-Al menos ya no hace tanto calor -comentó animadamente Icon. A cada paso que daba el caballero se oía un sonoro "clang" y una nubecilla de polvo se formaba alrededor de sus pies. La idea de matar a algún monstruo feroz y babeante le agradaba en sobremanera. Bien, en realidad, lo que le agradaba era las felicitaciones y elogios que recibiría de los pueblerinos.
El muchacho siempre había soñado con la gloria, con convertirse en una leyenda, como el fabuloso caballero solámnico Huma, que había expulsado a la Reina de la Oscuridad del mundo muchos siglos atrás. Pero él ni siquiera pudo ingresar en la orden. Aquellos mentecatos estirados del oeste no lo consideraron apto para formar parte de las filas de la Orden de los Caballeros de Solamnia. Su padre le había recriminado insistentemente su fracaso y, cuando lo nombraron caballero, no varió su actitud. "Un vulgar caballero no podría soñar en compararse con un Caballero de Solamnia", solía decir. Icon cogió un día su equipaje y se largó del castillo de su padre a lomos de su fiel caballo Roci-Dante. ¡Que se confitasen la Orden solámnica los caballeros del oeste y su padre! Ahora se alegraba de no haber ingresado en ella.
Los aspirantes a la Orden debían pasar por un duro aprendizaje y unas estúpidas pruebas en que las que demostraban que podían ser tan memos como sus superiores. Para Icon eso de tener que seguir a rajatabla la norma tal o cual que figuraba en el tomo noséquécuantos de la Medida o el Código era una pérdida de tiempo. Si uno se veía en una situación apurada, ¿por qué no podía escabullirse? Así conservaría la vida y luego podría volver para acabar el trabajo con más garantías de éxito. Bueno, si no escabullirse, al menos una retirada... temporal, claro. Pero no, la norma tropecientosmil decía que un Caballero no podía huir del peligro ni retroceder. Se suponía que los caballeros -los vulgares- tampoco podían hacer eso, pero su código caballeresco tampoco les decía que fueran idiotas y se dejaran matar. Por lo tanto, Icon prefería ser un caballero listo y vivo que ser un caballero tonto y honorable, pero muerto. Además, ¿por qué tendría que seguir unas normas impuestas por unos tipos que llevaban siglos haciendo compañía a los gusanos y que no podían conocerlo? Las normas debían hacerse a la medida de uno.
Como consecuencia de esto, el muchacho ya había empezado a sentirse restringido por las normas de la orden de caballería, a pesar de que fuera mucho más liberal que la de los solámnicos. Por ello había resuelto formar su propia orden de caballería. Una orden libre de ataduras, hecha a medida de cada caballero. Por supuesto, llegaría a ponerse a la altura de la Orden de Solamnia. Así, el grito de "¡Chachi que sí!" sería tanto o más popular y reverenciado que el Est Sularus oth Mithas, demasiado serio y sucinto para el gusto de Icon.
Pero dejemos a parte los pensamientos de nuestro caballero y sigamos con el relato.
Hacía ya un día que habían salido del pueblo y volvían a recorrer el camino, que seguía tan polvoriento como antes. El viento del sur había refrescado el ambiente y también se estaban acercando a aquella zona unas nubes de tormenta, pero todavía tardarían en llegar, si lo hacían. A consecuencia de ello el ánimo de los tres viajeros mejoró considerablemente.
Cada uno de ellos empezó a contar historias para entretener a sus compañeros. Algunas eran históricas y otras fantásticas. Unas eran creíbles y otras eran cuentos de kender, pero todas eran entretenidas. Los relatos de Silkonost siempre hacían referencia a su tierra, Silvanesti y los de Icon giraban alrededor de algún caballero o guerrero heroico. Pero quien contaba historias más variadas y curiosas era Raistlin, puesto que también era historiador. Incluso les contó algún cuento de kender de verdad. Y cuando se cansaban de contar historias, pasaban a hablar de otras cosas más reales y prácticas, como cuál era el arma ideal para matar a determinado bicho o el mejor método para engañar a otro bicho, o que bicho era más letal, o.... Bueno, que siempre solían discutir sobre bichos y los que con más pasión lo hacían eran, por supuesto, Icon y Silkonost. El mago, como siempre pasaba cuando se hablaba de masacrar, tajar, mutilar y decapitar, se encerraba en un hosco mutismo (o se quedaba pensando en las musarañas, tal como decía el elfo) y no decía ni pío.
Siempre que se detenían para descansar hacía acto de presencia el oso pardo, que corría presuroso hacia el elfo para que le diera golosinas y le rascara. El oso se ponía de pie y pedía dulces a su amigo, lo que divertía mucho a los compañeros. En uno de aquellos descansos Icon dijo al mirar al oso:
- Mi pantera negra sabe hacer muchas más cosas que tu oso. -Empezó a rebuscar algo entre su equipaje-. Además, no es tan pedigüeña.
- Tú no tienes ninguna pantera, bocazas -replicó el elfo.
- ¿Qué te apuestas? -le retó el caballero sacando una estatuilla de ónice en forma de pantera. Las dos esmeraldas que tenía por ojos relucieron al darles el sol. Puso la figurilla en el suelo y gritó:
- ¡Ven Jenjibar!
En el acto se arremolinó una neblina amarillenta alrededor de la figurilla y, cuando se hizo tan espesa que no se podía ver a través de ella, salió una pantera negra de ojos legañosos que miró a Icon como diciendo "¿Qué querrá ahora este pesado?" El oso gruñó al ver al felino.
- ¡Una figurilla de maravilloso poder! -exclamó el hechicero, admirando el magnífico animal-. ¿De dónde la sacaste?
- Mmmm. -El entrecejo de Icon se frunció en un gesto de concentración. Al rato, encogiéndose de hombros, respondió-: Pues no lo recuerdo, pero debía ser de algún tesoro que saq..., que encontramos hace tiempo.
La pantera empezó a lamerse la pata y frotarse con ella los ojos.
- A ver, Jenjibar -dijo el caballero cogiendo una ramita del suelo-. Ve y coge la ramita. Venga, bonita, ves. ¡Mírala, mírala, allá va!
Y, acto seguido, arrojó la rama todo lo lejos que pudo. La pantera lo observó un poco incrédula, miró en la dirección en la que había ido la rama y, a continuación, se sentó y continuó labándose. Silkonost se retorcía de la risa.
- Herwik, ve a por la rama -le ordenó al plantígrado marrón enjugándose las lágrimas de los ojos. El oso lo miró ofendido y se sentó al lado de la pantera. Ahora era Icon quien se carcajeaba a mandíbula batiente.
- Oh, pobre Yo-Yo -suspiró Raistlin, apenado. Ante la mirada interrogante de sus compañeros se explicó-: Era mi musaraña blanca. Me estaba acordando de ella. La pobrecilla murió de vieja. No le sentaron muy bien los conjuros de viajar entre dimensiones...
Los dos guerreros se miraron el uno al otro, desconcertados, y se encogieron de hombros al unísono.
Unas horas después del ridículo incidente de los animales desobedientes, los caminantes entraron en un desfiladero. Allí encontraron los restos de los que habría sido la caravana que no había llegado al pueblo. A un lado, fuera del camino, yacía un cadáver que, en su tiempo, debió ir bastante bien vestido. Por las desgarraduras de los restos de la ropa, debían haberle matado con alguna arma cortante, espadas o cuchillos. Había signos evidentes de que el cuerpo había sido arrastrado hasta su actual posición.
Cerca del primer cadáver había otro. Éste también tenía el mismo tipo de heridas pero, además, de un costado sobresalían un par de flechas con plumas negras. El hombre, porque había sido un hombre, vestía una cota de mallas, por lo que debía haber sido el guardaespaldas del otro. Raistlin arrancó una de las flechas del cuerpo y, junto con el caballero, la observó detenidamente.
- Qué extraño, estas plumas negras son típicas de las tribus goblinoides.
- ¿Los atacaron goblins? -preguntó Icon alzando las cejas.
Silkonost, que estaba observando las huellas, levantó de repente la cabeza y miró hacia el otro lado del desfiladero. Cogiendo su arco, se encaminó hacia allí. Sus compañeros no le siguieron al hacerles él un gesto de "ya me encargo yo".
- Bien, eso parece a simple vista -continuó el mago-. Pero lo raro es que estas armas no son goblins.
- ¿No? -Lo miró incrédulo-. ¿Y cómo lo sabes?
- La punta de flecha es de manufactura humana.
- Podrían ser el fruto de la rapiña a otros desgraciados y los goblins las utilizan porque saben que son mejores que las suyas.
- Cierto, pero también podría ser que pusieran las plumas negras para despistar.
- Además, los goblins no suelen dejar que se escape una buena comida -intervino Silkonost, que llegaba de su pequeña excursión con una mula. El animal estaba muy desnutrido. Todavía llevaba las alforjas puestas y parecía aterrorizado. El elfo había tenido que esforzarse mucho para lograr tan sólo acercarse y coger las riendas de la pobre mula.
- Las alforjas están vacías -anunció señalándolas con un dedo-. Y, por lo que he podido observar, las huellas no son goblins, sino humanas.
- ¿Humanos que se hacen pasar por goblins? -Icon parecía escéptico.
- Con los humanos nunca se sabe -bufó desdeñoso Silkonost. El caballero y el mago hicieron caso omiso del comentario del elfo.
- Así que aquí tenemos la razón por la que no llegan los pedidos del posadero al pueblo -murmuró Raistlin, más para sí mismo que para sus compañeros-. Pero, ¿por qué no enviaron los de la casa Wayward más caravanas o, al menos, alguien para investigar y llevarse a los muertos?
- Sólo lo sabremos si vamos a la casa -respondió el elfo.
- Antes debemos dar sepultura a estos pobres diablos -dijo tajante el hechicero, sin dar opción a réplica alguna.
Después de que apilaran un buen montón de piedras sobre los cadáveres a un lado del camino y de que Raistlin recitara una oración por las almas de los muertos, los tres muchachos reanudaron una vez más el camino.
Icon se acercó al mago y le preguntó:
- ¿Cómo sabías que la punta de la flecha la habían fabricado humanos?
- Hace años que aprendí a forjar armas y a distinguir los diferentes estilos de este arte -replicó mirándolo desde las sombras de su capucha-. Gilean nos alienta a que aprendamos todos los oficios que nos sea posible. El saber no ocupa lugar.
- ¿Y eres bueno fabricando armas? -El caballero sonrió socarrón.
- ¡Oh, desde luego! Me enseñaron unos enanos de Thorbardin.
Icon cerró la boca inmediatamente y ahí terminó la conversación.
Tal y como les indicara Firichar, al tercer día llegaron al valle donde la familia Wayward tenía su estado. Era un emplazamiento privilegiado, sin duda alguna, entre aquellas escarpadas montañas. La temperatura era moderada en invierno y alta en verano con un clima seco, lo que, probablemente, convertía este valle en el lugar ideal para el cultivo de la viña. Atravesaba el valle de parte a parte un riachuelo de aguas remansadas, pero lo suficiente ancho como para que fuera necesario un puente, como el que había, para cruzarlo. En el centro de la depresión se hallaba la villa, una estructura de piedra de tan solo tres metros de altura, pero de amplitud considerable. Sólo ciertas partes de la villa, la del norte y el este, estaban protegidas por un tejado inclinado de pizarra. El resto era un gran patio, dividido en dos partes, una más grande que la otra, por un pasadizo cubierto que lo atravesaba de norte a sur. Más allá de la villa estaban los viñedos, de remarcable extensión, que ocupaban toda la vertiente norte del valle.
