Capítulo 4
Isilwen quedó paralizada ante su respuesta. ¡Orcos! ¡Eso significaba que ambas corrían grave peligro!
-¡Orcos!-, exclamó horrorizada, haciéndose eco de sus pensamientos.- ¡Pero eso es imposible! ¡Debían haber desaparecido todos con la caída de Sauron!-
-Eso mismo pensaba yo hace un segundo.-, contestó con ironía la elfa, sin desviar su mirada, fija en el horizonte.
La mortal sintió como su corazón empezaba a latir desesperadamente fuerte. Aquello se ponía feo... Encima iba desarmada... ¿Qué podía hacer? ¿Huir? No, eso era de cobardes, ¡aunque fuese a base de piedras se enfrentaría a aquellas horrendas criaturas!
Observó atentamente a su nueva compañera. Su rostro era serio, muy serio. En sus profundos ojos creyó atisbar una pizca de temor. ¿Temor? ¿En una Eldar como ella?
Los músculos de sus brazos estaban tensos, las manos crispadas sobre las empuñaduras de dos dagas. Los ojos entrecerrados, fijos en el punto por donde debían surgir los enemigos. La mandíbula inferior tensa. Estaba apretando los dientes.
Aredhel parecía pensar, nerviosa. De repente, se giró hacia Isilwen, bruscamente, y la miró con severidad. Ella quedó sorprendida por la visión de aquella expresión en el rostro de la elfa, pues hasta entonces la había visto siempre sonreír.
Entonces, para su asombro y espanto, Aredhel dirigió su mano derecha a su cadera izquierda, de donde colgaba una gran espada élfica. Tomó la empuñadura con firmeza, y, de un buen estirón desenvainó la noble arma. El filo refulgió al contacto de la luz solar, brillando con esplendor la hoja élfica.
La elfa sostuvo la espada en alto, dejando que Isilwen la admirara con profundo respeto, como ella también hacía. Entonces, la tomó delicadamente con ambas manos, una cogiendo con firmeza la empuñadura, y la otra plana, sosteniendo por debajo la hoja.
La puso ante Isilwen, que no pudo evitar sentir algo de nerviosismo, pues no podía dejar de mirar tan bella espada. Y al hacerlo, un extraño sentimiento se apoderaba de sus sentidos. ¿Valor? ¿Honor? No lo sabía, lo único que podía afirmar era que algo la empujaba a desear tomar la espada, y blandirla con maestría en la danza de la batalla.
-Esta espada fue forjada por los elfos silvanos del Bosque Verde, los más diestros herreros del reino. Me es muy preciada, pues me la regaló mi maestro.-, explicó Aredhel con solemnidad.- Tómala ahora, y en caso que tu vida corra peligro, utilízala.- añadió, mientras le ofrecía a Isilwen la espada.
Isilwen retrocedió, nerviosa y confusa.
-Pero..¿Por qué? Y...¿Tú? ¿Cómo te defenderás?-, tartamudeó la joven.
En los hermosos labios de Aredhel se dibujó un esbozo de sonrisa. Miró, por un momento abandonando la seriedad, con indulgencia a la joven mortal, mientras le señalaba con un dedo las dos dagas que llevaba colgadas al cinto y el bello arco que llevaba a la espalda, junto al carcaj lleno de afiladas flechas.
-Tranquila, me las arreglaré perfectamente.-, le dijo suavemente, como quien tranquiliza a un niño asustado en medio de la noche.- No me quedo precisamente desarmada.-, concluyó, risueña.
Isilwen, al ver de nuevo los pequeños gestos alegres por los que creía que se caracterizaba la elfa, se tranquilizó ligeramente, aunque sin olvidar la situación que las acosaba. Respiró hondo, intentando serenarse. Pero su intento de detener la frenética cabalgata de su corazón fue en vano.
De repente, un grotesco sonido inundó los oídos de ambas compañeras. Isilwen se estremeció, presa del pánico. Los orcos ya estaban a la vista, y las habían descubierto.
Aredhel, que se había quedado rígida el escuchar el rugido orco, se giró bruscamente hacia Isilwen, le tomó una mano con firmeza, y la obligó a cerrarla sobre la empuñadura de la hermosa espada.
-No...-, sollozó Isilwen, temblando de arriba a abajo.
-Debes cabalgar hacia el este. No pares hasta que el sol caiga.-, le dijo inexpresivamente la elfa, en un susurro.- Cuando te hayas detenido, espérame tan sólo dos horas. Si no he vuelto para entonces, sigue rauda tu camino.
La aterrorizada mortal se aferró a la mano de la Eldar, llorando. En sus ojos se leía el pánico a la soledad, al peligro y a la pérdida.
-No quiero que te pase nada...-, suplicó como pudo, en medio de su incontrolado llanto.
Aredhel sonrió, mostrando en un fugaz segundo un asomo de lágrima en sus ojos. Le acarició tiernamente la mano con la que se aferraba a ella, mientras se inclinaba hacia Isilwen y le besaba la frente. Aquel gesto inundó de calidez y seguridad el joven corazón de la humana.
-Tranquila, volveré pronto contigo.-, le susurró Aredhel.
La elfa, de improviso, se separó rápidamente de Isilwen, y sin ella poder hacer nada antes, palmeó con fuerza el lomo de Thalion, que salió disparado hacia delante, en dirección este.
