CAPITULO 5
El ambiente estaba tenso en casa de la señora Figg. La amable anciana había salido en dirección a la casa de los Dursley, para avisar de que su sobrino se encontraba en su casa, dejando a las tres jóvenes en compañía de un Harry todavía inconsciente. Las tres muchachas observaban al joven, que presentaba un aspecto lamentable: tenía moratones por todos los sitios, sangre que caía desde una herida en la cabeza y en el brazo derecho tenía un par de bultos extraños que hacían pensar que estaba roto.
No habían pasado ni cinco minutos, cuando un anciano con larga barba blanca entró con rapidez en la habitación, sorprendiendo a las jóvenes, con cara preocupada. Un hombre delgado, de aspecto cansado y con cabellos claros, que también mostraba preocupación. Tras ellos, la señora Figg entró caminando, y se dirigió a las chicas
-Por favor, muchachas, os pido que los dejemos solos- pidió con voz amable la señora Figg, pero que no admitía réplica.
Las tres chicas fruncieron el ceño, pero salieron de la habitación, seguidas por la señora Figg. Al bajar por las escaleras, la anciana les invitó a tomar algo para comer, a lo que accedieron gustosas. Se sentaron en los sillones y mientras esperaban en silencio, un grito se oyó desde el piso superior
-¿En que diablos estabas pensando?-
Las tres chicas se miraron y se preguntaron quienes eran esas dos personas que habían entrado tan preocupadas por el primo de Dudley. Él siempre les había dicho que era un chico problemático, que llevaba siempre problemas a su casa y que estaba solo en el mundo, que no había nadie que se preocupara por él, y de repente, la señora Figg lo lleva a su casa y dos personas llegan en cinco minutos para verlo. No entendían nada.
Unos minutos después, el hombre anciano bajó por las escaleras, con una pequeña sonrisa en los labios y se acercaba donde estaban las tres amigas, tomando un te con pastas que la señora Figg les había sacado. Al llegar al salón, se sentó en uno de los sillones
-Gracias por el te, Arabella- comentó el anciano con una sonrisa. Las tres jóvenes seguían mirando al hombre
-Perdone- empezó Alison con precaución –pero, ¿quién es usted?-
-Discúlpenme señoritas- respondió –por no presentarme. Mi nombre es Albus Dumbledore-
-¿Y de que conoce a Potter, señor Dumbledore?- preguntó Dafne -¿Es pariente suyo?-
-En realidad soy el director de su escuela-
-¿Y ha venido hasta aquí para ver como se encuentra un alumno suyo?- preguntó Katherine
-La verdad- contestó susurrando, como si respondiera a un secreto –es que le tengo mucho aprecio a Harry. Este año pasado ha sufrido mucho, en parte por mi culpa, y quería intentar compensar el mal que hice-
La respuesta bastó a las chicas por el momento, pero no habían resuelto todas sus dudas. En ese instante, el otro hombre que había acompañado a Albus Dumbledore entraba en el salón.
-Lo he dejado durmiendo, Albus. Aunque no quiera decirlo, todavía le duele lo ocurrido en el ministerio-
Dumbledore solo movió la cabeza afirmativamente, con expresión seria. Suavizando su rostro, se levantó de su sillón y se colocó al lado del hombre que acababa de entrar.
-Remus, déjame presentarte a estas pequeñas damas que han ayudado a Harry-
Las tres chicas se levantaron. Dafne, Alison y Katherine se presentaron a Remus, que las saludó con una sonrisa y con un apretón de manos.
-Arabella- dijo Dumbledore –trae un te para Remus y otro para ti, y siéntate un rato con nosotros-
Unos minutos después, los seis estaban involucrados en una agradable conversación. Hablaban sobre los estudios de las muchachas, y sobre las razones por las que estaban pasando el verano en Surrey.
La posada Cabeza de Puerco se había caracterizado siempre por ser un lugar lúgubre, de aspecto oscuro y muy sucio. Situado en una de las zonas apartadas de Hogsmeade, no era uno de los locales con más fama que había. Ningún mago respetable se dejaba caer por allí, y esa era la razón por la que un hombre se hallaba esperando en una de las pequeñas mesas que habían en el bar.
