13

VISITAS INESPERADAS

Media hora después de haber despertado, Harry se hallaba en una conversación con su hijo. Hermione, Libby y Ron estaban sentados en el sofá viendo televisión, aunque la madrina de James parecía estar concentrada leyendo una revista.

-La "maestla" me dijo que no me podía "subil" "siemple" a los "álboles" "polque" podía "sel" "peligloso". Entonces, yo estoy muy "tliste" "pol" eso, "polque" a mí me gustan los "alboles" – le decía James en voz baja, mirándose las manos.

-Y tu maestra tiene razón – razonó Harry, también en voz baja, en tono confidencial –. Si te caes, te va a doler mucho y tendrán que enyesarte. No te podrás mover durante algún tiempo, y no podrás salir a jugar.

-Me "gustalia" "sel" "glande", "pala" "tomal" mis "plopias" decisiones, "pelo" no "quielo" "polque" me quedo muy viejito.

-¡Eh, mira, Hermione! – dijo Libby muy emocionada –. Noticias del príncipe William. La industria del chisme de este país es de admirar.

-¿Y, qué dice? – preguntó con mucho interés Hermione, dejando de prestarle atención al programa de televisión que estaba viendo y juntándose más a Libby.

-Que en dos años se gradúa de la universidad de San Andrews – informó ella –. Se llama lo mismo que este hospital. Ah, y que aún no tiene novia. ¡Tenemos opción!

-Ni lo sueñes – le dijo Hermione –. Como es heredero de la corona, se debe cazar con una chica de "sangre azul"... y virgen.

-Pues, no tenemos esperanzas – admitió Libby con desdén –. Ni por un lado ni por el otro. O si, fíjate que la moda es que los príncipes se cacen con las plebeyas. ¡Gracias a Dios somos pinches plebeyas! Aunque no creo que tengas oportunidad, tienes un hijo.

-Acuérdate que el príncipe heredero de Noruega se casó con una madre soltera – le dijo Hermione en tono de superioridad.

-¡Maldición! – exclamó Libby, luego le dijo a James – Eh, James ¿quieres ser mi hijo?

-No – contestó él distraídamente –. Yo ya tengo mamá.

-Me tengo que embarazar como sea – murmuró Libby, pasando las hojas de la revista que estaba leyendo.

-Tanto alboroto por un príncipe – le dijo Ron mirando de reojo la revista.

-Por eso mismo, porque es un príncipe – dijo Libby con solemnidad –. Y para que veas que no somos las únicas en derretirnos por alguien, aquí está Kim Bauer.

-¿Dónde? – preguntó Ron con rapidez cuando la chica le pasó la revista y la señaló.

Ella y Hermione se miraron con rapidez y en sus rostros se dibujó una sonrisa burlona mientras su cara reflejaba una expresión que podía significar: hombres. En esos momentos ingresó el doctor, acompañado por una enfermera; le tomaron los signos vitales a Harry y le informaron que al atardecer le darían de alta. A los pocos minutos de que el doctor y la enfermera se fueran, James se durmió. Harry lo abrigó con su brazo izquierdo y lo apoyó en ese mismo costado de su cuerpo.

-Como nos levantamos tan temprano, el cansancio y la falta de costumbre a este horario lo venció – comentaba Hermione, quitándole los zapatos al niño.

-Tengo hambre – anunció Ron, levantándose del sofá –. ¿Alguien quiere algo de comer?

-Yo – dijo Harry con rapidez.

-No puedes comer nada, Harry – lo contradijo Hermione con seriedad –, al menos hasta que el doctor lo indique.

-Pero no voy a soportar una recuperación si tengo el estomago vacío – objetó Harry, ceñudo.

-Son ordenes del doctor, y punto – dijo Hermione, zanjando la conversación –. Yo te acompaño, Ron. No he comido nada desde esta mañana, bueno, desde hace horas.

Ambos salieron de la habitación y Libby seguía aparentemente concentrada, leyendo la revista.

-Pobre de ti – comentó la chica distraídamente.

-¿Por qué lo dices?

-Porque si Hermione te va a cuidar este fin de semana, tu estomago pagará las consecuencias.

-¿Me dejará morir de hambre? – inquirió Harry.