Isilwen apenas tuvo tiempo de agarrarse con todas sus fuerzas a las riendas de su caballo para no caer estrepitosamente. Se aferraba, desesperada, presa del llanto y la histeria.
¡¿Por qué?! ¿Por qué huía sabiendo que podía perder a Aredhel? Cierto que ella la quería proteger a toda costa y la había obligado a huir, pero, ¡no se había resistido!
-¡Cobarde!-, se insultó entre dientes, mientras el sabor salado de las lágrimas llegaba a sus labios. Cerró los puños, terriblemente furiosa consigo misma. ¡¿Cómo era capaz de abandonarla?! ¡No quería! ¡No podría perder a nadie otra vez!
La determinación invadió ferozmente todo su cuerpo. De un brusco estirón en las riendas que sobresaltó sobremanera al caballo, lo frenó en seco. Como poseída por un divino espíritu guerrero, giró su corcel, y lo espoleó con energía, ordenándole emprender un vertiginoso camino de vuelta.
Y allí la vio, erguida en su inmaculado corcel élfico, con el arco silvano en las manos. En la cuerda de increíble fuerza y resistencia, una letal flecha tensada entre sus finos dedos. El grupo de orcos, de al menos una decena, se acercaba corriendo con su grotesco y cómico caminar. En sus horribles bocas una mueca de desprecio, ignorancia y brutalidad. Su misión: destruir la vida que se les pusiese delante.
En su interior, Isilwen sintió como el corazón se le encogía dolorosamente, espantado. Mas no temía por sí misma, sino por la Eldar que tanto cariño le había dado sin reserva alguna. En tan poco tiempo que llevaban juntas la había llegado a querer mucho, aún sin llegar a conocerla del todo. Isilwen sólo sabía que su corazón deseaba tener a su lado a la elfa.
Por eso se quedó helada al ver la pandilla de orcos que aun quedaban en vida, pues unos cinco habían sido abatidos por las certeras flechas de Aredhel, que se abalanzaban sobre ella sin piedad. En un sorprendente y rapidísimo movimiento, la Eldar se colocó el arco en la espalda y sacó con destreza sus hermosas dagas, poniéndose en guardia en el acto. Fue tan grácil y veloz que aun tuvo tiempo de desmontar, (pues luchaba más a gusto a pie) y esperar quieta, en su posición, a sus enemigos.
No lo iba a tener precisamente fácil. Cinco orcos sobre ella, sola. Temía tener dificultades... ¡Sí! Ella, una Eldar de pies a cabeza, tenía miedo. Pero era lo suficientemente orgullosa como para no dejar que aquello afectase a su cuerpo y a la batalla que iba a disputar. Cierto era que le podía costar la vida, pero también lo era que en sus cincuenta años de ininterrumpido viaje lo habían llegado a pasar mucho peor. Debía confiar en su fuerza, en aquella que nunca, en su eterna y larga vida, le había fallado.
Una sonrisa llena de orgullo y superioridad se esbozó en sus labios, dándole las fuerzas que la ayudarían a vencer, como siempre había sido. Avanzó un paso al frente, deslizando el pie izquierdo suavemente, rozando el suelo. Apuntó, con un giro provocado por sus muñecas, con las dagas a los orcos, que ya estaban a tiro de piedra.
De repente, algo rompió su concentración para con cada gesto de su enemigo. Una de las horrendas criaturas, la que parecía liderar el reducido grupo, había detenido bruscamente a otro orco, agarrándola brutalmente por el hombro. Los demás también se detuvieron. Aredhel bajó la guardia, confundida.
¿Qué les había detenido?
Sus ojos se abrieron de par en par, la expresión desencajada por un repentino temor. Su rostro pálido se giró bruscamente hacia su derecha, sabiendo de pronto qué era lo que había distraído a los orcos. -¡¡¡No!!!-, gritó, desgarrando su garganta, al ver como los orcos se lanzaban feroces contra Isilwen, que cabalgaba a toda velocidad hacia ellos, con su espada en alto, desafiante.
Algo en los ojos de la mortal había cambiado. Llameaban, gélidos, fríos, furiosos.
Mientras Aredhel permanecía paralizada de asombro y espanto, vio como la joven muchacha, como presa de una inusitada destreza con las armas, de un vertiginoso y grácil movimiento tomaban la espada por la empuñadura, con la afilada hoja hacia abajo. Justo cuando estuvo al lado del primer orco, la alzó con fuerza, a modo de cuchillo, y se la hundió completamente en la clavícula, matándolo en el acto.
Sólo entonces, cuando vio la putrefacta sangre orca machando las manos de la que había sido su inocente compañera, sabiendo que era por su causa, reaccionó, y, subiendo de nuevo a su caballo, lo espoleó con fiereza, lanzándose al encuentro de su recién encontrada amiga.
¡No permitiría que le hicieran daño! ¡Jamás! No sabía porqué se desvivía tanto por una simple mortal, tan insensata como para salir de viaje sola y totalmente desarmada. Lo único que sí sabía era que no podía dejar que la lastimase nadie.
De un salto de su brioso corcel, Aredhel se plantó justo delante de Thalion y su jinete, Isilwen, que había estado a punto de ser acuchillada por el gran orco jefe, en un momento de despiste por parte de la joven de claros cabellos.
La elfa blandió su espada con su eterna maestría, degollando de un limpio tajo a la diabólica criatura. Ésta tambaleó, moribunda. Aredhel, asqueada, le propinó un puñetazo, rabiosa, que lo envió de espaldas al suelo.
