"Sirius Black: La Verdad detrás del Velo"
por Cecyet Black
¡Hooolasss a todas de nuevo!Después de unas muy laaaaaaaargas vacaciones literarias (mías,no de ustedes, por las razones que ya les dije), volvemos una vez más a la carga gracias a sus reviews, comentarios agradables y demás muestras de apoyo que afortunadamente crecen día con día.
Y debo decir, que me siento muy contenta porque mis musas y yo hemos logrado arreglar nuestras diferencias para seguir escribiendo y así saldar mi deuda con ustedes, que yo sé que es grande y peluda (como mi padre, je,je) por la larga espera dela continuación de esta historia.
No quisiera extenderme mucho en esta introducción, pero comoya se habrán dado cuenta, vamos a empezar con una de las etapas más maravillosas en la vida de nuestro protagonista: la época en la que conoce a sus mejores amigos; así que muchas serán las sorpresas que les esperen a lo largo de los siguientes capítulos… y les aseguro que daré mi mejor esfuerzo para complacerlas.
La dedicatoriava como sigue: a todas ustedes que leen esta historia (y que saben perfectamente quienes son), aLuna, Kath, Galia, Pepe Potter Weasley Black, Zoe y Shine,y en lo que se refiere a mi lado muggle: a mis amigas Gaby y Chayo y a mi mamá (una de mis musas más exigentes).
Puff… terminaré pidiéndoles lo mismo de siempre: sigan leyendo esta historia sobre mi canino padre (Sirius) y tengan un poco de paciencia para esperar el siguiente capítulo. Demos inicio a…
XI. AMISTAD.
- Bueno, nosotros debemos ir al vagón de Prefectos, Harry, pero te veremos en un rato – puntualizó Hermione una vez que Ron, ella y Harry hubieron colocado todas sus cosas en la parte superior de un compartimiento vacío.
- ¿Es absolutamente necesario, Hermione? – preguntó Ron que no parecía nada entusiasmado con esa idea – Podríamos ir después de jugar unas 20 ó 30 partidas de snap explosivo con Harry…
- Bueno, si te agrada la idea de que Malfoy hable con McGonagall respecto a tu irresponsabilidad como Prefecto, puedes quedarte – agregó Hermione con un dejo de sarcasmo en la voz.
- Será mejor que vayas, amigo. Buscarnos problemas por algo tan simple no nos conviene en este momento… - dijo finalmente Harry, que acababa de echar unas cuantas chucherías lechuciles a la jaula de Hedwig.
- Hummm… ni hablar – concluyó Ron mientras salía por la puerta con expresión de disgusto.
Hermione siguió al pelirrojo mientras terminaba de colocarse la insignia de Prefecta en el pecho. Poco tiempo después, en el compartimiento donde se encontraba Harry no quedaron más que Crookshanks, Hedwig, Pigwidgeon y él. La lechuza de Ron ululó con alegría. Al voltear a verla, Harry pensó que había crecido unos cuantos centímetros, pero aún seguía siendo tan estridente como siempre.
Por alguna razón, ahora que estaba solo (y con un largo recorrido por delante) Harry sentía la necesidad de sacar el diario de Sirius y seguir leyéndolo, pero dudaba¿qué sucedería si repentinamente alguien llegaba y se daba cuenta de qué tipo de libro era aquél que Harry sostenía sobre sus piernas¿Sería seguro revisar los secretos de Sirius en un tren lleno de magos que seguían creyendo que su padrino era un maniático y un asesino? Tal vez era algo definitivamente arriesgado, pero en menos tiempo de lo que él mismo hubiera imaginado, Harry había ido hacia su baúl, buscado entre sus túnicas y sacado aquel libro de pasta negra con las iniciales "S. B."…
Lo verdaderamente sorprendente para Harry no fue tener el libro abierto ante él, sino ver que el contenido había cambiado: justo en la página donde se había quedado (y que había marcado mágicamente para no perderla) encontró ahora no una página en blanco, sino una serie de fotos mágicas muy viejas, donde podía ver claramente a Sirius y a su padre. Ambos tendrían apenas unos 11 ó 12 años y se veían alegres de estar juntos, como los grandes amigos que siempre fueron.
Curiosamente, ahora el chico de ojos color esmeralda se preguntaba cómo era que habían llegado a ser amigos después de los últimos recuerdos de su padrino que había visto a través del diario…
Fue como si el libro le hubiera leído los pensamientos: justo debajo de la primera foto (donde Sirius y James se abrazaban, hombro con hombro) apareció el siguiente mensaje, en la caligrafía de su padrino:
"Seguramente te gustaría saber como nos hicimos inseparables¿verdad?"
