Las sombras de la noche invernal caían sobre Dol Amroth, sumiendo la ciudad en el silencio posterior a la batalla. La fiesta en otras ocasiones hubiera sido lo habitual. Pero ésta vez no. La victoria no parecía ser tal, pues el peor de los enemigos seguía allí, y las espadas nada podían contra él. Los heridos iban cayendo poco a poco en un coma profundo, tras los vómitos y los dolores. Entre dos semanas y tres meses después de iniciarse el coma, la celume morne producía la muerte. Animistas y ayudantes enfermaban rápidamente, pues se trataba de un mal muy contagioso. Se estaba poniendo en cuarentena a los enfermos, pero la velocidad de contagio era muy rápida, y la labor era complicada. La situación empezaba a ser incontrolable.

Pero un punto de esperanza apareció en el horizonte oriental. Un jinete que cabalgaba a gran velocidad, era divisado por los guardias apostados en las torres del castillo. La luz de la luna brillaba sobre el pelaje gris plateado del impresionante corcel. También gris, pero más pálido era el manto que cubría el cuerpo encorvado del jinete. Y sobre su cabeza, un sombrero azul de pico. Una bufanda plateada resguardaba su cuello del frío que reinaba. Las puertas de la ciudadela se abrieron para permitir su paso, pues los guardias lo conocían. ¿Y quién no lo conocía? Con su larga barba blanca y sus pobladas cejas.

El Príncipe Imrahil se encontraba postrado en la cama de su habitación, dentro del castillo. Fue trasladado de las casas de curación, para evitar el contagio de la enfermedad. Ordenó que Haryon, el jinete eorlinga que le había salvado la vida, le acompañara. También permanecía junto a ellos el jefe de la guardia. Al Señor de Dol Amroth le hubiera interesado que estuviera también Joral, el maestro animista, pero éste había sido ya contagiado, y padecía el flujo negro. Se encontraba en las casas de curación, con el resto de los enfermos.

- "Lo primero que tenemos que hacer es ir a pedir ayuda a las colonias sindar que habitan en el Valle del Ringló. Ya sabéis que los elfos no contraen enfermedades. Siendo tan contagiosa, ellos son los únicos que pueden atender a los enfermos sin peligro de contraerla. Además... si hubiera caído Dol Amroth, hubiera caído todo el valle. Maldor; manda un mensajero para pedirles ayuda. Hay que rogarles que envíen todos los animistas y cuidadores que puedan. Que les explique lo que ha ocurrido, y que sufrimos la celume morne. A lo mejor ellos tienen alguna solución... una de sus canciones curativas" – ordenó El Príncipe al jefe de la guardia.

- "Sí mi señor, ahora mismo" – contestó Maldor, haciendo una pequeña reverencia. Luego salió por la puerta.

Haryon miró al Señor de Dor-in-Ernil, y vio la desesperación en su rostro. El sufrimiento de su pueblo era su sufrimiento. Y realmente no sabía que podía hacer para salvar esta situación. Pero antes de que ninguno de los dos pudiera pronunciar una palabra, un guardia apareció por la puerta.

- "Mi señor. Tiene una visita" – anunció nervioso el soldado.

El extraño visitante entró en la habitación. Haryon lo miró asombrado. Su aspecto era el de un viejo débil, casi decrépito. Las arrugas surcaban su cara, y su pelo era cano, tanto en su cabeza, como en su larga barba y en sus pobladas cejas. Su espinazo estaba encorvado, y se apoyaba en un bastón. Pero sus ojos ofrecían el reflejo de un espíritu de formidable fortaleza, e imponente carácter. Su mirada denotaba gran sabiduría, y una autoridad superior incluso a la que tenía el Señor de Dol Amroth.

La cara del Príncipe Imrahil cambió por completo, ante la imagen del anciano. Una sonrisa afloró en su rostro. Y en sus ojos, la esperanza que antaño viera el hijo de La Dama de la Luz, en llegar a las costas de la salvación. Se incorporó ligeramente de su cama, e inclinó su cabeza.

