20

EL PRIMER TROPIESO

-!Feliz año nuevo! – exclamó Ron al lado de ellos, abrazándolos a la vez y zarandeándolos tan fuerte que James se quejó.

-Con cuidado – replicó Hermione, aunque sonreía.

-Un año más de vieja, Hermione – le dijo Ron, dándole un beso en la mejilla.

-Lo mismo que tú... Es más, eres mayor que yo.

-Es diferente – repuso el pelirrojo, tomando entre sus brazos a James para abrazarlo –, a los hombres maduros nos miran bonito, en cambio a las mujeres que se les va notando la edad... – Y negó con la cabeza.

Hermione frunció el entrecejo.

-Y que bien que lo dejes trasnochar de vez en cuando – siguió su amigo, refiriéndose a James –. Él debe aprender con la familia y no en la calle.

-Ya, Ron – intervino Harry con rapidez porque Hermione había abierto la boca para replicar –. Vamos a desearles el feliz año a los demás.

Luego de media hora la música en la radio mágica se hizo más alegre, ni siquiera los fuegos artificiales se habían extinguido por completo y eso que aún faltaba por quemar media caja. Todos se sentaron en torno a la mesa, hablando animadamente y siguiendo disfrutando de la barbacoa preparada por Libby. Los gatos por fin habían recibido su recompensa y luego de pasar el susto por los magifuegos, Ron les lanzó varios trozos de carne cruda. A eso de la una de la mañana se apareció una pareja de mediana edad. Ella muy rubia y él de cabello castaño claro.

-¡Feliz año, mamá, papá! – dijo una señora rubia, muy guapa, dándole un beso en la mejilla a cada abuelo.

-Lo mismo a ti, Sara – dijo el abuelo de Libby.

La pareja abrazó a Abba, aunque la niña se veía incomoda con esa muestra de afecto. Lo mismo hicieron con Libby y Eprham.

-Tía Sara, tío Christopher – les dijo Libby –. Les presento a unos amigos... Ella es Hermione, la chica con quien comparto casa en New York; el chiquito que está a punto de dormirse es su hijo, o sea, mi James; él es Harry, el padre de mi James y el chico de cabello rojo fuego es Ron... los dos últimos de Londres – les susurró a sus tíos al final, pero todos la escucharon –. Ya saben que soy una chica muy internacional – agregó son solemnidad.

-Mucho gusto – les dijo Christopher con amabilidad.

-No nos demoraremos mucho porque tenemos que seguir para visitar a otros amigos y desearles buen año – comentó tía Sara.

Ambos se sentaron frente al trío, al lado de su hija y comieron de la barbacoa que les ofreció la abuela Fiona. Constantemente tía Sara miraba de reojo a James, que cabeceaba con mucha frecuencia al lado de Harry. Abba y su padre hablaban animadamente sobre la competencia de Alfsurf que se llevaría a cabo en la región de Tasmania hacia mediados del mes. El Alfsurf era un deporte muy peligroso y particular. Consistía en conjurar los elementos para que se formara un torbellino poderoso en medio del desierto, los participantes debían volar en alfombras voladoras y aproximarse lo más que pudieran hasta el torbellino sin ser expulsado por los vientos o tumbado de su alfombra, ganaba quien lograra llegar al ojo del torbellino. Éste deporte era muy popular en la región ya que no estaba prohibido el uso de alfombras voladoras.

-Me gustaría intentarlo – le dijo Ron a Harry, antes de levantarse y encender otro magifuego.

-Ese niño ya debería estar durmiendo – dijo la madre de Abba, aunque a nadie en particular, más bien sonaba como un comentario –. ¿No es muy tarde para que esté deambulando?

-No – contestó Harry con rapidez.

-Pues cuando Abba tenía su edad, a esta hora ya estaba en el quinto sueño – repuso tía Sara.

En cuanto la nombraron, Abba le dio a su madre una mirada de advertencia, que la mujer no captó.

-Los padres de hoy en día – continuó tía Sara – son muy descuidados, creen que educar a un niño es tan fácil como realizar un encantamiento de levitación. Deben acostarlos temprano para que duerman bien y no se creen problemas de sueño en el futuro que puede perjudicarlos sí...

Mientras más hablaba y hablaba Abba se tapaba más la cara con las manos debido a la vergüenza, su padre se limitó a hacerse el de la vista gorda y se levantó de la mesa. Hermione arrugó el entrecejo y se levantó de la mesa con altivez.