A los pocos minutos de hallarse ante el valle, los compañeros observaron cierto hecho peculiar: nadie trabajaba en los campos a pesar de la hora, ni tampoco podían distinguirse signos de vida alrededor de la villa o en el patio.
Conduciendo a la mula, que ya se había tranquilizado gracias a los cuidados expertos del kirath, los tres muchachos cruzaron el puente que atravesaba el río y se encaminaron hacia la gran puerta de madera que era la entrada principal de la villa.
- No se ve ni un alma -dijo el caballero.
- Ni siquiera se oye a los animales -añadió Silkonost que había empezado a preparar su arco -. Esto no es normal, no me gusta nada en absoluto.
Al llegar a las puertas vieron que habían sido destrozadas, quizás a hachazos, y una de ellas colgaba de uno de sus goznes. Asomándose tras la hoja colgante, Icon espió el patio. No había ni rastro de ser viviente alguno, pero percibió ciertas manchas en el suelo, charcos de alguna substancia seca, que podría jurar que era sangre. Entraron en el patio preparados para recibir una emboscada que no se llevó a cabo. La mula empezó a rebuznar patéticamente y a cocear a pesar de los esfuerzos que hacía el elfo para calmarla, así que la dejaron fuera. Una vez seguros de que en el patio no había nada de interés, se dispusieron a registrar el resto de la villa.
- Entremos por la puerta más cercana -dijo el hechicero señalando una puerta al norte. Ésta, como la de entrada, había sido derribada. Antes de entrar pudieron percibir que del interior emanaba un hedor nauseabundo. La sala era los establos y aquel olor venía de la multitud de cuerpos de animales mutilados que yacían en sus pesebres. Raistlin tuvo que salir para no vomitar.
- ¿Quién ha podido hacer semejante barbaridad? -se preguntó el caballero. Allí no había nada de interés, por lo que entró por otra puerta, la del extremo noroeste-. Por aquí se entra a la casa.
Sus compañeros no le escucharon ya que, una vez recuperado el mago, se metieron por la puerta vecina a la del establo.
- Esto está muy oscuro -dijo Silkonost-. Hay unos escalones que bajan pero no se ve nada más.
- Espera. -Raistlin alzó su vara-. Shirak.
La parte superior de la vara, un grifo tallado en cristal con ojos de rubíes, se iluminó permitiéndoles ver que se hallaban en una bodega. A los lados había unos grandes toneles y, al final de la sala, apenas pudieron distinguir una máquina. Bajaron los escalones, primero el explorador y después el mago, tendiendo su vara por encima de la cabeza de su compañero.
De repente, Raistlin sintió una vibración en su pecho, debajo de sus vestiduras.
- ¡Cuidado! -gritó apartándose a un lado.
Una figura humanoide surgió como una exhalación de detrás de uno de los toneles enarbolando un hacha enorme. El kirath intentó parar el ataque con su soris, pero su oponente lo superaba en peso y tamaño con creces, por lo que se vio empujado al suelo. Ahora que lo tenían dentro del radio de luz de la vara pudieron observar que aquel tipo era un ser peludo y horrendo, con ojos verdosos de pupilas rojas, que babeaba por unas fauces repletas de dientes afilados y amarillentos. Iba cubierto por una piel de lobo, y la cabeza del animal medio ocultaba la de la criatura. Silkonost sintió en el rostro su apestoso aliento. Apenas pudo esquivar un segundo ataque y recibió un corte profundo en el brazo.
El Túnica Roja recitó un conjuro y de sus dedos extendidos surgieron dardos de luz azulada que surcaron el aire y golpearon a la criatura en un costado. Ésta se encogió dolorida, pero, agarrando con mayor firmeza su hacha, se volvió hacia el mago dirigiéndole una mirada que rezumaba veneno.
- Oh-oh -musitó Raistlin retrocediendo hacia las escaleras sin dar la espalda a su enfurecido oponente.
El monstruo alzó su arma para asestarle al muchacho un feroz golpe, que nunca llegó. El mago vio, incrédulo, como el ser empezaba a sangrar por la boca y bajaba la mirada hacia el vientre, del que sobresalía el extremo de la espada del elfo. Éste retiró su hoja del cuerpo y la criatura se desplomó muerta.
- ¿Qué clase de ser es éste? -inquirió Silkonost dando una patada al cadáver.
- Un goblinoide, al parecer -supuso su compañero-. Nunca había visto ninguno tan grande y fuerte. Desde luego, es tan horrible y feroz como los demás... e igual o más feo aún.
Sacó de su mochila unas hierbas y unos vendajes y los aplicó a la herida de brazo del kirath sin dejar de contemplar el cuerpo. Aquella piel de lobo llamaba insistentemente su atención. Estaba demasiado bien cuidada para pertenecer a un ser bestial como aquel. Cuando acabó de administrar la cura al elfo se dirigió al cadáver y le arrebató la piel.
- Tsaran korilath ith hakan -murmuró moviendo una mano sobre el pellejo. Éste empezó a brillar con una suave luz rosada-. ¡Magia! -dijo con una sonrisa y se la puso sobre los hombros. Inmediatamente sintió una descarga de energía que casi lo derribó. Con manos temblorosas arrojó la piel al suelo, bien lejos de él.
- ¡Por todos los abismos! -barbotó mientras se abrazaba el torso. Maldiciendo por lo bajo agarró un medallón que colgaba de su cuello y que había estado oculto debajo de su túnica. En la superficie del talismán, que era de platino puro, había tallado un símbolo en forma de libro abierto-. Divino Gilean, alivia el dolor y sana las heridas de éste, tu humilde fiel -pidió sujetando con fuerza el medallón en una mano y llevándose la otra al pecho. A los pocos segundos el dolor remitió, si bien no del todo, sí en su mayor parte.
El elfo lo miró con una sonrisa burlona pintada en los labios, pero, antes de que pudiera hacer algún comentario al respecto, el ruido de armas entrechocando llamó su atención. Era en la parte al oeste, por lo que remontaron los escalones a toda prisa y salieron de la bodega en busca del caballero.
Icon, por su parte, se había adentrado en una sala llena de tinas metálicas y enormes ollas. El suelo estaba pegajoso, el aire saturado de un olor muy familiar. ¿Cerveza? Así parecía ser. En una esquina destacaba una máquina con una especie de tuerca gigante. No parecía nada especial, por lo que el caballero no le dedicó una segunda mirada. En cambio se fijó en la salida que había al oeste. No había puerta, sólo un pasillo oscuro que se adentraba en el edificio.
Cuando se disponía a meterse en el corredor sin parar en mientes que ni siquiera tenía una antorcha para alumbrar sus pasos, dos figuras que habían estado ocultas a los lados de la entrada se le echaron encima. El instinto le salvó, pues le hizo levantar el escudo y la espada, parando ambos ataques. Retrocediendo, echó a un lado a un agresor mientras lanzaba una estocada al otro. Escuchó un aullido estridente de dolor.
- ¡Venga, venga, engendros infectos! -les azuzó manteniéndolos a raya con la espada-. Sois tan torpes que incluso un enano gully podría derrotaros. ¡Qué digo! ¡Un enano gully sordo y ciego! Sois escoria, no valéis ni las pieles apestosas que lleváis puestas sobre vuestros pellejos.
Picado por la pulla, uno de los seres se abalanzó hacia su derecha, intentando sorprenderle por el flanco desprotegido. El muchacho se apercibió de su estratagema e intentó cubrirse, pero resbaló y el hacha de su enemigo le golpeó el costado con fuerza.
- ¡Ugh! -A pesar de que su armadura había absorbido parte del impacto, éste fue tan fuerte casi le partió varias costillas. Replegándose y retrocediendo para tomar una posición más ventajosa, el caballero maldijo a toda la familia y ancestros de aquel bicho.
Al ver que Icon intentaba llegar hacia el patio y hacia la luz, el ser que luchaba a su derecha intentó sorprenderle con un golpe bajo que acabó estrellándose sonoramente en el escudo.
- ¡Has abollado mi escudo mágico! -rugió presa de una furia que el dolor no había podido despertar-. ¡Rezad vuestras últimas oraciones, si sabéis, porque vais a reuniros con cualquiera que sea el miserable dios que os creó!
Y, empujando con el escudo a la sorprendida criatura, arremetió contra su compañero con un potente golpe que mandó su cabeza volando por los aires. A continuación, haciendo caso omiso de otro hachazo que le alcanzó en la espalda, giró sobre sus pies y golpeó al ser, tanto con la espada como con el escudo. La criatura retrocedió aturdida y tambaleante hacia la seguridad de la oscuridad pero el caballero, guiado por los puntos rojos que eran sus pupilas, no le dio cuartel y la acosó sin piedad con una lluvia de golpes.
- Aparta, Icon, deja que te ayude. ¡Pero quítate de en medio de una vez! -dijo Silkonost, que acababa de llegar junto con el hechicero.
- ¡Este trozo de carne es mío! -negó ferozmente éste y, obstaculizando el paso al elfo, arremetió con más furia. Uno de sus golpes penetró la guardia del ser y atravesó su torso. Rojo de cólera, el caballero soltó el escudo y agarrando la espada con dos manos empujó hacia arriba hasta que partió el cuerpo por la mitad.
- ¡Puag! -exclamó Raistlin asqueado-. Te has pasado, ¿no?
- Tú, calla -replicó Icon mirando con satisfacción el cadáver-. Un hombre ha de hacer lo que debe.
- Era innecesario que lo partieras por la mitad -protestó el mago-. Ya estaba muerto después de atravesarlo con la espada. Eres un salvaje, un carnicero, un... un...
- ¡Bah! -bufó desdeñoso.
Después de asomarse a una habitación, en la que tan solo descubrieron botes de cristal rotos y diferentes tipos de hierbas secas esparcidas por el suelo, decidieron cruzar el patio por el pasadizo cubierto. Al llegar hacia la mitad del corredor oyeron unos gruñidos guturales. Éstos llegaban del final del pasadizo, donde vieron relucir en la oscuridad tres pares de ojos rojos, cuyos propietarios saltaron hacia sus presas a una velocidad increíble. Los tres compañeros se hallaron ante unos lobos tan grandes como no habían visto nunca, que se les echaron encima dando feroces dentelladas. Icon se dispuso a quitarse al lobo de encima pero erró el golpe y éste le mordió en el brazo de la espada, atenazándolo con sus mandíbulas de hierro e haciendo imposible todo movimiento con éste. El caballero intentó sacarse de encima al lobo, pero éste le había cogido mucho gusto a su brazo y se agarraba con más fuerza aún. Furioso, el muchacho empezó a golpearlo con su escudo. Y el lobo que no le soltaba. Haciendo un alarde de fuerza Icon lo levantó en vilo y empezó a sacudirlo al tiempo que seguía golpeándolo con el escudo. Y el lobo erre que erre. Así que pasó a golpearlo contra la pared (y con el escudo, claro). Pero el lobo seguía en sus trece. Y, cuando creía que su brazo iba a romperse, la presión cedió repentinamente. El bicho estaba muerto, con parte de la cabeza transformada una masa sanguinolenta y, seguramente, todos los huesos de su lupino cuerpo rotos.
