Hola! Aquí llega la segunda parte. Quiero contarles que el fic tiene 25 capítulos. Este es el 14, así que hagan la cuenta ;) jeje, eso quiere decir que nos queda un largo tiempo para disfrutarlo.
Otra cosa, esto es para Verónica (no tengo tu mail, así que te respondo por acá): para seleccionar historias favoritas primero tenes que estar registrada, no se si lo estas y no tenías ganas de loggearte o todavía no lo hiciste, y bueno, después hay dos maneras: la primera es cuando se te abre la ventana para dejar un review podes poner en los casilleros de abajo si queres recibir alertas en tu mail para cuando un autor actualiza su historia, otra es para recibir lo mismo pero con historias, otra es para seleccionar al autor como autor favorito (lo que me preguntaste) y la que queda es para seleccionar a la historia como historia favorita. Y si no, la otra manera es entrar a tu cuenta (log in, arriba a la derecha) e ir a favoritos, después tenes las solapas de autores favoritos o historias favoritas y tenes que escribir, en el de autores, el nombre del autor o el id (creo q es), que es el número que aparece en el perfil de cada uno, y en el caso de las historias tenes que poner el id que es el número que aparece a la derecha arriba de las historias.
Espero que me hayas entendido ;) y gracias por el review!
Gracias a los demás también! Los dejo con las historia
Segunda parte
Capitulo 14. Hermione
Hermione se miró al espejo. Estudió detenidamente su imagen. Pelo perfectamente peinado, maquillaje ligero, discretamente aplicado. Camisa blanca, anudada a la cintura, falda vaquera larga. Sandalias con pequeño tacón anudadas a los tobillos. Ropa muggle, aspecto muggle. Asintió satisfecha.
Se detuvo en la cocina para prepararse un sándwich de atún y mayonesa, una pieza de fruta y una lata de refresco. Un almuerzo perfectamente muggle. Antes de salir de casa, tomó las llaves de su auto y las metió en el bolso negro. No debía olvidar la carpeta con los documentos para la reunión de la tarde. Sin ella estaba perdida.
Mientras conducía atenta entre el trafico del congestionado Londres, pensaba en el trabajo que tenía pendiente. A pesar de que pasaba gran parte del día en su despacho a veces tenía la sensación de que no era suficiente. El montón de papeles para revisar estaba vació cuando se iba por las noches, pero amanecía lleno cada mañana. Nunca pensó que requeriría tanto esfuerzo. A veces sentía que no tenía vida fuera del trabajo.
Milagrosamente encontró aparcamiento en la primera vuelta que dio. Normalmente tardaba de quince a veinte minutos, y ahora podría entrar a trabajar antes, lo que significaba que tal vez, solo talvez, saldría antes de trabajar. A buen paso se dirigió hacia la cabina de teléfonos. Una vez dentro, tomó el auricular, y con voz grave indicó su nombre, cargo y motivo de la visita. De forma inmediata, la cabina se dirigió al suelo y ella entró al ministerio de magia.
Salió a la sala de recepción. Con gesto ausente, saludó a algunas personas conocidas que se apresuraban a esa temprana hora, y se encaminó a su despacho. Le gustaba caminar por el ministerio a esas horas de la mañana. Aún no se había llenado de gente, y sus paredes resonaban con los gritos y sonidos usuales de una multitud de magos frenéticos para resolver sus problemas.
Al abrir la puerta de su despacho, una vocecita chillona la saludó alegremente.
- ¡Ha llegado, señorita Hermione, ya ha llegado!
- Buenos días, Winky.
- Buenos días, señorita. Llega temprano… Winky tiene todo preparado, señorita, todo listo para hoy.
- Eres una gran secretaria, Winky. La mejor que puede haber.
La elfina se puso nerviosa, y luego cabeceó.
