Todo empezó en un camino polvoriento que serpenteaba con infinidad de vueltas y revueltas entre las montañas. Aquel día era inusualmente caluroso para hallarse a principios del invierno y los tres viajeros que arrastraban los pies por la senda lo acusaban especialmente después de haber pasado varios meses en las frías tierras sureñas.
Sentándose en una roca que había al lado del camino, el que estaba protegido por una pesada armadura completa dejó en el suelo, a sus pies, su escudo y su petate y se quitó el yelmo. Después de enjugarse el sudor de la cara, le dio un trago a su pellejo casi vacío. Sus compañeros se dejaron caer pesadamente a su lado.
- Esto es inaguantable -gruñó. Él era quien más sufría la tortura del calor por culpa de su armadura.
El más bajito del grupo, un muchacho rubio con almendrados ojos azules y orejas puntiagudas también lo estaba pasando mal. Era la primera vez que se aventuraba tan al norte. A decir verdad, antes de conocer a sus compañeros, varios meses atrás, nunca había salido de su Silvanesti natal. Ahora, rodeado de escarpadas montañas, echaba de menos los frescos bosques de su país. Con un suspiro, se despojó de su capa gris moteado y de la ligera armadura de cuero. Bueno, aquello estaba mejor. Poniendo los dedos en la boca dio un silbido. Momentos después apareció un oso pardo que se le acercó presuroso a que lo rascara en la cabeza.
El de la armadura, quitándose el largo pelo moreno de la cara, rebuscó en su mochila y sacó un trapo, con el que intentó, infructuosamente, adecentar un poco el peto y las piezas de los brazos. Dejándolo correr, miró al elfo que rascaba al animal y le hablaba en un suave idioma que él no comprendía. Le debe estar hablando en elfo, pensó, encogiéndose de hombros. Se volvió hacia el tercer viajero:
- ¿Cuánto falta para llegar a Palanthas?
El aludido, del cual no se podía distinguir nada al estar ataviado con una larga túnica roja y tener echada la capucha de ésta de forma que le ocultaba totalmente el rostro, alzó la cabeza y la movió en un ademán negativo.
- Como mínimo, dos semanas -respondió con voz suave-. Este es un mal camino, da muchas vueltas alrededor de las montañas, aunque sin salir de la cordillera. Pero -sonrió al oír como su compañero bufaba- sin duda es mejor que atravesar las llanuras.
- Si aquí lo pasamos mal por el calor, allí... -intervino el elfo-. Bueno, no me lo ni puedo imaginar. Probablemente se te fundiría hasta la armadura, Icon.
El encapuchado se levantó con ayuda de una vara que llevaba consigo y sacudió sus ropajes.
- Deberíamos reanudar la marcha, puede que encontremos algún sitio seguro para pasar la noche. Si nos quedamos aquí seremos pasto de las alimañas.
- O de algo mucho peor -agregó el elfo mientras despedía al oso. Éste se alejó unos pasos y, después de volver la cabeza hacia su amigo, inseguro, se marchó.
Icon se puso en pie con un poco de dificultad. Después de recoger sus pertenencias se pusieron de nuevo en camino.
- Oye, Junior, ¿no podrías utilizar tu magia para llevarnos a casa? -preguntó a su embozado compañero.
- Si quieres arriesgarte a envejecer -replicó negando tristemente con la cabeza-o, peor aún, a morir al materializarte con la mitad inferior de tu cuerpo atrapada en el suelo o aparecer a una gran altura y caer...
- Déjalo correr -le cortó el elfo.
En realidad, Junior sabía que había muy pocas posibilidades de que eso ocurriera, pero no iba a utilizar su poder ante tan pequeña dificultad. Así les demostraría a todos que no era un niño mimado que huía de los problemas. Había empezado su viaje a pie y a pie lo acabaría. Además, sus compañeros sólo lo querían para cosas como aquella. Que sufrieran un poco, a él el calor sólo lo molestaba un poco. Ser norteño y no ir enlatado tenía sus ventajas.
Icon refunfuñaba por lo bajo. Estaba de un humor realmente malo, algo muy raro en él. Pero, después de meses de viaje, de jugarse el pellejo por causas perdidas, de matar monstruos devora-hombres y recibir más palos que elogios, estaba harto. Y aquel maldito calor y sus compañeros no ayudaban a mejorar su estado de ánimo. Lo que más deseaba era estar de vuelta en la gran ciudad, donde su atractivo rostro, sus penetrantes ojos verdes y su descaro y simpatía harían estragos entre las damas. Pero no, allí estaba, con un elfo que consideraba que todas las razas, excepto la suya, eran inferiores y un mago niñato de casi dos metros que dormía abrazado a un oso de peluche y que era incapaz de llevarlos con seguridad a casa. ¡Y el maldito calor!
