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CARAMELO EN LA CENA

Después de que James tuvo su disfraz de Bob Esponja debidamente acomodado, los tres salieron de la casa acompañados por Crookshanks al cual James le había puesto una chaqueta de motociclista color negra tamaño miniatura, ideal para el animal y debido a ella caminaba como si estuviera saltando. En el andén de la casa vecina se encontraron con una señora que acompañaba a un grupo de más o menos siete niños, todos de edades diferentes y disfrazados de monstruos como momias, vampiros y fantasmas.

¡Ross! – dijo la señora –. No le pegues a tu hermano, no vez que es más pequeño. Y tú, Tiffany, no vuelvas a patear la puerta o le digo a tu madre.

Los tres avanzaron hasta la puerta y llamaron. Un anciano les abrió.

-"Tliqui", "tliqui", halloween – canturreó James agitando su bolsa de dulces.

-Hola, pequeño – saludó el anciano con mucha energía tocando la espuma que el niño tenía sobre la cabeza –. Ya me imaginaba que no faltaría Bob Esponja.

-Es lo "mejol" de lo "mejol" – dijo James con una sonrisa.

-Pues si, es un disfraz mucho más bonitos que esos horripilantes monstruos – comentó el anciano mientras depositaba en la bolsa de James una gran cantidad de caramelos –. Bien hecho que no lo hayan disfrazado de esos bichos – les dijo a Harry y Hermione.

Ambos se miraron y no dijeron nada.

-Muchas "glacias", "señol" Don Anciano – le dijo James cuando cerró su bolsa.

-Disfruta mucho de los dulces, pequeño. Y no estaría mal que le dieras unos cuantos al gato – añadió el anciano mirando a Crookshanks que se había sentado estratégicamente al lado de James. El niño asintió.

Siguieron su camino, visitando todas las casas por las que pasaban, encontrándose con grupos de niños disfrazados de toda clase de personajes. Harry vio a varios disfrazados como el mago Gandalf, también varios súper héroes muggles y muchas niñas disfrazadas de brujas, aunque bastante siniestras. Se demoraron casi cuarenta minutos en visitar todas las casas de la calle donde vivía Hermione, principalmente porque tuvieron que esperar varias veces para que le tocara el turno a James de recibir los dulces o porque se encontraban con amiguitos suyos en el recorrido. Algunas casas tenían colgadas en la puerta figuras de gatos negros y murciélagos, o calabazas con fantasmas; pero la decoración que más le gustó a Harry fue la de los jardines, en ellos había pequeñas estatuas de brujas muy feas, con gnomos muggles y calabazas con velas o bombillos, seguramente para encenderlos al anochecer. Avanzaron una calle más y James ya comenzaba a tener problemas con su bolsa de dulces.

-"Cleo" que no me van a "cabel" todos – dijo él con pesimismo.

La bolsa estaba casi llena y debido al peso, en cualquier momento se desfondaría.

-No te preocupes – le dijo Hermione tomando la bolsa –. Yo te la arreglo – Se sentó en el prado con la bolsa entre las piernas –. Harry, siéntate y cúbreme.

Harry se sentó al lado de ella, hasta Crookshanks sabía lo que tramaba porque se parqueó al otro lado de Hermione con su cola muy levantada para tapar la visión de los curiosos. Harry abrió su chaqueta y Hermione puso la bolsa casi dentro de ella apoyando su cabeza en el hombro de Harry. Apuntó con su varita murmurando algo y segundos después le dio la bolsa a James.

-Ya está – le dijo al niño como si nada. Varias personas que pasaban por allí la miraron con curiosidad al verla a ella, a Harry y al gato sentados en el prado, pero siguieron su camino.

-Uff, menos mal – comentó James muy contento –, y ya no pesa nada.

-James, chist – le advirtió Harry llevándose un dedo a los labios. El niño también se llevó un dedo a los labios y asintió.

Continuaron visitando las casas del sector, Harry calculó que habían estado en por lo menos seis calles diferentes ya que varias veces cambiaron de dirección y en vez de seguir hacia el norte, desviaban hacia el occidente. El tiempo pasó muy rápido y pronto cayó la noche y con ella llegó una fría brisa, común de la temporada de otoño. Eran mas de las siete y James se dejó caer sobre el prado de un jardín, cerca de unas calabazas que servían de faroles, muy agotado por la caminata. Crookshanks se sentó a su lado rascando la cabeza en su brazo.

