Capítulo 8: Dentro del Bosque

El Bosque Prohibido era un espacio de terreno muy extenso en el que habitaban criaturas de todo tipo y al cual, no se recomendaba acceder los alumnos para evitar los peligros que en él podían encontrar. Pero Harry se encaminaba hacia allí bajo su capa invisible. No tenía más remedio. No sabía dónde tenía que ir exactamente pero una extraña fuerza parecía guiarle, sabiendo a dónde dirigirle. El simplemente, la seguía...

Aloho y Mahe, como gatos, habían ido tras él desde que salió del castillo. El resto de las chicas, en su forma animaga, habían llegado realmente rápido y le seguían también. Iban dispersadas para que Harry no se percatase de que un grupo de animales le seguía pero aún así, todas estaban pendientes. Se dirigían como él, hacia el corazón del bosque.

- ¿Qué querrá hacer allí? -preguntó Circe, que era un conejo negro de cola blanca- No entiendo por qué querrá adentrarse a estas horas en el Bosque Prohibido.

- No lo sé -contestó Missi, el perro color canela- pero debe tener una razón poderosa para venir hasta aquí solo.

Siguieron caminando. Cada vez estaban más cerca. Inqui, el águila, se adelantó y voló sobre el límite inicial del Bosque para intentar captar algo que les diera alguna pista sobre lo que podía haber hecho a Harry ir hasta allí. Se acercó en su vuelo a Nigriv, la lechuza clara, y a Brabra, el cuervo negro:

- No se vé nada, quizá para lo que haya venido Harry hasta aquí esté más adentro.

Las dos aves batieron las alas y bajaron en su vuelo hacia donde correteaban sus amigas y les comunicaron el mensaje de Inqui.

La luna se enrojecía.

Harry había entrado en el Bosque en anteriores ocasiones pero aquella vez sabía que era la peor. Ni una araña gigante, ni cientos de centauros, ni siquiera el hermano "pequeño" de Hagrid le habían producido aquella sensación de desasosiego. Había cumplido la advertencia de Voldemort de que no dijese a nadie lo que iba a pasar esa noche para evitar que alguien se ofreciese a ayudarle. Tenía que ir solo pero... ¿iría Voldemort también solo o sería una trampa y estaría esperándole con sus mortífagos?

Sus pies seguían caminando por entre las ramas caídas como si supiesen a donde debían ir. Tras llevar un rato caminando, Harry llegó a un claro del Bosque. Extrañamente, se podía ver perfectamente el cielo desde allí cuando lo normal era que al adentrarse en el paraje, los árboles cerraran el paso a la luz del sol, la luna y las estrellas. No había nada ni nadie. Pensó que era absurdo seguir bajo la capa de invisibilidad y se la quitó. Si Voldemort estaba allí, estaba seguro que podía verle aunque estuviese cubierto por ella. Pero no había señales del mago tenebroso.

Las chicas no se habían adentrado nunca tan profundo en el bosque. Pero por lo que conocían del lugar, les pilló por sorpresa al igual que a Harry encontrar aquel espacio abierto al cielo. Todavía como animales, se fueron escondiendo tras los árboles y arbustos que se localizaban cerca de donde se encontraba Harry, y esperaron.

Harry alzó la mirada al cielo y observó la luna. Aquella luna, hacía sólo un día, había iluminado su vuelo sobre la escoba en el que se había sentido relajado. Pero ahora le avisaba de que el momento había llegado. Al igual que su cicatriz...

- Potter... -escuchó una voz fría que le habló de pronto- Me alegro que hayas decidido venir.

Harry bajó la vista y vio que Voldemort había aparecido frente a él.

- ¿Acaso lo dudabas? -inquirió el chico con petulancia. No sentía todo el valor que necesitaba para enfrentarse a Voldemort pero reunió las pocas fuerzas que los dementores le habían dejado y encaró al brujo. No iba a permitir que esta vez le tratase como a un niño porque ya no lo era.