- "Realmente sois un enviado de los Válar. De lo contrario, no podría entender que siempre fuerais tan oportuno, Mithrandir."

El mago posó su mirada sobre los ojos azules de Haryon, de forma respetuosa, pero escrutadora. El eorlinga hizo una reverencia con su cuerpo, y el visitante la respondió inclinando ligeramente su cabeza. Gandalf habló entonces al Príncipe Imrahil.

- "Salve, Señor de Dol Amroth, Imrahil el Hermoso. Mi presencia aquí, aunque fugaz, no es casual, como sin duda habréis supuesto. Mis quehaceres en este mundo me obligan a estar continuamente informado de lo que ocurre en todo él. Muchos ojos y oídos, por tierra, mar y aire, miran y escuchan por mí."

- "Entonces conoceréis de sobra el terrible azote que sufre nuestro pueblo. Un mal que creíamos extinto tras La Caída, y cuyo remedio, nadie aquí conoce. Esperamos impacientes la llegada de los pueblos elfos del valle del Ringló. Quizá ellos conozcan alguna cura, pues sus tonadas son hermosas y muchos sufrimientos han mitigado ya" – dijo El Príncipe, con semblante de nuevo serio.

El mago oscureció su mirada – "No encontrareis la solución en el pueblo de los sindar. Ellos nunca tuvieron que luchar contra esta enfermedad, ni tampoco el poder suficiente. Como muy bien dijisteis, la celume morne fue una de tantas malas artes utilizadas por Sauron en Númenor. El flujo negro fue creado por el Señor Oscuro, para engañar al Rey Ar-Pharazôn, haciéndole creer que era un castigo de los Válar. Una treta más entre tantas, con las que consiguió lanzar el orgullo del más poderoso señor que hubo en Oesternesse, contra Válinor. La celume morne se llevó muchas vidas humanas, pero al cabo del tiempo, los maestros animistas númenóreanos dieron con una solución. Cuando llegó la caída de Númenor, la enfermedad desapareció, pues también lo hicieron aquellos que pudieran portarla. Existía la posibilidad de que pudiera llegar aquí a través de aquellos que cruzaron el mar, desembarcando en estas costas. Pero durante más de 3000 años, no se ha sabido nada de ella, así que siempre se dio por extinta. Y vosotros la habéis conocido más bien como una leyenda."

- "Así es Mithrandir. Para nosotros es como un enemigo del pasado remoto. Como los dragones. Algo terrible, como una pesadilla, pero que sabes que ya no existe. ¡Ay! Pero en este caso no veo el despertar de este nefasto sueño" – añadió el Príncipe, con gesto apesadumbrado.

Haryon miró a Gandalf, con rostro de incomprensión – "Pero si estaba extinta, ¿cómo es posible que haya vuelto a brotar aquí, después de tantos años?

El mago sacó una flecha negra debajo de su manto – "Antes de subir al castillo, he pedido a uno de vuestros guardias que recogiera una de las flechas de la batalla. Una de las que hirieron vuestros soldados, que luego cayeron enfermos" – Gandalf pasó su mano por la negra punta, con cuidado de no cortarse. Sus dedos quedaron manchados con una sustancia negra y pringosa. Levantó sus ojos, y miró al rohir – "Sé quien comandaba la armada de corsarios. Su nombre es Akhorahil, El Quinto de los Nazgûl. Rey Brujo Númenóreano. Domina las artes de la alquimia. Y es en Úmbar donde habitan la gran mayoría de los herederos de los hombres del Rey Ar- Pharazôn. En sus bibliotecas se almacenan negros tomos, con los más oscuros secretos traídos de Oesternesse. Y Akhorahil es poderoso. Habrá creado de nuevo la celume morne, basándose en antiguos pergaminos, y en hechizos prohibidos. Y a través de esta sustancia putrefacta, ha implantado el flujo negro en Dol Amroth."

