16

UNA FIESTA MUY FELIZ

El siguiente capítulo puede contener material sensible para los menores de edad. Se recomienda la supervisión y orientación de un adulto.

Aprovechando que estaban solos en la casa, Harry llevó a James de compras por las tiendas del pueblo. Aunque no tenían las mismas opciones que en un centro comercial de una gran ciudad, compraron muchas cosas útiles para el niño como nuevos libros para colorear, un ábaco en madera para cuando aprendiera a contar, tenis para el colegio y lo que más le gustó: una almohada de Bob Esponja.

Almorzaron en una cafetería cercana a las tiendas y después de las tres de la tarde arribaron a la casa que aún estaba vacía.

-Bueno, hay que ir recogiendo tus cosas para cuando tu mamá llegue – le dijo Harry, colocando los paquetes de compras sobre su cama.

-Si se me queda algo, vuelvo – repuso el niño distraídamente, abriendo la bolsa donde estaba su nueva almohada.

-James... – vaciló Harry –. ¿Te gustaría vivir aquí... conmigo?

El niño paró en seco, miró a Harry con detenimiento y luego murmuró con timidez, volviendo su vista al paquete:

-No sé...

-A mí me gustaría mucho...

James no dijo nada, solo asintió con la cabeza. Harry prefirió no insistir.

Después de haber recogido todas las pertenencias del niño y de haber guardado las compras en su mochila (Harry reconoció con admiración que Hermione se las ingeniaba muy bien para meter muchas cosas en ella), salieron al patio para aprovechar el poquísimo sol que estaba haciendo.

-Aquí hace más "flío" que allá – le comentó James, refiriéndose a New York.

-Porque estamos más cerca del polo norte – le explicó Harry, acomodándole la bufanda.

-¡Vamos al polo "nolte"! – le propuso James con entusiasmo.

-Nos congelaríamos.

-Hacemos fuego.

James fue directo hasta el árbol donde regularmente dormían las lechuzas de la casa y se subió a él. En una de las ramas más bajas lo esperaban Hedwig y Pigwidgeon, que se corrieron un poco para que el niño se sentara junto a ellas.

-Entonces... ¿vamos? – insistió James.

-Definitivamente no.

-¿"Pol" qué? – preguntó el niño, ceñudo.

-Ya te lo expliqué – dijo Harry, en tono de infinita paciencia –. El frío nos mataría. Además, no podrías jugar y si mal no recuerdo, me dijiste que si no te podías mover te desesperarías, así que...

-Entonces no – dijo James con rotundidad.

En ese momento Ron salió de la casa con una radiante sonrisa.

-¿Ganamos? – le preguntó Harry.

-¡SI! – exclamó Ron con euforia –. Franco logró atrapar la snitch... estaba al borde de las lágrimas.

-Pobre.

-Eso no es nada – continuó Ron, sentándose al lado de su amigo, James se bajó del árbol para reunirse con ellos –. Ralph estaba tan feliz, que lo premió con unas vacaciones por el caribe.

-Nunca hizo eso con nosotros – reprochó Harry, ceñudo.

-Lo sé – coincidió su amigo –. El equipo casi se le echa encima... Pero argumentó que era para motivar a Franco – agregó poniendo los ojos en blanco.

-Y a nosotros nos desmotiva todos los días...

-Bueno, hay que agradecer que ahora tendremos unas vacaciones de invierno en paz, ¿qué hubiera pasado si perdemos? – preguntó Ron, alarmado –. Es mejor no pensar en eso... ¿Y no ha llegado Hermione?

-No.

-Mejor – dijo Ron, luego miró a James –. ¿Y qué hiciste hoy?

-"Complamos" muchas cosas – contestó el niño.

Ron miró a Harry sobrecogido.

-¿Qué? – gruñó él.

-Que ahora eres todo un papá.

-Espera cuando te toque – le dijo Harry en tono de burla.

-¡Ja! – exclamó el pelirrojo con sarcasmo –. Ja... mas.

En ese momento, cerca de ellos, se aparecieron Hermione y Libby. Ambas iban muy bien abrigadas. James fue corriendo hasta su madre, colgándose a ella y haciéndola caer.

-Tranquilos, el abrigo amortiguó la caída – dijo Libby, ayudando a parar a Hermione –. Ganaron, ¿no? – agregó mirando a los chicos.

-Eso parece – le contestó Harry.

-No es que parezca, es que si – lo corrigió Ron –. ¿Cómo lo supiste?

-PSQ... pasión por el quidditch – informó la chica.

-¿Eh? – inquirió Ron.

-Un programa de quidditch que transmiten en Radio Mágica Americana – le aclaró Hermione, después se dirigió a Harry –: ¿Cómo está tu codo?

-Mejor, me puedo mover mucho.

Los cinco entraron a la casa, Libby sacó de su bolsa una botella de Whisky de Fuego.

-Hay que celebrar... – dijo ella, colocando la botella sobre la mesa de la cocina.

-Harry no puede beber – se apresuró a decir Hermione.

-No señora, eso era hasta el miércoles – la contradijo Ron, negando con su dedo índice.

-Todavía está tomando medicinas – argumentó Hermione, con el ceño fruncido.

