Capítulo 5: Sueños de Oscuridad. El Alædrin.
El Túnica Negra elfo caminaba animosamente por el sendero sin que las tinieblas que lo rodeaban le impidieran, al parecer, distinguir su camino. Entre las oscuras nubes de tormenta, que ocultaban el cielo, el sol y las lunas como un pesado manto, rayos empezaron a relampaguear, iluminando brevemente a la enlutada figura. El elfo llegó al final del camino, donde le esperaba una figura baja y rechoncha envuelta en ropajes marrones oscuros. Tampoco parecía mostrarse inquieto por la escasa iluminación.
El enano extendió una mano ansiosa y pálida hacia el hechicero y éste sacó de uno de sus bolsillos ocultos un medallón que relucía con luz propia. Un relámpago brilló, el trueno retumbó poco segundos después sin que la pareja se inmutara. El elfo, cogiendo el colgante por la cadena de la que pendía, lo posó sobre las palmas de las manos abiertas del enano, que lo alzó hacia el encapotado cielo en actitud reverente y triunfante.
El rayo volvió a descargar iluminando los rasgos desencajados y dementes del enano. En sus enormes ojos lechosos relucía una chispa de enajenación que hacía que su pálido rostro pareciera más horrible aún de lo que ya debía ser en realidad. Una ventisca cobró vida alrededor de los dos hombres haciendo que sus capas ondearan enloquecidamente y el cabello les cubriera las caras.
El enano abrió la boca y aulló algo, pero ningún sonido salió de su garganta. Ambos sonrieron al ver como el suelo se removía desde su interior, como unas garras se abrían paso hacia la superficie del mundo. Los muertos volvían a la vida para formar un ejército sumiso a sus amos, pero mortífero para sus enemigos.
Raistlin se despertó sudoroso y jadeante en su lecho de campaña. Todavía faltaban un par de horas para que amaneciera, pero no logró conciliar el sueño de nuevo, aquella extraña pesadilla lo había desvelado. Sin embargo, sabía que no había sido una pesadilla corriente, sino que estaba relacionada con su búsqueda del Alaedrin. Quizá lo que había leído sobre él en la biblioteca era lo que le había causado el mal sueño, pero... No, en el fondo sabía que había sido uno de aquellos sueños místicos que tenía de vez en cuando. ¿Por qué no los sueñan Icon u otro de mis compañeros?, pensó de mal humor. Ser clérigo también tenía su precio.
Desperezándose, se levantó para hacer compañía a Icon, que estaba montando guardia, repasando mentalmente la información que obtuviera sobre el objeto de su búsqueda. El Alaedrin había sido creado por un poderoso mago Túnica Negra, un elfo oscuro, para el patriarca del culto de Chemosh, dios de los muertos vivientes, de los enanos oscuros. Sólo alguno de su rango podría utilizarlo para alzar de sus tumbas a cientos de seres no vivos. Aquello significaría una gran amenaza para los que no estuvieran en el bando del amo del Alaedrin.
— Una mala noche, ¿verdad? —le dijo el caballero cuando el mago llegó a su altura. Éste asintió pesadamente—. Al menos espero que haya algo de diversión en la torre donde dices que está el cacharro ese.
El hechicero deseaba fervientemente todo lo contrario. Según unos escritos, la última vez que se oyera hablar del Alaedrin estaba en posesión de un tal Krayl, que vivía en una torre no muy lejos de allí. Pero de eso hacía ya un par de siglos.
Ambos muchachos permanecieron sentados en silencio hasta que llegó el amanecer, el cual reconocieron por el incremento de luminosidad, no por la aparición del sol, el cual estaba oculto por unas feas nubes negras. Icon maldijo entre dientes, aquel iba a ser un mal día para ir de aventura. El sol espantaba a muchas criaturas desagradables, sin embargo, estaba claro que aquel día ni siquiera lo verían.