El caballero se lo quedó mirando sin creerse todavía que se había librado de él.
El kirath intentó apaciguar a los animales con sus dotes de guardabosques pero estos ni tan siquiera se calmaron un ápice, por lo que el elfo hubo de utilizar su tizona para protegerse de los ataques.
- Quietos, calmaos -les dijo en elfo utilizando todas sus dotes de persuasión. Pero aquellos lobos no le hacían caso siquiera. Es más, al explorador le pareció percibir el brillo de una inteligencia superior a la animal en aquellos ojos.
El lobo que tenía delante atacó y casi le hizo soltar la espada pero el elfo evitó males mayores haciendo una finta y retrocediendo. La bestia le siguió a toda prisa y Silkonost pasó, muy a su pesar, al ataque. Golpeó al animal en el hocico pero no hizo nada más que enfurecerlo. Fintando y retrocediendo siempre, el muchacho logró alcanzarlo varias veces, heridas superficiales más que nada, pero que, por su número, hicieron que el lobo atacara cada vez más lentamente.
En un fallido ataque a su brazo diestro el elfo vio su oportunidad y, con el arma asida a dos manos, inició un movimiento que produciría una fatal separación entre el lobo y su cabeza. Pero el arma chocó contra la pared y salió despedida de sus manos. ¡La bestia lo tenía a su merced! Ésta casi pareció sonreír cuando se acercó a su víctima indefensa.
Viendo cómo aquel lobo monstruoso se le echaba encima, el hechicero supo que cualquiera de los conjuros que tenía tiempo de lanzar no lo detendría y, aunque (con mucha suerte) lograra matarlo, no podría evitar un impacto brutal. Al saberse en tal apuro su mente discurrió a toda velocidad y con gran presteza giró su vara. Cuando el animal que cargaba chocó contra el extremo del bastón, Raistlin utilizó todas sus fuerzas para impulsar a la bestia por encima de su cabeza con la intención de que tuviera un muy duro aterrizaje lo más lejos posible de él. Pero una cosa son las intenciones y otra la realidad. Así, cuando el lobo se hallaba sobre su cabeza, le fallaron las fuerzas y el monstruo le cayó encima pesadamente. Para postre, recibió un mordisco.
Saliendo como pudo de debajo de la bestia, se puso fuera de su alcance mediante unas volteretas y quiebros más propios de un acróbata que de un mago y se dio cuenta de que el elfo no las tenía todas consigo. Intentando borrar de su mente al animal que se le tiraba encima, Raistlin se concentró en un conjuro y susurró unas arcanas palabras al tiempo que frotaba una tira de piel con una varrita de color anaranjado. Un rayo surgió aparentemente del techo, se bifurcó en dos y alcanzó a ambos lobos, que quedaron reducidos a una especie de asado, de ese que ha estado como unas cuantas horas de más en el horno.
En algún lugar cercano de la casa un lobo aulló y los tres compañeros, heridos y temblorosos, se miraron mutuamente. Escucharon con claridad el rascar de unas uñas sobre el suelo de piedra y supieron que más de aquellos innaturales animales se dirigían a su encuentro.
Dos lobos giraron la esquina pero, esta vez, los compañeros estaban preparados y el hechicero conjuró de inmediato una ilusión fantasmal que tan solo sus enemigos podían percibir. Los animales se detuvieron con los ojos abiertos como platos y huyeron por donde habían venido aullando de terror y con el rabo entre las piernas.
También escucharon un grito de espanto al otro lado del pasillo, por donde los compañeros habían entrado y, al girarse, éstos pudieron ver como una de aquellas criaturas goblinoides salía corriendo en dirección opuesta a donde ellos estaban, gritando algo en un idioma desconocido.
- ¡Cogedlo vivo! -gritó Raistlin empezando la persecución. Pero sus compañeros no lo siguieron puesto que llegaban refuerzos por el otro lado -. Debemos interrogarlo.
- ¡Acabemos con todos ellos! -rugió el caballero cargando sobre sus enemigos.
Los sorprendidos monstruos sólo duraron unos cuantos minutos y murieron miserablemente, infligiendo, eso sí, unas cuantas heridas y contusiones a los dos guerreros.
Raistlin corrió lo más deprisa que pudo detrás de la criatura, agarrándose los faldones de la túnica para que no le molestaran. Aquel bicho era bastante más lento que él, pero logró girar un recodo y, cuando el hechicero lo siguió, se encontró con un lobo que cargaba. Desesperado, recurrió a la misma estratagema que utilizara con el primer lobo, rezando a Gilean para que ésta vez funcionara. Y sí, esta vez funcionó y el lobo fue a aterrizar con un golpe sordo a varios metros de distancia. El mago lo remató con unos proyectiles de energía mágica y se volvió a toda prisa hacia el fugitivo, al que casi había perdido de vista. No podía permitir que el ser escapara, así que volvió a utilizar el conjuro de la ilusión.
La criatura patinó intentando desesperadamente detenerse y cayó sobre sus posaderas cubriéndose la cabeza con los brazos y chillando aterrorizada.
- ¡Ríndete, monstruo! -le gritó el hechicero.
- ¡Fí, fí, me grindo pegro no dejef que me devogre! -aulló la criatura.
Para cuando sus compañeros le alcanzaron, Raistlin ya había atado al ser peludo, que lo miraba con inmenso odio, y estaba examinando su arma, una gran hacha de batalla en forma de cabeza de lobo.
- No pudimos capturar a ninguno vivo -se disculpó el caballero limpiándose la cara de sangre verdosa con su capa. No parecía muy preocupado por ello y miraba al prisionero con un brillo oscuro de anhelo en los ojos.
- Ya veo -rezongó Raistlin-. Todavía sigues al pie de la letra tu lema de "mata primero y pregunta después", ¿no? ¿Y puede saberse que información vas a sacarle a un cadáver?
El caballero puso los ojos en blanco y dio un suspiro. Desde luego, mira que podía llegar a ser pesado aquel niñato. Él era un guerrero, debía encargarse de eliminar a sus enemigos, no de preguntarles. Eso era trabajo suyo. ¿Acaso no era él el listillo del grupo? Si se le iba la mano y no sobrevivían, mala suerte. ¡Y como le fastidiaba aquel tono de "yo-soy-inteligente-y-tú-eres-un-zoquete" que el hechicero utilizaba siempre para reprenderle! Un día tendría que ir lloriqueando a los clérigos de Mishakal para que le arreglaran la dentadura que él iba a romperle de un puñetazo.
El elfo carraspeó ruidosamente para recordarles que estaban ante un prisionero. Ahora que tenían en sus manos una de las criaturas, se interesó por la raza a la que pertenecían.
- ¿Qué eres? -inquirió mirándolo fijamente-. Sabemos que conoces el Común, te hemos oído chillar pidiendo clemencia... -El ser le escupió, con tanto acierto, que le dio en un ojo. Silkonost se dispuso a desenvainar su espada.
- Quieto -le ordenó el mago. El kirath lo miró furioso-. ¿No ves que intenta provocarte? -Se volvió hacia la criatura con el ceño fruncido-. Habla o lo pasarás muy mal. Mis amigos están más que deseosos de acabar contigo.
El prisionero se encogió de hombros y Silkonost, perdida ya la paciencia, lo cogió del pelo de la cabeza y, echando ésta hacia atrás, colocó su espada sobre el cuello desprotegido.
- Habla, engendro -siseó con los ojos ardientes de furia. El ser ni se inmutó, mirándolo indiferente, retándolo a que lo matara.
- ¡Espera! Se me ha ocurrido una idea. -Raistlin sonrió taimadamente mientras se retiraba a un rincón y sacaba una cacerola, saquillos, frascos con líquidos, un pellejo de agua y un embudo de su mochila, la cual era demasiado pequeña para que todo aquello cupiese dentro-. Icon, enciende un fuego. -Llenando la cacerola con agua del pellejo, examinó las etiquetas de los frascos, eligiendo el más adecuado y echando de vez en cuando un chorreón de líquido coloreado. Luego examinó los saquillos y sacó del interior de unos cuantos diferentes tipos de hierbas, que añadió al agua. Puso el caldero sobre el fuego que encendió el caballero y lo dejó a calentar hasta que el líquido hirvió, después lo sacó de la pequeña hoguera.
Sus compañeros lo miraron interrogativos.
- Torturarlo no sería honorable y, además, considero que el uso de la fuerza física en situaciones como ésta es aborrecible y está fuera de lugar -empezó a explicar, acto seguido entrecerró los ojos y sonrió, dándole a su rostro una expresión artera y maliciosa-. Pero podemos invitarle a un refrigerio que seguro que aliviará cualquier problema de estómago que pudiera tener.
Icon se rascó la cabeza al tiempo que miraba a la criatura sin entender porqué Junior podría interesarse por sus problemas estomacales. Su mirada pasó del prisionero al elfo que, súbitamente consciente del significado de las palabras del mago, reía entre dientes observando al ser peludo.
- ¿Querrías ayudar a nuestro invitado a tomar su medicina? -le pidió amablemente al caballero. Éste le sujetó la mandíbula al prisionero, manteniéndola abierta. Raistlin dejó caer un chorro del líquido, ya frío, en la boca-. Que no lo escupa ni lo vomite -indicó al guerrero.
Cuando se aseguró que se había tragado el mejunje, Icon soltó a su prisionero. Éste le escupió pero no acertó a alcanzarle. Al principio miró desdeñoso a los compañeros, pero, cuando sus tripas empezaron a sonar ruidosamente, empezó a hacer gestos con el rostro. A los pocos segundos se retorcía en el suelo. Un olor asqueroso inundó el pasillo.
- Creo que me pasé un poquito -dijo inocentemente el Túnica Roja, escudado del hedor tras un pañuelo-. Pero puedo fabricar un remedio si me das alguna razón que me interese lo suficiente como para hacerlo. -Se encogió de hombros-. Por ejemplo, estar dispuesto a responder a nuestras preguntas. -El pobre diablo asintió gimiendo y el mago sonrió triunfante a los guerreros.
Él era Burka, de La Gente, también conocidos entre las demás razas como espantajos, un nombre que no les hacía justicia. Era miembro de la tribu Skara-Hai, que vivía en las montañas. Sí, muy cerca de la villa. Se dedicaban frecuentemente al bandolerismo, pero ahora su jefe tenía otros planes. Planes a lo grande. Estaba intentando reunir a las otras tribus para ponerlas bajo su mando. Creía que había alguien por encima del jefe, efectivamente. Habían asaltado la casa porque estaba demasiado cerca de su asentamiento y por el mero gusto de matar a unos cuantos humanos. No, no había ningún sobreviviente. Sí, habían saqueado la villa. No, ellos no habían asaltado la caravana que iba al pueblo, otros se les habían adelantado. ¿Las hachas y las pieles? Oh, eran un distintivo tribal y cualquiera que no perteneciera a ella y se la pusiera sufriría la cólera del Gran Lobo. ¿Escapar? Claro, por supuesto que lo intentaría y, cuando lo hiciera, volvería para asesinarlos y devorar sus tripas aún calientes. No les tenía ningún miedo. Euh, no, no quería tomar de nuevo la "medicina". Eso era todo, no sabía nada más. Él era un simple guerrero.
- ¿Le creéis? -Los tres compañeros se retiraron a un rincón para hablar entre ellos, eso sí, siempre echando miradas de reojo al desdichado prisionero.