-Mágicas – aclaró Ron, abriendo los ojos como platos –, que no es lo mismo.

-Claro que es lo mismo, puede intoxicarse – replicó Hermione.

-Harry no es un niño, Hermione.

-Pero parece que tú si lo eres, ¡que irresponsable!

-Harry merece celebrar – dijo Ron en tono mordaz –, y no se lo vas a impedir. Ha estado encerrado toda la semana.

-Puede celebrar sin beber – observó Hermione, echando chispas por los ojos.

James miraba a uno y a otra como si estuviera en un partido de tenis. Harry extrañaba tanto esas discusiones que no hizo ningún empeño en interceder para detenerlos. Libby se limitó a mover su varita y hacer aparecer unos vasos, aparentemente indiferente ante la situación.

-¿Puedes pedirle a James que valla a ver televisión? – le preguntó Libby a Harry por lo bajo, parecía no querer interrumpir la discusión entre Hermione y Ron.

-¿Para qué?

-Yo no bebo delante del niño – contestó ella –, es de mal ejemplo.

Harry la miró sin dar crédito a lo que escuchaba, creía que ella era mucho más despreocupada por la educación de James, al fin y al cabo, estaba empeñada en enseñarle a eructar.

-Buen punto.

Se llevó a James a la sala y allí sintonizó un canal de dibujos animados con el que el niño se entretuvo. Luego regresó a la cocina, para ver a Hermione y a Ron, sentados a cada lado de la mesa y mirando para diferentes lados, bastante enfurruñados.

-Bueno, siéntate, estas en tu cocina – le dijo Libby.

Harry se sentó frente a ella, al lado de Hermione. Libby sirvió cuatro vasos de Whisky y le dio a cada uno. Hermione apretó los dientes cuando Harry recibió el suyo.

-El día de hoy ha sido muy especial – dijo Libby, levantándose y en tono de discurso –. Casi me pongo a llorar cuando me informaron que éste fin de semana tenía que trabajar, pero todo ha salido de perlas. Además, el equipo de nuestros amigos ganó y aclaro que no me gusta el quidditch...

Ron bufó en desaprobación.

-... pero es un motivo más para celebrar como se merece, o sea, hasta quedar jinchos de la borrachera. Pero como mañana hay que trabajar también, pues, tocó dejarlo para otro día, pero de todas maneras, empinaremos el codo unas cuantas vececitas... ¡Salud! – exclamó al final, levantando su vaso.

Los demás la imitaron, aunque Hermione negó con la cabeza mientras sonreía.

-Tengo que contarte algo, pero no te enfades – le dijo Harry a Hermione. Libby empezó a contarle a Ron todo su vía crucis del fin de semana.

-¿Qué pasó? – preguntó Hermione de inmediato.

-Es que... no te enfades ¿si? – le suplicó Harry.

-Harry... – le susurró Hermione.

-A James lo mordió un gnomo – le dijo él lo más rápido que pudo, para evitar que ella entendiera algo.

-¿Qué? – dijo ella, poniendo los ojos como platos –. ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Esta bien? – preguntó en medio de chillidos. Ron y Libby dejaron de conversar.

-Si, si – se apresuró a decir Harry, alarmado –. Ya lo viste, está bien.

-Lo descuidaste, ¿verdad? – dijo Hermione, levantándose de la mesa. Salió de la cocina.

-Ve – le sugirió Libby con urgencia.

-No lo descuidé, te lo aseguro – argumentó Harry cuando llegó a la sala. Hermione estaba evaluando detenidamente a su hijo, el niño trataba de apartarse de ella para seguir viendo televisión –. Estábamos en La Madriguera y fue a conocer los gnomos y lo mordieron en la mano... ya sabes que... que tienen la costumbre de morder a la gente, a mi también me han mordido...

-¿Te dolió mucho? – le preguntó al niño, evaluando sus manitos, sin escuchar los argumentos de Harry.

-Si, "pelo" le dolió más a ellos – contestó el niño, tratando de enfocar su cabeza en dirección al televisor.

-¿Cómo? – preguntó Hermione, desconcertada.

-Si, a mi me dolió, "pelo" me "culalon" "lapidito", entonces ya no me dolió, entonces fui con Ron allá "otla" vez y "moldí" a uno de ellos y si le dolió "polque" chillaba y no se "culó".

-¿Permitiste que se acercará de nuevo a ellos? – inquirió Hermione, echando chispas por los ojos –. No voy a permitir que vuelvas a quedarte con él.

Harry creyó que tenía piedras en el estomago y que debido al peso, sus pies se doblarían.

-No puedes hacerme esto – dijo él en un hilo de voz.

-¿Y pretendes que confíe en ti después de esto?

-Deberías hacerlo – le dijo Harry con vehemencia –, por eso te conté lo que ocurrió. No quería ocultártelo como te oculté lo otro.

Ese último comentario pareció haberla impactado, porque se tranquilizó y se sentó al lado de James.

-Si... hiciste bien en decírmelo.

-Vez, es mejor que lo hubieras sabido por mi boca – le dijo Harry, mucho más tranquilo, sentándose al otro lado de James.