- "Puede que en Umbar se encuentre también la solución, en alguno de esos tomos" – intervino Imrahil.

Gandalf agitó la cabeza – "No creo. Allí solo se guardan escritos malignos y perversos. Magia oscura, para traer dolores y lamentos. Pero aun en el caso de que hubiera descrita allí una solución, ¿cómo podríamos conseguirla? No tenemos tiempo ni fuerza para atacar Umbar. Y desde luego, no entra cualquiera por las buenas en aquellas bibliotecas subterráneas. Además, incluso consiguiendo esa solución, estamos hablando de un mal generado por Sauron y sus servidores. Un gran poder lo creó, y un gran poder debe destruirlo. Ningún animista que conozcáis podría frenar este mal."

El Señor de Dol Amroth mostraba en su rostro una expresión de incredulidad – "Pero eso no es posible... entonces, ¿no hay esperanza?"

El Gris fue andando hacia una de las ventanas de la habitación. Miraba al Norte. Negros días se avecinaban para las tierras del Oeste, si allá, en la tierra de los medianos, se cumplían sus temores. Sobre sus hombros, la responsabilidad se iba incrementando, y no disponía de mucho tiempo – "Sólo hay una posibilidad, y está lejana. En Rivendel. Una princesa noldorin, la última descendiente de Fëanor. Los Señores de Imladris la llaman Míriel. Náredriel es el nombre que le dan Los Grandes Noldor de Caras Galadon. Para los mortales es Wilwarin. Sus poderes y conocimientos de curación, sólo son comparables a los del Maestro Elrond, depositario del Anillo de Aire, el más grande de Los Tres" – Gandalf se giró hacia el Príncipe de Dol Amroth. El Capitán del Norte esperaba en esos momentos al mago, allá en las Tierras Ásperas, pues una delicada cacería estaba a punto de comenzar, y no tenía tiempo que perder. Y todavía tenía que pasar por Minas Tirith, en busca de información. Por ello fue directo al grano – "Alguien tendrá que ir a buscarla. Deberá ser gran guerrero y mejor jinete, pues largo es el recorrido y mucha la premura. Y los peligros del camino son en estos tiempos mayores, sobre todo si Sauron descubre que es Wilwarin quien los transita. Lo más rápido y seguro sería que fuera yo mismo, pues no hay corcel en este lado del mar, ni en el otro, más veloz que aquel que me fue prestado. Pero creedme si os digo que asuntos de importancia, más vital si cabe, me reclaman de inmediato. Quizá no comprendáis que pueda haber situación más límite que la que aquí se está sufriendo, pero puede que el tiempo se oscurezca no únicamente en Dol Amroth. Y hay tinieblas que no se curan."

- "¡Yo iré!" – exclamó Haryon con voz presta – "Pero necesitaré el mejor corcel de que dispongáis en toda la corte, pues el mío, pese a ser noble animal, no ha nacido para grandes hazañas."

Imrahil miró al caballero eorlinga con admiración, pues grande había sido el servicio que le había ofrecido, y grande también la valentía y decisión que demostraba – "El mío os cedo para tal menester, si con ello ganamos tan sólo unas horas. Además, quién mejor que un rohir para confiarle el cuidado de un caballo" – El Señor de Dol Amroth miró al mago – "Mithrandir, nadie en todo el reino hay que supere a Haryon, hijo de Eoric, en la lucha y la carrera. Y hasta mi vida debo a él."

- "Pues que así sea" – respondió Gandalf, con sus ojos fijos en el joven jinete – "Nadie mejor que un hombre de La Marca para un largo viaje a caballo. Y si su valor y presteza son tan grandes como afirmáis, será comprobado con esta misión."

El mago se dirigió a la salida, dispuesto a partir, pues debía llegar a Minas Tirith antes del amanecer. Cuando llegó a la puerta, se giró hacia el jinete eorlinga – "Salve Haryon, hijo de Eoric. Que Eärendil guíe tus pasos y Oromë te proteja."

(Fragmento escrito por Hispano)