-¡Cuidado!-
El grito de Isilwen, a su espalda, le heló la sangre. ¡Se había distraído! Notó a su izquierda la presencia de uno de los tres orcos que quedaban. Supo que había alzado su cimitarra para abatirla a ella. Y sin embargo no perdió la calma.
Con sangre fría, controlando al máximo sus cinco sentidos, tomó rápidamente sus dagas, y se giró de frente al orco que iba a matarla.
-¡Aredhel!-, gritó, aterrorizada, viendo que había dado la espalda a otro orco, que, sin duda, iba a aprovechar la ocasión.
Quiso matarlo, y salvar así a la elfa. Mas no tuvo oportunidad de hacerlo, porque cuando quiso hacer que Thalion avanzase, el último de los tres orcos, se le lanzó por un costado. A duras penas pudo detener la tajada que pretendía propinarle con su mugrosa cimitarra. Desesperada, asustada y furiosa con las estúpidas criaturas de Sauron, se arriesgó un segundo a bajar la guardia. Despistó así a su atontado enemigo, clavándole fugazmente, la espada en su estómago. La oscura sangre empezó a brotar a borbotones, mas, Isilwen no le prestó la más mínima atención.
Desclavó la élfica espada del cuerpo sin vida de aquel engendro, para girarse rápidamente en busca de su amiga. ¡Ojalá aun estuviese a tiempo de salvarla!
La presión en su pecho, fruto de la angustia, desapareció de pronto, al ver a los dos orcos que habían intentado asesinar a su amiga, abrazados. Su boca se le abrió tontamente, su expresión, de bobo asombro.
No era, evidentemente, que los orcos, en un arrebato de un inexistente sentimentalismo de su raza, se lanzaran a abrazarse como buenos amigos. Eso mismo notó Isilwen cuando, al fijarse algo más, vio que ambos se habían hundido las cimitarras en el estómago del compañero. Así, se había quedado clavados, rígidos como una estatua, muertos.
Y fue, justo al alzar la vista de los cadáveres, cuando vio, detrás de ellos, a la elfa, sonriendo con orgullo y superioridad, rozando sus uñas en su camisa, para luego bufárselas, con una ceja alzada, en gesto cómico.
Al verla así, sana y salva, Isilwen no pudo evitar soltar una carcajada, seguida de un pequeño sollozo. La tensión que había sentido hasta entonces, el miedo, el terror, la angustia, se desataron en aquel llanto.
Aredhel, al verla de aquella manera, se acercó a su lado, desmontó de su caballo, mientras ayudaba a su vez a Isilwen a hacer lo mismo. Ella seguía llorando, temblando, cubriéndose el rostro con ambas manos.
-Tranquila... Ya se acabó...-, le susurró dulcemente al oído, mientras la abrazaba con ternura.
La estrechó suavemente contra su pecho, mientras dejaba que Isilwen escondiera el rostro contra ella. Le acarició los cabellos tranquilamente, con cariño, dejando que se desfogase.
La joven mortal, entre sus sollozos, no pudo dejar de sentir, con emoción, la calidez del abrazo de la Eldar, el cariño con que la estaba arrullando, con suaves palabras de consuelo. Notó, con aprecio, como el suave pero embriagador aroma de Aredhel la envolvía.
Isilwen, lloró por largo rato, destrozada por dentro. Nunca había tenido tanto miedo. Bueno, sí, con Beleg. Pero aquella vez era algo totalmente diferente. Había sentido que se quedaría totalmente sola, para siempre, si perdía a Aredhel. Había sentido que iba a perder una oportunidad tan grande de ser feliz... Y es que con la Eldar se sentía comprendida, segura, querida...
Deseó, por unos instantes, poderse quedar para siempre así, abrazada a su amiga, sintiendo su agradable calorcillo, su hermosa voz murmurándole palabras cariñosas. Sólo a ella. Deseó no perder el suave contacto de sus finos dedos sobre su pelo, sus brazos rodeándola.
Algunos habrían dicho que aquello era amor... Pero Isilwen sabía que no lo era. Era un cariño especial, una amistad llevada a su cima más alta... Realmente parecían haber sido destinadas a encontrarse, para siempre estar juntas.
Aunque sabía de sobras que era algo físicamente imposible. Ella era mortal, y Aredhel viviría eternamente... Algún día habrían de separarse, para no verse nunca más. Aquella verdad que había llegado de repente a su corazón la llenó de amargura. Y lo peor era que sabía que no podría luchar contra ello. Parecía mentira... Tan poco tiempo y ya le dolía imaginar su separación...
Entonces, sin saber porqué, se miró las manos.
Un grito ahogado surgió de su garganta. Su rostro palideció. Estaban llenas de negra sangre maloliente.
Su corazón comenzó a palpitar a toda prisa, desbocado, al recordar exactamente lo que había hecho.
-He matado...-, susurró entrecortadamente, aterrorizada como nunca.
Las rodillas le fallaron, las piernas temblándole. Aredhel la estrechó con fuerza, sujetándola para evitar su caída. Separándose ligeramente de ella, la elfa le tomó las manos suavemente, mientras rebuscaba en uno de sus bolsillos. Pronto sacó un pañuelo de blanca seda, y con afecto, comenzó a limpiar las ensangrentadas manos de la joven mortal.