-Más bien seguirá al pie de la letra las instrucciones de tu doctor – opinó Libby, dejando a un lado la revista. Cogió el control remoto y se puso a cambiar canales –. Si por lo menos esto tuviera NBC.

-Oye, ¿por qué están aquí? – le preguntó Harry tranquilamente, con ella si podía hablar de eso.

-Pues, porque te operaron, ¿no? – contestó ella, como si la respuesta fuera muy obvia –. Mmm, MTV.

-Si, pero... – repuso Harry – es natural que estuvieran hoy, lo que trato de preguntarte es por qué se quedan aquí el fin de semana.

Libby apartó la vista del televisor y miró a Harry con una sonrisita.

-Para cuidarte ¿no? – contestó distraídamente, concentrándose de nuevo en el programa que estaba viendo.

El plan Harry no estaba funcionando, la información que le estaba dando Libby ya la conocía y confiaba en que ella le proporcionara más detalles.

-¿Y, por qué? – insistió Harry, dominando su impaciencia.

-Por que te operaron – repitió ella.

-¡Libby! – exclamó Harry perdiendo la paciencia, James se movió.

-¿Qué? – inquirió ella mirando a Harry.

-¿Quiero saber las razones, y que no sea mi operación?

-¡Que tonto! – murmuró ella, negando con la cabeza y mirando de nuevo al televisor –. Porque tiene cargo de conciencia.

-¿Quién?

-Hermione – contestó Libby, mirando hipnotizada el canal –. Fue ella quien te lesionó ¿verdad? Y ya no me preguntes, que me distraes.

-¿Cómo lo supiste? – le preguntón Harry, asombrado.

-Soy bruja.

-Dime más.

-Más.

-Es en serio – dijo Harry en voz baja, para que James no se despertara.

-No sé más. ¡Que necio!

Harry decidió no insistir.

-Oye, ¿podrías cambiarle la postura a la cama, por favor?

-Esta bien – aceptó Libby –, pero en los comerciales.

-Nada de comidas de sal hasta el próximo lunes – decía el doctor. Harry se estaba cambiando en el baño, ayudado por Ron, Hermione estaba recibiendo las instrucciones –. Inmovilidad completa del brazo derecho durante dos semanas, los puntos se los quitaré en diez días y las terapias de recuperación comenzarán en dos semanas – Harry salió del baño, con la chaqueta a medio poner, su brazo izquierdo estaba en ella, pero el derecho estaba por fuera, cubierto por el resto de la prenda –. Tomará el brebaje Dolorán tal como se lo indicó el sanador que se la recetó – le dijo el doctor –. En cuanto pase el efecto de la anestesia sentirá una comisura en el codo, el brebaje le ayudara a controlarla. Como es diestro, no podrá hacer ningún movimiento con su varita hasta que no halla avanzado en las terapias. Nada de licor en cinco días y se abriga bien porque el frío puede ocasionarle dolores en los tendones de su codo. ¿Esta claro?

-Si, doctor – contestó Hermione –. No se preocupe.

-Muy bien, en cuanto llegue a casa, puede comer, pero alimentos livianos y sin sal – indicó el doctor –. Puede ser pan con refresco de avena y que no esté frío. Nos vemos el próximo miércoles, para un control de rutina. Cualquier cosa que ocurra me llama.

-Si, doctor – repuso Harry – ¿Ya me puedo ir?

-Por supuesto, esta – dijo el doctor entregándole un volante – es la orden de salida. Ya esta todo pagado con el abono que realizó hace dos días. Mucha suerte.

-Instrucciones muy claras – comentó Libby cuando entraban en el estacionamiento subterráneo para abordar el automóvil de Harry –. Nada de comida de sal. ¿Qué vas a hacer? – le preguntó a Harry.

-Dejar de tener gusto en el paladar – dijo Harry con desanimo.

Ingresaron en la mini-van, Harry se sorprendió al ver en el asiento trasero a Crookshanks, cómodamente acurrucado en él.

-Tú vas en el asiento trasero con James y Ron – dijo Hermione –. Yo conduzco. Libby va adelante conmigo.

Harry y Ron se miraron y se encogieron de hombros. Al acomodarse dentro del vehículo, James quedó entre ellos, con el gato en su regazo. Durante todo el camino a casa de Harry, Ron criticó el estilo de conducción de Hermione.

-Vamos muy lento – le dijo él –. Acelera.