-Creo que es hora de irnos a casa – comentó Harry sentándose al lado del gato –, James está muy cansado.

-No, no es "cielto" – protestó el niño negando con la cabeza enérgicamente.

-Estoy de acuerdo contigo – le dijo Hermione a Harry, se arrodilló frente a James y levantando su barbilla agregó –¿No estás cansado¿Ni siquiera tienes un poco de hambre?

El niño permaneció en silencio durante unos segundos, mirando los escudriñantes ojos de su madre para luego asentir con la cabeza.

-"Pelo"¿qué vamos a "comel"?

¿Comida china? – le dijo Hermione a Harry.

-Sí, rico.

Hermione sacó de su chaqueta su teléfono móvil y realizó la llamada para el domicilio.

-Bueno, el repartidor se demora un poquito, así que tenemos tiempo de ir a casa – comentó Hermione levantándose del suelo.

Harry también se levantó, pero James no lo hizo. Los miró a ambos y dijo en voz baja, que sonaba a culpabilidad:

-Es que... estoy cansado.

Harry y Hermione se rieron.

-Entonces, yo te cargo – dijo Harry hincándose frente a James.

Le dio a Hermione la bolsa de dulces y cargó al niño. Crookshanks se levantó y camino junto a ellos de regreso a casa. Hermione le quitó a James la gran esponja que tenía en la cabeza para que esta no le estorbara a Harry. El niño abrazó en cuello de Harry con su mano derecha y apoyó la cabeza en el hombro derecho de Harry. Nada más en llegar al jardín de la casa de Hermione, se parqueó delante de ella un automóvil muy viejo, con letras chinas pintadas en rojo que ocupaban casi toda la carcasa del carro. De él bajó un chico muy joven con una bolsa plástica llena de cajas medianas.

-Buenas noches – dijo el chico haciendo una inclinación oriental –. Su pedido. Son sesenta con veintisiete.

Hermione le dio el dinero al chico y recibió la bolsa. El joven salió corriendo de allí y se marchó. Cuando subían las escaleras, sonó un frenazo. Ambos se volvieron para ver, hasta James levantó la cabeza para observar. El frenazo lo había dado un automóvil convertible azul oscuro que en esos momentos estaba cubierto.

-Libby – dijo Hermione.

Y si era ella, pero el que conducía era Ron. Ambos se bajaron con antifaces en sus rostros. Libby llevaba uno que cubría la mitad de su cara y que estaba lleno de plumas de muchos colores. Ron tenía uno negro, parecía El Zorro. Además, ambos llevaban bolsas pequeñas color naranja.

-Dulces – les dijo Ron muy contento agitando su bolsa.

¿Ustedes pidieron dulces? – preguntó Hermione son sorna.

-Nosotros no – dijo Libby –. Todos los que estábamos.

-Y éramos como diez – continuó Ron como si nada –. Pero no es que los hubiéramos pedido, es que nos lo dieron.

-Si – confirmó Libby – Nosotros íbamos por la calle, con estos espectaculares antifaces y los automóviles paraban y nos daban dulces. Ni modo de decirles que no. Y parece que no fuimos los únicos a los que nos fue bien – le comentó a Ron –. Mira la bolsa que tiene Hermione.

-Es mía – dijo James –. Hay un pocotón.

Todos ingresaron a la casa. Harry bajó a James y se sentó con Ron en la sala. Hermione, Libby y el niño fueron hasta la cocina.

-Y¿cómo fue todo? – le preguntó Ron mientras hurgaba en su bolsa de dulces.

-Muy bien, la obra de James fue sensacional – contestó mientras le quitaba la chaqueta a Crookshanks.

¿Y con Hermione? – preguntó el pelirrojo en voz baja quitándose el antifaz.

-Normal, ya sabes – dijo Harry observando como el gato se restregaba sobre la alfombra que tapizaba la sala, agradecido de no llevar más esa prenda.

-La echó – dijo Ron en un susurro.

¿Qué?

