La vieja mujer que hacía de cocinera y cantinera dio un traspiés y casi dejó caer la tetera llena de agua hirviendo al suelo. Sin embargo, con un movimiento grácil y rápido, Rikkar cogió la tetera por el asa a media caída y al tiempo sujetó a la mujer por un brazo para impedir que ella misma cayera. Con una sonrisa amable pero distante, le preguntó si se encontraba bien en tanto ponía el recipiente encima del mostrador.
—Gracias a usted, sí, señor Everbright —replicó ella mirando algo sonrojada aquel hombre, el más atractivo y apuesto entre todos los que ella había visto nunca (y había visto a muchos), que con su rostro afilado pero de suaves rasgos, ojos verdemar y cabello dorado siempre perfectamente cortado y peinado era la personificación del príncipe azul de los sueños de cualquier adolescente. Suspiró. Tan gallardo e inalcanzable como el príncipe azul; todo el mundo lo sabía.
—Debería ser más cautelosa al poner sus pies sobre esos charcos de cerveza —comentó él con su usual tono cortés, esta vez algo teñido de reproche—. Tal vez sería preferible que pidiese la colaboración de alguien para ayudarla a mantener el cuidado del bar y la cocina, no debería ocuparse usted de todo.
La mujer sonrió mordazmente.
—Claro, pero no creo que nadie quiera fregar y barrer en mi lugar. ¿O usted se está ofreciendo, señor?
—Si es necesario, le prestaré mi ayuda una vez mi amigo se recupere del todo —respondió él y se despidió con una educada inclinación de cabeza, llevándose consigo la tetera y dos tazas.
Por su parte, Beth, la cantinera, cogió un trapo y limpió el mostrador en tanto intentaba imaginarse la incongruente escena de aquel pimpollo estirado frotando el suelo con un trapo sucio. Había algo excitante en aquella fantasía, el representárselo despeinado, sudoroso y con la camisa desabotonada... o, mucho mejor, sin camisa. Entonces, le vinieron a la cabeza sus palabras «una vez mi amigo se recupere del todo» y la fantasía se esfumó. ¡Que mal rayo le partiera! Su ofrecimiento no había sido sino palabras huecas, todo el mundo sabía que su amigo nunca acababa de recuperarse del todo. No pudo, sin embargo, evitar sonreír ante la picardía del hombre y volvió a suspirar. Ah, ¿acaso no era cierto lo que se decía de los hombres guapos?
De camino hacia la habitación que compartía con su amigo, Rikkar se topó con Raoul, un vástago ventrue antitribu que parecía empeñado en demostrar que era más apuesto y vestía mejor que él, en vano. No sólo no conseguía estar a su altura, sino que su batalla contra él era no sólo no correspondida sino completamente ignorada. Le saludó con su habitual fría cortesía y el vampiro le correspondió con igual frigidez mientras hacía ostentación patente de su nuevo traje Armani. Rikkar, a quien incluso un saco de esparto le sentaría bien, no se molestó en comentarle que parecía un poco ridículo vistiendo ese traje en mitad de un túnel húmedo y medio en penumbras. Raoul era así.
—¿No iba a salir su grupo a las calles hoy? —le preguntó de repente.
—Sí, justo dentro de... —el ventrue se subió la manga del traje para dejar bien a la vista su Rolex de oro— veinte minutos. Oh, bien, tengo que marcharme para reunirme con mis compañeros.
—Espero que les vaya bien.
—Siempre nos va bien —replicó el vástago arrogantemente dándole la espalda. Más tieso que un poste de teléfonos se alejó por el pasillo.
Rikkar movió la cabeza en un gesto medio divertido medio irritado y continuó su camino acelerando el paso. Si no se daba prisa, cuando llegara, el agua ya se habría enfriado. Saludó con su distante educación a todo cuanto encontró por el túnel pero no se detuvo más hasta llegar a su habitación. Abrió la puerta y entró, cerrándola a su espalda.
El suyo era un cuarto pequeño, que lo parecía aún más al estar abarrotado libros apilados en cada espacio disponible: en las estanterías, en las sillas, en las mesas, en el suelo... La presencia de los libros era tan intensa como el olor a papel viejo y tinta, como el olor a cerrado y el calor que soportaban desde que el sistema de ventilación había dejado de funcionar. La mayoría de los libros y de los papeles esparcidos por las mesas eran de Raistlin; en realidad, había poca cosa suya en aquel lugar. Tanto le daba que su amigo se hubiera apoderado de casi todo el espacio disponible, él tenía poco que guardar. Un álbum de fotos viejas, un libro de recortes de periódico y sus escasos objetos personales imprescindibles, ropa y cosas por el estilo.
