merodeadores, a ver dónde están -exclamó Harry angustiado. Confiaba en que con ellas allí y sus tres amigos le sería más fácil enfrentarse a los dementores que se acercaban y temía que no pudiesen bajar o que las pillasen por su culpa.
- Míralas, están aquí, aquí y ... aquí. Siguen en sus habitaciones -las motitas con el nombre de las siete chicas recorrían una pequeña parte del mapa pero de pronto Ron casi gritó- Pero... esto... ¿qué es esto? ¡Tres de ellas han saltado por la ventana! -exclamó asustado.
- ¡Ron, calla! ¡Vas a despertar a todo el castillo! -le regañó Ginny tapándole la boca. Efectivamente, en el mapa, tres de las motas aparecían como si hubiesen salido por la ventana, al resto se las veía bajando por las escaleras.
- ¿Cómo van a saltar por la ventana? -inquirió Hermione- No seas absurdo. Ni siquiera tienen las escobas allí -comentó mientras cogía el mapa para verlo mejor. Pero Ron tenía razón. Hermione ahogó un grito y le señaló a Harry el mapa para que lo comprobase. Dos segundos más tarde, una lechuza de color claro, un cuervo negro y una hermosa águila se posaron cerca de donde ellos estaban. Ginny se dio cuenta y señaló.
- Mirad... ¡son ellas! ¡Son animagas! -rió ante la cara de los chicos.
- Pero ¿qué dices, Ginny? -espetó Ron observando a las aves recién llegadas- Es una lechuza, un cuervo y un águila, simplemente.
-Sí, claro, como hoy es la noche internacional de las aves, han quedado para celebrarlo, ¿no?
Todos se quedaron mirando a las tres aves que se habían posado en un árbol cercano. Cuál fue su sorpresa, cuando vieron cómo por el fondo se acercaban dos gatos, uno callejero y otro negro, un conejo negro de cola blanca y un perro color canela. Todos los animales observaban al grupo que los miraban sorprendidos. De pronto, una suave luz azulada fue desprendiendose de cada uno de los animales, saliendo de su interior. La luz se fue haciendo cada vez más intensa hasta el punto que molestaba a la vista. Cuando Harry y compañía pudieron abrir los ojos, comprobaron que Ginny tenía razón: allí estaban las siete chicas.
- ¿Animagos? Pero... no me lo puedo creer. Pero ¿cómo? Si vosotras no sois... bueno... no sois... ¡de familia de magos! -dijo el pelirrojo atropelladamente- No lo comprendo... ¡animagos!
- Cualquiera que aprenda a transformarse puede ser animago, no hace falta que su familia sea sangre limpia -explicó Hermione sonriente.
-Pero ellas son... y yo no...
- Ay, Ron, tú siempre tan envidioso -le reprochó su hermana.
- Bueno, creo que estamos aquí para algo más que para averiguar por qué Ron no es animago -terminó Hermione con la conversación- aunque a veces parece tan torpe como un hurón.
Las chicas se acercaron al grupo.
-¿Qué es lo que ocurre? -preguntó Brabra. Hermione les explicó lo que le había pasado a Harry.
-¿Dementores? ¿Que vienen dementores? -se sorprendió Circe- ¿Pero cómo puede ser? ¿Por qué?
Su voz denotaba temor. Realmente todos sentían miedo. Los dementores ya habían estado una vez en Hogwarts pero ahora eran ellos quienes tenían que enfrentarlos.
- Harry, ¿por qué no pedimos ayuda? -sugirió Inqui- Si van a aparecer tantos como dices, nos vendría bien una manita extra.
Harry se quedó pensativo. Tenía razón, lo lógico era pedir ayuda pero sentía que aquello era algo que tenía que resolver por su cuenta. No sabía cómo exactamente pero estaba seguro de que Voldemort estaba detrás de todo. Pero también se dio cuenta de que no podía arrastrar a aquellas personas que en ese momento le miraban, sólo por querer hacer las cosas a su manera.
- Mirad, lo siento, no debí pediros ayuda -comenzó a decir observándolas a todas- Entiendo que no queráis estar en esta situación y no os reprocharé absolutamente nada que os vayáis.
- Harry, te dijimos que te ayudaríamos y lo haremos -aseguró Aloho- No dudes de nosotras.
- Harry... - llamó Ron.
- Pero no quiero poneros en peligro y os estoy poniendo -se angustió Harry- Tenía que haber pensado mejor las cosas.
- Harry... -repitió Ron nervioso, tirando de su túnica.
- ¿Qué, Ron? -preguntó cansinamente ante la insistencia. Ron señaló con una mano temblorosa hacía la parte del lago. Unas sombras se acercaban flotando sin tocar la superficie oscura del agua.
- Ya están aquí... -dijo Nigriv en un susurro.
