17
LOS SONIDOS DEL MIEDO
Pasaron varios minutos antes que la respiración volviera a la normalidad. Harry no calculó cuánto tiempo estuvo en esa actividad tan íntima con ella, pero sabía que había sido largo, el partido de básquetbol estaba por finalizar.
Lentamente se incorporó, para sentarse cómodamente sobre el sofá y acomodarse la férula, que debido al sudor se le había movido. Hermione también se incorporó, y sin siquiera mirar a Harry fue recogiendo lentamente todas las prendas que anteriormente tenía puestas.
-¿Qué ocurre? – le preguntó Harry con suavidad.
-Nada – susurró ella distraídamente, acomodando sus prendas sobre las piernas.
-No sé por qué la timidez – le dijo Harry, sentándose al lado de ella –. No es la primera vez que lo hacemos.
En ese instante Hermione se sobresaltó.
-Se acabó el partido – dijo ella de manera apresurada –. Hay que recoger todo.
-¿Por qué? – inquirió Harry.
-Porque se van a aparecer... Libby y Ron.
-¿No se vienen en el auto de ella? – le preguntó Harry, recogiendo sus cosas con rapidez.
-Yo llegué en él porque no encontramos estacionamiento, así que ellos decidieron regresar de manera mágica para que yo lo trajera.
Terminaron de recoger todo. Harry utilizó su varita exclamando ¡Accio! para verificar que nada se hubiera quedado escondido entre el sofá y las demás sillas y Hermione utilizó la suya para susurrar Fregotego y así limpiar el sofá, por si alguna mancha los delataba. Se levantaron con rapidez y con la ropa entre los brazos se dirigieron hasta la habitación de Hermione. Nada más entrar en ella y cerrar la puerta, se sintió una pequeña explosión.
-¡Ey, tiene el televisor prendido – dijo Ron –. Parece que estaba viendo el partido. ¿Nos habrá visto?
-No sé – le contestó Libby –. Si hubiera sabido le hubiera dicho que me grabara... ¡vida cruel!
Harry y Hermione pegaron el oído a la puerta, para escuchar mejor la conversación entre sus amigos. A su izquierda pudo distinguir la cama de Hermione, pese a la poca luz que a través de la ventana se colaba.
-Oye, aquí están tus llaves – dijo Ron, aparentemente agitando las llaves al aire porque se oía su tintineo.
-Mejor, así tendremos más libertad para salir.
-Si por lo menos Harry estuviera – comentó Ron –, pero creo que en cuanto Hermione llegó él se fue... Esa Hermione.
Hermione lanzó un suave gruñido, Harry le dijo: ¡Shss!
-¿Y qué? ¿dónde me vas a llevar? – siguió el pelirrojo.
-Ya veras... pero espérate y me arreglo un poquito... mientras, le pones cuidado a Sports Center.
-Pero te apuras – le advirtió Ron –, porque está que llueve más fuerte.
-Yo me arreglo a la velocidad de Flash.
-Parece que van a salir – le susurró Harry a Hermione.
-Pues que se apuren.
-¿Se demora mucho arreglándose?
-¿Quién? ¿Libby? ... Uf, ni te imaginas.
Ambos agudizaron más el odio, Ron estaba calladito viéndose lo que al parecer era la edición de Sports Center, porque comentaban las mejores jugadas del partido, además de otros deportes.
-A la velocidad de Flash – dijo Ron con sarcasmo.
-No me demoré más de veinte minutos... – espetó Libby – ¡hombres!
-¿Y dónde vamos?
-A Soho... pero espérate, voy a ver si Hermione está dormida.
En cuanto dijo eso, Hermione jaló a Harry y lo puso al otro lado de la puerta tirando su ropa también en ese lugar, ella corrió hasta su cama y se metió entre las sábanas, quedando completamente quieta. Libby entreabrió la puerta, desde ese punto no podía ver a Harry, pero él a ella sí. La luz proveniente del reflejo del televisor se asomaba por la puerta iluminando un poco la cama de Hermione y Libby asomó la cabeza.