- ¡JAJAJAJAAA! Veo que tienes genio -aprobó Voldemort riendo- Lo mismo hace esta noche más divertida.

Las chicas no podían creer lo que estaban viendo y escuchando. El propio Voldemort estaba ante sus ojos. Pero ¿por qué estaba Harry allí sin haber avisado a nadie?

- ¿Qué? ¿Cómo te sientes, Harry? ¿Sigues triste? -preguntó con esa voz de lástima que tanto odiaba el chico- Te aseguro que me sigo felicitando por la idea tan estupenda de introducir a los dementores en el castillo -aseguró jactancioso- y... ¿sabes por qué lo hice? Para debilitar a todos y asegurarme que nadie, absolutamente nadie, vendría a ayudarte. Están todos tan tristes, tan decaídos... -imitó un sollozo- Eres muy dado a llevar a tus amiguitos a tus encuentros conmigo, Harry.

El chico miró alrededor. Parecía que Voldemort había cumplido su parte. No se veía a primera vista ningún mortífago. Pero sabía que el mago no iba a jugar tan limpio.

- Pero veo que has cumplido y has venido solo. Si no... ya sabes lo que le hubiera pasado a todos los que están en el castillo... Y como el viejo Dumbledore está tan enfermo, no hubiese podido hacer nada para evitarlo -sonrió encantado de su crueldad y añadió- ¿No es genial?

Las chicas, escondidas, no daban crédito a lo que escuchaban. Voldemort pensaba que Harry había ido solo pero... ellas estaban allí y ni el propio Harry lo sabía. Y por las palabras del mago, se dieron cuenta que la presencia de las siete allí estaba poniendo en peligro al resto de sus compañeros.

Harry miraba a Voldemort. La cicatriz le dolía pero no le iba a mostrar signos de debilidad aunque era así como se sentía.

- Bueno, muchacho, ¿quieres que empecemos ya? No estoy seguro de si quieres que comiencen a contar tus últimos minutos de vida -sonrió el brujo malévolamente.

- No creo que sean los últimos -respondió Harry con toda la firmeza que pudo, aunque no estaba muy seguro.

- ¡Vaya! ¡Si eres valiente y todo! -exclamó el ser- Entonces... demuéstralo -le desafió.

Voldemort se situó en un lado del claro mientras Harry, que sentía su corazón latiéndole en la sien y casi saliéndose de su pecho, se situó al otro. Sujetaba su varita con tanta fuerza que le dolía la mano. Tenía miedo pero iba a luchar por su vida.

Voldemort abrió los brazos en cruz, levantó la vista y dijo en voz alta:

- ¡Fuerzas de los magos! Conjurados sois para el duelo final. Un campo, una batalla, dos cuerpos, de igual a igual. Romped las cadenas que a las gemelas unen. Oíd las palabras en la noche...-susurró mientras finalizaba-... que la primera encantada conserve el poder.

Levantó la mano con la que sujetaba la varita y trazó con el brazo una semicircunferencia sobre su cabeza de izquierda a derecha. De repente, una extraña luz apareció donde había sido descrita la línea imaginaria por la varita de Voldemort y se ensanchó hasta cubrir todo el lugar en el que se hallaban, encerrándolos. Harry lo miraba. No entendía lo que significaba todo aquello pero no iba a demostrarle que no lo sabía. Voldemort bajó los brazos y le miró:

- ¿Soprendido, Harry? -preguntó divertido. El chico no contestó- Ahora nadie podrá salir ni entrar de aquí hasta que el duelo termine -explicó siniestramente señalando la bóveda cristalina que se había formado sobre ellos- Así me aseguro de que no salgas corriendo -rió con fuerza.

Las chicas se miraron. ¡Harry se iba a batir en duelo con Voldemort y no sabían qué hacer!

- Deberíamos ir a pedir ayuda... no sé... llamar a alguien... a Dumbledore, a McGonagall, ¡a alguien! -susurró angustiada Mahe.

- Creo que hay un "pequeño" inconveniente -observó Nigriv- Nosotras estamos dentro también. No podemos salir hasta que todo acabe.

