Muchas gracias a todos por vuestros reviews y a Aykasha-peke por la ayuda prestada.

Aviso: Este fic no contendrá Spoilers.

CAPITULO 3

.-Bueno Potter, cómo comenzar mi historia... Te contaría como nací, mis primeros años de vida... pero no los recuerdo –sonrió cínicamente, pero no apartó sus rojizos ojos del fuego.

.-¿Qué tal si empiezas desde el orfanato? -Voldemort crispó los puños ante la sola mención del centro.

.-Viví en ese antro hasta cumplir los once, y aun así seguí volviendo hasta los dieciséis, demasiado que contar...

.-Lo se -replicó Harry inmediantamente.

El Lord apartó la mirada de la chimenea y lo miró fijamente. Alzó una ceja al estilo Malfoy y esbozó una media sonrisa.

.-¿Lo sabes? ¿Y como es que el gran Harry Potter conoce la vida de su eterno Némesis?

.-Tu diario -contestó sencillamente. Le volvía a agradar ese Voldemort, volvía a tener el brillo de locura usual y su sola presencia volvía a ponerle los pelos de punta. Resultaba extraño que hubiese echado de menos una sensación así. Pero no tardó mucho en desaparecer. Las palabras que había dicho el ojiverde parecían haber vuelto a endulzar el negro corazón del heredero de Slytherin.

.-El diario si, otra brillante idea de Neith. Mi sexto año creo que fue el que más disfruté...

.-¿Te importa ir en orden? ¿Orfanato, colegio, creación de Lord Voldemort, dominación del mundo sería demasiado pedir?

El adulto rodó los ojos hasta ponerlos en blanco y empezó su relato.

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En el orfanato, los otros niños se metían conmigo, me insultaban y me pegaban, pero no tardé en aprender. Puedo ser muchas cosas en esta vida Potter, pero el ser estúpido no es una de ellas. Por cada golpe que me daban yo les daba dos, y pronto me dejaron en paz.

Odiaba ese sito como no te puedes ni imaginar, el lugar, la comida, a mis compañeros... No sabes cuantas veces soñé que mi padre venía a recogerme, que algún misterioso hombre me llevaba con él para correr grandes aventuras... No tienes ni idea Potter -pero Harry si que se lo podía imaginar. Durante sus once primeros siempre deseó irse de casa de los Dursley, no importaba adonde, lo importante era irse. Y le dolió parecerse tanto a Voldemort.

El resentimiento se marcaba en la voz del adulto, que apretaba con fuerza el cojín bajo él.

Pero sucedió. Todo lo que yo había deseado se hizo realidad, y de pronto me encontré en un mundo completamente distinto para mi, pero en donde curiosamente, sentía que encajaba a la perfección. La magia es mi hogar Potter, lo único que ha aportado felicidad a mi vida -Harry estuvo a punto de interrumpir, alegando algo sobre la tal Neith, pero comprendió que al, suponía él, haberla conocido en Hogwarts, la magia la había traído a su vida. De nuevo se preguntó, ¿quién era esa chica?

La carta me llegó, venía acompañada de una moneda extraña y otro pergamino que encendió mis mejillas de la más pura y frustrante de las vergüenzas -Voldemort se detuvo y Harry lo miró curioso, a él nada de la carta le había hecho sentirse así.

Querido señor Riddle: ya que sabemos que no posee ninguna cuenta a su nombre ni en su mundo ni en el que pronto se integrará, la junta directiva de Hogwarts ha decido aceptarlo en la escuela en calidad de becario -canturreó con voz dolida.

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Harry no pudo reprimir una gran sonrisa.

.-¿Orgullo Slytherin herido, Voldemort?

.-Si bueno... técnicamente aun no era Slytherin, pero supongo que si –admitió con indiferencia. Su mente viajaba por el pasado y hasta que no terminara su historia no regresaría completamente.