-No debes sentir ningún tipo de culpa ni remordimiento por haberles arrebatado la vida a esos orcos.-, la consoló dulcemente la Eldar, mirándola con sus hermosos ojos marrones.- Ellos no merecen la vida, sólo desean matar, torturar y destruir. Te quisieron hacer mucho daño.-
Isilwen notó de nuevo como las lágrimas surgían de sus ojos, deslizándose lentamente por sus mejillas, humedeciéndolas con su cálido contacto.
-Pero...-, tartamudeó.
-En el fondo...-, la cortó gentilmente Aredhel.-, Creo que les hiciste un verdadero favor...-
Isilwen la miró sin entender, mientras observaba como la elfa guardaba de nuevo el pañuelo.
-Mira.-, prosiguió Aredhel, acariciando distraídamente las manos de su amiga.- Los orcos son creados sin piedad por cada señor oscuro que aparece en este mundo. Carecen de sentimientos. No pueden amar, sólo odiar... ¿Qué vida es esa? Estoy segura de que sufren mucho, en el fondo. Por eso odian tanto a aquellos que somos libres de sentir y amar. Su reacción natural, dado su negro corazón, es la destrucción de todo ser con luz. ¿Entiendes ahora por qué los has ayudado? Los has librado de su más dura tortura.-
-¿Tú crees?-, dudó la muchacha.
-Sí.-, asintió casi jovialmente Aredhel.
Isilwen asintió también, la mirada baja, en silencio. Cerró suavemente sus manos sobre las de la elfa, capturándolas amablemente. Alzó sus ojos grises, fijándolos con cariño en los de Aredhel. Ésta, sencillamente, con una hermosa sonrisa en los labios, le secó las lágrimas con el dorso de su fina mano.
-Vámonos, seguiremos el camino unas horas más... Ya no queda mucho. Pronto encontrarás a tu amado Beleg, te lo prometo.-, le murmuró.
Isilwen, por toda respuesta, la abrazó estrechamente una vez más, agradeciéndole sin palabra alguna todo lo que había hecho por ella. Intentó decirle de alguna manera lo mucho que había significado para ella, lo mucho que estaba llegando a quererla. Mas, las palabras no acudieron ni a su mente ni a sus labios.
Aredhel supo notar su intención, y, sonriendo siempre, la besó dulcemente en la mejilla, diciéndole con los ojos que la había entendido.
-Gracias, otra vez.-, le dijo Isilwen.
-De nada, tonta.-, les respondió la Eldar, risueña.
Isilwen quedó algo sorprendida, tanto por la palabra empleada, como el parecido que, por un instante, la elfa había tenido con su hermana Elana. Recordándola se preguntó cómo estaría su família. Si se habrían enfadado mucho con ella...
Pero dejó a parte aquellos pensamientos cuando vio que Aredhel esperaba una respuesta a sus palabras, con una ceja alzada y una media sonrisa en el rostro.
Simulándose enfadada, le gritó:
-¡Oye! ¿Qué forma es esa de hablarme, señorita elfa?-
Aredhel estalló en risas, contenta y feliz después de la tensión pasada en la batalla. Volviendo a mirar a la muchacha mortal por un fugaz segundo, le sacó la lengua, burlona. Y, hecho esto, montó rápidamente en su caballo, espoleándolo con fuerza. Éste respondió a los deseos de su jinete, lanzándose estrepitosamente hacia delante, veloz.
-¡Eeeeeh!-, le gritó Isilwen, divertida.
-¡Vamos, lenta!-, la animó, juguetona, la elfa.
Isilwen comenzó a reír también, mientras montaba grácilmente sobre su caballo Thalion, y le instaba a seguir a su compañera.
Así siguieron su camino, cabalgando lado a lado, hacia el horizonte oriental. Marcharon durante algunas horas más, hasta que el sol se puso. Juntas. Sin que ningún orco más intentase separarlas. Seguirían el camino la una junta la otra, codo con codo, pues así lo pedían sus corazones.
TBC
Aiya a todas de nuevo! Siento no haber actualizado antes, pero estuve de viaje y no pude subir el capítulo. Espero que no os decepcione :oP
Free: No te preocupes por no haberme dejado antes review, . mientras leas mi historia y te guste me conformo. Bueno, pues eso, aki te dejo el nuevo capítulo para que lo disfrutes.
Lalwen Tinúviel: Ei nena! Jajajaja, tranquila, que he entendido lo que querías decir :D, sabes que yo haría lo mismo por ti. Jeje, sí que sales sí, ya era hora. Sin Aredhel la historia no tendría mucho sentido, la verdad . Te echo mucho de menos neneta... A ver si consigo que nos dejen quedar mañana...Bueno, pos eso, este fic no se alargará mucho más de tres capítulos... Ya veremos como sigue la historia ;)
The Balrog of Altena: No sabia que allà llenceu avellanes per Sant Joan O.O, q interessant! . Bé, tens raó en això que les dues estan destinades a ser amigues. No sé perquè ho vaig fer així... Tan místic (ho dic per això del destí). O potser sí. :P Crec que ja hauràs notat que l'Aredhel és el nom que he donat a la meva millor amiga dins la història, Lalwen. Doncs crec que he fet que l'amistat dels dos personatges surgís així perquè ho va fer també, més o menys, així a la realitat. Sobre Aredhel ja s'aniran veient coses sobre el seu pasta i la seva identitat, tanquila ;) Y bé, sobre això de l'acció, espero no haberte decepcionat, perquè realment, sóc un desastre per aquest tipus d'escena...Apa! Fins una altra!