Se quedaron paralizados. Las sombras habían llegado a tierra y se ahora se las veía bien. Era un grupo muy numeroso, doscientos, quizás más, la vista no llegaba a abarcarlos a todos. Medían casi tres metros de alto y vestian una túnica sucia, raída y gris que ondeaba en el aire. No se les veia la cara que llevaban tapada por una capucha.
- Bueno, vamos a ello -susurró Harry, suspirando, pero tratando de imponer la mayor firmeza y seguridad a sus palabras- Si alguien duda, está a tiempo.
- No -dijeron todos al unísono.
Todos se alinearon y se acercaron hacia donde aquellos seres se encontraban. Conforme andaban, iban notando sus efectos: el frío comenzó a apoderarse de ellos y un sentimiento extraño les invadía. Las chicas no habían visto nunca a un dementor tan cerca. La visión era espeluznante. Cuando llegaron a una distancia prudencial, se pararon. Los dementores no se habían movido desde que pisaron tierra.
- Vamos, ya sabéis, pensamiento alegre -recordó Hermione, sintiendo cómo Brabra temblaba a su lado.
Todos levantaron sus varitas. Pero parecía que esa había sido la señal para que los dementores comenzaran a acercarse. Avanzaban hacía ellos lentamente. El grupo de jóvenes comenzó a decir el hechizo.
- ¡Expecto patronum! -se oía en mitad de la noche. Pero de las varitas apenas salía un poco de humo plateado.
- ¡Venga, concentraos! -gritó Aloho. Era difícil conseguir un pensamiento lo suficientemente alegre en aquella situación. Hasta a Harry, que era quien más patronus había hecho en su vida comparado con los que estaban allí reunidos, le estaba costando. Los dementores se estaban acercando y aún no habían conseguido nada.
- Por favor, por favor, piensa algo alegre -se decía Circe.
De pronto, un ciervo plateado salió galopando de la varita de Harry. Y seguidamente, Hermione y Ginny también lo consiguieron.
- ¡Vamos, podéis hacerlo! -gritó el chico. Era sorprendente ver cómo los patronus hasta ahora conseguidos embestían a los dementores, pero eran muchos y necesitaban más fuerza. Con mucho esfuerzo, la pantera de Aloho, el oso de Brabra y la vaca plateada que había conjurado Circe, aparecieron. Pero aún faltaban patronus.
- Es horroroso... no puedo -sollozó Mahe. Tenía tanto miedo que estaba bloqueada.
- ¡Sí que puedes! -le gritó Nigriv que veía como una loba blanca de aspecto fiero salía de la varita. Mahe hizo un gran esfuerzo y por fin vio como aparecía un caballo plateado que levantó sus patas delanteras y se dirigió galopando hacía los seres.
Al rato, Ron consiguió el suyo. Los dementores que aún no habían sido abatidos por los patronus conjurados seguían acercándose. Y precisamente, se acercaban a quienes aún no lo habían conseguido: Inqui y Missi.
- No... no... no...- repetía Inqui una y otra vez. El resto del grupo estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano para mantener a sus patronus. Las dos chicas podían ver cómo unas putrefactas manos se estiraban hacia ellas. La concentración a la que habían llegado sus compañeros parecía que no les hacía ver lo que estaba pasando. Se acercaban. Podían sentirlos. Estaban paralizadas...
De pronto, se escuchó una voz:
- ¡Potter!
Nadie se atrevía a mirar pero todos reconocieron la voz. Era la profesora McGonagall. Aloho intentó mirar un segundo y gritó:
- ¡Son McGonagall, Snape y Flitwick!
Escucharon que los tres profesores gritaban el conjuro y tres formas plateadas cruzaron entre el grupo, embistiendo a los dementores que había más cercanos a Inqui y Missi. Al dejar de notar tan excesivamente la presión de los dementores, las dos chicas recobraron la consciencia de lo que estaba pasando.
- ¡Vamos, Missi! -gritó Inqui- ¡Podemos hacerlo!
Y acto seguido, un águila y un perro plateado, como sus formas de animagas, salieron de las varitas de las chicas.
Todos los patronus estaban recorriendo las zonas ajardinadas llevándose a los dementores por delante. Al cabo de unos minutos, que parecieron horas y cuando parecía que nunca iba a terminar la pesadilla, los dementores habían desaparecido. Los patronus se fueron acercando a sus respectivos dueños como para recibir una despedida de ellos y se fueron evaporando. Los chicos estaban totalmente rendidos. Nunca recordaban haber realizado un esfuerzo tan impresionante.
- ¡Albus! ¿Qué haces aquí abajo? -gritó la profesora McGonagall.
Todos se giraron. Dumbledore bajaba con trabajo las escalinatas de la entrada con su varita en mano.
- Minerva, debiste llamarme -protestó molesto- Nunca he consentido que los dementores entraran en los terrenos de Hogwarts y no lo iba a consentir ahora.
