19
CLAUDIO, CATRUSHKA Y CALIXTO
El cacareo de un gallo lo hizo despertar. Harry abrió perezosamente los ojos mientras bostezaba con ganas. La habitación estaba perfectamente iluminada por el sol y la cama de Ron estaba tendida, Harry supuso que ya se había levantado, pero le pareció extraño que un gallo esperara hasta que el día estuviera iluminado para anunciar su llegada, supuestamente lo hacía un par de horas antes del amanecer. Al incorporarse de la cama se dio cuenta que estaba con la ropa del día anterior. Se acostó tan cansado, a medio día de ese lugar, que no creyó que dormiría tanto, menos hasta el día siguiente. Se pasó las manos por su alborotado cabello y antes de bajar a comer algo, vencido por el hambre, se puso las gafas.
Ingresó a la cocina por la escalera que conducía a ella, la única persona allí era Hermione, que se estaba haciendo un par de trenzas en el cabello sentada a la mesa.
-Buenos días – la saludó Harry perezosamente.
-¿Días? – se extrañó ella –. ¿Estas bien?
-Claro que estoy bien – le dijo Harry –. Te estoy saludando, ¿no?
-Pues entonces deberías decir buenas tardes – repuso Hermione, amarrándose una de las trenzas.
-¿Qué? – inquiero Harry, ¿acaso había dormido las últimas veinticuatro horas?
-Si, son más de las cinco de la tarde – le informó Hermione, señalando el reloj de la cocina en forma de olla que había sobre el fregadero –. Dormiste casi tres horas.
-¿Cómo? ¿Yo creí que ya era mañana? – balbuceo Harry, desconcertado –, ¿y el gallo? Porque yo escuche un gallo.
Hermione se rió.
-Ese es Calixto, cacarea cada doce horas, a las cinco de la mañana y a las cinco de la tarde.
Harry se dejó caer en una silla, al lado de ella.
-¿Cacareando a las cinco de la tarde?... ¿Está loco?
-Loco no, más bien viejo, tiene catorce años – le aclaró ella –. ¿Tienes hambre?
-Si, mucha... ¿Dónde está James? – preguntó, mirando alrededor.
-Salió a caminar con David, Fiona, Crookshanks, Claudio y Catrushka. – contestó Hermione, levantándose de la mesa.
-¿Esos quienes son?
-¿Claudio y Catrushka? Los kneasles de la casa.
-Creí que eran gatos – reconoció Harry.
-Ya sabes que ellos se pueden camuflar fácilmente con los gatos.
Hermione se lavó las manos y le sirvió el almuerzo.
-¿Por qué no fuiste con ellos? – le preguntó Harry, cortando un trozo de carne.
-Tenía cosas que hacer – contestó ella sin darle importancia, sirviéndose un poco de jugo.
A los pocos minutos, en el alfeizar de la ventana de la cocina se posó Calixto. Cuando Harry lo vio no parecía tener pinta de ser muy viejo. Las plumas eran en color café caramelo, algunas de ellas estaban pintadas de blanco con puntos negros en las puntas; las plumas de su cola eran más largas, también en café caramelo; la mitad del pescuezo estaba desplumado y la cresta estaba en rojo opaco. El gallo se acomodó en el alfeizar, sacudiendo sus alas y cerró los ojos.
-¿No es mágico? – preguntó Harry, mirando detenidamente al animal –. Porque eso de vivir catorce años...
Hermione volvió la vista al gallo y lo contempló durante unos segundos.
-No, es de lo más normal que hay. Ni ellos mismos se explican cómo ha durado tanto.
-Quería hablar contigo de algo importante – le dijo Harry, posando los cubiertos sobre la mesa y mirándola.
-Dime...
-No te vallas a ofender con lo que te voy a decir – la previno Harry –. Es sobre la manutención de James.
Hermione lo miró.
-¿Qué pasa con eso? – preguntó ella, con el entrecejo ligeramente fruncido.
-Que quiero colaborar – le aclaró él –. Necesito saber cuanto gastas mensualmente en educación – le dijo, acordándose de lo que le había dicho Ron –, alimentación, medicina, recreación...
-No sé eso a qué viene, Harry – lo interrumpió ella.
