Los personajes de Slayers no me pertenecen. Ya quisiera yo...


Revisado 02/16/2017


Filia sentía que había pasado una eternidad sentada, envuelta en la tranquila soledad del jardín. Tan absorta estaba en sus cavilaciones que no escuchó los pasos que se aproximaban a donde se encontraba. Pasos seguros y fuertes.

—¿Filia? —no reconoció la suave y sedosa voz que la llamaba, los ojos fijos en unos hermosos lirios púrpuras con pequeños destellos dorados que adornaban con su salvaje belleza el sendero de piedra que llevaba al interior del jardín. Pensó que era el sirviente que le venía a avisar que su presencia era requerida finalmente.

—Princesa Filia... —susurró, tratando de corregir al recién llegado—, dile a mi padre que en un momento estaré en palacio para recibir al príncipe de Koubuchi —no había molestia en su voz, simplemente algo de cansancio.

—Sólo quería anunciarle a la princesa que el príncipe de Koubuchi ya está en el jardín —Filia abrió los ojos sorprendida, ahora reconocía la voz. Se volteó lentamente y allí estaba él. Se veía regio en sus vestimentas reales.

—Xellos... —susurró. El aludido hizo una corta reverencia, haciendo que sus cabellos ocultaran en parte su rostro. Filia lo observó impresionada. Xellos portaba una expresión austera acompañada por una sonrisa que no alcanzaba sus ojos.

Vestía una especie de túnica entallada en los hombros, marcando perfectamente la línea de su pecho hasta las caderas, donde se dividía a ambos lados y continuaba hasta las rodillas. La túnica era negra, con un dragón celestial bordado en un azul brillante, con leves hilos de plata y diminutos diamantes. Llevaba puesta su corona y colgando del cuello el símbolo de la casa Real de Koubuchi. Los sedosos cabellos púrpuras nuevamente estaban a la altura de sus hombros, nítidamente cortados y en su mejilla llevaba una curiosa marca. Los pantalones negros a la medida justa y unas zapatillas negras con los mismos símbolos que la túnica.

—El mismo que viste y calza —sonrió al enderezarse. Filia se puso en pie e hizo una reverencia similar, dándole un equivalente de la sonrisa que él le había regalado.

—Ha pasado mucho tiempo Filia, ¿cómo has estado? He esperado mucho para volver a verte —le dijo al tiempo que le extendía la mano cortésmente. Filia tomó la mano que se ofrecía con delicadeza, pero no dijo palabra—. ¿Vamos adentro?, tu padre nos está esperando —Filia asintió y una expresión de curiosidad cruzó repentinamente los ojos de Xellos. Trató de no darle importancia al suceso y pasarlo por alto. Después de todo... ella también había estado esperándolo.


Xellos observaba a Filia, de hecho, la espiaba cada vez que pensaba que ella no lo estaba viendo. Era hermosa. Aquellos tres años que había pasado en compañía de una Filia explosiva y malcriada no lo habían preparado para la Filia que ahora, seis años después, tenía ante sus ojos.

Los largos cabellos de la princesa estaban arreglados con pequeñas trenzas, arremolinadas de forma curiosa y recogidas finalmente en una especie de lazo en la base de su nuca, permitiendo entonces que escaparan en cientos de rizos dorados que cubrían su espalda. Sus ojos azules resaltaban graciosamente sobre la blanca piel y sus labios, antes aniñados, formaban una graciosa y sensual sonrisa cada vez que asentía. Una sonrisa que, para su desaliento, no le había dirigido ni una sola vez.

—¿Príncipe Xellos? —una voz lo sacó de sus pensamientos, aparentemente todos estaban esperando una respuesta, ¿pero a cuál pregunta?

—Disculpe, su Majestad, creo que estaba un poco distraído —se disculpó por haber sido atrapado en el descuido.

—Oh... todos los aquí presentes queríamos saber qué ha pensado acerca de romper el hechizo de compromiso —Xellos se quedó callado por unos instantes.

—La princesa desea cancelar el compromiso, por supuesto —añadió la Reina—, no es que seamos irracionales, pero es por eso mismo que pensamos que la princesa debe romper el compromiso. No sería correcto, según nuestras costumbres, que la princesa se desposara con un...

—¿Demonio? —interrumpió Xellos con un brillo peligroso en la mirada. El silencio fue tenso en esos momentos hasta que la reina continuó en su tono más conciliador.

