"Sirius Black: La Verdad detrás del Velo"
por Cecyet Black
¡Hooolasss a todas las lindasbrujitas (es de cariño)que capítulo con capítulo siguen leyendo esta historia! Ya saben, yo aquí sigo dándoles lata para continuar esta historia que gracias a sus peticiones, comentarios y muestras de apoyo que afortunadamente crecen día con día, prometo contarleshasta el final (a pesar de que no siempre tengo tiempo suficiente para escribir todo lo que yo quisiera). Y debo decir, que a pesar de los múltiples compromisos muggles que amenazan este Fanfic, las musas y yo seguimos escribiendo (aunque en realidad, debería estar haciendo mi tarea TT… soy una lacra social, lo sé) para no quedar mal con ustedes, que como cada capítulo esperan la continuación de esta historia.
Espero que les agraden las sorpresas que les tengo preparadas a lo largo de los siguientes capítulos… y este en especial, espero que sea del agrado de Sabrina Knight, una de mis mejores amigas, que a pesar de todo (tardanzas incluídas TT) sigue creyendo en mí y en esta historia (¡Gracias Sabri! ).
Ya para terminar (y no extenderme en demasía, como suele ocurrir) agrego las respuesta a sus lindos reviews:
alex black bird: No te preocupes, amiga, la verdad es que después de lo último que leíste, me tomé unas laaaaaaaargas vacaciones literarias (no tengo vergüenza, lo sé). Sé perfectamente lo catastrófico que es andar corto de tiempo (yo también lo estoy). Y bueno, me alegro que te haya gustado, je,je. Y tienes razón:mis abuelos son unos desgraciados... pero creo que así me los imaginaba desde que Sirius contó parte de su situación en el libro 5. Seguimos en contacto, alex.
NenaOrion: Gracias por leer mi fic! Espero que lo hayas disfrutado.Y nop, no te me preocupes, lo voy a terminar... aunque vas a tener que armarte de un poco de paciencia, porque luego no publico tan seguido como quisiera. Pero publicaré más seguido, si la inspiración ylos compromisos muggles lo permiten.Me gusta mucho tu nickname, je,je. Muchos saludos!
EneriLupin: Holaa! Bienvenida a este fic,me complace mucho que te haya gustado... ¡Thestrals¡ No puedo creer que te lo hayas leído todo de un tirón! (con lo largo que está...¡qué bárbara!). Pero me alegro que te haya interesado lo suficiente para que hicieras eso, je,je. Te pido lo mismo que a NenaOrion: vas a tener que armarte de un poco de paciencia, para que la espera entre publicaciones no se te haga eterna. Besos a tí también y gracias!
Tenshi Lain: Gracias por leer este fic! Me da gusto que te parezca interesante, je,je. Y tienes razón: Rebecca es alguien misterioso que guarda un gran secreto. Y ese secreto le va a poner los pelos de punta a más de uno... es cuestión de tiempo. Eres bastante intuitiva al respecto. Sólo te pido que sigas leyendo y que tengas un poco de paciencia para descubrir ese secreto, porque va a permanecer gusrdadito por algún tiempo. Cuídate.
Disclaimer:
Todos los personajes pertenecen a J.K. Rowling (incluídos derechos de autor y publicación y características). Sólo Vivian, Orión y Paleydis, son personajes míos, junto con esta historia que trata de explicar como fue la vida de Sirius desde su infancia hasta su caída detrás del velo del Departamento de Misterios.
La dedicatoria obligada de cada número vaa todos y todas los que leen esta historia: Luna, Galia, Pepe Potter, Zoe y los que se acumulen esta semana, je,je. Y en lo que se refiere a mi lado muggle: a mis amigas Gaby y Chayo y a mi mamá (auque no lo lea muy seguido).
¡Puff!… Ahora sí demos inicio a…
XII. REMUS J. LUPIN.
"Aramís, por su parte, es un amigo fiel e incondicional, sabe escuchar con la paciencia y discreción de un abate y su vida a veces se convierte en un misterio para las demás. Es metódico y organizado; y aunque a veces se aleja y se aparta de la gente y del mundo (que suelen no gustarle tanto como quisiera) Athos y Porthos saben que pueden contar con él cuando lo necesiten".