Silkonost decidió que no se pondría su capa de camuflaje, así que la enrolló y, atándola con un trozo de cuerda, la puso dentro de la mochila. Luego descolgó el soris tallado que pendía en su espalda, balanceando la parte superior con aire distraído. Éste era su arma favorita, un bastón que constaba de dos partes. La inferior era tan alta como él y un extremo acababa en una punta de metal muy afilada; el otro extremo se hallaba unido mediante una junta a la parte superior, lo cual permitía que ésta pudiera doblarse en infinitos ángulos. En el extremo superior había unos garfios de metal y un lazo de cuerda. Éste era una de sus propiedades más preciadas, ya que estas armas sólo se entregaban a los kiraths, los exploradores elfos guardianes de Silvanesti.
El elfo miró con fastidio a sus compañeros. Desde luego, sólo había que verlos para poder afirmar con seguridad que eran perfectos ejemplos de su patética raza, muy inferior a la suya, la de los elegidos de los dioses del Bien. El caballero era un fantoche que se tambaleaba dentro de una armadura demasiado pesada, grande y ostentosa. Por suerte, en los últimos días había cambiado de humor y no había dicho ni hecho ninguna de las tonterías que le eran propias. Estaba seguro, sin embargo, de que esto cambiaría al llegar a algún lugar civilizado. Icon era un exhibicionista al que le encantaba ser el centro absoluto de atención, sobretodo de las mujeres. Y el hechicero... Ni siquiera era completamente humano, algo que, de por sí, ya era suficientemente malo, sino que admitía abiertamente que su madre era medio humana y que no sabía quien podría ser su padre. ¡Algo que en su sociedad no podría haber sido aceptado! Además, era un tipo de costumbres muy raras, más raras de lo que solían ser en los humanos... ¿Pero que se podía esperar de alguien que clamaba que el Bien no debía triunfar sobre el Mal sino mantenerse en equilibrio? De todas maneras debía admitir que durante los meses pasados habían formado un buen equipo y que, gracias a ello, habían logrado sobrevivir...
- ¿Dónde estará ahora Dagger? -se preguntó en voz alta.
Icon lo miró sorprendido. Silkonost no había ocultado nunca el desprecio que sentía por la
semielfa.
- Ni lo sé ni quiero saberlo -repuso con aspereza Junior-. Lo único que sabe hacer es darnos problemas.
- Creía que vosotros, los hechiceros cuidabais los unos de los otros -dijo, sardónico, el elfo.
- Pues creías mal. Ella es una Túnica Negra y yo un Túnica Roja. No tenemos nada en común. -El hechicero se encogió de hombros negándose a enfadarse ante la provocación-. A mí como si la apuñalan por la espalda, cosa que se merece y que, sin duda, acabará ocurriendo un día u otro...
- ¿Cómo puedes hablar así de una damisela? -exclamó el caballero, deteniéndose escandalizado-. Es sólo una débil mujer que...
- Que te robaría hasta las botas si con ello sacara algún provecho -terminó Silkonost mirándolo con aires de superioridad-. Eres idiota si piensas que es un ser desvalido al que hay que proteger. Además de hechicera es una ladrona.
- ¡No es una ladrona! -le espetó Icon llevándose la mano a la empuñadura de su espada-. ¡Dices eso porque la odias por ser semielfa!
Levantando las manos en son de paz, Junior se interpuso entre sus dos compañeros y trató de apaciguarlos:
- Eh, vale ya. Dejadlo, no merece la pena. Ella ni siquiera está aquí y os peleáis por su causa -declaró y añadió suavemente-: Además, todos sabemos que el racismo y la estupidez, ambos, producen ceguera, distinta, pero, sin embargo, similar.
Para cuando el elfo y el caballero lograron digerir las palabras del mago, éste ya se hallaba a bastante distancia. Tratando de recobrar la compostura, ambos aligeraron el paso. Cuando alcanzaron a Junior, Silkonost podría haber jurado que había escuchado una queda risita.
A la mañana siguiente los viajeros llegaron a un valle entre las montañas y, para su gran alivio, en él había un pueblo. No era demasiado grande, pero tampoco pequeño.
La gente dejaba las cosas que tenían entre manos para observar a los peculiares extranjeros. Los magos ni los elfos eran vistos raramente por aquellas tierras y los señalaban con el dedo al tiempo que cuchicheaban con sus vecinos. Los caballeros eran otro cantar, a pesar de que, desde luego, no eran frecuentes tan jóvenes como Icon. Éste se había lavado la cara, peinado y adecentado un poco su armadura antes de entrar en el pueblo y mostraba su mejor sonrisa a los pueblerinos al tiempo que andaba todo lo erguido y orgulloso que podía.
Silkonost miraba con cautela a todos aquellos humanos. Hubiera preferido quedarse en las afueras, con su amigo el oso, pero sus compañeros anhelaban dormir bajo techo y no era recomendable andar por las montañas solo. Intentó ocultar su desprecio. No era que temiera a estas gentes, después de todo ellos eran sólo humanos y él era un kirath, un miembro de la elite de los exploradores, no obstante, sabía que podían ser mezquinos y traicioneros por lo que estaría siempre vigilante. A Junior, en cambio, no pareció afectarle ni mucho ni poco el recibimiento
Seguidos de una pequeña multitud de curiosos, los tres compañeros se encaminaron hacia el edificio más grande del pueblo, la posada. Sobre la puerta pendía una enseña en la que se veía dibujado un vaso rebosante de vino y el nombre "El Refresco del Viajero".