-Viene a que yo soy el padre, Hermione, y es hora que lo aceptes – le dijo él sin rodeos, antes que ella protestara.
-¿Qué te hace pensar que no lo acepto? – preguntó ella en voz baja, con una peligrosa mirada –. ¿Te lo he dicho alguna vez?
-En algunas ocasiones las actitudes son más delatoras que las palabras – observó Harry.
-No sé a qué viene ese comentario – le dijo ella entre dientes.
-A ver – dijo Harry con ironía, mirando al techo como si estuviera a punto de recordar algo –: Nunca me dijiste que estabas embarazada y el día que me doy cuenta te vas... – agregó, mirando a Hermione y enumerando con los dedos –. Te cuesta mucho que James esté conmigo, por eso el día que fue por primera vez a mi casa casi le pegas a Ron, pero eso sí, me pegaste a mí... No querías que hablara con su maestra el día de Halloween, para al menos enterarme como estaba mi niño en la escuela...
¡CRASH! El vaso que Hermione tenía estalló en su mano. Seguramente lo había apretado con tanta fuerza que eso causó el incidente. Harry calló a causa del ruido y Hermione se cortó la mano.
-Te das cuenta de todas las estupideces que me estas diciendo – le dijo Hermione en voz alta, con los ojos rojos debido a la ira y sin prestar atención a su sangrante mano.
-No son estupideces – le aclaró Harry, hablando despacio para que ella entendiera –. Es lo que ha estado pasando todo este tiempo.
-Eso no es cierto – replicó ella, ahora con la voz ahogada –. Te llamé para que fueras a su obra de teatro y pasaras el día con él, permití que se quedara contigo a la semana siguiente que te operaron...
-Porque no tenías con quién dejarlo – la interrumpió Harry –. Si mal no recuerdo, ese fin de semana tenías que trabajar, ¿no?
-¿Insinúas que te estoy utilizando para mi conveniencia?
-Si – contestó él, muy contento de su inteligencia y de que le haya entendido.
Hermione dio un puñetazo sobre la mesa con su mano herida. Calixto se despertó alterado, sacudiendo violentamente las alas.
-Perfecto... – dijo ella, levantándose – perfecto... Eso es lo que crees... muy bien. Entonces necesito tres mil dólares al mes, ya sabes, para la educación, la alimentación y todo lo referente a la manutención de James – Cogió una de las toallas de la cocina y se envolvió la mano con ella, subiendo por las escaleras como un bólido.
Harry se quedó allí sentado, sin terminar su almuerzo. Aunque su rostro no lo manifestara, estaba furioso consigo mismo. No quería discutir con Hermione, por eso antes de decirle sobre sus intenciones de colaborarle económicamente la previno para que no se ofendiera. Pero, ¿qué demonios le estaba pasando a ella? Se supone que como padre iba a hacerse responsable de James, además ¿por qué se sentía aludida? ¿Y desde cuando tanta sensibilidad por algo tan normal? A fin de cuentas para el cumpleaños del niño Harry fue quien pagó todo.
Terminó con su almuerzo, mirado severamente por Calixto. Limpió la cocina y los destrozos causados por Hermione y para no quedarse allí solo, como un estúpido, cogió su escoba, se dirigió a la playa y voló.
Fue una sensación renovada para él. Volando sobre el hermoso mar, casi a ras de él. Hacía muchas semanas que no sentía el viento quemarle la cara, ni sus cabellos moviéndose descontroladamente debido al mismo. Se adentró unos cuantos kilómetros en el océano, para evitar ser visto por los muggles. Mientras más avanzaba el agua se tornaba más azul y el reflejo del sol del atardecer sobre el mar lo deslumbraba. Para gran alegría suya, el codo no le molestó para nada, aunque evitó por todos los medios virar con mucha fuerza el palo de su Nimbus 2-3D. Las fisioterapias con el doctor sirvieron muchísimo.
Regresó a la playa y vio a James con los abuelos de Libby y los tres gatos, aparentemente apenas regresaban de su caminata. Los dos kneasles de la familia caminaban en zig-zag entre las piernas de los abuelos, mientras Crookshanks lo hacia normalmente al lado de James. Harry aterrizó junto a ellos.
-¡Vuela muy bien! – exclamó la abuela de Libby con entusiasmo.