Ahora Harry podía verla mejor, Hermione se había abrigado hasta el cuello y les daba la espalda a los dos.
-Está fundida – dijo Libby, cerrando la puerta. Instantáneamente la luz del televisor se apagó –. Lástima, quería que viniera con nosotros. Al fin y al cabo no disfruto del partido.
-Otro día... – se apresuró a decir Ron –. Mas bien dime qué es Soho.
-Es un barrio súper play de New York, allí hay tiendas de diseñadores, bares, discotecas, etc, etc, etc... y gays.
-¿No me iras a llevar con los gays? – preguntó Ron, alarmado.
-No... te voy a llevar a un Bar súper fenómeno...
Se había cerrado la puerta de la casa y las voces de ambos se apagaron. A los pocos segundos se oyó que encendían un auto y luego un chillido, como si las llantas patinaran. Hermione encendió una lamparita y la habitación se vio mejor.
Era mucho más amplia que la de James, la cama era doble y al lado derecho estaba la ventana, con las cortinas un poco corridas, él estaba al lado izquierdo. La habitación estaba completamente alfombrada y frente a la cama había un elegante diván, las paredes estaban decoradas con papel tapiz de finas flores amarillas. Cerca de Harry estaba un amplio closet, que en esos momentos estaba entreabierto, distinguiéndose unas chaquetas colgadas en él. En la otra esquita, cerca de la ventana, había una mesa redonda, sobre la cual reposaba un delicado jarrón con flores otoñales y cientos de frasquitos, aparentemente fragancias, además de un pequeño espejo giratorio.
-¿Ya se fueron? – preguntó Hermione, incorporándose y tapándose con el edredón.
-Si, ya se fueron – confirmó Harry. Dejó su ropa sobre el suelo y se acercó a ella – ¿Has ido a Soho?
-Si, es un barrio muy agradable y... ¿qué haces? – preguntó ella cuando Harry le quitó el edredón.
-No creerás que pienso aguantar frío – repuso él, ingresando en la cama.
-Pues, eso es precisamente lo que estaba pasando por mi cabeza – dijo ella, ceñuda.
-No todo lo que se planea sale – concluyó Harry, para besarla de nuevo. Le separó suavemente las piernas y se ubicó en el medio.
Las gotas de lluvia golpeaban con fuerza el vidrio de la ventana. A pesar de eso, el sonido era como un somnífero para el cerebro. Harry se movió perezosamente para abrazar a Hermione, pero ella no estaba. Buscó sus gafas, que las había puesto sobre la mesa de noche (el reloj despertador indicaba la una de la mañana con veinte, y la lamparita todavía estaba encendida) y al colocárselas vio a la chica, parada al lado de la ventana, observando por ella hacia la calle y cubierta por una sábana. Harry se le acercó por detrás, la abrazó y le dijo al oído:
-¿Qué vez?
-Me gusta ver los autos en la lluvia – murmuró Hermione, si apartar la vista de la calle.
A lo lejos, un rayo se hizo visible, la lluvia se intensificó y el sonido atronador del rayo se hizo presente. Harry comenzó a bailar suavemente con Hermione pero ella seguía impasible, mirando completamente hipnotizada hacia la calle.
-Yo no soy el mismo de antes, Hermione – le dijo él, besándole el cuello.
-Eso parece – se limitó a decir ella.
Harry cerró por completo la cortina y tomando la mano de Hermione, la llevó nuevamente hasta la cama, introduciéndose los dos en ella, primero su amante y luego él, cobijándose bien.