Cuando James y Sirius volvieron al Gran Comedor, casi todos los alumnos habían terminado de comer y comenzaban a levantarse para dirigirse a su siguiente clase. Ellos dos volvieron a sentarse, apuraron rápidamente lo que quedaba en sus platos y consultaron el horario que les había dado McGonagall.
- ¿Qué nos toca? – preguntó James entre un trago de jugo de calabaza y un bocado de costillas agridulces.
- Hummm… Encantamientos… con el Profesor Fidelius Flitwick, Jefe de la Casa Ravenclaw… - contestó Sirius, que agarraba el tenedor con una mano y el horario con la otra.
- Bueno, entonces más vale que nos demos prisa… - dijo James dando el último trago a su jugo de calabaza – No quisiera llegar tarde también a esta clase…
- Oye, por cierto… - comentó el chico de ojos azules mientras agarraba su mochila y ambos se disponían a salir del Gran Comedor - ¿por qué llegaste tan tarde a la clase de McGonagall?
- Bueno… - contestó el chico de cabello alborotado – porque me quedé dormido… - agregó poniéndose rojo - en mi casa, mamá siempre me despierta… pero… pues ella no está aquí y como no siempre me levanto temprano por mí mismo… pues se me hizo tarde…
- ¿Tienes hermanos? – preguntó Sirius, adivinando la respuesta.
- No. Soy hijo único – contestó James, con una gran sonrisa. - ¿Y tú?
- Uno. Pero sería mejor no tener ninguno.
Habían llegado al aula de Encantamientos. Ya estaban ahí la mayor parte de sus compañeros, pero la clase aún no comenzaba. El profesor Flitwick estaba borrando la pizarra apoyado en media docena de libros. Era realmente pequeño, pero los demás decían de él que lo que le faltaba de estatura lo tenía de inteligencia. Habría que comprobarlo.
- Ojalá que nos enseñe algún hechizo que valga la pena… - comentó James mientras sacaba su varita de su mochila.
- Bueno, pero nos tomará tiempo aprenderlo… - dijo Sirius haciendo lo mismo.
- Oye¿no te gustaría que nos enseñara cómo hacer que se les cayera el pelo a tus primas?
- Aunque les enseñara ese tipo de hechizos, no podrían aplicarlos dentro del castillo… - intervino el chico de cabello castaño y aspecto enfermizo que compartía dormitorio con ellos, que estaba sentado en la banca de atrás – está prohibido.
- Nadie te lo preguntó. – contestó Sirius.
La clase se desarrolló en calma. El profesor Flitwick les hizo anotar los pasos del hechizo para producir luz en la punta de sus varitas ("Lumos"), que era muy sencillo, y luego practicaron otro hechizo que les ayudaría a abrir puertas cerradas con magia ("Alohomora"). No obstante, lo único malo que tanto Sirius como James vieron de la clase fueron los deberes que les encomendó para la siguiente.
Las otras clases que tomaban en Hogwarts hicieron que Sirius pensara en que no era nada fácil convertirse en un mago, sobre todo por la cantidad de cosas nuevas que se les presentaban día con día. A pesar de haber crecido en el seno de una familia de magos de larga tradición, tanto James como Sirius se sentían casi tan desconcertados como los chicos y chicas que provenían de familias muggles. Y todas las asignaturas eran distintas: Historia de la Magia, que era impartida por un fantasma (el Profesor Binns) y era sumamente aburrida, a pesar del empeño que ambos trataban de poner para recordar nombres de brujos y fechas de acontecimientos importantes.