-Gracias. ¿Y cómo les fue?
-Bien, aprovechando el penúltimo día del año – dijo el abuelo de Libby, cargando a sus dos kneasles amarillos y manchados.
-La playa es "glande" – intervino James, abriendo los ojos como platos.
-El mar lo es más... ¿quieres ir a ver? – le propuso Harry.
-¡Sí! – contestó James, gritando y saltando.
Harry lo montó delante de él e hizo que se aferrara con sus manitos al palo de la escoba. Para mayor seguridad, Harry puso sus manos entre el cuerpo del niño y sus manitos, para que no se cayera.
-Cuando diga "ya" nos elevamos – le dijo a James, el niño asintió –. ¡Ya!
Dio una patada en el suelo y se elevaron más de diez metros, mientras el niño gritaba de emoción. Harry controló su escoba para no ir tan alto y no asustar a James. Se adentró nuevamente en el mar, volando a baja velocidad, con el avance fue descendiendo su altitud hasta casi tocar el agua. James no había dejado de gritar durante el recorrido, no de miedo, sino de excitación. Harry se detuvo y quedaron suspendidos en el aire.
-¿Qué tal? – le preguntó Harry.
-Uff... – se limitó a decir el niño, levantando la vista para mirarlo.
-¿Es la primera vez que vuelas en escoba?
-Si – dijo James, asintiendo al mismo tiempo.
-¿Y te gustó? – preguntó Harry con temor.
-Mucho, mucho, mucho.
-Entonces... ¿seguimos?
-Seguimos.
En lugar de adentrarse más en el mar, Harry regresó un poco por el camino en el que habían ido. En ocasiones, por petición de James, Harry se elevaba unos cuantos metros, principalmente cuando habían aves cerca, para que el niño las viera. El sol fue adquiriendo un color anaranjado que indicaba que pronto se ocultaría. La vista era maravillosa y pasarla con su hijo hizo que Harry se le olvidara su desafortunado incidente con Hermione. Esperaron hasta que solo se viera la mitad del sol para regresar a la playa y observar, sentados en la arena, el finalizar del atardecer.
Al llegar a la playa Crookshanks los esperaba, dándoles la bienvenida agitando su peluda cola. Desmontaron y se sentaron sobre la arena, al lado del gato. Harry le pasó la mano por el cabello alborotadísimo de su hijo, que igual al suyo, no se dejó domar y esperaron casi veinte minutos en completo silencio hasta que el sol se ocultó del todo.
James se levantó y antes de que Harry se diera cuenta, saltó a su cuello y lo hizo recostarse sobre la arena. Ambos se rieron.
-"Otla" vez.
-Mañana – le dijo Harry, muy contento por la reacción de su hijo.
James se quedó mirándolo durante unos segundos, sólo sonriendo, antes de decir:
-Te "quielo"... papá.
Harry sintió como la sangre se le congelaba por la impresión. No esperaba que James le dijera esa palabra tan pronto, con tan poco tiempo de conocerse. No se preocupó por evitar que de sus ojos brotaran un par de lágrimas de felicidad.
-Yo también te quiero... y mucho – dijo Harry.
Aún acostado sobre la arena, levantó a su hijo, mientras el niño gritaba y pataleaba muy animado. Crookshanks acarició la mejilla de Harry con su cabeza varias veces, produciéndole cosquillas que lo hizo reír casi tan fuerte como su hijo. Alguien se sentó a su lado, al cual James le estiró los brazos. Hermione recibió al niño, que se prendió a su cuello.
-¿Qué tal tu primer vuelo? – le preguntó ella con mucho interés.
-Uff...
Harry se incorporó y vio a James frente a Hermione, parado, pero abrazando su cuello.
-¿Cómo interpreto eso? – le preguntó su madre con una sonrisa, mirándolo con perspicacia.
-Uff – repitió James con solemnidad.
Harry cogió su escoba y se levantó. Avanzó solamente un paso cuando Hermione lo detuvo tomándole una mano, precisamente con su mano herida, que ahora estaba vendada.
-Entonces tengo que suponer que te gusto mucho, mucho, mucho – le dijo Hermione a James, mientras jalaba la mano de Harry hasta hacerlo sentar de nuevo, al lado de ella.