—Sería contraproducente para el reino que la princesa se desposara con alguien tan ajeno a nuestras costumbres —corrigió con una sonrisa endulzada. La mujer, con cabellos rubios cabellos y estilizada figura, era la perfecta forma de la hipocresía, podía sentirlo.

Filia sólo observaba sin decir palabra. Con el tiempo había aprendido que sus padres compartían ciertas características con el fenecido Ministro. Sino de qué otra forma podían haber confiado tanto en semejante víbora. Pero más que observar a sus padres observaba a Xellos. El tiempo que lo había conocido había estado influenciado por el collar, pero ahora que era libre presentía en aquel ser algo decididamente sórdido y confuso. ¿Pero qué decía? Era un demonio... y así debían ser.

—Si insiste en que la Princesa de Tougen se adhiera a un compromiso tan absurdo, debo advertirle, Príncipe, que le retiraremos el derecho a la sucesión. Esa es nuestra última palabra en el asunto —los ojos azules del Rey eran del mismo color que los de la princesa, pero con una decidida nota de frialdad que en nada se parecía a los de la joven. Filia les dio una mirada cansada a sus padres y se dedicó a jugar con la fina servilleta de tela que tenía de frente. No le interesaba la discusión en lo absoluto y en su interior tampoco le interesaba si terminaba casada con un ser maldito y lejos de su casa. Eso, tal vez, sería un poco más interesante que casarse con el hombre que le impusieran sus padres para ser una simple muñeca rosada dentro de una caja de cristal.

—¿Filia... deseas romper el compromiso? —preguntó de repente su padre. La joven levantó la vista y se llevó una mano a la mejilla, descansando el rostro en ella.

—Padre, si no se me consultó el día de mi compromiso, ¿de qué sirve preguntarme lo que quiero ahora?

—¡Filia! —le reprochó su madre.

—Madre, con todo el respeto que mereces, me importa un real rábano si termino casada con el príncipe que vos me elegís o con una bestia salvaje. Por las barbas de Cefeid, ya ni me importa si me lleva el primer borracho del reino —se levantó con molestia, los ojos envueltos en una furia casi incontenible y un aura dorada casi imperceptible cubriéndola—. Y con el permiso de vuestras majestades y del príncipe, me retiro a donde no les estorbe mientras deciden sobre mi vida —estaba muy enojada, demasiado enojada. Seis años habían sido suficiente presión para hacerla estallar.

Xellos observó la esbelta figura retirarse con paso sereno, pero apresurado. Sus sentidos podían sentir su furia con claridad, de la misma forma en que se sentía el calor de una fogata durante la noche. Había visto los usualmente pacíficos orbes azules encenderse como flamas de puro fuego donde los elementos se consumen en perfecta totalidad. Una sonrisa tonta amenazó con posarse en su boca y se obligó a cerrarla. Ahora entendía por qué Youki tenía tan poca voluntad en cuanto a su madre se refería. Era la promesa que se escondía en la hermosa figura de una diosa. La diosa de la destrucción y el caos.

Pero aquella actitud tan desapegada lo preocupaba... aquella no era la Filia que él conocía. Algo había sucedido allí en su ausencia.

—Pienso que la Princesa ha sido muy sabia al permitir que tomemos esta decisión por ella —comentó el Rey con aparente seguridad.

—Entonces está decidido —dijo Xellos volteándose a tiempo darles la cara a los Reyes—, desposaré a la princesa tan pronto me sea posible.

—¡Pero!

—Deseo reclamar el derecho que me otorga el hechizo que fue utilizado en mi persona hace seis años y espero que mis reclamos sean seguidos al pie de la letra —bastó una mirada seria, ayudada con un poco de su aura para que los reyes enmudecieran y comenzaran a temblar como hojas.

—Bien. Las discusiones terminan rápido cuando todos estamos de acuerdo —su sonrisa hizo que la reina se desmayara mientras que el rey trataba en vano de controlar su temblor.


Xellos se dirigió por el pasillo que tan bien recordaba hacia la recámara de Filia en palacio. Estaba a punto de tocar a la puerta cuando esta se abrió y Filia se detuvo abruptamente, con una expresión de hastío.

—¿Podemos hablar? —intentó con un gesto conciliatorio al notar que la joven aun parecía emanar aquella aura que a él lo envolvía y lo provocaba.