Cerró los ojos y se dejó rodear por la presencia de la energía invisible que imperaba en aquel lugar, el poder que le había mantenido con vida mientras los suyos caían en las garras de la Banalidad o la Tecnocracia. Suspiró interiormente, sintiéndose a salvo en aquel oasis de realidad faérica que todavía no había sido aplastada por la realidad mundana. Con una dulce sonrisa se acercó a la fuente de aquella esencia, su mejor amigo.
El joven estaba tumbado en la litera de abajo, leyendo uno de sus ajados libros. Retiró un mechón oscuro de sus ojos en un gesto mecánico pero no los alzó de las hojas a pesar de que Rikkar tenía la certeza de que era consciente de su presencia. Aunque todavía débil y pálido, parecía estar mucho mejor. A pesar de los poderes curativos del elfo, había ardido de fiebre durante varios días, haciéndole temer por su vida; pero ésta había remitido y después de un sueño restablecedor había podido al menos incorporarse en su catre.
Durante su inconsciencia, sus compañeros se habían ido pasando por la habitación para interesarse por su estado; la chica aquella del puesto del mercado incluso se había ofrecido para relevar a Rikkar de su vigilancia, pero él les había asegurado a todos que podía encargarse de todo solo. Sabía que tenían buenas intenciones —al menos la mayoría de ellos—, pero su presencia sólo entorpecería su tarea. Además, él era el único que sabía qué era lo que su amigo precisaba, no necesitaba a ningún curioso bienintencionado que le dijera qué debía hacer. Así que aceptó graciosamente sus consejos, pero hizo lo que él creía correcto. Por otra parte, había aceptado —únicamente— la ayuda de otra persona cuando el sueño y el cansancio habían podido más que su determinación: el Padre Arthur. Recordaba al sacerdote sentado en una silla cercana a la litera, no sólo vigilando el sueño febril de su amigo, sino su propio descanso. A veces, al abrir los ojos, lo había visto de rodillas en el suelo, inmerso en sus plegarias. En el fondo, Rikkar agradecía tener a alguien que le ayudara en la solitaria y angustiosa tarea de velar al enfermo.
Posando la mano sobre su frente, suspiró y asintió con la cabeza, satisfecho. La fiebre casi había desaparecido por completo. No creía que fuera a subir de nuevo. Bajo su mano sintió la piel cálida y un poco húmeda y el cosquilleo que siempre le producía aquel contacto, así como el calor más intangible de la exquisita energía que rodeaba aquel cuerpo delgado.
Raistlin lo miró.
—Estoy mejor.
—Sólo quería asegurarme —se excusó él. Sonrojado, quitó la mano de su frente y echó el agua, afortunadamente todavía humeante, en una de las tazas para dársela a su compañero de cuarto. Éste abrió uno de los numerosos potes de cerámica cerrados con tapones de corcho que había sobre la destartalada mesita de noche y echó unas hojas secas machacadas en el agua, removiéndola con la cuchara que le ofreció el otro hombre.
Rikkar abrió los otros recipientes y les echó una ojeada, aspirando profundamente el aroma de las plantas secas y de los ungüentos. Le encantaba ese olor, le hacía pensar en su hogar perdido hacía mucho tiempo.
—Queda poca manzanilla —comentó señalando el pote—. Mañana hay mercado, iré a por una poca.
Raistlin, ocupado en soplar el agua caliente y en removerla, sólo contestó con un cabeceo afirmativo. Cuando estuvo satisfecho con la temperatura, se bebió el contenido de la taza y luego volvió a recostarse contra los almohadones.
—Estoy tan cansado... —se quejó.
—Es normal, has estado muy enfermo, mucho peor que las otras veces. Has estado apunto de morir, amigo mío —le explicó Rikkar. El recuerdo de los gemidos de dolor y sufrimiento de su compañero ensombrecieron sus rasgos, pero no se permitió caer en la tristeza y le ofreció una sonrisa radiante, sabiendo que no necesitaba más preocupaciones—. Pero ya estás fuera de todo peligro.