-Si, mucho, mucho, mucho – ratificó el niño. Soltó el cuello de su madre y se sentó como si nada en el regazo de Harry.
-Cuéntamelo todo – dijo ella. Crookshanks ocupó el lugar de James y se sentó en el regazo de Hermione, acariciando su estomago lentamente con la cabeza.
James le relató todo lo que recordó, casi siempre Harry le decía alguna palabra para que complementara cuando no podía expresarse bien. Lo que más dijo era que el mar es inmenso, maravilloso e inmenso. Abandonaron el tema cuando el cielo oscureció por completo.
Una hora después todos estaba en la cocina comiendo una deliciosa casuela de mariscos. Ron engullía con tanta rapidez que Harry se sorprendió de que no se ahogara. El pelirrojo tenía la piel un poco tostada, no demasiado y su cara lucía más pecosa que de costumbre. Eprham miraba de reojo a Libby, negando constantemente con la cabeza.
-No te atrevas a burlarte de mi – le susurró su hermana, echando chispas por los ojos.
-¿Sabes qué me levanta el ánimo? – le preguntó Eprham a ella –. Reírme de las desgracias de los demás... ¡Ja!
Libby lucía un deslumbrador color rojo en la piel, y no era la única, al parecer Abba también había sufrido las consecuencias, pero no era victima de las bromas de su primo, solo de su mirada severa. Ambas se habían quemado tanto debido al sol que su abuela estaba preparando una poción para aliviar el ardor en la piel, además no se podían mover con libertad, mucho menos reírse.
-Estoy que te doy – le dijo Libby entre dientes.
-Niños, no peleen – les dijo su abuelo –, deberían tomar ejemplo de James.
Todos miraron al pequeño, sentado entre su padre y su madre, que sostenía con ambas manos un vaso con jugo.
-Es diferente – se justificó Libby –, él es una persona madura... Nosotros no.
-¿Y dónde estuvieron toda la tarde? – le preguntó Harry a Ron.
-En un puerto llamado...
-Fremantle – le ayudó Eprham.
-Si, eso... – dijo Ron –. Fuimos de pasada no más, pero lo que vimos estuvo muy bien. Queda sobre la desembocadura del río Swam y me gustó mucho la Avenida Cappuccino. Allí hay de todo, bastante bien para ser un pueblo muggle, y compramos cosas para mañana.
Antes de las diez de la noche ya todos se habían ido a dormir, menos Harry. Él se sentó a las afueras de la casa, sobre el pasto seco, mirando al mar. La luz de la luna menguante iluminaba un poco la zona y el océano Indico se veía majestuoso. En su desvelada lo acompañaban Crookshanks, Claudio y Catrushka, sentados a su lado y ronroneando suavemente. No tenía sueño, ya que había dormido un poco en la tarde, pero sabía que pronto iría a dormir, así que dejó que el sueño llegara solo, con el suave sonido de las olas y los ronroneos de los gatos.
-¡Feliz año viejo! – exclamó Ron, dándole un almohadazo en la cabeza.
-¿Qué te pasa? – gruñó Harry, quería seguir durmiendo porque Calixto cacareó a las cinco de la mañana, despertándolo.
-Hoy es el último día del año, Harry... ¡Hay que aprovecharlo!
Harry levantó un poco la cabeza. Su amigo estaba vestido y con el cabello húmedo, se había bañado.
-Déjame dormir, Ron – le dijo Harry de manera cansina.
-Son las nueve de la mañana, Harry, te vas a quedar sin desayuno.
-Ahí veo como preparo algo después – repuso Harry, tapándose con la sábana hasta la cabeza.
-Allá tú – dijo su amigo –. Yo si lo voy a aprovechar porque me quedan menos de veinticuatro horas para cumplir los propósitos que pronostiqué para este año.
-¿Y cuántos te faltan?
-Diez...
La súbita despertada que le propinó Ron hizo que se le espantara el sueño. Luego de arreglarse, Harry fue hasta la cocina, para ver si le habían dejado algo de desayunar. En ella estaban Libby y su abuela, organizándola.
-Siéntate – le dijo la chica –, ya te servimos.
-Ron me amenazó con que a lo mejor no me quedaba nada.