El interior del local era cálido y acogedor. Había varias mesas redondas repartidas por la sala principal y un par de ellas estaban ocupadas por varios parroquianos. A la derecha estaba la barra y al final de ésta unas escaleras que conducían al piso superior. En la pared del fondo estaba la chimenea, ahora apagada por el calor de los últimos días. Una camarera salió presurosa de detrás de la barra para recibir a los nuevos clientes.
Los compañeros tomaron asiento en una de las mesas vacías y varias de las personas que los habían seguido hicieron lo mismo. Icon sonrió ampliamente a la camarera, que no estaba nada mal.
- ¿Qué desean los señores? -preguntó mirando fijamente al atractivo caballero de ojos verdes.
- Comida y bebida para los tres -replicó éste y, después de hacerle un guiño, añadió-: Y las mejores habitaciones que tengas.
- Para mí nada de carne ni alcohol -rectificó el hechicero. En aquel momento retiró la capucha que le cubría la cabeza revelando un rostro inhumanamente hermoso, que sólo podría haber hallado parangón entre los más bellos elfos. Apartando el largo cabello plateado de su cara la miró con sus grandes ojos dorados-. ¿Tienen jugo de frambuesa?
Perdido su interés por el caballero, que ya no le parecía tan guapo, la camarera miró embobada al mago y sólo pudo balbucear:
- Euh... Creo, creo que no, señor.
- En fin, tomaré agua -indicó con aire de fastidio sacando un libro de su mochila y empezando a leerlo.
Como, al parecer, el hechicero no parecía en absoluto interesado en nada que no fuera su libro, la camarera se fue hacia la cocina, que estaba detrás de la barra, en otra estancia. Icon vio, frustrado, como sus intentos por llamar la atención de la guapa camarera no daban resultado. Espero que haya otras camareras, se dijo y miró a su compañero con una mezcla de enojo y envidia. Siempre pasa lo mismo, pensó irritado, y él es tan tonto que ni siquiera se digna en mirarlas. Sólo es un estúpido niño mimado que ha crecido antes de hora y que no ve más allá de sus libros, su magia y su estúpido dios Gilinoséqué.
Silkonost, viendo los infructuosos esfuerzos del caballero, ocultó con una mano la sonrisa que afloraba a sus labios. No creía que Junior lo hiciera aposta, pero siempre que se descubría en público (cosa que no solía hacer a menudo) la escena se repetía. Esto sacaba de quicio a Icon aunque, si bien las muchachas en un principio sólo tenían ojos para el mago, decepcionadas por su desinterés, siempre acababan alrededor del simpático caballero, quien terminaba siendo el rey de la fiesta. El rey o el bufón, tal como lo veía él.
Como era de esperar, las cabezas de las compañeras de la primera camarera se asomaron por la puerta abierta de la cocina para observar a los extranjeros. Icon les saludó con una mano y ellas rieron y empezaron a hablarse por lo bajo las unas a las otras. Salió una de ellas con una bandeja para servir a los otros clientes y pasó lo más cerca posible de la mesa de los compañeros, devolviéndole el saludo al caballero. Éste suspiró satisfecho. Su encanto empezaba a ejercer su efecto.
Un rato después se produjo cierto revuelo en la cocina, ya que alguien, al parecer, reñía a las camareras por tomarse un descanso no autorizado. A continuación, salió un hombre de mediana edad cargado con una bandeja llena de comida y bebida. Dejó su carga en la mesa de los compañeros e hizo una reverencia.
- Bienvenidos a "El Refresco del Viajero", señores -dijo-. Soy Firichal "el Vinatero", dueño de este establecimiento. ¿Podrían decirme, por ventura, si sus mercedes son aventureros itinerantes?
- ¡Chachi que sí! -aulló Icon poniéndose de pie de golpe y extendiendo el brazo derecho al tiempo de cerraba todos los dedos de la mano en un puño excepto el pulgar y el meñique, que extendió en direcciones opuestas.
Algo inquieto, el posadero retrocedió un paso. Junior puso los ojos en blanco y Silkonost se llevó la mano a la cabeza.
- Ciertamente, mi buen posadero -declaró el caballero-. Somos un magnífico trío de aventureros que venimos de las tierras del sur, donde hemos llevado a cabo formidables hazañas.
- Como estar atrapado en una tela de caballo-araña mientras los demás acaban con los monstruos -murmuró por lo bajo Junior. El elfo soltó una risita.
Mirando irritado al Túnica Roja, Icon efectuó las presentaciones:
- Estos son Silkonost de Silvanesti, Raistlin Majere Junior de Palanthas y yo soy Icon Wildwar de Nordmaar, más conocido como "Don Quecote de Palanthas" o "Capi Solamnia".