-No – lo contradijo Hermione –. Harry está muy delicado.

-Yo no soy delicado – protestó él muy ofendido.

-Lo sé – repuso Hermione distraídamente –. Pero hoy tuviste una cirugía y no puedo exponerte a un frenazo o una maniobra repentina, ¿no crees?

-Esta chica no cambia en nada – le susurró Ron, para que ellas no lo escucharan –. Voy a seguir criticándola.

Llegaron a la casa pasadas las siete de la tarde, en medio de una suave lluvia. En cuanto ingresaron, Hermione y Libby se dirigieron a la cocina; mientras Harry, Ron y James fueron a la habitación del primero.

-Llueve y llueve – dijo James, con Crookshanks en sus brazos –. ¡Que "abulido"!

-¿Y, cómo vamos a dormir? – preguntó Harry, sentándose al borde de su cama.

-En la otra habitación pondré unas camas plegables, cabrán perfectamente – dijo Ron –. Voy de una vez a arreglarlo todo.

-Siéntate, James – le dijo Harry en cuanto Ron salió de la habitación. El niño lo hizo y dejó a Crookshanks a un lado, sobre la cama.

-¿No tienes tele? – preguntó mirando atentamente cada rincón de la habitación.

-No me gusta tenerla aquí – contestó Harry –, me distrae mucho y el dormitorio es para descansar.

-Mi mamá dice lo mismo – comentó James –, ella no me deja "tenel" la tele. Así que está en la sala.

-En la sala de esta casa también hay una, es grande y pantalla plana – le dijo Harry, levantándose y dejando caer al suelo la chaqueta, para no lastimarse el codo –. Pero Ron tiene una en su habitación y nunca se pierde "24". Ah, y también tiene una X-Box.

-¡No! – dijo James, sin creérsela.

-Si, mañana le pides el favor que te deje jugar un rato, siempre y cuando sepas jugar.

-Yo "aplendo" "lápido", "pelo" tengo que "pedile" "pelmiso" a mi mamá.

-No te preocupes, yo hablo con ella.

-Listo – dijo Ron ingresando en la habitación de Harry, tomó el asiento del escritorio y se sentó en él frente a su amigo –. Ya arreglé la habitación. De pura chiripa cupieron las tres camas.

-¿Y la ropa? – preguntó Harry.

-Mi mamá y mi tía la "tlagelon" en sus bolsas sin fondo y "metielon" muchas cosas, hasta el plato de "Closaks".

En cuanto James dijo la palabra plato, el gato se levantó y salió del lugar.

-Seguro fue a rogar comida – comentó Ron –. Y estoy a punto de hacer lo mismo.

-¿El qué? – preguntó Libby, entrando en la habitación.

-Ir por comida – dijo Ron –. Y también para Harry.

-No te preocupes, Hermione la está preparando con magia.

-¡Ay, no, ¿y nosotros también vamos a comer insípido? – preguntó Ron con temor.

-No, ya pedí comida a domicilio, llega en media hora.

-¿Tú no cocinas con varita? – le preguntó Harry sin poderse contener.

-No – contestó Libby tranquilamente, parada al lado de Ron –. Cuando lo hago, me queda sabiendo a leña. Harry, venía a preguntarte dónde guardas las bandejas.

-Yo te indico – le dijo Ron, levantándose –, y de una vez aprovecho para supervisar a Hermione, para que no mate a Harry con algo muy simple o insípido.

Quince minutos después, Hermione entraba en el dormitorio apuntando con su varita a dos bandejas que levitaban a su lado.

-Mis padres te mandan sus mejores deseos para que te recuperes – le dijo cuando ingresaba en la habitación.

-¿Tus padres? – preguntó Harry sin creer lo que había escuchado, después de todo, él había embarazado a su hija siendo una adolescente.

-Si – confirmó ella –, acabo de hablar con ellos por teléfono. Lástima que no estén aquí.

-¿Y, donde están?

-En un seminario de odontólogos en Dublin. Ve a lavarte las manos, James – le dijo al niño dejando las bandejas sobre el escritorio.

-En esa puerta hay un baño – le indicó Harry a James, señalando una puerta con su mano izquierda, detrás de él.

Mientras James estaba en el baño, Hermione le acercó a Harry una de las bandejas que había llevado.