Harry se ubicó encima de ella y la besó. Fue suave, sereno, dulce. Ya no hacia falta la pasión porque estuvo presente durante toda la noche, pero la calidez seguía presente, no los había abandonado. Estuvieron largo rato así, disfrutando de aquel beso, de vez en cuando apartaban brevemente los labios pero con mayor rapidez volvían a unirlos. El sonido de los rayos se hizo más intenso, pese a eso la luz no se marchó, parecía que en esa ciudad ninguna tempestad o vendaval lograba que quitaran el servicio de energía... ya quisiera Harry contar son un servicio tan eficiente en su pueblo.
De pronto, Hermione giró su cabeza hacia la derecha de Harry, con brusquedad y rapidez, gritó en el mismo instante en el que el sonido de un rayo hacia temblar los vidrios de la ventana. Harry giró la cabeza hacia su derecha y cuál fue su sorpresa al encontrar a James, encogido en el suelo, llorando y temblando.
Harry se levantó con rapidez y cargó al niño en sus brazos, no dejaba de sollozar y se prendió a su cuello con mucha fuerza.
-Tengo miedo – dijo James, con la voz ahogada por el llanto.
Harry sentía cómo las lágrimas del niño caían sobre su hombro. Hermione también se incorporó y fue hasta donde ellos para acariciar a su hijo.
-No pasa nada – le dijo en tono cariñoso a James –. Los rayos no hacen nada.
Pero esas palabras no tenían efecto en él, que temblaba como si estuviera convulsionando. Para tranquilizarlo, Harry dio vueltas por la habitación mientras lo arrullaba. Hermione se puso sus pantaletas y una pijama de dos piezas, cerró la puerta y cogió dos prendas de la ropa de Harry.
-Toma – le dijo ella, pasándole las prendas –. Dame a James y vístete.
Hermione lo relevó en el paseo por la habitación mientras Harry se ponía sus boxers y una camiseta. Cada vez que James lograba calmarse, el sonido de otro rayo llegaba hasta sus oídos, parecía que la madre naturaleza estaba empeñada en no dejar al niño en paz.
-Por eso no le gusta la lluvia – le susurró Harry a Hermione cuando volvía a cargar a James entre sus brazos. Hermione asintió.
-Ven, vamos a dormir – dijo Hermione, tomando la mano derecha de Harry que estaba libre.
Acomodarse en la cama fue muy sencillo gracias a su amplitud. Hermione se hizo a la derecha de Harry con James en medio, hipando. Ella se acomodó sobre su costado izquierdo y Harry sobre su costado derecho, ubicando bien su brazo para no incomodar el codo.
-"Layos" malos – masculló James.
-Son unos fanfarrones, no les prestes atención – susurró Hermione, acariciando el rostro del niño.
-¿No pueden "estal" mudos, como el tuyo? – le preguntó James a Harry.
-Son diferentes – explicó él.
-El tuyo no me da miedo – dijo James estirando los labios y se agolpó contra su pecho.
Harry tomó la cintura de Hermione y le indicó que se acercara más a ellos. Así lo hizo y minutos después, abrazados los tres, se quedaron dormidos.
Sintió una suave cosquilla en su frente, como si algo muy suave lo rozara. Al cobrar conciencia la claridad traspasaba sus párpados cerrados. Harry abrió los ojos, ya había amanecido y a su lado estaba James, rozando con sus pequeños dedos la cicatriz en forma de rayo que tenía en la frente.
Al darse cuenta que su padre había despertado, James sonrió ampliamente y retiró sus dedos con lentitud.
-Hola – dijo el niño con timidez, sonrojándose porque lo habían pillado in fraganti.
-Buenos días – le dijo Harry con una sonrisa, colocándose las gafas –. ¿Qué tal dormiste?
-Bien, ya no tuve miedo – contestó el niño con solemnidad.
-No hay por qué tenerlo – repuso Harry con tranquilidad, se incorporó y miró toda la habitación –. ¿Dónde está tu mamá?
James, se encogió de hombros. Ambos se levantaron, Harry vio la hora en el reloj despertador, era las nueve de la mañana. Se puso su jean, los calcetines y los zapatos y salió de la habitación con su hijo. Nada más cerrar la puerta y darse la vuelta se encontró con Libby, que lo miró con los ojos como platos, aún maquillada y algo despeinada.
