18

LA CASA EN LA PLAYA

-¿Australia? – repitieron los tres adultos al unísono.

-Si, Australia – confirmó Libby –. Isla ubicada en el meridiano sur, rodeada por el Océano Pacífico y el Océano Índico...

-Conocemos las características geográficas de Australia, Libby – la interrumpió Hermione.

-Yo no – dijeron Ron y James a la vez.

-Entonces las conocerán cuando estemos allá – repuso Libby –. Mi abuela se ha compadecido de nosotros y de este clima tan patético que nos ha tocado...

-En diciembre siempre nieva – le dijo Harry, a manera de informe, por si no estaba enterada.

-Y nos ha invitado para que nos de un poco de sol – continuó Libby, ignorando el comentario de Harry – y yo no soy capaz de decirle que no, mi padre me mata. También invita a Harry por ser el papá de James y yo invito a Ron porque me cae bien . Además, seremos los primeros en recibir el nuevo año, ya saben, por la ubicación.

-¿Y para cuándo dijiste que nos vamos? – le preguntó Ron con mucho interés.

-En cinco días – repitió Libby –, o mejor dicho, el treinta. ¿Alguien más necesita información? – preguntó mirando significativamente a Hermione, como si temiera que objetara el obsequio de su abuela.

-¿La casa de tu abuela es lo suficientemente amplia para albergar a cinco personas más? – preguntó Hermione.

-Si. Es abuela, las abuelas tienen casas grandes para que los visiten sus nietos ya sea de vacaciones o cuando sus padres los echan de la casa. Pero si, si tiene. La última vez que fui la estaba ampliando.

-¿Y cuándo fue eso? – preguntó Ron

-Hace tres años.

-¿Y que tan cerca de la playa está?

-Casi cien metros.

-¿Está en zona muggle? – preguntó Harry.

-No, pero la ciudad muggle más cercana es Perth, que queda como a 16 kilómetros. Pero los muggles no se aparecen por los alrededores.

-Podríamos llevar las escobas – le propuso Ron a Harry –, de paso te ejercitas en vuelo, porque ya creo que podrás manobriarla ¿no?

-Buena idea – admitió Harry.

Después del almuerzo, que era pernil relleno de verduras con salsa agridulce, planificaron lo todo lo respectivo para trasladarse a Australia. Como la diferencia horaria entre New York y la ciudad de Perth era de doce horas de retraso, decidieron viajar el día veintinueve a las siete de la tarde. Harry y Ron se trasladarían desde Inglaterra hasta la casa de Hermione y luego los cinco lo harían juntos hasta Australia.

Mientras llegaba el día del viaje, Harry siguió con sus ejercicios particulares pintando la cerca de madera de su patio. Para su desdicha, lo que anteriormente había pintado estaba agrietado y la pintura se caía solita.

-Eso es por el frío – le explicó Ron entre risas, ante la mirada de indignación de Harry –. La pobre pinturita se congeló y ahí tienes. Debiste haber pintado mi habitación.

Harry decidió no seguir malgastando su tiempo en tontos brochazos y se dedicó más a ejercitar sus dedos con los controles de la Xbox de Ron. Los dos videojuegos que había comprado los finalizó el día anterior al viaje y por estar completamente pendiente de ellos, se olvidó por completo cambiar dinero y conseguir algo de ropa para el candente verano del país.

-Te presto dinero – le dijo Ron cuando Harry le comentó sobre su olvido –, pero es con carácter devolutivo y lleva la tarjeta de crédito también.

-No quería llevarla para evitar los gastos excesivos – reconoció Harry.

-Hablando de gastos, ¿le has ayudado a Hermione con los gastos de James?

-En algunos, no todos, ¿por qué?

-Porque eres el padre, Harry – dijo Ron poniendo los ojos en blanco –. ¡Que descuidado eres! No solo es ayudarle con la ropa, en esto también entra la alimentación, la educación, la recreación...

-Sabes mucho de eso – lo interrumpió Harry con sorna.

-Es que mis padres siempre hablaban de eso en casa – dijo el pelirrojo, visiblemente apenado –, ya sabes, cuando teníamos muchos problemas económicos.

-¿Y qué ropa vas a llevar? – preguntó Harry con rapidez, incómodo ante la metida de pata con Ron.