A eso de media tarde los compañeros decidieron tomarse un descanso, puesto que todos estaban muy cansados de la acción de la noche anterior. No llevaban ni cinco minutos sentados cuando el medallón de Raistlin empezó a vibrar y los instintos de los guerreros les dijeron que no se hallaban solos.
Silenciosos como una tumba, media docena de embozados hombrecillos bajitos pero recios se acercaron a los acampados enarbolando hachas de batalla y, sin mediar palabra, les atacaron con saña. La ferocidad de aquellos seres sorprendió a más de uno de los compañeros, que pronto se vieron en dificultades para defender sus vidas. Entonces empezaron a actuar los magos y el número de hombrecillos fue disminuyendo rápidamente, sin embargo, cuando ya creían tener la victoria al alcance de la mano, una columna de fuego brotó del suelo a sus pies, dejándolos malheridos.
— ¡Tienen un clérigo! —gimió el hechicero-sacerdote, buscando con la mirada dónde podría estar escondido el artero individuo.
Icon divisó un leve movimiento entre unos arbustos, señaló el lugar y corrió hacia allí.
— ¡Está preparando otro conjuro!
Rezando para ser más rápido que su oponente, Raistlin invocó un globo de oscuridad delante de éste con la esperanza de que si no podía verles, tampoco podría lanzarles ningún hechizo. El caballero se sumergió en la oscuridad con un grito de sorpresa, pero no se detuvo e intentó alcanzar al clérigo a ciegas. Pero no lo encontraba por ninguna parte.
El resto de los hombrecillos, al verse tan abrumadoramente superados, intentaron retirarse, no obstante, lo único que consiguieron fue recibir en la espalda los proyectiles de energía mágicos de las dos Túnicas Negras. Al ver inertes a sus enemigos, ambas corrieron a registrarlos descubriendo que eran unos espantosos enanos de ojos saltones como los de las ranas y piel amarillenta, casi blanca y que no cargaban con tesoro alguno.
Icon gritó frustrado saliendo del globo de oscuridad. El clérigo había escapado.
— Theiwar. — Daggerbody escupió a uno de los cadáveres—. Deben estar buscando lo mismo que nosotros, ese medallón Alaedrin.
— Quizás creían que ya teníamos el medallón —sugirió su compañera.
— Si los theiwar están buscando el Alaedrin debemos darnos prisa —dijo Raistlin—. Ese artefacto no debe caer en sus manos, les daría un poder inimaginable.
— ¿Creéis que volverán a atacarnos? —El caballero estaba deseoso de saldar cuentas con el clérigo enano. El hechicero se encogió de hombros.
— Que vengan si se atreven —comentó Borak—. ¡Los aplastaremos como a pulgas! —Icon se hizo eco de su entusiasmo por acabar con todas aquellas repulsivas criaturas.
— Ya veremos —masculló el mago y luego añadió—: Mañana.
Confirmando sus cálculos, los compañeros llegaron ante la torre a la mañana siguiente. Era un edificio siniestro de unos tres pisos de alturas, con el tejado coronado por una hilera de gárgolas que los muchachos miraron ominosamente. El jardín, rodeado de un alto muro, estaba plagado de malas hierbas y los cuatro árboles que estaban plantados en las cuatro esquinas hacía mucho tiempo que habían muerto. En medio del jardín hallaron un estanque de aguas sucias que ni tan siquiera se atrevieron a mirar y, frente al estanque, siguiendo un sendero de piedra triturada, estaba la puerta de entrada.