-¡Un violador! – exclamó ella –. Mentiras... ¡Te lo dije!
-¿Qué cosa? – preguntó Harry, rascándose la cabeza.
-Que aún no había pasado nada... pero ya pasó.
Harry la miró con recelo.
-¿Has visto a Hermione? – le preguntó para cambiar el tema, no se sentía cómodo hablando de su vida privada.
-En la cocina.
-¿Y Ron?
-En su casa... ¡Él creyó que estabas allá!... Hubieras dejado una nota, así no tendría por qué haberse marchado en cuanto terminamos nuestro tour nocturno... o habríamos seguido con otro nuevo – le dijo ella a manera de reproche.
-Será para la próxima – le comentó Harry con desdén, dirigiéndose a la cocina.
Ingresó en la cocina. Hermione estaba sentada con una bata puesta sobre la pijama y apoyando sus brazos sobre el mesón mientras leía El Profeta, a su lado había una humeante taza. Ella levantó la vista cuando sintió los pasos de Harry, bajándola inmediatamente de nuevo al periódico.
-Buenos días – dijo él cariñosamente, besándola en la cien.
-Hola – contestó ella sin apartar su atención del artículo interior que leía –. ¿Quieres chocolate?
-Si.
Con un movimiento de su varita, Hermione hizo aparecer una tasa de dibujos de Disney. La tomó y le sirvió un poco a Harry, dejándola frente a él. Harry se bebió el chocolate, acompañándolo con unos panecillos que habían en una cesta. Crookshanks estaba al otro lado de la cocina, bebiendo leche de su plato mientras agitaba alegremente la cola.
-¿Y qué dice el periódico? – le preguntó Harry para quebrar el hielo. Se estaba preguntando las razones por las cuales Hermione actuaba así con él.
-Todo lo referente a la nueva ley de control de contrabando mágico, por lo de las fiestas de navidad – contestó ella, doblando el periódico –. A ver como le hacen para que esta vez los muggles no los pillen.
-¿Se han dejado ver anteriormente?
-Hace dos años – le informó Hermione, de una manera bastante formal –. Para la celebración del día de acción de gracia contrabandearon pavos precocidos que al pincharlos cobraban vida. Unos cuantos de ellos llegaron a manos muggles y como te podrás imaginar, el susto que se llevaron fue de muerte. Los desmemorizadores del Ministerio tuvieron mucho trabajo para la época, porque el día de acción de gracias se celebra en familia, entonces tuvieron que modificar muchas memorias.
-¿Por qué te comportas así conmigo? – le preguntó Harry con el ceño fruncido, sin poderse contener.
-¿Así, cómo? – preguntó ella, muy sorprendida.
-Así tan formal, tan distante.
-Esa es mi manera de ser, Harry – le dijo ella, como si fuera lo más obvio del mundo.
-No – dijo Harry, testarudo –, nunca fuiste así luego de... ¿acaso estas arrepentida?
Hermione guardó silencio durante unos segundos, contemplándose las manos.
-Simplemente no debió pasar.
-¡Qué son estas horas de llegar! – le dijo Ron con la voz de una madre regañona, a punto de reírse, eran las cuatro de la tarde en Inglaterra. Después cambio su postura –. ¿Por qué traes esa cara.?
-Hermione – masculló Harry con un humor de perros.
-Ya, no necesitas decirme más.
-No entiendo su actitud – le confesó Harry, abatido –. Se supone que soy yo quien debería estar dolido con ella, al fin y al cabo me ocultó que estaba embarazada y se largó con el niño... ¡Me castigó de la manera más cruel!
-Entonces, ¿por qué no se lo dices? – lo interrumpió Ron.
-En ese momento me hervía la sangre, ¿crees que hubiera sido apropiado discutir nuevamente en su casa, con James en ella? – inquirió Harry.