-Que Hermione echó a Libby – continuó Ron mirando a que las chicas no aparecieran por allí –. Fue después de que llegaran de Inglaterra.

¿Que la echó? – susurró Harry muy sorprendido –¿por qué?

-Pues por qué va a ser, por llevar a James a escondidas. Pero no te preocupes que a la media hora Hermione se arrepintió y limaron asperezas. Por ese problema es que Libby no puede darnos la dirección de la casa para que utilices la red flu.

-Ya se me hacía raro que Hermione no hubiera armado un problema por eso – dijo Harry.

-Pues si – coincidió Ron –, ya sabes lo delicada que es.

-Pero, de todas maneras estuvo mal hecho por parte de Libby llevar a James sin decirle nada a Hermione – admitió Harry –¿qué tal que les hubiera pasado algo?

-Eres bastante optimista – le dijo Ron con vehemencia, luego se metió a la boca un caramelo.

En ese momento James llegó donde ellos y se sentó al lado de Harry.

-Fui a "lescatal" mis dulces – les dijo agitando su bolsa.

¿Y cuántos recogiste? – le preguntó Ron con mucho interés.

-Muchos, "mila" – y volcó sobre la mesa de centro todo el contenido de su bolsa.

Sobre la mesa se formó una montaña de caramelos. Ron se quedó estupefacto ante la visión que tenía: habían tantos caramelos, que muchos de ellos caían al suelo y a pesar de estar sentado, el pico de la montaña estaba casi a la altura de su cabeza.

¿Serán suficientes para satisfacerte? – le preguntó Ron a James.

-"Plobemos" – respondió el niño.

Cogió uno de los caramelos, lo desenvolvió y se lo metió a la boca.

-Si, "cleo" que si.

-Por tu bien, es mejor que no te los comas todos esta noche – le dijo Harry.

¿Por qué? – preguntaron a la vez Ron y James, aunque James dijo: "pol" qué.

-Porque te puede doler el estómago – argumentó Harry.

-Eso no "impolta" – dijo el niño –, ya se "quitalá".

¿Y crees que eso le bastará a tu madre? – le preguntó Harry.

-No – contestó James abriendo los ojos como platos.

-Ves, es por tu bien – dijo esta vez Ron.

James comenzó a guardar los dulces en su bolsa, llenando sus pequeñas manos de caramelos, así que no se notaba que disminuyera la gran montaña que había sobre la mesa de centro. Harry lo detuvo y con un sencillo conjuro, todos los dulces ingresaron volando a la bolsa. Hermione y Libby se reunieron con ellos, ambas llevaban levitando sobre bandejas las cajas de arroz chino y cinco vasos con un jarrón y Libby también se había quitado su antifaz.

-A comer – anunció Libby alegremente colocando la bandeja con las cajas de comida donde antes estaba la montaña de dulces.

¿Y, qué es eso? – preguntó Ron acercándose para olfatear las cajas.

-Es comida china – contestó Hermione poniendo la bandeja de las bebidas al lado de la bandeja de las cajas –. Y no es necesario que lo olfatees, Ron.

-No pretenderás que me coma eso sin saber su procedencia – le dijo Ron señalando las cajas.

-No te preocupes – intervino Libby –. Hermione solo come cosas que hayan pasado por todos los controles existentes de calidad.

-Siendo así...

Cada uno cogió una caja de la mesa, media aproximadamente veinte centímetros de alto y en la parte superior se abría jalando hacia los extremos las dos pestañitas que unidas formaban una especie de flor. Como cubiertos utilizarían cada uno un par de palillos chinos, que les costó bastante utilizar.

-Uno no puede comer nada con esto – se quejó Ron cuando trataba de retener un poco de arroz con unos trozos de verduras en ellos –, te lo vas a llevar a la boca y ya no está.

-Que idiotez – susurró Hermione. Dejó a un lado sus palillos, sacó su varita y apunto a uno de ellos, convirtiéndolo en tenedor –. Mucho mejor.

Los demás la imitaron, menos James, que los miró con una mezcla de asombro y envidia.

¿Y yo? – les dijo, a ninguno en particular, agitando los palillos en lo alto.

-Pásamelos – le dijo Ron. Al tener uno en la mano le dio un golpe seco con la varita y lo convirtió en una cuchara muy torcida. Se la pasó a James.