-Una gota de sudor se deslizó por la sien del posadero-. Y ha de saber, señor, que este elfo es un kirath, uno de los afamados exploradores del reino élfico y este... chico es un poderoso mago, además de ser sacerdote de Gili...
- Gilean -le corrigió el hechicero.
- Bueno, eso. Y yo soy un verdadero caballero.
- ¿De Solamnia? -dijo el hombre con los ojos abiertos de admiración.
- Eh... No. Sólo caballero. -El tabernero pareció algo decepcionado-. Pero mi pericia con la espada no tiene comparación. Además, ¿quiere saber cual es mi lema?
- ¿Cuál?
- ¡Oh, no! -masculló Silkonost.
Icon se irguió completamente y, llevándose la mano derecha al corazón, clamó:
- ¡When the grajo fly too bajo hace un cool what te cagas!
En la sala reinaba un silencio absoluto, todo el mundo había enmudecido y miraba a al muchacho con ojos abiertos como platos. Es decir, todo el mundo excepto sus dos compañeros, que, en aquel momento, estaban deseando que la tierra se los tragase.
- Un lema muy bonito -dijo titubeante el posadero al rato.
- ¿A que sí? -replicó muy ufano el caballero-. ¿Y qué desea de nosotros, buen posadero?
El hombre miró inquieto a su alrededor mientras tomaba asiento. Cuando habló lo hizo con un tono muy bajo. Icon se sentó también.
- Verán -empezó-, yo tengo un importante negocio de vinos. Importante para esta región, me refiero. Por eso me llaman "el Vinatero". Mis proveedores son los miembros de la familia Wayward, que viven a tres días de camino hacia el este, en otro valle. Cada semana me envían los pedidos en una caravana, pero hace ya un mes que no ha llegado ninguna.
- Y quiere que vayamos a ver que pasa -dijo Raistlin.
- ¿Por qué no envía a la guardia del pueblo? -intervino el elfo al ver que el posadero asentía.
- Oh, la guardia no quiere responsabilizarse de algo que sucede fuera de los límites de su jurisdicción. Dicen que están muy ocupados.
- ¿Y por qué no ha contratado a gente del pueblo? -inquirió el mago.
- Bueno... -Firichal se removió inquieto en su asiento-. Corren rumores sobre monstruos que rondan las montañas del este y tienen miedo.
- ¿Monstruos? ¡Bah! -bufó Icon-. Nosotros nos encargaremos de ellos. ¿Cuánto nos va a pagar?
Aturdido por aquel modo de ir directamente al grano, el hombre dijo:
- Puedo ofrecerles cuarenta aceros a cada uno, el negocio no va demasiado bien, como deben suponer...
- ¡Cuarenta! -gritó escandalizado el caballero-. ¡Con eso no tengo ni para sugerir que arreglen las abolladuras (aunque no son muchas) de mi armadura!
- Puedo subirlo a cincuenta, pero no más -repuso el posadero con aire desdichado.
El muchacho abrió la boca para replicar pero el mago le cogió del brazo y le susurró al oído:
- Este hombre nos está ofreciendo todo lo que puede. No todo el mundo encuentra tesoros inmensos después saquear la guarida del monstruo muerto, Icon, la gente suele ser más modesta con las cuestiones monetarias -Hizo una pausa y le miró con el ceño fruncido-. Déjame esto a mí.
- Aceptamos su oferta -declaró con voz suave al posadero. El hombre pareció inmensamente feliz-. Pero, además de la suma prometida, debe procurarnos alojamiento para esta noche, para la noche del día que regresemos y comida para el viaje.
Firichar se apresuró a asentir.
Al subir hacia las habitaciones Silkonost se acercó al mago.
- ¿Por qué has aceptado tan irrisoria recompensa? No sabía que andaras tan escaso de recursos monetarios -le preguntó.
- A mí el dinero no me importa -replicó sonriente-. Pero me gustaría resolver este pequeño misterio.
- Pero... -empezó a protestar Icon.
- Si lo resolvemos, probablemente esta gente nos considerará unos héroes y nos tendrá en muy alta estima -insinuó con cara de niño inocente.
- Esto... -El caballero se quedó imaginando lo agradecidas que podían estar aquellas guapas camareras.
Una vez en su cuarto, Raistlin se desnudó y se lavó con el agua que había en una palangana. Después de rebuscar entre su equipaje, se metió en la cama sosteniendo algo entre sus manos.
- ¿Qué te parece, señor Teddy? -le preguntó a la forma que sostenía-. Un misterio que espera a que lo resolvamos. Creo que si es lo suficiente entramado podría impresionar al abuelo. -Ladeó la cabeza y guardó silencio, como si escuchara algo. Frunció el ceño-. Ya sé que es muy exigente. ¡Vamos! Te estas volviendo tan tiquismiquis como lo era Skerry. Bueno, ahora, a dormir.
Apagando la vela que había sobre la mesita de noche con un soplo, el hechicero puso sobre la almohada a la forma que había sostenido, tapándola parcialmente con las mantas e instantes después se había quedado dormido.