También estaba Pociones, que era impartida en ese entonces por el Profesor Terribleaw, el cuál le hacía honor a su apellido, pues se especializaba en ponerles complicadas pócimas y dejarles muchos pergaminos de tarea. Contrario a él, tenían al Profesor Lael Euquitren, un francés excéntrico que había ingresado a la plantilla docente de Hogwarts ese mismo año y que siempre estaba hablando de de criaturas mágicas peligrosas y de terrible poder (o bueno, eso era lo que James y Sirius pensaban, debido al marcado acento del profesor, que hacía que en ocasiones no se le entendiera nada…)
A pesar de lo complicadas que pudieran parecer todas las materias, Sirius había empezado a disfrutar su estancia en el Colegio de Magia y Hechicería, gracias a la amistad de James. Apenas había pasado una semana después de ese "pacto de amistad" bajo la haya, y ya parecía como si se conocieran de toda la vida. Si bien es cierto que al principio habían surgido algunas fricciones: James siempre estaba hablando de su familia (a la que extrañaba bastante, a decir verdad) y Sirius de lo que menos quería hablar era de la suya; el joven Black (debido al poco cariño que le mostraban sus padres y a pesar de la inseguridad que tenía en ese entonces) estaba acostumbrado a ser bastante independiente y hacer todo a su manera, mientras que para el chico Potter lo más normal del mundo era depender un poco de los demás… entre otras cosas. Sin embargo, en beneficio de su amistad, ambos había cedido un poco ante el otro:
- ¡JAMES¡JAMES POTTER! – gritó Sirius un poco enfadado. Era la quinta vez que movía a su amigo sin obtener respuesta o resultado alguno.
- ¡Ahh¡Humm! – contestó por fin James con un gran bostezo - ¿Qué hora es, Sirius? – preguntó aún adormilado, mientras estiraba los brazos y bajaba los pies de la cama.
- Bastante tarde – contestó Sirius enfurruñado; él ya tenía puesto el uniforme de Hogwarts y la larga túnica negra con rojo oscuro. - ¡Vamos, levántate ya¿Ya se te olvidó que hoy es la primera clase de vuelo?
- ¡Hipogrifos, es cierto! – exclamó James todavía adormilado – Hoy venceremos a todos, amigo… ¡Van a morder el polvo con la "escoba indomable" de James G. Potter!
- ¡JA,JA,JA,JA! – rió Sirius con esa risa que lo caracterizaba – No lo dudo, amigo, pero para eso primero tienes que cambiarte… a no ser que pretendas volar en pijama – agregó en tono socarrón.
El desayuno transcurrió lo más normal posible. Sirius, que tenía mucha hambre (quizás porque se había levantado más temprano que su amigo), se sirvió doble ración de copos de maíz con chocolate, mientras James hablaba sin cesar (entre bocado y bocado) de su escoba, una envidiable Comet 220.
La verdad era que Sirius había montado muy pocas veces en una escoba: sólo en las ocasiones en las que su hermano Regulus se había descuidado y había dejado su escoba sin el candado mágico que la custodiaba. La escoba de Regulus era una Estrella Fugaz 5 y había hecho un gran berrinche para que sus padres se la obsequiaran, por supuesto, presumiéndosela a Sirius, que no tenía escoba propia.
- Nos vamos a divertir viendo cómo los demás hacen el ridículo con sus escobas¿no crees? – le dijo James a Sirius mientras le daba el último trago a su vaso de leche con chocolate.
- Bueno… si es que logramos mantenernos sobre nuestras escobas… - respondió Sirius con cierta ironía.
Ambos rieron. Justo cuando estaban terminando de desayunar, llegó al Gran Comedor uno de los chicos que dormían con ellos en la Torre de Gryffindor: se veía cansado, ojeroso y tenía algunos rasguños en la cara y en las manos. Ni James ni Sirius lo habían visto durante tres días. Se sentó a poco espacio de ellos, pero ninguno de los chicos se inmutó. No era que les cayera mal, pero solía ser demasiado molesto por su exacerbado sentido del deber y por el hecho de que parecía ocultar un secreto. Fue él quien entabló conversación con los dos amigos:
- ¡Hola chicos! – saludó el chico de cabello castaño y ojos dorados - ¿Listos para la clase de Vuelo?
- Por supuesto – contestó casi al instante y con una seguridad absoluta, Sirius - ¿Y tú?
- Pues… creo que voy a ausentarme en esa clase. Tal vez le presente mis excusas a Madame Hooch… - agregó Remus algo pensativo.
- ¿Le tienes miedo a una simple escoba? – preguntó suspicazmente James.
- NO. Pero hay… ciertas condiciones que me impiden subirme a una… - respondió Remus frunciendo el ceño.
- ¿El miedo, por ejemplo? – insistió Sirius en tono sarcástico.
