CAPÍTULO5: UN CLARO EN LA TORMENTA
Luka continuó su camino. Al cruzar la acera, se giró e intentó ver a Carter en el callejón. Estaba oscuro como el infierno. Allí no se veía a nadie, pero en verdad, allí seguía tirado, desangrándose.
Luka aceleró el paso. Empezaba a refrescar demasiado. Eran las 2 de la mañana y aún no había cenado. Tenía hambre y le dolía una mano. Se detuvo en un portal al cobijo de los primeros copos de la madrugada. Con sumo cuidado se sacó el guante y se miró la mano asustado.
-¿Dónde demonios he metido la mano? – se preguntó en voz alta.
La tenía llena de cortes, pequeñas heridas y totalmente amoratada. Parecía no recordar lo que había sucedido. Cerró los ojos intentando recordar lo que había sucedido desde que salió del County hacia la una menos algo de la noche.
Nada
Su mente no respondía a sus intentos de recordar. Volvió a cerrar los ojos con mucha más fuerza. Se apretó la mano. Sintió dolor; el dolor de la sangre, el dolor de haber herido a alguien a quien en el fondo no quería herir... Todo empezó a cobrar forma en su revuelta cabeza.
Carter... Un callejón ¿qué hago yo ahí? "No vuelvas a tocarla, o te arrepentirás". Cobarde. "¡Mi mano!". Maldito engreído... no puedes hablarme como te de la gana... "¿Tú que sabrás si la quiero o no?" "La quiero muchos más de lo que nunca jamás podrás amar a todo tu dinero..."
-¡¡Carter!! No... no puede ser. ¿Me estoy volviendo completamente loco? ¿Cómo he podido llegar hasta esto? – gritó Luka girando su cuerpo bruscamente en busca de alguien a quien no encontró.
Luka empezó a sentir que le faltaba el aire. Empezó a sentir angustia, no podía concebir lo que le había hecho a Carter, el novio de su mejor amiga, por lo tanto, su amigo indirecto.
-¿Dónde Carter, dónde? – dijo Luka corriendo la calle atrás con el fin de encontrarle.
Se metió por el primer callejón y no vio nada. El segundo. Nada. Lo cierto es que había recorrido un par de manzanas sin saber si quiera donde se dirigía. Iba en la dirección contraria a su casa.
-Abby... – Luka empezó a correr. No se detenía si quiera a limpiarse la sangre que le brotaba de la cara.
Llegó a una zona de edificios antiguos. Iba a buscar a Abby. Aquello le sonaba. Había paseado con ella cientos de noches por allí, pero hacía tiempo que no había vuelto a pisar aquellas aceras.
Casi un año. Luka se sintió mareado de repente. Tenía ganas de vomitar. Encontró una farola cercana. Se acercó a ella y se apoyó. La cabeza le daba vueltas, todo le olía a sangre, a matanza. Se odió por ser quien era.
-¡¡Maldita sea!! ¿ Que mierdas me está pasando? – dijo alterado. Respiraba entrecortadamente. Todo le daba vueltas. Los semáforos se convertían en torbellinos tricolor. Las calles se movían, las señales de tráfico se derretían cual muñeco de goma cerca de una hoguera... definitivamente, Luka estaba enfermo. Soltó la farola a la que estaba asido y corrió al edificio que creía recordar como la casa de Abby.
Encontró la puerta del portal abierta y entró. No estaba seguro de estar en el sitio correcto. Se detuvo unos segundos a mirar todos los buzones. Pasó la mano por cada uno de los nombres de los inquilinos del inmueble.
-¡Abbigail Lockhart! – dijo con la voz temblona a punto de romper a llorar. Subió las escaleras de dos en dos, mientras sentía que su cuerpo estaba a punto de derrumbarse exhausto. Un sudor frío le corría por la base de la nuca deslizándose a lo largo de toda su espalda.
Consiguió subir hasta el tercer piso y empezó a golpear la puerta frenéticamente con la mano que tenía sana. Una muchacha rubia y despeinada abrió la puerta envuelta en un batín azul celeste. Luka acababa de despertarla.
-¡¡¡Luka!!! ¿Qué demonios le ha pasado a tu cara? – preguntó cogiéndole de la chaqueta y tirando de él hacia la casa. En la mano en la que antes llevaba un vendaje, ahora, levaba una muñequera deportiva.
-¡Oh Abby!... tienes que ayudarme. – Luka se recostó en el sofá más cercano y rompió a llorar como un niño que se raspa las rodillas por primera vez mientras patina.
