Siguiendo hacia el norte la cordillera que cruza de norte a sur la parte noroeste del continente uno se adentra en tierras solámnicas. La cordillera se divide luego en dos partes, cada una de ellas más alta y escabrosa que la del sur, formando una V. En la parte central superior de la V se halla Palanthas, capital de Solamnia y, también podría decirse, del continente. Gran centro cultural y económico, la ciudad era, con su multitud de templos y escuelas, el símbolo del dominio del Bien sobre el Mal que había imperado durante las últimas décadas en Ansalon. Y, guardando ese símbolo, estaban los Caballeros de Solamnia, cuya base de operaciones estaba situada en el único paso practicable que existía en la base de la V formada por las cordilleras. La Torre del Sumo Sacerdote era el valuarte que defendía aquel desfiladero entre las altas montañas, lugar de paso obligado para todo aquel que quisiera ir hacia Palanthas por tierra.
Así, los compañeros llegaron a la Torre varias semanas después de la aventura de la villa Wayward. Informaron a los Caballeros de los supuestos encuentros de tribus espantajo en las montañas del sur, pero su información fue recibida fríamente y no lograron sacar ni un solo dato a cambio.
Se alojaron en un albergue para viajeros que había dentro del enorme recinto de la Torre, cansados y disgustados. Desde las ventanas de la habitación alquilada podían ver el ir y venir de la multitud de gentes que llegaba o abandonaba el desfiladero a través del paso guardado con sumo celo por los Caballeros.
-Bueno, un día más de camino y estaremos en Palanthas. -Icon bostezó desperezándose indolentemente-. ¡Ah! No hay nada como la gran ciudad.
El elfo observaba a la masa multiracial que se apiñaba en los portones en espera de que los guardias les dieran el visto bueno para poder cruzarlos. No habían permitido que el oso atravesara las murallas, añadiendo que tampoco podría entrar en la ciudad, por lo que debería quedarse rondando por las montañas al sur de la Torre. Sin embargo, allí correría peligro a causa de los cazadores y Silkonost le había ordenado que volviera, si podía, a su tierra natal, en el sur. Aquello le rompía el corazón, pero era lo mejor para Herwik.
Alguien llamó a la puerta. Los tres compañeros se miraron interrogantes. Nadie esperaba visitas. Encogiéndose de hombros, el caballero se levantó de su asiento y abrió la puerta sin tan siquiera preguntar.
- Mensaje para Raistlin Majere Junior de Palanthas -anunció un muchacho desde el pasillo tendiendo un pergamino enrollado ante las narices del guerrero.
- Vale, ya se lo doy yo -dijo Icon alargando la mano hacia el pergamino, pero el muchacho, ante el asombro del caballero, dio un salto atrás poniéndose fuera de su alcance.
- El servicio es un acero -repuso guardándolo tras su espalda-. Si no hay pago, no hay entrega.
Icon lo miró indignado ante su desfachatez pero, refunfuñando, sacó una moneda de su saquillo del dinero y se la arrojó. El chico la cogió al vuelo y le tiró el pergamino de mala manera, casualmente a la cara, pero Icon se apartó y lo agarró con gran pericia. Antes de que pudiera abrir la boca para reñir al muchacho, éste había desaparecido por el pasillo.
- ¡Un acero! ¡Qué ladrón! -se quejó cerrando la puerta a su espalda-. Junior, me debes una moneda. -Y le arrojó el pergamino de la discordia.
El hechicero rompió el sello y lo desenrolló. Sus compañeros vieron como arqueaba las cejas en sorpresa al leerlo.
- ¿Y bien? -preguntó el caballero. Silkonost intentaba aparentar desinterés, pero cuando el mago habló se inclinó hacia él para oír mejor.
- Alguien llamado el "Capitán" requiere mis servicios como historiador en una región no muy lejana de aquí, hacia el este.
- ¿Requiere tus servicios? -inquirió el elfo.
- Sí, eso dije -replicó-. Veréis, los sacerdotes de Gilean debemos, durante un mes al año, poner nuestros conocimientos como historiadores, jueces, consejeros o árbitros al servicio de cualquiera que lo demande.
- ¿Pero por qué te lo ha pedido precisamente a ti? -preguntó Icon-. ¿Y cómo sabía que estarías aquí?
- No tengo ni idea -confesó el muchacho-. No sabía que se me conociera fuera del círculo de eruditos que frecuento, pero, al parecer, han llegado noticias de nuestras aventuras hasta estas tierras.
-¿Irás?
- Claro, he hacerlo. -Se encogió de hombros y se estiró sobre su cama-. Es mi deber. ¿Y vosotros qué haréis?
- Si quieres que te acompañemos... -empezó a decir el caballero no muy convencido.
- Oh, no es necesario. Seguro que se trata de algún noble que quiere que redacte su aburrida historia familiar y sus innumerables hazañas.
Icon pareció aliviado ante la negativa de su compañero. Sonaba realmente aburrido. Con una amplia sonrisa dijo:
- Muy bien. Pues cuando acabes nos podrás encontrar en Palanthas. Ya sabes, pregunta por mí en "El Ciervo de Oro".
- Ajá. Así lo haré.
Y los tres compañeros fueron a dormir para marchar al amanecer por distintos caminos.

El viaje hacia la provincia del este no fue demasiado fatigosa ni tediosa, a pesar de no ir acompañado. Al circular por la calzada empedrada que cruzaba las llanuras de Solamnia desde la Torre del Sumo Sacerdote hasta Vingaard, en el este, el hechicero se había encontrado con mucha gente que, como él, viajaba. Aquella era una carretera muy transitada y no había tiempo de aburrirse. Además, a Raistlin no le disgustaba la soledad, todo lo contrario. Antes de llegar a Vingaard hubo de desviarse hacia el norte por un camino que se adentraba en las llanuras. Allí ya no había gente con la que conversar y el muchacho tuvo mucho tiempo para pensar. Estaba convencido de que el tal "Capitán" era un noble que, posiblemente, habría oído hablar de él en la ciudad. Después de todo era uno de los sacerdotes más poderosos que estaban al servicio de Gilean, a pesar de su juventud, y su pericia con la magia tampoco era nada despreciable.
Suspirando con añoranza, recordó los "viejos tiempos", cuando conociera al caballero y saliera por primera vez de la ciudad para buscar aventuras, para aprender del mundo exterior. Y con aquellos recuerdos le vino a la mente la imagen de Skerry, aquel Túnica Negra que había escogido mal el color de su túnica. El nerakés pelirrojo de extraños ojos rojizos había sido un gruñón empedernido y nunca disfrutaba tanto como cuando le llamaba "tontorrón" o "palurdo". A pesar de que se las daba de perverso y malvado, Skerry (casi) era un trozo de pan y, además, el pobre era un cenizo. Solía decir que su más fiel amiga era la mala suerte y tenía razón. Si alguien era el "afortunado" al que el dragón decidía chamuscar, ese era Skerry. Si un ogro quería estrenar su garrote nuevo, lo hacía sobre la cabeza de Skerry. Si se producía una avalancha cuando pasaban por un paso estrecho, las rocas más grandes caían encima de Skerry... Y así un sinfín de cosas más. Además, tenía un maestro, Dalamar, el Elfo Oscuro, que no le prestaba demasiada atención. El Túnica Negra había fallecido varias veces. Sus compañeros lo habían resucitado siempre, hasta que la última vez, antes de que pudieran hacerlo, había aparecido su fantasma, que les ordenó dejarle en paz. No deseaba volver a la vida para estirar la pata al poco tiempo después de sufrir mil y una calamidades. Raistlin se preguntó cómo lo debía estar pasando en el Más Allá, si había acabado en el Abismo, como solían hacerlo los Túnicas Negras, o los dioses del Bien habían visto en él algo que pudiera redimirlo. Entonces una cosa llevó a la otra y no pudo evitar acordarse de Daggerbody, la semielfa. ¡Aquella arpía de lengua viperina! Siempre intrigando y metiendo cizaña, la hechicera era todo lo que Skerry clamaba ser y no era. Enfadado, el mago-sacerdote intentó desechar de sus pensamientos a la semielfa, concentrándose en imaginar el trabajo que tenía por delante.