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En la carta me explicaban que la moneda me llevaría a un sitio donde poder comprar las cosas necesarias, que con tan solo presentar el papel donde decía que era un becario será suficiente. ¡Ja! Ni siquiera se molestaron en decírmelo personalmente. Yo jamás les hubiera creído si no fuera porque ya antes me había sucedido algo... "mágico" –silbó algo entre dientes y Nagini, la poderosa serpiente apareció junto a ellos, lanzando miradas de advertencia a Harry- Si... podía hablar con las sierpes. Solo por eso agarré la moneda esa lluviosa tarde de Agosto, sintiéndome estúpido hasta que el traslador se activó y me llevó al soleado callejón Diagón.

Comprenderás que decir que estaba alucinado es quedarme corto. Magos y brujas de todas las edades, con túnicas y sombreros picudos correteaban de un lado para otro hablando con toda normalidad sobre dragones, duendes y lo más importante, varitas. Las tiendas estaban abarrotadas de pieles de escarbatos, libros con formas imposibles, animales de nombre impronunciable... Pero nada me llamó más la atención que las varitas, y ese fue mi primer destino: Ollivanders.

.-Buenos días señor... -saludó una voz que provenía de la trastienda.

.-Riddle

.-Primer año en Hogwarts ¿no? Perfecto, perfecto, ¿Por qué no vienes por aquí para que te pueda medir? -el viejo me acercó al mostrados y sacó una cinta métrica que me empezó a medir sola por todos los sitios que se le ocurrían. Yo solo tenía los conocimientos mágicos que me había proporcionado los libros del Orfanato, por lo que no comprendía porqué para comprar una varita debían hacerme tantas cosas.- ¿Y a que casa crees que vas a ir muchacho?

Reconozco me quede en blanco. ¿De que casa hablaba ese viejo? Por primera vez en mi vida me sentí estúpido, ignorante. Y la sensación no me gustó.

.-No te preocupes, nadie lo sabe –me intentó tranquilizar el fabricante de varitas. Una vez hubo terminado de medirme chascó los dedos y me hizo lo que a todos, probar y probar varitas hasta que por fin me encontrara con la perfecta.

.-Prueba esta muchacho, cógela –me entregó otro palito de madera que a simple vista me pareció igual a los demás, pero al tocarla un súbito calor se apoderó de mi mano y pronto se extendió por el resto del cuerpo.

.-Maravilloso, maravilloso. Treinta y cuatro centímetros y cuarto, pluma de fénix, una de las varitas más poderosas que he diseñado –el viejo lucía emocionado, lo que supuse que había elegido bien a mi compañera de madera- Te esperan grandes cosas por hacer pequeño Riddle, grandes cosas...

Y con esa predicción retumbándome en la cabeza abandoné el oscuro local después de haber enseñado el certificado que me distinguía como becario.

A Gringotts ni me acerqué, pues no tenía dinero que cambiar o recoger, así que recorrí varias tiendas adquiriendo las túnicas escolares, ingredientes para pociones y un gran caldero de peltre, un telescopio y una balanza, hasta que finalmente llegué a Flourish y Blotts y utilizando toda la cara dura que aprendí en el orfanato no solo me llevé los libros de la escuela si no también "Historia de Hogwarts", "Quidditch a través de los tiempos", pues había oído a un niño comentar algo de ese extraño deporte con su madre y "Los secretos de la Magia", un gran volumen forrado en cuero que enseñaba desde los valores de las monedas mágicas hasta las clases sociales y las familias más distinguidas del país.

Me acerqué a la Heladería Florean Fortescue y me acomodé en una de las mesas vacías. Dejé las bolsas en el suelo y elegí un libro cualquiera para comenzar a adaptarme a este nuevo mundo que acababa de conocer.

.-Hola jovencito, ¿Qué deseas? –una camarera rubia, de labios carnosos y con un exceso de maquillaje se me acercó sonriendo.

.-Yo... lo siento, no tengo dinero –baje la cabeza, fingiendo estar avergonzado.

La joven camarera se echó a reír.

.-Pero como no vas a tener dinero, ¿y todas esas compras? A ver, ¿donde está tu madre? Te has escapado ¿verdad?

.-Mi madre está muerta y no se quien es mi papá. Las cosas me las dieron enseñando un papel que me mandaron de Hogwarts.

