LA CASA DE ELROND

Haryon dejó a la izquierda el Vado del Bruinen, única lugar de acceso al valle, a pie o a caballo, desde el oeste. Allí cogió el sendero principal. Éste atravesaba unas pequeñas estribaciones, para llegar a un denso, pero pequeño bosque, que cubría la ribera meridional de la rama sur del Río Bruinen. Bajó por un inclinado y erosionado sendero, y atravesó un trecho de verde pradera, hasta llegar a un angosto puente; el Puente de Piedra. Antes de cruzarlo, el rohir observó el maravilloso paisaje que se presentaba ante él. Rivendel. Situado en un estrecho y profundo valle, protegido al norte y al este por las Montañas Nubladas, y al sur y al oeste por el río. La zona más occidental de Imladris, estaba cubierta por campos de manzanos. Sus ramas estaban vacías a esta época del año, pero Haryon adivinaba la belleza de las flores rosáceas en primavera. Al norte del huerto, un hermoso campo de juegos, para la práctica de ejercicios atléticos. La competitividad de los noldor era saciada allí en tiempos de paz. La estructura era de piedra. En uno de sus laterales, había un pabellón de madera, donde el rohir supuso estarían alojados los establos. Al este de éstos, un gran complejo. Se trataba de El Salón Oeste, lugar apropiado para la convocatoria de grandes fiestas e importantes concilios.

Haryon cruzó por fin el puente, y entonces vio la más sencilla belleza, plasmada en la arquitectura. La Casa de Elrond. Construida en piedra, en torno a un patio cerrado. Todos los tejados eran de pizarra. Las chimeneas, procedentes de los innumerables hogares del interior, sobresalían entre las bóvedas, que cubrían los más grandes salones de la casa. Las ventanas eran robustas, pero delicadamente decoradas con luminosos vidrios de colores, que formaban preciosos mosaicos. Sobre todos los demás, y desde el centro del patio, sobresalía un alto edificio, que contenía el salón principal, y el campanario.

El rohir cabalgó al paso, por el camino pavimentado que dejaba el puente, hacia la morada del gran señor de los noldor. A su derecha, apareció una enorme escalera de piedra, con un gran número de peldaños, que conducían hasta un portal cubierto. Bajo éste, la entrada principal de la casa. Las puertas dobles eran anchas, hechas de gruesos paneles de madera de roble. Flanqueándola, dos soldados noldor, con hermosas armaduras doradas, y armados con preciosas lanzas.

Haryon desmontó del corcel del Príncipe, y sosteniendo sus riendas, subió por las escaleras. Cuando llegó frente a las puertas, los guardias le dieron el alto.

- "Deteneos. ¿Quién sois vos, y que buscáis en Rivendel?"

- "Essenya ná Haryon Eoricion. Inye merena quentaië Eleronden. Hortaryem Imrail, i Vanya Heru Dol Amrotho, ar yando Galdalf i Mista (Mi nombre es Haryon, Hijo de Eoric. Quiero hablar con el señor Elrond. Me envían Imrahil El Hermoso, señor de Dol Amroth. Y también Gandalf el Gris)" – contestó el eorlinga.

Los guardias se miraron, y luego se volvieron a dirigir a Haryon – "¿Turalye tanie sa Mithraindir hortaryel? (¿Puedes demostrar que te envía Mithrandir?)"

- "Avamaurearye sa tanarie.(No es necesario que lo demuestre)" – dijo una potente y profunda voz, que provenía de la entrada – "Inye estelaryet. (Le estaba esperando)"

El movimiento de los goznes no provocó más que un ligero susurro, y las puertas se abrieron lentamente. Tras ellas, apareció un rostro sin edad. Su oscuro cabello, semejaba la sombra del atardecer, y una corona de plata lo ceñía. Varda había puesto gran luz, en la claridad de sus ojos grises. Poderoso como un rey, entre los elfos y los hombres. Vestía ricas telas, pero su atuendo resaltaba el Manto de Doriath, que fuera tejido por Melian.

- "Entrad, Haryon, Hijo de Eoric. Y habladme" – le invitó Elrond – "Vuestro caballo será conducido a los establos, para que descanse y sea alimentado. Sin duda lo merece. Vuestro breve equipaje se llevará a los aposentos que hemos preparado para que descanséis esta noche"

Haryon hizo una reverencia, ante el Señor de Rivendel, y cruzo las puertas junto a él – "Os lo agradezco mi señor, pero no creo que deba pasar la noche aquí. El tiempo apremia, y debería partir cuanto antes. Con aquello que ha venido a buscar."