- Hagamos una apuesta… - agregó el chico de los ojos avellana con mucha calma y midiendo bien las palabras que emplearía a continuación - ¿qué te parece si apostamos que no podrás sostenerte en tu escoba más de diez minutos sin caerte?
- ¿A cambio de qué? – preguntó Remus, a quien le había cambiado el semblante.
- Humm… de que seamos tus esclavos por una semana… si ganas, claro – puntualizó James.
- ¿Y si ustedes ganan? – preguntó intrigado Remus.
- Pues… nos haces los deberes por una semana – respondió Sirius con una sonrisa maliciosa.
- Hecho – dijo Lupin cerrando el trato.
- Bueno, en ese caso, vamos a la clase de Vuelo – terminó James, mientras tomaba su mochila y caminaba con decisión.
Harry hubiera querido seguir leyendo sin interrupciones, pero no pudo hacerlo. La página siguiente estaba en blanco… el chico de ojos verdes se preguntó si para continuar necesitaría algo del viejo baúl escolar de Sirius. Si así era, no podría continuar leyendo el diario… Empezó a preguntarse cómo se verían su padrino y Lupin montados en una escoba y con el uniforme de Quidditch¿realmente ambos habían sido tan buenos en ese deporte mágico como lo eran él y su padre cuando estaba en Hogwarts?
Casi sin pensarlo, comenzó a dibujar sobre el papel con los dedos de las manos. Y para su sorpresa, se dio cuenta de que en el papel habían quedado las marcas de sus dedos, como si la página del diario estuviera cubierta de tinta… se observó los dedos para comprobar si estaban o no manchados y entonces se le ocurrió¿y si dibujaba una escoba?
Así lo hizo y repentinamente, el color de lo que había dibujado con los dedos (originalmente, verde claro) se oscureció hasta que la silueta de una escoba quedó impresa en la página como si hubiera sido dibujada con tinta negra. Harry aún no salía de su asombro cuando apareció una pregunta escrita con la caligrafía de Sirius:
"¿Por qué no lo intentas con la varita?"
Harry dudó un momento… ¿sería "Aparecium" el hechizo correcto o necesitaría acaso de otro más complicado? Hedwig ululó y dirigió la mirada a Harry… en ese momento, fue cuando el chico decidió intentarlo.
"¡Aparecium!"
Poco a poco, sobre la escoba que él mismo había dibujado, surgieron algunas siluetas. Harry pudo ver además algunas escobas más y otras siluetas, hasta que finalmente pudo distinguir con claridad el campo de Quidditch de Hogwarts. En el centro del campo, se encontraba una bruja de aspecto severo y con ojos de halcón, que llevaba un sombrero negro que parecía ondear con el viento. A Harry le recordó a alguien que él también había conocido, sobre todo por las palabras que comenzó a decir en ese momento:
- Ahora que ya todos tienen sus escobas en la mano, suban a ellas. Cuando haga sonar el silbato, con uno de sus pies, den un golpe en el piso (no muy fuerte), elévense y den una vuelta por el campo. Procuren no tomar demasiada altura para que puedan descender suavemente… ¿entendido?
- Sí, Madame Hooch – respondió el grupo a coro.
- Bien, si ya lo entendieron, entonces no tendré que preocuparme de que sucedan accidentes – agregó en un tono que no admitía réplicas - ¡Vamos¿qué esperan¡Suban a sus escobas!
¡PIIIIIIIIP!
Parecía como si James sólo hubiera estado esperando ese sonido durante toda su vida. Dio una patada en el suelo y al instante, su escoba se elevó por los aires. Él parecía disfrutar mucho de esa experiencia. La escoba de Sirius, en cambio, se hizo un poco del rogar, hasta que el mago logró controlarla y elevarse con ella hasta donde James hacía piruetas.
Y efectivamente, el chico Potter tenía razón: eran los únicos que lo habían conseguido tan rápido, porque los demás alumnos aún seguían haciendo el intento de que su escoba llegara a sus manos, o de que se elevara por los aires, lanzando infructuosas patadas al césped del Campo de Quidditch. James se entretenía haciendo piruetas con su escoba, que a pesar de ser mucho más vieja que la que él tenía en casa, parecía responder ejemplarmente a sus deseos. Sirius, en cambio, se mantenía estático en el aire, porque se había quedado observando cómo le iba a los demás; por eso fue él el primero en darse cuenta que el siguiente alumno en lograr elevar su escoba fue Remus Lupin.