- ¿Por qué no? Ese laxante super potente le desata la lengua a cualquiera.
- Eso de las tribus reuniéndose suena muy chungo.
- Cierto. ¿Qué hacemos ahora?
- Creo que deberíamos registrar la casa, puede que algún habitante lograra esconderse.
- ¿Y ése? ¿Nos lo llevamos?
- Sería un engorro. Podríamos llamar al oso para que lo vigile.
- Buena idea.
- ¿Y qué le diremos a Firichal?
- Que se le acabó el chollo y, probablemente, tendrá que cambiar de casa.
- ¿Después iremos a ver eso de las tribus?
- Eso no sería muy buena idea. Sólo somos tres. Hasta ahora hemos salido bien parados, pero no tentemos a la suerte.
- Bueno, ¿manos a la obra?
Dejaron al espantajo bien atado bajo la atenta vigilancia del oso y continuaron con el registro de la villa. Según la información de Burka, no había más de los suyos ni lobos, pero no podían fiarse de ese dato. Pasaron por comedores y habitaciones destrozadas, salas de vapor que ya no funcionaban y un pequeño templo profanado. En ninguna parte hallaron superviviente alguno ni nada de valor.
Ya anochecía cuando en la primera sala donde Raistlin y Silkonost habían sido atacados encontraron una trampilla. Abajo se encontraron con una gran bodega que, por alguna razón, había escapado al pillaje de los bandidos espantajos. Al rato de deambular por allí, el elfo se dio cuenta de que bajo uno de los barriles se escondía una puerta secreta. Al abrirla vieron que un oscuro pasadizo bajaba más aún, al final del cual, una pesada puerta de acero les cerraba el paso. En el centro de la puerta había una cerradura rodeada por cuatro paneles con sendas inscripciones. Cada una de ellas era el nombre de un dios del panteón de Krynn: Takhisis, Gilean, Mishakal y Paladine. La puerta estaba innaturalmente helada al tacto.
- ¿Y ahora qué? -El caballero miró enfurruñado las inscripciones.
- Creo que debemos pulsar uno de los paneles para que se abra -dijo pensativamente Raistlin -. Pero ¿cuál?
- Voto por el último -declaró el elfo-. Paladine es el principal dios del Bien.
Así pues, el kirath presionó el panel donde estaba inscrito el nombre de la deidad. En aquel mismo instante un frío mortal estuvo a punto de helarle hasta el corazón. Tambaleándose, se echó hacia atrás.
- ¿Estás bien? -Sus compañeros le sujetaron.
- Está hechizada. Quien apriete el plafón incorrecto disparará la trampa -jadeó Silkonost.
- Dejadme probar a mí -sugirió el caballero-. Probaré con Mishakal. -Apretando los dientes y cerrando los ojos en el instante que sus dedos rozaban el plafón, Icon rezó a todos los dioses bondadosos para no equivocarse. No notó nada al presionarlo.
La puerta se abrió sobre sí misma entre un ensordecedor ruido de mecanismos en movimiento y de dentro surgió una suave luz azulada. Sorprendidos y cegados, los compañeros cerraron los ojos. Al abrirlos se hallaron frente a una de las más bellas obras de arte que nunca vieran: una estatua de piedra verde tallada en forma de una hermosa mujer vestida con vaporosos ropajes se alzaba unos siete metros hacia el techo, ocupando prácticamente toda la sala.
- ¡Guau! -exclamaron al unísono los compañeros.
El kirath se acercó presuroso a la estatua examinándola con ojos expertos.
- ¡Es de jade puro! -suspiró-¡Como mínimo debe valer un millón de aceros!
- Es una representación de Mishakal la Curadora. -Raistlin frunció el ceño disgustado ante la actitud codiciosa del elfo, que daba vueltas alrededor de la figura tocándola con ojos anhelantes-. Debemos devolverla a sus propietarios.
- Pero, Junior, todos los de la villa han muerto -protestó el caballero-. ¿A quién se la vamos a dar?
- Creo que deberíamos llevárnosla -declaró Silkonost-. Con el dinero que consigamos al venderla seremos ricos durante gran parte de nuestras vidas.
- En el pueblo sabrán si tenían algún pariente cercano -insistió el mago.
- ¿Y si no lo hay? -repuso Icon.
- Entonces deberíamos llevarla a un templo de Mishakal.
El elfo lo miró con sorna.
- ¡Oye, niño estúpido y mimado, ya sabemos que tu abuelito -mordió la palabra- tiene mucho dinero y que, siempre que necesites, no te faltará, pero yo no voy a perder la oportunidad de dejar de ser pobre! Anda, Icon, ayúdame. -Y empezó a empujar con todas sus fuerzas la estatua.
- ¡Eso no es cierto! -replicó el hechicero con los puños cerrados de la rabia-. Tú...
En el momento que Silkonost tocó la estatua, ésta brilló brevemente con una tenue luz verdosa que, por un momento, rodeó al elfo y después se desvaneció como si no hubiera existido. Tras unos instantes de tenso silencio el kirath rió nervioso.
- ¿Veis como no pasa nada?
Raistlin chistó para que se callara y escuchó atentamente. Le parecía haber oído algo, un leve rumor. Sí, eso era, un rumor que iba creciendo en intensidad. ¿Qué era aquello? Se volvió para avisar a sus compañeros de que salieran de la sala corriendo, sin embargo, repentinamente, se abrió una trampilla del techo y empezó a caer agua violentamente.
- ¡Nadad hacia el pasillo o quedaremos atrapados y nos ahogaremos! -gritó Icon luchando contra la fuerza de la corriente que se había formado.
- ¡Algo le pasa a Silkonost! -anunció el mago, ya de camino hacia la salida-. No le he visto después de que cayera el agua.
El caballero se dirigió a donde estuviera antes el elfo y vio como éste emergía moviendo los brazos locamente. ¿Qué demonios estaba haciendo? Parecía como si estuviera ahogándose, aunque aquello no era lógico, Silkonost era un buen nadador. El humano llegó hasta el elfo y lo agarró.
- ¡No puedo nadar! -aulló el kirath sujetándose desesperadamente a su compañero.
- ¡Cálmate! -le chilló el guerrero braceando con gran dificultad. El peso de su armadura lo arrastraba hacia el fondo y el histérico explorador no ayudaba en absoluto. Con mucho esfuerzo llegó hasta la escalera donde un empapado Raistlin le ayudó a subir a Silkonost.
- Creo que tengo que daros una mala noticia, chicos -dijo titubeante. El elfo le miró tosiendo e intentando escupir el agua que había tragado.
- ¿Qué?
El hechicero señaló detrás de sí, donde el oso yacía malherido, sangrando por multitud de heridas. Silkonost se olvidó de su estado y corrió hacia su amigo plantígrado.
- ¿Qué ha pasado? ¿Y el espantajo? -masculló enloquecido.
Raistlin se concentró y el medallón con el libro grabado brilló suavemente mientras murmuraba algo. Después se arrodilló al lado del oso y empezó a gruñir, como si él mismo fuera uno. Herwik pareció responderle débilmente varias veces. Acabada la conversación el hechicero-clérigo intentó mitigar el dolor de sus heridas mediante una cura de primeros auxilios.
- El espantajo fue quien lo dejó en este estado -declaró-. Se convirtió en lobo cuando estaba distraído y lo atacó. Luego escapó.
- Mi buen, Herwik. -El elfo abrazó su gran cabeza y lo arrulló.
- ¡La piel de lobo! -barbotó el mago-. Eso es lo que le permitió convertirse en lobo. ¡Qué estúpido he sido! Sabía que eran mágicas pero ni imaginé que... ¡Oh, que ingenuo soy!
- ¿Los lobos contra los que nos enfrentamos eran en realidad espantajos? -preguntó el caballero con los ojos abiertos de par en par-. Si poseen ese tipo de magia... Van en serio de verdad.
- Ya me pareció a mí que eran demasiado inteligentes -siseó Silkonost-. Malditos sean.
- Propongo que volvamos al pueblo y pongamos sobre aviso a sus habitantes. No quiero permanecer aquí más tiempo del imprescindible.
Todos se mostraron de acuerdo.
Heridos y humillados, el viaje de vuelta se les hizo pesado y largo. Caminaron en silencio, sumidos en sus propios pensamientos. Por la noche, Icon y Silkonost hacían guardia, temerosos de una emboscada de espantajos, mientras el mago dormía. Un par de horas antes del amanecer éste se despertaba y se ponía a rezar para curar luego las heridas de todos mediante el poder de su dios y sus dotes curativas.
El viaje se alargó dos días más de los necesarios y, cuando llegaron al pueblo, estaban de mal humor y rendidos. Le dieron la mala noticia a Firichar, no obstante, éste no pareció demasiado inquieto.
- Esas criaturas han rondado estas montañas durante siglos y siempre los hemos mantenido a raya. -Se encogió de hombros-. Es una tragedia lo de la familia Wayward, pero supongo que otros querrán hacerse cargo de tan provechosa hacienda.
De nada valió insistir en que el simple caso de pillaje se convertiría con el tiempo en algo más serio, de que los espantajos estaban reuniéndose en las montañas. El posadero replicó riendo que si tenían problemas graves avisarían a los Caballeros de Solamnia.
- Supongo que él mismo se ofrecerá a "cuidar" de la villa Wayward -rezongó el elfo sentado a una mesa junto a sus compañeros.
- No nos creen -se lamentó Icon-, ni siquiera después de enseñarles las hachas con forma de lobo. -Estaba furioso. Otra vez habían recibido una paliza. Éste pensamiento se le borró de la mente, sin embargo, cuando vio a la camarera que los recibiera el día que llegaron al pueblo. Excusándose ante sus compañeros se fue a preguntarle a qué hora salía de trabajar.
Silkonost se sentía deprimido. Deseaba volver a casa más que nunca, puesto que las tierras del norte, o lo que había visto de ellas, no le estaban gustando. Y Herwik casi había muerto. Además, estaba afectado por una extraña... maldición. Sí, así la había denominado el mago. La diosa o el dueño original de la estatua le había maldecido y, ahora, cuando se hallaba ante una masa de agua poco más grande que un estanque, le sobrevenían unos violentos temblores, no fruto del miedo, si no producidos por una fuerza ajena a su voluntad. Sabía que si caía al agua no sería capaz de nadar. Seguiría con sus compañeros un poco más, para que no pudieran llamarle cobarde, y luego volvería con el oso a Silvanost. Miró al hechicero, que parecía inmerso en profundos pensamientos y no les había dirigido la palabra desde que salieran de la villa, excepto lo imprescindible. También parecía deprimido.
En realidad Raistlin no estaba deprimido, sino intrigado. También furioso y triste, por supuesto, pero él, al contrario que sus compañeros, no consideraba la aventura como un desastre total e improductivo. Ahora tenía un nuevo conocimiento y uno muy útil, por cierto. No era normal que diferentes tribus de goblinoides se juntaran bajo el poder de un mismo líder, puesto que siempre estaban divididas en mezquinas luchas tribales. Eso sólo podía significar que se aprestaban a ir a la guerra. Y aquello le intrigaba. ¿Contra quién? ¿Por qué? ¿Quién era su líder? ¿Hasta dónde pensaba llegar? Todas estas preguntas rondaban su cabeza como un rompecabezas que incitaba a su resolución. Pero no irían a averiguarlo personalmente. Sería un suicidio. Lo único que podían hacer era informar a los Caballeros y pedirles más información a cambio. Luego volvería a casa.