Isilwen quedó paralizada ante su respuesta. ¡Orcos! ¡Eso significaba que ambas corrían grave peligro!
-¡Orcos!-, exclamó horrorizada, haciéndose eco de sus pensamientos.- ¡Pero eso es imposible! ¡Debían haber desaparecido todos con la caída de Sauron!-
-Eso mismo pensaba yo hace un segundo.-, contestó con ironía la elfa, sin desviar su mirada, fija en el horizonte.
La mortal sintió como su corazón empezaba a latir desesperadamente fuerte. Aquello se ponía feo... Encima iba desarmada... ¿Qué podía hacer? ¿Huir? No, eso era de cobardes, ¡aunque fuese a base de piedras se enfrentaría a aquellas horrendas criaturas!
Observó atentamente a su nueva compañera. Su rostro era serio, muy serio. En sus profundos ojos creyó atisbar una pizca de temor. ¿Temor? ¿En una Eldar como ella?
Los músculos de sus brazos estaban tensos, las manos crispadas sobre las empuñaduras de dos dagas. Los ojos entrecerrados, fijos en el punto por donde debían surgir los enemigos. La mandíbula inferior tensa. Estaba apretando los dientes.
Aredhel parecía pensar, nerviosa. De repente, se giró hacia Isilwen, bruscamente, y la miró con severidad. Ella quedó sorprendida por la visión de aquella expresión en el rostro de la elfa, pues hasta entonces la había visto siempre sonreír.
Entonces, para su asombro y espanto, Aredhel dirigió su mano derecha a su cadera izquierda, de donde colgaba una gran espada élfica. Tomó la empuñadura con firmeza, y, de un buen estirón desenvainó la noble arma. El filo refulgió al contacto de la luz solar, brillando con esplendor la hoja élfica.
La elfa sostuvo la espada en alto, dejando que Isilwen la admirara con profundo respeto, como ella también hacía. Entonces, la tomó delicadamente con ambas manos, una cogiendo con firmeza la empuñadura, y la otra plana, sosteniendo por debajo la hoja.
La puso ante Isilwen, que no pudo evitar sentir algo de nerviosismo, pues no podía dejar de mirar tan bella espada. Y al hacerlo, un extraño sentimiento se apoderaba de sus sentidos. ¿Valor? ¿Honor? No lo sabía, lo único que podía afirmar era que algo la empujaba a desear tomar la espada, y blandirla con maestría en la danza de la batalla.
-Esta espada fue forjada por los elfos silvanos del Bosque Verde, los más diestros herreros del reino. Me es muy preciada, pues me la regaló mi maestro.-, explicó Aredhel con solemnidad.- Tómala ahora, y en caso que tu vida corra peligro, utilízala.- añadió, mientras le ofrecía a Isilwen la espada.
Isilwen retrocedió, nerviosa y confusa.
-Pero..¿Por qué? Y...¿Tú? ¿Cómo te defenderás?-, tartamudeó la joven.
En los hermosos labios de Aredhel se dibujó un esbozo de sonrisa. Miró, por un momento abandonando la seriedad, con indulgencia a la joven mortal, mientras le señalaba con un dedo las dos dagas que llevaba colgadas al cinto y el bello arco que llevaba a la espalda, junto al carcaj lleno de afiladas flechas.
-Tranquila, me las arreglaré perfectamente.-, le dijo suavemente, como quien tranquiliza a un niño asustado en medio de la noche.- No me quedo precisamente desarmada.-, concluyó, risueña.
Isilwen, al ver de nuevo los pequeños gestos alegres por los que creía que se caracterizaba la elfa, se tranquilizó ligeramente, aunque sin olvidar la situación que las acosaba. Respiró hondo, intentando serenarse. Pero su intento de detener la frenética cabalgata de su corazón fue en vano.
De repente, un grotesco sonido inundó los oídos de ambas compañeras. Isilwen se estremeció, presa del pánico. Los orcos ya estaban a la vista, y las habían descubierto.
Aredhel, que se había quedado rígida el escuchar el rugido orco, se giró bruscamente hacia Isilwen, le tomó una mano con firmeza, y la obligó a cerrarla sobre la empuñadura de la hermosa espada.
-No...-, sollozó Isilwen, temblando de arriba a abajo.
-Debes cabalgar hacia el este. No pares hasta que el sol caiga.-, le dijo inexpresivamente la elfa, en un susurro.- Cuando te hayas detenido, espérame tan sólo dos horas. Si no he vuelto para entonces, sigue rauda tu camino.
La aterrorizada mortal se aferró a la mano de la Eldar, llorando. En sus ojos se leía el pánico a la soledad, al peligro y a la pérdida.
-No quiero que te pase nada...-, suplicó como pudo, en medio de su incontrolado llanto.
Aredhel sonrió, mostrando en un fugaz segundo un asomo de lágrima en sus ojos. Le acarició tiernamente la mano con la que se aferraba a ella, mientras se inclinaba hacia Isilwen y le besaba la frente. Aquel gesto inundó de calidez y seguridad el joven corazón de la humana.
-Tranquila, volveré pronto contigo.-, le susurró Aredhel.
La elfa, de improviso, se separó rápidamente de Isilwen, y sin ella poder hacer nada antes, palmeó con fuerza el lomo de Thalion, que salió disparado hacia delante, en dirección este.