-Pues no. Pero si me vas a pegar, no me regañes.
-Lo siento – murmuró Harry.
-Más bien deberíamos armar plan – comentó Ron para animarlo –. Mira, Devon me escribió esta mañana y nos invita a una parrillada con su familia, ya sabes que cumple años hoy.
-No lo recordaba.
-Y no hay de que preocuparnos, porque Estorbo no estará al acecho.
Los días siguieron pasando. Harry se esmeraba muchísimo en las fisioterapias para no pensar en cada momento en esa actitud indiferente de Hermione. Decidió no volverse a trasladar a Estados Unidos hasta que se acercara la semana de navidad, para así complementar adecuadamente su rehabilitación. Sin embargo, hablaba con James todos los días, principalmente por Internet porque el recibo telefónico llegó con la cuenta carísima, Ron casi se va de para atrás.
De vez en cuando también hablaba con Hermione, pero de una manera muy formal. Si ella no quería nada con él, pues Harry no estaba dispuesto a rogarle, a fin de cuentas, estuvo rogándole indirectamente desde que se volvieron a ver. Lo que nunca permitiría era que James creciera sin su presencia.
-Hoy se ejercitará con estas pesas de seis kilos – le dijo el doctor Morgan el último día de fisioterapia del año. El sábado anterior a la semana de navidad –. Está progresando mucho mejor de lo que esperaba y para la última semana de rehabilitación, que sería entre el cinco y el doce de enero, lo ejercitaré con agilidad... y estará listo.
-Y mientras... ¿qué haré en estas dos semanas?
-Practique pintura con brocha gruesa sobre una pared.
-¿Eh? – preguntó Harry, desconcertado.
-Si, al subir y bajas e ir de derecha a izquierda, ejercitará el codo para los movimientos repentinos que practicaremos cuando finalicen las navidades – le aclaró el doctor Morgan –. Los buscadores en el quidditch tienen que mover su brazo según la dirección hacia la cual gire de improvisto la snitch. Muchos no les prestan atención a esto y por eso a largo plazo su rendimiento va decayendo, debido a las molestias en los tendones y ligamentos del codo.
-¿Y cuántas horas diarias debo practicar con eso?
-No es por horas – dijo el doctor Morgan –, es por series. Por ejemplo, diez de arriba abajo y diez de derecha a izquierda, así varias veces. Que los brochazos sean largos al principio y con el pasar de los días los va acortado. Primero lo hace lentamente y poco a poco aumenta la velocidad.
-¿Algo más? – le preguntó Harry.
-Si, le recomendaría ejercitar los dedos de su mano derecha jugando con una consola, la que sea.
-¿Para qué? – se extraño Harry.
-Es porque los tendones de la mano están asociados con los del codo y le dará mayor agilidad.
Siguiendo el consejo del doctor Morgan, y aprovechando que estaba en Londres, Harry fue hasta el centro comercial donde regularmente Ron compraba los videojuegos para su X-Box. Compró dos en la tienda Zona Virtual y aprovechó para realizar las compras navideñas y de una vez, comprar unos cuantos tarros de pintura.
Las tiendas estaban a medio llenar, ya que por ser la hora del almuerzo la mayoría de los compradores están comiendo, además, casi todo el mundo dejaba este tipo de compras para última hora.
-¿Son para mí? – le preguntó Ron muy ilusionado cuando Harry le mostró el par de videojuegos que había comprado.
-Para mí – le aclaró Harry, Ron se decepcionó –. Tengo que ejercitar los tendones de los dedos en los controles de tu X-Box... – Y le explicó las recomendaciones del doctor Morgan.
-Yo pensaba pintar y decorar de otra manera mi habitación, pero como te lo pusieron de tarea... Esa pared la quiero en rojo, esa de allá en color ladrillo, el marco de la ventana café... ¿También te pusieron a pintar armarios?