-Hermione lo amenazó con convertirlo en cucaracha si no te dejaba nada – le informó Libby, riéndose de solo recordarlo.
-¿Cómo siguieron tu prima y tú con el problema en la piel? – le preguntó Harry cuando ella terminó de servirle el desayuno.
-Mejor que bien – dijo ella muy contenta, observándose las manos –. Mi abuela es una dura para preparar pociones cremosas.
-¿Dónde está James?
-Todavía duerme... Él si puede hacerlo – agregó, mirando de reojo a su abuela.
-Deja de quejarte y ven acá – la reprendió ella, aunque en tono cariñoso –. Dale la comida a Calixto y también a los gatos.
La chica cogió la bolsa que le pasaba su abuela con desdén y salió de la cocina. Harry escuchó cuando llamaba a punta de estridentes gritos al gallo, a los pocos minutos volvió a ingresar.
-Calixto ya sabe que le dejé la comida en el suelo – le informó a su abuela –. Ahora siguen los gatos...
-Ni se te ocurra gritar – le dijo Harry con rapidez.
-Claro que no... – repuso ella, mirándolo como un bicho raro – despertaría a James.
Luego de lavar los platos de los gatos y ponerles la comida, Libby se lavó las manos y se sentó frente a Harry.
-¿Sabe bien? – le preguntó ella con recelo.
-Si, ¿por qué tendría que saber mal?
-Es que mi hermano fue el que cocinó.
Harry terminó su desayuno y se levantó para disponerse a lavar los platos.
-Deja ahí, muchacho – le dijo la abuela de Libby –, Libby se encarga.
Ella lanzó un bufido de inconformidad.
-¿Has visto a Ron?
-Esta volando... este... – dudó ella, apartando la mirada de Harry.
-¿Qué paso?
-Es que... (bueno, me vieron cara de mensajera...) Ron cogió tu escoba porque le prestó la de él a Eprham y Abba...
-No importa – repuso él tranquilamente.
-Has preguntado por todos menos por Hermione – le dijo ella, muy sería. Harry no dijo nada –. Está enferma.
Harry se acercó a ella, agachándose a su altura.
-¿Qué? – inquirió en voz baja.
-Que está enferma – repitió Libby, bajito y despacio, como si Harry fuera un tarado.
-¿Qué tiene?
Libby se encogió de hombros, pero Harry estaba seguro que no quería decirle nada.
-¿Dónde está?
-Descansando – se limitó a decir.
Harry abrió muy despacio la puerta de la habitación dónde dormían ellas. Divisó dos camas completamente vacías y tendidas. Abrió un poco más y en una tercera, al otro lado de la habitación estaba Hermione, acostada y dándole la espalda. Movía un poco la mano, aparentemente masajeándose el estomago, luego la movía un poco hacia arriba, tal vez acariciando la cabeza de James.
-¿Puedo pasar? – preguntó Harry con timidez.
Hermione volteó la cabeza para verlo, y asintiendo le indicó que podía hacerlo.
-¿Cómo te encuentras? Libby me dijo que estabas enferma – preguntó él en voz baja porque James aún dormía, sentándose a su lado.
-Indispuesta – aclaró ella, estaba un poco pálida –. Ya sabes lo que me pasa cuando como mariscos.
-Si, al otro día te duele el estomago y no puedes comer bien – recordó él.
-Lástima – se lamentó ella –, sabían tan bien...
Se incorporó con delicadeza para no despertar a James, cogió un vaso con agua y se lo llevó a la boca.
-¿No has comido nada? – preguntó Harry.
-Nada – dijo ella con desdén, dejando el vaso sobre la mesa de noche –. Solo puedo beber, el estomago como lo tengo me estallaría.
-Pero no te bastará con agua – observó Harry.
-No es agua, es suero casero... Al menos trataré de no deshidratarme.
James se movió un poco, cambiando de postura, ahora les daba la espalda y abrazaba con fuerza la almohada de Bob Esponja que Harry le regaló hace semanas.
-Harry, discúlpame por lo de ayer – dijo ella con delicadeza –. Sé que quieres participar en esto y estas en tu derecho... pero no debiste decir que no acepto que seas el padre de James, me ofendiste muchísimo.
-Eso es lo que siento con tu actitud, Hermione – argumentó él, sin levantar la voz –, sin contar con lo que pasó después del cumpleaños de James.