Primero se dedicaron a vagar por el pequeño jardín, no obstante, no encontraron nada de interés hasta que el caballero y las magas decidieron que ya era hora de entrar en la torre. Cuando los dedos de éste rozaron el picaporte de la puerta un susurro estremecido de follaje al ser movido por un fuerte viento sonó a su derecha, a pesar de que ni siquiera una ligera brisa soplaba en el jardín. Entre crujidos y chasquidos, el árbol de la esquina derecha, un enorme roble podrido, sacó sus raíces de su prisión de tierra y, con velocidad sorprendente, azotó a los intrusos con sus gruesas ramas. Icon intentó bloquear al menos un golpe, pero el escudo le fue arrebatado del brazo por la fuerza del impacto de una de las ramas y aterrizó varios metros detrás de él, roto en dos partes. Los otros "brazos" del árbol alcanzaron a su víctima, al tiempo que unos zarcillos verdosos se enrollaban entorno a sus piernas y tiraban de él hacia la monstruosa planta. Tanto Shala como Daggerbody salieron volando, literalmente, al golpearles sendas ramas, por lo que decidieron, muy doloridas, que no se acercarían más de lo necesario, ya atacarían desde lejos mediante sus conjuros.
El minotauro, ansioso de lucha como siempre, se afanó en sacar su gran tizona para cercenar las poderosas ramas con las que el roble les azotaba. Al darse cuenta de que con su espada le hacía muy poco daño, pues por una rama que cortaba dos le salían al paso, el hombre-toro se concentró en intentar liberar a Icon, que estaba siendo asfixiado y aplastado. El árbol tiraba de él, mientras el caballero, con los pies fuertemente plantados en el suelo, apenar podía resistir la presión. Las ramas más pequeñas se colaban en los lugares donde su armadura había sufrido el daño más severo y le producían innumerables arañazos, debilitando al mismo tiempo la protección.
Los hechiceros se distribuyeron formando un triángulo alrededor del roble, pero se abstuvieron de realizar ningún conjuro, pues también dañaría al caballero. Así que esperaron a que Borak lo liberara para, una vez los guerreros estuvieron a una distancia prudencial, atacar al árbol con el enemigo principal de las plantas: el fuego. Dos esferas girantes de fuego pasaron una y otra vez rozando el gran tronco, prendiéndolo, y el roble pareció avanzar hacia ellos agitando furiosamente sus ramas. Se produjo un estallido de fuego entre sus ramas y, esta vez, los compañeros pudieron escuchar un escalofriante gemido. El monstruo de madera ardía por los cuatro costados sin embargo, se resistía a darse por vencido y dio un pesado paso hacia delante, aullando su furia, sediento de la sangre de sus torturadores. No obstante, el fuego lo consumía inexorablemente, alimentándose en su putrefacta madera, hasta que, finalmente, se desplomó agitando sus ramas en un esfuerzo por alcanzar a los intrusos. Una explosión cegadora de fuego y astillas puso fin al monstruo.
Todavía temerosos de que le roble volviera a levantarse para un último ataque, los muchachos se acercaron a la entrada. Al presionar un poco la puerta ésta se abrió revelando una pequeña sala vacía y tres puertas enfrente de él. Tras meditarlo brevemente, eligieron la puerta central, que resultó dar a un pasillo flanqueado por dos puertas más y al final del cual divisaron una escalera de caracol ascendente. En el piso superior hallaron una biblioteca que ocupaba casi toda la planta, exceptuando un pequeño departamento separado de ésta por una cortina y una habitación tras una puerta en la parte oeste. Los hechiceros rebuscaron muy contentos entre las estanterías pero pronto quedaron decepcionados al descubrir que ninguno de los libros era mágico y que se deshacían al contacto, de tan viejos que eran. En el departamento había tres sencillos catres con sendas mesitas de noche, carecían, no obstante, de interés alguno. En la otra alcoba, en cambio, un antiguo tapiz de colores oscuros que colgaba de la pared occidental llamó su interés.
Mediante su magia, Raistlin descubrió que estaba encantado, pero también obtuvo un conocimiento inquietante: la magia que desprendía era fuertemente necromántica. Al ver que tanto Dagger como Shala se adelantaba para tocarlo, les advirtió de su ominosa naturaleza. Pero ellas, acaso creyendo que intentaba engañarlas, se encogieron de hombros y, sonriendo, dijeron que aquel era el campo que dominaban. Así, haciendo caso omiso de los consejos del Túnica Roja, pasaron la mano por la superficie del tejido. Y en cuanto sus dedos contactaron con la tela, sus manos se retorcieron y secaron, tranformándose en dos apéndices inútiles y muertos.