-Debes comértelo todo – le dijo, colocando la bandeja sobre la cama, al lado izquierdo de Harry y se sentó –. Te preparé refresco de avena, tal cual lo dijo el doctor y no te preocupes que no está simple.

-¿Ron te supervisó? – le preguntó Harry mientras tomaba entre su mano izquierda el vaso con el refresco.

-No necesito la supervisión de Ron para preparar un delicioso refresco de avena – contestó Hermione, en ese momento James salía del baño – .También te traje tres rodajas de pan, creo que serán suficientes. Y también te piqué un poco de fruta para que tengas fibra y proteínas en el organismo.

Hermione se levantó y llevó el asiento que antes había ocupado Ron hasta el escritorio para que James se sentara. Con toda la valentía que Harry tenía, probó el refresco y para su sorpresa no estaba nada simple, así que mucho mas tranquilo se lo bebió y solo comió dos rodajas de pan. Para lo último dejó las frutas que eran banana, mango y manzana roja.

-Gracias, Hermione – le dijo Harry luego de masticar el último trozo de fruta –. Discúlpame si dejé una rodaja de pan.

-No importa – dijo ella tomando la bandeja –. Por lo menos te comiste el resto.

Harry se levantó y fue hasta el escritorio para saber qué estaba comiendo James. El niño estaba completamente entretenido picando con las manos un trozo de carne asada, además, tenía una ensalada de vegetales con piña y de beber algo que parecía ser jugo de mora.

-¿Preparaste todo eso en veinte minutos? – le preguntó Harry a Hermione en un hilo de voz.

-Si – dijo ella tratando de ser modesta, colocando la bandeja de Harry sobre el escritorio –. Es muy fácil después que tienes práctica.

Sonó el timbre.

-Ron – gritó Harry.

-Si, ya abro – le contestó su amigo desde el primer piso, luego –: ¡Comida!

-Te preparo la cama para que duermas – dijo Hermione –. Y sin protestar – agregó al ver que Harry abría la boca.

Mientras Hermione le prepara la cama a Harry para que se acostara, James se comió sus alimentos a una velocidad asombrosa con la mirada de su padre llena de envidia.

-"Glacias", mamá. Estaba "lico".

-Es que tu madre es una experta – comentó Hermione, muy contenta –. ¿Qué pijama utilizaras, Harry?

-Estaba utilizando una que tengo en ese nochero – contestó él señalando el nochero del lado derecho de la cama.

Hermione la rodeó y sacó del nochero una camiseta y un pantalón de rayas verdes.

-No puedes dormir con esto – le dijo a Harry mostrándole la pijama.

-¿Por qué? – le preguntó él, muy extrañado.

-Porque cuando te vallas a colocar esta camiseta – dijo ella, agitando la prenda –, puedes lastimarte. Por eso tendrás que usar un pijama con camisa de botones. ¿Dónde las guardas?

-En el lado derecho del closet, la segunda división – explicó él.

-Bueno, creo que esta le sale al otro pantalón – murmuró Hermione sacando una camisa manga larga, de rayas verdes.

-Esa es la camisa de esa pijama – admitió Harry –. ¿Puedes decirle a Ron que encienda la calefacción, James? – le dijo al niño.

James asintió y salió a paso rápido de la habitación.

-No corras, James – le advirtió Hermione con seriedad.

El niño aminoró el paso.

-Gracias por la ayuda que me estás prestando, Hermione – dijo Harry, tratando de desabotonarse la camisa con la mano izquierda, labor que encontraba imposible –. Te aseguro que de haber sido Ron quien me estuviera cuidando, hubiera preferido quedarme en el hospital.

-Si, bueno, Ron no hubiera seguido al pie de la letra las instrucciones del doctor. Déjame – le dijo ella tomando la camisa de Harry para desabotonarla –. Pero en estos días que estaré aquí le enseñaré qué es lo que debe darte de comer.

Cada vez que Hermione desabotonaba uno de los botones de la camisa de Harry, sus dedos rozaban el pecho de él, produciéndole una especia de pequeña descarga eléctrica con cada contacto. Cuando desabotonó por completo la camisa y la abrió para quitársela, Hermione adoptó una expresión horrorizada.

-¿Qué son esas cicatrices? – inquirió ella, con los ojos como platos y colocando las manos sobre el pecho de Harry –. Antes no las tenías – agregó mirándolo a los ojos.