- Winky cumple con sus obligaciones, señorita, si. Ya tengo preparada la lista de visitas. Y le prepare un buen almuerzo de mago, no puede seguir comiendo esas cosas de Muggles, señorita, no.
- Ya hablaremos de eso a la hora de almorzar, Winky. – Y trató de entrar a su despacho. La voz de la elfina se lo impidió.
- Señorita, ¿no se pone la túnica, señorita? No esta bien que la ministra de magia use ropa Muggle, señorita.
- De acuerdo, Winky, me la pondré.
Una vez que estuvo perfectamente ataviada, según los cánones de la elfina, Hermione pudo ponerse a trabajar, (no sin antes poner a buen recaudo su almuerzo, que Winky estaba deseando tirar a la basura). Miró el motón de papeles que se acumulaba de nuevo en el lado izquierdo de su escritorio. Se disponía a tomar el primero cuando el ruido de su celular la distrajo.
- ¿Si? – se podía escuchar una gran algarabía y sin que la otra persona dijese nada, ella supo inmediatamente de quien se trataba.- ¿Harry?
- Deja eso, James, por el amor de Dios. Es la varita de papá, no la puedes tocar. Un segundo, 'Mione.- un golpe seco del auricular sobre la madera la hizo sonreír. Al momento, Harry volvió a tomar el teléfono. ¿Estas ahí?
- Claro que si. ¿Que ha hecho esta vez mi angelito?
- No preguntes. Su madre y yo estamos considerando seriamente mandarlo a Azkaban.
- Solo tiene cuatro años, Harry.
- Cuatro años que parecen quince, por las malas ideas. ¿Dónde estas?
- En el despacho.
- ¿Tan pronto?- Harry suspiró- ya hemos hablado de esto, cielo, creo que…
- Espero que no me llames para darme el sermón, Harry, estoy ocupada.
- De acuerdo. Te llamaba para decirte que este viernes celebraremos el cumpleaños de esta criatura infernal, y que contamos contigo.
- ¿Crees que olvidaría el cumpleaños de mi ahijado?
- por supuesto que no, pero pensé… ¡JAMES, VIRGEN SANTÍSIMA! ¡BÁJATE DE AHÍ!- esta vez no hubo aviso. Hermione separo el celular de su oreja cuando el sonido del auricular de Harry al golpear contra el suelo sonó atronadoramente. Al momento se oyó el grito de bebé y un par de palabrotas de Harry. Una suave voz femenina del otro lado.- ¿'Mione?
- Hola Ginny. Tu marido esta un poco histérico, por lo que parece.
- Tiene una mirada homicida- dijo riéndose- No se que esperaba, sabiendo que es sobrino de Fred y George ¿Te contó Harry? Te esperamos para que pases aquí el fin de semana, y antes que digas nada, te aviso que no admitiremos un no por respuesta. Llevas demasiado tiempo dándonos largas. Esta vez no hay excusas.
- De verdad que hay mucho trabajo, Ginny. Estamos hasta arriba.
- Oh, por eso no te preocupes. Ya hemos hablado con Winky. Y ella nos asegura que con lo que has adelantado en estos últimos días ya esta todo resuelto. Así que te esperamos el viernes a las seis en casa. No me falles. Tengo algo muy importante que contarte.
- Me tienes intrigada. ¿No me das un adelanto?
- No. Así me aseguro que vengas este viernes. Un beso.
- Un beso, cielo.
Colgó con la ligera sensación de que le habían tendido una emboscada. Llamó a Winky. Y la elfina apareció con las orejas agachadas, señas de que había descubierto que le caería una reprimenda solo por el tono de su voz.
- Los Potter parecen pensar que este fin de semana estaré liberada de trabajo, Winky. ¿Sabes como se les puede haber ocurrido algo así?
- Winky pensó que la señorita Hermione necesitaba un descanso, señorita, porque esta trabajando mucho, si señor. Y Winky ha estado poniendo los asuntos para resolver en una pila grande para que así la señorita Hermione los termine antes y pueda ir a divertirse a casa de Harry Potter, si, señor.