Entretanto Icon había descubierto que no existía ningún acceso hacia el piso superior. El caballero se alarmó a la vista de las extremidades de las magas, pero, al haber escuchado también cómo se les advirtió y ellas no hicieron caso, no hizo comentario alguno al respecto. Que cada cual fuera responsable de sus propios actos, éste era un dicho común entre los aventureros.
— No hay salida hacia arriba —comentó rascándose la incipiente barba—. Tendremos que buscar otra entrada hasta la tercera planta.
— Es raro, ¿verdad? —dijo el hechicero—. No hemos hallado guardián alguno aparte del treant muerto.
— ¿De qué te extrañas? —gruñó Borak—. Poniendo unos cuantos tapices como este repartidos por la torre, la seguridad está asegurada. —Rió de su inintencionado juego de palabras—. Hay idiotas demasiado curiosos en todos los grupos de aventureros —concluyó echando una mirada de reojo a las dos Túnicas Negras que, furiosas por su fiasco, bajaban por las escaleras con la intención de salir cuanto antes de aquel edificio.
Los dos muchachos estaban impresionados. Aquel había sido el discurso más largo e inspirado que dijera el minotauro desde que lo conocieran varias semanas atrás.
Cuando bajaban las escaleras oyeron unos gritos de pánico y un golpe seco, como un portazo. Al llegar al pasillo no pudieron encontrar por ninguna parte a las hechiceras. Borak empezó a husmear en busca de sus rastros. Los hombres-toros tienen un olfato muy fino. Sin embargo, lo que encontró no fue el rastro de las dos chicas, sino una trampilla en el suelo, justo en el centro del pasillo. Por algún motivo sólo conocido por los dioses no se había abierto la primera vez que pasaran por allí, pero ya sabían lo que les había sucedido a ambas magas.
— Aquí hay unas escaleras que van hacia abajo —dijo Icon, que había abierto la puerta de la izquierda.
Algo intrigados por el destino de las dos mujeres, los tres compañeros bajaron cautelosamente los resbaladizos escalones. Allí el ambiente era húmedo y un leve tufo a putrefacción flotaba en el aire. Se encontraron en un sótano, que resultó ser los calabozos. En el lado opuesto a la escalera había cuatro puertas de metal cerradas por fuera con unas barras. En el centro había un pozo enrejado. Desde allí salieron unos gritos imperiosos que les ordenaban que les sacaran de aquel agujero.
— No parecen estar heridas —gruñó con una mueca Raistlin—. Si no, no chillarían tanto y tan fuerte.
Tras un breve forcejeo con la reja, los muchachos sacaron a las magas de una especie de pozo. Ellas, agradecidas como eran, los apartaron con gesto despectivo. Los muchachos hicieron entonces un extraordinario descubrimiento: volvían a tener las manos en buenas condiciones, aunque de color negro.
— ¡Mirad, incrédulos! ¡Gozamos del favor de Nuitari. ¡Él nos ha devuelto las manos! —exclamó Dagger moviendo la negra extremidad delante de las narices de los muchachos—. Él nunca permitiría que sus más fieles sirvientas no pudieran lanzar conjuros.
Las celdas estaban vacías, excepto una, en la cual había encadenado una criatura que en algún tiempo remoto pudo haber sido humano, aunque ahora era un ser putrefacto y maloliente que luchó por liberarse y atacar a los intrusos. Por supuesto ellos no le dieron la oportunidad de hacerlo.
— Me pregunto qué habrán dado a cambio de sus manos—murmuró Raistlin al oído del caballero una vez seguros de que no había otras criaturas como la que acababan de eliminar—. Nuitari no da nada gratuito, ni siquiera a los que le adoran.