Lupin, aunque parecía un tanto temeroso de estar en el aire, pasó volando al lado de Sirius, bastante orgulloso de haber logrado aquella hazaña. Cuando vio a Sirius, se limitó a sonreír y siguió volando por el Campo de Quidditch. Sirius lo tomó como una afrenta y le dirigió una mirada asesina con esos ojos azules que tantas veces fueron víctimas de lo mismo.
Justo en ese momento, James descendió al lado de la escoba de Sirius y le dijo:
- ¡Vamos, Sirius¿No me dirás que tienes miedo de hacer piruetas en el aire? – preguntó con cierto tono malicioso.
- ¡Claro que no! – respondió el mayor de los Black bruscamente – Pero tú estabas tan ocupado en hacer piruetas en el aire que no te diste cuenta de quién logró la hazaña del siglo¿verdad? – agregó con cierto enojo.
- ¿Quién? – preguntó James a tiempo que se quedaba estático al lado de Sirius.
- Mira – respondió Sirius señalando a Lupin con el dedo – No sé tú, pero yo no quiero ser esclavo de nadie, y si logra mantenerse en el aire por 10 minutos ya habrá ganado…
- ¿Y acaso piensas que me voy a quedar aquí sin hacer nada, amigo? – preguntó James con una sonrisa malévola en el rostro – Vamos, tenemos que arreglar las cosas a nuestro favor…
Y unos instantes después, ambas escobas volaban hacia donde se encontraba la del chico de ojos dorados, que empezaba a disfrutar de la sensación que le producía sentir el aire fresco directamente en la cara.
Nadie supo a ciencia cierta como sucedió, ni siquiera Madame Hooch (que parecía vigilarlos a todos con sus ojos de halcón) porque fue demasiado rápido: al parecer James Potter y Sirius Black habían pasado junto al otro chico y lo habían tumbado de la escoba con bastante saña y alevosía. Cuando los demás se dieron cuenta, Remus Lupin estaba encima de otro de los alumnos del grupo: un chico rubio de ojos llorosos que por más esfuerzos que hizo, no había logrado que su escoba se elevara del suelo. Afortunadamente para Remus, Peter (que así se llamaba el chico sobre el que había caído) había amortiguado su caída y había evitado que se lastimara más de la cuenta. Madame Hooch se acercó corriendo hacia donde estaban mientras Remus (con la amabilidad que le caracterizaba) ayudaba al chico, que había comenzado a llorar, a levantarse:
- ¿Te encuentras bien? – le preguntó con cierta culpabilidad reflejada en el rostro y temeroso de que su llanto fuera un indicio de que realmente lo había lastimado.
- Sí, eso creo – respondió Peter, aún sollozando – Pero me lastimé el pie… me lo torcí… - y continuó llorando.
- ¿QUÉ PASÓ AQUÍ? – gritó Madame Hooch a sus espaldas, pero al ver el llanto del chico rubio, preguntó en tono más amable: - ¿Estás bien, chico¿Te lastimó?
- Me lastimó el pie… - respondió Peter secándose las lágrimas.
- Bueno, se los advertí – dijo Madame Hooch, dirigiéndose a toda la clase, que después del alboroto se había reunido en torno a ella – No me gustan los accidentes en mi clase, así que el culpable de esto será castigado… - en ese momento, las caras de los de primer año se llenaron de miedo, incluidos James y Sirius – Remus J. Lupin, acompáñame a la oficina del Director…
Después de la partida de Harry, Ron y Hermione en el Expresso de Hogwarts, el regreso a Grimmault Place se había hecho bastante pesado para Remus Lupin. Era cierto que por su condición de licántropo se había acostumbrado a vivir solo, pero aún así, a las pocas horas de haberse separado de ellos, ya los extrañaba.