-Discúlpame si me alteré... – dijo Hermione en voz baja, acariciando el cabello del niño –. Es que, no me gustaría que le pasara algo.

-A mi tampoco – agregó Harry. James se levantó, para sentarse una butaca y así poder ver televisión en paz –. ¿Qué vamos a hacer para el cumpleaños del niño? Es en dos semanas.

-No tenía planeado nada del otro mundo – le comentó Hermione, muy extrañada ante la pregunta de Harry –. Ya sabes, el pastel con nosotros y ya.

-James me dijo que quería una fiesta con sus amigos.

-Pero... – balbuceo Hermione, aparentemente impresionada ante la cantidad de niños que tendría que controlar.

-Yo te ayudo – dijo Harry con rapidez, para tranquilizarla –. Hagamos algo sencillo; la torta con juegos infantiles o algo. Quiero participar en esto.

-Déjame pensar a ver qué podemos hacer, ese día trabajo en la mañana y James tiene clase, pero podríamos hacerlo en la tarde...

Al día siguiente, Harry comenzó con sus fisioterapias. El doctor Morgan lo hizo ejercitarse levantando pesas de quinientos gramos, por dos horas seguidas, para fortalecer nuevamente los tendones y los ligamentos.

-Cada tres días iremos aumentando el volumen y el peso – le explicó el doctor al finalizar con la fisioterapia de ese día –. Aprovecharemos que los ligamentos están prácticamente curados para avanzar sin inconvenientes.

-Cuando dice todos los días es...

-Todos los días – lo interrumpió el doctor –, incluidos sábados y domingos.

-Pensé que descansaría los fines de semana – comentó Harry, desanimado.

-Puede hacerlo, pero pensé que deseaba recuperarse lo más pronto posible.

-Y así es – repuso Harry.

-Entonces lo haremos como lo hemos planificado, claro está que para la semana de navidad y año nuevo no trabajaremos.

-Si es así, es mejor ejercitarme los fines de semana – aceptó Harry a regañadientes, aunque un poco optimista porque en navidad lo dejarían en paz.

-Perfecto – exclamó el doctor, sacó el pergamino en el cual escribía la historia clínica de Harry y comenzó a anotar –. ¿Qué le parece si para los fines de semana modificamos el horario de las fisioterapias?

-Me da lo mismo.

-Entonces las dejaremos a la misma hora, diez de la mañana – dijo el doctor, escribiendo en el pergamino. Después miró un calendario que había sobre su escritorio y agregó –: Pero en dos semanas no podremos.

-¿Por qué?

-El seis y siete de diciembre asistiré a un simposio sobre ejercicios pilates. Tendremos que recuperar esas dos sesiones.

-¿Pilates? – preguntó Ron cuando Harry le contó todo lo respectivo con su primera sesión de fisioterapia –. ¿Eso qué es?... A mi me suena a trepar palos.

-La verdad, no sé – dijo Harry con sinceridad.

Ron puso los ojos en blanco.

-Entonces – siguió su amigo –, te están haciendo levantar peso de niñitas.

-Cuidado – le advirtió Harry con suspicacia –, solo tratan de acostumbrar a mi brazo de nuevo a la tensión.

-Pero, si ya lo mueves.

-Es diferente mover que cargar – puntualizó Harry.

-Bueno, al menos tú tienes algo que hacer, en cambio yo...

-Por qué no te dedicas a salir con Justine – le sugirió Harry.

-No sé – opinó Ron con duda –, creo que allí ya no hay magia.

-Pero si estabas muy entusiasmando.

-Pero me resultó Estorbo Ruta 2.

-¿Qué quieres decir con "Estorbo Ruta 2"? – preguntó Harry con el ceño fruncido, imaginándose la respuesta de su amigo.

-Que me llama quince veces al día, ya no la soporto, es una acosadora profesional – dijo Ron con un dejo de desespero, luego miró a Harry –. Por eso es que Estorbo te acosa tanto ¿verdad? Te acuestas con ellas y ya no te las quitas de encima.

-Yo nunca me he acostado con Tamara – saltó Harry ante el comentario del pelirrojo.

Ron lo miró sin dar crédito a sus oídos.

-Vamos, Harry. Soy tu amigo. No tienes por qué mentirme.

-Yo no te estoy mintiendo.

-¿No te funcionó con ella o qué? – preguntó Ron con rapidez.

-Nunca tuve ganas, que es distinto – le explicó Harry.

-Entonces, por eso te persigue, para obtener su regalito. No me digas que te guardaste casto y puro, dentro de lo que cabe – agregó con malicia –, para Hermione.

-¡No! – exclamó Harry, levantándose del sofá para luego entrar en la cocina.

-Pues, me parece muy extraño que nada de nada en cinco años – opinó Ron con solemnidad, siguiendo a su amigo –. Yo no aguanté ni seis meses luego que salí de Hogwarts.

-Eso eres tú – le dijo Harry con desdén. Movió su varita y apuntó a la tetera.

-Entonces... tienes un trauma con el sex...

-¡Ya! – exclamó Harry, harto de la conversación.

Las fisioterapias siguieron su curso normal, y en la casa de Harry no se volvió a tocar el tema de sus posibles traumas psicológicos con las mujeres. El sábado, después de la fisioterapia, Harry se trasladó a New York, había quedado con Hermione para ir de compras por la fiesta de James.