— ¿Sus almas? —A ambos les traía sin cuidado si habían realizado tan abominable pacto con un dios de la oscuridad. El caballero adoptó una actitud pensativa—. Hay algo a lo que le estoy dando vueltas una y otra vez.
— ¿Sí?
— ¿No es Nuitari un dios masculino?
Después de una exhaustiva exploración, corroboraron que desde el interior de la torre no existía acceso alguno que llevara al piso superior, por lo que salieron al jardín y pensaron en la mejor forma de subir. Icon enganchó su cuerda a una de las gárgolas del tejado. Todos dejaron de respirar durante un instante, esperando a que la estatua cobrara vida y les atacara, pero aquello no sucedió y los compañeros suspiraron aliviados. Una vez asegurada la cuerda, el caballero fue el primero en trepar, seguido de Borak, el mago y, finalmente, las dos hechiceras, que, aunque ya estaban escarmentadas con aquella maldita torre, tampoco tenían deseo alguno de quedarse solas en el tétrico jardín.
Al trepar se dieron cuenta de que antes de llegar a la azotea había una gran puerta en la pared que antes no habían visto. Sobre su superficie había gravados tres símbolos rúnicos, por lo que se abstuvieron de tocarla. Los magos estuvieron de acuerdo en que ninguno de ellos tendría el poder suficiente para anularlos. Entonces Raistlin sacó un pergamino.
— Puedo crear un campo antimagia a mi alrededor —dijo, ceñudo—. Pero sólo estoy dispuesto a hacerlo si me protegéis, puesto que me dejaría prácticamente indefenso ante cualquier ataque físico.
— Tranquilo, Junior —replicó el caballero muy sonriente—, nosotros te cubriremos. ¿Eh que sí, Borak? —El minotauro asintió presuroso.
Confiando en sus compañeros, el hechicero leyó el pergamino y abrió la puerta. Las runas no se activaron al quedar anuladas por la antimagia. Llegaron a una antesala como la de la entrada, con tres puertas y, como antes, eligieron la del centro, tras la cual había el correspondiente pasillo, esta vez sin puertas laterales. Al final del pasillo abrieron una última puerta sigilosamente, temerosos de lo que podían encontrar detrás. Era una sala tenuemente iluminada, con un sarcófago en el extremo occidental, frente a la puerta. Dos armaduras completas flanqueaban el ataúd. Los compañeros las miraron con desconfianza mientras se acercaban al sarcófago y, para su desmayo, cuando ya se hallaba a su altura, un gemido provino de una de ellas, la de la derecha, y una figura espectral salió de entre las rendijas del yelmo para materializarse, observándoles unos instantes con el insustancial rostro retorcido por el odio.
Las dos Túnicas Negras salieron corriendo por donde habían entrado.
— ¡Acercaos a mí! —jadeó tembloroso Raistlin—. No podrá hacernos nada dentro del campo de antimagia.
Los guerreros se apresuraron a apretujarse contra el mago mientras lo cubrían del fantasma, que se acercaba lenta pero resueltamente.
— ¿Cuánto durará la protección? —inquirió el minotauro bajando la vista hacia el suelo. Mirar a un fantasma era tan aterrador que uno podía envejecer en el instante.
El hechicero tragó saliva con dificultad.
— No lo sé con seguridad. Los pergaminos de protección no tienen una duración delimitada totalmente.
— ¿Cuánto, más o menos? —repitió con un gruñido el caballero.
— Puede disiparse tanto dentro de un instante como a la media hora.
— Pues estamos listos.
El fantasma se paró delante de ellos, impedido su avance por una barrera invisible.
— Él no puede tocarnos, pero nosotros tampoco podemos hacerle nada. La magia de nuestras armas también habrá quedado anulada dentro del campo antimagia y si esperamos a que la magia se disipe estaremos a su merced —rezongó el minotauro.