—¿Los convenciste o no? —preguntó ella sin muchos miramientos. Xellos parpadeó confundido.

—¿Qué?

—No te hagas el tonto. ¿Convenciste a mis padres, sí o no?

—Vaya, qué directa eres

—Podrías ahorrarme tiempo y palabras si no te hicieras el tonto —la ira de ella se estaba tornando en frustración y eso era lo que menos quería.

—Bien… sí los convencí…

—¿Cuándo partimos?

—¿Cuándo podrías estar lista?

—¿Cuántas provisiones necesito?

—Suficientes para un día... nos detendremos en... —Filia no lo dejó terminar de hablar.

—Bien, estaré lista en una hora —y sin más le cerró la puerta en la cara. Xellos se quedó demasiado impresionado, la boca abierta como si fuera a decir algo más por un buen rato. Finalmente suspiró y pegó el oído a la puerta. Podía escuchar a Filia moviendo algunas cosas y podía sentirla. Un poco de ira, un poco de desilusión, mucho fastidio y... una pequeñísima pizca de... ¿qué era aquello? Se esforzó un poco más. Era un sentimiento bien guardado bajo todo aquel torbellino de emociones negativas. De repente la puerta se abrió nuevamente y Xellos casi se fue de lado.

—¿Acaso no vas a prepararte tú también?

—Yo... ya estoy preparado... La escolta espera fuera del palacio —trató de ocultar la vergüenza de ser descubierto fisgoneando con una sonrisa. Notó que Filia ahora vestía una especie de túnica blanca bajo la cual llevaba una camisa azul clara de mangas cortas que le cubría hasta las caderas, ajustada con un cinto de cuero blanqueado en el cual brillaba la funda de una pequeña daga. Unos pantalones sueltos del mismo azul y unas botas de cuero también blanqueado completaban el atuendo de viaje. Xellos parpadeó varias veces, nunca había visto a una mujer cambiarse tan a prisa en toda su vida.

—Parece que tienes algo de prisa, si quieres puedo ayudarte —comentó cuando salió de su asombro.

—No necesito tu ayuda para empacar —dijo un tanto indignada. En su mano llevaba un bolso mediano y tras ella cerró la puerta de su recámara.

—¿Ya estás lista?

—No, aún tengo que arreglar unos asuntos que no me tomarán más de una hora —murmuró entre dientes. Sin decir nada más comenzó a caminar pasillo abajo. Filia se dirigió a la recámara real sin preocuparle que el joven príncipe la siguiera.

—Padre... madre... —los aludidos se sorprendieron al verla, pero no dijeron palabra ya que tras ella podían ver la figura del joven demonio. De un firme tirón Filia arrancó el medallón que colgaba de su cuello y que era la única prenda real que llevaba en esos momentos. Extendió el objeto hacia su padre—. Abdico —le dijo simplemente. Su padre asintió y tomó el medallón con lentitud de manos de su hija. Le echó una última mirada a ella y luego a la figura que le hacía sombra.

—Acepto tu decisión. Ve en paz —Filia hizo una pequeña reverencia hacia su padre y luego hacia su madre. Sin un sólo abrazo de despedida salió la joven del lugar, seguida de inmediato por Xellos. Se dirigió a las estancias de los sirvientes, y luego de despedirse de unos y abrazar a otros, se dirigió a la cocina real donde el cocinero en jefe le tenía preparado un pequeño bolso. Se despidió cortésmente y finalmente se dirigió a los establos. Uno de los sirvientes se había tomado el tiempo de ensillar su caballo, un hermoso alazán de crines blancas. Fue entonces que volteó y fijó su vista en Xellos.

—¿Ya estás lista? —le dijo en un tono incrédulo. Como le había dicho la joven, los preparativos no habían tomado más de una hora. La ex princesa de Tougen asintió y cuando el sirviente trajo la montura de Xellos y subió, ella también montó la suya, cubriéndose la cabeza con la capucha blanca de su túnica.

El corcel del príncipe corcoveó levemente, dando un potente relincho antes de avanzar orgulloso. Filia hincó su montura y pronto estuvo a un paso del otro animal. Así ambos salieron al galope por los portales del palacio de Tougen. Ya en el camino Filia no volteó a mirar hacia el lugar que una vez había sido su hogar. Frente a ella se extendía aquel camino que muy pocas veces había visto. Por unos instantes sintió que su corazón latía fuertemente lleno de emoción.


Gracias por leer.