—No me refería a eso, Rik —murmuró él. Sus ojos se desenfocaron un poco, pero pronto volvió a clavarlos en los suyos—. Siento que cada vez me debilito un poco más. Tengo [edad] años pero a veces me siento como si tuviera noventa. Siempre enfermo, siempre débil...
—¿Ya no te hace efecto la... eh... medicina de Clyde? —inquirió Rikkar tentativamente, sabiendo que estaba pisando terreno resbaladizo.
Raistlin sonrió lúgubremente.
—La «medicina», como tú tan delicadamente la has denominado, sigue actuando igual que siempre, pero sus resultados tienen límites. Puede hacerme más fuerte y ágil, puede darme poder sobre otros y mantenerme joven, pero no me libra de las enfermedades ni de la fragilidad. Nunca dejaré de ser enfermizo y débil —suspiró.
—Pero Clyde y los otros dijeron que los... eh...
—Ghouls. Vamos, Rikkar, eso es lo que soy, a pesar de que no te guste. Soy un maldito mago ghoul enfermizo —gruñó apretando los dientes.
—Lo que no me gusta es que estés de mal humor y te enfades con todo el mundo o que te niegues a dirigirnos la palabra —le regañó con suavidad su amigo—. La cuestión es que los vampiros dijeron que los... los ghouls podían utilizar la «medicina» para ser más robustos, como ellos mismos hacen.
—Pues conmigo no funciona —rezongó Raistlin.
—Bueno, bueno, anímate, amigo mío. Mucha gente se ha interesado por ti estos últimos días. Hay quien no tiene esa suerte.
—Sí —murmuró el mago ausentemente.
—Arthur incluso anuló los servicios de dos días para relevarme y rezar por ti.
Raistlin esbozó una mueca irónica.
—Este Arthur... Siempre tan seguro de que su Dios tiene respuesta para todos los males. Un día se encontrará con que no es así y entonces... —enmudeció al ver la expresión cariacontecida de su compañero de cuarto.
—No sé porqué dices eso de él, es un buen hombre que sólo quiere ayudar.
El ghoul suspiró.
—Lo sé, lo sé. Lo siento, ¿de acuerdo? Me alegro de que estéis conmigo —añadió en voz tan baja que el elfo casi no le escuchó; pero sí lo hizo y su rostro se iluminó. Luego dijo alzando la voz y en tono más animado—: Eh, sidhe, ¿quieres que te cuente un secreto?
El aludido asintió, feliz al comprobar como la tensión abandonaba el atestado cuarto como por ensalmo.
—En realidad le envidio porque habla latín mejor que yo. Pero que ni se te ocurra decirlo por ahí o me encargaré de que no puedas volver a dormir nunca más.
—¿Por quién me has tomado, por Neru? Tu secreto está seguro conmigo, Arthur jamás se enterará por mí de que has admitido que es mejor que tú en algo —replicó el otro en tono fingidamente grave.
—Más te vale, porque ese día el cura irá a tocar la campana de su iglesia y me enteraré.
—Te aseguro que hay cosas mucho peores que eso —dijo Rikkar con una sonrisa.
—¿Ah, sí? ¿Qué?
—Por ejemplo, ser el compañero de cuarto de Clyde.
El hermético rió de buena gana.
—Cierto, cierto. Y, sin embargo, existe un destino mucho más aciago que ese. —Su compañero le lanzó una mirada interrogativa—. Compartir cuarto con Clyde y, al tiempo, ser... su sire.
El sidhe abrió los ojos de par en par y Raistlin rió de nuevo asintiendo, esta vez su voz teñida de un leve tono burlón.
—¿El señor Ligghtdrawer es el sire de nuestro Clyde? —La incredulidad era patente en sus palabras.
—Sí, aunque él lo negará en público —fue su sarcástica respuesta. Bostezó y se desperezó un poco para observar luego a su amigo con los ojos entrecerrados. Se dejó caer entre los almohadones—. Creo que voy a dormir un rato.
—Sí, eso te irá bien —dijo el changeling ayudándole a arroparse.
—Deja de estar encima de mí, mamá, y vete a divertirte un rato —le regañó con voz soñolienta.
Con una suave risita, Rikkar salió de la habitación para encontrarse con Neru sentado en el pasillo, al lado de la puerta de su propio cuarto, fumando de su cachimba.