-Son los rastros de mi última pelea contra Voldemort – dijo Harry en voz baja –. Pero no son tantas, solo esta y esta – agregó señalando dos rayones que tenía más arriba del estomago –, y otra que tengo en la espalda.

Hermione lo miró con la boca abierta, retiró las manos de su pecho y lo giró 180 grados. Le bajó lentamente la camisa hasta que esta cayó al suelo y puso sus manos en la espalda de Harry, recorriendo el otro rayón que tenía.

-No puede ser – murmuró ella.

-Hermione, me haces cosquillas.

-¿Qué?...Oh, lo siento... es que... – balbuceó, luego suspiró –. Primero estira el brazo izquierdo hacia atrás – le indicó para colocarle la camisa –. Muy bien. Ahora, yo tomo tu brazo derecho y lo llevo un poco hacia atrás. Perfecto. Mantenlos así mientras te subo la camisa. Muy bien – dijo al final cuando subió por completo la prenda. volvió a darle media vuelta a Harry y de nuevo lo tuvo de frente –. Mañana cuando te cambies lo haremos de otro modo, para saber cuál es más cómodo, ¿esta bien?.

-Si, y aunque no me dolió con este, lo encuentro un poco complicado.

-¿Cómo fue que Ron te puso la camisa antes de salir del hospital? – le preguntó ella mientras abotonaba la que tenía puesta.

-De la misma manera que hiciste tú.

-Bueno, ya está – aprobó ella muy satisfecha, planchándole con la mano la línea de los botones –. Te quitas los zapatos y te desabrochas el pantalón.

-¿No piensas ayudarme con él? – le preguntó Harry con sorna –. Fíjate que estoy así por tu culpa.

-No, tu puedes solito – dijo ella recogiendo las bandejas donde había llevado la cena para él y para James –. Voy a llevar esto, ahora vuelvo, y espero que cuando regrese ya estés listo para que James te de el besito de las buenas noches.

Aunque estaba bastante contrariado por tener que dormirse tan temprano, Harry concilió el sueño con rapidez y se despertó varias veces en la noche por el temor de pisar accidentalmente con su cuerpo a su codo recién operado.

-Harry, despierta – le decía una voz desde muy lejos, zarandeándole un poco el hombro.

-¿Qué? – gruñó él sin abrir los ojos.

-Es hora de tu poción.

Harry abrió los ojos, ante él habían dos figuras borrosas, una de ellas parado y de cabello rojo, la otra sentada a su lado y con una melena castaña, la misma que le puso las gafas.

-¿Poción? – repitió él incorporándose, ayudado por Hermione y con su mano izquierda.

Ahora que los veía mejor se sorprendió de ver allí a Ron y a Hermione. Su amigo lucia muy despeinado, con cara de sueño y aún en pijama. Hermione parecía más despierta y llevaba una bata puesta encima de la pijama.

-Si, es hora que te tomes el Dolorán para que no te vallan a fastidiar las comisuras del codo – le dijo Hermione con amabilidad.

-¿Y, qué hora es? – le preguntó él cuando ella depositaba en una cuchara un poco del brebaje.

-Las siete de la mañana – dijo Ron, bostezando.

-Creo que debo tomármela cuando me despierte de manera natural.

-Lo mismo le dije a ella – repuso Ron, fulminando a Hermione con la mirada –. Y no había necesidad de que me levantaras.

-Te voy a enseñar como debes cuidar de Harry – contestó Hermione en su acostumbrado tono de superioridad –. Y no es por horas, Ron. Es durante todo el día.

-Para que lo sepas, yo ya sé cómo se le da una cucharada de remedio a un niño – reprochó Ron mientras ella le metía a Harry la cuchara en la boca.

-No es por el remedio de Harry que te desperté – le dijo Hermione –. Quiero que me acompañes a la cocina, porque te voy a enseñar a prepararles los alimentos a Harry.

-¿Tan temprano? – inquirió Ron, poniendo los ojos en blanco.

-Si, el que madruga, Dios le ayuda.

Y a pesar de las protestas de Ron, Hermione lo tomó por la manga de la camisa de su pijama y lo jaló, con el pelirrojo arrastrando perezosamente los pies.

-Entonces, los sábados tienen día libre – observó Libby cuando estaban sentados en los asientos del jardín trasero, era casi media mañana y ya habían desayunado y cambiado de ropas.