-En Wall-Mart venden cosas muy bonitas y de precios módicos – le dijo ella cuando se dirigían en su automóvil hacia el almacén. Libby se quedó cuidando a James.

-Pero, ¿no es un poco temprano para que esté abierto? – comentó Harry mirando su reloj, era un poco más de las ocho de la mañana de esa ciudad.

-Tiene servicio las veinticuatro horas, ¿por qué? ¿tienes hambre?

-No, antes de trasladarme almorcé.

-¿Y cómo van tus fisioterapias? – quiso saber ella.

-Ya estoy cargando pesas de un kilo. Creí que sería fácil, pero mentiras, casi me paraliza el temor a volverme a lesionar cuando al primer intento no subí la pesa de una...

Llegaron a Wall-Mart y su inmenso parqueadero. Harry calculó que el lugar ocupaba por lo menos una manzana entera, pero el local era de un solo nivel. El frío azotaba el ambiente y antes de bajarse del auto ambos se acomodaron los abrigos lo mejor que pudieron para no congelarse.

-Es enorme – dijo Harry, sobrecogido, al entrar al almacén.

-Se consigue de todo – opinó Hermione cogiendo un carrito de compras.

-¿Y cuantos niños irán?

-Calculo veinte, más los padres de familia.

Se demoraron toda la mañana para comprar los confites, los platos desechables, los adornos e incluso los pequeños obsequios para los niños que asistirían. Como Hermione le había dicho, en ese local se conseguía de todo, desde un espejo para el baño, hasta lo último en moda informal.

-Creo que con esto bastará – dijo Hermione al guardar la última de las seis bolsas de compras en el cajón del auto.

-¿No se te hace que es mucho? – le preguntó Harry, mirando con recelo las bolsas.

-Pues, no... los niños consumen mucho.

-Espero que para el viernes el clima sea mejor que este – comentó Harry, dándole una vista al empañado cielo.

-Una fiesta y no me has invitado – le reprochó Ron, al día siguiente, después de su fisioterapia –. ¡Desagradecido!

-No necesitas invitación – le dijo Harry con fastidio –. ¿O quieres que te de una tarjetita de Bob esponja?

-Si – repuso Ron.

-¿Y qué le vas a regalar?

-¿Hay que llevar regalo? – preguntó Ron, aparentemente sorprendido –. Ya sé lo que le voy a regalar, no me mires así.

La semana se pasó con una lentitud desconcertante, hasta las sesiones de fisioterapias resultaron tediosamente largas. Para gran sorpresa de Harry, Tamara llamaba todos los días para saber cómo iba su recuperación y para gran fortuna de Ron, la chica no se apareció ni un solo día por la casa.

Al fin llego el día cinco. Harry se levantó con un ánimo poco habitual en él porque también estaba mezclado con el júbilo. Fui muy juicioso a la fisioterapia y Ron lo acompañó, para luego dirigirse ambos a la casa de Hermione.

-Debimos haber comido algo – protestó Ron, saliendo del edificio abandonado en Queens –. Aprovechemos y almorcemos. Además, cómo vamos a hacer si a esta hora ninguna de las muchachas está en la casa.

-Hermione me dejó las llaves para que organicemos – le dijo Harry –. Pero, creo que si deberíamos almorzar, o mejor dicho, desayunar.

Arribaron a casa de Hermione cerca del medio día ya que Ron solicitó todo el menú del local de comidas rápidas al que fueron para desayunar y no se levantó de la mesa hasta que se comió la última migaja. Cuando estuvieron frente a la puerta, Harry se agachó y sacó de debajo de un tapete las llaves de la casa.

-¿No es peligroso dejarlas ahí? – preguntó Ron.

-Creo que si – opinó Harry, metiendo las llaves para abrir.

-¿Y qué tenemos que hacer? – siguió su amigo momentos después, apartando a Crookshanks para sentarse en el sofá.

-Hermione me dijo que hay que organizar la sala. Por la época no es aconsejable hacer la fiesta en el patio o el jardín.

-Pero, podemos usar magia ¿no?

-Claro – repuso Harry –, no creerás que correremos todo esto a mano limpia y menos estando en plena recuperación.

-Gracias a Dios te lesionaste – comentó su amigo, agitando la varita –. Pero... ¿dónde vamos a enviar todo esto?

-Al sótano.

En menos de cinco minutos, la sala quedó completamente desabitada. Lo único que había en ella era una mesa armable para poner en ella el pastel. El resto de su labor lo hicieron de la manera normal muggle, pegando el letrero de Feliz Cumpleaños, los globos (Ron se ponía rojísimo al inflarlas con aire), las serpentinas y armando la mesa.

-Deberíamos dedicarnos a la decoración de fiestas, ¿no crees? – le propuso Ron tres horas después, viendo con admiración lo que consideraba su obra de arte.

-No, gracias. No soportaría el dolor en las mejillas por inflar los globos.

-Debimos haberlos inflado con magia – dijo Ron por lo bajo, arrepentido de haber hecho las cosas a lo muggle.

-Recuerda que lo hicimos por James – le dijo Harry en tono de desaprobación –. Él debe aprender a valorar lo sencillo.