Aquella cosa echaba un humo horrible y apestoso, pero el árabe no podía soportar los inoloros cigarrillos ultra-light que todavía podían conseguirse en el mercado negro. El viejo garou saludó a su amigo con la cabeza y sonrió entre fumaradas.
—¿Qué tal estamos hoy?
—Creo que bastante mejor, amigo Neru —contestó él sentándose con la espalda apoyada en la pared contraria. El Garou no pudo menos que admirar su noble apariencia incluso en aquel túnel deprimente iluminado con bombillas de pobre luz—. Ahora duerme.
El árabe rió entre dientes e inhaló profundamente de nuevo antes hablar de nuevo.
—Claro, pero yo también me refería a ti, Rikky. ¿Hace cuanto que no has dormido? Si no descansas un poco te acabarás pareciendo a uno de nuestras sanguijuelas.
—Pero con peor aspecto, ¿no? —rió el sidhe.
El garou sonrió, pero se preguntó si Rikkar podría tener alguna vez un «peor aspecto».
—¿Crees que tuvo uno de sus ataques? —le preguntó cautelosamente.
—Trances. Se llaman trances y no ataques, ¿cuántas veces he de recordártelo, amigo garou?
—Bueno, yo a quedarse cataléptico lo considero un ataque —masculló. Rikkar lo miró frunciendo el ceño—. Un ataque o un chute demasiado fuerte.
—Se sume en visiones profundas, no...
—Vale, vale, no quiero discutir. Lo que espero es que no se despierte otra vez diciendo que va a venir otra sanguijuela. Ya hay más que suficientes con todas las que tenemos ahora.
—Mientras no nos diga que la Tecnocracia va a derrotarnos, yo ya me siento satisfecho —murmuró el sidhe. Suspiró—. Temo por él, creo que últimamente se están incrementando los trances y pasa cada vez más tiempo inconsciente.
—Tú siempre temes por él —rezongó Neru en tono malicioso, pero su compañero lo ignoró.
—Nos comunicó la venida del señor Liggthdrawer y éste apareció tal y como él nos había dicho.
—Buena pieza es ese Samuel. Se puso hecho una fiera cuando lo instalamos con Lengua Rápida, al parecer ya se conocían. Creo que una buena temporada con nuestro parlanchín amigo le irá bien para bajarle un poco los humos.
Rikkar reprimió la risa que amenazaba con estallar en su boca y asumió una apariencia calmada y afable.
—Mmm. Todavía no sé como llamarle —masculló el viejo árabe—. ¿Barbalarga? No. ¿Abuelito-dime-tú? Nah... Qué difícil me lo está poniendo...
—Neru, ¿por qué te empeñas en poner motes a todo el mundo, incluso a nuestros enemigos?
—Me dirás que los HIT marks y los cyborgs no son unos cabezacubos —protestó.
—No niego que lo son. En fin, todo el mundo los llama así.
—Me alegra saber que he creado escuela —dijo el viejo, muy ufano—. Por cierto, ¿sabes qué es tu habitación cuando Raistlin cierra la puerta?
Rikkar suspiro, sabiendo qué era lo que iba a venir a continuación.
—Adelante, dímelo —le animó con resignación.
—¡Un cuarto cerrado herméticamente! —rió el garou. Sus carcajadas cascadas resonaron por todo el pasillo.
—Baja la voz, vas a despertar a todo el mundo —le reprendió el changeling chistándole. Le miró con severidad—. Eres un irreverente, Neru al-Biruni.
—Bueno, ser un afamado caminante silencioso con manchas en mi morro me dan ese derecho. Creo que se me ha ocurrido un buen mote para esa sanguijuela, a ver qué te parece: Basilisco. Así es como se puso al llevarlo al cuarto de Lengua Rápida y, según él, tiene muy mal genio. Además, ese tipo tiene algo de reptiliano. Por cierto, tengo un chiste fabuloso para esos dos.
—Ahórramelo.
—Ya lo oirás en la reunión.
—¿Reunión? Oh, ya recuerdo. Esta noche, ¿no? Con todo el ajetreo lo había olvidado.
—Sí, vendrá su Grandiosa Pomposidad Mithras I del Reino de las Alcantarillas. Estoy deseando ver su enfrentamiento con el Basilisco barbudo.
—Creo que te decepcionarán. Me parece que el señor Ligghtdrawer es razonable e inteligente y no deseará que haya ningún tipo de problema.