Por la cortina mal cerrada se coló un rayo de luz de luna rojo e iluminó la cara del hechicero y a la pequeña figura que reposaba a su lado... Un osito de peluche marrón.
14
9
Sentándose en una roca que había al lado del camino, el que estaba protegido por una pesada armadura completa dejó en el suelo, a sus pies, su escudo y su petate y se quitó el yelmo. Después de enjugarse el sudor de la cara, le dio un trago a su pellejo casi vacío. Sus compañeros se dejaron caer pesadamente a su lado.
- Esto es inaguantable -gruñó. Él era quien más sufría la tortura del calor por culpa de su armadura.
El más bajito del grupo, un muchacho rubio con almendrados ojos azules y orejas puntiagudas también lo estaba pasando mal. Era la primera vez que se aventuraba tan al norte. A decir verdad, antes de conocer a sus compañeros, varios meses atrás, nunca había salido de su Silvanesti natal. Ahora, rodeado de escarpadas montañas, echaba de menos los frescos bosques de su país. Con un suspiro, se despojó de su capa gris moteado y de la ligera armadura de cuero. Bueno, aquello estaba mejor. Poniendo los dedos en la boca dio un silbido. Momentos después apareció un oso pardo que se le acercó presuroso a que lo rascara en la cabeza.
El de la armadura, quitándose el largo pelo moreno de la cara, rebuscó en su mochila y sacó un trapo, con el que intentó, infructuosamente, adecentar un poco el peto y las piezas de los brazos. Dejándolo correr, miró al elfo que rascaba al animal y le hablaba en un suave idioma que él no comprendía. Le debe estar hablando en elfo, pensó, encogiéndose de hombros. Se volvió hacia el tercer viajero:
- ¿Cuánto falta para llegar a Palanthas?
El aludido, del cual no se podía distinguir nada al estar ataviado con una larga túnica roja y tener echada la capucha de ésta de forma que le ocultaba totalmente el rostro, alzó la cabeza y la movió en un ademán negativo.
- Como mínimo, dos semanas -respondió con voz suave-. Este es un mal camino, da muchas vueltas alrededor de las montañas, aunque sin salir de la cordillera. Pero -sonrió al oír como su compañero bufaba- sin duda es mejor que atravesar las llanuras.
- Si aquí lo pasamos mal por el calor, allí... -intervino el elfo-. Bueno, no me lo ni puedo imaginar. Probablemente se te fundiría hasta la armadura, Icon.
El encapuchado se levantó con ayuda de una vara que llevaba consigo y sacudió sus ropajes.
- Deberíamos reanudar la marcha, puede que encontremos algún sitio seguro para pasar la noche. Si nos quedamos aquí seremos pasto de las alimañas.
- O de algo mucho peor -agregó el elfo mientras despedía al oso. Éste se alejó unos pasos y, después de volver la cabeza hacia su amigo, inseguro, se marchó.
Icon se puso en pie con un poco de dificultad. Después de recoger sus pertenencias se pusieron de nuevo en camino.
- Oye, Junior, ¿no podrías utilizar tu magia para llevarnos a casa? -preguntó a su embozado compañero.
- Si quieres arriesgarte a envejecer -replicó negando tristemente con la cabeza-o, peor aún, a morir al materializarte con la mitad inferior de tu cuerpo atrapada en el suelo o aparecer a una gran altura y caer...
- Déjalo correr -le cortó el elfo.
En realidad, Junior sabía que había muy pocas posibilidades de que eso ocurriera, pero no iba a utilizar su poder ante tan pequeña dificultad. Así les demostraría a todos que no era un niño mimado que huía de los problemas. Había empezado su viaje a pie y a pie lo acabaría. Además, sus compañeros sólo lo querían para cosas como aquella. Que sufrieran un poco, a él el calor sólo lo molestaba un poco. Ser norteño y no ir enlatado tenía sus ventajas.
Icon refunfuñaba por lo bajo. Estaba de un humor realmente malo, algo muy raro en él. Pero, después de meses de viaje, de jugarse el pellejo por causas perdidas, de matar monstruos devora-hombres y recibir más palos que elogios, estaba harto. Y aquel maldito calor y sus compañeros no ayudaban a mejorar su estado de ánimo. Lo que más deseaba era estar de vuelta en la gran ciudad, donde su atractivo rostro, sus penetrantes ojos verdes y su descaro y simpatía harían estragos entre las damas. Pero no, allí estaba, con un elfo que consideraba que todas las razas, excepto la suya, eran inferiores y un mago niñato de casi dos metros que dormía abrazado a un oso de peluche y que era incapaz de llevarlos con seguridad a casa. ¡Y el maldito calor!
Silkonost decidió que no se pondría su capa de camuflaje, así que la enrolló y, atándola con un trozo de cuerda, la puso dentro de la mochila. Luego descolgó el soris tallado que pendía en su espalda, balanceando la parte superior con aire distraído. Éste era su arma favorita, un bastón que constaba de dos partes. La inferior era tan alta como él y un extremo acababa en una punta de metal muy afilada; el otro extremo se hallaba unido mediante una junta a la parte superior, lo cual permitía que ésta pudiera doblarse en infinitos ángulos. En el extremo superior había unos garfios de metal y un lazo de cuerda. Éste era una de sus propiedades más preciadas, ya que estas armas sólo se entregaban a los kiraths, los exploradores elfos guardianes de Silvanesti.