-Si, pero él no está – replicó Ron tranquilamente, masajeándose el estomago –. Tanto trabajo me ha provocado hambre.

-¿Qué? – inquirió Harry, ante la sorpresa que le causó el comentario de Ron, había comido lo suficiente durante la mañana.

-La donación de aire me bajó las reservas alimenticias – argumentó el pelirrojo. Fue hasta la mesa donde colocaban el teléfono y también buscó el directorio comercial –. ¿Cuál es la dirección de la casa?

Cuando la comida arribó también lo hicieron Hermione y James. El niño cuando vio a Harry corrió hasta él y se trepó a su cuello de un brinco, prendiéndose con fuerza.

-¡Feliz cumpleaños! – exclamó Harry abrazándolo con entusiasmo. Era la primera vez que se lo decía, se sentía muy extraño y a la vez feliz.

-"Glacias" – dijo el niño con una radiante sonrisa –. Hoy la "maestla" me "legaló" una chocolatina "glandota"

-¿Y dónde la tienes? – le preguntó Ron con interés.

-En el estomago – le dijo el niño. Ron se decepcionó.

-¿Tienen hambre? – les preguntó Harry a Hermione y James –. Ron y yo pedimos comida – Ron carraspeó –. Esta bien, Ron pidió comida.

-¿A qué hora vienen los mocosos? – le preguntó Ron a Hermione cuando la chica estaba sirviendo la comida en la cocina.

-A las 4:30 – respondió ella, ceñuda –. Y no les digas mocosos. Por si no te has dado cuenta, James también es uno de ellos.

-¿Y quién dijo que yo considero a James mocoso? – se defendió Ron.

Tal cual lo había dicho Hermione, los amiguitos de James comenzaron a llegar a las 4:30. Había niños que llegaban en grupitos supervisados por un adulto. Algunos de ellos los conocía Harry, otros seguramente eran del vecindario. Entre los que Harry había visto estaban Scott, Juan, la niña que había hecho de bruja en la obra de teatro y Thierry. A los pocos minutos arribó un mago teatral, Ron casi no puede de la risa.

-¿Y para qué un mago muggle? – le preguntó el pelirrojo a Hermione en tono burlón –. Nos tienes a nosotros, ¿no?

-En serio no sé dónde tienes la cabeza – espetó Hermione –. Está prohibido hacer magia delante de los muggles. Por si no lo recuerdas, el decreto del secreto de los brujos, párrafo...

-No se van a dar cuenta – repuso Ron.

-No son tontos, Ron.

-Creerán que son "insectos" especiales – argumentó el pelirrojo con terquedad.

-Efectos especiales – lo corrigió Hermione, apretando los dientes debido a la rabia.

-Ron, Hermione tiene razón – intervino Harry, mirando con cautela a los invitados para que no se percataran de la conversación –. Además, hay muchos adultos aquí.

Ron examinó a los presentes, parecía que se acabara de percatar de la presencia de gente mayor.

-Si, creo que tienes razón. Mientras, voy a darle mi regalo a James.

Libby llegó cerca de las cinco de la tarde, parecía haber llegado a mil, porque entró corriendo a la casa diciendo: "ya comenzó".

Diez adultos estaban presentes acompañando y supervisando a los niños, la mayoría de ellos ayudaba a Harry y a Hermione a organizarlos, a repartir los bocadillos y a evitar que entraran a la cocina, principalmente para que no tuvieran curiosidad de abrir la puerta el sótano.

-¿Por qué? ¿qué hay allí? – le preguntó Harry en susurro, mientras servia más gaseosa.

-Todas nuestras cosas de magia – le explicó Hermione en voz baja –, ya sabes: libros, ingredientes para pociones, más libros, los calderos...

Cerca de ellos estaba Thierry, hablando con una señora muy guapa, vecina de Hermione.

-¿Y usted cómo se llama? – le preguntó el niño.

-Natalie, pero me puedes llamar Naty.

-Yo me llamo Thierry, pero me puede llamar mi pastelito, mi pimpolluelo, o duraznito, también mi vida...

La chica adolescente que Harry había visto en la escuela de James, la hermana de Thierry, hizo su aparición y se lo llevó jalándolo de una oreja, no sin antes disculparse con la señora, que al parecer, estaba encantada con la coquetería del niño.

Al otro lado de la sala, alrededor del mago estaban sentados los demás niños, todos con sombreros de cumpleaños en sus cabezas, y entre ellos Libby, Crookshanks y Ron. Los dos adultos, si es que así se puede llamarles, aplaudían con entusiasmo cuando el mago hacia aparecer en su sombrero conejos, palomas y convertía su "varita mágica" en una cuerda de telas multicolores. Luego que terminó el show del mago, los niños se reunieron en torno a la mesa donde estaba el pastel, con la figura de Bob Esponja, para cantarle el feliz cumpleaños a James. Libby se puso a tomar fotografías como loca y Ron miraba con muchas ganas al delicioso pastel.

-A mi me sirves bastante – le dijo a Harry cuando estaban repartiendo las porciones –. Yo no te voy a aceptar migas.

-Si sobra, Ron – repuso Harry.

