La mañana era fría, como fría había sido la noche. El sol acababa de asomar por el Este, pero sus rayos no traspasaban el techo de nubes que cerraba el cielo. Haryon estaba en pie, preparándose para el viaje al Norte. Sabía que no tenía tiempo que perder, y que la travesía sería larga. Cabalgaría sólo, y veloz, con lo que confiaba en pasar desapercibido, y no tener problemas. Además, el camino más rápido le llevaba por terrenos un poco más seguros, siempre al oeste de las Montañas Nubladas. El invierno entraba fuerte, y era muy probable que los próximos días fueran muy poco apacibles. Debía llevar ropas de abrigo. No podía esperar a la llegada de las comunidades sindar que estaban por llegar, que pudieran traer algunas provisiones de lembas. Así que pidió que le prepararan raciones de alimento a base de conservas, que pudieran mantenerse unas dos semanas en buen estado. En Rivendel le darían provisiones para el viaje de vuelta. Volvería con la animista, así que necesitarían el doble, aunque en Imladris posiblemente le abastecerían de lembas, con lo que la carga sería menor. El camino de vuelta debería ser igual que el de ida, aunque le preocupaban las palabras de Gandalf: "Los peligros del camino son en estos tiempos mayores, sobre todo si Sauron descubre que es Wilwarin quien los transita."

Todo el torrente de dudas e ideas que pasaban por la mente del rohir, fue aplazado por la aparición del Príncipe Imrahil. En su mano derecha llevaba las riendas de un precioso corcel. Su pelaje era gris, y sus miembros fuertes. Tenía el porte noble, digno de alguien de la majestad del Señor de Dol Amroth.

- "Éste es Nîlo Dâur, el mejor caballo de todo Dor-in-Ernil. Os servirá bien" – dijo el Príncipe al eorlinga, mientras acariciaba, no sin cierta tristeza, el cuello del bello animal.

- "Dormid tranquilo, mi señor" – contestó Haryon – "Está en buenas manos".

El Señor de Dol Amroth asintió con la cabeza, mientras tendía las riendas al rohir. Éste cargó todos sus pertrechos, y se dispuso para partir. Antes de hacerlo, se dirigió hacia las casas de curación. Estaba preocupado por el estado de Tirandir. Quizá alguien podría informarle. La mayoría de las puertas estaban cerradas y atrancadas. Sólo una de ellas permanecía habilitada, aunque se cerraba con un pasador desde dentro. Haryon estaba tentado de entrar, pues gran aprecio sentía por el guardia dúnedain. Pero sabía que no podía. Ya no sólo arriesgaba su vida, sino la esperanza que representaba para Dol Amroth. Cuando se disponía a montar el caballo, para partir ya, escuchó una dulce voz que venía de su izquierda.

- "Señor... ¿sois vos quien va a intentar traer la solución para la enfermedad?."

El guerrero se giró. Allí había un niño de unos ocho años. Su piel era clara y su cabello oscuro. Sus ojos eran grises, y lejanos, en el fondo las ojeras producidas por el llanto. Haryon se dio cuenta inmediatamente que se trataba del hijo de Tirandir, pues era su vivo retrato. El eorlinga flexionó sus rodillas, hasta colocarse a la altura del pequeño.

- "Así es" – contestó el rohir – "Voy a partir ahora mismo, en busca de alguien capaz de curar a todos. ¿Cómo te llamas?"

- "Mi nombre es Tirion, hijo de Tirandir. Tenéis que hacerlo. Tenéis que salvar la ciudad, y a mi padre" – rogó el niño, mientras las pocas lágrimas que le quedaban daban brillo a sus ojos. Echó la mano a su cintura. Allí llevaba una pequeña bolsa de piel. De su interior sacó una bola blanca de mármol perfectamente pulida. Una canica, que utilizaba para sus juegos. Extendió su brazo hacia el guerrero, para entregársela – "No tengo nada de más valor para entregaros."