Ninguno de los viajeros de la calzada principal le había podido decir prácticamente nada sobre la zona hacia la que se dirigía, ni habían oído nunca mencionar el apodo de "el Capitán", referido a algún noble. Sólo sabían que el señor del territorio vivía en un pequeño castillo, pero la región estaba en las provincias del país y, aparentemente, allí no sucedía nada que mereciera un mínimo de interés. Al parecer eran autosuficientes, porque tenían pocas, sino ninguna, relaciones comerciales o de cualquier tipo con el exterior.
Con estos escuetos datos en mente, el hechicero llegó a una colina desde donde pudo divisar el mencionado castillo. Era pequeño y modesto pero había, además, algo raro, observó el mago. Había tiendas plantadas alrededor del castillo, a una distancia prudencial, y por ellas pululaban numerosas personas. No hubo de acercarse para adivinar que eran soldados. ¡Estaban asediando el castillo!
¿Por todos los dioses, qué está pasando aquí?, se preguntó el muchacho. ¿Quién estaba poniendo sitio a un castillo tan insignificante como aquel? ¿Un noble vecino, acaso? No habría forma de saberlo si se quedaba allí plantado, así que bajó la colina y se acercó al campamento. Salieron a recibirle un par de soldados armados con lanzas.
- ¿Tú eres el clérigo de Gilean? -preguntó uno de ellos.
El muchacho parpadeó, confundido. Inmediatamente recuperó la compostura y asintió con la cabeza mirándolos cautelosamente, preparado para efectuar un conjuro en caso de que le atacaran.
- Síguenos. El Capitán te espera. -Sin decir ni una sola palabra más, los soldados se dieron la vuelta y se encaminaron hacia una tienda grande, adentro de la cual le hicieron pasar. En el interior la iluminación era escasa, por lo que esperó en la entrada a que sus ojos se ajustaran a la oscuridad.
- Pasa y toma asiento -invitó una voz profunda e, indudablemente, masculina. Raistlin obedeció y se sentó en una silla mientras escudriñaba en las penumbras para distinguir a quien fuera su anfitrión.
Escuchó unos pasos y una luz le cegó momentáneamente. Cuando volvió a abrir los ojos vio que sobre una mesa había una lámpara de aceite encendida. Al otro lado de la mesa, de pie, un hombre vestido con una impresionante armadura negra de placas se apoyaba contra el poste central de la tienda. Era un hombre de constitución fuerte y muy moreno, pero lo que atrajo inmediatamente su atención fueron tres cicatrices diagonales que desfiguraban la zona del pómulo y la mejilla derecha. Al percibir la mirada escrutadora del mago sobre su rostro, el hombre alzó la mano para llevársela a la mejilla, pero se detuvo a mitad del impulso. Estrechó los ojos y observó al hechicero fríamente.
- Soy el que llaman el Capitán. Hice que te llamaran apelando al deber de todo sacerdote de Gilean -anunció al tiempo que cogía un hacha y, con aire distraído, empezaba a frotar la hoja con una piedra de afilar-. Sé que tú todavía no has ofrecido tus servicios a nadie.
- Cierto -admitió Raistlin aparentando indiferencia-. ¿Pero, por qué me habéis elegido y cómo sabíais que estaba en la Torre del Sumo Sacerdote?
- Me dijeron que habías viajado al sur. Si deseabas volver a Palanthas debías pasar por la Torre, así que dejé mi mensaje allí.
- Podría haber regresado en barco o por medio de la magia.
- Bueno, me arriesgué y tuve suerte -replicó el guerrero con una sonrisa torcida-. En cuanto a por qué te elegí a ti... He oído decir que eres todo lo imparcial y justo que puede ser un hombre. O, al menos, que te jactas de ello.
- ¿Yo, jactarme? -dijo inocentemente-. ¡Que Gilean me guarde de pecar de inmodestia y de vanagloriarme de nada! -Se encogió de hombros mirando a su anfitrión con la cara que Skerry denominaba "niño-tonto-de-mamá"-. Pero hago todo lo que puedo para intentar mantenerme fiel al camino de la verdadera Neutralidad.
El guerrero dejó de pasar la piedra por la hoja por un instante y lo miró atentamente, escudriñando el rostro de su invitado. Raistlin le ofreció una beatífica sonrisa.
- ¿Y que deseáis de mí, buen señor? -El hombre creyó detectar un subrepticio tono de sarcasmo en la acaramelada voz del muchacho.
- Quiero que seas testigo de la caída de mis enemigos y de mi triunfo absoluto y que lo pongas por escrito para que las generaciones venideras puedan alabar mi victoria -respondió con ojos brillantes.
- ¿Oh? Nunca me habían pedido nada tan extraño. -El mago arqueó las cejas-. ¿Y puede saberse que os han hecho los habitantes del castillo?
- El señor del castillo me negó la mano de su hija.
Raistlin lo miró con otros ojos. Ah, se dijo a sí mismo, un loco enamorado. Lo examinó atentamente. Y que puede ser muy peligroso, dictaminó. Decidió seguirle la corriente, además, su deber le obligaba a satisfacer la petición de su anfitrión, estuviera chiflado o no.
- Irás al castillo y describirás todo lo que allí pase durante el asedio y la caída de éste.-Una expresión de oscuro placer se dibujó en su rostro-. Deseo que los sentimientos y reacciones de los habitantes queden reflejados en tu escrito con todo lujo de detalles.
- Euh... ¿Queréis que esté en el castillo mientras lo atacáis? -Lo miró incrédulo. El guerrero le sonrió desdeñosamente.
- No debes preocuparte, mis hombres tienen órdenes estrictas de no hacerte el más mínimo daño. Saben que fallarme significa su muerte. Como puedes ver, tu trabajo es muy valioso para mí y, por lo tanto, no se te dañará.
- ¿Pero cómo queréis que vaya al castillo? ¿He de decirles "vuestro enemigo me manda para que sea testigo de vuestra destrucción"?
- Sí.
- Pero...
- Te dejarán entrar, no te molestarán -le atajó el hombre dejando el hacha sobre la mesa-. Ya se les ha notificado tu visita.
- ¿Y están de acuerdo en admitirme dentro? -Aquello era una sinrazón.
- En efecto. -Su anfitrión señaló con un ademán la entrada de la tienda-. Todo está preparado para tu partida.
Raistlin se levantó de su asiento y se volvió hacia la salida. La voz del hombre le detuvo.
- Recuerda que requiero tus servicios sólo como historiador -indicó apagando la luz de la lámpara. La tienda quedó sumida en la penumbra-. Sé que también eres mago, pero no me interesa tu magia. Deseo que únicamente el Raistlin Majere sacerdote trabaje para mí.
- Por supuesto -replicó éste con una sonrisa sarcástica que nadie pudo ver.

Los habitantes del castillo lo recibieron no hostilmente, como él había creído que harían, sino con los ojos llenos de esperanza. Sin embargo, ésta se esfumó de sus miradas al explicarles lo más fríamente que pudo que no intervendría para ayudarles, que su única misión era registrar los hechos, sin mezclarse. El señor del castillo, un anciano de aspecto frágil y decaído, suspiró resignado e invitó al hechicero a su mesa.
- ¿Porqué motivo el Capitán asedia vuestro castillo? -preguntó mientras cenaban. Deseaba conocer la otra versión de la historia, la de las víctimas. Mientras hablaban, incluso allí, en la mesa, el muchacho iba apuntando con su pulido y delicado estilo de escritura toda la información que iba recabando en unas hojas de papel en blanco.