El elfo miró con fastidio a sus compañeros. Desde luego, sólo había que verlos para poder afirmar con seguridad que eran perfectos ejemplos de su patética raza, muy inferior a la suya, la de los elegidos de los dioses del Bien. El caballero era un fantoche que se tambaleaba dentro de una armadura demasiado pesada, grande y ostentosa. Por suerte, en los últimos días había cambiado de humor y no había dicho ni hecho ninguna de las tonterías que le eran propias. Estaba seguro, sin embargo, de que esto cambiaría al llegar a algún lugar civilizado. Icon era un exhibicionista al que le encantaba ser el centro absoluto de atención, sobretodo de las mujeres. Y el hechicero... Ni siquiera era completamente humano, algo que, de por sí, ya era suficientemente malo, sino que admitía abiertamente que su madre era medio humana y que no sabía quien podría ser su padre. ¡Algo que en su sociedad no podría haber sido aceptado! Además, era un tipo de costumbres muy raras, más raras de lo que solían ser en los humanos... ¿Pero que se podía esperar de alguien que clamaba que el Bien no debía triunfar sobre el Mal sino mantenerse en equilibrio? De todas maneras debía admitir que durante los meses pasados habían formado un buen equipo y que, gracias a ello, habían logrado sobrevivir...
- ¿Dónde estará ahora Dagger? -se preguntó en voz alta.
Icon lo miró sorprendido. Silkonost no había ocultado nunca el desprecio que sentía por la
semielfa.
- Ni lo sé ni quiero saberlo -repuso con aspereza Junior-. Lo único que sabe hacer es darnos problemas.
- Creía que vosotros, los hechiceros cuidabais los unos de los otros -dijo, sardónico, el elfo.
- Pues creías mal. Ella es una Túnica Negra y yo un Túnica Roja. No tenemos nada en común. -El hechicero se encogió de hombros negándose a enfadarse ante la provocación-. A mí como si la apuñalan por la espalda, cosa que se merece y que, sin duda, acabará ocurriendo un día u otro...
- ¿Cómo puedes hablar así de una damisela? -exclamó el caballero, deteniéndose escandalizado-. Es sólo una débil mujer que...
- Que te robaría hasta las botas si con ello sacara algún provecho -terminó Silkonost mirándolo con aires de superioridad-. Eres idiota si piensas que es un ser desvalido al que hay que proteger. Además de hechicera es una ladrona.
- ¡No es una ladrona! -le espetó Icon llevándose la mano a la empuñadura de su espada-. ¡Dices eso porque la odias por ser semielfa!
Levantando las manos en son de paz, Junior se interpuso entre sus dos compañeros y trató de apaciguarlos:
- Eh, vale ya. Dejadlo, no merece la pena. Ella ni siquiera está aquí y os peleáis por su causa -declaró y añadió suavemente-: Además, todos sabemos que el racismo y la estupidez, ambos, producen ceguera, distinta, pero, sin embargo, similar.
Para cuando el elfo y el caballero lograron digerir las palabras del mago, éste ya se hallaba a bastante distancia. Tratando de recobrar la compostura, ambos aligeraron el paso. Cuando alcanzaron a Junior, Silkonost podría haber jurado que había escuchado una queda risita.
A la mañana siguiente los viajeros llegaron a un valle entre las montañas y, para su gran alivio, en él había un pueblo. No era demasiado grande, pero tampoco pequeño.
La gente dejaba las cosas que tenían entre manos para observar a los peculiares extranjeros. Los magos ni los elfos eran vistos raramente por aquellas tierras y los señalaban con el dedo al tiempo que cuchicheaban con sus vecinos. Los caballeros eran otro cantar, a pesar de que, desde luego, no eran frecuentes tan jóvenes como Icon. Éste se había lavado la cara, peinado y adecentado un poco su armadura antes de entrar en el pueblo y mostraba su mejor sonrisa a los pueblerinos al tiempo que andaba todo lo erguido y orgulloso que podía.
Silkonost miraba con cautela a todos aquellos humanos. Hubiera preferido quedarse en las afueras, con su amigo el oso, pero sus compañeros anhelaban dormir bajo techo y no era recomendable andar por las montañas solo. Intentó ocultar su desprecio. No era que temiera a estas gentes, después de todo ellos eran sólo humanos y él era un kirath, un miembro de la elite de los exploradores, no obstante, sabía que podían ser mezquinos y traicioneros por lo que estaría siempre vigilante. A Junior, en cambio, no pareció afectarle ni mucho ni poco el recibimiento
Seguidos de una pequeña multitud de curiosos, los tres compañeros se encaminaron hacia el edificio más grande del pueblo, la posada. Sobre la puerta pendía una enseña en la que se veía dibujado un vaso rebosante de vino y el nombre "El Refresco del Viajero".
