Algún pájaro nocturno entonaba su canto y las fuentes de Rivendel
susurraban con sus acuáticas voces unos murmullos de paz. Los pies
descalzos de Wilwarin pisaban las niphredili y la hierba los cosquilleaba.
Eärendil iluminaba la madrugada invernal sonriendo desde el cielo como la
primera vez que lo vio.
Brillante en su palidez, dentro de su ropa de dormir, despeinado el rojo de sus cabellos, la Dama Wilwarin parecía flotar más que caminar: serena, aspirando a pleno pulmón el aroma frío y misterioso de la noche...
Pero, de repente, la sensación de las cosas conocidas la abandonó, y el jardín devino un profundo bosque gris y las sombras se alargaron. Sus blancos pies sintieron el frío y las niphredili se sonrojaron. Algo parecido a la Música le acarició el oído.
- "A tulanye, seldenia..." (Ven mi niña) – oyó decir a una voz distante, multiplicada en ecos melódicos.
Wilwarin miró a todas partes, pero todo estaba vacío.
Se sintió perdida, acompañada solo por la sombra pálida de todos sus muertos, y una extraña sensación la invadió: era esa mezcla de temor sin nombre y de audacia herética que originaba en ella la presencia de un Valar.
Wilwarin avanzó hacia la voz. Su corazón sabía, cada vez con más precisión, qué se encontraría.
Siendo una niña, cuando su rebeldía era como la carrera desbocada de un caballo salvaje, había tenido una visión semejante en la que la misma Estë le mostraba su poder...
- "I nen quetta... valatye ná úvea. I atani maurear valartye, kuiletye... A poikatye i mordo nosseo sercenen...." (El agua habla... tu poder es enorme... Los hombres necesitan de tu poder, de tu vida... Limpia la mácula de tu linaje con tu sangre) - Dijo la Valie sentada ante su quieto manantial, soberbia y grandiosa, como el recuerdo que de ella guardaba la Noldo.
Ante Estë se agitaron las aguas del manantial y rebosaron sobre la yerba mojándole el vestido y besando los pies blancos de la Elfa con prístina pureza. Su frialdad cortaba como cien dagas afiladas.
Las miradas plateadas se encontraron bajo la luz fría e iridiscente del lugar.
- "¿Avauvatye sí almarenya?" (Rechazarás ahora mi bendición) – Preguntó la Valië.
Un fulgor de arrogancia cruzó los ojos de la orgullosa descendiente de Fëanor que dijo despectiva:
- "Ná. Avanyet, hantalë... A antalye almarientya atanin" (Sí. La rechazo, gracias... Dásela a los hombres) - Respondió Wilwarin arrogante.
- "Wilwarin ná almare Estëo atanien" (Wilwarin es la bendición de Estë para los hombres).
Una luz plateada lo invadía todo con su irrealidad. Estë la escrutó con gesto severo y sonrió con amarga tristeza, como augurando trabajos y pesares. Levantó una mano blanca, llena de poder, y del lago surgió una neblina espesa, como un vaho cálido que lo envolvió todo marchitando las pequeñas niphredili y cubriendo con su calor asfixiante a la Elfa, que se desvaneció entre los efluvios de muchos aromas mezclados.
Wilwarin se incorporó sobresaltada de su lecho, quizá había gritado.
En las lámparas brillaban luces tenues que resaltaban las formas vegetales de las ventanas de Imladris. Amanecía...
Tenía la espalda mojada por un sudor helado, revueltos los cabellos y las ideas, pálido el semblante más allá de la blancura de su piel. Pero sus ojos brillaban con el fuego de las estrellas en medio de su mareo.
Había sido un sueño.
Pero bien sabía ella que los Poderes pronuncian sus sentencias tras la densa materialidad de las ensoñaciones élficas.
(Fragmento escrito por Lisswen)
Brillante en su palidez, dentro de su ropa de dormir, despeinado el rojo de sus cabellos, la Dama Wilwarin parecía flotar más que caminar: serena, aspirando a pleno pulmón el aroma frío y misterioso de la noche...
Pero, de repente, la sensación de las cosas conocidas la abandonó, y el jardín devino un profundo bosque gris y las sombras se alargaron. Sus blancos pies sintieron el frío y las niphredili se sonrojaron. Algo parecido a la Música le acarició el oído.
- "A tulanye, seldenia..." (Ven mi niña) – oyó decir a una voz distante, multiplicada en ecos melódicos.
Wilwarin miró a todas partes, pero todo estaba vacío.
Se sintió perdida, acompañada solo por la sombra pálida de todos sus muertos, y una extraña sensación la invadió: era esa mezcla de temor sin nombre y de audacia herética que originaba en ella la presencia de un Valar.
Wilwarin avanzó hacia la voz. Su corazón sabía, cada vez con más precisión, qué se encontraría.
Siendo una niña, cuando su rebeldía era como la carrera desbocada de un caballo salvaje, había tenido una visión semejante en la que la misma Estë le mostraba su poder...
- "I nen quetta... valatye ná úvea. I atani maurear valartye, kuiletye... A poikatye i mordo nosseo sercenen...." (El agua habla... tu poder es enorme... Los hombres necesitan de tu poder, de tu vida... Limpia la mácula de tu linaje con tu sangre) - Dijo la Valie sentada ante su quieto manantial, soberbia y grandiosa, como el recuerdo que de ella guardaba la Noldo.
Ante Estë se agitaron las aguas del manantial y rebosaron sobre la yerba mojándole el vestido y besando los pies blancos de la Elfa con prístina pureza. Su frialdad cortaba como cien dagas afiladas.
Las miradas plateadas se encontraron bajo la luz fría e iridiscente del lugar.
- "¿Avauvatye sí almarenya?" (Rechazarás ahora mi bendición) – Preguntó la Valië.
Un fulgor de arrogancia cruzó los ojos de la orgullosa descendiente de Fëanor que dijo despectiva:
- "Ná. Avanyet, hantalë... A antalye almarientya atanin" (Sí. La rechazo, gracias... Dásela a los hombres) - Respondió Wilwarin arrogante.
- "Wilwarin ná almare Estëo atanien" (Wilwarin es la bendición de Estë para los hombres).
Una luz plateada lo invadía todo con su irrealidad. Estë la escrutó con gesto severo y sonrió con amarga tristeza, como augurando trabajos y pesares. Levantó una mano blanca, llena de poder, y del lago surgió una neblina espesa, como un vaho cálido que lo envolvió todo marchitando las pequeñas niphredili y cubriendo con su calor asfixiante a la Elfa, que se desvaneció entre los efluvios de muchos aromas mezclados.
Wilwarin se incorporó sobresaltada de su lecho, quizá había gritado.
En las lámparas brillaban luces tenues que resaltaban las formas vegetales de las ventanas de Imladris. Amanecía...
Tenía la espalda mojada por un sudor helado, revueltos los cabellos y las ideas, pálido el semblante más allá de la blancura de su piel. Pero sus ojos brillaban con el fuego de las estrellas en medio de su mareo.
Había sido un sueño.
Pero bien sabía ella que los Poderes pronuncian sus sentencias tras la densa materialidad de las ensoñaciones élficas.
(Fragmento escrito por Lisswen)