-Unos pantalones en algodón, unos largos y otros cortos hasta las rodillas. Los conseguí en un outlet en Londres, también camisas en algodón de diversos colores y sandalias de playa. El pijama y el traje de baño también en pantalón corto, estilo bermuda que me da pinta de surfista californiano.

-Bueno, el traje de baño lo tengo, pero no tengo ropa que llevar.

-Viaja con un jean y una camiseta y compras algo en Perth – observó Ron.

Al día siguiente, cerca de la media noche, los dos chicos ya tenían todo listo. Harry solo llevaba una mochila con unas cuantas camisetas, el pijama, el traje de baño y sus objetos de aseo personal. Ron llevaba un talego grande y tanto él como Harry tenían sus respectivas escobas en las manos.

-La ropa de invierno te luce más, con ella no se te ve la férula – le dijo Ron, observando con gracia la férula de Harry.

-¿Las lechuzas quedaron con comida y agua suficientes?

-Si que si.

Al minuto siguiente estaban en la sala de la casa de Hermione. Al legar todo era un caos. Libby corría de un lado para otro gritando por sus cosas, como si hubieran desaparecido por arte de magia. Hermione y James estaban sentados en el sofá, con sus maletas listas e ignorando las quejas de la muchacha. Crookshanks estaba sobre el regazo de Hermione, acurrucado.

-¡Mi espejo, ¿Dónde está mi espejo? – gritaba Libby desde el fondo de la casa –. ¿Y mi tratamiento para el cabello? ¡Ay, Dios mío, se me va a chamuscar con el sol!

-Por qué no utilizas la varita – le dijo Ron, Harry se sentó al lado de James y el niño lo abrazó.

-¡Claro!... ¡Mucha burra!

Cinco minutos después ya estaban todos listos. Se veían muy extraños con pintas veraniegas en pleno invierno. Las chicas llevaban shorts con blusas de tiritas en algodón, James tenía pantalones cortos y una camiseta azul con las inscripción "Ángel", todos con sandalias de playa, al igual que Ron. Harry se sintió extraño, él llevaba camiseta, pero con un jean y tenis. James cargó a Crookshanks en una mano y tomó con la otra mano a Hermione. Harry se encargó de las maletas de ambos y de su escoba, la mochila la tenía en la espalda. Ron se encargó de la maleta de Libby y ella se ofreció a llevar la escoba. La chica murmuró Portus apuntando la vieja toalla de manos con la varita y todos la tocaron con un dedo.

-¡Allá vamos! – exclamó Libby segundos antes que un gancho invisible los jalara desde abajo del ombligo hacia arriba.

Fue el viaje vía mágica más largo que Harry allá experimentado en su vida. Calculó casi un minuto de succión hacia delante, viendo múltiples colores y escuchando el aullido del viento en su oído hasta que tocaron tierra. El cálido sol de la mañana australiana los recibió, mientras James colgaba peligrosamente de la mano de su madre.

-"Otla" vez – chilló el niño, medio mareado y sosteniendo con dificultad a Crookshanks.

-A la vuelta – dijo Libby mientras se estiraba y echaba un vistazo alrededor.

Habían aparecido en medio de un sendero color dorado oscuro y a los lados el pasto un poco reseco. Más allá, la arena se tornaba blanca y el mar era sumamente azul alcanzándose a distinguir unos parches en él de color verde.

-¡Fiona, ¡Ya llegaron! – dijo alguien tras ellos.

Todos se volvieron hacia la persona que había gritado. Un anciano muy flaco y alto salía de una casa de dos pisos, vestido completamente de blanco en pantalón corto y camisa, las piernas se le veían muy arrugadas y sus ojos se iluminaron al ver a Libby.

-¡Abuelo! – gritó la chica, soltando la escoba de Ron y corriendo a su encuentro. Lo abrazó y zarandeo tan fuerte que Harry creyó que lo desbarataría por completo –. ¡Como estás de papacito!

-Como siempre – repuso el viejito, con voz ronca.

Ron sacó la varita y con un movimiento de ella hizo levitar los equipajes y su escoba. Caminaron hacia ellos y James soltó a Crookshanks.