-La conversación esta muy interesante – dijo Harry, levantándose y cargando a James que en eso momentos estaba con los ojos entreabiertos –, si nos disculpan...

Cogió a Hermione de una mano y se la llevó a la casa.

-Que mujer tan atrevida – masculló Hermione, mientras Harry la arrastraba por el sendero hasta la casa.

-No le prestes atención – le aconsejó Harry –, ya viste cómo la miraba su madre y su hija.

-Y cree que somos malos padres... que soy mala madre – continuó Hermione muy indignada cuando subían las escaleras.

-Si hay algo de lo que debes estar orgullosa es que has sido una excelente madre, Hermione.

Ingresaron en la habitación de Hermione y mientras ella arreglaba la cama para James Harry se encargó de ponerle el pijama con cuidado, porque ya dormía.

-Con razón el comportamiento de Abba con su madre – dijo Hermione –. ¿Tú crees que con el tiempo seré como ella? – preguntó muy alarmada.

-¡Que va...! – exclamó Harry para tranquilizarla –. Eres estricta pero jamás llegarías a tal grado de arrogancia...

Hermione suspiró. En ese momento, cerca de la ventana pasaba un pequeño murciélago luminoso en color azul eléctrico que dejaba una estela de estrellas a su paso.

-Ya está – dijo Harry, cuando acomodó por completo a James en la cama –. ¿Bajamos?

-Ve tú – respondió Hermione, sentándose en la cama del medio –. Esa mujer me indispuso.

-Insisto en que no deberías prestarle atención – le dijo Harry con seriedad.

Hermione se quedó callada, al parecer no quería tocar más el tema, y es que la tía Sara había puesto el dedo en la llaga al cuestionar las facultades de Hermione como madre. Con un resoplido de disgusto se quitó las sandalias y se acostó. Harry negó con la cabeza ante la terquedad de ella.

-Como quieras... – murmuró. Le dio un beso en la frente a James, que dormía a placer y después se acercó a Hermione y le dio un beso en la mejilla –. Que duermas bien.

Al regresar a la playa los padres de Abba ya se habían marchado y al parecer alegró mucho a los jóvenes, que se veían más animados.

-Harry, disculpa a mi hija, por favor – le dijo la abuela Fiona, suplicante –. Ella se cree la más experta de las brujas y no puede ver que alguien eduque a un niño fuera de las reglas de civismo y educación que aprendió no sé dónde.

-No se preocupe – replicó Harry con suavidad –, si alguien merece una disculpa es Hermione.

-¿Y por qué no regresó contigo? – le preguntó la abuela Fiona.

-Estaba agotada – mintió Harry –, ya sabe, porque durante gran parte del día estuvo enferma.

-¡Claro! – exclamó la abuela de Libby, como si fuera lo más obvio del mundo –. Es lo mejor en su condición...

-¡Harry! – lo llamó Libby, que estaba con los demás chicos mojando sus pies en el mar –. Ven.

-¿Hermione? – le preguntó Ron cuando Harry llegó hasta donde ellos y se desabrochaba las sandalias.

-Descansando.

-¡Ay, Harry, lo siento tanto! – exclamó Abba con voz queda, tapándose la cara con las manos y negando con la cabeza –. Se los dije, se los dije, mi madre va imponiendo su ley...

-No es para tanto – repuso Harry – Sólo fue un comentario...

-Que sonaba más a mandato – finalizó Libby. Todos rieron –. Es cierto...

Siguieron conversando por otra media hora, claro está que el que casi no hablaba era Eprham, pero se reía animadamente con los chistes flojos de Ron. Casi a las dos de la mañana todos se fueron a dormir y dejaron que las antorchas y los magifuegos se extinguieran por completo, sin la ayuda de nadie. El abuelo David desapareció la mesa y el fogón con un movimiento rimbombante de su varita mágica y también se fue a descansar, acompañado por su esposa. Harry pensó que para ser el primer día del año la cosa no había estado tan mal.

Cuando el día se iluminó los habitantes de la casa no se levantaron hasta pasado el medio día. Pese a que Calixto cacareó a las cinco de la mañana (Ron lo maldijo durante casi media hora por despertarlo) Harry durmió bastante bien. Inclusive el inusual baño del medio día resultaba agradable y reconfortante ante semejante calor. Por ser el primer día del año y festivo mundial no podían ir a ningún lugar comercial porque todo estaba cerrado, menos los supermercados, así que decidieron quedarse en casa y disfrutar de la brisa marina durante la tarde.