La pobre camarera no se esperó una respuesta tan sincera y dejando escapar una lágrima furtiva me revolvió el pelo cariñosamente. Sabiendo que estaba apunto de conseguir mi propósito me tragué el comentario que le tenía preparado e hice un pequeño puchero.

.-No te preocupes pequeño, invita la casa –y se fue meneando las caderas. Cuando se iba pude oír que murmuraba algo así como "pobre chico".

Sería pobre, si, pero era más inteligente que cualquiera de los que pasaban por delante. Dando una última ojeada a mi alrededor fijé mi atención en el libro.

.-Como no sabía lo que te gustaba te he traído uno de crema- reprimí un bufido y me forcé a esbozar una sonrisa agradecida a la estúpida de la camarera. Dando una lametada al helado comencé a leer:

"Hogwarts fue creado hace más de mil años por los cuatro magos más grandes del momento. Godric Gryffindor, Rowena Ravenclaw, Helga Hufflepuff y Salazar Slytherin..."

Al leer ese último nombre un cosquilleo me recorrió de arriba abajo. Pasé las páginas a toda velocidad, ignorando la creación de Hogwarts, las acciones de todos los directores... deteniéndome solo en la corta biografía de Slytherin.

"Salazar Slytherin:

El mago más misterioso conocido hasta la fecha. Tanto su día de nacimiento como de su muerte son desconocidas. Uno de los datos seguros es que Salazar Slytherin era hijo único, de una antigua familia de magos sangre pura alojada en el más inaccesibles de los pantanos. Con la capacidad excepcional de hablar parsel, a menudo se comunicaba con las serpientes para saber que ocurría en otras localidades cercanas al castillo.

Se dice que construyó una sala secreta, antes de su pelea con Gryffindor, que solo su heredero sería capaz de descubrir, y que solo entonces Hogwarts sería completamente purificada."

Me atraganté, me dio un ataque de tos y la excitación se apoderó de mí.

"...a menudo se comunicaba con las serpientes..."

Los ojos ya normalmente de un color cobrizo, relampaguearon peligrosamente, adquiriendo un tono carmesí que asustaría hasta el más valiente de los Gryffindors.

¿Cuantas veces había hablado con las culebras que habitaban en el patio del orfanato? Tenía ese poder desde que era capaz de recordar, sabía que era un don entre las personas normales, pero que también fuera algo único entre los magos era absolutamente maravilloso.

Dejé el helado sin acabar y recogí mis cosas a toda prisa. La moneda debía llevarme de de nuevo al Orfanato en cuanto yo dijera la palabra:

.-¡Regreso!

Volví a sentir el fuerte tirón en el ombligo, apareciendo en el siguiente parpadeó de nuevo en la sala de calderas. Me tomé unos segundos para recuperar el aire y luego escondí las bolsas detrás de unas grandes bombonas de butano para salir a continuación de la habitación. Caminaba de puntillas intentando hacer le menor ruido, había faltado a todas las clases de la mañana y sabía que sería duramente castigado en cuanto dieran conmigo. Recorrí pasillos y más pasillos intentando llegar a la habitación antes de que algún profesor me viera.

.-¡RIDDLE! –una atronadora voz retumbó entre los oscuros corredores, haciéndome temblar furiosamente. Me di la vuelta, temiendo la inexorable llegada de la directora.

La señora, de unos cincuenta años, conocida entre los huérfanos como la mujer de hierro, era alta y fuerte, de complexión similar a un hombre. Llevaba siempre el pelo recogido en un moño gris y una redecilla negra encima, aprisionando aún más el cabello contra el cuero cabelludo. A menudo los habitantes del orfanato bromeábamos sobre si habría algún hombre sobre la paz de la tierra capaz de soportarla más de diez minutos seguidos, pero si alguno de esos comentarios se filtraba hasta los oídos de la mujer... los niños tenían problemas, y normalmente el más perjudicado era yo.

.-Ho...hola directora Tatcher.