-No – gruñó Harry ante las burlas de su amigo –. Creo que eso lo podrás hacer tú.
-Si – repuso Ron –, con la varita... siguiendo con lo que te estaba diciendo, la pared de la puerta también la quiero en rojo...
El lunes a media mañana, Harry se puso en la labor de ejercitarse con los ejercicios de brocha va y brocha viene. Ron comenzó a despotricar contra él cuando Harry le dijo que no pensaba pintar su habitación, ya que no alcanzaba los tarros de pintura que había comprado además que estas no cumplían con los gustos de su amigo.
Pintó la fachada de la parte trasera de la casa. No había sol, las nubes lo cubrían por completo. Resultó un poco complicado ya que debido a que estaba bien abrigado, su temperatura corporal aumentó considerablemente y el sudor se hizo presente. Estuvo en esa labor por cerca de una hora, hasta que el calor no lo pudo soportar.
-Si hubieras pintado mi habitación no estarías quejándote – le reprochó Ron, a manera de burla.
-Píntala tú – le espetó Harry.
-Quiero ayudarte, por eso te lo pedí a ti – repuso Ron, con solemnidad –. Y cámbiate, que estas todo salpicado por la pintura.
Harry se dirigió a su habitación, a mitad del camino sonó el teléfono.
-Yo contesto – gritó él, sacó su varita y exclamó –: ¡Accio teléfono! ... Diga.
Pero no habló nadie.
-¡Alo! – dijo Harry.
Nada, de nuevo mudo.
-¡Alo!... eche la moneda.
-¡Harry!
-Hola, Hermione – dijo él de manera helada.
-¿Cómo te encuentras? – preguntó ella con timidez.
-Muy bien, ¿y James?
-Durmiendo todavía.
Harry miró su reloj, si allí era casi las doce, en New York sería casi las seis de la mañana.
-¿Por qué llamas tan temprano?
-Porque después me voy a trabajar y se me olvida – replicó Hermione serenamente –. Llamaba para invitarte a pasar el día de navidad con James... y Ron también puede venir, si quiere.
-No te preocupes, yo le digo – repuso Harry.
-Bueno, eso es todo... adiós – Y colgó.
-¿Quién era? – preguntó Ron desde la cocina.
-Hermione, nos invita a pasar la navidad con ellos.
-Yo no puedo – se apresuró a decir Ron –. Voy a estar en La Madriguera... aunque...
-¿Qué?
-Tengo la ventaja horaria... Lo que estoy pensando es qué se le puede regalar a una loca, a una mandona y a un niño que no pronuncia la ere.
Hasta el día antes de navidad, Harry siguió con la rutina de los brochazos. Se ejercitaba tres veces al día y cuando terminó de pintar la parte baja de la fachada trasera de su casa, siguió con la cerca de madera que rodeaba su patio. Tuvo que realizar varias pausas cada vez que intentaba pintar, ya que con regularidad caía nieve, esto le impedía realizar el ejercicio cómodamente.
Hedwig y Pigwidgeon también fueron victimas del clima, no podían seguir durmiendo en su árbol, así que los chicos le acondicionaron un rincón en la cocina, con sus jaulas, para que se refugiaran allí.
El día de navidad, Harry decidió acompañar a Ron a La Madriguera. Sería inútil quedarse casi todo el día solo hasta que fuera la hora de poderse trasladar.
-¡Feliz Navidad! – exclamó la señora Weasley cuando ambos se trasladaron por la red flu. En la cocina estaban ella, Ginny y Fleur.
-¡Feliz Navidad! – dijo Ron, dándole un beso en la mejilla a su madre.
-Tu regalo fue muy lindo, Ron – le dijo la señora Weasley, pellizcando sus mejillas.
-Deja, mamá – replicó Ron con fastidio.
-¿Cómo se encuentran? – preguntó Harry abrazando a Ginny, luego abrazó a Fleur –. ¿Y tú? ¿Cómo está esa bebé?