-"Glacias", Ron, me gusta mucho.

Continuaron comiendo animadamente, mientras Libby y Ron les contaban lo que habían hecho durante todo el día. Primero fueron a Yoguen Früz, donde Ron se compró un enorme helado; después fueron a Albany, la capital del estado de New York, donde permanecieron el resto del día con los amigos de Libby, todos magos y brujas, y los cuales le enseñaron a Ron a jugar el quodpot. En el juego hay once jugadores por equipo, los miembros de un equipo se pasan entre si la quod o quaffle modificada y tratan de meterla en el pot del otro extremo del campo antes de que explote. El jugador al que le explote la quod en las manos debe abandonar el terreno de juego. Una vez la quod está segura en la pot (un pequeño caldero que tiene una solución que impide que la quod estalle), el equipo anota un punto y entonces se saca una pelota nueva al campo de juego.

-Pero no hay nada como el quidditch – dijo el pelirrojo en tono convincente al finalizar el relato.

-Pues, no sé que le ven al quidditch – comentó Libby distraídamente mientras se servia más bebida –. Es más emocionante ver como a tu oponente se le estalla la quod en la cara, o como tiene que salir volando como una flecha hacia la pot para que no le estalle la pelota.

Levantó la vista para ver que Harry y Ron la miraban como si fuera una pequeña babosa. Ella no se dejó intimidar y se bebió su vaso como si nada para al final soltar un suave eructo.

-Libby – le reprochó Hermione.

¿Qué?

-No lo hagas delante de James, por favor.

-Pues él debería aprender – opinó Libby –, en las escuelas muggles el que no sepa eructar es un perdedor, en especial para los chicos.

¿Aquí tienen esa costumbre? – le preguntó Harry muy asombrado.

-Claro, es más, hasta hacen campeonatos. Yo participé en varios y gané algunos. Lo malo es que cuando vas a una escuela de magia, no es tan bien visto.

¿Por qué lo dices? – le preguntó Hermione temiendo la respuesta.

-Porque en más de una vez me pusieron a escribir a causa de eso – respondió Libby con desdén, se aclaró la garganta y recitó –: Un eructo no es una respuestaó, "El ministro lo hizo" no es excusaó, No gané la Orden de Merlín de eructos, No estoy acá con una beca erúctica, La primera enmienda no habilita a eructar...

¿La primera enmienda? – preguntó Ron entre risas.

-Es la constitución – explicó Libby –. En Estados Unidos permitió la libertad de expresión.

-Entonces, a causa de tu encantadora costumbre te pusieron a copiar varias veces – dijo Hermione en tono burlón.

-No solo a causa de esa – le dijo Libby con solemnidad, parecía enorgullecerse por los castigos recibidos –, entre otras me pusieron a escribir: No dormiré mientras soy educada, No tengo poder de abogada sobre las de primer año, No pediré helado a gritos, Un mono entrenado no podría enseñar defensa personal muggle, Mi suspensión no fue mutua...

Todos estaban rojos de la risa, Libby se sintió halagada.

-Al único de nosotros que no la pusieron a copiar en el colegio fue a Hermione – comento Harry cuando pudo contener su risa.

-Me lo imaginaba – dijo Libby –. Aunque, si lo hubiera hecho, le hubieran puesto a copiar: No destacaré la ignorancia del cuerpo docente.

Finalizaron con su comida, aunque James fue el único que no lo hizo, dejó la mitad de la caja llena ya que no podía comer más. Ron se ofreció voluntariamente a terminar con ella.

-Evanesco – exclamó Hermione apuntando con su varita a las cajas que estaban sobre la mesa, al instante desaparecieron.

¿A dónde van cuando dices eso? – le preguntó James.

-Directo a la basura – explicó Hermione –. Cuando pronuncias ese hechizo lo haces pensando en el lugar donde quieres que aparezcan.

¿Me dejas "intentalo"? – le preguntó James con una sonrisita.

-No – dijo de plano Hermione guardándose la varita en la chaqueta –. Cuando estés en el colegio.

-Ya estoy en el colegio – argumentó James con impaciencia.

-En el colegio de magia – puntualizó Hermione.