Como respuesta obtuve un bofetón que me giró la cara y me hizo sangrar el labio inferior. No me quejé, llevaba toda mi vida viviendo allí, siendo odiado de manera inexplicable por esa bruta mujer que se divertía pegándome desde que tenía tres años.

.-¿Quién te crees que eres maldito niñato hijo del demonio?

El odio me corroía las venas, las pupilas se me dilataron bruscamente pero apreté los dientes y me callé.

.-¿No hablas? Igual unos azotes te enseñarán a contestar cuando te hagan una pregunta -me cogió de los pelos y me arrastró hasta su despacho, una habitación tan fría como ella. Al llegar me soltó y me dio un empujón que me hizo caer. La mujer aprovechó para darme una patada en el estómago y se alejó unos pasos hasta un extremo de la sala, acercándose al gran armario de roble. Cuando Tatcher se acercó de vuelta, portaba una fusta en la mano y una sonrisa diabólica que no me hizo ni pizca de gracia.

El primer golpe me lo esperaba, los siguientes ya no. Una y otra vez la fusta cayó sobre mi delgado cuerpo desnudo, pues la vieja me había obligado a descamisarme para "aprender mejor la lección". No pronuncié una palabra y el castigo solo se detuvo cuando la directora estuvo demasiado cansada para seguir.

Me dejó solo, herido sobre el suelo de piedra, como tantas veces había hecho antes, pero me juré que sería la última vez. Tom Marvolo Riddle ya había recibido demasiadas palizas para dos vidas enteras. Me puse de nuevo la camisa y salí del despacho después de haber esperado cinco minutos, no fuera a ser que me la encontrara por los pasillos.

Cuando entré en la habitación que compartía con otros dieciséis chicos, encontré a tres de mis compañeros revolviendo las cosas de uno de los pequeños y riendo estúpidamente. A mi llegada callaron.

.-Ey Riddle, Tatcher te andaba buscando, creó que no le sentó muy bien que colgaras clase –se rió. Tenía quince años y era imbécil. Fue abandonado a las puertas del orfanato cuando tenía cinco y por las noches lloraba creyendo que nadie lo escuchaba.

.-Muérete Hunter. Métete en tus asuntos –el otro cerró la boca y siguió a lo suyo, simulando que no había pasado nada. Como pude me aproximé a mi cama y me dejé caer sobre ella de cualquier forma. Solté un aullido de dolor cuando mi espalda flagelada toco las ásperas sabanas.

Los tres fisgones se volvieron al escuchar mi gemido.

.-¡Largo de aquí los tres!

No tuve que repetírselo, me había peleado varias veces con cada uno de ellos y sabían que les ganaba por lo que incluso siendo menor que ellos me tenían miedo.

Solo al verme completamente solo me permití quejarme del dolor y la angustia, con lentitud me desplacé al baño donde pude ver lo que esa arpía me había hecho. Las marcas rojas me decoraban tétricamente la espalda, varias de ellas estaban en carne viva, dejando escapar hilillos de sangre que manchaban mi vieja camisa.

Con un suspiro derrotado volví a la cama e intenté dormir.

& & &

Y llegó el día. El día en que por fin sería libre de permanecer en ese antro por más tiempo. El día que comenzaría mi formación para convertirme en el mago más poderoso de todos los tiempos.

El traslador me llevaría a las diez y media a la Estación de King Cross, donde entre el andén nueve y diez atravesaría el portal que me llevaría al inicio de mi nueva vida.

Solo tenía un pequeño problema, decirle a mi "linda y comprensiva" directora que pasaría el curso en un selecto internado.

¡PUM! ¡PUM!

.-Pase –dijo una voz al otro lado de la puerta. Tragué con fuerza y apreté la carta que el subdirector Dumbledore me había mandado para Tatcher, mientras que con la otra mano giraba el dorado picaporte - ¡Que sorpresa Riddle! ¿Qué has hecho esta vez?

.-Nada señora, solo venía a entregarle esto. No me verá de nuevo hasta el verano.

La directora alzó ambas cejas de forma escéptica y me arrancó la carta de las manos.

Cuando terminó de leer, una atronadora risa se hizo oír entre el silencio de la mañana.