-¡Cómo que si sobra! – saltó Ron –. Si el pastel está enorme.

-No chilles y más bien come – le dijo Hermione, pasándole un plato con su porción de pastel.

-Tacaños – les espetó Ron, y se fue muy ofendido.

-Debimos haber comprado dos pasteles – le dijo Harry a Hermione –, uno para los niños y otro para Ron.

-¿Cómo es posible que no suba de peso? – preguntó ella, evaluando al pelirrojo.

-Bueno – analizó Harry –, es que lo que come no se le nota en lo ancho, sino en lo alto.

-Papi – dijo James con timidez. A Harry le dio un vuelco el corazón, era la primera vez que lo llamaba con tanto cariño –. "Quielo" más – agregó el niño, mostrándole el plato y sonriendo con picardía.

-Cómo decirte que no – repuso Harry, partiendo un buen pedazo de pastel y depositándolo en el plato.

-"Glacias" – le dijo James, abrazándose a su pierna.

Ambos lo vieron irse, directamente hacia Ron, le entregó el plato y chocaron las manos.

-Oportunista – murmuró Hermione.

Pasadas las siete de la noche el clima se puso más agreste, los adultos decidieron dar por finalizada la fiesta, pese a las protestas de los niños, para que el frío y la posible lluvia no los fueran a afectar.

-Gracias por venir – les decía Libby, despidiendo a los grupos en la puerta –. Pórtense bien, disfruten del fin de semana y hagan la tarea.

La casa quedó nuevamente vacía y con un extraño silencio. Los únicos que estaban eran los cuatro adultos, el niño y Crookshanks, que lamía el piso untado de la crema del pastel.

-Manos a la varita – dijo Libby, doblándose las mangas de su suéter –. Hay que limpiar esto.

Entre los cuatro organizaron la sala, dejándola tal cual había estado en las horas de la mañana.

-Y como esto se acabó tan rápido, tengo plan – les comunicó Libby, dejándose caer sobre el sofá –. Por qué no vamos a ver un partido de la NBA.

-¿NBA? – preguntó Ron –. ¿Negros Bastante Altos.?

-Si, más o menos – repuso Libby –. Esta noche es el clásico del río Hudson: New York contra New Jersey. A esta hora el partido ya habrá comenzado, pero podremos conseguir entradas en la reventa, tengo un proveedor que me las vende a buen precio.

-Vayan ustedes, yo me quedo con James – dijo Hermione.

-¿Por qué? – se extrañó Libby.

-Porque no hay quien lo cuide – argumentó Hermione.

-Eso es lo malo de armar planes a última hora – dijo Libby, desilusionada –. ¿No podemos conseguir una niñera o algo así?

-Hermione, ve con ellos y yo me quedo con el niño – le propuso Harry.

-Pero... – balbuceó ella.

-Es bueno que te diviertas de vez en cuando, para variar – la interrumpió Libby –. Además, el partido es aquí en Manhattan, en el Madison Square Garden.

Hermione lo meditó durante unos segundos, para después aceptar.

-Que se duerma ya – le dijo a Harry, mientras se ponía una chaqueta –. Si quieres, pueden abrir los regalos, pero dejan todo ordenado.

-No te preocupes – repuso Harry.

-Los teléfonos de emergencia están sobre la mesita del teléfono, así como el número de mi móvil y el de Libby – siguió Hermione –. Cualquier cosa que pase me avisas de inmediato...

-Él ya lo sabe, Hermione – la interrumpió Ron de manera cansina –. Vámonos.

-Entonces... ¿qué hacemos? – le preguntó Harry a James en cuanto se quedaron solos en la casa.

-Los "legalos" – propuso el niño con entusiasmo.

Se sentaron en la cama de James con los paquetes a su alrededor. La gran mayoría de cosas que le habían regalado era ropa. Ron le dio un juego gobstones para principiantes (era un juego muy parecido a las canicas, pero con la diferencia que el jugador que perdía le lanzaba a la cara una sustancia realmente nauseabunda, claro está que por ser para principiantes, lanzaba burbujas pica-pica), Libby le dio una colección completa de figuritas de Bob esponja y sus abuelos le habían enviado un rompecabezas apropiado para su edad.

-Y este es mi regalo – le dijo Harry con timidez, pasándole una caja cuidadosamente envuelta.

El niño la rasgó con rapidez, Harry estaba muy nerviosos, ¿y si no le gustaba?

-¡Uy! – exclamó el niño, casi en un chillido

Era un álbum con las cromos de chocolate más difíciles de conseguir. Harry utilizó todas sus influencias para conseguirlo y en verdad no resultó tan difícil.

-¡Oh!... ¡Wow!... Uuuuh – exclamaba el niño cuando iba pasando las páginas del álbum.

Lo dejó a un lado y se abalanzó sobre Harry, haciéndolo caer a la cama.

-Voy a "ponelo" aquí – dijo el niño, colocando el álbum sobre su pequeño escritorio, al lado de la pequeña urna de cristal.

-¿Qué tienes en esa urna? – le preguntó Harry, acercándose al escritorio.