- Porque ese loco desea desesperadamente a mi hija, Griselda -replicó el anciano señalando a una agraciada muchacha que había sentada al otro lado de la mesa.
- ¿Y? -Raistlin presentía que había algo más.
De repente intervino un hombre algo obeso que había estado sentado en completo silencio a la derecha del señor. En su rostro enrojecido se mezclaba la rabia con el temor.
- ¡Es su primo! -Casi escupió las palabras-. Y, por si no fuera poco, ese desgraciado desagradecido fue adoptado por su tío, el señor del castillo -señaló con la cabeza al anciano-, cuando su familia murió en extrañas circunstancias. ¡Así le paga su bondad!
Vaya, vaya, pensó el mago. Al parecer al guerrero se le "olvidó" mencionarme aquel pequeño detalle. Todo aquello era muy interesante. Sintió un poco de pena por aquellas gentes, sabedor de que no tendrían ninguna oportunidad ante los asaltantes. El castillo estaba mal equipado para la batalla y no podrían soportar un par de semanas más de asedio, las despensas estaban casi vacías. Pero él no podía hacer nada, no debía hacer nada. Sólo observar y registrar.

Le despertaron unos gritos.
Se levantó de la cama y se vistió a toda prisa. Asomándose a la ventana pudo divisar unas figuras que se enfrentaban a las puertas del castillo, más allá del puente levadizo. Bajó hasta allí corriendo, agarrando firmemente sus papeles y utensilios de escritura y pudo ver que el hombre gordo de la noche anterior se encaraba con el Capitán. Pobre estúpido, pensó el mago meneando la cabeza con tristeza al comparar al obeso noble con el fornido y bien armado guerrero. No tiene ninguna oportunidad.
El hombre dijo algo que Raistlin no alcanzó a escuchar, pero que, al parecer, enfureció en sobremanera al Capitán, que cogió una de las dos hachas que llevaba sujetas a la espalda y descargó un golpe letal con ella en su cabeza. El hombre se desplomó muerto en el suelo. Asqueado, el mago se acercó apuntando todos los detalles en sus hojas sin poder evitar lanzarle una mirada de repugnancia al guerrero. Aquel infeliz ni siquiera empuñaba una miserable daga.
Oyó a su espalda un desgarrado grito femenino y Griselda pasó corriendo a su lado para arrodillarse ante el cadáver y abrazarlo sollozante. El guerrero observó la escena con total indiferencia.
- ¡Asesino! ¿Por qué le has matado? -le gritó ella-. Estaba indefenso y desarmado. ¡No podía hacerte ningún daño!
- Su lengua viperina ha llenado tu cabeza con sucias mentiras -replicó él inclinándose hacia ella y mirándola con ojos ardientes. La agarró de un brazo y tiró hacia él hasta que la puso en pie-. También quiso engatusarme a mí, pero no pudo. Yo supe ver más allá de su aparente amistad.
- ¡Estás loco! -La muchacha se volvió hacia el hechicero-. ¡Ayúdame, te lo suplico!
Raistlin dejó de escribir, preso de la confusión. No podía ayudarla. ¿Es que no lo comprendía? Él era un mero espectador. Entonces, antes de que pudiera reaccionar, alguien se abalanzó sobre el guerrero enarbolando una espada.
El Capitán desvió sin dificultad el golpe del anciano señor del castillo, que retrocedió un par de pasos. Su hija le gritó algo pero él hizo caso omiso y cargó de nuevo. Esta vez, antes de que la espada llegara a la altura del hombre, el guerrero le asestó un poderoso hachazo en el torso y el viejo cayó al suelo en medio de un charco formado por su propia sangre que a cada segundo que pasaba se hacía más y más amplio. El anciano alzó la mano en dirección al hechicero con el rostro crispado por el dolor. El muchacho pudo ver en sus ojos la tortura que sufría. Agonizante, le dijo algo que nadie escuchó pero que él pudo leer en sus labios manchados de sangre:
- ¡Ayúdanos!

¿Dónde estaba?
Después de que el anciano le hiciera aquella muda súplica, Raistlin había sentido un vahído y la visión se había tornado borrosa. Todo a su alrededor había parecido dar vueltas enloquecidamente, las formas difuminándose en una incolora masa girante, pero que, al mismo tiempo, contenía todo el espectro de colores. Mareado, había cerrado los ojos y se había llevado las manos a la cabeza. Entonces, tan súbitamente como había empezado, acabó. Pero al abrir los ojos se encontró con que ya no se hallaba a las puertas del castillo asediado, sino en medio de un sendero en un bosque al atardecer.
Aturdido, apenas reaccionó cuando se le acercó un niño de unos diez años y, con expresión interesada, le tiró de la manga de la túnica.
- Eh, señor.
- ¿Uh? -Raistlin parpadeó un par de veces, mirándolo como alelado.
- ¿Se encuentra bien, señor?
El hechicero recobró la compostura enseguida y examinó al niño atentamente. Había algo familiar en aquel rostro. ¿Qué era? ¡Ah, sí! ¡Aquel niño se parecía enormemente al Capitán!
- Euh... Sí, me encuentro bien, gracias -replicó-. ¿Cómo te llamas, chiquillo? ¿Qué haces aquí?
El niño sonrió señalando el sendero.
- Me llamo Caerlik y voy a mi casa. ¿Y usted?
- Yo soy Raistlin. Y, por favor, llámame de tú.
- ¿Detú? Qué apodo más raro. ¿Qué significa?
- Quiero decir que... -empezó a decir pero vio una chispa burlona brillar en los ojos del chico. ¡Le estaba tomando el pelo! No pudo evitar sonreír, aquel niño le caía bien-. Ya veo que me has entendido. ¿Vives en el bosque?
- Sí, con mi padre y mi hermano mayor en una cabaña a unos minutos de camino. -La expresión risueña del niño pasó a una seria y solemne-. Parece que te has perdido. ¿Por qué no vienes a casa y pasas la noche con nosotros? Mi padre no se opondrá -se apresuró a añadir al ver que el mago iba a replicar-. Además, estar en el bosque después de la puesta del sol es peligroso. Se rumorea que seres tenebrosos lo rondan en la oscuridad.
El muchacho aceptó la invitación del niño sin pensárselo más. Estaba cansado, confundido y, efectivamente, completamente perdido. Vagabundear sin rumbo por la espesura no era muy buena idea. Y, por añadidura, estaba lo del parecido con el guerrero. Un nuevo misterio que anhelaba resolver.
La mencionada cabaña estaba en medio de un pequeño claro, al final del sendero. Al llegar les salió al paso un muchacho de bastante más edad que el niño, que corrió hacia él con cara de pocos amigos sin dar muestras de haber visto al hechicero, el cual se había quedado un poco rezagado.
- ¿Dónde te habías metido, imbécil? -Lo agarró y empezó a zarandearlo bruscamente-. ¿No te tengo dicho que cuando te dé una orden tienes que cumplirla rápidamente? ¡No cepillaste al burro ni le pusiste de comer!
- ¡Padre te lo ordenó a ti, no a mí! -protestó el niño-. Eres un abusón.
- ¿¡Cómo te atreves...?! -Alzó una mano para abofetearlo.
- Ejem -carraspeó ruidosamente el mago. El chico lo miró sorprendido, dándose cuenta por primera vez de que estaba allí-. Yo que tú no haría eso -le advirtió con tono admonitorio y negando con un dedo. El muchacho soltó al niño, que se escabulló para situarse al lado de su paladín.
Mirando desconfiadamente al hechicero, el chico retrocedió unos pasos y se dio media vuelta para entrar en la choza.