Elrond miró al rohir, ligeramente divertido, mientras andaban por el vestíbulo – "¿Con aquello que habéis venido a buscar? Sin duda no sabéis exactamente de quien habláis. Pasaréis la noche aquí. Hará más bien a Dol Amroth un espacio para vuestro adecuado descanso, que la premura de vuestro espíritu."

Rodearon el primer piso de la casa a través de una columnata abierta. Haryon quedó maravillado ante la belleza de aquel pasaje. Las columnas que guiaban el camino, recordaban la majestad de Eregion hacía ya muchas edades. Las puertas de cristal, aunque fuertes, estaban delicadamente adornadas con bellos labrados. El vidrio que las cerraba era antiguo, pero su claridad desafiaba la del agua del Cauce de Plata. La luz que inundaba el ambiente, traía el sosiego al corazón más turbado; y la magia del sol invernal, portaba calor y esperanza al rohir. Como las palabras que le susurraba su madre al oído, en noches de tormenta, tiempo atrás.

Llegaron así a una gran sala de estar. Al igual que el pasillo que dejaban, la luz del sol iluminaba la estancia. Al fondo, puertas de cristal dejaban ver el porche, donde la nieve nunca llegaba. A la izquierda, un pequeño hogar alimentaba con sus llamas el reconfortante calor. En torno al fuego, cómodos sillones y una pequeña mesa, todo de madera de roble, animaban al sosiego y la conversación.

- "Sentaos. Explicadme que os ha traído aquí" – pidió Elrond al eorlinga.

Haryon se acomodó en uno de los sillones, y percibió el fuerte abrazo de su padre en él, evadiéndole de todo temor. Con una tranquilidad que a él mismo sorprendió, explicó al medio elfo todo lo ocurrido en la Ciudad del Príncipe, y el porque de su viaje. El Señor de Rivendel asentía a sus palabras, como si estuvieran confirmando aquello que ya sabía. Cuando el rohir acabó con su relato, Elrond llamó a uno de sus sirvientes y le susurró unas palabras al oído. El elfo se abandonó la estancia.

- "Grande entre los noldor es Míriel, la virtud que buscáis en este lugar. Sé que grande es también la necesidad en Dol Amroth, pero el peligro que amenazaría a la nieta de Fëanor en tal viaje encoge mi corazón."

- "Este servidor caerá antes que ella. Pues mi misión es protegerla en el camino, aunque me cueste no ver más amaneceres. Muchas vidas y alguna promesa han sido depositadas en mis manos. Y no fallaré, no, mi señor, a no ser que Mandos me llame para sus estancias" – contestó Haryon sin dudar.

Elrond abrió más sus ojos y esbozó una emocionada sonrisa. No estaría todo perdido para los hombres tras la partida al Oeste de su pueblo, si entre los Atani aparecían espíritus como aquel.

En ese instante, el rohir sintió una presencia de un poder semejante al de El Señor de Imladris. Giró la cabeza hacia la puerta por donde habían entrado a la sala, y quedó maravillado.

Ante él apareció la más bella criatura que jamás vieran aquellos jóvenes ojos. Sus cabellos eran largos y rojizos, y fluían por su precioso cuerpo, como el reflejo de las Ered Nimras, en el agua del bravo Isen, bañado por el sol del atardecer. Estaban ceñidos por una diadema de mithril, en la que estaba labrado el símbolo de la Casa de Feanör. Sus ojos eran grises y tempestuosos, como las olas del gran mar en un día nublado. Y en ellos se veía la sabiduría de muchas edades vividas, y el cansancio de grandes sufrimientos. Su alta y erguida figura, representaba la nobleza y majestad de los árboles de Válinor, cuya belleza y cuya luz, superaba a cualquier otra creación de los Valar. Y así vio por primera vez Haryon a Wilwarin, y comprendió entonces cuan grande era la misión que le había sido encomendada.

- "¿Me buscáis, otorno?" – habló la princesa noldo. Y el rohir cerró sus ojos, pues aquella voz le trajo toda la esencia de la que Galadriel impregnara al bosque que le vio crecer.