A Hermione se le desaparecieron por completo los síntomas por comer mariscos, aunque según las palabras de la propia Libby, había amanecido un poco pálida (la abuela Fiona miró a su nieta y negó con la cabeza), pero adquirió color luego de almorzar. El que casi no se levanta fue James, que por ser su primera trasnochada, quiso desquitarse de la falta de una buena dormida y despertó casi a las tres de la tarde. Como por su indisposición Hermione había faltado a su promesa de regresar al arrecife de coral el día anterior le hizo la propuesta al niño para ir esa tarde, pero se negó rotundamente porque no tenía energía para nada.

-Un jueves sin hacer nada – comentó Ron, acostado igual que los demás, en una silla reclinable fuera de la casa –. Bueno, es mejor que si fuera viernes, sería más patético.

-Mañana podemos ir a una reserva natural de agua dulce que hay cerca de aquí, se llama la región The Peel – les propuso Abba –. Van algunos muggles, pero hay una zona especial para magos.

Crookshanks llegó hasta el grupo y con un ágil salto, se acomodó en el regazo de su ama, moviendo su peluda cola con suavidad.

-Entonces podemos irnos temprano – intervino Hermione – y realizar un camping o algo así para aprovechar todo el día.

-No me suena la idea de irnos temprano – le dijo Ron –. Estamos de vacaciones.

-Pero tendrás más tiempo para divertirte – observó Hermione con sabiduría.

-Pero menos para dormir – repuso Ron, pensativo –. De todas maneras, en vacaciones lo más importante es la diversión.

-¿Y cómo vamos a ir todos? – preguntó Harry. Si era una zona muggle lo más probable es que tendrían que viajar de esa misma manera para no levantar sospecha –. Somos ocho personas y en el jeep de la casa no cabemos.

-Con traslador, ¿no? – dijo Libby –. A fin de cuentas hay una zona para magos... o eso es lo que dijiste, Abba.

-Siendo así entonces investigaré las coordenadas exactas para conjurar la prenda – dijo Hermione, levantándose y tomando en brazos a Crookshanks –. Y también deberíamos de pensar qué llevaremos para comer.

-Yo tengo libros de la región – dijo el abuelo David. Se levantó e ingresó con ella en la casa.

-Abuela – le dijo Libby con voz de niña pequeña –. ¿Puedes prepararnos algunas cositas ricas con tu varita? Es que... a mí me queda sabiendo a leña.

Eprham soltó una carcajada, Libby le jaló el pelo.

A las nueve de la mañana del día siguiente ya todo estaba listo. Aunque Ron protestó airadamente por tener que levantarse tan temprano, fue el primero en colgarse la mochila al hombro para trasladarse. Todos se sorprendieron cuando los abuelos de Libby les informaron que no los acompañarían.

-Pero... ¿por qué? – les preguntó Abba.

-Porque tu abuela y yo tenemos... cosas que hacer – respondió su abuelo con vaguedad.

-¿No estarán muy viejos para hacerlas? – le preguntó Libby con una sonrisita, sin poderse contener.

-¿En qué estás pensando? – inquirió su abuelo, ruborizándose.

-¿Yo? – dijo Libby con voz de mojigata.–. En nada malo, abuelito... Pero creo que deberían cuidar su presión cardiaca.

-¡Fuera! – exclamó el anciano.

-No sé dónde tienes la cabeza – la reprendía Eprham cuando se acomodaban fuera de la casa para tocar el traslador –. Cómo se te ocurre decirle semejantes cosas.

-¡Chitón! – le espetó Libby –. Y ya deberías saber que la abuela tiene el don de levantar lo que está muerto.

Todos se reunieron en torno a una chaqueta de cuero muy vieja y raida que Hermione había encantado para trasladarse hasta la región The Peer.

A los pocos segundos llegaron a una zona verde y frondosa, muy amplia y cerca de allí pasaba un riachuelo. Había muy pocas personas en el lugar, y ninguna se inmutó con la llegada del grupo, por lo que Harry supuso ésa era la zona especial para los magos. Cerca de ellos había una gran variedad de árboles, ideales para cobijarse bajo su sobra. En cuanto empezaron a caminar, Libby corrió hasta uno de ellos y se apoderó de él.

