Los personajes de Slayers le pertenecen a Hajime Kanzaka.


Revisado 2/15/2017


Xellos apretó una mano enguantada sobre las bridas de su caballo mientras permitía que el resto de su comitiva lo alcanzara. No eran demasiados, sólo había tomado consigo a su sirviente personal. Su madre había protestado, pero sabía que no podía detenerlo, además esta vez no iba como un esclavo sin recuerdos. Ahora iba como un hombre en busca de su prometida.

Los emblemas reales ondearon cuando su escolta lo alcanzó y Youki le dio una mirada curiosa al ver que contemplaba las tierras de Tougen más adelante. La verdad el príncipe se sentía algo culpable, especialmente por la forma en que había partido la primera vez sin despedirse de su princesa. Tal vez por eso no le había enviado ninguna carta ni había respondido a las suyas.

Recordaba el día que había salido de Tougen y se había encontrado con su madre. Había sido un día agridulce. Nada se comparaba con volver a los brazos de Juu-oh y descubrir que los demonios podían llorar de alegría. Luego de las demostraciones de afecto y de una larga inspección por parte de su madre habían partido.

Cuando finalmente estuvieron cerca de la Tierra Salvaje la emperatriz envió adelante a los guerreros que por casi tres años la habían acompañado en su búsqueda del príncipe para que dieran la voz y el reino se preparara para una gran fiesta de recibimiento.

El reino se desbordó en muestras de alegría por el regreso de la emperatriz, pero cuando algunos de los nobles pusieron sus ojos en el príncipe y los murmullos comenzaron la fiesta amenazó con tornarse en una ejecución.

Xellos tuvo que intervenir para evitar que la sangre de los nobles corriera y luego de asegurarse que su madre no ejecutaría a nadie se encerró en su habitación. Horas más tarde su madre lo fue a buscar y lo encontró sentado en el alfeizar de la ventana.

—¿Xellos? —lo llamó con suavidad y su hijo volteó a verla. Sus ojos de demonio refulgían levemente con luz propia haciendo que se quedara absorta ante la visión. Su hijo había crecido en aquel tiempo que había estado fuera de la casa, ahora era más alto y sus cabellos eran mucho más largos, aunque era evidente que le molestaban pues siempre los tenía atados en una cola baja. Sin embargo, en esos momentos los llevaba sueltos.

—Madre… —le dijo con una leve sonrisa al verla y se deslizó del alfeizar para recibirla como era debido.

—¿Todo bien? —Xellos hizo una mueca distraída y bajó la cabeza dejando que su cabello ocultara su rostro. La mujer se acercó a su lado y Xellos pudo sentir la preocupación en ella.

—Había olvidado lo que era ser diferente —dijo con una leve sonrisa y los ojos cerrados—. Cuando estuve en Tougen nadie sabía que yo era un demonio. Me veía normal, como los humanos —Zellas acarició sus cabellos y pasó un mechón por detrás de su oído para poder ver su cara.

—¿Magia? —preguntó la mujer y Xellos se encogió de hombros.

—No lo sé, pero hay alguien que sí lo sabe.

—Ese demonio maldito… —el príncipe sintió la ira de su madre, pero también otro sentimiento, como cuando sabía que se enfrentaría a un oponente de su mismo nivel. Eso lo hizo sonreír con algo de picardía.

—Mientras estuve en palacio Youki me vigiló constantemente. A pesar de ser el responsable de mi desaparición me protegió. Él comparte mi naturaleza, pero no siempre es visible a todos los que lo observan. Tal vez él pueda enseñarme…

—Él te arrebató de mi lado, no dejaré nada que sirva siquiera para alimentar a las bestias de la noche —gruñó la mujer.

—Madre…

—¡Morirá por mi mano! —exclamó alejándose, olvidando que tenía a su hijo de vuelta y recordando todo el tiempo que había pasado a la intemperie sin saber si su cría estaba bien o sufría sin ella—. No saldrá vivo de mis calabozos —sentenció. El rostro de Xellos se oscureció y sin saberlo el aire alrededor suyo se oscureció también. Se plantó firme frente a su madre y le habló con una seriedad que hizo que Zellas se le quedara viendo de forma extraña.

—Youki será mi sirviente personal. Su deuda es conmigo, el príncipe de Koubuchi y es mi derecho decidir de qué forma pagará.

La emperatriz observó la extraña aura que se concentraba alrededor del príncipe. Las pupilas rasgadas parecían querer consumirla allí mismo y Zellas supo que estaba frente a un ser que podía destruirla si quería. No se parecía en nada al hombre que la había atormentado escondiéndole el paradero de su hijo, aquel hombre siempre le había parecido inofensivo. Su corazón comenzó a latir a prisa, aunque su hijo se volviera en su contra, ella no podía hacer nada porque lo amaba.

Xellos sintió el dolor emanar de la mujer, un dolor y una angustia como no había sentido antes. Él era el príncipe, pero su madre aún era la emperatriz, no importaba lo que él quisiera, ella era la soberana, sobre él y sobre todo el reino y supo que le había faltado el respeto grandemente. La oscuridad a su alrededor desapareció súbitamente y se acercó a su madre con la cabeza inclinada en actitud sumisa.