16
CAPÍTULO SEGUNDO
Disertaciones Caballerescas
Villa Wayward
14
El muchacho siempre había soñado con la gloria, con convertirse en una leyenda, como el fabuloso caballero solámnico Huma, que había expulsado a la Reina de la Oscuridad del mundo muchos siglos atrás. Pero él ni siquiera pudo ingresar en la orden. Aquellos mentecatos estirados del oeste no lo consideraron apto para formar parte de las filas de la Orden de los Caballeros de Solamnia. Su padre le había recriminado insistentemente su fracaso y, cuando lo nombraron caballero, no varió su actitud. "Un vulgar caballero no podría soñar en compararse con un Caballero de Solamnia", solía decir. Icon cogió un día su equipaje y se largó del castillo de su padre a lomos de su fiel caballo Roci-Dante. ¡Que se confitasen la Orden solámnica los caballeros del oeste y su padre! Ahora se alegraba de no haber ingresado en ella.
Los aspirantes a la Orden debían pasar por un duro aprendizaje y unas estúpidas pruebas en que las que demostraban que podían ser tan memos como sus superiores. Para Icon eso de tener que seguir a rajatabla la norma tal o cual que figuraba en el tomo noséquécuantos de la Medida o el Código era una pérdida de tiempo. Si uno se veía en una situación apurada, ¿por qué no podía escabullirse? Así conservaría la vida y luego podría volver para acabar el trabajo con más garantías de éxito. Bueno, si no escabullirse, al menos una retirada... temporal, claro. Pero no, la norma tropecientosmil decía que un Caballero no podía huir del peligro ni retroceder. Se suponía que los caballeros -los vulgares- tampoco podían hacer eso, pero su código caballeresco tampoco les decía que fueran idiotas y se dejaran matar. Por lo tanto, Icon prefería ser un caballero listo y vivo que ser un caballero tonto y honorable, pero muerto. Además, ¿por qué tendría que seguir unas normas impuestas por unos tipos que llevaban siglos haciendo compañía a los gusanos y que no podían conocerlo? Las normas debían hacerse a la medida de uno.
Como consecuencia de esto, el muchacho ya había empezado a sentirse restringido por las normas de la orden de caballería, a pesar de que fuera mucho más liberal que la de los solámnicos. Por ello había resuelto formar su propia orden de caballería. Una orden libre de ataduras, hecha a medida de cada caballero. Por supuesto, llegaría a ponerse a la altura de la Orden de Solamnia. Así, el grito de "¡Chachi que sí!" sería tanto o más popular y reverenciado que el Est Sularus oth Mithas, demasiado serio y sucinto para el gusto de Icon.
Pero dejemos a parte los pensamientos de nuestro caballero y sigamos con el relato.
Hacía ya un día que habían salido del pueblo y volvían a recorrer el camino, que seguía tan polvoriento como antes. El viento del sur había refrescado el ambiente y también se estaban acercando a aquella zona unas nubes de tormenta, pero todavía tardarían en llegar, si lo hacían. A consecuencia de ello el ánimo de los tres viajeros mejoró considerablemente.
Cada uno de ellos empezó a contar historias para entretener a sus compañeros. Algunas eran históricas y otras fantásticas. Unas eran creíbles y otras eran cuentos de kender, pero todas eran entretenidas. Los relatos de Silkonost siempre hacían referencia a su tierra, Silvanesti y los de Icon giraban alrededor de algún caballero o guerrero heroico. Pero quien contaba historias más variadas y curiosas era Raistlin, puesto que también era historiador. Incluso les contó algún cuento de kender de verdad. Y cuando se cansaban de contar historias, pasaban a hablar de otras cosas más reales y prácticas, como cuál era el arma ideal para matar a determinado bicho o el mejor método para engañar a otro bicho, o que bicho era más letal, o.... Bueno, que siempre solían discutir sobre bichos y los que con más pasión lo hacían eran, por supuesto, Icon y Silkonost. El mago, como siempre pasaba cuando se hablaba de masacrar, tajar, mutilar y decapitar, se encerraba en un hosco mutismo (o se quedaba pensando en las musarañas, tal como decía el elfo) y no decía ni pío.
Siempre que se detenían para descansar hacía acto de presencia el oso pardo, que corría presuroso hacia el elfo para que le diera golosinas y le rascara. El oso se ponía de pie y pedía dulces a su amigo, lo que divertía mucho a los compañeros. En uno de aquellos descansos Icon dijo al mirar al oso:
- Mi pantera negra sabe hacer muchas más cosas que tu oso. -Empezó a rebuscar algo entre su equipaje-. Además, no es tan pedigüeña.
- Tú no tienes ninguna pantera, bocazas -replicó el elfo.
- ¿Qué te apuestas? -le retó el caballero sacando una estatuilla de ónice en forma de pantera. Las dos esmeraldas que tenía por ojos relucieron al darles el sol. Puso la figurilla en el suelo y gritó:
- ¡Ven Jenjibar!
En el acto se arremolinó una neblina amarillenta alrededor de la figurilla y, cuando se hizo tan espesa que no se podía ver a través de ella, salió una pantera negra de ojos legañosos que miró a Icon como diciendo "¿Qué querrá ahora este pesado?" El oso gruñó al ver al felino.
- ¡Una figurilla de maravilloso poder! -exclamó el hechicero, admirando el magnífico animal-. ¿De dónde la sacaste?
- Mmmm. -El entrecejo de Icon se frunció en un gesto de concentración. Al rato, encogiéndose de hombros, respondió-: Pues no lo recuerdo, pero debía ser de algún tesoro que saq..., que encontramos hace tiempo.
La pantera empezó a lamerse la pata y frotarse con ella los ojos.
- A ver, Jenjibar -dijo el caballero cogiendo una ramita del suelo-. Ve y coge la ramita. Venga, bonita, ves. ¡Mírala, mírala, allá va!
Y, acto seguido, arrojó la rama todo lo lejos que pudo. La pantera lo observó un poco incrédula, miró en la dirección en la que había ido la rama y, a continuación, se sentó y continuó labándose. Silkonost se retorcía de la risa.
- Herwik, ve a por la rama -le ordenó al plantígrado marrón enjugándose las lágrimas de los ojos. El oso lo miró ofendido y se sentó al lado de la pantera. Ahora era Icon quien se carcajeaba a mandíbula batiente.
- Oh, pobre Yo-Yo -suspiró Raistlin, apenado. Ante la mirada interrogante de sus compañeros se explicó-: Era mi musaraña blanca. Me estaba acordando de ella. La pobrecilla murió de vieja. No le sentaron muy bien los conjuros de viajar entre dimensiones...
Los dos guerreros se miraron el uno al otro, desconcertados, y se encogieron de hombros al unísono.
Unas horas después del ridículo incidente de los animales desobedientes, los caminantes entraron en un desfiladero. Allí encontraron los restos de los que habría sido la caravana que no había llegado al pueblo. A un lado, fuera del camino, yacía un cadáver que, en su tiempo, debió ir bastante bien vestido. Por las desgarraduras de los restos de la ropa, debían haberle matado con alguna arma cortante, espadas o cuchillos. Había signos evidentes de que el cuerpo había sido arrastrado hasta su actual posición.
Cerca del primer cadáver había otro. Éste también tenía el mismo tipo de heridas pero, además, de un costado sobresalían un par de flechas con plumas negras. El hombre, porque había sido un hombre, vestía una cota de mallas, por lo que debía haber sido el guardaespaldas del otro. Raistlin arrancó una de las flechas del cuerpo y, junto con el caballero, la observó detenidamente.
- Qué extraño, estas plumas negras son típicas de las tribus goblinoides.
- ¿Los atacaron goblins? -preguntó Icon alzando las cejas.
Silkonost, que estaba observando las huellas, levantó de repente la cabeza y miró hacia el otro lado del desfiladero. Cogiendo su arco, se encaminó hacia allí. Sus compañeros no le siguieron al hacerles él un gesto de "ya me encargo yo".
- Bien, eso parece a simple vista -continuó el mago-. Pero lo raro es que estas armas no son goblins.
- ¿No? -Lo miró incrédulo-. ¿Y cómo lo sabes?
- La punta de flecha es de manufactura humana.
- Podrían ser el fruto de la rapiña a otros desgraciados y los goblins las utilizan porque saben que son mejores que las suyas.
- Cierto, pero también podría ser que pusieran las plumas negras para despistar.
- Además, los goblins no suelen dejar que se escape una buena comida -intervino Silkonost, que llegaba de su pequeña excursión con una mula. El animal estaba muy desnutrido. Todavía llevaba las alforjas puestas y parecía aterrorizado. El elfo había tenido que esforzarse mucho para lograr tan sólo acercarse y coger las riendas de la pobre mula.
- Las alforjas están vacías -anunció señalándolas con un dedo-. Y, por lo que he podido observar, las huellas no son goblins, sino humanas.
- ¿Humanos que se hacen pasar por goblins? -Icon parecía escéptico.
- Con los humanos nunca se sabe -bufó desdeñoso Silkonost. El caballero y el mago hicieron caso omiso del comentario del elfo.
- Así que aquí tenemos la razón por la que no llegan los pedidos del posadero al pueblo -murmuró Raistlin, más para sí mismo que para sus compañeros-. Pero, ¿por qué no enviaron los de la casa Wayward más caravanas o, al menos, alguien para investigar y llevarse a los muertos?
- Sólo lo sabremos si vamos a la casa -respondió el elfo.
- Antes debemos dar sepultura a estos pobres diablos -dijo tajante el hechicero, sin dar opción a réplica alguna.
Después de que apilaran un buen montón de piedras sobre los cadáveres a un lado del camino y de que Raistlin recitara una oración por las almas de los muertos, los tres muchachos reanudaron una vez más el camino.
Icon se acercó al mago y le preguntó:
- ¿Cómo sabías que la punta de la flecha la habían fabricado humanos?
- Hace años que aprendí a forjar armas y a distinguir los diferentes estilos de este arte -replicó mirándolo desde las sombras de su capucha-. Gilean nos alienta a que aprendamos todos los oficios que nos sea posible. El saber no ocupa lugar.
- ¿Y eres bueno fabricando armas? -El caballero sonrió socarrón.
- ¡Oh, desde luego! Me enseñaron unos enanos de Thorbardin.
Icon cerró la boca inmediatamente y ahí terminó la conversación.
Tal y como les indicara Firichar, al tercer día llegaron al valle donde la familia Wayward tenía su estado. Era un emplazamiento privilegiado, sin duda alguna, entre aquellas escarpadas montañas. La temperatura era moderada en invierno y alta en verano con un clima seco, lo que, probablemente, convertía este valle en el lugar ideal para el cultivo de la viña. Atravesaba el valle de parte a parte un riachuelo de aguas remansadas, pero lo suficiente ancho como para que fuera necesario un puente, como el que había, para cruzarlo. En el centro de la depresión se hallaba la villa, una estructura de piedra de tan solo tres metros de altura, pero de amplitud considerable. Sólo ciertas partes de la villa, la del norte y el este, estaban protegidas por un tejado inclinado de pizarra. El resto era un gran patio, dividido en dos partes, una más grande que la otra, por un pasadizo cubierto que lo atravesaba de norte a sur. Más allá de la villa estaban los viñedos, de remarcable extensión, que ocupaban toda la vertiente norte del valle.