-Mira, abuelito, ¿te acuerdas de Hermione? – dijo Libby, señalando a la chica –. ¿Y de James también?

-Si, la última vez que los vi estaban más chiquitos los dos – dijo el abuelo, acariciando la cabeza de James.

-Y ellos son Ron – siguió Libby – un amigo nuevo que tengo y Harry, el padre de James.

-Mucho gusto – dijo el pelirrojo extendiéndole la mano.

-El gusto es mío – le dijo el abuelo, estrechándosela al pelirrojo –, soy David.

-Harry – dijo él, presentándose y tendiéndole la mano. El viejito hizo lo mismo y abrió los ojos como platos cuando le vio la cicatriz en forma de rayo de su frente.

-¿Potter? – preguntó el abuelo, Harry asintió con incomodidad –. Pues, bienvenidos. ¿Me imagino que tendrán hambre?

-Si – contestó Ron con rapidez.

-Bueno, Fiona está preparando el desayuno...

Ingresaron a la casa por una puerta doble de vidrio, que estaba abierta de par en par. Lo primero que encontraron fue la sala, completamente blanca, tanto en paredes como en muebles. Sobre una pared había una chimenea de tamaño mediano y en medio de la sala una mesa bajita y un poco grande, con muchos adornos aparentemente de nativos. En las paredes había colgados cuadros pintados a lápiz sobre los paisajes de la región. El techo era sostenido por vigas de madera, no solo como columnas, sino como piso. Harry se imaginó que el segundo piso era en madera. Avanzaron por un corredor hasta la cocina, muy grande donde una viejita cocinaba animadamente en una cacerola mientras a su lado los chuchillos y las cucharas de palo hacían su labor moviéndose solos. En medio de la cocina estaba una mesa larga, para ser ocupada por diez personas y en la cual había una chica de no más de trece años, rubia y de cabello ondulado, cabeceando mientras apoyaba su cabeza en la mano.

-¡Ya llegué! – exclamó Libby con voz estridente. La anciana fue a su encuentro y la abrazó con efusividad.

-¡Uy, como estas de bonita! – le dijo su abuela, pellizcándole las mejillas –. Mira que el cabello un poco más largo te queda menor, porque cuando te lo cortas muy alto pareces un niño, es como si vera a Eprham caminando por ahí...

-Abuela, ¡ya! – dijo Libby, exasperada. Luego miró a la chica que estaba en la mesa –. Hola, Abba.

La chica se limitó a mover la mano en señal de saludo, mirándola somnolienta.

-¡Hermione!... hace años no te veía, pero si luces muy bien – continuó la viejita, abrazándola –. Hasta la mirada te cambio, ¡te vez radiante! – dijo examinándola detenidamente, después miró a James - ¡Ahhh!... ¡como estas de guapo!... ¡y grandote!

Lo cargó entre sus brazos de una. Harry se sorprendió con la vitalidad de la mujer. En ese instante Crookshanks ingresó en la cocina, acompañado por otros dos gatos.

-Abuela – la interrumpió Libby en su contemplación de James, Hermione y su abuelo se sentaron a la mesa –, ellos son Harry y Ron. Harry es el padre de James y Ron es un amigo nuestro.

-Mucho gusto – dijo la viejita con una sonrisa que al rato se transformó en expresión asombrada cuando vio a Harry –. ¿Potter?

-Si – musitó él. Ron soltó una risotada que trato de amortiguar con una tos, se dirigió a la mesa y se sentó.

-¡Vaya! – exclamó la abuela de Libby mirando a James –. Si, se parecen. Bueno, siéntense que ya casi está el desayuno.

Harry recibió a James y ambos fueron a sentarse al lado de Hermione.

-¿Y la tía Sara, cómo está? – le preguntó Libby a Abba.

-Bien – contestó la niña, evitando con mucho esfuerzo bostezar –. Imponiendo su ley, como siempre.

-¿Y la escuela?

-No me hables de ese antro de perdición... ¡Me limitan tanto el uso de la magia! – dijo ella, muy conmocionada.

-Te dije que tenías que estudiar en Salem, allá no solo hacemos magia con varita, también nos enseñan a conjurar sin ella.