—Lo siento… —susurró colocando una rodilla al suelo y las manos a cada lado suyo en señal de súplica—. Lo siento, madre. No debí hablarte así —Zellas se mantuvo en silencio mirando a su hijo.

Había crecido, había cambiado y todavía cambiaría más. Por primera vez tuvo que reconocer que su hijo no iba a obedecer sus órdenes toda la vida. Algún día él se haría cargo del reino y necesitaba ejercer aquella autoridad. No podía seguir pensando que Xellos se volvería contra ella por cada desacuerdo que tuvieran, él tenía que luchar por hacerse respetar, por ganarse a su pueblo y tenía que demostrar que podía gobernar aquel páramo salvaje al que ella llamaba hogar. Un hombre débil de carácter no podría gobernar, no importaba cuánto poder o cuánta magia poseyera.

—Youki es como yo… —continuó diciendo el joven—, quizás sea hasta más poderoso que yo, pero sabe controlar su naturaleza. Yo necesito aprender a controlar mi naturaleza y mi poder antes que destruya el reino por accidente. No creo que tenga la suerte de encontrarme con otro como él. Por favor… madre…

Zellas parpadeó confundida. Su hijo nunca se habría disculpado, era un pequeño arrogante, malcriado y salvaje porque así lo había criado. Ahora luego de tres años de estar perdido la suerte le devolvía a un hijo en camino a ser un buen gobernante, respetuoso y hasta diplomático.

Se acercó con lentitud y acarició los cabellos de su hijo quien no se movió de su lugar.

—Cuando te encontré mi mayor temor era que un día decidieras volverte contra mí. Fui una tonta… que te separes de mi es mi mayor temor. Has madurado —luego, sin aviso alguno, le dio un coscorrón—. Levántate y ve a buscar al maldito ese antes que cambie de opinión —Xellos se sobó la cabeza, pero sonrió de todas formas.

Luego que su madre saliera de su habitación se dirigió a los calabozos. Los guardas agradecieron que no los necesitara para encontrar al prisionero.

Cuando Youki vio al príncipe trató de enderezarse. Aún una semana después de salir de Tougen seguía débil por el hechizo que la emperatriz había usado en él.

Xellos se detuvo frente a la celda y el hombre sonrió.

—¿Piensas quedarte aquí? —le preguntó el príncipe.

—Contrario a lo que piensa, príncipe, su madre sí sabe cómo usar la magia, aún en alguien con mi experiencia —Xellos no pudo suprimir una sonrisa.

—Sé mi sirviente personal, Youki —le dijo el joven como si hiciera un trato. El hombre le dio una mirada cansada.

—¿Tú sirviente? Soy el sastre de Tougen —replicó Youki

—Eres un demonio como yo. Pero tienes experiencia y nadie sabe que eres un demonio —Youki dio un largo suspiro y le respondió como si estuviera hablando con un chiquillo.

—¿Así que quieres que te enseñe a no parecer un demonio? —el príncipe negó.

—Quiero que me enseñes a cómo controlar mis poderes. Nadie más podría —Youki le dio una larga mirada. No era lo que había planeado. Su misión era asegurarse que los hijos de la profecía estuvieran a salvo y no sólo había cumplido con su misión, sino que había logrado que se comprometieran. Pero entrenar a otro como él… eso no estaba en los planes.

—No sé si tengas habilidad. Sólo he visto tu lado destructivo —le dijo con suavidad. Xellos sabía que el hombre tenía razón. Todas las veces que había tenido la oportunidad de usar sus poderes había sido para destruir. Recordó cuando el hombre lo había ayudado aquella vez que se debilitara por el hechizo que casi había pulverizado a Lina. Se concentró y extendió su mano. Una esfera de negra energía se formó, trató de que fuera densa y se concentró hasta que unas corrientes de energía color amatista se dejaron ver alrededor de la misma. Empujó la misma hacia el pecho del prisionero.

Youki cerró los ojos, sólo un demonio con experiencia podía hacer aquello y no dañar a quien recibía la energía. Xellos hizo que la esfera flotara frente al pecho del hombre por unos instantes y luego la forzó a disolverse con lentitud, haciendo que la energía fuera absorbida a su tiempo. Youki se quejó y se tensó al sentir la energía. Aun cuando el joven era cuidadoso dolía.

—Lo siento —escuchó que el príncipe se disculpaba. Con todo se sintió lo suficientemente reestablecido.

—Eso no estuvo tan mal —exclamó con una sonrisa. Luego de reponerse pudo abrir los grilletes que lo aprisionaban sin dificultad. El príncipe abrió la puerta de la celda y Youki lo siguió. El joven lo llevó a la presencia de la emperatriz quien descansaba en sus habitaciones personales.

—Madre —la saludó el príncipe al entrar mientras hacía una reverencia. La mujer le extendió la mano con prontitud pidiéndole que se acercara. Youki se inclinó con respeto mientras se dirigía a ella por si título de emperatriz.