- Bueno, ya conoces a mi simpatiquííísimo hermano mayor, Herfin -dijo el niño al mago-. Es un redomado idiota que se las da de listo, pero que es más tonto que un zapato. -Ambos rieron-. ¿Sabes? De mayor seré un poderoso Caballero de Solamnia y nadie podrá volver a amenazarme como lo hace ahora mi hermano o sus amigos de la aldea... Pero, vaya, a ti no debe importarte nada de esto, vayamos dentro, que está oscureciendo y empieza a hacer frío.
El interior de la cabaña era cálido y acogedor. Un alegre fuego ardía en la chimenea y, sobre éste, había un caldero sostenido por una barra metálica que cruzaba de parte a parte el hueco del hogar. Vigilaba lo que se cocinaba en el caldero un hombre canoso, de mediana edad. Éste se volvió hacia ellos cuando cerraron la puerta.
- Padre, éste es Raistlin -dijo el niño-. Andaba perdido por el sendero del bosque, así que le invité a pasar la noche en casa.
El hombre sonrió. Era una de aquellas personas que suele caer bien desde el primer instante por su agradable y bonachona expresión. Hizo gestos para que se acercara.
- ¡Pasa, pasa, muchacho! No te quedes ahí plantado. Ven y caliéntate al lado del fuego.
- Gracias, señor. -Le devolvió la sonrisa.
Poco después se hallaban reunidos alrededor de una mesa dando cuenta de la cena. Durante ella Raistlin dejó caer aquí y allí algunas preguntas, aparentemente casuales pero discretas, sobre Caerlik y su pasado. Averiguó que el niño había vivido siempre en aquella cabaña, que su madre había muerto al nacer él y que lo que más deseaba en el mundo era ser un Caballero, pero nada que lo relacionara con el Capitán.
El padre del niño se mostró muy amable y solícito, aunque no servil, hacia el invitado de su hijo menor. La sensación que tuvo el mago de aquel lugar y aquellas gentes fue, en general, agradable, a pesar de que Herfin hizo todo lo posible por amargarles la noche insertando aquí y allí algún que otro comentario ofensivo e indirectas más bien directas bastante insultantes y de mal gusto. Finalmente, el padre, mirándolo enfadado, le ordenó que se fuera a dormir, mandato que el muchacho cumplió al punto y sin rechistar. El ambiente se relajó sin sus inoportunas intervenciones. Los tres hablaron hasta altas horas de la noche, sobretodo, acerca del mago y la ciudad, cosas para ellos lejanas y fantásticas. Entonces Raistlin bostezó y el hombre dijo que ya era hora de ir a la cama. Todos se acostaron.
El hechicero, agotado tras tan atípica jornada, se sumió rápidamente en un sueño profundo. Soñó que estaba en casa, durmiendo en su mullido lecho, en su alcoba. Soñó que añoraba todo aquello enormemente, que echaba de menos mucho a su madre e, incluso, a su abuelo. Y soñó que recorría su casa, la Torre, que llegaba a un corredor oscuro donde formas sombrías se arrastraban y que sus garras, al resbalar por el suelo de piedra, producían un horrible sonido chirriante. Sus garfas, terriblemente frías sobre su piel, desprendían un hedor a muerte y decadencia. ¡Qué insoportable era aquel olor!
Un agudo zumbido penetró las brumas del sueño y lo llevó de vuelta a la consciencia. Alerta, abrió los ojos justo a tiempo de percibir un par de figuras de apariencia vagamente humana que se acercaban hacia él con los brazos extendidos. Un hedor no muy diferente del sueño le llegó hasta la nariz y hubo de apartarse para poder respirar. Jadeando ante el acoso de la maligna miasma que intentaba arrebatarle el aliento, se levantó del catre llevándose las manos instintivamente a los saquillos de componentes y escudriñando la oscuridad de la cabaña en busca de sus anfitriones. Caerlik estaba a su lado, ya despierto pero con aspecto enfermizo, observando a los seres con los ojos abiertos de par en par. Del padre y el hermano no había rastro.
Una de las criaturas se arrojó sobre el mago aullando, pero éste, apartando al niño, retrocedió de un salto y las garras pasaron a bastante distancia de su cuerpo. La criatura siseó enfurecida, mirando con odio al muchacho mientras su compañero intentaba alcanzar al niño rodeando al mago. Caerlik dio un grito y arrojó lo que tenía más a mano, una silla, a la criatura, que se relamía los putrefactos labios con una larga lengua azul. La silla impactó de pleno en el ser, doblando uno de sus brazos en un ángulo imposible y le hizo retroceder, aunque el golpe no le hizo mucho efecto, ya que, después de quitarla del medio o, mejor dicho, empujarla y darle una desmañada patada, volvió a la carga con un gruñido gutural resonando en lo que le quedaba de garganta.
No obstante, esta vez Raistlin estaba preparado y, escudando detrás de él al niño, alzó su medallón, el símbolo sagrado que lo identificaba como un fiel de Gilean, y clamó:
- ¡En nombre de Gilean el Libro, La Puerta de las Almas, yo os ordeno que os vayáis!
El colgante brilló un instante con una cegadora luz grisácea y las criaturas se apartaron aullando para luego correr hacia el exterior, desapareciendo en la oscuridad de la noche. Con un suspiro que pareció salir de lo más hondo de su ser, el muchacho se dejó caer en el catre.
Caerlik se puso a registrar frenéticamente la cabaña. El hechicero lo observó con expresión vacua por un momento y, acto seguido, se le unió en su búsqueda. No había más signos de lucha que los que se produjeran en su breve batalla con las criaturas. Tampoco se apreciaba ninguna mancha de sangre y las mantas de los catres ni siquiera estaban revueltas. La puerta había sido destrozada, sin duda por las fuertes garras de los seres, pero ¿por qué no los habían oído romperla? ¿Dónde estaba el resto de la familia?
Raistlin se llevó la mano al pecho, debajo de su túnica y sacó un segundo medallón, mucho más sencillo que su símbolo sagrado. Aquel colgante le había salvado la vida en multitud de ocasiones, aunque ahora comenzaba a preguntarse si su magia no estaba empezando a fallar. Me avisó cuando nos atacaron, pensó. Pero ¿por qué no lo hizo antes, cuando rompieron la puerta? Se suponía que el poder del medallón consistía en producir un zumbido, que únicamente él podía percibir, cuando se hallaba en peligro o alguien (o algo) intentaba sorprenderlo. Sumido en tales reflexiones, se sobresaltó cuando Caerlik tiró de su manga.
- ¿Qué eran esos monstruos? ¿Qué han hecho con mi padre? -El hechicero observó que no se preocupaba en absoluto por su hermano.
- Muertos vivientes -replicó él guardando el medallón bajo su túnica-. Demasiado rápidos para ser zombies, por lo que creo que podían ser ghouls o, quizás, ghasts. Y, la verdad, no sé qué le puede haber sucedido a tu padre y tu hermano, pero esto es muy raro. -Al ver la expresión confusa del niño le explicó su razonamiento-: Verás, estos seres son necrófagos, es decir, que matan a sus víctimas y luego se las comen, pero aquí no hay rastro de... Perdona que lo diga así, pero no hay rastro de se los hayan comido. Es más, aparte de la puerta, no hay nada fuera de lugar. Es como... si los hubieran sorprendido y se los hubieran llevado.
- ¿Dónde? -chilló el niño al borde de las lágrimas.
- No lo sé -dijo apenado-. Pero estas criaturas no hacen cosas así por iniciativa propia, lo único que saben hacer es matar y comer.
- Ha sido el mago de la caverna -murmuró Caerlik con una fría furia brillándole en los ojos. Se secó las lágrimas de un manotazo-. Ha tenido que ser él. -Y, sin decir nada más salió de la choza corriendo.
- ¡Eh! -El hechicero se apresuró a darle alcance cuando empezaba a internarse en el bosque-. ¿De qué mago estás hablando?
Solinari, la luna plateada, brillaba totalmente llena mientras Lunitari, la roja, estaba sólo en su fase creciente. La luz proporcionada por ambas iluminaba suficientemente el camino y el niño no varió su paso rápido y decidido.