-Cgeciendo muy fuegte – contestó ésta con una amplia sonrisa, acariciando su barriguita.
-¿Para cuándo es? – preguntó Ron, sentándose frente a ellas.
-Finales de enego.
-¿Y no te da miedo? – siguió Ron –. Porque dicen que duele cuando sale.
Fleur puso los ojos como platos y se le aguaron.
-¡Ron! – lo recriminó la señora Weasley –. Deja de decir tonterías... Y no le prestes atención, querida – añadió en tono tranquilizador, mirando a Fleur.
Ella se limitó a asentir mientras Ginny la abrazaba para reconfortarla.
-Antes afloraba mucho su carácter – le dijo la señora Weasley a Harry por lo bajo –, pero ahora está muy sensible, por cualquier cosa llora.
-¿Y los demás? – le preguntó Harry, recibiendo un pasaboca que la señora Weasley le ofreció.
-Bill, Charlie y Fred están en el jardín. Arthur y Percy en la sala. George no sé dónde se metió – dijo al final, ceñuda.
La señora Weasley preparó un suculento almuerzo. Harry no se explicó cómo once personas cupieron en la cocina, ya que en el jardín no se podía estar debido a la nieve. Después de repartirse los respectivos regalos, tanto él como Ron se despidieron de todos y se trasladaron a New York.
-Aquí la navidad es de lujo – comentó el pelirrojo cuando pasaban por una calle de Queens. Iban en taxi –. Pero debimos habernos trasladado directamente a la casa de ella, ¿no crees? – agregó en voz baja.
-No.
Al llegar a la casa, la persona que les abrió fue Libby. Estaba vestida completamente de rojo, con pantalón y suéter. Llevaba puesto en la cabeza un gorro navideño del mismo color que hacia resaltar el tono de su cabello rubio y enredado en el cuello, muchos confites.
-¡Feliz Navidad! Tararararan ¡Feliz Navidad! Tararararan – comenzó a canturrear, mientras les ponía a cada uno un gorro.
-Estas loca – le dijo Ron.
-De alegría – repuso ella –. Hasta el otro año no volverá a ser diciembre.
-¿James? – preguntó Harry.
-En la sala, junto al árbol.
Los tres adultos ingresaron en la sala, perfectamente decorada para la fecha, aparentemente todo muggle, seguramente para evitar especulaciones y comentarios de parte de los vecinos. Al lado de la chimenea había un gran árbol de navidad, decorado con borlas rojas y azules, lo coronaba una estrella dorada. La parte baja del árbol estaba llena de cajas envueltas en papel regalo y James estaba hurgando en ellas. Levantó la vista y al ver a Harry salió disparado hacia él, saltando a su cuello con el impulso de los cojines del sofá.
-¡Feliz Navidad! – chillo el niño. Harry retrocedió unos pasos.
-¡Feliz Navidad! – dijo él con una amplia sonrisa –. ¿Muchos regalos?
-No sé.
-Estaba espiando – explicó Libby –. Pero como no sabe leer...
Entre las cajas de regalo salía Crookshanks, con un pequeño paquete en su hocico.
-Bueno, al menos alguien ya tuvo éxito.
Ron puso los regalos que él y Harry habían llevado, al lado de las otras cajas, aunque algunos se esmeró por ocultarlos atrás de ellas. Hermione salió de la cocina, en cuanto vio a Harry se sonrojó. Llevaba puesto un jean y un suéter verde de cuello alto, el cabello completamente liso y entre las manos una bandeja con galletas.
-Gracias – dijo Ron tomando una con rapidez –. ¡Feliz Navidad!
-No hables con la boca llena – le dijo Hermione, ceñuda.
-Demalas – le espetó él, sin darle mucha importancia y tomando unas cuantas galletas más.
Hermione puso la bandeja sobre la mesa de centro, sin dejar de mirar de una manera muy severa a Ron. Sacó su varita y con un movimiento hizo aparecer una jarra de leche y cinco vasos.