James arrugó el ceño y cogió su bolsa de dulces para sacar varios caramelos.

-Y cambiando de tema – dijo Hermione mirando con recelo a James –¿Qué tal te ha parecido Estados Unidos, Ron?

-Admito, y me sostengo en mi palabra, que me ha gustado mucho. "Mankatan" es espectacular.

-Manhattan – lo corrigió Hermione.

-Como sea, me entendiste – le dijo Ron sin darle importancia –. Pasamos por allí de volada y cuando miras los edificios, sientes que se te vienen encima... ¡Wow, que sensación más rara.

-En otra oportunidad, subimos al Empire State – le propuso Libby –. Te hubiera llevado al World Trade Center, pero... bueno, ya sabes lo que pasó.

¿Las torres que se cayeron con los avionasos? – preguntó Ron, Libby asintió con tristeza – Si, es una lástima lo que ocurrió. Cada mundo tiene su Señor Tenebroso.

Entre todos ellos se formó un tenso silencio, del que al parecer James no se había dado cuenta ya que estaba desenvolviendo tranquilamente lo que la parecer era su tercer caramelo.

¿Y cómo te parecieron los amigos de Libby? – le preguntó Hermione para romper el hielo.

-Me cayeron muy bien...

-A Ron le gustó Wendy – le susurró Libby.

-Eso no es cierto – saltó él, con el rostro rojo.

-Claro que si – lo contradijo Libby en tono burlón –. Yo te vi. Cuando la viste pusiste una cara así – Abrió la boca, puso una mirada perdida y sacó un poco la lengua.

Ron le hizo mala cara.

-Es increíble que aún te enfades por esas cosas, Ron – le dijo Hermione con seriedad.

A ella también le hizo mala cara, sacó un caramelo de su pequeña bolsa, se lo metió a la boca y a ambas chicas les volteó la cara.

-Especuladoras – murmuró.

-Ay, no te enfades – dijo Libby con naturalidad –. ¿Sabes qué deberías hacer? Llámala.

¡Ni de chiste! – exclamó Ron, horrorizado de solo pensarlo.

¿Qué es lo peor que te puede pasar? Que te cuelgue, y ya.

-No – dijo Ron con rotundidad.

En ese momento Harry sintió que algo se apoyaba sobre su brazo izquierdo, se volvió hacia ese lado y vio a James profundamente dormido sobre él, con la bolsa de dulces ladeada. Hermione, que estaba al lado de James, cogió la bolsa y la puso sobre la mesa.

-Mucho cuidado con los dulces del niño – les advirtió a Libby y a Ron.

Se levantó para cargar a James, pero Harry lo tomó entre sus brazos y fue él quien lo hizo. Antes de salir de la sala, Hermione les dirigió una mirada amenazadora a Libby y a Ron, que miraban con avaricia la bolsa de dulces de James.

-Vamos, Harry. Hace horas que debió haber estado durmiendo.

Salieron de la sala y con lo primero que Harry se topó fue con una puerta, posiblemente era la de la habitación de Hermione ya que ella siguió por el pasillo hacia una que había en el medio. Harry ya sabía que la de Libby era la última, una vez vio a la chica y a James entrar por ella. Hermione abrió la puerta e ingresó en la habitación, Harry la siguió. Ella encendió una lámpara que había en la mesa de noche del niño y quedó iluminada su habitación. Era pequeña, ideal para él; la cama estaba pegada contra las paredes, en la cabecera y de un lado; al lado de la cama había un tapete; y junto a la ventana un pequeño escritorio con una urna de cristal; en las paredes estaban incrustadas varias estanterías que estaban adornadas con juguetes de toda clase, desde carritos hasta muñecos de accion; en el lado opuesto a la pared donde estaba pegada la cama habían dos puertas en cenefas, Harry supuso que ese era el closet; pero la característica principal de la habitación era que las cortinas, la colcha de la cama y el tapete eran de Bob Esponja y al fijarse en la lámpara no le sorprendió descubrir que también era de él.

Hermione deshizo la cama y la acomodó para que el niño durmiera en ella, de la mesa de noche sacó una pijama con pantalón de rayas.

-Acuéstalo, por favor – le pidió a Harry.