El hombre, oculto bajo una capa, jugaba con un pequeño vaso que contenía lo que parecía ser whisky de fuego, una de las bebidas más adictivas del mundo mágico, junto a la cerveza de mantequilla. No podía verse su rostro, pero por sus movimientos, parecía esperar a alguien, porque cada vez que la puerta se abría, el hombre se giraba para observar a la persona que acababa de entrar.
Cuando la puerta se abrió y dejó pasar a una señora de avanzada edad, de aspecto severo y gafas cuadradas, el hombre que estaba esperando resopló aliviado. La señora avanzó entre las mesas, observando a las personas sentadas en ellas. Cuando reparó en la mesa del hombre, su rostro se tensó un poco más y se acercó lentamente hasta llegar junto a él, sentándose sin decir palabra.
La mujer se quitó la capa y la dejó colgada de una silla vacía que se encontraba a su lado. Pidió una cerveza de mantequilla al camarero, que la llevó a regañadientes. La mujer empezó a hablar
-¿Cómo van las cosas, Fletcher?-
-¡Calla, Minerva!- susurró el hombre. –Recuerda que el dueño del local no me tiene mucho aprecio- Tras esa confesión, la mujer esbozó una tímida sonrisa.
-Tienes razón, Fletcher- aceptó la mujer, bajando el tono de voz -¿Tienes lo que te pedí?- El hombre negó con la cabeza
-No había ningún archivo anterior a su ingreso en Hogwarts- añadió Mundungus –Y créeme que me ha costado mucho conseguir los informes de sus TIMO. Mucho más de lo habitual- la mujer se sorprendió al oír eso
-¿Cuántas veces te han pedido que investigues a alguien?- el hombre soltó una pequeña carcajada
-Muchas veces, Minerva. Pero no te escandalices. Son archivos abiertos al publico, mas o menos- McGonagall no quiso saber exactamente a que se refería con eso de mas o menos, de manera que pegó un sorbo de su cerveza de mantequilla y volvió a preguntar
-¿Hablaste con Marchbanks?-
-Si. La vieja profesora está mayor- comentó Mundungus riendo –Recuerda perfectamente sus TIMO, ya que lo examinó en Transformaciones y Encantamientos. Dice que era algo fuera de lo normal-
-Pero seguimos sin saber sobre su pasado. Hay lagunas por todas partes-
-¿Por qué no se lo preguntas directamente, Minerva?-
-No lo creo conveniente, Fletcher. No es que desconfíe de él, ya que ha demostrado siempre en que bando está, pero hay cosas que dice y hace, sobretodo en estos últimos años, que me hacen pensar.-
-Nunca he dudado de él, Minerva- añadió Mundungus serio –Y si tiene algo que esconder, no me importa lo más mínimo. Cada cual es libre para esconder parte de su vida-
-Puede que tengas razón, pero no me gusta el que nos esconda cosas. Sabes que es muy importante para Hogwarts-
-Y para el resto de la comunidad mágica, Minerva, pero eso no nos da derecho a que investiguemos su vida.- Mundungus se levantó de su asiento y cogió su capa –Espero que no me pidas nada parecido en el futuro- y con esa última frase, salió del local.
McGonagall se quedó sola, con la cerveza en la mano, terminándosela muy lentamente. Por su cabeza rondaban muchas preguntas de las que no tenía ninguna respuesta. Y eso era algo que le molestaba. Unos minutos después, cuando se hubo terminado su bebida y cogido su capa, se dio cuenta de un pequeño detalle
-¡Maldito Fletcher!- murmuró enfadada -¡El caradura se ha ido sin pagar!-
Muchas gracias por los Reviews. Estoy intentando adaptar mi historia a una teoría interesante que encontré por Internet. La teoría no es mía, solo estoy tomándola prestada.
Espero que nadie me demande por utilizar a estos personajes, que, como sabéis, no son míos... creo.
Un fuerte abrazo a todos / as.
NO al terrorismo.