El interior del local era cálido y acogedor. Había varias mesas redondas repartidas por la sala principal y un par de ellas estaban ocupadas por varios parroquianos. A la derecha estaba la barra y al final de ésta unas escaleras que conducían al piso superior. En la pared del fondo estaba la chimenea, ahora apagada por el calor de los últimos días. Una camarera salió presurosa de detrás de la barra para recibir a los nuevos clientes.
Los compañeros tomaron asiento en una de las mesas vacías y varias de las personas que los habían seguido hicieron lo mismo. Icon sonrió ampliamente a la camarera, que no estaba nada mal.
- ¿Qué desean los señores? -preguntó mirando fijamente al atractivo caballero de ojos verdes.
- Comida y bebida para los tres -replicó éste y, después de hacerle un guiño, añadió-: Y las mejores habitaciones que tengas.
- Para mí nada de carne ni alcohol -rectificó el hechicero. En aquel momento retiró la capucha que le cubría la cabeza revelando un rostro inhumanamente hermoso, que sólo podría haber hallado parangón entre los más bellos elfos. Apartando el largo cabello plateado de su cara la miró con sus grandes ojos dorados-. ¿Tienen jugo de frambuesa?
Perdido su interés por el caballero, que ya no le parecía tan guapo, la camarera miró embobada al mago y sólo pudo balbucear:
- Euh... Creo, creo que no, señor.
- En fin, tomaré agua -indicó con aire de fastidio sacando un libro de su mochila y empezando a leerlo.
Como, al parecer, el hechicero no parecía en absoluto interesado en nada que no fuera su libro, la camarera se fue hacia la cocina, que estaba detrás de la barra, en otra estancia. Icon vio, frustrado, como sus intentos por llamar la atención de la guapa camarera no daban resultado. Espero que haya otras camareras, se dijo y miró a su compañero con una mezcla de enojo y envidia. Siempre pasa lo mismo, pensó irritado, y él es tan tonto que ni siquiera se digna en mirarlas. Sólo es un estúpido niño mimado que ha crecido antes de hora y que no ve más allá de sus libros, su magia y su estúpido dios Gilinoséqué.
Silkonost, viendo los infructuosos esfuerzos del caballero, ocultó con una mano la sonrisa que afloraba a sus labios. No creía que Junior lo hiciera aposta, pero siempre que se descubría en público (cosa que no solía hacer a menudo) la escena se repetía. Esto sacaba de quicio a Icon aunque, si bien las muchachas en un principio sólo tenían ojos para el mago, decepcionadas por su desinterés, siempre acababan alrededor del simpático caballero, quien terminaba siendo el rey de la fiesta. El rey o el bufón, tal como lo veía él.
Como era de esperar, las cabezas de las compañeras de la primera camarera se asomaron por la puerta abierta de la cocina para observar a los extranjeros. Icon les saludó con una mano y ellas rieron y empezaron a hablarse por lo bajo las unas a las otras. Salió una de ellas con una bandeja para servir a los otros clientes y pasó lo más cerca posible de la mesa de los compañeros, devolviéndole el saludo al caballero. Éste suspiró satisfecho. Su encanto empezaba a ejercer su efecto.
Un rato después se produjo cierto revuelo en la cocina, ya que alguien, al parecer, reñía a las camareras por tomarse un descanso no autorizado. A continuación, salió un hombre de mediana edad cargado con una bandeja llena de comida y bebida. Dejó su carga en la mesa de los compañeros e hizo una reverencia.
- Bienvenidos a "El Refresco del Viajero", señores -dijo-. Soy Firichal "el Vinatero", dueño de este establecimiento. ¿Podrían decirme, por ventura, si sus mercedes son aventureros itinerantes?
- ¡Chachi que sí! -aulló Icon poniéndose de pie de golpe y extendiendo el brazo derecho al tiempo de cerraba todos los dedos de la mano en un puño excepto el pulgar y el meñique, que extendió en direcciones opuestas.
Algo inquieto, el posadero retrocedió un paso. Junior puso los ojos en blanco y Silkonost se llevó la mano a la cabeza.
- Ciertamente, mi buen posadero -declaró el caballero-. Somos un magnífico trío de aventureros que venimos de las tierras del sur, donde hemos llevado a cabo formidables hazañas.
- Como estar atrapado en una tela de caballo-araña mientras los demás acaban con los monstruos -murmuró por lo bajo Junior. El elfo soltó una risita.
Mirando irritado al Túnica Roja, Icon efectuó las presentaciones:
- Estos son Silkonost de Silvanesti, Raistlin Majere Junior de Palanthas y yo soy Icon Wildwar de Nordmaar, más conocido como "Don Quecote de Palanthas" o "Capi Solamnia".
-Una gota de sudor se deslizó por la sien del posadero-. Y ha de saber, señor, que este elfo es un kirath, uno de los afamados exploradores del reino élfico y este... chico es un poderoso mago, además de ser sacerdote de Gili...
