Deja vû
Aún sin despertar, se abrazó a si misma, tanteando su piel que el frío glacial erizaba. Puso la mano extendida en la superficie sobre la que estaba tumbada y la recorrió en busca de una sabana. No estaba. Donde estaba, Dónde estaba la sábana, no, donde estaba ella? Sin abrir los ojos pensó algo dormida en lo que había pasado. Haber, había ido a la biblioteca… Si, en la biblioteca. Por eso hacía tanto frío y el ambiente era tan húmedo. Abrió los ojos con dificultad. Los cerró de nuevo. Los volvió a abrir. Se levantó, y aunque en un principio iba a hacerlo rápidamente tuvo que alentar el ritmo porque todas y cada una de las parte de su cuerpo de dolían agudamente. Cerró los ojos de nuevo y aspiró profundamente. Los volvió a abrir.
El día era espeso y grisáceo, llovía y hacía mucho frío para la poca ropa de componía su uniforme de a escuela. Miró alrededor. Estaba en un pequeño monte, y a lo lejos se divisaba un pueblo pequeño, las casas de cual estaban construidas muy rudimentariamente. Parecía desierto, no había nadie.
Se dispuso a bajar y saber donde demonios se encontraba, pero el resbaló con la tierra mojada y cayó boca abajo hasta quedar a las afueras del pueblo. Recobró su compostura y se sentó sobre sus rodillas, escupió todo el barro que había tragado y se restregó la tierra mojada en un intento de limpiársela. "No llores Mayura, los sueños no son la realidad. No estas sola, no te estás mojando, no te encuentras en un lugar desconocido y tu boca no sabe a barro."
No lloró. Se levantó, se alisó la falda, se sacudió la camisa y continuó caminando entre las humildes casas.
Unos treinta metros más allá divisó porque aquel pueblo tenía un aspecto tan fantasmagórico, todo el mundo se había reunido delante de un gran palacio. Todos lloraban y rezaban, parecían velar a un muerto. Venció su usual timidez para preguntarle a una mujer mayor que rondaba por allí que era todo aquello. La mujer, que tenía su rugosa cara llena de lágrimas, se abalanzó sobre ella y la abrazó fuertemente. Empezó a balbucear palabras inteligibles y acabó aquel discurso incomprensible gritando que porque, que porque el destino había sido tan cruel al llevárselo.
Todo el mundo, en el mismo estado moral que aquella mujer, se giró para ver que pasaba.
Cuatro hombres de aspecto fuerte apartaron a la mujer de la chica y se la llevaron mientras esta seguía gritando desesperadamente porque los dioses se lo habían tenido que llevar. Entonces todos repararon en la presencia de aquella chica de aspecto extranjero. Todos miraban curioso aquella joven completamente empapada y manchada de barro, de ojos marrón intenso de mirada profunda y confundida, de pelo castaño y cobrizo de ligeras ondas, ahora lacio por el peso de la lluvia y muy sucio.
Mayura dio un paso hacia atrás, totalmente confundida y viendo como toda aquella gente la miraba atentamente, observando cada detalle de su persona. Esta es la última vez que me duermo mientras leo un libro histórico, pensó la joven al ver aquella escena.
Una mano se posó en su hombro. Estaba muy fría, porque tenía aquella sensación si solo soñaba? La mano la llevó con fuerza hacia un poco más a la izquierda, donde otra mano se posó en su hombro izquierdo, también muy fría.
La chica se intimidada por aquella presencia alta situada detrás suyo que asía sus hombros con fuerza. Dudó que aquello no fuera más que una onírica situación.
- Entonces… se hace así y… Oh, sí! Ya lo entiendo
- Lo comprendes ahora?
- Sí, muchas gracias profesor Yuuki
- De nada, Ahikawa, es mi deber
- Sí – dijo la chica pelirroja algo sonrojada – Hasta mañana, señor Yuuki
- Hasta mañana Kaori!
La chica se alejó corriendo por el pasillo, sonriendo al haber escuchado como su querido profesor de literatura la llamaba por el nombre.
El profesor Yuuki, por otra parte, empezó a meter todos sus libros en el maletín sintiéndose libre al fin. Tenía dos días, un fin de semana entero para dormir y no pensaba corregir ni un solo examen ni contestar a ninguna de las preguntas obvias que sus alumnas le hacían solo por llamar su atención.