-La "snich"

Efectivamente, la snitch que Harry le había regalado a Hermione en su adolescencia estaba dentro del recipiente, enganchada en una pinza para que no se escapara. Seguramente Hermione le había hecho a la urna un encantamiento irrompibilizador.

-Bueno, es hora de dormir – dijo Harry al observar su reloj. Era increíble que abriendo los regalos se les pasara más de una hora.

-Si, ya tengo sueño.

Harry limpio la habitación del niño por los excesos de papel regalo en el suelo y espero a que se durmiera, abrigándolo muy bien. Estaba lloviendo con suavidad.

Para matar el tiempo se puso a ver televisión en la sala. Sintonizó el canal de deportes ESPN y cual fue su sorpresa al ver que estaba transmitiendo el juego que fueron a ver Ron, Hermione y Libby. Minutos después, cuando uno de los técnicos pidió tiempo muerto, las cámaras de televisión enfocaron al público, y entre ellos a Libby y a Ron, que agitaron su mano saludando. Harry se preguntó dónde estaría Hermione. Se sobresaltó al oír abrir la puerta.

-¡Hermione!

-Hola – dijo ella, quitándose la chaqueta. El cabello lo tenía un poco húmedo.

-¿Qué haces aquí?

-No alcancé boleta – contestó ella, sentándose a su lado. Puso unas llaves sobre la mesa –. ¿Cómo va el partido?

-No sé, pero están por finalizar el segundo cuarto. ¿Y cómo así que no alcanzaste boleta?

-Lo que pasó es que estaba carísimas por la demanda – explicó ella –. Entonces, de alguna manera, yo me sacrifiqué para que Ron presenciara por primera vez en su vida un partido de Básquetbol. Lo hubieras visto cuando vio el estadio – agregó con cariño.

-Ya lo vi en el estadio, a él y a Libby.

Se quedaron un rato más viendo el partido. Harry le contó todas las cosas que le habían obsequiado a James, aunque Hermione no pareció ver con muy buenos ojos el obsequio de Ron.

-Habrá que tener cuidado con él – dijo ella de manera pensativa.

-Hermione, yo siempre había querido preguntarte esto... pero no encontraba el momento oportuno.

-Dime

-Es que... – era ahora o nunca –. ¿Por qué lo llamaste James?

-Por tu padre – contestó ella, sin pensarlo dos veces –. Siempre fue un gran mago.

Se levantó y salió de la sala. Harry siguió viendo el partido, por si volvía a presentar a sus amigos, aunque gratamente sorprendido por su inesperada respuesta.

-Es para ti – dijo Hermione cuando regresó, entregándole lo que al parecer, era un libro envuelto.

-Yo no cumplo años hoy – repuso Harry, muy sorprendido y destapando el libro.

Pero no era un libro, al abrirlo la sangre se le paralizó cuando vio muchas fotos de James. Era un álbum fotográfico del niño, en cuero color marrón, con fotos normales y mágicas, desde que nació hasta las que Hermione había tomado en la obra de teatro del niño.

-Es lo menos que puedo hacer por ti – le dijo Hermione al percatarse que se había quedado completamente mudo –, por todo el tiempo que no estuviste con él.

-No me lo esperaba – admitió Harry, con dificultad.

Hermione suspiró y siguió viendo el juego, mientras Harry analizaba cada fotografía del álbum. A medida que avanzaba le aprecia que cada foto era más maravillosa que la anterior. Las que más le gustaron fueron las que mostraban a James de días de nacido, aunque se veía muy pequeño (una de ellas en la incubadora), parecía precioso. Libby tuvo razón al contarle que el niño se había recuperado con mucha rapidez, Harry lo comprobó con una fotografía de navidad, donde aparecían Hermione y sus padres que cargaban al niño, casi del doble del tamaño con el que había nacido, mientras dormía.

Harry levantó la vista hacia Hermione, aún miraba el juego, aparentemente desganada porque debería estar allá. Se acercó a ella y le dio un beso en la mejilla para animarla. Al hacerlo, ella también lo miró y le sonrió. Se miraron durante unos segundos, Harry se acercó más y la besó.

Parecía un beso inocente, apenas movían los labios y con mucha frecuencia sus narices rozaban. Con el paso de los segundos el beso se hizo más intenso, más apasionado. Harry la abrazó con fuerza mientras ella ponía las manos en su rostro cayendo lentamente sobre el sofá, él encima de ella.

Harry desconectó completamente su cerebro de la realidad y dejó llevarse por los impulsos de la sangre y el corazón.

Lentamente y sin despegar sus labios, Harry recorrió con su mano derecha el costado izquierdo de Hermione, desde su axila hasta la cadera, de vez en cuando recorría el muslo, ya que ella había encogido la pierna.

La mano de Harry regresó a la cintura de Hermione, donde se quedó por unos segundos, completamente estática. Con mucha cautela se fue introduciendo bajo el suéter y la camisa que tenía puesta hasta que hizo contacto con la piel de la chica. Sin embargo, Hermione no protestó. Harry tomó esto como un indicio para seguir adelante.

Subió lentamente su mano por el suave estomago y se topó con el sujetador de Hermione. Harry dudó, ¿y si ella no quería?... "pues lo detendría", al fin y al cabo, es mejor pedir perdón a pedir permiso.