Miraron a su alrededor y efectivamente, se encontraban dentro de la bóveda que había envuelto el lugar. No podían ir a ningún lado. Iban a ser testigos del duelo a muerte.

- Antes de empezar... Déjame explicarte algo que te estarás preguntando -comenzó Voldemort a decir mientras acariciaba su varita- ¿No tienes curiosidad por saber qué va a pasar con el Priori Incantatem de nuestras varitas?

Voldemort estaba en lo cierto. Pero tras unos segundos, Harry recordó las palabras que el mago había pronunciado "Romped las cadenas que a las gemelas unen".

- Has hecho un conjuro para romper el Priori Incantatem -contestó el chico intentando que sus palabras sonasen lo más serenas posibles aunque dudaba que no se notara el temblor que sentía en su cuerpo.

- Ummm... si al final vas a ser inteligente -se burló el brujo- Sí, querido Harry, ya no hay Priori Incantatem... No sé cómo pude olvidar algo así. Pero... gracias al poderoso Salazar Slytherin podremos batirnos en duelo. Fue él quien creó el conjuro hace siglos... pero afortunadamente... lo encontré. -dijo sastifecho, mostrando su fría sonrisa.

"No existe ya el Priori Incantatem de nuestras varitas" se dijo Harry. No estaba seguro de si era algo positivo o no. En cierta forma pensaba que el batirse en duelo con Voldemort sería similar a lo que ocurrió en el cementerio cuando renació... pero todo apuntaba a que esta vez no lo iba a ser.

- Creo que ya hemos hablado demasiado, Harry -sentenció Voldemort con seriedad- Es la hora de empezar. -Y sin darle tiempo a reaccionar, gritó- ¡CRUCIO!

Harry vió como se dirigía hacia él el rayo de luz y sin saber cómo, pudo esquivarlo. Levantó su varita y gritó:

- ¡EXPELLIARMUS!

Pero de la varita no salió nada. Voldemort le miraba divertido. Harry estaba totalmente extrañado de lo que había pasado. "¿Qué pasa? ¿No he pronunciado bien el hechizo?".

- ¿Qué te pasa, Harry? ¿No sabes lanzar un simple encantamiento? -las chicas veían la escena aterradas. Tampoco entendían qué estaba ocurriendo- Venga, te daré ventaja... Intenta desarmarme - invitó el mago.

Harry se preparó y volvió a gritar:

- ¡EXPELLIARMUS!

Y su varita volvió a no dar señales de magia. Voldemort comenzó a reírse, aumentando su voz hasta resonar en el claro del bosque.

- Harry, Harry... No eres tan inteligente, no... -siguió riendo como si aquello fuera el mejor chiste que le hubiera contado nunca- Si hubieses escuchado el conjuro...

"¿Si hubiese escuchado el conjuro? ¿Qué quiere decir? ¡Claro que lo he escuchado!" Pero de repente, recordó las últimas palabras que Voldemort hábilmente había pronunciado en un susurro. "Que la primera encantada conserve el poder". Sintió que se le caía el alma a los pies.

- ¡¿Qué le has hecho a mi varita?! -gritó enfadado.

- ¡Vaya! ¡Si al final te diste cuenta! Te felicito, Harry -volvió a reír y añadió cruelmente- No creerías que iba a jugar limpio, ¿no? No, no, ese no es mi estilo, muchacho.

- He preguntado qué le has hecho a mi varita -repitió Harry con fiereza. El pavor que sentía se estaba transformando en una rabia inmensa que le hacía hervir la sangre.

- Harry, nuestras varitas son hermanas... pero la mía es la primera encantada... la primera que realizó un hechizo... -explicó Voldemort con deleite. Sin duda, estaba disfrutando de la angustia que Harry estaba sintiendo- El conjuro para romper el Priori Incantatem tiene tal fuerza... que cualquier petición que se le haga en el momento de recitarlo, es concedida. Y a mí... Harry... me gusta jugar con ventaja -aclaró fríamente.