Apenas vio el mensaje, Harry se apresuró a escribir:
"Sí, me gustaría"
"Bueno, sólo observa…"
Inmediatamente, Sirius y James desaparecieron de la fotografía y Harry pudo ver (a manera de un cómic muggle) la Sala Común de Gryffindor, donde una chica delgada, alta y con el cabello color arena (con una insignia de Prefecta en el pecho), daba instrucciones a los de primer año:
- … Del lado derecho están los dormitorios de las chicas, y del lado izquierdo, los de los chicos. Cada uno de ustedes debe estar en la Torre de Gryffindor a las nueve de la noche; después de las nueve, podrán permanecer en la Sala Común, pero si están fuera de ella después de la hora establecida, Filch les bajará puntos. – puntualizó la chica, que había recitado todo lo anterior como si se lo hubiera aprendido de memoria – Ahora, vamos a ver… el primer grupo de alumnos de primero que pasará a los dormitorios es el siguiente: Black, Longbottom, Lupin, Pettigrew y Potter…
Fue entonces cuando el chico de la cicatriz en la frente se dió cuenta de algo elemental a lo que nunca había prestado atención¡su padre y sus mejores amigos (entre ellos Sirius, su padrino) habían compartido dormitorio en Hogwarts, igual que él y Ron!... Ahora podía observar perfectamente a los Merodeadores cuando apenas estaban en primero, junto con el padre de su amigo Neville…
- … Mañana, a la hora del desayuno, la Profesora McGonagall (que es nuestra Jefa de Casa), les repartirá sus horarios. Ahora, pasen a sus dormitorios – dijo finalmente Sally, la chica del cabello color arena.
Era realmente sorprendente para Harry que esa parte del diario de su padrino estuviera estructurado con viñetas y globos de diálogo… y eso hacía que viniera a su mente una nueva duda sobre su padrino¿de dónde conocía Sirius las historietas?... Siguió leyendo aquel recuerdo, ahora que los Merodeadores habían llegado a su dormitorio, después de subir por una escalera de caracol que los condujo finalmente a una habitación donde había cinco camas, cada una de ellas con dosel y cortinas de terciopelo color rojo oscuro. Todas sus pertenencias (incluidos sus baúles y las jaulas de las lechuzas) ya estaba ahí, acomodadas al lado de cada cama…
- ¡Hola¿Te acuerdas de mí?... Me da gusto que te hayas quedado en Gryffindor, como nosotros… - dijo finalmente James, rompiendo el silencio y dirigiéndose a Sirius.
- ¡Hola!... – dijo escuetamente el chico de ojos azules.
- ¿Ahora si me dirás cómo te llamas? – preguntó sonriendo James, motivado ante la respuesta del otro chico.
- Black, Sirius Black… - contestó casi sin ganas el aludido.
- He oído hablar de tu familia. – intervino repentinamente otro de los chicos, de aspecto tierno y bonachón (que se apellidaba Longbottom), mientras se ponía la pijama – Dicen que todos han sido grandes magos… - agregó. Después guardó silencio por unos segundos, como si dudara de lo que iba a decir a continuación: - sólo que la mayoría tiene inclinación hacia el Lado Oscuro… - y enseguida preguntó mirando de frente a Sirius: - ¿No se te hace raro que tú hayas quedado en Gryffindor, si toda tu familia está en Slytherin?
- Vamos, no tienes que juzgarlo a él por lo que haya hecho su familia… tal vez no todos los Black sean iguales… - respondió otro de los chicos, de aspecto enfermizo, cabello castaño y ojos color miel, mientras doblaba cuidadosamente su túnica y la acomodaba dentro de su baúl.
- Pero si su familia es mala, él también debe de serlo… - agregó imprudentemente el último chico del dormitorio, de cabello rubio cenizo y ojos llorosos.
- ¡DÉJENME EN PAZ! – gritó finalmente Sirius, cerrando de golpe su baúl y saliendo apresuradamente del dormitorio.