Sin dudarlo un segundo más, Harry subió su mano por el sostén, al parecer en encaje porque tenía suaves relieves. Acarició el seno izquierdo por encima de la prenda, con lentitud. Subió un poquito más la mano y la introdujo por la copa, hasta que sintió entre su palma y dedos el pezón endurecido de Hermione.

-¡Ah! – exclamó ella de manera ahogada, apenas separando sus labios de los de Harry.

Los dedos de Harry pellizcaban suavemente la zona, hasta que no lo pudo resistir. Sacó su mano y sin apenas levantarse le subió el suéter y la camisa hasta que se los sacó por completo, quedando al descubierto un hermoso sostén en encaje color lila que ocultaba los senos de Hermione. El broche estaba entre las copas y sin detenerse a preguntar, Harry lo desabrochó.

Su corazón estuvo a punto de explotar ante el hermoso panorama frente a sus ojos: los senos de Hermione, igual de hermosos que hace cinco años, aunque un poquito más grandes, con los pezones duros y la respiración agitada.

-Eres hermosa – murmuró Harry, mientras acercaba sus labios al seno izquierdo de ella.

Abrió un poco los labios para hacer presa de ellos al pezón izquierdo (Hermione arqueó la espalda). Lo succionó con suavidad rozándolo con los dientes y haciendo círculos sobre él con su lengua. De vez en cuando lo estiraba un poco para dejarlo libre y segundos después, volverlo a poseer.

Las ovaciones que provenían del juego en la televisión parecía no afectarlos, ni siquiera se acordaron que tenían prendido el televisor. Harry dejó el seno izquierdo y siguió con el derecho mientras con su mano derecha masajeaba la zona que abandonó.

Al estar satisfecho con el sabor de los senos de Hermione, Harry bajó los besos por el estomago hasta llegar al ombligo donde introdujo su lengua, provocando otra arqueada de la muchacha.

Desabrochó el botón del jean y lo bajó un poco, dejando al descubierto el vientre, tan plano y suave como antes.

-Gracias por albergar la vida de mi bebé – susurró él, llenando la zona de besos.

Bajó por completo el jean, pero no se lo pudo quitar porque tenía los zapatos puestos. Así que primero le quitó los zapatos para luego despojarla del pantalón. Él también se despojó de su ropa con mucha rapidez, quedando apenas en boxers. Las pantaletas de Hermione, estilo cacheteros (pantaloncitos calientes) también eran de color lila.

Volvió a besar a Hermione, esmerándose en que su pecho hiciera contacto con los senos de ella. Acarició su piel con lentitud, para disfrutar de su suavidad. Hermione parecía no quedarse atrás. Recorrió el brazo derecho de Harry, aunque él no sintió la mano de ella pasar por su codo, tenía puesta la férula.

Ya estaba excitadísimo, su cuerpo lo manifestaba, quería ir más allá, iría más allá. Puso la mano derecha sobre el vientre de Hermione y dándole una última caricia, la introdujo entre las pantaletas.

Hermione volvió a estremecerse.

La zona estaba húmeda y Harry decidió estimular más la intimidad de Hermione. Acarició cada centímetro con delicadeza, repitiendo el recorrido muchas veces. Sintió cuando las piernas se separaron un poco para darle mayor acceso y él aprovechó. Primero introdujo un dedo, moviéndolo en círculos rozando las paredes laterales, después introdujo otro para comenzar con un mete y saca constante.

Llegó un momento en que las pantaletas estorbaban. Se incorporó y las retiró lentamente, no quería que Hermione lo juzgara por perversión. También se retiró los boxers, terminó de separar las piernas de ella y se hizo en el medio.

-Harry, espera un moment... ¡Ah! – dijo a manera de grito ahogado.

Estaba estrecha, muy estrecha. De no haber tenido un hijo, Harry creería que seguía siendo virgen. Lamentó no haberla escuchado. Su rostro reflejaba un poco de dolor, el mismo que sintió la primera noche que hicieron el amor. Si no hubiera estado lubricada hubiera sido peor. A pesar de eso Harry se hallaba en la gloria. Hermione no se había acostado con nadie más, aparte de él.

La embistió con lentitud, apoyando sus manos en los costados de su cuerpo, apoyando más su peso en la mano izquierda, por precaución. Hermione se limitó a apretar los cojines del sofá.

Crookshanks apareció en la sala, con su cola levantada, los vio durante unos segundos y se marchó como si nada.

Con el pasar de los minutos el acceso a Hermione se hizo más suave. Mezclaba embestidas con tiernos y apasionado besos, y se comenzaron a escuchar suaves gemidos de placer. Hasta en los momentos más íntimos Hermione era prudente.

A pesar del cansancio que se acumulaba con el tiempo, Harry no quiso cambiar de posición. Se sentía muy cómodo teniendo el dominio de la situación.

Las mejillas de Hermione se sonrojaron, entreabrió un poco la boca y puso los ojos en blanco. Tenía un orgasmo. Harry volvió a besarla con pasión, hacia mucho quería tenerla nuevamente bajo él gozando de placer. A los pocos segundos él también experimentó el máximo placer, para luego caer completamente agotado sobre el cuerpo de su amante.