No podía estar pasando. ¡Estaba insinuando que había anulado la magia y el poder de su varita! Se negaba a creerlo. En un susurro dijo "¡Lumos!" para comprobar si un hechizo sencillo salía de ella... pero no. Lo que en ese momento sostenía en la mano era un simple palo de madera.

- Pero tranquilo... No voy a ser malo contigo... -entornó los ojos de serpiente y murmuró siniestramente- Voy a ser peor. !CRUCIO!

Esta vez sí consiguió darle. Un dolor que le recorrió el cuerpo en un segundo se apoderó de él pero no quería gritar. Cayó al suelo golpeandose la cabeza mientras notaba como si miles de agujas se clavaran dentro de su piel. Se retorció gimiendo hasta que Voldemort levantó su varita.

- ¿Qué tal? ¿Duele?

Harry estaba tirado en el suelo jadeando. Sus pensamientos eran confusos. No se le ocurría nada para defenderse. Sin su varita y sin poder salir de allí, estaba perdido.

Las chicas observaban lo que ocurría. Temblaban de miedo, de angustia. Estaban paralizadas sin saber qué hacer. Voldemort se acercó a Harry tras unos breves segundos. Su expresión era de total satisfacción. Sabía que tenía al chico en sus manos, que iba a poder hacerle sufrir. Y le encantaba.

- ¿Has descansado ya un poquito, Harry? -preguntó suavemente- ¿Sí? Pues... ¡CRUCIO!

De nuevo, el dolor que aún no había desaparecido de su cuerpo en el primer impacto, siguió pero con más intensidad. Seguía conteniendo el grito que intentaba escapar de su garganta pero ya sentía que hasta el corazón le dolía. La debilidad que había ido acumulando en los días anteriores por culpa de los dementores, estaba haciendo que el dolor que le provocaba la imperdonable se sintiera doblemente. Al cabo de un rato Voldemort volvió a parar.

- Ay, Harry... Qué agradable será todo cuando no estés... -expresó el mago oscuro con voz soñadora- Tengo tantos planes, ¿sabes? Lo primero que haré será hacer desaparecer tu querido colegio... Después buscaré a los miembros de esa ridícula Orden y los mataré... uno a uno... y poco a poco, me apoderaré del mundo mágico... sin más estorbos como tú -añadió con desprecio.

Harry no podía levantarse. Estaba echado sobre un costado. Le costaba respirar.

- Sí... muchos planes... que por tu culpa no he conseguido antes pero ahora me voy a cobrar el tiempo perdido... La humillación de verme derrotado por un niño... Los años que pasé sin ser ni siquiera un cuerpo... esperando... Pero volví y ahora acabaré por fin contigo, ¡CRUCIO!

La rabia que Voldemort había ido expresando en sus palabras se reflejaron en el hechizo. Harry no pudo contenerse más y gritó, gritó con todas sus fuerzas. Se sentía morir, quería morir. De pronto, la cicatriz se le abrió y comenzó a sangrarle.

Las chicas estaban horrorizadas, no podían ver aquello sin hacer algo para ayudarle aunque eso significase hacer una locura y acercase a la muerte, incluso tocarla.

Voldemort esbozó una sonrisa de satisfacción cuando vio cómo la sangre que caía de la cicatriz de Harry manchaba su túnica. Le resultaba placentero verle retorciéndose en el suelo, casi agonizante, mientras el chico no dejaba de gemir y gritat del dolor que sentía. De nuevo, paró.

- Bueno, Harry, ya me estoy aburriendo un poco así que creo que... te mataré ya. -sentenció. Se dio la vuelta y caminó unos pasos dejando una distancia entre los dos. Harry apenas podía ver. Sus ojos estaban llorosos. Entonces, Voldemort se preparó.

Todo iba a ocurrir en cuestión de segundos, así que las chicas volvieron a mirarse: Habían tomado una decisión.

- Hasta el final -dijo una de ellas.

- Hasta el final -fueron repitiendo una a una.