Los cuatro chicos restantes se quedaron perplejos, observándose entre sí por algunos minutos. Nadie dijo nada, pero al acostarse y correr las cortinas de cada una de sus camas, los cuatro se quedaron con la sensación de que habían metido la pata…
La mañana siguiente sorprendió a Sirius desayunando pan tostado con mermelada de zarzamora y mantequilla, mientras los rayos de sol se filtraban por las ventanas. Se había sentado completamente solo en el extremo más alejado de la mesa de Gryffindor. Justo cuando se acercó la jarra con leche, una bandada de lechuzas irrumpió en el Gran Comedor. Sirius no se inmutó: sabía que vería muy pocas veces a Allioth, la lechuza de su familia. No obstante, pudo ver que otra lechuza bajaba a la mesa de Slytherin, justo entre sus dos primas: Narcisa y Bellatrix.
- ¡Qué oportuna, Erinias! Justo ahora que debo enviarle un mensaje a alguien – exclamó Bellatrix al ver a su lechuza, de manera que Sirius pudiera oírla.
- Tienes razón, Bella, esta lechuza no pudo ser más oportuna – sentenció Narcisa, mientras tomaba la jarra de jugo de calabaza con dificultad, debido al poco espacio que había en la mesa, donde Bellatrix escribía en un pergamino y la lechuza picoteaba alegremente las migajas del desayuno.
Sirius ni siquiera se preguntó a quién tendrían tanta prisa por escribirle. No podía dejar de pensar en lo que sucedería cuando sus padres se enteraran de que no se había quedado en Slytherin, como ellos querían. Probablemente tendrían otro motivo más para odiarlo y para preferir a Regulus, pero él ya había decidido que a partir de su entrada en Hogwarts cambiaría radicalmente. El día apenas empezaba, y sería el momento de ponerlo a prueba…
- ¡Hola! – lo saludó uno de los chicos que dormían con él en la Torre de Gryffindor, el de cabello castaño y ojos dorados. - ¿Puedo sentarme?
- Si quieres… si no te molesta la reputación de mi familia… - respondió Sirius en tono sarcástico.
- Por cierto… - articuló el otro chico, mientras untaba mantequilla y chocolate derretido en su pan tostado – la verdad es que ayer… humm… bueno… no debimos decir lo que dijimos sobre tu familia…
- Bueno, no te preocupes, supongo que tendré que acostumbrarme… -respondió Sirius levantando la ceja y mirando despectivamente a aquel chico.
- ¡Los horarios de primer grado! - dijo la Profesora McGonagall mientras pasaba a lo largo de la mesa de Gryffindor repartiendo un pergamino a cada alumno. – Y más vale que se pongan en marcha, antes de que lleguen tarde a su primera clase… Hogwarts es un lugar donde muchos estudiantes de primero suelen perderse los primeros días tratando de encontrar sus salones.
- Nos vemos. – dijo Sirius una vez que hubo visto su horario, haciendo caso del consejo de la profesora.
La primera clase que tenían la mañana del lunes era precisamente Transformaciones, la especialidad de la magia que impartía la Profesora Minerva McGonagall. Y efectivamente, como ella misma lo había advertido en el Gran Comedor a Sirius le costó mucho trabajo encontrar el salón donde impartía su clase: Hogwarts tenía infinidad de pasillos, 142 escaleras diferentes y sin haber pisado antes el castillo era tan fácil perderse como ver árboles en un bosque. Cuando Sirius llegó al aula de Transformaciones, sólo la Profesora estaba en ella, revisando unos papeles que probablemente eran el tema que vería esa mañana con los de primero.
Tratando de hacer el menor ruido posible (porque había oído a lo largo de los pasillos que había recorrido que McGonagall era una persona bastante estricta), el chico de ojos azules se acercó a los pupitres de la parte media del salón.
- Siéntate. Esperaremos a que lleguen tus compañeros, que supongo estarán terminando de desayunar… o perdidos en algún pasillo… - dijo la bruja sin alzar la vista de sus papeles.
Sirius se sentó en una de las sillas y dejó su mochila a un lado. Justo cuando comenzaba a preguntarse si sería tan difícil para los demás encontrar el aula de Transformaciones, la profesora le preguntó:
- Black¿es cierto?
- ¿Perdón? – respondió Sirius volviendo de su ensimismamiento.
- Tu apellido… ¿eres Sirius Black, no es así? – volvió a preguntar la bruja, mientras se acomodaba las gafas de montura cuadrada.
- Sí, ese es mi nombre: Sirius Black – respondió el chico de ojos azules, dispuesto a defenderse si le hacían otro comentario desagradable sobre su familia.