-Ya sabes por qué nunca te dije que estaba embarazada... y por qué desaparecí en tu presencia – dijo ella, con la voz cansada –. Pero lo que me insinúas... lo otro, no es cierto. Reaccioné como lo hice porque Libby se llevó a James sin mi autorización...
-Fue la única manera que encontraron para que el niño me viera – la interrumpió Harry en susurro.
-Por lo que sea – continuó Hermione, imponiéndose y siguiendo hablando bajo y despacio –, debieron haber esperado a que yo tomara la decisión, a fin de cuentas ya nos habías encontrado y tarde o temprano tendríamos que hablar... Yo no estaba lista para verte, Harry. Con lo de la maestra de James, me sorprendió mucho que quisieras hablar con ella y me puse a la defensiva, creo que es una actitud natural de madre.
-Debiste haber imaginado que me interesaría por conocer más el mundo de mi hijo.
-Claro que lo esperaba, porque te conozco... o creí conocerte, pero no pensé que fuera el mismo día, es todo – Hizo una pausa para tomar aire y habló con la voz aún más baja –: Otra cosa es que me malinterpretaste con la visita de James después de tu operación... si recuerdas bien te dije que lo llevaría a la semana siguiente y te comenté que me facilitabas las cosas porque ya no tendría que preocuparme demasiado si el niño se ponía muy inquieto y te lastimaba, porque tu codo estaba mejor.
-No había pensado en eso – reconoció Harry, bajando la mirada.
-Y... con lo que pasó... – siguió ella, hablando casi en susurro y tambaleándose un poco – después del cumpleaños de James... pues...
En ese momento dejó de hablar y se desmoronó en la cama. Harry se levantó con rapidez y la miró, estaba muy pálida, ni siquiera tenía color en los labios. Haciendo un esfuerzo descomunal y sin reparar en el posible daño que se haría en el codo, la cargó en sus brazos y la acostó en la cama del medio, cubriéndola con una sábana para que estuviera más cómoda.
-Voy a prepárate algo de comer – le susurró Harry –. Debes tener mucha hambre – Hermione asintió.
Bajó con rapidez a la cocina, la abuela de Libby aún estaba en ella.
-Señora Fiona... ¿Tiene carne de pollo? – le preguntó Harry jadeando, debido a la carrera con que llegó.
-Claro, ¿qué quieres, ¿Alitas, ¿Pernil, ¿Patas, ¿Pescuezo, ¿Pechuga?
-Alas, pernil y patas, para hacer un caldo de pollo con mucha sustancia.
La anciana sacó de un viejo refrigerador las porciones que le pidió Harry, así como un poco de ajo, cebolla, agua y demás ingredientes naturales que Harry le solicitó. Después de veinte minutos de cocción el caldo quedó listo. Harry desmenuzó la carne de las alas y los perniles para que Hermione los masticara con mayor facilidad y llevó el humeante plato hasta la habitación. James ya se había despertado y estaba acostado al lado de su madre consintiéndola y acariciándole el cabello.
-Creo que esto no te caerá mal – dijo Harry, dejando la bandeja sobre la mesa de noche para abrazar a James –. Es caldo de pollo y no le puse mucha sal, para que tu estomago no lo rechace.
-Mmm... "lico" – dijo James, arrimándose al plato para olfatearlo.
-No es para ti – repuso Harry, sonriendo.
Ayudó a que Hermione apoyara la espalda en la cabecera de la cama, después que acomodó las almohadas para que estuviera un poco inclinada. Puso la bandeja en su regazo y le dio la primera cucharada de caldo con un poco de carde de pollo desmechada.
-¿Y qué tal? – preguntó Harry, dudativo.
-Delicioso – dijo Hermione en voz baja, con una sonrisa.
-Yo... yo – se ofreció James para darle la comida a su madre.
Solo pudo darle tres cucharadas, porque al rato se cansó, debido a sus pequeñas manos y a lo lento que era se demoraba bastante. Pese a eso esperó hasta que Hermione finalizara todo el caldo que le terminó de dar Harry, sonriendo con amplitud porque se tomó toda la sopita.
-Ya no te "volvelás" a "dolmil" así "polque" si – comentó James.