.-¿Acaso crees que alguien vendrá a por ti? ¿Quién podría quererte Riddle? –me dijo con maldad.

.-Hasta el verano que viene directora, no me eche de menos, porque yo no lo haré -cerré la puerta de un portazo y eché a correr antes de que le diese tiempo a reaccionar. Bajé rápidamente a la sala de calderas y me encerré por dentro. No permitiría que nada ni nadie arruinara mi única vía de escape de ese lugar.

Ordené todos los materiales y las túnicas dentro del baúl que había comprado en el Callejón, poniendo especial cuidado en los libros y en la varita, y una vez colocado todo me dispuse a esperar, con la mano derecha agarrando un asa del baúl y la izquierda sujetando firmemente el galeón.

En esas dos semanas que habían pasado desde la llegada de mi carta de ingreso me había leído todos los libros que había comprado, para enterarme del funcionamiento de la comunidad mágica y practicado algunos hechizos de bajo nivel, con buenos resultados.

Sin darme casi cuenta, pues estaba completamente ensimismado, todo a mi alrededor se hizo borroso, una extraña fuerza tiro de mi y cuando volví a abrir los ojos me encontraba en la gran estación de tren de la capital: King Cross. Me levanté raudo y corrí entre la multitud sin fijarme en los lujosos y espléndidos trenes que descansaban a mi alrededor, hasta llegar al anden nueve. Con paso decidido, tal y como me indicaban me dirigí hasta el muro de ladrillos que separaba un anden con otro. No tuve miedo, hasta entonces todo lo que ponía en la carta se había cumplido, ¿Por qué en eso debía estar equivocada?

Y no choqué. Atravesé la pared y ante mi apareció una preciosa locomotora escarlata en donde rezaba el cartel: Expreso de Hogwarts. Era el primer tren que veía (calmadamente) en mi vida y me dejó anonadado. Pronto el alboroto del andén me hizo volver a la realidad.

Niños y niñas, desde los once años hasta los diecisiete correteaban de un lado a otro. Despidiéndose de sus padres, aceptando consejos de última hora de sus madres y reencontrándose con viejos amigos. Los más pequeños permanecían con cara asustada al lado de sus familias, observando todo con ojos muy abiertos. Las lechuzas ululaban en sus jaulas y los gatos maullaban intentando bajarse del regazo de sus amos, varios sapos correteaban por el suelo siendo perseguidos por chillones jóvenes que los llamaban a gritos.

El ambiente me hizo sonreír, y no dispuesto a quedarme sin sitio en lo que suponía iba a ser un largo viaje entré en el tren y me senté en el primer vagón vacío que encontré.

Las risas de los jóvenes del tren llegaban de forma clara hasta mi vagón, pero no me importó. Yo no iba a Hogwarts a hacer amigos, aunque bienvenidos estaban si llegaban, si no a aprender magia y una buena forma de vengarme por todos esos años de injurias.

.-Valla, valla ¡pero si es mi querida Neith! –dijo una voz al otro lado de la puerta de mi vagón. A través del cristal lacado podía ver de forma distorsionada las siluetas de los dos conversantes.

.-Por la resurrección de Osiris, ¡Belcebius! ¿Cómo estás, Malfoy? Hace mucho que no nos veíamos.

.-¿Por qué no entramos y nos ponemos al día? –el joven abrió la puerta y pasó arrogantemente sin importarle que yo estuviera allí. No dije nada, según "Los secretos de la Magia" los Malfoy eran una de las familias más antiguas del país. Junto con los Black, los Collins, los Potter, los Longbotton, los Bones y los Weasley, y alguien como él podía ser un gran aliado.

La muchacha lo siguió. Tenía la piel bronceada y unos ojos dorados que contrastaban con la piel nívea y las orbes plateadas de su acompañante. Ella era castaña de pelo liso y largo y él rubio platino, con el pelo sobre los hombros de manera elegantemente descuidada. Neith tuvo la decencia de mostrarse sorprendida al ver a alguien más en el vagón.

.-Anda, ¿y tu quien eres?