Él lo hizo y entre los dos le cambiaron la ropa. Harry se sorprendió de que a pesar que le movían los brazos y las piernas, el niño no se inmutaba y seguía profundamente dormido. Resultó bastante difícil colocarle el pijama; no por el pantalón sino por la camiseta, casi no son capaz de coordinar que metían primero, si la cabeza o los brazos. Una vez que quedó empijamado, Harry lo acomodó y Hermione colocó debidamente las cobijas, le dio un beso en la frente y se levantó. Harry la imitó, aunque antes de levantarse le acarició suavemente el cabello, era la primera vez que le daba el beso de las buenas noches.

-Vamos – lo apremió Hermione en susurro.

Ella abrió la puerta mientras Harry apagaba la lámpara. Antes de llegar a la puerta, Harry asió la mano de Hermione y la acercó un poco a él.

-Muchas gracias por haberme permitido estar con James – le dijo en susurró para que el niño no se despertara.

-No tienes nada qué agradecerme, Harry – dijo Hermione en voz baja, tratando de restarle importancia –. Era importante para él, y yo lo comprendo.

¿Y, para ti? – le susurró Harry acercándose más a ella.

-Yo no importo, importa James – le respondió alejando su rostro, temiendo lo que Harry pudiera hacer.

Pero eso no le bastó, porque tal como la primera vez que lo hizo, puso una mano en su cintura y la otra en la nuca, la apoyó contra la pared, y la besó, y fue tan rápido como cuando lo hizo en Hogsmeade en su séptimo año. Hermione no movió un músculo; bueno, en realidad movió tres: el labio superior, el labio inferior y la lengua. Permanecieron así durante varios segundos, Harry daba lo mejor de sí para satisfacer lo que Hermione en esos momentos le exigía: pasión y calidez.

¡Que no! – exclamó alguien a lo lejos.

Ambos se separaron con rapidez y salieron de la habitación a paso rápido hacia la sala, de donde se suponía habían oído la queja.

¿Qué ocurre? – inquirió Hermione al llegar.

Libby y Ron estaban forcejeando con un teléfono inalámbrico negro, aunque al parecer, Libby quería entregárselo a las malas a Ron.

-Nada – dijo Ron con rapidez escapando de las garras de Libby –. Vámonos – le susurró a Harry –, ya es muy tarde.

-Cobarde – murmuró Libby con desdén.

¿Qué harías tu si yo descubro que te gusta un chico, y te acoso para que lo llames? – le preguntó Ron alejado de ella.

-Pues, lo llamo – admitió ella tranquilamente.

-Pues ¿sabes, a mi no me gusta ir tan rápido – le dijo Ron, como si tratara de zanjar la conversación.

-Si, los ingleses son muy aburridos – comentó Libby.

¿Perdón? – interrumpió Hermione muy ofendida. Harry y Ron querían despescuezar a la rubia.

-Los ingleses, no las inglesas – aclaró Libby con solemnidad –. ¿Saben qué? Voy a esperar a que James crezcaél si me hace caso... ¡Además, es divertido! – exclamó al final saliendo de la sala, luego volvió a entrar –. Nos vemos en el chat, Ron.

-Listo – dijo el pelirrojo. Al salir Libby de la sala, Ron se volvió hacia Hermione –. Bueno, nos vemos, creo. Y te quedó deliciosa la comida china, gracias.

Hermione lo miró con los ojos entornados.

-Cuando quieras, vuelvo y la preparo – repuso ella.

Ron avanzó hasta ella para abrazarla, pero frenó en seco y trataba de acomodar los brazos poniendo uno arriba y otro abajo y cambiándolos de posición.

-Hazlo tu, a mi no me sale – le dijo Ron.

Hermione puso los ojos en blanco y lo abrazó.

¿Podemos aparecernos? – le preguntó Ron a Harry –. Es que me da flojera ir hasta el edificio abandonado.

¿No te importa si nos vamos directamente desde aquí? – preguntó Harry mirando a Hermione.

-No – contestó ella –. Creo que es más seguro.

-Hermione... ¿el baño? – dijo Ron con timidez.

-Al fondo, la puerta azul.

Ron salió de la sala corriendo. Harry y Hermione se quedaron solos mientras Crookshanks se acurrucaba en una butaca.