El ambiente estaba tenso en casa de la señora Figg. La amable anciana había salido en dirección a la casa de los Dursley, para avisar de que su sobrino se encontraba en su casa, dejando a las tres jóvenes en compañía de un Harry todavía inconsciente. Las tres muchachas observaban al joven, que presentaba un aspecto lamentable: tenía moratones por todos los sitios, sangre que caía desde una herida en la cabeza y en el brazo derecho tenía un par de bultos extraños que hacían pensar que estaba roto.
No habían pasado ni cinco minutos, cuando un anciano con larga barba blanca entró con rapidez en la habitación, sorprendiendo a las jóvenes, con cara preocupada. Un hombre delgado, de aspecto cansado y con cabellos claros, que también mostraba preocupación. Tras ellos, la señora Figg entró caminando, y se dirigió a las chicas
-Por favor, muchachas, os pido que los dejemos solos- pidió con voz amable la señora Figg, pero que no admitía réplica.
Las tres chicas fruncieron el ceño, pero salieron de la habitación, seguidas por la señora Figg. Al bajar por las escaleras, la anciana les invitó a tomar algo para comer, a lo que accedieron gustosas. Se sentaron en los sillones y mientras esperaban en silencio, un grito se oyó desde el piso superior
-¿En que diablos estabas pensando?-
Las tres chicas se miraron y se preguntaron quienes eran esas dos personas que habían entrado tan preocupadas por el primo de Dudley. Él siempre les había dicho que era un chico problemático, que llevaba siempre problemas a su casa y que estaba solo en el mundo, que no había nadie que se preocupara por él, y de repente, la señora Figg lo lleva a su casa y dos personas llegan en cinco minutos para verlo. No entendían nada.
Unos minutos después, el hombre anciano bajó por las escaleras, con una pequeña sonrisa en los labios y se acercaba donde estaban las tres amigas, tomando un te con pastas que la señora Figg les había sacado. Al llegar al salón, se sentó en uno de los sillones
-Gracias por el te, Arabella- comentó el anciano con una sonrisa. Las tres jóvenes seguían mirando al hombre
-Perdone- empezó Alison con precaución –pero, ¿quién es usted?-
-Discúlpenme señoritas- respondió –por no presentarme. Mi nombre es Albus Dumbledore-
-¿Y de que conoce a Potter, señor Dumbledore?- preguntó Dafne -¿Es pariente suyo?-
-En realidad soy el director de su escuela-
-¿Y ha venido hasta aquí para ver como se encuentra un alumno suyo?- preguntó Katherine
-La verdad- contestó susurrando, como si respondiera a un secreto –es que le tengo mucho aprecio a Harry. Este año pasado ha sufrido mucho, en parte por mi culpa, y quería intentar compensar el mal que hice-
La respuesta bastó a las chicas por el momento, pero no habían resuelto todas sus dudas. En ese instante, el otro hombre que había acompañado a Albus Dumbledore entraba en el salón.
-Lo he dejado durmiendo, Albus. Aunque no quiera decirlo, todavía le duele lo ocurrido en el ministerio-
Dumbledore solo movió la cabeza afirmativamente, con expresión seria. Suavizando su rostro, se levantó de su sillón y se colocó al lado del hombre que acababa de entrar.
-Remus, déjame presentarte a estas pequeñas damas que han ayudado a Harry-
Las tres chicas se levantaron. Dafne, Alison y Katherine se presentaron a Remus, que las saludó con una sonrisa y con un apretón de manos.
-Arabella- dijo Dumbledore –trae un te para Remus y otro para ti, y siéntate un rato con nosotros-
Unos minutos después, los seis estaban involucrados en una agradable conversación. Hablaban sobre los estudios de las muchachas, y sobre las razones por las que estaban pasando el verano en Surrey.
La posada Cabeza de Puerco se había caracterizado siempre por ser un lugar lúgubre, de aspecto oscuro y muy sucio. Situado en una de las zonas apartadas de Hogsmeade, no era uno de los locales con más fama que había. Ningún mago respetable se dejaba caer por allí, y esa era la razón por la que un hombre se hallaba esperando en una de las pequeñas mesas que habían en el bar.