A los pocos minutos de hallarse ante el valle, los compañeros observaron cierto hecho peculiar: nadie trabajaba en los campos a pesar de la hora, ni tampoco podían distinguirse signos de vida alrededor de la villa o en el patio.
Conduciendo a la mula, que ya se había tranquilizado gracias a los cuidados expertos del kirath, los tres muchachos cruzaron el puente que atravesaba el río y se encaminaron hacia la gran puerta de madera que era la entrada principal de la villa.
- No se ve ni un alma -dijo el caballero.
- Ni siquiera se oye a los animales -añadió Silkonost que había empezado a preparar su arco -. Esto no es normal, no me gusta nada en absoluto.
Al llegar a las puertas vieron que habían sido destrozadas, quizás a hachazos, y una de ellas colgaba de uno de sus goznes. Asomándose tras la hoja colgante, Icon espió el patio. No había ni rastro de ser viviente alguno, pero percibió ciertas manchas en el suelo, charcos de alguna substancia seca, que podría jurar que era sangre. Entraron en el patio preparados para recibir una emboscada que no se llevó a cabo. La mula empezó a rebuznar patéticamente y a cocear a pesar de los esfuerzos que hacía el elfo para calmarla, así que la dejaron fuera. Una vez seguros de que en el patio no había nada de interés, se dispusieron a registrar el resto de la villa.
- Entremos por la puerta más cercana -dijo el hechicero señalando una puerta al norte. Ésta, como la de entrada, había sido derribada. Antes de entrar pudieron percibir que del interior emanaba un hedor nauseabundo. La sala era los establos y aquel olor venía de la multitud de cuerpos de animales mutilados que yacían en sus pesebres. Raistlin tuvo que salir para no vomitar.
- ¿Quién ha podido hacer semejante barbaridad? -se preguntó el caballero. Allí no había nada de interés, por lo que entró por otra puerta, la del extremo noroeste-. Por aquí se entra a la casa.
Sus compañeros no le escucharon ya que, una vez recuperado el mago, se metieron por la puerta vecina a la del establo.
- Esto está muy oscuro -dijo Silkonost-. Hay unos escalones que bajan pero no se ve nada más.
- Espera. -Raistlin alzó su vara-. Shirak.
La parte superior de la vara, un grifo tallado en cristal con ojos de rubíes, se iluminó permitiéndoles ver que se hallaban en una bodega. A los lados había unos grandes toneles y, al final de la sala, apenas pudieron distinguir una máquina. Bajaron los escalones, primero el explorador y después el mago, tendiendo su vara por encima de la cabeza de su compañero.
De repente, Raistlin sintió una vibración en su pecho, debajo de sus vestiduras.
- ¡Cuidado! -gritó apartándose a un lado.
Una figura humanoide surgió como una exhalación de detrás de uno de los toneles enarbolando un hacha enorme. El kirath intentó parar el ataque con su soris, pero su oponente lo superaba en peso y tamaño con creces, por lo que se vio empujado al suelo. Ahora que lo tenían dentro del radio de luz de la vara pudieron observar que aquel tipo era un ser peludo y horrendo, con ojos verdosos de pupilas rojas, que babeaba por unas fauces repletas de dientes afilados y amarillentos. Iba cubierto por una piel de lobo, y la cabeza del animal medio ocultaba la de la criatura. Silkonost sintió en el rostro su apestoso aliento. Apenas pudo esquivar un segundo ataque y recibió un corte profundo en el brazo.
El Túnica Roja recitó un conjuro y de sus dedos extendidos surgieron dardos de luz azulada que surcaron el aire y golpearon a la criatura en un costado. Ésta se encogió dolorida, pero, agarrando con mayor firmeza su hacha, se volvió hacia el mago dirigiéndole una mirada que rezumaba veneno.
- Oh-oh -musitó Raistlin retrocediendo hacia las escaleras sin dar la espalda a su enfurecido oponente.
El monstruo alzó su arma para asestarle al muchacho un feroz golpe, que nunca llegó. El mago vio, incrédulo, como el ser empezaba a sangrar por la boca y bajaba la mirada hacia el vientre, del que sobresalía el extremo de la espada del elfo. Éste retiró su hoja del cuerpo y la criatura se desplomó muerta.
- ¿Qué clase de ser es éste? -inquirió Silkonost dando una patada al cadáver.
- Un goblinoide, al parecer -supuso su compañero-. Nunca había visto ninguno tan grande y fuerte. Desde luego, es tan horrible y feroz como los demás... e igual o más feo aún.
Sacó de su mochila unas hierbas y unos vendajes y los aplicó a la herida de brazo del kirath sin dejar de contemplar el cuerpo. Aquella piel de lobo llamaba insistentemente su atención. Estaba demasiado bien cuidada para pertenecer a un ser bestial como aquel. Cuando acabó de administrar la cura al elfo se dirigió al cadáver y le arrebató la piel.
- Tsaran korilath ith hakan -murmuró moviendo una mano sobre el pellejo. Éste empezó a brillar con una suave luz rosada-. ¡Magia! -dijo con una sonrisa y se la puso sobre los hombros. Inmediatamente sintió una descarga de energía que casi lo derribó. Con manos temblorosas arrojó la piel al suelo, bien lejos de él.
- ¡Por todos los abismos! -barbotó mientras se abrazaba el torso. Maldiciendo por lo bajo agarró un medallón que colgaba de su cuello y que había estado oculto debajo de su túnica. En la superficie del talismán, que era de platino puro, había tallado un símbolo en forma de libro abierto-. Divino Gilean, alivia el dolor y sana las heridas de éste, tu humilde fiel -pidió sujetando con fuerza el medallón en una mano y llevándose la otra al pecho. A los pocos segundos el dolor remitió, si bien no del todo, sí en su mayor parte.
El elfo lo miró con una sonrisa burlona pintada en los labios, pero, antes de que pudiera hacer algún comentario al respecto, el ruido de armas entrechocando llamó su atención. Era en la parte al oeste, por lo que remontaron los escalones a toda prisa y salieron de la bodega en busca del caballero.
Icon, por su parte, se había adentrado en una sala llena de tinas metálicas y enormes ollas. El suelo estaba pegajoso, el aire saturado de un olor muy familiar. ¿Cerveza? Así parecía ser. En una esquina destacaba una máquina con una especie de tuerca gigante. No parecía nada especial, por lo que el caballero no le dedicó una segunda mirada. En cambio se fijó en la salida que había al oeste. No había puerta, sólo un pasillo oscuro que se adentraba en el edificio.
Cuando se disponía a meterse en el corredor sin parar en mientes que ni siquiera tenía una antorcha para alumbrar sus pasos, dos figuras que habían estado ocultas a los lados de la entrada se le echaron encima. El instinto le salvó, pues le hizo levantar el escudo y la espada, parando ambos ataques. Retrocediendo, echó a un lado a un agresor mientras lanzaba una estocada al otro. Escuchó un aullido estridente de dolor.
- ¡Venga, venga, engendros infectos! -les azuzó manteniéndolos a raya con la espada-. Sois tan torpes que incluso un enano gully podría derrotaros. ¡Qué digo! ¡Un enano gully sordo y ciego! Sois escoria, no valéis ni las pieles apestosas que lleváis puestas sobre vuestros pellejos.
Picado por la pulla, uno de los seres se abalanzó hacia su derecha, intentando sorprenderle por el flanco desprotegido. El muchacho se apercibió de su estratagema e intentó cubrirse, pero resbaló y el hacha de su enemigo le golpeó el costado con fuerza.
- ¡Ugh! -A pesar de que su armadura había absorbido parte del impacto, éste fue tan fuerte casi le partió varias costillas. Replegándose y retrocediendo para tomar una posición más ventajosa, el caballero maldijo a toda la familia y ancestros de aquel bicho.
Al ver que Icon intentaba llegar hacia el patio y hacia la luz, el ser que luchaba a su derecha intentó sorprenderle con un golpe bajo que acabó estrellándose sonoramente en el escudo.
- ¡Has abollado mi escudo mágico! -rugió presa de una furia que el dolor no había podido despertar-. ¡Rezad vuestras últimas oraciones, si sabéis, porque vais a reuniros con cualquiera que sea el miserable dios que os creó!
Y, empujando con el escudo a la sorprendida criatura, arremetió contra su compañero con un potente golpe que mandó su cabeza volando por los aires. A continuación, haciendo caso omiso de otro hachazo que le alcanzó en la espalda, giró sobre sus pies y golpeó al ser, tanto con la espada como con el escudo. La criatura retrocedió aturdida y tambaleante hacia la seguridad de la oscuridad pero el caballero, guiado por los puntos rojos que eran sus pupilas, no le dio cuartel y la acosó sin piedad con una lluvia de golpes.
- Aparta, Icon, deja que te ayude. ¡Pero quítate de en medio de una vez! -dijo Silkonost, que acababa de llegar junto con el hechicero.
- ¡Este trozo de carne es mío! -negó ferozmente éste y, obstaculizando el paso al elfo, arremetió con más furia. Uno de sus golpes penetró la guardia del ser y atravesó su torso. Rojo de cólera, el caballero soltó el escudo y agarrando la espada con dos manos empujó hacia arriba hasta que partió el cuerpo por la mitad.
- ¡Puag! -exclamó Raistlin asqueado-. Te has pasado, ¿no?
- Tú, calla -replicó Icon mirando con satisfacción el cadáver-. Un hombre ha de hacer lo que debe.
- Era innecesario que lo partieras por la mitad -protestó el mago-. Ya estaba muerto después de atravesarlo con la espada. Eres un salvaje, un carnicero, un... un...
- ¡Bah! -bufó desdeñoso.
Después de asomarse a una habitación, en la que tan solo descubrieron botes de cristal rotos y diferentes tipos de hierbas secas esparcidas por el suelo, decidieron cruzar el patio por el pasadizo cubierto. Al llegar hacia la mitad del corredor oyeron unos gruñidos guturales. Éstos llegaban del final del pasadizo, donde vieron relucir en la oscuridad tres pares de ojos rojos, cuyos propietarios saltaron hacia sus presas a una velocidad increíble. Los tres compañeros se hallaron ante unos lobos tan grandes como no habían visto nunca, que se les echaron encima dando feroces dentelladas. Icon se dispuso a quitarse al lobo de encima pero erró el golpe y éste le mordió en el brazo de la espada, atenazándolo con sus mandíbulas de hierro e haciendo imposible todo movimiento con éste. El caballero intentó sacarse de encima al lobo, pero éste le había cogido mucho gusto a su brazo y se agarraba con más fuerza aún. Furioso, el muchacho empezó a golpearlo con su escudo. Y el lobo que no le soltaba. Haciendo un alarde de fuerza Icon lo levantó en vilo y empezó a sacudirlo al tiempo que seguía golpeándolo con el escudo. Y el lobo erre que erre. Así que pasó a golpearlo contra la pared (y con el escudo, claro). Pero el lobo seguía en sus trece. Y, cuando creía que su brazo iba a romperse, la presión cedió repentinamente. El bicho estaba muerto, con parte de la cabeza transformada una masa sanguinolenta y, seguramente, todos los huesos de su lupino cuerpo rotos.
El caballero se lo quedó mirando sin creerse todavía que se había librado de él.
El kirath intentó apaciguar a los animales con sus dotes de guardabosques pero estos ni tan siquiera se calmaron un ápice, por lo que el elfo hubo de utilizar su tizona para protegerse de los ataques.