Dispuesto ya a marcharse, volvió hacia atrás. Le había parecido ver un resplandor rojo hacia al fondo. Bah, una ilusión óptica… oh no?
Bajó corriendo las escaleras que llevaban a aquella sala oculta de la biblioteca. Ahí la luz roja era más intensa, se iba acercando a la fuente de donde procedía. Un libro viejo de páginas amarillentas yacía en el suelo, abierto, con una página a medio escribir. Keisuke lo cogió y se sentó en el suelo, conociendo ya aquella sensación. Deja vû, se dijo mientras empezaba a leer la continuación de los cuatro del cielo y la tierra.
"El que a partir de ahora sería el nuevo emperador agarraba por los hombros a la chica que acababa de llegar a Konan. Esta intimidada y confundida no hacía más que preguntarse si aquello sería u sueño o realmente acababa de perder la cabeza y tenía alucinaciones.
- Como te llamas – preguntó con voz calmada el emperador
- De veras te importa mi nombre- dijo la chica ligeramente nerviosa. El emperador asintió con la cabeza. La chica estaba de espaldas pero pudo percibirlo. No solía confiar fácilmente en nadie, pero pocas personas le otorgaban aquella seguridad
- Mi nombre es Mayura Yukawa – dijo tensa la joven extranjera
- No debemos preocuparnos por que mi difunto padre no este entre nosotros – dijo entonces el emperador en un alto tono de voz dirigiéndose a su pueblo- No nos ha dejado solos – prosiguió- Mis rezos por una señal de que el aún seguía entre nosotros han valido la pena. Nos ha obsequiado con la nueva sacerdotisa de Suzako – dijo confiando en si mismo. Segundos después se alejó rodeando con un solo brazo los hombros de la chica hasta el palacio, con el mismo paso sereno y pausado que había heredado de su padre. "
Mayura era incapaz de creer lo que le estaba sucediendo. Sacerdotisa de Suzako? Pero que era aquello, si la sacerdotisa parecía ser la protagonista del libro… La protagonista del libro? Espera, no, era imposible. La gente no empezaba a leer un libro y se metía en él. La gente no se metía en las historias de los libros y se convertía en la protagonista de la historia. Eso solo pasaba en películas.
- Te importaría explicarme donde estoy? Quien soy? – Preguntó Mayura al hombre que la llevaba hacia el palacio por los hombros. Este la miró y sonrió.
- Te lo explicaré más tarde. Es una larga historia que no conozco muy bien. Pero hay un grupo de gente conoce la historia en primera persona.
Yukawa bajó la vista ligeramente sonrojada. Nunca se había imaginado que un emperador podía llegar a ser tan bello.
De repente aparecieron más de veinte mujeres en la puerta. Sin decir nada se la llevaron hacia lo que parecían unos baños y al cabo de dos horas, Mayura parecía otra. Había substituido el uniforme por un kimono largo, de color lila adornado con flores rojas y mangas transparentes. Y su pelo estaba ahora recogido en un moño muy apretado a la cabeza. Además, ornamentada con toda clase de joyas y con la cara muy maquillada, así la chica no parecía aquella estudiante quinceañera que todos habían visto, parecía tener diez años más.
Cuando llegó a la sala donde el harén de mujeres del emperador la llevó había seis personas. Un chico pelirrojo de expresión agresiva, un moje con un sombrero triangular y una misteriosa sonrisa, una chica que llevaba una trenza y vestía un kimono, un hombre alto que parecía ser el mayor de todos , una chica que parecía ser , al contrario, la más joven y por último la única persona que reconocía, el emperador.
Avanzó lentamente, cohibida por la presencia de aquel excéntrico grupo y se sentó donde el emperador le ofrecía asiento.
- Ella es Mayura Yukawa, la nueva sacerdotisa de Suzako
- Como que la nueva sacerdotisa? Creía que solo había una – dijo la chica de la trenza
- Todos creíamos que había una sola sacerdotisa. Pero resulta ser una cuestión cronológica. Una vez ha sido invocado el Dios, la sacerdotisa pierde su poder. Pero eso no quiere decir que la sacerdotisa ya no exista. Pasado un determinado tiempo, puede volver a aparecer una sacerdotisa. En épocas de crisis y guerras, la nueva sacerdotisa vuelve a aparecer. El Dios puede ser invocado hasta cien veces.