-Ya decía yo que esto no se pasaba a palo seco– dijo Ron, tomando un vaso y llenándolo con leche.
Los cuatro adultos, niño y gato se reunieron en torno al árbol. La chimenea crepitaba con suavidad mientras Crookshanks trataba de destapar su obsequio con los colmillos y garras.
Libby cogía cada regalo y leía a quien iba dirigido. Parecía que estuvieran en medio de una subasta. Se exclamaba con tanto entusiasmo que Harry comprendió por qué era publicista.
Como era de imaginarse, James fue quien recibió más regalos, no solo de parte de ellos y sus abuelos maternos, la señora Weasley le envió uno (un jersey), los gemelos también (Hermione revisó minuciosamente su contenido) y los padres de Libby junto con su hermano menor. Casi todo fue ropa y muñecos, exceptuando el regalo de Libby, una caja enorme de lego y el de Ron, una caja grande con colores, marcadores y acuarelas.
-Para que plasmes tu arte en las paredes – argumentó el pelirrojo.
Ron había recibido regalos de todos. Harry se lo dio en su casa, Hermione le dio un libro sobre culinaria mágica (Ron puso los ojos en blanco, pero Harry vio cuando él comenzó a buscar recetas), Libby le dio un elegante abrigo de algún diseñador y James le obsequió un dibujo hecho a mano, algo deforme, de lo que parecía ser Bob Esponja.
Libby recibió ropa de parte de Hermione; otro dibujo de parte de James: una roquera con aureola en la cabeza (como si fuera una santa), sus padres le enviaron un mini componente de mp3, Harry le regaló una bonita cartera con algunos productos de Sortilegios Weasley en ella, los padres de Hermione un hermoso pañuelo de seda y Ron le obsequió un dije de oro, con la figura de la pantera rosa montada en una escoba..
Hermione recibió por parte de Ron un libro de chistes muggles; Libby también le obsequió ropa a ella; James hizo para ella un cuadro pequeño, parecía ser un paisaje con muchos corazones chuecos en él; sus padres le enviaron un lindo reloj Rolex; los padres de Libby le enviaron un libro llamado: La lucha de los nuevos por los derechos de los viejos elfos, y Harry también le dio un libro, aunque de tema diferente titulado: La transformación primitiva de los primeros magos muggles.
-Es la primera edición – dijo Libby con la voz en un hilo, cuando leyó la contraportada –. ¡Esto es un tesoro!. Si somos pobres, lo podremos vender en la sección mágica de Ebay por una fortuna.
-Gracias – susurró Hermione, sin apartar la vista del libro, notablemente impresionada.
Harry también recibió regalos, el de Ron lo tenía en la casa, Libby le dio un set completo de CD de música clásica ("para que te relajes cuando estas que explotas", le dijo), James le dio una tarjeta hecha a mano, con el dibujo de superman en escoba; pero el que más le sorprendió fue el de Hermione, no se esperaba un regalo de ella: un equipo de accesorios corporales completo para jugar el quidditch, en fino cuero color negro.
-Bueno, atención, atención – dijo Libby, levantándose ante la atenta mirada de todos –. Antes del respectivo almuerzo de navidad – Ron se frotó las manos –, lo siguiente que les voy a obsequiar no es de parte de mí, porque mis regalos ya los di, sino de parte de mi propia abuela.
Sacó de la mitad del árbol un pequeño paquete. Lo puso sobre la mesa.
-¡Ábranlo! – les dijo a todos.
James se les adelantó y rasgó el papel con rapidez. Tenía una toalla de mano muy vieja. De inmediato, los adultos y el niño la miraron queriendo decir: ¿Qué es esto?
-Eso – dijo Libby, adivinando la duda de los presentes –, es la prenda que utilizaremos para trasladarnos en cinco días a Australia. Mi abuela nos ha invitado a pasar las fiestas de año nuevo allá.