- Gilean -le corrigió el hechicero.
- Bueno, eso. Y yo soy un verdadero caballero.
- ¿De Solamnia? -dijo el hombre con los ojos abiertos de admiración.
- Eh... No. Sólo caballero. -El tabernero pareció algo decepcionado-. Pero mi pericia con la espada no tiene comparación. Además, ¿quiere saber cual es mi lema?
- ¿Cuál?
- ¡Oh, no! -masculló Silkonost.
Icon se irguió completamente y, llevándose la mano derecha al corazón, clamó:
- ¡When the grajo fly too bajo hace un cool what te cagas!
En la sala reinaba un silencio absoluto, todo el mundo había enmudecido y miraba a al muchacho con ojos abiertos como platos. Es decir, todo el mundo excepto sus dos compañeros, que, en aquel momento, estaban deseando que la tierra se los tragase.
- Un lema muy bonito -dijo titubeante el posadero al rato.
- ¿A que sí? -replicó muy ufano el caballero-. ¿Y qué desea de nosotros, buen posadero?
El hombre miró inquieto a su alrededor mientras tomaba asiento. Cuando habló lo hizo con un tono muy bajo. Icon se sentó también.
- Verán -empezó-, yo tengo un importante negocio de vinos. Importante para esta región, me refiero. Por eso me llaman "el Vinatero". Mis proveedores son los miembros de la familia Wayward, que viven a tres días de camino hacia el este, en otro valle. Cada semana me envían los pedidos en una caravana, pero hace ya un mes que no ha llegado ninguna.
- Y quiere que vayamos a ver que pasa -dijo Raistlin.
- ¿Por qué no envía a la guardia del pueblo? -intervino el elfo al ver que el posadero asentía.
- Oh, la guardia no quiere responsabilizarse de algo que sucede fuera de los límites de su jurisdicción. Dicen que están muy ocupados.
- ¿Y por qué no ha contratado a gente del pueblo? -inquirió el mago.
- Bueno... -Firichal se removió inquieto en su asiento-. Corren rumores sobre monstruos que rondan las montañas del este y tienen miedo.
- ¿Monstruos? ¡Bah! -bufó Icon-. Nosotros nos encargaremos de ellos. ¿Cuánto nos va a pagar?
Aturdido por aquel modo de ir directamente al grano, el hombre dijo:
- Puedo ofrecerles cuarenta aceros a cada uno, el negocio no va demasiado bien, como deben suponer...
- ¡Cuarenta! -gritó escandalizado el caballero-. ¡Con eso no tengo ni para sugerir que arreglen las abolladuras (aunque no son muchas) de mi armadura!
- Puedo subirlo a cincuenta, pero no más -repuso el posadero con aire desdichado.
El muchacho abrió la boca para replicar pero el mago le cogió del brazo y le susurró al oído:
- Este hombre nos está ofreciendo todo lo que puede. No todo el mundo encuentra tesoros inmensos después saquear la guarida del monstruo muerto, Icon, la gente suele ser más modesta con las cuestiones monetarias -Hizo una pausa y le miró con el ceño fruncido-. Déjame esto a mí.
- Aceptamos su oferta -declaró con voz suave al posadero. El hombre pareció inmensamente feliz-. Pero, además de la suma prometida, debe procurarnos alojamiento para esta noche, para la noche del día que regresemos y comida para el viaje.
Firichar se apresuró a asentir.
Al subir hacia las habitaciones Silkonost se acercó al mago.
- ¿Por qué has aceptado tan irrisoria recompensa? No sabía que andaras tan escaso de recursos monetarios -le preguntó.
- A mí el dinero no me importa -replicó sonriente-. Pero me gustaría resolver este pequeño misterio.
- Pero... -empezó a protestar Icon.
- Si lo resolvemos, probablemente esta gente nos considerará unos héroes y nos tendrá en muy alta estima -insinuó con cara de niño inocente.
- Esto... -El caballero se quedó imaginando lo agradecidas que podían estar aquellas guapas camareras.
Una vez en su cuarto, Raistlin se desnudó y se lavó con el agua que había en una palangana. Después de rebuscar entre su equipaje, se metió en la cama sosteniendo algo entre sus manos.
- ¿Qué te parece, señor Teddy? -le preguntó a la forma que sostenía-. Un misterio que espera a que lo resolvamos. Creo que si es lo suficiente entramado podría impresionar al abuelo. -Ladeó la cabeza y guardó silencio, como si escuchara algo. Frunció el ceño-. Ya sé que es muy exigente. ¡Vamos! Te estas volviendo tan tiquismiquis como lo era Skerry. Bueno, ahora, a dormir.
Apagando la vela que había sobre la mesita de noche con un soplo, el hechicero puso sobre la almohada a la forma que había sostenido, tapándola parcialmente con las mantas e instantes después se había quedado dormido.
Por la cortina mal cerrada se coló un rayo de luz de luna rojo e iluminó la cara del hechicero y a la pequeña figura que reposaba a su lado... Un osito de peluche marrón.
14
9