-Si, y ella – dijo Ron, señalando a Hermione – me ha levantado a las siete de la mañana. ¡Un sábado! ¡Nuestro único día de descanso! ¡A las siete de la mañana!

-¿Y te moriste por eso? – le preguntó Hermione con acidez, por encima del grueso libro que estaba leyendo.

-Estuve a punto de morirme de sueño – contestó Ron –. Sinceramente, no tienes consideración.

Crookshanks correteaba de un lado al otro del patio, siguiendo a la agitada Pigwidgeon. James, que estaba a la izquierda de Harry, acariciaba distraídamente la cabeza de Hedwig, que se había posado en su regazo.

-¿Qué es lo que lees? – le preguntó Harry a Hermione, que estaba al lado de James.

-Ritos y Plegarias, en latín – contestó ella sin apartar la vista de la página que leía.

-Un mamotretuss gordisimuss de 700 páginas – concluyó Libby distraídamente, con los ojos cerrados y la cara hacia el cielo, cómo si pretendiera broncearse con el poco sol que había –. Al cual, por mi parte, no le veo ningún tipo de utilidad. Pero como ella si no lee se muere, pues...

Su comentario fue interrumpido por una explosión. James brincó a causa del susto, Hedwig salió volando, y el niño se refugió en brazos de su madre. Pigwidgeon se escondió en un árbol y Crookshanks se perdió de vista. Cerca de ellos se habían materializado los gemelos.

-¡Qué hay! – dijo Fred con una sonrisa, acercándose a ellos.

-Mi madre nos contó lo de tu operación, Harry, ¿cómo te encuentras? – le preguntó George –. ¡Hermione!

-Hola, chicos – los saludó ella con amabilidad, James estaba entre sus brazos temblando de pies a cabeza –. Ya veo que no han dejado la costumbre.

-Eso jamás ocurrirá, y ya deberías saberlo – repuso Fred con desparpajo. Tanto él como George miraban con mucho interés a James.

-La verdad, no esperaba su visita – dijo Harry mientras los gemelos, con un movimiento de las varitas, hacían aparecer de la nada unos asientos.

-Ya nos conoces, somos impredecibles – admitió Fred.

-Y cómo no íbamos a visitar a la persona a la que le debemos que nuestro negocio naciera... – observó George.

-Cuando está pasando por una penalidad... – complementó Fred.

-Y necesita de la compañía de personas amenas, como nosotros – concluyó George.

James se rió.

-Y ¿quién es él? – le preguntó George a Harry, fingiendo completa ignorancia.

-Ya lo sabes, es Ja... – Ron dejó la frase inconclusa a causa de las fulminantes miradas de los gemelos, había metido la pata.

-Parece que están muy bien informados – le susurró Hermione a Harry. Él se limitó a encogerse de hombros.

-Nosotros, si – repuso Fred al escuchar el comentario de Hermione –. Y estábamos muy interesados en conocerlo.

-Aunque no esperábamos que estuviera aquí – le comentó George a su gemelo.

-No importa, siempre estamos preparados para lo que sea – le dijo Fred a George.

-Pero, también hay alguien nuevo – murmuró George con malicia, mirando a Libby que estaba sentada al lado de Ron.

-Ella es Libby – les dijo Ron, al darse cuenta de las miradas curiosas de sus hermanos. Luego le dijo a Libby –. Ellos son mis hermanos Fred y George.

-¿Los dueños de Sortilegios Weasley? – les preguntó Libby con admiración, los gemelos asintieron rebosantes de orgullo –. Yo consumo sus productos desde que estaba en el colegio, gracias a ellos hacía lo que me daba la gana.

-Tu si entiendes la misión de nuestra compañía – le dijo Fred con una sonrisa.

-Y por cortesía de la presidencia – intervino George, sacando de su chaqueta una rosa amarilla –, esta hermosa rosa, símbolo de nuestra reciente amistad.

Libby recibió la flor con una amplia sonrisa y en el momento que la cogió, de los pétalos salieron cientos de serpentinas de muchos colores, dejándole la cabeza completamente tupida.

-¡Tan lindos! – exclamó ella con cariño, apartándose las serpentinas que le impedían la visión –. Me las voy a dejar así, ¿qué te parece? – le dijo a Ron.