-Desde que me contaste lo de tu escuela se lo dije a mamá... Pero esa mujer se mantuvo en su postura y dijo que tenía que estudiar en Lasgo porque irme al otro lado del mundo no valía la pena. Y mi papá no sirve para nada, como él también estudió allá...

En menos de cinco minutos la mesa estuvo cubierta por diferentes platillos, como tostadas, jarras de jugo, salchichas fritas, frutas picadas y hojuelas de maíz con leche. En la mitad de la comida, apareció en la cocina un chico alto y espigado, tan rubio como Libby y su prima, solo que de cabello corto y muy despeinado, como si se acabara de levantar. Bostezó antes de decir:

-Buenos días.

-¡Eprham! – dijo Libby, visiblemente sorprendida.

-No, Brad Pitt – repuso el chico a manera de gruñido.

Se sentó al lado de ella y comenzó a coger de todo para comer.

-Eprham llegó hace dos días – le explicó la abuela a Libby –. Como le fue tan bien en el semestre, pues tus padres lo dejaron venir.

-¿Es que decayó la exigencia en Chartlon o qué? – le preguntó Libby en burla.

-No, pero te informo que mejoró la calidad académica en Salem, porque anteriormente salían unas...

-Salem siempre ha sido mejor que Chartlon – replicó Libby con suavidad.

-¿Desde cuando? – preguntó su hermano con una ceja levantada.

-Desde siempre – repuso Libby con solemnidad.

-No estoy de acuerdo, pero al menos ahora las hay mejores.

-¿Qué cosa?

-Las chicas – respondió él, sorbiendo un poco de jugo.

Libby arrugó el ceño.

-Estas muy pequeño para tener novia – sentenció ella.

-Tengo dieciséis, por si no lo recuerdas. Y no tengo una... tengo muchas.

-Le voy a decir a mamá – lo amenazó Libby.

-Ella ya lo sabe – repuso Eprham sin darle importancia –. ¿Y como va todo, Hermione?

Resultó que el hermano de Libby era como estar viendo a Hermione en versión masculina. Hablaban con tanto conocimiento sobre cualquier tema visto en la escuela que resultaba desconcertante. Ron y Libby intercambiaban miradas exasperadas y se tuvieron que aguantar la conversación mientras terminaban de desayunar. Abba, la prima de los chicos, de vez en cuando prestaba atención, seguramente esperando a que algo de lo que decían le sirviera para la escuela. Harry se limitó a comer su porción, ayudando de vez en cuando a James cuando no quería comer más de alguna ración. Los abuelos de la chica intercambiaban opiniones de lo que harían al día siguiente para celebrar el fin de año.

Al finalizar con los alimentos, todas las mujeres se ofrecieron en ayudar a la abuela de Libby a organizar la cocina, mientras Eprham se encargó de acomodar a los chicos y terminarles de mostrar la casa.

Subieron al segundo piso utilizando una de las escaleras de la casa, la que había en la cocina. Al llegar al él un largo pasillo, muy iluminado (el techo tenía tragaluz) los recibió y a cada lado de él había por lo menos tres puertas, separadas por espacios amplios, seguramente las habitaciones eran grandes.

-¿Y estudias en Chartlon? – le preguntó Harry a Eprham, el chico era tan alto como él.

-Si, estoy en sexto año, sólo me queda uno.

-¿Y juegan al quidditch? – preguntó Ron.

-Sólo la minoría – le explicó el chico, se detuvo en una puerta a mitad del pasillo –. El deporte más popular es el quodpot.

Abrió la puerta y quedo a la vista una amplia habitación con dos camas y en medio de ellas una mesa de noche. Ingresaron y a su derecha había un armario a medio abrir y completamente vacío, la habitación estaba bien iluminada por una ventana al lado de una de las camas.

-Bueno, ustedes van a dormir aquí – les dijo Eprham – les daría una habitación cinco estrellas, porque es toda una valentía tener a mi hermana como amiga, pero...

-¿Y yo? – preguntó James.

-Tu vas a dormir con mi hermana y tu mamá – le contestó el chico con amabilidad –. Ron, ¿por qué no llevas las cosas de las chicas a su habitación conmigo? Es que no puedo usar magia por ser menor de edad.

-Si, no hay problema.