- ¿Y esa corbata es de Gryffindor¡Vaya, entonces eso quiere decir que debes tener más cerebro que Narcisa… o menos prepotencia que Bellatrix… tal vez tu compartas la inteligencia y sentido común de Andrómeda…! - enumeró la Profesora, mientras examinaba al chico que estaba sentado a unas mesas de ella – dime¿alguno de los Black (aparte de Andrómeda) tiene algo más en la cabeza que no sea la "pureza de sangre"?
- Ja,ja,ja,ja,ja
A pesar de haberlo tratado, Sirius no pudo evitar reírse. Realmente hacía mucho que no se reía, con esa risa atronadora que tanto molestaba a su madre. Lo que acababa de oír era exactamente lo que él pensaba… dicho ni más ni menos que por la Subdirectora del Colegio de Magia y Hechicería… que por cierto, se había quedado observándolo con gesto severo…
- ¿Qué tiene tanta gracia? – preguntó finalmente la bruja.
- Lo siento. – respondió Sirius, sonrojándose ligeramente – Pero es que nunca había oído que alguien se expresara así de mi familia… diciendo la verdad…
- Bueno, para serte sincera, tu familia no es muy querida. – explicó la profesora con un gesto más amable – Pero si tú estás en Gryffindor, debe ser una buena señal de lo que podemos esperar de ti… - agregó finalmente esbozando una delgada sonrisa.
La clase se desarrolló sin mayores problemas. Los compañeros de Sirius fueron llegando poco a poco y ocuparon sus pupitres mientras la profesora se presentaba y explicaba en qué consistía su clase, una de las magias más difíciles que tendrían que aprender en Hogwarts. Sirius comprobó lo que los demás decían: la Profesora McGonagall podía ser muy exigente si se lo proponía, y esperaba mucho de sus alumnos. Él estaba dispuesto a cumplir sus expectativas, ahora que sabía que ella no lo consideraba igual al resto de su familia. Justo cuando acababa de transformarse en gato, para demostrarles el nivel que alcanzarían al salir de Hogwarts, se abrió la puerta: el chico de gafas, cabello negro y ojos color avellana que compartía dormitorio con Sirius, acababa de entrar al salón.
Se veía cansado, como si hubiera corrido mucho buscando el aula. Se acercó sigilosamente hacia el único lugar vacío que había: al lado de Sirius. Justo cuando se acababa de sentar, y comenzaba a tomar aire, la profesora adquirió nuevamente su forma humana, quedando justo enfrente de él.
- ¡ARGGGGHHH! – exclamó James, tirándole la mochila a la bruja.
Todos rieron, menos la profesora, que sin poder esquivar el proyectil, se había tambaleado hacia la banca contigua. Levantó la mochila y se la entregó a James, con el ceño fruncido y expresión de profundo disgusto:
- ¿Y bien, Potter¿Cuál es tu excusa por haber llegado tarde a mi clase?
- Lo siento – respondió James totalmente apenado – Es que… no encontraba el aula… me perdí…
- Tal vez si hubieras preguntado a algún alumno en el Gran Comedor, te hubieras evitado rondar sin sentido por los pasillos.
- Es que… no desayuné…
- Ese no es mi problema. La próxima vez que vuelvas a llegar tan tarde a mi clase, irás directamente a la oficina del director… - agregó finalmente la bruja, aún molesta.
James había permanecido callado durante el resto de las clases de la mañana. Definitivamente, no había empezado bien su primer curso en Hogwarts. Había llegado tarde a su primera clase, y para colmo, casi había derribado a la profesora McGonagall, su Jefa de Casa. Cuando llegó la hora de la comida, se sentó con la cabeza gacha junto a Sirius, en el extremo más alejado de la mesa de Gryffindor. Sirius apenas lo miró, pero en el fondo, se preguntaba por qué aquel chico había llegado tan tarde a la primera clase sin haber desayunado y por qué insistía tanto en convertirse en su amigo, mientras todos los demás se alejaban de él apenas oían su apellido.
Justo cuando James se servía una gran porción de costillas agridulces (porque el olor de la comida le había hecho recordar que no había desayunado), una lechuza gris pasó apenas encima de sus cabezas y se detuvo enfrente de Sirius. Traía en el pico un sobre rojo.
- ¡Hola, Allioth! – la saludó Sirius distraídamente, mientras se servía una porción de arroz - ¿Alguna noticia importante?
- ¡Claro que es importante! – respondió James, que estaba sirviéndose jugo de calabaza frío - ¡Es un howler!