- No sabíamos eso – dijo la chica más joven
- Me lo explicó mi padre poco antes de morir. Incluso parece ser que Miaka no fue la única sacerdotisa, ni tampoco Yui. Las primeras aparecieron varios siglos atrás.
- Pero no hay ninguna misión, no?
- A no ser que se presentase un grave problema, no. Entonces habría que invocar a Suzako
- Pero no estamos todas las constelaciones, falta Hotohori, Tamahome está con Miaka…
- Por Hotohori no hay problema – dijo el emperador señalando un carácter dibujado en la parte posterior de su cuello- Y a la constelación del cangrejo habrá que buscarla.
- Que? – preguntaron todos perplejos
- Las constelaciones son como las sacerdotisas. Una vez una desparece, es relevada.
Mayura seguía confundida. Sacerdotisa? Constelaciones? El emperador pareció darse cuenta del estado de la chica
- Estás bien? – preguntó a la chica
- No entiendo nada
- Necesitas descansar. No es algo que se pueda entender en un momento. Noriko, acompáñala
- Sí, alteza
La chica de la trenza se levantó y le hizo un gesto a la nueva sacerdotisa para que hiciera lo mismo. Mayura se levantó y siguió a Noriko hasta lo que serían sus aposentos.
- Buenas noches, sacerdotisa – dijo Noriko antes de irse
Mayura se tumbó en la cama abatida después de aquella confusa situación. Con la larga uña pintada de rosa de su dedo índice resiguió la línea azul que la vena dibujaba en su muñeca. Lamió la sangre que empezaba a caer tras el arañazo y se encogió en el futón, rodeando sus piernas por las rodillas entrelazando las manos. Me duele la muñeca, pensó Yukawa, no es un sueño. No sientes esto en los sueños. En los sueños, más que puedan ser pesadillas, no hay dolor. Y no te sientes tan sola…
Cerró los ojos y se hizo la dormida, tan creíble, que cuando el emperador entró a escondidas en la habitación de la chica, se atrevió a besarla pensando que esta no despertaría.
Una vez se fue, la chica se encogió más aún. Recordando la seguridad que aquel extraño monarca le transmitía pudo dormir tranquila.
"La mañana siguiente amaneció soleada, como si la tristeza hubiera finalizado para Konan con la llegada de la chica extranjera. Esta despertó muy tarde aquella mañana, y aún hubiera seguido durmiendo, pero necesitaba entender lo que pasaba rápido. Sin embargo, no se atrevió a hablar con nadie, se limitó a salir al jardín y contemplar el agua en busca de una salida a aquel sueño tan real.
El Emperador estaba sentado en su trono, nervioso. No se veía preparado para tal cargo. No sabiendo lo que iba a suceder. Una vez muerto Hotohori, sabía que el emperador de Kutou no se iba a quedar de brazos cruzados por mantener la paz del imperio. Se aproximaba una guerra y lo sabía.
- Te encuentras mejor- la chica volteó para ver quien preguntaba por su estado. El emperador sonreía ampliamente con una mirada algo melancólica en la que la sacerdotisa pudo leer los sentimientos que el emperador camuflaba con aquella sonrisa
- Sí. Y tú?
- Por que no había de estarlo?
- Por que no lo estás.
- Y como lo sabes?
- Solo lo se.
- Lo sabes todo
- No. No se donde me encuentro, ni quien soy, ni que hago aquí… Sigo sin entender nada
- Es duro
- No más que perder a un padre
Los dos quedaron en silencio fijando la mirada en los jardines del palacio. El silencio duró una eternidad en la que ninguno de los dos quiso romper el hielo. Finalmente el emperador dispuso a marchar.
- Si necesitas algo, sabes donde estoy
- No necesitaré nada, gracias- respondió fríamente la muchacha, mientras observaba como el monarca se iba, y como al tiempo la inseguridad se volvía a hacer presente en ella. "
Los siete comensales cenaban en silencio. Un estrépito contra el suelo les hizo reaccionar, a Mayura se le había caído el vaso.
- Perdón – dijo mientas recogía los fragmentos esparcidos por el suelo, aunque más tarde el séquito de mujeres lo recogiera por ella.