- Quietos, calmaos -les dijo en elfo utilizando todas sus dotes de persuasión. Pero aquellos lobos no le hacían caso siquiera. Es más, al explorador le pareció percibir el brillo de una inteligencia superior a la animal en aquellos ojos.
El lobo que tenía delante atacó y casi le hizo soltar la espada pero el elfo evitó males mayores haciendo una finta y retrocediendo. La bestia le siguió a toda prisa y Silkonost pasó, muy a su pesar, al ataque. Golpeó al animal en el hocico pero no hizo nada más que enfurecerlo. Fintando y retrocediendo siempre, el muchacho logró alcanzarlo varias veces, heridas superficiales más que nada, pero que, por su número, hicieron que el lobo atacara cada vez más lentamente.
En un fallido ataque a su brazo diestro el elfo vio su oportunidad y, con el arma asida a dos manos, inició un movimiento que produciría una fatal separación entre el lobo y su cabeza. Pero el arma chocó contra la pared y salió despedida de sus manos. ¡La bestia lo tenía a su merced! Ésta casi pareció sonreír cuando se acercó a su víctima indefensa.
Viendo cómo aquel lobo monstruoso se le echaba encima, el hechicero supo que cualquiera de los conjuros que tenía tiempo de lanzar no lo detendría y, aunque (con mucha suerte) lograra matarlo, no podría evitar un impacto brutal. Al saberse en tal apuro su mente discurrió a toda velocidad y con gran presteza giró su vara. Cuando el animal que cargaba chocó contra el extremo del bastón, Raistlin utilizó todas sus fuerzas para impulsar a la bestia por encima de su cabeza con la intención de que tuviera un muy duro aterrizaje lo más lejos posible de él. Pero una cosa son las intenciones y otra la realidad. Así, cuando el lobo se hallaba sobre su cabeza, le fallaron las fuerzas y el monstruo le cayó encima pesadamente. Para postre, recibió un mordisco.
Saliendo como pudo de debajo de la bestia, se puso fuera de su alcance mediante unas volteretas y quiebros más propios de un acróbata que de un mago y se dio cuenta de que el elfo no las tenía todas consigo. Intentando borrar de su mente al animal que se le tiraba encima, Raistlin se concentró en un conjuro y susurró unas arcanas palabras al tiempo que frotaba una tira de piel con una varrita de color anaranjado. Un rayo surgió aparentemente del techo, se bifurcó en dos y alcanzó a ambos lobos, que quedaron reducidos a una especie de asado, de ese que ha estado como unas cuantas horas de más en el horno.
En algún lugar cercano de la casa un lobo aulló y los tres compañeros, heridos y temblorosos, se miraron mutuamente. Escucharon con claridad el rascar de unas uñas sobre el suelo de piedra y supieron que más de aquellos innaturales animales se dirigían a su encuentro.
Dos lobos giraron la esquina pero, esta vez, los compañeros estaban preparados y el hechicero conjuró de inmediato una ilusión fantasmal que tan solo sus enemigos podían percibir. Los animales se detuvieron con los ojos abiertos como platos y huyeron por donde habían venido aullando de terror y con el rabo entre las piernas.
También escucharon un grito de espanto al otro lado del pasillo, por donde los compañeros habían entrado y, al girarse, éstos pudieron ver como una de aquellas criaturas goblinoides salía corriendo en dirección opuesta a donde ellos estaban, gritando algo en un idioma desconocido.
- ¡Cogedlo vivo! -gritó Raistlin empezando la persecución. Pero sus compañeros no lo siguieron puesto que llegaban refuerzos por el otro lado -. Debemos interrogarlo.
- ¡Acabemos con todos ellos! -rugió el caballero cargando sobre sus enemigos.
Los sorprendidos monstruos sólo duraron unos cuantos minutos y murieron miserablemente, infligiendo, eso sí, unas cuantas heridas y contusiones a los dos guerreros.
Raistlin corrió lo más deprisa que pudo detrás de la criatura, agarrándose los faldones de la túnica para que no le molestaran. Aquel bicho era bastante más lento que él, pero logró girar un recodo y, cuando el hechicero lo siguió, se encontró con un lobo que cargaba. Desesperado, recurrió a la misma estratagema que utilizara con el primer lobo, rezando a Gilean para que ésta vez funcionara. Y sí, esta vez funcionó y el lobo fue a aterrizar con un golpe sordo a varios metros de distancia. El mago lo remató con unos proyectiles de energía mágica y se volvió a toda prisa hacia el fugitivo, al que casi había perdido de vista. No podía permitir que el ser escapara, así que volvió a utilizar el conjuro de la ilusión.
La criatura patinó intentando desesperadamente detenerse y cayó sobre sus posaderas cubriéndose la cabeza con los brazos y chillando aterrorizada.
- ¡Ríndete, monstruo! -le gritó el hechicero.
- ¡Fí, fí, me grindo pegro no dejef que me devogre! -aulló la criatura.
Para cuando sus compañeros le alcanzaron, Raistlin ya había atado al ser peludo, que lo miraba con inmenso odio, y estaba examinando su arma, una gran hacha de batalla en forma de cabeza de lobo.
- No pudimos capturar a ninguno vivo -se disculpó el caballero limpiándose la cara de sangre verdosa con su capa. No parecía muy preocupado por ello y miraba al prisionero con un brillo oscuro de anhelo en los ojos.
- Ya veo -rezongó Raistlin-. Todavía sigues al pie de la letra tu lema de "mata primero y pregunta después", ¿no? ¿Y puede saberse que información vas a sacarle a un cadáver?
El caballero puso los ojos en blanco y dio un suspiro. Desde luego, mira que podía llegar a ser pesado aquel niñato. Él era un guerrero, debía encargarse de eliminar a sus enemigos, no de preguntarles. Eso era trabajo suyo. ¿Acaso no era él el listillo del grupo? Si se le iba la mano y no sobrevivían, mala suerte. ¡Y como le fastidiaba aquel tono de "yo-soy-inteligente-y-tú-eres-un-zoquete" que el hechicero utilizaba siempre para reprenderle! Un día tendría que ir lloriqueando a los clérigos de Mishakal para que le arreglaran la dentadura que él iba a romperle de un puñetazo.
El elfo carraspeó ruidosamente para recordarles que estaban ante un prisionero. Ahora que tenían en sus manos una de las criaturas, se interesó por la raza a la que pertenecían.
- ¿Qué eres? -inquirió mirándolo fijamente-. Sabemos que conoces el Común, te hemos oído chillar pidiendo clemencia... -El ser le escupió, con tanto acierto, que le dio en un ojo. Silkonost se dispuso a desenvainar su espada.
- Quieto -le ordenó el mago. El kirath lo miró furioso-. ¿No ves que intenta provocarte? -Se volvió hacia la criatura con el ceño fruncido-. Habla o lo pasarás muy mal. Mis amigos están más que deseosos de acabar contigo.
El prisionero se encogió de hombros y Silkonost, perdida ya la paciencia, lo cogió del pelo de la cabeza y, echando ésta hacia atrás, colocó su espada sobre el cuello desprotegido.
- Habla, engendro -siseó con los ojos ardientes de furia. El ser ni se inmutó, mirándolo indiferente, retándolo a que lo matara.
- ¡Espera! Se me ha ocurrido una idea. -Raistlin sonrió taimadamente mientras se retiraba a un rincón y sacaba una cacerola, saquillos, frascos con líquidos, un pellejo de agua y un embudo de su mochila, la cual era demasiado pequeña para que todo aquello cupiese dentro-. Icon, enciende un fuego. -Llenando la cacerola con agua del pellejo, examinó las etiquetas de los frascos, eligiendo el más adecuado y echando de vez en cuando un chorreón de líquido coloreado. Luego examinó los saquillos y sacó del interior de unos cuantos diferentes tipos de hierbas, que añadió al agua. Puso el caldero sobre el fuego que encendió el caballero y lo dejó a calentar hasta que el líquido hirvió, después lo sacó de la pequeña hoguera.
Sus compañeros lo miraron interrogativos.
- Torturarlo no sería honorable y, además, considero que el uso de la fuerza física en situaciones como ésta es aborrecible y está fuera de lugar -empezó a explicar, acto seguido entrecerró los ojos y sonrió, dándole a su rostro una expresión artera y maliciosa-. Pero podemos invitarle a un refrigerio que seguro que aliviará cualquier problema de estómago que pudiera tener.
Icon se rascó la cabeza al tiempo que miraba a la criatura sin entender porqué Junior podría interesarse por sus problemas estomacales. Su mirada pasó del prisionero al elfo que, súbitamente consciente del significado de las palabras del mago, reía entre dientes observando al ser peludo.
- ¿Querrías ayudar a nuestro invitado a tomar su medicina? -le pidió amablemente al caballero. Éste le sujetó la mandíbula al prisionero, manteniéndola abierta. Raistlin dejó caer un chorro del líquido, ya frío, en la boca-. Que no lo escupa ni lo vomite -indicó al guerrero.
Cuando se aseguró que se había tragado el mejunje, Icon soltó a su prisionero. Éste le escupió pero no acertó a alcanzarle. Al principio miró desdeñoso a los compañeros, pero, cuando sus tripas empezaron a sonar ruidosamente, empezó a hacer gestos con el rostro. A los pocos segundos se retorcía en el suelo. Un olor asqueroso inundó el pasillo.
- Creo que me pasé un poquito -dijo inocentemente el Túnica Roja, escudado del hedor tras un pañuelo-. Pero puedo fabricar un remedio si me das alguna razón que me interese lo suficiente como para hacerlo. -Se encogió de hombros-. Por ejemplo, estar dispuesto a responder a nuestras preguntas. -El pobre diablo asintió gimiendo y el mago sonrió triunfante a los guerreros.
Él era Burka, de La Gente, también conocidos entre las demás razas como espantajos, un nombre que no les hacía justicia. Era miembro de la tribu Skara-Hai, que vivía en las montañas. Sí, muy cerca de la villa. Se dedicaban frecuentemente al bandolerismo, pero ahora su jefe tenía otros planes. Planes a lo grande. Estaba intentando reunir a las otras tribus para ponerlas bajo su mando. Creía que había alguien por encima del jefe, efectivamente. Habían asaltado la casa porque estaba demasiado cerca de su asentamiento y por el mero gusto de matar a unos cuantos humanos. No, no había ningún sobreviviente. Sí, habían saqueado la villa. No, ellos no habían asaltado la caravana que iba al pueblo, otros se les habían adelantado. ¿Las hachas y las pieles? Oh, eran un distintivo tribal y cualquiera que no perteneciera a ella y se la pusiera sufriría la cólera del Gran Lobo. ¿Escapar? Claro, por supuesto que lo intentaría y, cuando lo hiciera, volvería para asesinarlos y devorar sus tripas aún calientes. No les tenía ningún miedo. Euh, no, no quería tomar de nuevo la "medicina". Eso era todo, no sabía nada más. Él era un simple guerrero.
- ¿Le creéis? -Los tres compañeros se retiraron a un rincón para hablar entre ellos, eso sí, siempre echando miradas de reojo al desdichado prisionero.
- ¿Por qué no? Ese laxante super potente le desata la lengua a cualquiera.
- Eso de las tribus reuniéndose suena muy chungo.
- Cierto. ¿Qué hacemos ahora?