El rostro del joven mago-sacerdote se iluminó.
— Si las sacáis del campo de protección no se verán afectados. Sacadlas lo imprescindible. ¡Deprisa, antes de que se termine el conjuro y pueda alcanzarnos!
Y así lo hicieron, aunque tuvieron alguna que otra dificultad pues, a pesar de la protección, no se atrevían a mirar directamente al ser espectral por miedo a envejecer del susto. Cuando el fantasma desapareció, todos suspiraron aliviados. Raistlin se secó el sudor de la frente con la manga de la túnica, un poco tembloroso. Justo a tiempo, el campo antimagia acababa de desaparecer.
Las hechiceras regresaron al desaparecer la amenaza del fantasma. Desde luego, ellas no estaban dispuestas a envejecer por la causa de un Túnica Roja tontorrón.
Después de examinar la otra armadura, por si había otro fantasma oculto, se apresuraron a abrir la tapa del sarcófago. Dentro del ataúd yacía un hombre de rostro pálido vestido con ricos atuendos bastante anticuados. Una estaca sobresalía de su pecho, justo sobre el corazón. De su cuello colgaba un medallón con runas y símbolos oscuros, el Alaedrin. Parecía estar muerto, pero los compañeros estaban seguros de que no era así. La palabra "vampiro" les vino a todos a la mente.
— ¿Qué hacemos ahora?
— Quitarle el medallón —replicó secamente el hechicero.
— Pues quítaselo tú —le espetó la semielfa mirando el cuerpo temerosamente. Aquello era mucho peor que un fantasma.
— ¿Y si le quitamos la estaca? —sugirió Icon.
— ¡Se levantará y nos matará a todos! —gritó Shala—. ¿Es que no tienes sesos dentro de esa cabeza tuya?
— Si se levanta lo matamos y ya está —gruñó el caballero encarándose a la maga—. Así de fácil.
— Como se nota que no has visto nunca antes un vampiro.
— ¿Y tú sí?
— Debemos coger el medallón —repitió Raistlin retorciendo las manos nerviosamente, ansiando agarrar el preciado artefacto que estaba a su alcance, pero sin atreverse a tocarlo por miedo a liberar al vampiro.
— ¿Y el tesoro, dónde está? —inquirió Borak—. Yo no me voy de aquí sin mi parte del tesoro, después de todo lo que hemos pasado.
— Eso, ¿dónde está? —coreó Dagger.
— ¡Y yo qué sé! ¿Qué vamos a hacer?
— ¡Acabar con todo esto de una vez! —gritó Icon furibundo. Ante la mirada aterrada de sus compañeros, girándose hacia el ataúd agarró la estaca con su mano izquierda y, preparando un golpe con la espada que sujetaba en la diestra, tiró de ella. El vampiro no se levantó, se convirtió en polvo que fue arrastrado por la corriente de aire que entraba por las puertas abiertas de par en par.
El hechicero corrió a coger el medallón y lo apretó con ansia contra su pecho. ¡Por fin!
— Mirad en el fondo del ataúd —señaló Borak—. Hay tres plafones con runas insertados en el fondo de piedra. ¡Deben abrir la cámara del tesoro! —añadió con ojos brillantes.
— Pues yo no pienso tocarlos —murmuró Shala mirándolos cautelosamente.
— ¿Tú que nos recomiendas que hagamos, Junior? —preguntó Icon al hechicero, que ya estaba intentando averiguar si desprendían magia.
— Eh, bueno, dos de ellos brillan con hechizos de alteración y evocación respectivamente, en el otro no detecto magia alguna.
— Así que tocarías el último, ¿no?
— Euh... Sí, creo que sí —balbuceó, inseguro. En realidad él no estaría dispuesto a tocar ninguno, pero si fuera necesario esa sería su elección.
— Muy bien —dijo el caballero alargando la mano confiadamente hacia la runa.