¿Le puedes decir a James que mañana lo llamo?

-Claro, no hay problema – repuso Hermione.

-Y no estaría mal que un fin de semana de estos vallan a la casa para pasarlo allí, de una vez James nos ve jugar al quidditch antes del receso de temporada¿qué te parece?

Hermione permaneció en silencio durante unos segundos.

-Tal vez – se limitó a decir – ¿y, cuando es el receso de temporada?

-Es para finales de Noviembre. Ya sabes que el invierno es muy severo y es imposible jugar en la nieve – dijo Harry.

-Si – coincidió Hermione.

Se miraron los dos en completo silencio, Ron regresaría en cualquier momento y Harry tenía que aprovechar esa oportunidad. Se acercó a Hermione para darle otro beso, pero ella giró la cara justo a tiempo y Harry la besó en la mejilla. Al instante llegó Ron.

-Nos vemos, Hermione – le dijo Harry un poco decepcionado –. Y, gracias de nuevo. ¿Preparado, Ron?

-Ahora si.

Ambos se concentraron y segundos después, un estallido se escuchó en el jardín trasero de una casa en el Valle de Godric.

-Estoy mareado – comentó Ron cuando ingresaron a la casa por la cocina.

-Bueno, es que es más agotador cuando te apareces desde tan lejos ¿no crees?

Pasaron por la sala y a través de la oscuridad se vio titilando el número que indicaban los mensajes que había en la contestadora. Eran más de cuarenta, pero ninguno de los dos mostró interés en escucharlos. Al ingresar en su habitación, Harry encendió la chimenea y puso a cargar su móvil para que al día siguiente Ron editara las fotografías que le había tomado a James. Mientras conectaba el teléfono y aprovechando que ya tenía señal, Harry verifico el buzón de mensajes, que tenía dieciséis, pero estaba tan cansado que los dejó para cuando amaneciera dentro de tres horas, aunque estaba seguro que dormiría muchas más.

-Buenas tardes – le dijo a Ron el día siguiente cuando ingresaba en la habitación del pelirrojo.

-Lo mismo a ti – contestó Ron con un gran bostezo aplastándose el cabello mientras acomodaba la pantalla de su computador.

-Mira, aquí están las fotos de James – continuó Harry entregándole el móvil –. Sácalas rápido para poder escuchar los mensajes que tengo.

-Y por qué no los escuchas de una vez – le propuso Ron

-No, más tarde. Me interesa más que edites primero las fotos.

-Como quieras. Y, ya escuchaste los otros mensajes, los del teléfono.

-No, aún...

Dejó la frase inconclusa, en la ventana de Ron se había posado una lechuza muy bonita de color gris. Abrió la ventana y la lechuza le estiró una pata, llevaba atado un sobre rojo.

-Eso qué es ¿un vocifeador? – preguntó Ron desde el computador.

-Creo... – murmuró Harry.

Tomó el sobre y la lechuza salió volando. ¿Quién le enviaría un vocifeador? Ya no estaba en el colegio para que le enviaran uno. Ante la curiosidad, lo abrió y de él salió una estridente y chillona voz.

¡Es el colmo, Te llamé durante todo el día. ¿Cómo pudiste olvidar que ayer era mi cumpleaños? Y yo que te había perdonado por lo de tu hijo... ¿Por qué me haces esto? Y tú, Ron, es increíble que no se lo hayas recordado. No se puede confiar en ti. Y tú, Harry, tendrás que hacer algo extraordinario para compensar esta decepción. Adiós. – Y el vocifeador se incendio.

Harry y Ron se miraron atónitos.

¿Ayer era el cumpleaños de Estorbo? – inquirió Ron.

-Creo que si, y no le digas Estorbo, Ron.

¿Y Estorbo pretendía que yo te lo recordara? – preguntó Ron sin dar crédito a lo que había escuchado en el vocifeador e ignorando la petición de Harry –. ¡Que vieja tan convencida! – exclamó negando con la cabeza.

-Y a mi se me olvidó – comentó Harry.

-No te lamentes por eso – comentó Ron distraídamente –. Más bien ve a preparar el almuerzo mientras yo edito las fotos de James.