Isilwen apenas tuvo tiempo de agarrarse con todas sus fuerzas a las riendas de su caballo para no caer estrepitosamente. Se aferraba, desesperada, presa del llanto y la histeria.
¡¿Por qué?! ¿Por qué huía sabiendo que podía perder a Aredhel? Cierto que ella la quería proteger a toda costa y la había obligado a huir, pero, ¡no se había resistido!
-¡Cobarde!-, se insultó entre dientes, mientras el sabor salado de las lágrimas llegaba a sus labios. Cerró los puños, terriblemente furiosa consigo misma. ¡¿Cómo era capaz de abandonarla?! ¡No quería! ¡No podría perder a nadie otra vez!
La determinación invadió ferozmente todo su cuerpo. De un brusco estirón en las riendas que sobresaltó sobremanera al caballo, lo frenó en seco. Como poseída por un divino espíritu guerrero, giró su corcel, y lo espoleó con energía, ordenándole emprender un vertiginoso camino de vuelta.
Y allí la vio, erguida en su inmaculado corcel élfico, con el arco silvano en las manos. En la cuerda de increíble fuerza y resistencia, una letal flecha tensada entre sus finos dedos. El grupo de orcos, de al menos una decena, se acercaba corriendo con su grotesco y cómico caminar. En sus horribles bocas una mueca de desprecio, ignorancia y brutalidad. Su misión: destruir la vida que se les pusiese delante.
En su interior, Isilwen sintió como el corazón se le encogía dolorosamente, espantado. Mas no temía por sí misma, sino por la Eldar que tanto cariño le había dado sin reserva alguna. En tan poco tiempo que llevaban juntas la había llegado a querer mucho, aún sin llegar a conocerla del todo. Isilwen sólo sabía que su corazón deseaba tener a su lado a la elfa.
Por eso se quedó helada al ver la pandilla de orcos que aun quedaban en vida, pues unos cinco habían sido abatidos por las certeras flechas de Aredhel, que se abalanzaban sobre ella sin piedad. En un sorprendente y rapidísimo movimiento, la Eldar se colocó el arco en la espalda y sacó con destreza sus hermosas dagas, poniéndose en guardia en el acto. Fue tan grácil y veloz que aun tuvo tiempo de desmontar, (pues luchaba más a gusto a pie) y esperar quieta, en su posición, a sus enemigos.
No lo iba a tener precisamente fácil. Cinco orcos sobre ella, sola. Temía tener dificultades... ¡Sí! Ella, una Eldar de pies a cabeza, tenía miedo. Pero era lo suficientemente orgullosa como para no dejar que aquello afectase a su cuerpo y a la batalla que iba a disputar. Cierto era que le podía costar la vida, pero también lo era que en sus cincuenta años de ininterrumpido viaje lo habían llegado a pasar mucho peor. Debía confiar en su fuerza, en aquella que nunca, en su eterna y larga vida, le había fallado.
Una sonrisa llena de orgullo y superioridad se esbozó en sus labios, dándole las fuerzas que la ayudarían a vencer, como siempre había sido. Avanzó un paso al frente, deslizando el pie izquierdo suavemente, rozando el suelo. Apuntó, con un giro provocado por sus muñecas, con las dagas a los orcos, que ya estaban a tiro de piedra.
De repente, algo rompió su concentración para con cada gesto de su enemigo. Una de las horrendas criaturas, la que parecía liderar el reducido grupo, había detenido bruscamente a otro orco, agarrándola brutalmente por el hombro. Los demás también se detuvieron. Aredhel bajó la guardia, confundida.
¿Qué les había detenido?
Sus ojos se abrieron de par en par, la expresión desencajada por un repentino temor. Su rostro pálido se giró bruscamente hacia su derecha, sabiendo de pronto qué era lo que había distraído a los orcos. -¡¡¡No!!!-, gritó, desgarrando su garganta, al ver como los orcos se lanzaban feroces contra Isilwen, que cabalgaba a toda velocidad hacia ellos, con su espada en alto, desafiante.
Algo en los ojos de la mortal había cambiado. Llameaban, gélidos, fríos, furiosos.
Mientras Aredhel permanecía paralizada de asombro y espanto, vio como la joven muchacha, como presa de una inusitada destreza con las armas, de un vertiginoso y grácil movimiento tomaban la espada por la empuñadura, con la afilada hoja hacia abajo. Justo cuando estuvo al lado del primer orco, la alzó con fuerza, a modo de cuchillo, y se la hundió completamente en la clavícula, matándolo en el acto.
Sólo entonces, cuando vio la putrefacta sangre orca machando las manos de la que había sido su inocente compañera, sabiendo que era por su causa, reaccionó, y, subiendo de nuevo a su caballo, lo espoleó con fiereza, lanzándose al encuentro de su recién encontrada amiga.
¡No permitiría que le hicieran daño! ¡Jamás! No sabía porqué se desvivía tanto por una simple mortal, tan insensata como para salir de viaje sola y totalmente desarmada. Lo único que sí sabía era que no podía dejar que la lastimase nadie.
De un salto de su brioso corcel, Aredhel se plantó justo delante de Thalion y su jinete, Isilwen, que había estado a punto de ser acuchillada por el gran orco jefe, en un momento de despiste por parte de la joven de claros cabellos.
La elfa blandió su espada con su eterna maestría, degollando de un limpio tajo a la diabólica criatura. Ésta tambaleó, moribunda. Aredhel, asqueada, le propinó un puñetazo, rabiosa, que lo envió de espaldas al suelo.