—Permitiré que le enseñes a mi Xellos con una condición —el hombre volteó a ver al príncipe y este le devolvió un gesto despreocupado.

—¿Cuál sería esa condición? —preguntó con curiosidad.

—Quiero verte tal cual eres —Youki atinó a parpadear con lentitud, la mujer no podía estarle pidiendo eso. Luego de tantos años ocultando su verdadera esencia sólo sus lobas lo habían visto y le temían.

—Emperatriz… no creo que tenga una idea de lo que me pide.

—Es por eso que quiero tener una idea de a quién le estoy confiando la enseñanza de mi hijo —respondió la mujer con decisión. Youki podía sentir que nada la haría cambiar de opinión y eso de cierto modo le agradó.

—De acuerdo, pero le recuerdo a mi señora que no podré mostrarme totalmente gracias a ella y su hechizo —la emperatriz asintió con una sonrisa ladeada que desapareció cuando el hombre se enderezó y cerró los ojos. Un aura oscura lo rodeó y su cuerpo cambió. El color de su piel se volvió más bronceado, tanto como la piel de Zellas. Los ojos verdes refulgieron como esmeraldas y el cabello se fue alargando hasta alcanzar la cintura del hombre en sedosa cascada, el rubio cambiando a un tono verdoso. Las manos volvieron a mostrar las garras que Zellas hubiera visto una vez y sus ropas cambiaron a otras, limpias y refulgentes.

—Esta… no es mi verdadera forma, sólo es una de mis manifestaciones.

El príncipe y la emperatriz escucharon una especie de sonido, como el ulular del viento que creció hasta convertirse en un aullido. De repente frente a ellos estaba una bestia enorme de negro pelaje rodeada de oscuridad. Las patas no parecían tocar el suelo y su boca estaba abierta mostrando los colmillos. Un segundo aullido proveniente del monstruo sobresaltó a la emperatriz quien se llevó una mano al pecho sujetando el emblema de Koubuchi.

Zellas sintió un escalofrío en todo su cuerpo, no porque sintiera miedo sino porque reconocía aquella bestia. Estaba grabada en su emblema real y ondeaba en las banderas de todo su reino.

Al ver la expresión en el rostro de la emperatriz Youki regresó a su forma humana. La mujer se levantó y dio un par de pasos en su dirección.

—Tú eres uno de los habitantes originales de esta tierra —susurró y el hombre asintió.

Desde aquel momento Zellas no tuvo reparo ninguno en que el príncipe pasara la mayor parte de su tiempo con aquel hombre. Incluso había notado un cambio en la actitud de su madre hacia Youki. A pesar de las discusiones había una especie de admiración que ella trataba de ocultar.

Xellos regresó al presente cuando escuchó que por el camino se acercaba algo o alguien. Aguzó la vista y sonrió al ver quiénes se acercaban por el camino. Cinco centellas blancas como la nieve, corriendo con las lenguas por fuera. Seis años sin ver a su amo seguramente era suficiente para hacerlas correr de aquella manera. Las hilanderas de Tougen, las sirvientas de Youki. Las bestias corrieron al encuentro de su amo y al llegar saltaron sobre él. El hombre las recibió con la misma alegría y Xellos se dispuso a esperar que el encuentro terminara.

Filia se sentó justo frente a las hortensias, aquellas cuyo color púrpura se parecía tanto al color que ella recordaba en los cabellos del príncipe.

El que Xellos no hubiera contestado sus cartas en aquellos seis años había dolido y mucho. Al principio el dolor había sido insoportable y había pasado la mayor parte del tiempo encerrada en la habitación de juegos sin poder entender qué era lo que sucedía, pero sin darse por vencida. Pero según pasaba el tiempo el dolor se iba convirtiendo en resentimiento.

Sus amigos siempre tratando de animarla, pero incluso Amelia, que era la que más convencida estaba de que Xellos la amaba había comenzado a dudar. Al final Filia decidió que ya no esperaría por su príncipe porque en realidad nunca había existido. No se quedaría como una tonta esperando que alguien viniera a salvarla. Desde entonces se había dedicado a estudiar sus hechizos y cómo mejorarlos. No iba a permitir que lo sucedido con el ministro se repitiera, menos cuando estaba vez no habría nadie para ayudarla.

Poco a poco se había convertido en una hechicera de cuidado. Sus hechizos eran tan poderosos como los de Lina, especialmente los hechizos sagrados. Zelgadis le había enseñado a controlar su temperamento, Amelia le había enseñado cómo dominar sus deberes sociales y Goury le había enseñado a usar la espada con una habilidad bastante decente.

No, Filia no necesitaba ser rescatada, pero estaba dispuesta a aceptar lo que fuera que Xellos le propusiera a sus padres siempre y cuando la sacara de allí. No les había dicho a sus amigos, pero la única razón por la cual ella no había abandonado el palacio era por el hechizo de compromiso. Muy al fondo de su corazón esperaba que el príncipe apareciera, aunque de no haber sido así, ya tenía planeado irse de palacio.

Si el compromiso se terminaba o no, no importaba. Aquel era su último día en palacio.


Gracias por leer.