- Vive en una cueva al otro lado del bosque. Padre me dijo que nunca me acercara por allí porque es un hombre malvado que rapta niños y les hace... cosas malas.
Raistlin palideció. Aquello sonaba a Túnica Negra o, peor aún, a hechicero renegado. Si lo que decía el niño era cierto, podría ser que tuviera que vérselas con alguien posiblemente más poderoso que él y eso no le hacía nada de gracia. Aquel nigromante debía ser quien manipulaba a los ghouls (o ghasts o lo que fueran) y, sin duda, debía tener más a su alrededor. ¡Ay, ay! ¿En qué me estoy metiendo?, se preguntó inquieto. No es que fuera cobarde, ni mucho menos, sin embargo, meterse en la boca del lobo sólo con el apoyo de un niño... Pensó en hacerle cambiar de idea, en decirle que mejor sería que volvieran cuando hubiera amanecido, pero vio la determinación plasmada en el semblante del pequeño y supo que no podría convencerle. Bueno, que sea lo que los dioses quieran, suspiró para sus adentros.
Tomaron un desvío del sendero que les adentró en las profundidades del bosque, donde los árboles crecían tan juntos que la luz de las lunas apenas podía ser vislumbrada y Raistlin hubo de hacer que se iluminara el grifo de cristal de su vara para poder continuar adelante. Y, así, llegaron a la boca de una tenebrosa cueva, al fondo de la cual se distinguía un tenue resplandor. Por miedo a ser descubiertos, el hechicero extinguió la luz mágica y se guiaron por la de la caverna. Caminando todo lo sigilosamente que les era posible, el mago primero y el niño después, se acercaron al lugar de donde procedía aquel resplandor y se encontraron ante una caverna de grandes dimensiones. Varios braseros ardían en distintos sitios, iluminándola con un sombrío tono rojizo. En el centro de la sala había un altar de piedra negra y sobre éste, atado con fuertes cuerdas, yacía un niño que lloraba quedamente. En el lado opuesto a la entrada por la que se internaran los dos jóvenes exploradores vieron un segundo túnel completamente sumido en la oscuridad. La atmósfera estaba cargada de una maldad tan opresiva que se encontraron con que les costaba respirar.
Al no divisar a nadie aparte del niño, en la caverna, el hechicero y Caerlik se encaminaron hacia éste aunque vigilando a su alrededor cautelosamente. El niño se había provisto de un buen montón de piedras en la entrada y sujetaba fuertemente una en cada mano. Cuando se hallaban a mitad de camino del altar una risita burlona les detuvo. Una figura embozada salió de detrás de éste cortándoles el paso. Una capucha ocultaba sus rasgos y camuflaba su voz. Portaba dos dagas desenvainadas.
- ¡Pobres estúpidos! Habéis hecho el viaje en vano. El niño morirá y vosotros también.
- ¿Dónde está mi padre? -le gritó Caerlik enfurecido, dispuesto a arrojarle las piedras.
- ¿Tu padre? -El encapuchado parecía extrañado, luego pareció reflexionar durante unos segundos y replicó-: ¿Dónde crees que está, pequeño idiota? ¡Alimentando a los gusanos, por supuesto! -Y rió como si estuviera ido.
Maldiciendo al encapuchado y toda su familia, el niño le arrojó ambas piedras con todas sus fuerzas, las dos impactando en la figura, una de ellas en la cabeza, aunque no le hicieron mucho daño.
- ¡Eh! -protestó el encapuchado al tiempo que, frotándose la cabeza con una mano, se refugiaba tras el altar.
Caerlik se dispuso a seguirlo. Entonces apareció el hedor de los muertos vivientes.
Las paredes del túnel sombrío resonaron con una risa perversa, que fue coreada por la enloquecida del encapuchado. Escucharon como varios seres se aproximaban con paso cansino por el pasillo y el olor se hizo más profundo e insoportable. Los dos jóvenes retrocedieron medio asfixiados. El encapuchado aprovechó la ocasión para arrojarles sus dagas, pero, con tan poca traza, que ninguna de ellas ni tan siquiera pasó cerca de sus blancos. Raistlin se volvió hacia él con los dedos de una mano extendidos en su dirección y murmuró un encantamiento. Unos dardos de luz pura se materializaron en ellos y buscaron raudamente el pecho del encapuchado que fue arrojado varios metros hacia atrás por el impacto y quedó desplomado en una posición extraña, sin moverse más.
Los muertos vivientes salieron del túnel seguidos de una figura ataviada con largos ropajes negros y oculto su rostro tras una máscara en forma de cráneo de cabra. El niño del ara chilló aterrorizado y se desmayó. Caerlik cogió otro par de piedras, preparado para tirárselas al primero que se acercara. Raistlin invocó de nuevo el poder de su dios.
- ¡Por Gilean, yo os ordeno que os vayáis! -No obstante, esta vez, las criaturas no huyeron.
El individuo de negro rió.
- ¡No podrás ahuyentarlos, necio! -gritó-. ¡Estás en mi territorio, sacerdote, y aquí tu poder no tiene efecto sobre mis criaturas!
Apretando los dientes, el hechicero cogió a Caerlik de un hombro y lo acercó hacia él intentando protegerlo de los necrófagos, pero no pudo evitar que uno de ellos le diera un zarpazo en la cara. El niño se llevó la mano al rostro herido pero no gritó ni lloró, sino que arrojó sus piedras al monstruo.
Esquivando los ataques de las criaturas fueron a parar al altar y, allí, ya no pudieron retroceder más. Los necrófagos los acorralaron y Raistlin comprendió que debía utilizar otra táctica o estarían perdidos. Agarró su símbolo sagrado con ambas manos y lo alzó. Haciendo caso omiso a todo lo que le rodeaba se concentró en enfocar todo su poder en el medallón. Murmuró:
- ¡Excelso Gilean, invoco tu divina ayuda, protégenos del mal que nos rodea!
Y los muertos vivientes no pudieron acercarse más a ellos, chocaban contra un muro intangible que les era imposible atravesar. El hombre de los ropajes negros rugió de rabia.
- Manténte dentro del círculo de protección y arrójales todo lo que tengas a mano, chico -masculló el hechicero con evidente esfuerzo pues mantener la concentración para que círculo protector no se viniera abajo requería prácticamente toda su atención y voluntad-. Pero apunta bien, nuestra vida depende de ello.
Sus labios apretados en una mueca severa, el niño se tomó su tiempo y empezó a arrojar los proyectiles con gran tino. Los monstruos estaban muy cerca, no lo suficiente como para atraparlos pero sí para que las pedradas de Caerlik, fortalecido por la furia y el ansia de venganza, hicieran estragos entre ellos. Aun así, ¡había tantos! Cuando uno caía otro ocupaba su lugar y el niño se estaba quedando sin nada que arrojarles. Miró al mago en busca de consejo, pero éste tenía los ojos cerrados y en su rostro sudoroso ya se percibían signos de agotamiento. Frunció el ceño. ¡Aquello era tarea suya¡ Su compañero -su amigo- había depositado su confianza en él y no estaba a dispuesto a fallarle. ¡PLAM! Un trozo de cara, con ojo incluido, fue arrancado de la cabeza de uno de las criaturas. La herida de su rostro ardía, produciéndole un dolor sordo que intentó ignorar. ¡Lo haría por su padre! ¡PLAM! Un brazo se partió. ¡Lo haría por su amigo! ¡PLAM! Uno de los necrófagos cayó al suelo al doblársele una rodilla hacía el lado por el que no debía hacerlo. ¡Lo haría por sí mismo!... Y se había quedado sin proyectiles.
Entonces el hombre de negro desapareció y sus lacayos huyeron por el túnel. Sin creérselo todavía, el chiquillo sacudió a Raistlin, que parecía estar a punto de desplomarse. El hechicero abrió los ojos, confundido, y se apoyó tembloroso en el altar. El niño no había recobrado el conocimiento.