-Creo que esta bien – comentó éste a punto de reírse por el peluquín colorido de su amiga.

Fred y George le dirigieron una mirada significativa a Harry.

-Mira, James – le dijo él al descifrar lo que querían decirle los gemelos –. Ellos son Fred y George. Los reyes de la broma más populares que han existido en escuela de magia alguna.

-Y ¿Cuál es Fred? – preguntó el niño, pasando la mirada de un gemelo al otro.

Y una vez más, Harry, Ron, Hermione y Libby lo miraron con rapidez. Fred era la segunda palabra que pronunciaba correctamente con la ere.

-Yo soy Fred – dijo éste –. ¿Y ustedes por qué lo miran así?

-Porque es la segunda palabra con ere que pronuncia bien – contestó Hermione mirando a su hijo con orgullo –. La primera fue: Ron.

-Bueno, los Weasley siempre hemos sido fuete de inspiración – comentó George con solemnidad –. Pero debiste haberme nombrado primero a mi, Harry.

-Entonces, tú "eles" George – le dijo James señalándolo con el dedo.

-Y te mereces un premio por acertar – dijo George con una sonrisa. Sacó de su chaqueta una bola deforme sostenida por un palillo, como si fuera una chupeta, envuelta en un papel metálico. Se la dio a James –. Disfrútala.

-¿Qué es? – inquirió Hermione con recelo, tomando el objeto y analizándolo.

-Nada por lo cual debas preocuparte, Hermione – repuso Fred –. Es una manzana con cubierta de chocolate.

Hermione desenvolvió el obsequio y efectivamente, era una manzana cubierta de chocolate. Mucho más tranquila, le dio la fruta a James. El niño mordió la fruta.

-"Glacias' – les dijo a Fred y a George cuando terminó de masticar. Se volvió a llevar la manzana a la boca y exclamó –: ¡Wow!

Justo donde le faltaba el pedazo que había mordido no le faltaba nada, era como si nunca la hubiera tocado.

-Se llama Manzana Diez Mordidas – les informó Fred a todos –. Puedes morder cierto número de veces la misma zona y la manzana vuelve a su estado natural, cubierta de chocolate. A la décima mordida ya se queda con el hueco.

-La lanzaremos para las navidades – intervino George –. Y el cuarenta por ciento de las ganancias las donaremos a los alberques de brujos abandonados. Todo sea por la causa.

-Una gran idea – les dijo Hermione, parecía sorprendida y orgullosa de ellos. Se levantó e ingresó a la cocina.

-Mejor voy y la ayudo, somos más para comer – comentó Libby distraídamente, levantándose y siguiéndola.

Todos los hombres se pusieron a hablar sobre la operación de Harry. Él le contó a los gemelos en que había consistido la cirugía y de cuánto tiempo estaría inactivo a causa de ella.

-Yo nunca he entrado a un hospital muggle – le dijo George.

-Yo tampoco – admitió Fred – Oye, Harry. ¿Cómo se siente ser papá?

-Se siente raro – opinó él, con sinceridad.

-Y, ¿Podemos hacerle unas cuantas preguntas a James? Tú sabes, para conocerlo mejor – le dijo George.

-No veo problema – repuso Harry –. ¿Y tú? – le preguntó a James.

-No – dijo el niño, también negando con la cabeza mientras daba otra mordida a su manzana.

-¿Qué es lo que más detestas? – le preguntó Fred.

-Que la "plofe" "pol" todo mande nota.

-¿Y qué opinas de las niñas? – preguntó George.

-A veces las "mujeles" son locas – dijo el niño –, "quielen" todo y uno les dice que ya, que más "taldesito", y te vuelven a "decil", son cansonas.

Los cuatro hombres soltaron sonoras carcajadas.

-¡Cómo entiende el mundo! – le dijo Fred a Harry, después se volvió hacia el niño –. ¿Y, del noviazgo?

-No me gusta "tenel" novia "polque" uno se puede "enamolal" de "otla" y es "mejol" "evital" "decile" a la una y a la "otla" que no las "quiele" y no "helil" sus sentimientos.

Harry y Ron se quedaron con la boca abierta, los gemelos miraron al niño con admiración.

-¿Y... el matrimonio? – le preguntó Fred con indiferencia, completamente fingida.