Harry se encargó un poco de organizar la habitación que ambos ocuparían mientras su amigo se encargaba de llevar las pertenencias de Hermione, James y Libby a donde Eprham le indicaba.

A medida que avanzaba la mañana, el calor aumentaba. Harry se sentía muy incomodo con sus jeans, que comenzaban a pegársele a la piel debido a la humedad causada por el ambiente

-Porque no aprovechas en ir a Perth a comprar algo – le propuso Ron, ambos estaban observando el exótico paisaje de la zona desde las afueras de la casa.

-Si, tienes razón, ¿por aquí pasara algún transporte público?

-No, ninguno – dijo el abuelo de Libby, reuniéndose con ellos –. Pero ahora yo voy para la ciudad, si quiere puede acompañarme.

-Listo.

Ron le prestó dinero en efectivo a Harry y él y el abuelo de Libby fueron hasta Perth. Se movilizaron en un jeep color negro, descapotable, aparentemente de la familia y sin una gota de magia en él porque Harry no notó nada extraño en sus dimensiones ni en su apariencia física. Aunque no alcanzaron a llegar a la ciudad porque el viejito se detuvo en un pequeño centro comercial a unos cuantos minutos de ella, Harry encontró allí lo que necesitaba. Compró varios pantalones de largo hasta las rodillas en algodón, en colores camelo, blanco y negro y dos camisas un poco formales, también en algodón. En otra tienda del mismo centro comercial compró dos pares de sandalias, unas playeras y otras de velcro (que se ajustaban con esa tela que es en fibra y peluda). Una hora después ya estaban de regreso y el abuelo de Libby había comprado víveres para la cena de año nuevo.

-Si, te vez más bonito – opinó Ron cuando Harry llegó. Se había puesto un pantalón de color blanco –. Y hace juego con la camiseta.

-¿Y tú, a donde vas? – le preguntó Harry, su amigo no llevaba camiseta puesta.

-Al mar... no te has fijado lo blanco que estoy...

Ron salió de la casa con paso decidido hasta la playa. Harry subió a dejar sus compras en la habitación que compartían, al estar en el segundo piso se encontró con Hermione.

-¿Qué llevas ahí? – le preguntó ella con mucho interés.

-Cosas – se limitó a decir Harry.

-¿Por qué me hablas así? – preguntó ella, con un dejo de enfado.

-¿Cómo? – preguntó esta vez él, visiblemente sorprendido.

-Olvídalo – le espetó ella –. James te estaba buscando para que fueran a la playa.

-¿Dónde está?

-En la playa, con Libby y Abba.

Hermione desapareció de vista y Harry dejó sus cosas en la habitación y por tercera vez en menos de veinticuatro horas se cambió, poniéndose su traje de baño. Ron tenía razón, con ese estilo de traje de baño en bermuda tenía pura pinta de surfista. Fue hasta la playa, donde estaban todos menos los abuelos. Harry se sentó al lado de James, que intentaba con mucho esfuerzo edificar con arena un castillo, aunque más bien tenía aspecto de montaña mojada. Ron estaba metido en el mar, nadando con mucho ánimo, algo alejado de ellos. Eprham lanzaba frisbies a los gatos de la casa y a Crookshanks, cualquiera diría que unos perros habían reencarnado en ellos. Cerca de James estaban las chicas, Libby y Abba estaban acostadas recibiendo el sol, con traje de baño de dos piezas, Libby en color rojo y su prima en color rosa fuerte. Hermione estaba al lado de Libby aplicándose bloqueador solar en las piernas. Harry se quedó con la boca abierta cuando vio lo que utilizaba, jamás imaginó verla con un traje de baño de dos piezas, la parte de arriba era un top de tiritas y la parte de abajo una tanga descaderada, ambas prendas en color azul menta, el cabello lo tenía recogido en un moño estilo cebolla.

-¿Me ayudas? – le preguntó James, sacando a Harry de su letargo.

-Vamos a intentarlo.

Fue bastante difícil armar solo una torre. Con mucha frecuencia lograban edificar algo, pero con la misma rapidez se desmoronaba chorreando agua por cada grano de arena. Pudieron fabricar la torre utilizando como molde el balde plástico de James, porque de otra manera les hubiera resultado imposible. Cuando por fin lograron hacerla, la dejaron quietita para que al menos durara en pie cinco minutos.