Caerlik se llevó las manos a la cara y gimió. La herida ardía insoportablemente. Las lágrimas se agolpaban en sus ojos pero él parpadeó furiosamente luchando por evitarlas.
- ¡Estás herido! -El mago se arrodilló a su lado, le quitó las manos del rostro con delicadeza-. Deja que te cure...
Entonces vio como tres arañazos profundos surcaban en diagonal su rostro, debajo del ojo derecho, por el pómulo y la mejilla.


Estaba dentro de un edificio y alguien le hablaba... y le empujaba.
-Tus compañeros están reunidos en la sala al lado de la cocina -le dijo (casi gritó) un individuo vestido de... ¿criado?- ¡Llegas tarde!
Raistlin intentó desembarazarse del exaltado sirviente y se volvió hacia él.
- ¿Dónde estoy?
- ¿Como que dónde...? -El hombre resopló-. Supongo que ayer noche debiste de dar buena cuenta del orujo que os envió mi señor.
- Euh... Sí, creo que me excedí un poco -respondió intentando parecer avergonzado, riendo tontamente y ocultando todo lo posible su cara bajo la capucha-. No me acuerdo de nada.
El sirviente dio un hondo suspiro y, armándose de paciencia, le explicó:
- Estamos en el castillo de mi señor, Lord Gabriel, y, de aquí a media hora, se celebrará el próximo nombramiento de su sobrino, Sir Caerlik, como Caballero de Solamnia.
¡Caerlik otra vez! El muchacho se llevó las manos a la cabeza en un gesto de desesperación. ¿Por todos los Abismos, qué está sucediendo?, gimió para sí mismo al borde de un ataque de nervios.
- Pásate antes por la cocina para que te den algo para la resaca -le indicó el tipo, que había empezado a empujarle otra vez.
- ¿Uh? Sí, claro -Raistlin, que apenas le escuchó, intentaba discurrir algo. Creo que si me mezclo con los artistas podré acercarme a él, determinó.
Otro sirviente salió por una puerta, reclamando la ayuda del que empujaba al mago.
- Ya encontraré la cocina yo mismo. ¿Por este pasillo? -El criado asintió mirándolo no muy convencido-. Gracias. -Y se marchó lo más deprisa que pudo.
El hechicero se dio cuenta de que le reconocerían al instante. Después de todo, los Túnicas Rojas de metro noventa y ocho, pelo plateado y ojos dorados no eran demasiado abundantes. Además, debía proteger su reputación de erudito serio y formal. Así pues, buscó una alcoba vacía y se metió en ella. Acto seguido susurró un encantamiento. ¿En qué se convertiría? ¡Ah, sí!, se dijo con una risita, concentrándose en la imagen que tenía en mente. Sus huesos se acortaron y su espalda se encorvó, al tiempo que su pelo encanecía y le brotaba una abundante barba que él nunca podría haber tenido realmente. El color de sus ojos cambió del dorado como el sol a un líquido azul pálido. Su piel, tersa y pálida, se arrugó, adquiriendo un tono oscuro, además de cubrirse de un abundante vello. Para poner la guinda al pastel tejió a su alrededor un hechizo de ilusión que haría a todos creer que vestía unos desarrapados ropajes grisáceos y un desastroso sombrero picudo de ala ancha, en vez de su túnica roja. Justo cuando acabó la transformación la puerta se abrió y entró una muchacha, que lo miró sorprendida.
- ¿Qué hace aquí, abuelo?
- Creo que me perdí -dijo él simulando una voz cascada y aguda-. ¿Harías el favor de acompañarme a la cocina, preciosa?
- Venga por aquí -respondió ella cogiéndolo del brazo y riendo.
Pocos minutos después se hallaba en una habitación junto con varios magos. Bueno, lo de "magos" es un decir, ya que eran la mayoría ilusionistas de poca monta, maguchos de tercera fila. Pero había uno que incluso vestía la Túnica Roja, un tipo gordinflón que se parecía mucho al noble aquel que muriera a manos del Capitán. ¡Vaya, pero si era él en persona! Raistlin lo miró y empezó a preguntarse si no estaba perdiendo el juicio. Entonces se le aproximaron un par de ellos, muy respetuosos ante su vejez y le preguntaron quién era.
- ¡Soy el poderoso archimago Frisbee el Fantástico! -clamó inchándose de orgullo (aparentemente).
Los otros magos rieron.
- Venga, anciano -dijo uno de ellos-, ¿cómo vas a ser un archimago?
El hechicero se les encaró frunciendo el ceño de tal manera que las frondosas cejas casi ocultaron sus ojos.
- ¿Queréis que os lo demuestre, aprendices? -Giró sobre sí mismo y señaló al Túnica Roja-. ¿Habéis oído hablar del poderoso conjuro "Palabra de Muerte"? -Todos asintieron-. Entonces debéis saber que sólo los archimagos son capaces de lanzarlo. -Volvieron a asentir-. Bien, abrid mucho los ojos, incrédulos, y fijaos atentamente.
Y se volvió hacia el que tenía apariencia más patética y menos poderosa y dijo:
- ¡Muere!
El pobre tipo cayó al suelo como fulminado por un rayo. Sus compañeros se agacharon, buscándole el pulso en el cuello.
- ¡Está muerto! -dijeron mirando anonadados a aquel anciano misterioso.
- Por supuesto -dijo él encogiéndose de hombros con suficiencia. Seguidamente, los apartó del cadáver y clamó-: Y ahora le devolveré a la vida, puesto que no es justo que este pobre diablo, que ningún daño me ha hecho (ni podría hacerme) vaya a parar al Más Allá o a algún otro sitio peor.
- ¡Levántate de entre los muertos y vuelve a la vida, te lo ordeno! -clamó haciendo grandilocuentes y teatrales aspavientos. Al instante, el hombre abrió los ojos y, sacudiendo la cabeza aturdido, miró a su alrededor y preguntó:
- ¿Qué ha pasado?
Desde aquel momento los magos allí reunidos trataron con mucho respeto y solicitud al "anciano", siempre estando de acuerdo con cualquier cosa que dijera o hiciera.
Y he aquí que entre agasajo y agasajo llegó la hora de la fiesta y les llamaron al salón para que empezaran su actuación. Allí examinó la multitud de nobles y caballeros que abarrotaban una larga mesa. A la cabecera estaba el anciano señor que, con una sonrisa resplandeciente observaba a su protegido, sentado a su derecha y que era, nada más ni nada menos, Caerlik, también conocido como el Capitán. A su izquierda había una muchacha que lo miraba con cara interesante y admirada. Griselda, recordó su nombre el hechicero. El guerrero no le quitaba los ojos de encima y parecía ajeno a todo lo demás.
Después de realizar sus ilusiones, que fueron muy aplaudidas, el señor les invitó al muchacho-anciano y al Túnica Roja a que sentaran con él a la mesa. El mago rellenito les saludó con familiaridad y se sentó al lado de Caerlik. La doncella cedió su asiento al supuesto archimago y se disculpó diciendo que estaba cansada y que se retiraba a sus aposentos. Raistlin se dio cuenta de que, hasta que salió del salón, el futuro Caballero no le quitó los ojos de encima, así que resolvió mantenerlo vigilado hasta su nombramiento. Sin embargo, el señor empezó a hacerle multitud de preguntas, ya que le asombraba que un mago de tanto poder se dignara en actuar en su humilde castillo. El hechicero le dio respuestas vagas e imprecisas, intentando escabullirse, pero el anciano, al parecer, debía haber tenido algún antepasado kender, puesto que su curiosidad no parecía nunca satisfecha. Entonces se dio cuenta de que a Caerlik no se le veía por ninguna parte. Del Túnica Roja tampoco había rastro.