En cuanto sus dedos la rozaron, el cuerpo de Icon cayó al suelo y allí se quedó, inmóvil.
— Uups —Raistlin no podía encontrarle el pulso en el cuello.
— Está frito —comentó el minotauro mirando fríamente al muchacho.
El joven hechicero enrojeció avergonzado mientras el hombre-toro meditaba cual tocaría.
— Yo hubiera tocado esa —rezongó Raistlin—. No es culpa mía que hubiera sobre ella magia de no-detección. ¿Cómo podía saberlo? No es culpa mía, yo sólo le di mi opinión, nada más.
— Voy a tocar la primera —anunció Borak, desestimando el comentario de su compañero—. Tenemos que abrir la cámara del tesoro y largarnos de aquí de una maldita vez.
Al presionar el plafón oyeron un "banf". El minotauro ya no estaba con ellos un segundo después.
— ¿Qué...? —Las magas miraron atónitas el lugar en el que segundos antes había estado el cornudo guerrero-mago. Mediante su magia y el poder concedido por su dios, Raistlin averiguó el paradero del minotauro.
— Ha sido transportado al plano Astral —explicó a sus compañeras—. Pero creo que puedo sacarlo de allí, mediante...
— Tú haz lo que te venga en gana —le cortó Daggerbody—, que nosotras encontraremos el tesoro. Y nos quedaremos con él, añadió para sus adentros.
El mago se encogió de hombros y llamó en su auxilio al poder divino de Gilean. Un diminuto rectángulo oscuro se formó en el aire, delante de él, que fue agrandándose hasta formar una especie de ventana a través del cual se veía el extraño y alieno plano Astral.
Dagger tocó ansiosamente la última runa y una enorme columna de fuego brotó a sus pies. Raistlin casi perdió la concentración del susto pero, diciéndose a sí mismo que no merecía la pena preocuparse por ciertos casos perdidos, intentó localizar rápidamente al minotauro. No deseaba tener que vérselas con algún nativo de aquel plano. Por fin lo encontró flotando desvalidamente en medio de nada y el muchacho le hizo señas para que se acercara a la ventana. Moviéndose como si nadara, Borak se aproximó a la apertura entre planos e intentó impulsarse para cruzarla, pero se quedó atascado. Al divisar una sombra que se acercaba por detrás del minotauro, el hechicero lo agarró por los cuernos y tiró con todas sus fuerzas, que, desgraciadamente, no eran muchas. Pero, con el esfuerzo combinado de ambos, el hombre-toro logró cruzar la ventana y el mago se apresuró a cerrarla.
Borak lo miró algo ofendido por haberlo cogido de la cornamenta, pero, como probablemente le había salvado la vida, dejó estar el asunto. Entonces percibió el movimiento de una figura toda retorcida y quemada. Al parecer, una de las magas había logrado sobrevivir al fuego.
— Malditos inútiles, ayudadme de una vez —gimió la inconfundible voz de la semielfa. El hechicero la ayudó a incorporarse al tiempo que examinaba las quemaduras.
¡Que mala suerte!, refunfuñó para sí mismo el muchacho. Si el fuego la hubiera quemado un poquito más, Daggerbody estaría a estas horas haciéndole compañía a Shala en el Abismo. Y si yo... No, eso iría en contra de mis principios y perdería el favor de Gilean. No merece la pena. Así que, un poco a regañadientes, desechó de su mente la idea de ayudar a la semielfa a que estuviera mucho más cerca de su dios e intentó curarla un poco sin demasiado entusiasmo.
— ¿Y el tesoro? —dijo ella en un susurro ronco. Raistlin se quedó estupefacto. Aun estando agonizante, la avaricia de la Túnica Negra concentraba todo su interés.
— ¡Vaya porquería es esta! —bramó el minotauro alzando del fondo del sarcófago una espada larga y un escudo—. ¡No hay dinero ni gemas! ¡No hay nada, sólo esta basura!