- Pero sabes que no estás bien. -dijo tristemente la profesora, acercándose presurosa hacia él- No hubieras resistido tu exposición a los dementores tal y como estás.
Se acercaron a él. Realmente se le veía débil. Su barba blanca parecía aún más blanca si eso era posible.
- Tranquilo, Dumbledore -animó el profesor Flitwick- Ya está todo solucionado.
- Potter y sus amigos creían que podían hacerlo ellos solos pero... -las palabras de Snape fueron interrumpidas por la profesora McGonagall.
-... pero han demostrado más valor del que esperábamos y efectivamente han conseguido llevarlo a cabo. Nosotros solo hemos intervenido al final -apresuró a decir la mujer.
Harry estaba seguro de que Snape iba a decir "pero si no llega a ser por nosotros, no salen de ésta".
- Vamos, será mejor que vayamos a las cocinas a comer un poco de chocolate -sugirió Flitwick- Nos vendrá bien a todos.
- Sí, y tú, Albus, por favor, regresa a tu habitación y recuéstate -ordenó McGonagall cogiendo a Dumbledore por un brazo- Te ayudaré a llegar.
- ¿Chocolate? -le susurró Aloho a Nigriv- ¡Ups! Espero que Dobby no acabara con las provisiones.
Todos se dirigieron a las cocinas. Se sentaron en una larga mesa y los elfos que en ese momento estaban allí, les prepararon en un momento todo tipo de postres y dulces llenos de chocolate. McGonagall había acompañado al profesor Dumbledore a su habitación y Snape ni siquiera tuvo intención de bajar con ellos. El pequeñito profesor Flitwick era el único que se quedó con los chicos.
- Profesor, ¿podemos preguntarle algo? -se aventuró Circe.
- Dígame, señorita.
Todos se miraron. Tenían en mente la misma pregunta pero ninguno se atrevía a hablar.
- ¿Qué le ocurre al profesor Dumbledore? - terminó preguntando Brabra.
El profesor Flitwick los miró. Tenía que haber supuesto que querrían saber qué ocurría después de haber visto cómo estaba el director. Desde hacía días, no bajaba por el castillo.
- Veréis -comenzó mirándolos- los magos tienen una vida larga, a veces muy larga. Pero no son inmortales. ¿No os habéis preguntado por qué han existido magos y brujas que han vivido tantísimos años? Tiene una razón: a algunos magos, el destino les encomienda que realicen una función y seguirán viviendo aunque sobrepasen las leyes de la naturaleza mágica mientras no terminen lo que se les destinó, pero cuando lo realizan, mueren.
Se quedaron callados y muy quietos ¿Qué estaba intentando explicar el profesor? ¿Que Dumbledore se estaba muriendo?
- El profesor Dumbledore tiene más años de los que os podáis imaginar. Y el destino le encargó realizar una función muy importante: preparar a su sucesor como un mago poderoso, ya que éste tendría que combatir con la maldad personificada en otro mago.
Todos miraron a Harry. Éste notó como le subía el color a las mejillas y se le retorcía el estómago. El profesor Flitwick se dió cuenta y continuó:
- La única función que a Dumbledore le quedaba por realizar está llegando a su fin. Por eso se encuentra ya así.
Harry no podía creer lo que estaba escuchando. Si al hablar del "sucesor" se estaba refiriendo a él, él no se encontraba preparado. Necesitaba aún de la ayuda del director, de su sabiduría, de sus consejos.
- Bueno, jóvenes, será mejor que os vayáis a vuestras habitaciones -dijo de pronto el profesor- Es muy tarde y mañana tenéis clase.
Poco a poco se fueron levantando. Las palabras del profesor Flitwick resonaban en sus oídos. Todos estaban convencidos de que se había referido a Harry y Voldemort al hablar de los magos poderosos. Pero Harry no lo veía tan claro. Al contrario, se estremecía al pensar que tuviera que enfrentarse a Voldemort sin el respaldo de Dumbledore. Pero un pensamiento lo estremeció aún más. ¿Sería que el duelo final se acercaba?
Las chicas se despidieron de los Gryffindors cuando llegaron a las escaleras.
-Hace frío -dijo Inqui estremeciéndose.
-Es verdad, está el ambiente helado -contestó Brabra- Pero será que lo notamos más por el mal rato que hemos pasado fuera.
Subieron escaleras arriba. Les preocupaba todo lo que les había contado el profesor Flitwick que contrastaba con la sensación de satifacción que les producía el haber derrotado a los dementores. Aunque conformen andaban esa satisfacción cada vez era menor, se sentían... tristes.
Pero lo peor no había llegado. Ni los profesores, ni los alumnos que esa noche habían estado luchando se habían dado cuenta que un grupo de dementores había entrado dentro del castillo...