Se despidió apresuradamente del señor alegando que se le había olvidado quitar un caldero del fuego y que, posiblemente, su laboratorio estaría a punto de estallar y que sus vecinos nunca se lo perdonarían. Salió del salón y agarró al primero que encontró en el pasillo, precisamente, el criado pesado que le empujara.
- ¿Has visto a Sir Caerlik o al Túnica Roja gordito?
- Vi al mago, señor -balbuceó el hombre-. Se dirigía hacia el ala este del castillo.
- Y ¿qué hay allí?
- Los aposentos de mi señor y su familia. ¿Por qué lo preguntáis, señor?
Raistlin no se molestó en contestar y corrió hacia al ala este. Cuando hubo llegado allí se detuvo durante unos instantes para concentrarse en deshacer los conjuros que transformaban su apariencia. Oyó un grito ahogado dentro de una de las alcobas y entró sin molestarse en llamar. En el suelo yacía, sangrando, el Túnica Roja, pero no parecía estar demasiado grave ni había perdido el conocimiento.
- ¡Ha saltado por la ventana! -le indicó al muchacho-. ¡Se lleva a Lady Griselda!
La ventana había sido hecha pedazos. Se acercó al alféizar y se asomó. Una figura se internó en los árboles que había frente al castillo. ¡Ah, no! , se dijo el muchacho. ¡No se saldrá con la suya! Susurró una palabra y, cuando el grifo cristalino brilló, se dejó caer. Aterrizó en suelo fuera del castillo flotando suavemente como si fuera una pluma. En cuanto sus pies se posaron en tierra firme empezó a correr con todas sus fuerzas tras el guerrero y su víctima, introduciéndose en el bosque. Corriendo casi a ciegas, guiado solamente por los gritos de la muchacha el mago hizo caso omiso de las punzadas que empezaba a sentir en el costado y de su respiración agitada. Entonces, cuando pensaba que ya no podría más, salió repentinamente a un claro. En medio de éste había un círculo perfecto formado por monolitos negros y rojos y Caerlik arrastraba a la muchacha hacia su interior. Raistlin se dispuso a seguirlos con un conjuro ofensivo en los labios por si el guerrero no entraba en razones, pero vio algo que lo dejó sin aliento y le hizo olvidar por completo a los dos forcejeantes jóvenes.
Sobre los monolitos se materializó una figura femenina vestida con unos paños vaporosos que ocultaban poco y resaltaban mucho las sinuosas curvas de su cuerpo. El muchacho siempre había creído que su madre era la mujer más bella del mundo, cosa que no andaba muy lejos de la verdad, pero al compararla con aquella fémina, parecía mediocre y anodina. La mujer le sonrió y él creyó que su corazón iba a escapársele por la boca abierta de par en par. No obstante, repentinamente, fue consciente de la maldad que exudaba y luchó con denuedo contra el deseo que amenazaba con apoderarse por completo de él. Sabedor de la naturaleza de aquella criatura pudo calmarse y enfrentarse a ella fríamente. La miró con un remedo de sonrisa burlona en los labios.
- Takhisis, diosa del Mal... -murmuró.
Por fin has venido, joven hechicero, susurró una voz insinuante en su mente, para unirte a las filas de mis seguidores.
- ¡Ni hablar! He venido aquí para detener a Caerlik e impedir que obligue a casarse con él a su prima.
¿De veras?, preguntó ella burlona. Entonces deberás hacer una elección. Sus hermosos ojos se desviaron hacia los árboles y el joven pudo ver, medio escondido tras uno de ellos, a un anciano encorvado de larga barba blanca, vestido con una túnica color gris sucio y con un andrajoso sombrero picudo de ala ancha encasquetado en la cabeza... Tal como él había imaginado que sería. Raistlin palideció. Conocía a aquel hombre. Su abuelo le había descrito multitud de veces la apariencia de Fizban el Fabuloso, el desastroso avatar de Paladine, dios del Bien. Sus ojos azules lo observaron con una tristeza inmensa, que no parecía tener fin.
Haciendo caso omiso de aquellos dos seres, se dirigió hacia el guerrero.
- ¡Caerlik! -Éste se volvió y lo miró sorprendido pero no soltó a la muchacha.
- Tú eres... -Sus ojos se abrieron de par en par-. ¡Raistlin! ¿Cómo es posible que estés aquí?
El hechicero se encogió de hombros, ya que ni él mismo lo sabía.
- No puedes hacer lo que planeas.
- ¿Ah, no? -replicó él con una sonrisa burlona.
- No puedes casarte con tu prima, que, por añadidura, es tu hermana adoptiva -objetó él-. Y menos aún si ella no quiere.
- Da igual lo que ella quiera... Ese gordinflón le ha llenado la cabeza con mentiras.
- ¡Un Caballero nunca haría eso!
¿Y quién quiere ser caballero, intervino Takhisis, cuando con el poder que yo concedo se puede poseer todo lo que uno desea? Ambos se volvieron hacia ella, el guerrero contemplándola enajenado.
- Es cierto... -murmuró.
- Pero ser un Caballero era tu sueño desde niño -protestó el muchacho-. ¿No lo recuerdas?
- ¿Y qué puede proporcionarme la Orden, eh? -estalló el otro-. Ella -señaló la figura femenina- me ofrece todo cuanto quiera... incluida a Griselda. Ella al menos está aquí. A nadie más parece interesarle de que lado esté.
- ¿Acaso no ves...? -empezó a decir el hechicero, pero la voz de la diosa en su cabeza le interrumpió.
Sólo tú puedes verlo, susurró. Sin embargo, si le indicas donde está, él también podrá... Aunque tú habrás hecho la elección, concluyó burlonamente. Entonces Raistlin comprendió que si trataba de convencer a Caerlik de que volviera con los Caballeros, de que volviera a la senda del Bien, él mismo debería convertirse en un Túnica Blanca. La expresión de Fizban confirmó sus sospechas. Pero él no quería seguir ese camino...
Te queda otra elección, ronroneó la voz femenina, elige el bando de los ganadores y toma la Túnica Negra. Bajo mis auspicios conseguirás un poder sin límites.
- ¡A mí el poder nunca me ha interesado! -le espetó con una mueca burlona y era cierto pues nunca había tenido esa clase de ambiciones.
No obstante, posees una gran ansia de conocimientos, replicó ella. Yo puedo proporcionártelos, bajo mi estandarte tendrás al alcance de la mano los misterios más insondables del universo. Podrás saberlo todo. La belleza y poder que emanaban de aquel ser amenazaba con derrumbar su resolución. Sus promesas eran más que tentadoras, pero no se dio por vencido.
- Los conocimientos que me ofreces, al igual que el poder, son falsos -declaró-. Tú no das nada gratuitamente, sólo te interesa tener esclavos que te sirvan para extender tu poder por el mundo.
"Prometes mucho, pero, en realidad, das muy poco a cambio de la libertad y el alma, que es lo que les arrebatas a los que se ponen bajo tu mandato. Yo soy y siempre seré libre y podré ser capaz de decidir por mí mismo mis acciones. Dices que me proporcionarás todo el saber, que podré conocerlo todo, pero eso es mentira, porque ni siquiera tú, siendo una diosa como eres, lo sabes todo. Eres una mentirosa y no caeré en tu trampa de falsas promesas."
Eres un chico muy inteligente, admitió ella, pero acabarás siendo mío... como lo acabó siendo tu abuelo.
El hechicero no pudo evitar reír y mirarla con una expresión de lástima visiblemente fingida.
- ¡Uh, uh! Escogiste un mal ejemplo. -Sonrió socarronamente mientras negaba con un dedo-. Mi abuelo no está a tu servicio precisamente. Es más, si no estoy mal informado, ocasionó tu caída en más de una ocasión... ¡No lo controlas ni a él ni a su destino! -Se puso serio repentinamente y añadió-: ¡Ni a mí tampoco!