-No nos ha quedado tan mal ¿no? – dudó Harry, mirando de manera crítica su obra arquitectónica.

-Quedó muy bien – opinó James, mirando la escultural figura con orgullo.

En ese momento sonó una campanilla, salida aparentemente de la nada. Tanto Harry como su hijo levantaron la vista, curiosos ante el particular sonido.

-¡Cambio! – exclamó Libby.

Tanto ella como su prima cambiaron su postura, anteriormente estaban boca arriba, ahora estaban boca abajo.

-Vamos a nadar – le propuso Harry a James, extendiéndole la mano.

Le acomodó el salvavidas en forma de chaleco que el niño tenía y ambos se metieron entre las olas. La temperatura del agua era sensacional, un poco fría, ideal para el calor y el sol que en esos momentos había. Avanzaron un poco, solo hasta que el agua le daba en la cintura a Harry. James flotaba a su lado, moviendo las piernitas bajo ella y prendido de su mano.

-Me pican los ojos – se quejó el niño.

-No te vallas a rascar – lo previno Harry con rapidez –. Puedes sentir más comezón.

-¿A ti no te pica eso? – preguntó James, refiriéndose a la férula de su padre.

-No, para nada – dijo haciéndose el valiente. La verdad era que en esos momentos le molestaba muchísimo porque sentía que el agua se estancaba entre su piel y la férula.

Harry comenzó a movilizarse de un lado para otro, caminando entre las olas para que James pataleara un poco. Otras veces lo llevaba cargado dejándose levantar por la fuerza del mar, eso era lo que más le gustaba a James.

Gracias a las cristalinas aguas, Harry podía verse los pies y en la zona no se vislumbraba un solo pez, cangrejo o animal marino. Ron apareció de la nada, con las dimensiones de su cabeza fuera de lo normal, tenía un casco burbuja. Lo desapareció con un toque de su varita y exclamó:

-¡Eso allá abajo está de lujo!

-¿Qué viste? – le preguntó Harry.

-Unos colares muy bonitos, pero están un poco alejados. Mas o menos en esa dirección – dijo, señalando hacia atrás de ellos.

-¿No ibas a recibir sol?

-Primero decidí recibir agua. Pero ya me voy a tostar la piel.

Harry y James vieron cuando Ron salió del mar y se sentó junto a Libby que ya no estaba boca abajo, sino boca arriba. Hizo un movimiento con la varita y de la nada apareció una toalla, que colocó en el suelo, y se acostó en ella. Cerca del grupo estaba Eprham, ya había dejado de lanzarles cosas a los gatos, ahora los lanzaba a ellos. Los tiraba hacia arriba y los gatos daban varias vueltas en el aire, aterrizaban en sus cuatro patas y regresaban a él con el fin de repetir la maniobra. El único que no se apuntó al plan era Crookshanks que se había acurrucado al lado de Abba.

-¡Mami! – exclamó James. Hermione se acercaba a ellos.

El niño nadó como pudo hasta ella para alcanzarla. Chapuceaba con tanta gracia que Hermione no evitó sonreír.

-¿Qué tal el agua? – preguntó ella, cargando al niño.

-Pica y sabe a sal – dijo James con el entrecejo fruncido.

-Bueno, tu tía me dijo que cerca de acá esta el río Swan. En estos días vamos.

-Vamos ya – propuso James.

-No, he dicho que en estos días – repuso Hermione con amabilidad.

James arrugó más el entrecejo.

-Ron me dijo que había descubierto un arrecife de coral – le dijo ella a Harry.

-Si, creo que es en esa dirección – dijo Harry, señalando hacia mar abierto, donde Ron le había dicho que estaba.

-¿Quieres ir con nosotros? – le preguntó Hermione con timidez.

Harry la contempló durante unos segundos antes de responder afirmativamente. Después, mientras Hermione seguía cargando a James, Harry le quitó al niño el chaleco salvavidas, podía estorbarle al sumergirse.

-¡Eh, Ron! – gritó Harry, moviendo al aire el chaleco.

El pelirrojo se incorporó y cuando entendió el mensaje de Harry apuntó con su varita en dirección a él y exclamó:

Accio chaleco!