-¡Cuidado!-
El grito de Isilwen, a su espalda, le heló la sangre. ¡Se había distraído! Notó a su izquierda la presencia de uno de los tres orcos que quedaban. Supo que había alzado su cimitarra para abatirla a ella. Y sin embargo no perdió la calma.
Con sangre fría, controlando al máximo sus cinco sentidos, tomó rápidamente sus dagas, y se giró de frente al orco que iba a matarla.
-¡Aredhel!-, gritó, aterrorizada, viendo que había dado la espalda a otro orco, que, sin duda, iba a aprovechar la ocasión.
Quiso matarlo, y salvar así a la elfa. Mas no tuvo oportunidad de hacerlo, porque cuando quiso hacer que Thalion avanzase, el último de los tres orcos, se le lanzó por un costado. A duras penas pudo detener la tajada que pretendía propinarle con su mugrosa cimitarra. Desesperada, asustada y furiosa con las estúpidas criaturas de Sauron, se arriesgó un segundo a bajar la guardia. Despistó así a su atontado enemigo, clavándole fugazmente, la espada en su estómago. La oscura sangre empezó a brotar a borbotones, mas, Isilwen no le prestó la más mínima atención.
Desclavó la élfica espada del cuerpo sin vida de aquel engendro, para girarse rápidamente en busca de su amiga. ¡Ojalá aun estuviese a tiempo de salvarla!
La presión en su pecho, fruto de la angustia, desapareció de pronto, al ver a los dos orcos que habían intentado asesinar a su amiga, abrazados. Su boca se le abrió tontamente, su expresión, de bobo asombro.
No era, evidentemente, que los orcos, en un arrebato de un inexistente sentimentalismo de su raza, se lanzaran a abrazarse como buenos amigos. Eso mismo notó Isilwen cuando, al fijarse algo más, vio que ambos se habían hundido las cimitarras en el estómago del compañero. Así, se había quedado clavados, rígidos como una estatua, muertos.
Y fue, justo al alzar la vista de los cadáveres, cuando vio, detrás de ellos, a la elfa, sonriendo con orgullo y superioridad, rozando sus uñas en su camisa, para luego bufárselas, con una ceja alzada, en gesto cómico.
Al verla así, sana y salva, Isilwen no pudo evitar soltar una carcajada, seguida de un pequeño sollozo. La tensión que había sentido hasta entonces, el miedo, el terror, la angustia, se desataron en aquel llanto.
Aredhel, al verla de aquella manera, se acercó a su lado, desmontó de su caballo, mientras ayudaba a su vez a Isilwen a hacer lo mismo. Ella seguía llorando, temblando, cubriéndose el rostro con ambas manos.
-Tranquila... Ya se acabó...-, le susurró dulcemente al oído, mientras la abrazaba con ternura.
La estrechó suavemente contra su pecho, mientras dejaba que Isilwen escondiera el rostro contra ella. Le acarició los cabellos tranquilamente, con cariño, dejando que se desfogase.
La joven mortal, entre sus sollozos, no pudo dejar de sentir, con emoción, la calidez del abrazo de la Eldar, el cariño con que la estaba arrullando, con suaves palabras de consuelo. Notó, con aprecio, como el suave pero embriagador aroma de Aredhel la envolvía.
Isilwen, lloró por largo rato, destrozada por dentro. Nunca había tenido tanto miedo. Bueno, sí, con Beleg. Pero aquella vez era algo totalmente diferente. Había sentido que se quedaría totalmente sola, para siempre, si perdía a Aredhel. Había sentido que iba a perder una oportunidad tan grande de ser feliz... Y es que con la Eldar se sentía comprendida, segura, querida...
Deseó, por unos instantes, poderse quedar para siempre así, abrazada a su amiga, sintiendo su agradable calorcillo, su hermosa voz murmurándole palabras cariñosas. Sólo a ella. Deseó no perder el suave contacto de sus finos dedos sobre su pelo, sus brazos rodeándola.
Algunos habrían dicho que aquello era amor... Pero Isilwen sabía que no lo era. Era un cariño especial, una amistad llevada a su cima más alta... Realmente parecían haber sido destinadas a encontrarse, para siempre estar juntas.
Aunque sabía de sobras que era algo físicamente imposible. Ella era mortal, y Aredhel viviría eternamente... Algún día habrían de separarse, para no verse nunca más. Aquella verdad que había llegado de repente a su corazón la llenó de amargura. Y lo peor era que sabía que no podría luchar contra ello. Parecía mentira... Tan poco tiempo y ya le dolía imaginar su separación...
Entonces, sin saber porqué, se miró las manos.
Un grito ahogado surgió de su garganta. Su rostro palideció. Estaban llenas de negra sangre maloliente.
Su corazón comenzó a palpitar a toda prisa, desbocado, al recordar exactamente lo que había hecho.
-He matado...-, susurró entrecortadamente, aterrorizada como nunca.
Las rodillas le fallaron, las piernas temblándole. Aredhel la estrechó con fuerza, sujetándola para evitar su caída. Separándose ligeramente de ella, la elfa le tomó las manos suavemente, mientras rebuscaba en uno de sus bolsillos. Pronto sacó un pañuelo de blanca seda, y con afecto, comenzó a limpiar las ensangrentadas manos de la joven mortal.
