A pesar de que el invierno azotaba Endor con sus manos de nieve, Anar (El
Sol) no apartaba su mirada ni sus rayos de Imladris, atraída quizá por la
piedra azul de Vilya que brillaba poderoso en el dedo de Elrond.
El Medio Elfo abrazó efusivo, y eso era extraño en él, a una recién llegada. Sus ropas de viaje, muy parecidas a las que podría llevar una mujer montaraz, no disminuían la majestad que emanaba de ella ni ocultaban que por sus venas corría la más pura sangre noldorim. La capucha de su manto cayó hacia atrás y su mirada gris y penetrante, que todavía conservaba como un valioso don la luz ancestral de los Árboles, se posaron en el noble rostro
del caballero Elrond.
- "Alasse omentie, otorno" (Feliz encuentro, hermano) – Saludó ella y su voz era alta y clara, muy hermosa y llena de matices.
- "Míriel..." – murmuró Elrond con ternura mientras caminaban hacia el puente de Piedra sobre el Río Bruinen y unos sirvientes se ocupaban de la yegua y el escaso equipaje de la Dama.
Elrond la tomó del brazo dulcemente y dirigieron sus pasos hasta la casa.
Míriel era el nombre que Maglor, su padre, le había dado, y Náredriel su amilesse, pero entre los Atani se la conocía como Wilwarin a causa de una cicatriz en el antebrazo derecho, una negra quemadura en forma de X que evocaba a una mariposa con las alas extendidas.
- "¿Qué te trae a Imladris?" – Preguntó Elrond mientras entraban en el salón del fuego, solitario a aquellas horas.
- "Cansancio, otornonya (hermano mío)" – Respondió ella dejándose caer al lado de la chimenea – "Empiezo a sentir un tremendo cansancio. Y no es del polvo de los caminos. Me empieza a doler la vida inmortal, la profecía de Mandos se cierne de nuevo sobre mí: el mundo me fatiga, un gran peso me agobia y me ensombrecen los remordimientos por tantas cosas..."
Elrond le acercó una copa con vino y una bandeja de frutas.
- "Nuestro tiempo se agota, Míriel- Dijo mirando fijamente a Wilwarin" - Cercana está la hora en que partiré al Oeste. ¡Desearía tanto que vinieras conmigo!
Una sonrisa irónica afloró a unos labios regios que pronunciaron burlones:
- "¡Tienes ganas de verme suplicar clemencia a Mandos! ¡Escasa piedad encontraré aunque todos los asesinados rogaran por mí! ¡Y no es correcto pedir limosna a un Vala tan pobre!"
Elrond bebió un trago despacito, dejando que el fuego el vino entrara en él:
- "Sabes que Eärendil brillará sobre ti, que mi padre no olvidará que el tuyo estuvo a nuestro lado, que nos crió a Elros y a mí... tu sabes que yo a Macalaurë siempre le he llamado attar (padre)" – susurró Elrond mientras se levantaba y ponía con ternura en las manos de la Dama el arpa de plata que Maglor le había dado cuando se separaron. Era su tesoro más valioso.
También para ella tocar era su mayor alegría. Prácticamente un arpa era su único equipaje. Eso y un pequeño bolso de piel en el que transportaba algunos remedios imprescindibles e instrumentos quirúrgicos que cualquier curador de Endor habría envidiado. Errante, de aquí para allá, sin que sus pies cuando salían a las mañanas tuvieran un objetivo que seguir: sentía el corazón cansado y triste. A temporadas necesitaba de la soledad de Rivendel, un lugar en que sentarse solitaria y silenciosa emborrachándose de música entonado cantos de derrota y de amores perdidos e imposibles: toda su vida en lucha con el destino ¿Habría perdido?
Los ojos de Wilwarin se habían convertido en espejos impenetrables que se limitaban a mostrar la imagen de aquel que osaba mirarlos. Grises y amargos como el mar, conocían bien el sabor salobre que dejan las lágrimas innumerables. Pero un fuego secreto y apasionado, dormido como los rescoldos de las hogueras, aún palpitaba en lo más profundo de su mirada.
De pronto la expresión del rostro de Elrond cambió, ensombrecida por un presentimiento que le encogió el corazón:
- "¿Qué sucede otorno (hermano)? ¡Miedo me das cuando veo esa mirada en tus ojos!"