De inmediato, el chaleco se deslizó de la mano de Harry y fue hasta su amigo, con tan mala fortuna que en lugar de ir a sus manos, fue directo a su cara, haciéndolo caer. James soltó una risotada.

Harry sacó su varita de uno de los bolsillos de su traje de baño y apuntó con ella la corona de James.

-Burbuja – murmuró Harry, haciendo círculos sobre la cabeza de James.

De la punta de la varita salió un líquido transparente y espeso, que en ningún momento hizo contacto con la cabeza de James. El líquido fue formando solo una amplia burbuja que cubrió la cabeza del niño, dándole un aspecto bastante anormal. Luego, Harry hizo lo mismo consigo mismo y después recibió a James, para que Hermione también hiciera lo suyo. Harry pretendía pasarle su varita mágica porque no le vio a mano la suya, pero la chica lo detuvo con un gesto de la mano y sacó su varita de la parte trasera de su cabeza, aparentemente la había utilizado para que sostuviera su cabello en el moño que se había hecho, porque de inmediato su pelo quedó al aire libre.

-Muy ingenioso – le dijo Harry, pero la burbuja que él tenía impedía que ella escuchara algo.

Los tres se adentraron en el mar, James entre Harry y Hermione, prendido a la mano de cada uno. El agua era tan transparente que todo se veía con mucha claridad. La arena blanca con algunos pastos dispersados y separados con amplitud. A medida que avanzaban el suelo oceánico iba adquiriendo colores, ya se veía el lecho marino.

Tardaron caso diez minutos en llegar al arrecife de coral del que Ron les había hablado. Era absolutamente hermoso. Cientos de pequeños peces salían de unos corales parecidos a palillos de madera, daban una vuelta y volvían a esconderse en ellos. También había corales de color fucsia, un poco más pequeñas que los corales de dónde habían salido los peses; otros se parecían muchísimo a la superficie de un cerebro, arrugados y rosados.. Ninguno resistió la tentación de tocar esa obra de la naturaleza; las rocas que tenían estaba invadidas por un musgo muy pegajoso en diferentes tonos de verde; también habían algas, unas cortas y otras bastante largas, que oscilaban con el movimiento del agua, era como si danzaran solas, de vez en cuando tocaban la burbuja de alguno de ellos.

Estuvieron varios minutos así, acariciando cada especie de coral que vieron en ese maravilloso arrecife. Con una señal de la cabeza, Harry le indicó a Hermione que era hora de regresar, en realidad estaba muy cansado y le empezaban a pesar los ojos por el sueño. La chica comprendió el mensaje y jaló a James de la mano para que el niño se dieran cuenta que era hora de partir. A James no le gustó mucho la idea, porque continuamente negaba con la cabeza y señalaba alguno de los corales.

-Mañana – le dijo Hermione, aunque no se había escuchado nada, pero se le entendió por el movimiento de los labios.

Pero al parecer James no le había entendido porque la miró muy confundido. Harry tomó la otra mano de James y los tres comenzaron a nadar, de regreso a la playa. En cuanto el agua les dio por la cintura, Harry les quitó a todos el casco burbuja.

-¿Ah? – le preguntó James a Hermione.

-Mañana regresamos.

-¿Si? – preguntó él, dudoso.

-Te lo prometo – le dijo su madre.

Los tres decidieron ingresar a la casa, mientras los demás chicos seguían tomando el sol. Era más de las dos de la tarde y la abuela de Libby les dijo que pronto estaría listo el almuerzo. Inexplicablemente el cabello de Hermione comenzó a tener un aspecto muy esponjado, era como estar viendo su imagen en la adolescencia.

-Es por el calor – explicó ella cuando notó la mirada suspicaz de Harry.

-Voy a descansar un poco – le informó él –. No he dormido nada desde hace veinticuatro horas.

Antes de acostarse a descansar, Harry se duchó, para sacarse la sal marina que tenía impregnada en el cuerpo y que no le agradaba mucho, porque sentía la piel pegajosa. Volvió a ponerse el pantalón corto de color blanco y su camiseta y se acostó en una de las camas que tenía el cuarto de él y Ron. En menos de dos minutos estuvo completamente dormido.