Siguieron comiendo en silencio.
Una vez acabó la cena la sacerdotisa se retiró a su habitación donde estuvo tumbada en la cama hasta que horas más tarde se aseguró de que todo el mundo dormía.
Se levantó lo más sigilosamente posible, llevaba en aquel lugar dos semanas y no lo soportaba más. A parte de esporádicas conversas con el emperador no cruzaba palabra con nadie, no se atrevía a hacer nada más que no fuera responder las discretas preguntas que la gente le hacía.
Se quitó el pesado camisón con el que dormía y se puso el uniforme que alguien había lavado y ahora se encontraba limpio. Se deshizo la trenza dejando caer sus ondas cobres sobre los hombros, abrió la puerta lentamente para no hacer ningún ruido. Burló a la guardia del palacio saltando sobre unos arbustos y corrió tanto como sus piernas le permitieron hasta llegar a la colina donde había vislumbrado el pueblo por primera vez. La subió y miró alrededor.
Se dejó caer de rodillas y empezó a palpar el terreno. Tenía que estar, tenía que estar. Tenía que haber una salida a su mundo. Si había entrado tenía que poder salir de alguna manera. Lo que había empezado con suaves palmadas acabó como puñetazos, al principio por forzar la salida, al final de rabia e impotencia, contra la tierra húmeda. Acabó exhausta y jadeando, se tumbó boca arriba y miró las estrellas. Se sintió pequeña frente al universo y cerró los ojos pensando en aquella paz que sentía en su interior.
"Una piedra impactó con el cuerpo aparentemente inerto de la chica. No despertó. Otra piedra lanzada con más fuerza que la anterior logró que abriera los ojos. Se reincorporó sin saber aún donde se encontraba. Miró a su alrededor y vio que cinco hombres estaban dispuestos a seguir apedreándola.
- Mira Kiujo, está viva- afirmó el más alto
- Perfecto. Nos pagarán muy bien por ella. No se ven mujeres así todos los días- dijo orgulloso el que parecía ser el líder.
- Y por que no nos la quedamos- preguntó otro hombre
- Mejor si es virgen – dijo el líder
- Pero si nadie se dará cuenta, Kiujo – suplicó el más alto
- Nos pagarán más si es virgen
- Y si no lo es – dejó en el aire el que tenía una gran barba
La chica aterrorizada, alargó la mano por atrás para ver si encontraba algún objeto contundente con el que defenderse. Encontró un palo.
- Ven, bonita – dijo el jefe
- No quiero- contestó la chica en tono desafiante
- Es la última vez que te lo ofrezco amablemente. Ven, niña
- Es la última vez que se lo niego amablemente. Váyase a la mierda, imbécil
- Vamos niña insolente – dijo fuera de sí el hombre – Cogedla! – Ordenó a sus hombres
Los hombres con una sonrisa en la cara se dirigieron a coger a la muchacha, la cual se levantó y golpeó con la caña que había cogido a el más alto, que quedó algo aturdido.
- No se acerquen- dijo dirigiendo el palo contra el resto
- Te crees que nos das miedo?
El hombre de la barba la cogió de un brazo atrayendo a la chica hacia él, pero esta se defendió con una fuerte patada en la pierna del hombre haciéndole caer. La chica se libró de este y rápido embistió contra el que parecía ser el líder, pero dos hombres se interpusieron su camino dejándola inmóvil.
La chica cerró los ojos viéndose perdida cuando de repente dejó de sentir presión en los brazos. Vio que sus agresores habían quedado reducidos a escombros Levantó la vista y miro as su héroe a los ojos, era el pelirrojo de expresión agresiva que sostenía un abanico.
- Las mujeres solo traéis complicaciones- dijo este – Me has hecho gastar fuerzas inútilmente – dijo en tono orgulloso
- Nadie te ha pedido que me ayudaras – dijo la chica al tiempo que bajaba por la colina donde había pasado la noche
Tasuki, al ver que la sacerdotisa se iba bajó corriendo para no volverla a perder de vista y para continuar sermoneándola "
Un timbre ahogado sonó. El profesor Yuuki levantó la visita del libro que le había entretenido durante toda la noche y lo metió en su maletín, dispuesto a seguir leyendo en clase lo que le pasaba a la nueva sacerdotisa.
