.. Título: Sueños en Munich..
.. Autora: Annie-chan Diethel ..
.. Epílogo ..


"Niisan..."

El murmullo de Alphonse Elric se perdió en el viento. Lo había impactado tanto saber que había existido alguien tan igual a él...

Ed consideró justo explicarle la importancia que había tenido Alphonse Heiderich en su vida, sin omitir detalles. Al se convenció mentalmente de que su hermano nunca había llegado a amar realmente a aquella persona, sino a lo que suponía: un reflejo de sí mismo, el reflejo de la persona que Ed adoraba. Y, como si le leyese el pensamiento, él mismo se lo confirmó.

Pero aún así...

Era totalmente cierto que Heiderich iba a ser tomado como un reemplazo de lo que parecía un sueño imposible, lo más cercano al paraíso prohibido. Sin embargo, sabía bien que Edward no podía mostrarse indiferente hacia los momentos que su recuerdo implicaba.

Y, en aquel momento, frente a la tumba de aquel muchacho, lo veía romper en llanto acurrucado frente a su imagen rodeada de flores blancas, delante de la lápida que rezaba su nombre. No pudo evitar un fuerte dejá vù ante la escena mientras atardecía, ni la inquietud que le causaba ver su vivo retrato y su nombre en la piedra. El pecho le dolió al ver que su hermano, después de tanto tiempo, se comportaba como un niño dejando atrás sus tapujos de adulto prematuro; su llanto inconsolable le estaba desgarrando el alma, despedazando su corazón. Y no pudo evitar llorar con él en silencio.

No se vio capaz de abrazarlo porque sabía que aquel gesto le haría más daño. Quizá no en un primer momento, pero sí en cuanto se diese cuenta de quién era realmente. Comenzaba a hacer frío y anochecía, y Edward seguía deshaciéndose en disculpas hacia el difunto. Alphonse permanecía de pie a su lado pacientemente, permitiéndole a su hermano desahogarse con tranquilidad. Supo que no lo había hecho de verdad en seis años y se le notaba. Lo sabía porque durante sus largos cuatro años de viajes, cuando lloraba, lo hacía durante unos escasos instantes para luego fingir ser más fuerte de lo que era en realidad; porque finalmente todo aquello lo habían cerrado tanto hacia sus sentimientos que realmente no llegaba a sentir la necesidad de llorar, incluso en soledad, y él mismo había confesado no poder hacerlo en sus dos años de estadía aquí, más que algunos instantes de debilidad en brazos de su sombra. Y, además, porque sabía que se habían abierto junto con esta todas las heridas del pasado por las que no pudo derramar lágrimas autenticas.

Lo supo como si realmente fuese él mismo el que ahora acariciaba la tierra que cubría el cuerpo, recordando él también. Su llanto fue apagándose poco a poco...

"Al... volvamos a casa..."- sonó la voz ahogada de Ed.

Se levantó pesadamente y quedó de pie al lado de su hermano, mirando detenidamente la piedra con el rostro oculto por los mechones de su cabello, que se ondeaban con el viento. Volvió a agacharse para rozar el rostro de la fotografía y mostró una triste sonrisa. Le agradeció todo en un susurro y se incorporó, secándose las lágrimas. Se giró hacia su hermano, quien se mostraba afectado por él. Ambos tenían los ojos enrojecidos por las lágrimas, y a Al todavía le quedaban las más traidoras bajando a través de sus mejillas. Ed se acercó a él y se las secó con suavidad.

"Gracias, Al... Muchas gracias..."

Este lo miró unos segundos antes de que el mayor se arrojase a sus brazos. Las últimas lágrimas cayeron en el momento en que Al lo estrechó con fuerza, antes de poder rumbo a casa tomados de la mano.

En el apartamento que le había dejado Heiderich en un testamento del que Ed no había tenido constancia hasta días atrás, este se dejó caer sobre su cama sin siquiera encender la luz, sintiendo el peso de todas sus penas reposar sobre el colchón. Por un momento se sintió ligero. Alphonse preparó algo para cenar y se lo llevó a su hermano. Dejó la bandeja con un plato de sopa en el escritorio, junto a una botella medio vacía de alcohol y un vaso donde descansaban las últimas gotas de whisky. Se sentó en el suelo con las piernas cruzadas y apoyó los brazos y la barbilla sobre la cama, frente al rostro inexpresivo de Ed. Al sonrió cariñosamente.

"Te amo."

Aquellas palabras arrancaron una sonrisa a los labios del mayor.

"Yo a ti también, Alphonse..."

El chico de ojos pardos sabía que no podía estar seguro de a quién se refería, pero decidió no pensar en ello y besó sus labios tiernamente mientras se incorporaba y se recostaba sobre él.

Sobre el escritorio, la sopa se enfrió.