El hombre, oculto bajo una capa, jugaba con un pequeño vaso que contenía lo que parecía ser whisky de fuego, una de las bebidas más adictivas del mundo mágico, junto a la cerveza de mantequilla. No podía verse su rostro, pero por sus movimientos, parecía esperar a alguien, porque cada vez que la puerta se abría, el hombre se giraba para observar a la persona que acababa de entrar.
Cuando la puerta se abrió y dejó pasar a una señora de avanzada edad, de aspecto severo y gafas cuadradas, el hombre que estaba esperando resopló aliviado. La señora avanzó entre las mesas, observando a las personas sentadas en ellas. Cuando reparó en la mesa del hombre, su rostro se tensó un poco más y se acercó lentamente hasta llegar junto a él, sentándose sin decir palabra.
La mujer se quitó la capa y la dejó colgada de una silla vacía que se encontraba a su lado. Pidió una cerveza de mantequilla al camarero, que la llevó a regañadientes. La mujer empezó a hablar
-¿Cómo van las cosas, Fletcher?-
-¡Calla, Minerva!- susurró el hombre. –Recuerda que el dueño del local no me tiene mucho aprecio- Tras esa confesión, la mujer esbozó una tímida sonrisa.
-Tienes razón, Fletcher- aceptó la mujer, bajando el tono de voz -¿Tienes lo que te pedí?- El hombre negó con la cabeza
-No había ningún archivo anterior a su ingreso en Hogwarts- añadió Mundungus –Y créeme que me ha costado mucho conseguir los informes de sus TIMO. Mucho más de lo habitual- la mujer se sorprendió al oír eso
-¿Cuántas veces te han pedido que investigues a alguien?- el hombre soltó una pequeña carcajada
-Muchas veces, Minerva. Pero no te escandalices. Son archivos abiertos al publico, mas o menos- McGonagall no quiso saber exactamente a que se refería con eso de mas o menos, de manera que pegó un sorbo de su cerveza de mantequilla y volvió a preguntar
-¿Hablaste con Marchbanks?-
-Si. La vieja profesora está mayor- comentó Mundungus riendo –Recuerda perfectamente sus TIMO, ya que lo examinó en Transformaciones y Encantamientos. Dice que era algo fuera de lo normal-
-Pero seguimos sin saber sobre su pasado. Hay lagunas por todas partes-
-¿Por qué no se lo preguntas directamente, Minerva?-
-No lo creo conveniente, Fletcher. No es que desconfíe de él, ya que ha demostrado siempre en que bando está, pero hay cosas que dice y hace, sobretodo en estos últimos años, que me hacen pensar.-
-Nunca he dudado de él, Minerva- añadió Mundungus serio –Y si tiene algo que esconder, no me importa lo más mínimo. Cada cual es libre para esconder parte de su vida-
-Puede que tengas razón, pero no me gusta el que nos esconda cosas. Sabes que es muy importante para Hogwarts-
-Y para el resto de la comunidad mágica, Minerva, pero eso no nos da derecho a que investiguemos su vida.- Mundungus se levantó de su asiento y cogió su capa –Espero que no me pidas nada parecido en el futuro- y con esa última frase, salió del local.
McGonagall se quedó sola, con la cerveza en la mano, terminándosela muy lentamente. Por su cabeza rondaban muchas preguntas de las que no tenía ninguna respuesta. Y eso era algo que le molestaba. Unos minutos después, cuando se hubo terminado su bebida y cogido su capa, se dio cuenta de un pequeño detalle
-¡Maldito Fletcher!- murmuró enfadada -¡El caradura se ha ido sin pagar!-
Muchas gracias por los Reviews. Estoy intentando adaptar mi historia a una teoría interesante que encontré por Internet. La teoría no es mía, solo estoy tomándola prestada.
Espero que nadie me demande por utilizar a estos personajes, que, como sabéis, no son míos... creo.
Un fuerte abrazo a todos / as.
NO al terrorismo.