— Bueno, si no te interesan, a mí sí —dijo una voz familiar a sus espaldas—. Creo que necesito un nuevo escudo.
— ¡Icon! —exclamaron todos al verlo apoyado indolentemente en el dintel de la puerta.
Los ojos de los tres compañeros fueron del lugar donde había caído su compañero, que por cierto, seguía allí, estirado y bien muerto, al muchacho recién llegado. Eran idénticos. La una diferencia entre ellos dos estribaba en que uno de ellos iba ataviado con una armadura completa bastante maltratada y el otro con unos harapos sucios y rasgados. Y por supuesto, uno estaba vivo y el otro muerto.
— Ya era hora de que ese impostor la palmara —comentó calmosamente el guerrero—. Aunque hubiera preferido matarlo yo mismo. Pero, en fin, que se le va a hacer.
— ¿Quién eres tú? —inquirió un atónito Raistlin.
— ¿Quién quieres que sea, Junior, sino Icon Wildwar? Por cierto, me hicisteis una buena jugada al dejarme allá abajo con aquellos malditos elfos negros, aunque, bueno... en realidad no fue culpa vuestra.
— ¿Elfos negros? —Una idea inquietante empezó a rondar la mente del mago—. Explícate.
"Icon Segundo" les narró como, después de caer a una charca en las cavernas de Muerteoscura había perdido el conocimiento. Había sido rescatado por los elfos negros —drows— que lo habían obligado a trabajar cavando en sus minas, pero él había escapado y, sabedor de que un impostor había tomado su apariencia, había seguido sus pasos hasta que, finalmente, había dado con ellos en aquella torre.
Raistlin elaboró una teoría al respecto. En aquel viaje por Muerteoscura, su primera aventura juntos, Icon había caído en un charco de aguas extrañas, pero no había perdido el conocimiento. Entonces este Icon, una especie de clon, había salido de las aguas y había sido hecho esclavo por los drows. Su idea era corroborada por el odio que parecía sentir "Icon Segundo" por el "Falso Icon", o sea, por el verdadero. Los clones odian a la persona de la que fueron creados y viceversa, y no descansan hasta que uno de los dos está muerto, puesto que el clon cree que él es la persona "verdadera". Y si resucitaban a "Icon Primero" se produciría un conflicto entre los dos...
El Icon clónico desvistió a su némesis y se puso sus atavíos. Luego sopesó su nuevo escudo con satisfacción y se lo colgó a la espalda.
— ¿Nos vamos o qué?
Los tres compañeros se miraron los unos a los otros y se encogieron de hombros. Tan malo era tener un Icon con ellos como a otro, los dos eran iguales y harían las mismas estupideces, pues, en realidad, eran la misma persona.
El minotauro cogió los restos de Shala, los metió en un saco y se lo echó al hombro con un gruñido. Él hubiera preferido dejarla allí, pero Dagger había insistido tanto en que debía llevar su cuerpo ante algún clérigo de Takhisis o Chemosh para que la resucitaran que el hombre-toro satisfizo sus deseos tan solo para no oírla quejarse.
El caballero ayudó mientras tanto a caminar a la semielfa, que ya estaba un poco recuperada gracias a la magia curativa del mago-clérigo y a las pociones. Con paso poco inseguro se dirigieron hacia la salida, donde tendrían que bajar por la cuerda. Raistlin se dejó caer y flotó hacia el suelo como si fuera una pluma. La semielfa, en cambio, se agarró a la espalda de Icon y éste bajó prácticamente a pulso.
El último en salir de la torre fue Borak. Con un suspiro de anhelo, el minotauro giró la cabeza hacia la sala vacía antes de agarrar la cuerda. No habían encontrado ni montañas de dinero, ni joyas, ni objetos mágicos... Nada de nada. Sólo una puñetera espada y un escudo. El minotauro bufó y juró por Sargonass, el dios de los hombres-toro, que no volvería a salir a la aventura con aquel grupo de niñatos pardillos.