- "Algo se agita en la lejanía, llega hasta mí el eco de un mal muy grande... quizá querida, no encuentres esta vez el descanso que buscas..."
(Fragmento escrito por Lisswen)
El Medio Elfo abrazó efusivo, y eso era extraño en él, a una recién llegada. Sus ropas de viaje, muy parecidas a las que podría llevar una mujer montaraz, no disminuían la majestad que emanaba de ella ni ocultaban que por sus venas corría la más pura sangre noldorim. La capucha de su manto cayó hacia atrás y su mirada gris y penetrante, que todavía conservaba como un valioso don la luz ancestral de los Árboles, se posaron en el noble rostro
del caballero Elrond.
- "Alasse omentie, otorno" (Feliz encuentro, hermano) – Saludó ella y su voz era alta y clara, muy hermosa y llena de matices.
- "Míriel..." – murmuró Elrond con ternura mientras caminaban hacia el puente de Piedra sobre el Río Bruinen y unos sirvientes se ocupaban de la yegua y el escaso equipaje de la Dama.
Elrond la tomó del brazo dulcemente y dirigieron sus pasos hasta la casa.
Míriel era el nombre que Maglor, su padre, le había dado, y Náredriel su amilesse, pero entre los Atani se la conocía como Wilwarin a causa de una cicatriz en el antebrazo derecho, una negra quemadura en forma de X que evocaba a una mariposa con las alas extendidas.
- "¿Qué te trae a Imladris?" – Preguntó Elrond mientras entraban en el salón del fuego, solitario a aquellas horas.
- "Cansancio, otornonya (hermano mío)" – Respondió ella dejándose caer al lado de la chimenea – "Empiezo a sentir un tremendo cansancio. Y no es del polvo de los caminos. Me empieza a doler la vida inmortal, la profecía de Mandos se cierne de nuevo sobre mí: el mundo me fatiga, un gran peso me agobia y me ensombrecen los remordimientos por tantas cosas..."
Elrond le acercó una copa con vino y una bandeja de frutas.
- "Nuestro tiempo se agota, Míriel- Dijo mirando fijamente a Wilwarin" - Cercana está la hora en que partiré al Oeste. ¡Desearía tanto que vinieras conmigo!
Una sonrisa irónica afloró a unos labios regios que pronunciaron burlones:
- "¡Tienes ganas de verme suplicar clemencia a Mandos! ¡Escasa piedad encontraré aunque todos los asesinados rogaran por mí! ¡Y no es correcto pedir limosna a un Vala tan pobre!"
Elrond bebió un trago despacito, dejando que el fuego el vino entrara en él:
- "Sabes que Eärendil brillará sobre ti, que mi padre no olvidará que el tuyo estuvo a nuestro lado, que nos crió a Elros y a mí... tu sabes que yo a Macalaurë siempre le he llamado attar (padre)" – susurró Elrond mientras se levantaba y ponía con ternura en las manos de la Dama el arpa de plata que Maglor le había dado cuando se separaron. Era su tesoro más valioso.
También para ella tocar era su mayor alegría. Prácticamente un arpa era su único equipaje. Eso y un pequeño bolso de piel en el que transportaba algunos remedios imprescindibles e instrumentos quirúrgicos que cualquier curador de Endor habría envidiado. Errante, de aquí para allá, sin que sus pies cuando salían a las mañanas tuvieran un objetivo que seguir: sentía el corazón cansado y triste. A temporadas necesitaba de la soledad de Rivendel, un lugar en que sentarse solitaria y silenciosa emborrachándose de música entonado cantos de derrota y de amores perdidos e imposibles: toda su vida en lucha con el destino ¿Habría perdido?
Los ojos de Wilwarin se habían convertido en espejos impenetrables que se limitaban a mostrar la imagen de aquel que osaba mirarlos. Grises y amargos como el mar, conocían bien el sabor salobre que dejan las lágrimas innumerables. Pero un fuego secreto y apasionado, dormido como los rescoldos de las hogueras, aún palpitaba en lo más profundo de su mirada.
De pronto la expresión del rostro de Elrond cambió, ensombrecida por un presentimiento que le encogió el corazón:
- "¿Qué sucede otorno (hermano)? ¡Miedo me das cuando veo esa mirada en tus ojos!"
- "Algo se agita en la lejanía, llega hasta mí el eco de un mal muy grande... quizá querida, no encuentres esta vez el descanso que buscas..."
(Fragmento escrito por Lisswen)