Cogió el vaso con suero y bebió un poco, en cuanto lo hizo lo soltó logrando que se quebrara en mil pedazos he hizo una mueca de asco.
-¡Guacala! – exclamó el niño, sacando la lengua.
-Reparo – murmuró Harry, apuntando con la varita a los pedazos de vidrio. Al siguiente segundo el vaso quedo armado, como si nada –. Es suero, por eso te supo feo.
-Gracias, Harry – le dijo Hermione en voz baja, masajeándose el estómago –. Tal vez para la noche me sienta mejor.
-Sería una lástima que te perdieras la celebración que prepararon los abuelos de Libby.
Después del almuerzo Hermione se sintió mucho mejor y agradeció que los mariscos no le produjeran salpullidos en la piel. Durante el resto de la tarde todos los hombres se encargaron de organizar la barbacoa para celebrar el final de año. Ron había llevado, camuflados no se sabía dónde, dos cajas con Magifuegos Salvajes Weasley. El abuelo de Libby se había ido de pesca con Eprham mar adentro y llegaron con varios kilos de pescado, mientras Harry se encargaba de adobar la carne de res que el viejito compró el día anterior cuando fueron hasta las afueras de Perth para comprar ropa. Las mujeres de la casa no hicieron mucho, solo prepararon las bebidas, unas alcohólicas y otras normales, para beber durante la noche, el resto de la tarde se encargaron de arreglarse.
A las cinco en punto Calixto cacareó, más estridente que nunca, parecía saber que ese era el último día del año. Pusieron la larga mesa de la cocina en la playa y al lado de ella el fogón con la parrilla para asar la carne.
-¿Qué tal esta? – le preguntó Ron a Harry. Estaban en su habitación y el pelirrojo se estaba probando todas las camisas que había comprado en Londres para saber cual le quedaba mejor.
-No... con ese pantalón negro te sale más la azul clara – le dijo Harry.
-¿Y también hace juego con mi cabello? – siguió Ron, pasándose la mano por la cabeza.
-¿Desde cuando te importa tanto eso?
Ron no contestó, se limitó a ponerse la camisa que Harry le sugirió.
-Al menos por esta noche no utilices esa férula – dijo Ron, acomodándose la ropa.
-Es lo que pensaba hacer – repuso Harry, quitándosela.
-Y vestido de blanco te vez como un angelito – agregó Ron en tono burlón, mirando evaluadoramente a Harry.
-¿Cierto? – preguntó él con sarcasmo.
En cuanto se ocultó el sol todos salieron a la playa. Abba había llevado una radio mágica, para entretenerse con la música y encendieron cuatro antorchas (que compraron en Fremantle) para que el lugar quedara más iluminado. Llegó la abuela de Libby llevando levitando varias jarras con bebidas y las puso sobre la mesa, junto a los platos y vasos. Crookshanks, Claudio y Catrushka se sentaron al lado del fogón, para el momento en que pusieran la carne, recoger algún pedazo que se cayera.
-¡Aquí la reina pepinita! – exclamó Libby, con una olla en la mano.
Tenía un vestido azul claro con estampados de flores, le daba en las rodillas y en corte asimétrico, el cabello muy rizado y una corona pequeña en la cabeza.
-¿Qué es eso? – le preguntó Ron, señalando la olla que cargaba.
-Una salsa que preparé para ponerle a la carne cuando esté asada... ¡Eprham!
El chico acababa de meter un dedo en la olla y al sacarlo se lo llevó a la boca.
-Está deliciosa – le dijo él.
-Gracias – repuso Libby, con una amplia sonrisa.
-Libby – llamó su abuelo –. ¿Puedes prender el fogón, por favor?
La chica dejó la olla sobre la mesa y sacó su varita para hacer la labor. En cuento la parrilla calentó, Libby se encargó de asar la carne y el pescado.
-Es duro aceptarlo – comentó Eprham –, pero lo sabe hacer bien.
Ron abrió una de las cajas que había llevado y sacó un volador de color naranja fuerte. Lo encendió y el artefacto salió disparado hacia el cielo. A los pocos segundos estalló dibujando un unicornio multicolor con muchas estrellas a su alrededor. Todos en la playa aplaudieron, mientras los gatos se ocultaron bajo la mesa debido al susto.