- De acuerdo, Winky. Esta bien. Pero no lo hagas más. Sabes que me gusta tomar las decisiones sobre mi propia vida a mi misma.
- Pero la ministra de magia no puede estar viviendo una vida Muggle, señorita Hermione, no señor. Tiene que pasar tiempo con las criaturas mágicas, señorita, y tiene que comportarse conforme a su rango, señorita.
- No tendremos esta discusión mas veces, Winky. Te he dicho que tengo mis razones para mantener mi vida privada alejada del mundo mágico. Y ahora retírate, que por lo visto tengo mucho que resolver.- Bajó la cabeza para examinar la primera carpeta y habló- Y deja mi almuerzo donde esta, Winky.
Miró salir a la elfina, y luego dejo vagar la vista por el paisaje que se divisaba desde su ventana mágica subterránea. Sabía que era incongruente intentar mantener su vida personal fuera del ámbito de la magia, pero no podía evitarlo. Desde su desgracia acaecida siete años antes, había jurado que nunca volvería a mezclar sus dos mundos. Pasara lo que pasara, solo viviría su vida mágica en el trabajo. Fuera de él, sería una Muggle más. A salvo.
Esto se cobraba su precio. No podía pasar tanto tiempo con sus amigos como desearía. Ellos eran los únicos que la entendían. No compartían su decisión, pero la respetaban, y a pesar de no verse a menudo, seguían en contacto. Después de todo, el mundo mágico no era tan grande.
Pasó el resto del día terminando asuntos pendientes, y efectivamente, ahora que todo estaba acabado se sentía de mejor huimos. Salvo alguna emergencia grave, no parecía que fuera a tener problemas para descansar el fin de semana. Lo que necesitaba era comprar un buen regalo para su ahijado. Algo irrompible, a poder ser. James había resultado ser un diablillo.
Mientras caminaba hacia su coche, se acordó de que no le había preguntado a Ginny quien iría a la fiesta de James. Suponía que toda la familia, claro, pero… ¿Quién mas? Supuso que tendría que llevar algo, pero sin saber la cantidad de gente que iría la fiesta no podía calcular. Ah! Y Tenía que pensar en el modo de llegar hasta allí. Como medida de precaución no tenía chimenea e su casa, así que no podía usar la red de polvos Flu. Tal vez pudiera usar la del ministerio. A nadie le importaría. Claro que ella era la ministra. Tampoco tendrían a quien quejarse.
Paseando por el centro comercial en busca de un juguete para James, se dio cuenta de que no podía parar de pensar en la fiesta. ¿Tendrían razón sus amigos al decir que estaba demasiado dedicada al trabajo? Esa era su primera salido en dos meses. Tal vez debía intentar conocer a alguien, intentar llevar una vida normal. Pero… ¿A quien quería engañar? Ella jamás volvería a enamorarse.
Acabó por comprar unos puzzles y un libro para colorear, (ya compraría en la tienda mágica del ministerio unos lápices de arco iris destellante para completar el regalo), y mientras se los envolvían pensó en lo maravilloso que sería comprar esos juguetes para su propio hijo. Esa sensación creía que se la perdería. Y era una lástima.
Ya en casa, con la música a buen volumen, se dio una ducha mientras cantaba al ritmo del rock. Era su momento preferido del día. Solo en casa, cantando a vos en grito, con el agua chorreando sobre su cara, se sentía libre. Pero terminaba demasiado pronto. Se arreglaba el pelo, se ponía crema, veía un poco de televisión y descansaba hasta el día siguiente. O intentaba descansar. La mayoría de las veces, las frecuentes pesadillas la mantenían toda la noche en estado duermevela. Al principio pensó que pronto pasarían, que acabarían por desaparecer. No imaginó que cada anoche, durante seis años, recordaría segundo a segundo de la agonía de sus padres.