—Vaya —se quejó el garou—. Así que tendré que ser yo quien anime la fiesta, como siempre.
—Sí, pero no te excedas —le advirtió Rikkar—. Me retiro, necesito dormir un poco. Y tú debería dejar de llenar el pasillo con ese humo hediondo.
—¡Pero si acabas de salir! ¿Se puede saber a dónde ibas?
El sidhe se mordió el labio.
—Se supone que a divertirme, pero no me apetece demasiado estando él...
El viejo caminante silencioso soltó una risita.
—Lo tuyo es grave, muchacho.
—No digas necedades, sólo me preocupo por un amigo. Y recuerda lo que te he dicho.
Dejó al garou en el pasillo y volvió a su cuarto. Raistlin dormía profundamente y no se despertó cuando entró. Tal vez se había sumido en uno de sus trances. Inquieto, lo observó durante largos minutos, a pesar de saber que, de estarlo, no podía hacer nada. Con un suspiro resignado, se desvistió y trepó a su litera. Apagó la luz, intentado encontrar el sueño que repentinamente le eludía.
Siempre empieza en el camino. Abro los ojos y allí estoy, en este sendero de tierra seca y agrietada, compacta. El polvo se arremolina entre mis pies aunque no hay aire que lo levante. En principio todo está bien. El cielo es azul, sin nubes; se oye a los pájaros cantar y la temperatura es agradable. Me quito la cazadora y me la echo al hombro.
Cuando empiezo a caminar me siento tranquilo, relajado. Disfruto del paisaje, que cambia como si en vez de caminar estuviera sentado en un tren, viéndolo pasar por la ventanilla. Al girarme, veo a lo lejos, muy lejos, una gran montaña. Su cumbre se esconde entre nubes y a sus pies se extiende como una alfombra una mancha verde. Aquello me resulta familiar, pero nunca llego a saber porqué. No me detengo mirándolo mucho rato; no me preocupa no acordarme. Sigo caminando y el paisaje corre a mis lados.
Llego a varias intersecciones. Algunas están señalizadas, otras no, si bien las señales no suelen tener sentido. Quizás estén en alguna lengua que no conozco. Da igual. Elijo, y me siento feliz de elegir. Voy por donde quiero ir, aunque no sepa hacia dónde es.
Vaya donde vaya, atrás siempre está la imagen de la montaña. Pero ahora no me transmite la sensación de tranquilidad, de lejana añoranza que antes sentía al mirarla. Las nubes que envuelven al pico se oscurecen. El rayo asoma entre ellas. Entonces se derraman y ahogan el verde en una avalancha de oscuridad. Se desborda. Empieza a inundar el camino allá a lo lejos. Lo sé, siento que el camino se enfría. Las olas de sombra se acercan.
Corro. Los pájaros han dejado de cantar. El azul se torna ceniciento, luego plomizo. Hace frío. El paisaje se detiene. Y yo corro.
En la intersección no miro, sólo corro. Elijo el más llano, el que me permita correr más deprisa. Entonces siento un aliento en mi nuca. Es suave y oscuro como las nubes que se deslizan montaña abajo. Me esfuerzo más, quiero dejarlo atrás, pero no puedo deshacerme de él. No me giro. Si lo hago lo veré y no quiero verlo. Sólo corro.
El camino está flanqueado de monos sentados tras máquinas de escribir. Golpean las teclas al azar. Escriben sinrazones en el papel. Me saludan burlonamente. Sigo corriendo. Me ofrecen sus papeles. Sigo corriendo. Un mono pequeño salta encima, creo que me va a atacar. Pero sigo corriendo. El mono pone sus papeles en mis manos, luego desaparece detrás de sus congéneres de un salto. No me detengo. El aliento sigue en mi cuello. Demasiado cerca, demasiado cerca.
Otro cruce de caminos. Esta vez no cojo el más fácil, en el camino llano casi me alcanzó. En cuanto entro noto la diferencia. Ya no está pegado a mis talones. Corro, salto, trepo. Ya no lo siento cerca. Pero no me detengo ni vuelvo la cabeza. Todavía está ahí, detrás, más lejos quizás, pero todavía está ahí. Como la oscuridad desbordada.
Sin dejar de correr, miro los papeles arrugados en mi mano. Los despliego.
Es el mapa de un tesoro.