Ya caerás, descuida, insistió encogiéndose de hombros, luego volvió a sonreír pérfidamente. De todas maneras, tan libre como eres, estás atado de pies y manos. Debes hacer una elección o mantenerte al margen.
Se mordió el labio sin saber qué hacer. Tanto como si intentaba llevarle hacia un bando como hacia otro estaría traicionando su ética de neutralidad. Sin embargo... ¡Claro, ya lo tenía! Una lucecilla se encendió en las profundidades de su mente. Sí que podía hacer algo: decirle la verdad.
Se acercó presuroso al joven y le gritó:
- ¿Acaso no ves que te está engañando? ¿No ves que serás su esclavo y que te negará el derecho al libre albedrío?
- ¿Y con los Caballeros sí lo tendré? -contestó con una mueca de desprecio.
- Los Caballeros no tienen nada que ver con esto...
- Mira, no me importa seguir órdenes si con ello soy más poderoso. En realidad, es lo que he hecho durante toda mi vida, recibir órdenes y, encima, a cambio de nada.
- Pero no comprendes...
- ¡Eres tú quien no comprende! -vociferó-. ¡Por una vez en la vida tengo la oportunidad de ser alguien realmente importante, de estar por encima de los demás, no por debajo y no voy a desaprovecharla!
- ¿Y qué diría tu padre? -le espetó al borde de la desesperación.
La risa maléfica de la diosa los rodeó en aquel instante y otra figura salió del bosque. Iba vestida con pesados ropajes negros y una máscara en forma de calavera de cabra le cubría el rostro.
- ¿Qué diría su padre? -dijo y se llevó las manos a la máscara para desembarazarse de ella dejando al descubierto una cara familiar pero, al mismo tiempo, cambiada por la expresión de malignidad que había plasmada en sus rasgos-. Pues que me parece muy bien.
- ¡Padre! -El guerrero miró sorprendido como éste se situaba en el centro del círculo de monolitos. La doncella, que había dejado de forcejear, renovó con denuedo sus esfuerzos por liberarse al verlo.
- Le diría que sólo a través de la senda de la oscuridad conseguirá llegar hasta el auténtico poder -continuó mirando desdeñosamente al Túnica Roja-. Que sólo mediante el Mal podrá, incluso, alcanzar la inmortalidad.
- ¡No le hagas caso! -gritó Raistlin- ¡Su alma pertenece a Takhisis y hará y dirá sólo lo que ella quiera! ¡Son sus palabras las que oyes aunque salgan por la boca de tu padre!
Caerlik se volvió hacia él y le indicó que no se le acercara.
- Ya he hecho mi elección y nada de lo que digas me hará cambiar de opinión -le anunció y se dirigió hacia donde estaba su padre arrastrando a la chica, que chillaba y se retorcía bajo su presa de hierro.
Raistlin sintió como lágrimas de rabia e impotencia se agolpaban en sus ojos y quiso gritarle que era un estúpido idiota, quiso arrojarse sobre él, hacerle entrar en razón aunque fuera a golpes. Al alzar la cabeza vio como una forma fantasmal se materializaba por encima de todos ellos. Tenía forma de libro abierto... Agachó la cabeza, derrotado, y dejó que las lágrimas corrieran libremente por sus mejillas al observar como el hijo se reunía con el padre y se cerraba el pacto con el Mal. Oyó la risa maliciosa de la diosa y pudo atisbar por el rabillo del ojo como el anciano asentía mirándolo.


- ¡Ayúdanos!
Griselda, la muchacha, se aferraba a su brazo como si fuera su tabla de salvación. Volvía a estar delante del puente levadizo del castillo. El Capitán -Caerlik- empuñaba en sus manos el hacha ensangrentada con la que había dado muerte a su antiguo amigo y, ahora también, a su anciano protector, que acababa de expirar.
- Él no puede hacer nada -dijo con una risa cruel-. Está aquí en calidad de historiador, por lo que sólo puede observar y escribir.
El muchacho lo miró con odio y desprecio. ¡Miserable bastardo! Había puesto todo su esfuerzo en hacerle ver que escogía el camino equivocado y no le había escuchado ni tan siquiera, le había salvado la vida y él, a cambio, había jugado con su deber y sus creencias, se había burlado de él. Quizás su deber como historiador le impidiera intervenir en los eventos que presenciaba, pero cualquier fiel de la Neutralidad tenía una misión mucho más sagrada: preservar la libertad de elección de todos los seres del mundo. Al obligar a Griselda a casarse con él la estaba privando de su libre albedrío y, además, era inmoral.
Cogió a la doncella y la resguardó tras su cuerpo mientras efectuaba un conjuro sobre sí mismo que haría que ningún golpe físico pudiera dañarle... al menos durante un rato. Caerlik lo miró con expresión burlona y una ceja enarcada.
- ¿Qué estás haciendo, sacerdote?
- He de decirte que lo que pretendes es inmoral y no puedo permitirlo -replicó con una sonrisa cínica.
- No puedes intervenir -Agarró con fuerza el mango de su hacha-. Te contraté sólo como historiador.
- ¿Acaso crees que puedo dividirme en dos, que puedo dejar de ser mago durante un rato? -preguntó con sorna-. Además, has jugado conmigo como si fuera una marioneta y eso no puedo consentirlo. -Estrechó los ojos y lo miró furiosamente-. Ahora entiendo cómo me conocías.
El guerrero dio un paso hacia ellos. No obstante, el muchacho no se mostró nada intimidado... al menos no exteriormente.
- Puedes considerar mi contrato anulado -concluyó.
Rugiendo de rabia, Caerlik le asestó un hachazo, que el hechicero lo paró con un brazo. Se escuchó el sonido de entrechocar acero contra piedra. El guerrero lo intentó una vez más pero no pudo herirlo, entonces retrocedió y ordenó a sus hombres que les dispararan con los arcos. Sabiendo que las flechas acabarían con su conjuro y que entonces estaría a merced del hacha del Capitán, invocó un campo de fuerza que los proyectiles no podrían atravesar, a pesar de que tampoco duraría mucho. Se agachó hacia Griselda, que se agarraba a sus piernas aterrorizada.
- Debemos marcharnos de aquí -le susurró-, porqué Caerlik es capaz de acabar con nosotros. Cuando veas que acabo de transformarme sube encima de mí, ¿de acuerdo? -Ella asintió, más serena. Entonces se concentró en la figura de cristal que coronaba su vara y gravó en su mente hasta los más nimios detalles. Llamó una vez más al poder de su magia y su cuerpo empezó a cambiar. Sus ropas y su equipo se fundieron con su piel, que se volvió gruesa y peluda en algunas partes y, en otras, se transformó en plumas. Sus brazos se retorcieron para transformarse en unas garras de ave de presa, mientras sus piernas se acortaban y fortalecían para cambiar en patas de felino. Del extremo de su espina dorsal creció una cola leonina. Su nariz se alargó y endureció, convirtiéndose en un fuerte pico y el resto de su cabeza adquirió unos rasgos aguileños, con plumas incluidas. Un par de alas surgieron de ambos costados. Se había transformado en un grifo, mitad león, mitad águila.
La muchacha se subió de un salto a su lomo y él se dio impulso para alzarse en el aire. Caerlik gritó de rabia jurando que algún día lo mataría. Desde las alturas, Raistlin lanzó un agudo grito, la risa de los grifos, y puso rumbo hacia la Torre del Sumo Sacerdote, donde dejaría a Griselda bajo la custodia de los Caballeros de Solamnia. ¡Que se atreviera a ir allí a buscarla!
Con el dulce sabor de la venganza en sus labios -ahora pico- Raistlin resolvió en volver a casa después de pasar por la Torre. ¡Después de todo no había resultado una aventura tan aburrida como él pensó que sería!
34


39




24