-No crees que es un poco pequeño para que le pregunten esas cosas – le dijo Ron.

-No – contestó Fred como si nada.

-Pues... – empezó a decir James, como si meditar la respuesta –. No, no "quielo", si uno llega en la "madlugada" le dicen: ¿usted dónde anduvo, que no llegó en toda la noche? Cómo al papá de un amigo mío.

-¡Muy sensato! – exclamó George, maravillado –. Y es inteligente, como su madre. ¿Y dónde crees que esta "Osana"?

-Osama – lo corrigió Fred.

-Si, ¿dónde crees que está Osama?

-De "plonto" está escondido en la casa blanca.

-Tal vez – dijo Harry con vehemencia.

-Y la última para que descanses de nosotros – le dijo Fred – ¿Tú crees en Dios?

-Si, mucho. "Pelo" a Dios no lo vemos "polque" está bien alto y tapado "pol" las nubes.

-Te sacaste la lotería con este niño, Harry – dijo Fred, con el tono de estar sacando una conclusión de un trabajo arduo y complicado.

-Lo sé.

Fred y George se fueron después de las tres de la tarde, después del almuerzo, ya que no podían dejar abandonado por mucho tiempo el negocio, Hermione les sugirió que contrataran a un administrador que se hiciera cargo de él para que no se agotaran por el exceso de trabajo, ellos le dijeron que lo tomarían en cuenta pero argumentaron que todo salía mejor si lo hacían por ellos mismos. Volvían a estar los cinco reunidos, pero en la sala de la casa disfrutando del calor de la chimenea, eran casi las cinco de la tarde. Libby, Ron y James estaban sentados en el suelo, James estaba rayando el dibujo de un paisaje sobre la mesa de centro, intentando pintarlo. Hermione estaba nuevamente dándole la cucharada de brebaje a Harry para evitarle los dolores por la comisura de su codo y después volvió a enfrascarse en su libro. Libby le estaba dando consejos a Ron de cómo tratar a las chicas muggles para la cita que tendría aquella noche.

-Si ella no aparta la mirada de tus ojos, es que te está probando para ver qué tan decidido eres – le decía la chica –. Si le esquivas la mirada con mucha frecuencia, se dará cuenta que eres inseguro y tímido. Si te mira los labios, eso significa que te quiere besar.

-Si, eso ya lo entendí, pero... ¿de qué temas hablo con ella? Ya me está entrando el pánico.

-Bueno, para que no te delates, pueden hablar de... – meditó durante unos segundos – las vacaciones que han tenido, siempre es entretenido y te ríes mucho, pero debes ser sutil y no restregarle en la cara la cantidad de sitios que has visitado, sino la experiencia que has tenido con tus viajes.

-Las vacaciones que más me gustaron – dijo Ron – fue la que hice con mi familia a Egipto, hace casi diez años, mi hermano Bill trabajaba rompiendo maldiciones para el Banco Gringotts...

-Pero no puedes decirle que rompía maldiciones – lo previno Libby –, dile que... es arqueólogo.

-Bien, arqueólogo.

-Recomiéndame un lugar en Londres para conocer – le suplicó Libby.

-Bueno, puedes ir con tu médico a la rueda de la fortuna que se llama El ojo del milenio, a orillas del rió Tamesis. Es enorme y se ve toda la ciudad desde ella. Y da la vuelta entera en media hora. O también un paseo en ferry por el rió.

-Esto nos tiene que salir perfecto, Ron.

-"Mila", mamá – le dijo James mostrándole el dibujo que había pintado.

-Te quedó muy bien, cariño – dijo ella acariciándole la cara –. Voy a traerte otros colores para que sigas pintando, ¿qué te parece?

-Si, si.

Hermione dejó a un lato el grueso libro y se fue para el segundo piso, en busca de los colores, en ese momento sonó el timbre y ella abrió la puerta.

-Hola – dijo una amable vocecita –. ¿Está Harry?

-Si, claro que...

Tamara acababa de entrar como un vendaval, cuando vio a Harry sentado en el sofá de la sala fue rápido hasta él diciendo: ¡Oh, Harry, muy conmocionada, se sentó a su lado y le dio un fuerte beso en los labios. Se sintió que azotaron una puerta y Harry apartó a la chica con rapidez, volvió su cara hasta donde se encontraba Hermione, pero ella ya no estaba.