Extrañaba la risa de Ron, su forma optimista de ver la vida y los constantes pleitos que solía tener con Hermione. También extrañaba a la chica de padres muggles, con sus constantes cuestionamientos, las largas pláticas de magia y encantamientos que solía tener con ella y sobre todo, con esa aparente indiferencia con la que se dirigía a Ron. Y sobre todo, extrañaba a Harry, a quien sabía perfectamente que tenía aún muchas cosas que enseñarle y que le recordaba constantemente la amistad que había tenido con sus padres y con Sirius.
Abrió la puerta casi sin darse cuenta, caminó por el pasillo y se sentó desganadamente en uno de los sillones de la sala. Ni modo, tendría que acostumbrarse a estar solo de nuevo. Estiró los brazos, y al hacerlo, derribó uno de los retratos que estaban en la repisa de la chimenea de la sala, que ya nadie usaba. Fue por el estrépito del marco metálico que se dio cuenta de ello… volteó a ver lo que había tirado y se sorprendió gratamente: la fotografía mágica que estaba dentro del portarretratos de plata era de los Merodeadores, que se habían hecho a un lado para evitar los vidrios… de hecho, si la memoria no le fallaba, era la primera fotografía mágica que se habían tomado en Hogwarts, justo después de lo que había sucedido en la clase de Pociones. Remus tomó la fotografía y empezó a recordar:
(Flash back)
Realmente era injusto lo que había sucedido. James y Sirius habían provocado que se cayera de su escoba y que lastimara a Peter, y ahora él tenía que pagar el castigo que les correspondía a ellos. Después de haber hablado con el director (que por cierto, le había recordado que no debía haberse subido a una escoba) y de que Madame Hooch hubiera contado su versión de lo que había sucedido, le habían impuesto como castigo limpiar la plata del Salón de Trofeos después de las clases de la tarde.
Mientras se dirigía hacia el Salón de Trofeos con varios trapos limpios y un abrillantador de metales (que olía como a excremento de hipogrifo), Remus pensaba muchas cosas¿por qué había sido tan tonto como para aceptar la apuesta de aquellos dos, si sabía que eso iba en contra de las condiciones que le había impuesto el director¿Por qué no los había delatado delante de Madame Hooch¿Y por qué cuando Dumbledore le preguntó si le parecía adecuado el castigo no le había dicho la verdad?
Realmente estaba enojado consigo mismo por aquella situación, pero ya era tarde: no le quedaba más que limpiar los trofeos y mientras lo hacía, planear la forma de vengarse de los dos. Y su determinación no tardó en ser puesta a prueba: justo enfrente de él, estaban Potter y Black…
- ¿Qué hacen aquí? – preguntó Lupin con bastante resentimiento.
- Pues… venimos a ver cómo te preparas para ser nuestro esclavo… - respondió Sirius maliciosamente - ¿O ya se te olvidó que ganamos la apuesta?
- No, no se me ha olvidado lo que ocurrió allá afuera… y puedo contárselo al Director – respondió Lupin, impregnando el trapo con el abrillantador de metales.
- Si no lo hiciste antes, yo creo que ya nadie te creerá… - respondió James con una seguridad abrumadora - mejor resígnate.
- ¿Y cómo saben que no estoy planeando algo en su contra? – preguntó Lupin exprimiendo el trapo con demasiada fuerza.
- Bueno, tú sabrás… - respondió Sirius mientras él y James dejaban la habitación – De todos modos, somos dos contra uno…
(Fin del flash back)
Harry había seguido leyendo el diario de Sirius a lo largo del recorrido del Expresso de Hogwarts. Estaba tan concentrado en la lectura, que apenas había percibido la cantidad de paisajes (primero campiranos y verdosos y después agrestes y secos) que habían pasado por la ventana del compartimiento en que se su única compañía eran las mascotas de sus amigos y la suya propia, Hedwig, que en ese momento dormitaba bajo su ala. Quizá fue por ello que no se dio cuenta que la puerta del compartimiento se abría lentamente…
- ¡Hola Harry! … Vine a saludarte, pensé que tal vez te hiciera falta compañía…
¡Eso no era parte del diario de su padrino! Harry había oído claramente una voz que no tenía nada que ver con lo que estaba leyendo… Levantó lentamente el rostro y casi cayó del asiento cuando observó una figura menuda y pelirroja: Ginny Weasley estaba enfrente de él…