Sirius miró detenidamente a la lechuza, que soltó el sobre que había empezado a echar humo por las orillas. Sabía perfectamente de lo que se trataba: aunque lo abriera al otro lado del mundo, todos oirían el mensaje; así que decidió abrirlo en ese momento:
- ¡TE LO DIJIMOS CLARAMENTE: NO ACEPTAREMOS A UN BLACK QUE NO PERTENEZCA A SLYTHERIN¡SIEMPRE HAS SIDO LA VERGÜENZA DE LA FAMILIA¡LO ÚNICO QUE TE PEDIMOS, Y TÚ COMO SIEMPRE, LO ECHAS A PERDER¡ERES UN ESTÚPIDO, SIRIUS BLACK!
Sirius había permanecido inmóvil, con un gesto de profunda rabia y con los puños crispados sobre la mesa. Todos volteaban a verlo, desconcertados. Se levantó violentamente y se dirigió a los jardines del castillo. Mientras caminaba a lo largo del Gran Comedor, pudo observar que tanto Narcisa como Bellatrix se carcajeaban en la mesa de Slytherin: ellas le habían dado la noticia a sus padres. Sintió aún más rabia. Con pasos rápidos atravesó los jardines y se detuvo frente a una haya, que estaba al lado del lago.
- Oye¿puedo ayudarte? – le preguntó una voz conocida, mientras una mano sujetaba uno de su hombros.
- ¡DÉJAME EN PAZ! – gritó Sirius, que se volteó violentamente y le estampó un puñetazo en la cara a quien lo sujetaba.
¡PAFFF!
El chico cayó de espaldas sobre el césped. Fue entonces cuando Sirius pudo ver de quien se trataba (aunque por el tono de voz, ya lo había sospechado): era el chico Potter, el mismo que lo había defendido en el expreso de Hogwarts, el que trató de hablar con él la primera noche en el dormitorio, el que se había sentado junto a él a la hora de la comida y por añadidura, el que casi había derribado a la Profesora McGonagall… al verlo ahí, tendido en el pasto por su culpa, Sirius dejó a un lado su enojo y se acercó a él:
- Lo siento… de verdad… no quise… - se disculpó el chico de ojos azules, mientras ayudaba al otro a incorporarse.
- Bueno, estabas enojado… y tal vez me lo merezco… por seguir insistiendo en que seas mi amigo… - dijo James, acomodándose nuevamente las gafas – Es claro que no te caigo bien, así que será mejor que te haga caso y te deje en paz…
- Oye… - comenzó Sirius, algo inseguro – Sé que tal vez no me lo vas a creer, pero tengo bastantes cosas que agradecerte… - continuó mientras James se sacudía el pasto de la túnica – por ejemplo, lo que pasó en el tren… que no te hubiera importado que no te contestara y que a pesar de lo maleducado que he sido contigo, siempre quisieras ayudarme… o hacerme sentir mejor… - cuando Sirius llegó a este punto, James lo estaba mirando fijamente, con cara de sorpresa… tal vez porque era la primera vez que Sirius ofrecía respuestas que no fueran monosilábicas – Pero la verdad, es que nada está saliendo como yo esperaba y… bueno… yo nunca he tenido amigos, así que no sé como comportarme contigo… - terminó Sirius, bajando la cabeza, apenado.
- Pues… como realmente eres… - contestó James, mirándolo aún – Mi padre dice que no debe importarnos lo que hagan los demás, sino lo que podemos hacer nosotros mismos – continuó el chico de ojos color avellana, mientras Sirius miraba hacia el lago, incapaz de mirar a James directamente a los ojos – Y… bueno… para serte sincero, yo no creo que tu seas igual a toda tu familia… tal vez deberías intentar olvidarte de ellos y ser tú mismo…
- Tu padre es un hombre muy sabio – respondió el chico de ojos azules.
- Es un auror. Sabe mucho de muchas cosas… me gustaría ser como él cuando sea grande…
- Yo lo que menos quisiera es ser como mi padre…
Ninguno de los dos dijo nada. Habían estado esquivando la mirada del otro, pero repentinamente sucedió: sus miradas se cruzaron sólo por unos segundos, y fue entonces cuando James y Sirius se dieron cuenta de que estaban frente al amigo que siempre habían querido tener y que nunca tuvieron. James, por ser hijo único; Sirius, por no tener cerca a otro mago al que no le importaran cosas como la "limpieza de sangre" y el apellido Black…
- ¿Amigos? – preguntó James sonriendo, mientras le ofrecía la mano a Sirius.
- Para siempre… - contestó Sirius estrechando la mano de James.