Haryon abrió su mano, y Tirion depositó la canica en su interior. El rohir respiró profundamente. En su espalda, una joya de los galadrim, en forma de arco. En su cintura, la espada que para él forjara su padre. Y en su cuello, una estrella de plata, símbolo del camino hacia las Tierras Imperecederas. Pero sintió que nada de más valor se le había entregado hasta ese momento, que lo que veía ante sus ojos. Seguramente, Tirandir lo comprara para su hijo, a un mercader llegado del Lejano Harad, que llegara al puerto de Dol Amroth. Y seguramente, era la posesión más preciosa del niño que sufría delante de él. Haryon guardó la bola blanca en su bolsillo de piel. Luego cogió a Tirion por los hombros, y le miró a los ojos.

- "Salvaré a tu padre, aunque sea lo último que haga en este mundo" – y sin decir más, se incorporó. Cogió las riendas de Nîlo Dâur, y montó sobre su grupa – "Adelante amigo. No tenemos tiempo que perder."

Y así partió Haryon, hijo de Eoric, de la ciudad de Dol Amroth, saliendo por la puerta del Este. El Príncipe Imrahil observó esperanzado al jinete que se alejaba bordeando la costa.

El rohir cabalgaba durante todo el día, parando tan apenas para comer, y proporcionarle algo de descanso a su caballo. Por la noche acampaba, pero sólo unas pocas horas, pues el tiempo apremiaba, y también para evitar los posibles enemigos. El noble corcel del galopaba con furia, y no se amilanaba ante las duras exigencias de su jinete. Éste lo cepillaba cada noche, antes de dormir, y revisaba el buen estado de las herraduras y demás material.

Tras abandonar Dol Amroth, Haryon bordeó la costa hacia el norte, hasta la desembocadura del Morthond-Ringló. Allí acampó, donde en tiempos estaba situado el puerto de Edhellond, cuando los blancos navíos meridionales de los Eldar, partían hacia Aman. Luego cabalgó hacia el noroeste, atravesando el valle gondoriano, situado entre las Ered Nimras y las Pinnath Gelin. Buscando el paso occidental de las Montañas Blancas, viajó hacia el Oeste. Atravesó el Río Lefnui, desde donde vio, por fin el paso. Tras cruzar las montañas, cabalgó hacia el noreste, bordeando las Ered Nimras, pues sólo podía cruzar el Río Isen por los vados que había a unas 30 millas de Isengard. Nada sabía el jinete de lo que se estaba perpetrando en la Torre de Orthanc, pero tampoco estaba Saruman al tanto de la importante misión que estaba llevando a cabo el rohir, de modo que nada hubo en esa zona que le molestara. Además, el único tiempo que perdió Haryon cerca del Paso de Rohan, fue para echar una mirada al Este, pues no dejaba de añorar su patria. Al oeste de las Montañas Nubladas, cabalgó dirección Norte, atravesando las Tierras Brunas, donde no divisó nada más peligroso que algún rebaño de cabras. Hermoso y fértil era el valle, y el corazón del guerrero se animó, ante la visión del Río Glanduin. Bandadas de cisnes nadaban hacia Tharbad, cuando el eorlinga cruzaba sus aguas cristalinas. Así llegó a Eregion, donde la tierra era yerma, pero donde también empezaba a escucharse el murmullo de la corriente del Sonorona, río que buscaba desde hace tiempo el rohir. Y así, siguiendo su cauce hacia el Norte, el hijo de Eoric divisó el valle escarpado del Ángulo. Allí, en la tierra situada entre los ríos Bruinen y Mitheithel, estaba Rivendel.

Y tras 16 días de viaje con escaso descanso, Haryon llegó a su destino. Ligero había sido el paso de Nîlo Dâur, y ningún peligro había entorpecido su camino. Su presencia había pasado desapercibida, entre los escasos habitantes que poblaban las tierras que había atravesado. Solamente algún grupo de dunledinos, cerca del Río Isen. Pero el paso del jinete fue fugaz, y suave el cabalgar de su caballo, así que los hombres salvajes ni siquiera se percataron de su presencia. De este modo, cuando el sol estaba en todo lo alto, del decimoséptimo día, Haryon arribó a la Casa de Elrond.

(Fragmento escrito por Hispano)