-¡Ohhh! – exclamó sin aliento alguien detrás de Harry.
Él se volvió y vio a James, mirando hacia el cielo, completamente hipnotizado por el maravilloso dibujo. Hermione estaba a su lado, lucia particularmente hermosa, dejando a Harry sin aliento. Llevaba un vestido blanco, hasta más debajo de la rodilla y sin tiritas en los hombros, se movía con el viento, al igual que su cabello, completamente liso y con un tocado de flores blancas sobre su oreja derecha.
-¿Cómo te sientes? – le preguntó Harry, poniendo una mano en su espalda para llevarla a que se sentara. James corrió hasta donde Ron.
-Mejor de lo que esperaba – contestó ella, muy contenta –, pero no podré comer lo que prepara Libby – agregó, mirando a su amiga con tristeza.
-Te puedo guardar algo para mañana... – dijo Harry para animarla –.Y no pensarás estar sin comer durante toda la noche.
-Me limitaré a beber algo sin alcohol – repuso Hermione, sentándose en la silla que le dijo Harry.
-Nada de eso – dijo Harry, tajantemente –. Preparé bastante caldo de pollo para que no aguantaras hambre... Y creo que ahora sabe mucho mejor.
-Gracias – le dijo ella, con una sonrisa serena.
Mientras avanzaba la noche el ambiente se tornó más ameno y festivo. Libby preparaba con mucha rapidez la carne y el pescado y se sentaron todos a comer, escuchando La Noche Final en la radio mágica, que relataba las fiestas que estaban realizando los habitantes de Sydney por ser los primeros en recibir el año. Los relatos eran mezclados con música. Hermione se tomó un gran plato con caldo de pollo que en la mañana le preparó Harry y al parecer le gustó porque se lo devoró en un abrir y cerrar de ojos. Cada quince minutos Ron encendía un nuevo Magifuego que sacaba suspiros y apoteósicas exclamaciones de los presentes, especialmente de Abba y James.
A las once de la noche, la radio mágica anunció la llegada del año nuevo en Sydney, describiendo con mucho entusiasmo los fuegos artificiales encendidos por los muggles sobre el río Parramatta.
-Nos queda una horita de año – comentó la abuela de Libby con nostalgia, su esposo le acarició la mano.
-Ya vengo – dijo Libby, levantándose de la mesa –. Voy a alistar la maleta.
-¿Maleta? –se extrañó Ron.
-Si, como agüero – explicó ella –, para darle la vuelta a la casa y seguir viajando... Claro que el mito muggle es darle la vuelta a la manzana, pero la única casa por aquí es esta...
Regresó a los cinco minutos, con una maleta en las manos, aparentemente vacía porque la movía al aire como si nada. Hasta antes de la media noche, Ron se la pasó encendiendo más pólvora mágica, pero cada cinco minutos, aunque los diferentes bichos luminosos que salían de ella no se extinguían hasta pasar por lo menos unos quince, así que el cielo estaba muy iluminado con dragones, murciélagos, unicornios miniatura galopando de un lado para otro.
-Y el conteo regresivo lo comenzamos ahora – decía el locutor de la radio mágica – 10, 9, 8 ...
Los abuelos de Libby se abrazaron con cariño, mientras ella y su hermano lloraban a moco tendido, también abrazados. Abba y Ron se burlaban del par de hermanos tomándoles fotos. James se prendió al cuello de Harry y Hermione se acercó a ellos. Cuando el locutor finalizó la cuenta y deseó el Feliz Año, los tres se abrazaron con fuerza y entre Ron y Abba prendieron una docena a la vez de más magifuegos.
Harry se sintió extraño y feliz. Nunca le había prestado tanta importancia a la celebración de fin de año, pero esa ocasión era especial. Era la primera vez que la celebraba con James y aunque el niño estaba visiblemente cansado, apretó a sus padres con mucha fuerza y al final ocultó el rostro en el cuello de Harry. Él y Hermione se miraron durante unos segundos, sonriendo y antes de que se dieran cuenta acercaron sus rostros, Hermione tomó su mejilla y Harry puso la mano sobre su cabello para finalmente unirse en un largo y apasionado beso.
-Feliz año – le dijo ella al separase, con una sonrisa en los labios.