-No debes sentir ningún tipo de culpa ni remordimiento por haberles arrebatado la vida a esos orcos.-, la consoló dulcemente la Eldar, mirándola con sus hermosos ojos marrones.- Ellos no merecen la vida, sólo desean matar, torturar y destruir. Te quisieron hacer mucho daño.-
Isilwen notó de nuevo como las lágrimas surgían de sus ojos, deslizándose lentamente por sus mejillas, humedeciéndolas con su cálido contacto.
-Pero...-, tartamudeó.
-En el fondo...-, la cortó gentilmente Aredhel.-, Creo que les hiciste un verdadero favor...-
Isilwen la miró sin entender, mientras observaba como la elfa guardaba de nuevo el pañuelo.
-Mira.-, prosiguió Aredhel, acariciando distraídamente las manos de su amiga.- Los orcos son creados sin piedad por cada señor oscuro que aparece en este mundo. Carecen de sentimientos. No pueden amar, sólo odiar... ¿Qué vida es esa? Estoy segura de que sufren mucho, en el fondo. Por eso odian tanto a aquellos que somos libres de sentir y amar. Su reacción natural, dado su negro corazón, es la destrucción de todo ser con luz. ¿Entiendes ahora por qué los has ayudado? Los has librado de su más dura tortura.-
-¿Tú crees?-, dudó la muchacha.
-Sí.-, asintió casi jovialmente Aredhel.
Isilwen asintió también, la mirada baja, en silencio. Cerró suavemente sus manos sobre las de la elfa, capturándolas amablemente. Alzó sus ojos grises, fijándolos con cariño en los de Aredhel. Ésta, sencillamente, con una hermosa sonrisa en los labios, le secó las lágrimas con el dorso de su fina mano.
-Vámonos, seguiremos el camino unas horas más... Ya no queda mucho. Pronto encontrarás a tu amado Beleg, te lo prometo.-, le murmuró.
Isilwen, por toda respuesta, la abrazó estrechamente una vez más, agradeciéndole sin palabra alguna todo lo que había hecho por ella. Intentó decirle de alguna manera lo mucho que había significado para ella, lo mucho que estaba llegando a quererla. Mas, las palabras no acudieron ni a su mente ni a sus labios.
Aredhel supo notar su intención, y, sonriendo siempre, la besó dulcemente en la mejilla, diciéndole con los ojos que la había entendido.
-Gracias, otra vez.-, le dijo Isilwen.
-De nada, tonta.-, les respondió la Eldar, risueña.
Isilwen quedó algo sorprendida, tanto por la palabra empleada, como el parecido que, por un instante, la elfa había tenido con su hermana Elana. Recordándola se preguntó cómo estaría su família. Si se habrían enfadado mucho con ella...
Pero dejó a parte aquellos pensamientos cuando vio que Aredhel esperaba una respuesta a sus palabras, con una ceja alzada y una media sonrisa en el rostro.
Simulándose enfadada, le gritó:
-¡Oye! ¿Qué forma es esa de hablarme, señorita elfa?-
Aredhel estalló en risas, contenta y feliz después de la tensión pasada en la batalla. Volviendo a mirar a la muchacha mortal por un fugaz segundo, le sacó la lengua, burlona. Y, hecho esto, montó rápidamente en su caballo, espoleándolo con fuerza. Éste respondió a los deseos de su jinete, lanzándose estrepitosamente hacia delante, veloz.
-¡Eeeeeh!-, le gritó Isilwen, divertida.
-¡Vamos, lenta!-, la animó, juguetona, la elfa.
Isilwen comenzó a reír también, mientras montaba grácilmente sobre su caballo Thalion, y le instaba a seguir a su compañera.
Así siguieron su camino, cabalgando lado a lado, hacia el horizonte oriental. Marcharon durante algunas horas más, hasta que el sol se puso. Juntas. Sin que ningún orco más intentase separarlas. Seguirían el camino la una junta la otra, codo con codo, pues así lo pedían sus corazones.
TBC
Aiya a todas de nuevo! Siento no haber actualizado antes, pero estuve de viaje y no pude subir el capítulo. Espero que no os decepcione :oP
Free: No te preocupes por no haberme dejado antes review, . mientras leas mi historia y te guste me conformo. Bueno, pues eso, aki te dejo el nuevo capítulo para que lo disfrutes.
Lalwen Tinúviel: Ei nena! Jajajaja, tranquila, que he entendido lo que querías decir :D, sabes que yo haría lo mismo por ti. Jeje, sí que sales sí, ya era hora. Sin Aredhel la historia no tendría mucho sentido, la verdad . Te echo mucho de menos neneta... A ver si consigo que nos dejen quedar mañana...Bueno, pos eso, este fic no se alargará mucho más de tres capítulos... Ya veremos como sigue la historia ;)
The Balrog of Altena: No sabia que allà llenceu avellanes per Sant Joan O.O, q interessant! . Bé, tens raó en això que les dues estan destinades a ser amigues. No sé perquè ho vaig fer així... Tan místic (ho dic per això del destí). O potser sí. :P Crec que ja hauràs notat que l'Aredhel és el nom que he donat a la meva millor amiga dins la història, Lalwen. Doncs crec que he fet que l'amistat dels dos personatges surgís així perquè ho va fer també, més o menys, així a la realitat. Sobre Aredhel ja s'aniran veient coses sobre el seu pasta i la seva identitat, tanquila ;) Y bé, sobre això de l'acció, espero no haberte decepcionat, perquè realment, sóc un desastre per aquest tipus d'escena...Apa! Fins una altra!