- Creo que deberíamos registrar la casa, puede que algún habitante lograra esconderse.
- ¿Y ése? ¿Nos lo llevamos?
- Sería un engorro. Podríamos llamar al oso para que lo vigile.
- Buena idea.
- ¿Y qué le diremos a Firichal?
- Que se le acabó el chollo y, probablemente, tendrá que cambiar de casa.
- ¿Después iremos a ver eso de las tribus?
- Eso no sería muy buena idea. Sólo somos tres. Hasta ahora hemos salido bien parados, pero no tentemos a la suerte.
- Bueno, ¿manos a la obra?
Dejaron al espantajo bien atado bajo la atenta vigilancia del oso y continuaron con el registro de la villa. Según la información de Burka, no había más de los suyos ni lobos, pero no podían fiarse de ese dato. Pasaron por comedores y habitaciones destrozadas, salas de vapor que ya no funcionaban y un pequeño templo profanado. En ninguna parte hallaron superviviente alguno ni nada de valor.
Ya anochecía cuando en la primera sala donde Raistlin y Silkonost habían sido atacados encontraron una trampilla. Abajo se encontraron con una gran bodega que, por alguna razón, había escapado al pillaje de los bandidos espantajos. Al rato de deambular por allí, el elfo se dio cuenta de que bajo uno de los barriles se escondía una puerta secreta. Al abrirla vieron que un oscuro pasadizo bajaba más aún, al final del cual, una pesada puerta de acero les cerraba el paso. En el centro de la puerta había una cerradura rodeada por cuatro paneles con sendas inscripciones. Cada una de ellas era el nombre de un dios del panteón de Krynn: Takhisis, Gilean, Mishakal y Paladine. La puerta estaba innaturalmente helada al tacto.
- ¿Y ahora qué? -El caballero miró enfurruñado las inscripciones.
- Creo que debemos pulsar uno de los paneles para que se abra -dijo pensativamente Raistlin -. Pero ¿cuál?
- Voto por el último -declaró el elfo-. Paladine es el principal dios del Bien.
Así pues, el kirath presionó el panel donde estaba inscrito el nombre de la deidad. En aquel mismo instante un frío mortal estuvo a punto de helarle hasta el corazón. Tambaleándose, se echó hacia atrás.
- ¿Estás bien? -Sus compañeros le sujetaron.
- Está hechizada. Quien apriete el plafón incorrecto disparará la trampa -jadeó Silkonost.
- Dejadme probar a mí -sugirió el caballero-. Probaré con Mishakal. -Apretando los dientes y cerrando los ojos en el instante que sus dedos rozaban el plafón, Icon rezó a todos los dioses bondadosos para no equivocarse. No notó nada al presionarlo.
La puerta se abrió sobre sí misma entre un ensordecedor ruido de mecanismos en movimiento y de dentro surgió una suave luz azulada. Sorprendidos y cegados, los compañeros cerraron los ojos. Al abrirlos se hallaron frente a una de las más bellas obras de arte que nunca vieran: una estatua de piedra verde tallada en forma de una hermosa mujer vestida con vaporosos ropajes se alzaba unos siete metros hacia el techo, ocupando prácticamente toda la sala.
- ¡Guau! -exclamaron al unísono los compañeros.
El kirath se acercó presuroso a la estatua examinándola con ojos expertos.
- ¡Es de jade puro! -suspiró-¡Como mínimo debe valer un millón de aceros!
- Es una representación de Mishakal la Curadora. -Raistlin frunció el ceño disgustado ante la actitud codiciosa del elfo, que daba vueltas alrededor de la figura tocándola con ojos anhelantes-. Debemos devolverla a sus propietarios.
- Pero, Junior, todos los de la villa han muerto -protestó el caballero-. ¿A quién se la vamos a dar?
- Creo que deberíamos llevárnosla -declaró Silkonost-. Con el dinero que consigamos al venderla seremos ricos durante gran parte de nuestras vidas.
- En el pueblo sabrán si tenían algún pariente cercano -insistió el mago.
- ¿Y si no lo hay? -repuso Icon.
- Entonces deberíamos llevarla a un templo de Mishakal.
El elfo lo miró con sorna.
- ¡Oye, niño estúpido y mimado, ya sabemos que tu abuelito -mordió la palabra- tiene mucho dinero y que, siempre que necesites, no te faltará, pero yo no voy a perder la oportunidad de dejar de ser pobre! Anda, Icon, ayúdame. -Y empezó a empujar con todas sus fuerzas la estatua.
- ¡Eso no es cierto! -replicó el hechicero con los puños cerrados de la rabia-. Tú...
En el momento que Silkonost tocó la estatua, ésta brilló brevemente con una tenue luz verdosa que, por un momento, rodeó al elfo y después se desvaneció como si no hubiera existido. Tras unos instantes de tenso silencio el kirath rió nervioso.
- ¿Veis como no pasa nada?
Raistlin chistó para que se callara y escuchó atentamente. Le parecía haber oído algo, un leve rumor. Sí, eso era, un rumor que iba creciendo en intensidad. ¿Qué era aquello? Se volvió para avisar a sus compañeros de que salieran de la sala corriendo, sin embargo, repentinamente, se abrió una trampilla del techo y empezó a caer agua violentamente.
- ¡Nadad hacia el pasillo o quedaremos atrapados y nos ahogaremos! -gritó Icon luchando contra la fuerza de la corriente que se había formado.
- ¡Algo le pasa a Silkonost! -anunció el mago, ya de camino hacia la salida-. No le he visto después de que cayera el agua.
El caballero se dirigió a donde estuviera antes el elfo y vio como éste emergía moviendo los brazos locamente. ¿Qué demonios estaba haciendo? Parecía como si estuviera ahogándose, aunque aquello no era lógico, Silkonost era un buen nadador. El humano llegó hasta el elfo y lo agarró.
- ¡No puedo nadar! -aulló el kirath sujetándose desesperadamente a su compañero.
- ¡Cálmate! -le chilló el guerrero braceando con gran dificultad. El peso de su armadura lo arrastraba hacia el fondo y el histérico explorador no ayudaba en absoluto. Con mucho esfuerzo llegó hasta la escalera donde un empapado Raistlin le ayudó a subir a Silkonost.
- Creo que tengo que daros una mala noticia, chicos -dijo titubeante. El elfo le miró tosiendo e intentando escupir el agua que había tragado.
- ¿Qué?
El hechicero señaló detrás de sí, donde el oso yacía malherido, sangrando por multitud de heridas. Silkonost se olvidó de su estado y corrió hacia su amigo plantígrado.
- ¿Qué ha pasado? ¿Y el espantajo? -masculló enloquecido.
Raistlin se concentró y el medallón con el libro grabado brilló suavemente mientras murmuraba algo. Después se arrodilló al lado del oso y empezó a gruñir, como si él mismo fuera uno. Herwik pareció responderle débilmente varias veces. Acabada la conversación el hechicero-clérigo intentó mitigar el dolor de sus heridas mediante una cura de primeros auxilios.
- El espantajo fue quien lo dejó en este estado -declaró-. Se convirtió en lobo cuando estaba distraído y lo atacó. Luego escapó.
- Mi buen, Herwik. -El elfo abrazó su gran cabeza y lo arrulló.
- ¡La piel de lobo! -barbotó el mago-. Eso es lo que le permitió convertirse en lobo. ¡Qué estúpido he sido! Sabía que eran mágicas pero ni imaginé que... ¡Oh, que ingenuo soy!
- ¿Los lobos contra los que nos enfrentamos eran en realidad espantajos? -preguntó el caballero con los ojos abiertos de par en par-. Si poseen ese tipo de magia... Van en serio de verdad.
- Ya me pareció a mí que eran demasiado inteligentes -siseó Silkonost-. Malditos sean.
- Propongo que volvamos al pueblo y pongamos sobre aviso a sus habitantes. No quiero permanecer aquí más tiempo del imprescindible.
Todos se mostraron de acuerdo.
Heridos y humillados, el viaje de vuelta se les hizo pesado y largo. Caminaron en silencio, sumidos en sus propios pensamientos. Por la noche, Icon y Silkonost hacían guardia, temerosos de una emboscada de espantajos, mientras el mago dormía. Un par de horas antes del amanecer éste se despertaba y se ponía a rezar para curar luego las heridas de todos mediante el poder de su dios y sus dotes curativas.
El viaje se alargó dos días más de los necesarios y, cuando llegaron al pueblo, estaban de mal humor y rendidos. Le dieron la mala noticia a Firichar, no obstante, éste no pareció demasiado inquieto.
- Esas criaturas han rondado estas montañas durante siglos y siempre los hemos mantenido a raya. -Se encogió de hombros-. Es una tragedia lo de la familia Wayward, pero supongo que otros querrán hacerse cargo de tan provechosa hacienda.
De nada valió insistir en que el simple caso de pillaje se convertiría con el tiempo en algo más serio, de que los espantajos estaban reuniéndose en las montañas. El posadero replicó riendo que si tenían problemas graves avisarían a los Caballeros de Solamnia.
- Supongo que él mismo se ofrecerá a "cuidar" de la villa Wayward -rezongó el elfo sentado a una mesa junto a sus compañeros.
- No nos creen -se lamentó Icon-, ni siquiera después de enseñarles las hachas con forma de lobo. -Estaba furioso. Otra vez habían recibido una paliza. Éste pensamiento se le borró de la mente, sin embargo, cuando vio a la camarera que los recibiera el día que llegaron al pueblo. Excusándose ante sus compañeros se fue a preguntarle a qué hora salía de trabajar.
Silkonost se sentía deprimido. Deseaba volver a casa más que nunca, puesto que las tierras del norte, o lo que había visto de ellas, no le estaban gustando. Y Herwik casi había muerto. Además, estaba afectado por una extraña... maldición. Sí, así la había denominado el mago. La diosa o el dueño original de la estatua le había maldecido y, ahora, cuando se hallaba ante una masa de agua poco más grande que un estanque, le sobrevenían unos violentos temblores, no fruto del miedo, si no producidos por una fuerza ajena a su voluntad. Sabía que si caía al agua no sería capaz de nadar. Seguiría con sus compañeros un poco más, para que no pudieran llamarle cobarde, y luego volvería con el oso a Silvanost. Miró al hechicero, que parecía inmerso en profundos pensamientos y no les había dirigido la palabra desde que salieran de la villa, excepto lo imprescindible. También parecía deprimido.
En realidad Raistlin no estaba deprimido, sino intrigado. También furioso y triste, por supuesto, pero él, al contrario que sus compañeros, no consideraba la aventura como un desastre total e improductivo. Ahora tenía un nuevo conocimiento y uno muy útil, por cierto. No era normal que diferentes tribus de goblinoides se juntaran bajo el poder de un mismo líder, puesto que siempre estaban divididas en mezquinas luchas tribales. Eso sólo podía significar que se aprestaban a ir a la guerra. Y aquello le intrigaba. ¿Contra quién? ¿Por qué? ¿Quién era su líder? ¿Hasta dónde pensaba llegar? Todas estas preguntas rondaban su cabeza como un rompecabezas que incitaba a su resolución. Pero no irían a averiguarlo personalmente. Sería un suicidio. Lo único que podían hacer era informar a los Caballeros y pedirles más información a cambio. Luego volvería a casa.
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CAPÍTULO SEGUNDO
Disertaciones Caballerescas
Villa Wayward
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