Cuando Harry sintió el portazo decidió que era hora de tener una conversación con su amigo. Se acercó a él, que se encontraba junto a uno de los sillones de la Sala Común.
-Ron, esta vez te has pasado un poco, ¿no crees?- preguntó Harry.
-¡Para nada! Lo cierto es que se lo merecía, siempre está igual, creyendo que lo sabe todo y metiéndose en la vida de los demás...
Pero a Ron no le dio tiempo a decir nada más, porque por el retrato de la sala común entraron dos chicos idénticos: los gemelos Weasley.
-¡Vaya! ¿Habéis visto a Hermione esta mañana? Nos la acabamos de cruzar por las escaleras y parece que tenía bastante prisa.
Ron y Harry se miraron, y no dijeron nada.
-Así que otra vez has discutido con ella, ¿verdad, hermanito? ¡No tenéis remedio!-dijo Fred.
-Por cierto, como no os deis prisa os vais a quedar sin desayuno.
-Sí, será mejor que bajemos. Vamos Harry.
Con esto Ron dio por finalizada la discusión, aunque Harry sabía que traería cola. Salieron por el retrato, sin devolverle un "buenos días" a la Señora Gorda, y bajaron por las escaleras. Cuando llegaron a la puerta del comedor prácticamente chocaron con Hermione, que salía de allí con una tostada medio mordisqueada en una mano y los libros en la otra. Ni siquiera paró a saludarles, y continuó su camino hacia la biblioteca.
-Sigo pensando que deberías hablar con ella, Ron -le explicó Harry.
Sin embargo, Ron no le hizo caso, y entraron al comedor para tomar su desayuno.
Se sentaron en la mesa de su sala común, y devoraron todo lo que encontraron: unas tostadas, leche con cereales y un delicioso zumo de calabaza. Casi no les dio tiempo a disfrutar de la comida, y es que apenas quedaba gente en el comedor. Estaba a punto de comenzar la clase de apoyo de Adivinación, y si no se daban prisa llegarían tarde.
Así que salieron del comedor, y subieron las escaleras para llegar a la torre donde impartía clases la profesora Trelawney. Tenían dos horas por delante de auténtico aburrimiento. Intentaron pasar la mañana de la mejor de las maneras, se intentaban divertir haciendo bromas y chistes, pero en una ocasión Harry casi se queda dormido con el olor a incienso. Por suerte tenía a su lado a Ron para darle un codazo y sacarle así de su ensimismamiento. Por un momento pensó que alguien podría estar mirándole, pero no; apenas estaban la mitad de la clase, y eso se notaba. No estaban Parvati y Lavender cuchicheando constantemente sobre horóscopos, cartas astrales, y hojas de té. Pero la que sí que seguía como siempre era la Profesora Trelawney. Con esas enormes gafas, y ese aspecto descuidado, volvió a anunciar por enésima vez desde septiembre la mala suerte de Harry y predijo, de nuevo, que tenía todas las papeletas para morir aquella misma noche. Las buenas noticias llegaron al final de la clase, cuando la profesora McGonagall entró en el aula repentinamente. Tenía el mismo aspecto de siempre, excepto el rostro, que estaba un poco pálido.
-Traigo malas noticias para todos los que estáis disfrutando de estas clases de apoyo. Como sabéis ahora deberíais tener la clase de Herbología, pero debido al frío y el mal tiempo se ha cancelado. Así que os recomiendo que aprovechéis el tiempo libre para ir estudiando todo lo que estáis repasando en las clases de apoyo. Recordad que los TIMOS están a la vuelta de la esquina, y que necesitareis buenas notas para estudiar aquello que os guste. Eso es todo profesora Trelawney, puede finalizar ya con su clase.
Y así lo hizo, y de qué forma... les mandó hacer un horóscopo personalizado para toda la semana. Y eso que al día siguiente no tendrían clases, ya que era Navidad. De todas formas Harry y Ron no se deprimieron, ni mucho menos, aprovecharon el tiempo libre para descansar en la sala común de Gryffindor. Estaba estupendamente adornada con un árbol de Navidad. Debía llevar poco tiempo allí, ya que a primera hora no estaba. Y no sólo el árbol, sino que toda la habitación había sido adornada al detalle: bolas, espumillones mágicos, y guirnaldas que cambiaban de colores decoraban las paredes. Era sin duda el mejor sitio en el que se podía estar, ya que la chimenea ayudaba a no pensar en el frío de las mazmorras. Allí se encontraron con Fred y George, que estaban en un rincón oscuro, tumbados boca-abajo en el suelo, y cuchicheando mientras miraban unos papeles.