-Éste es mío... – comentó como quien no quiere la cosa, cuando una familia con niños pequeños pensaba sentarse allí.

-Debiste haberles dejado éste lugar, ellos traen niños – le dijo Hermione con el ceño fruncido cuando todos la alcanzaron.

-Nosotros también – repuso Libby –, y son tres... los de ellos son dos.

-¿Tres? –se extrañó Ron.

-Si, mira, Eprham – explicó y el chico puso los ojos en blanco –, Abba y James.

-Pues menos mal que llegamos temprano, alcanzamos buen lugar – comentó Abba, a lo que Hermione sonrió con autosuficiencia.

Se ubicaron en el lado dónde daba la sombra del árbol, y mientras los adultos organizaba todo. Tendieron un amplio mantel en el suelo y dejaron sus mochilas apoyadas sobre el tronco del árbol. James se subió a una rama baja de él y se acomodó para observar el panorama. Sobre sus cabezas pasó una bruja volando en escoba y James suspiró.

-Volemos – le dijo a Harry.

Él abrió los ojos como platos, no se le había ocurrido llevar la escoba. Miró a Ron, que al captar su insinuación se encogió de hombros, él tampoco había llevado la suya.

-¿No te gustaría probar algo nuevo? – le preguntó Hermione a su hijo, dándose cuenta del aprieto en el que estaba Harry –. Mira, allí hay un riachuelo y si te metes no te van a picar los ojos.

James se lanzó desde la rama, cayendo como si fuera un gato y se levantó con entusiasmo.

-¡Sí!

Las chicas y James se quitaron su ropa, ya tenían el traje de baño puesto y se metieron en el pequeño río.

-Bueno, yo si vine preparado para la ocasión – dijo Eprham, sacando de su mochila un balón ovalado color ladrillo.

-¿Qué es eso? – le preguntó Ron con interés.

-Un balón de fútbol americano – explicó Eprham –. ¿Lo han jugado alguna vez?

-No – contestaron Harry y Ron al unísono.

-Bueno, les voy a enseñar un poco...

Se alejaron unos cuantos pasos unos de otros. Primero comenzaron lanzándose el balón, al principio fue difícil ya que por su forma podía cambiar de dirección. A Ron le pareció muy curioso eso porque no le parecía normal que un balón se fuera para donde le diera la gana sin ser mágico. Después de veinte minutos de lanzarlo uno a otro, Eprham les explicó un poco las reglas de juego.

-Como somos tres – les decía – trataremos de quitárnoslos entre nosotros mismos y los llevaremos hasta cualquiera de esos dos extremos, tirándolo al suelo cuando los atravesemos. Se vale de todo; empujones, golpes en el estomago con los hombros, tirarse al suelo para proteger el balón...

-Entonces mejor no participo – se apresuró a decir Harry y ante la mirada de sorpresa de Ron y Eprham agregó –: Hace poco me hicieron una cirugía en el codo, no puedo arriesgarme.

-Bueno, Ron – dijo Eprham con resignación – entonces jugaremos entre nosotros dos.

Harry retrocedió un poco para verlos jugar. Cual fue su sorpresa cuando a los pocos segundos Eprham había lanzado a Ron al suelo empujándolo por el estomago con su hombro y recuperado el balón, para después llevarlo a uno de los arbustos que señaló como extremos y tirándolo con fuerza al suelo. El pelirrojo se levantó con dificultad, al parecer lo había pillado desprevenido.

-¡Vamos, Ron! – lo animó Harry –. Tú eres más alto.

-Ya veras, enano... – murmuró a Ron mirando al hermano de Libby, que sonreía de manera burlona.

Esta vez fue Ron quien sorprendió a Eprham, lo empujó dándole por las costillas y como acto reflejo el chico estiró los brazos para no caer de bruces al suelo, logrando que soltara el balón. Ron lo agarró de inmediato y corrió hasta uno de los arbustos, para luego tirarlo al suelo y levantar los brazos en señal de victoria.

-No está mal para ser un deporte muggle...

Harry estaba que se moría de la envidia. Le gustó tanto como estaban jugando sus amigos que no pudo evitar sentir rabia por estar aún en convalecencia. Para evitar que su orgullo estallara de la rabia, se devolvió hasta el árbol para quitarse la ropa y alcanzar a James en el riachuelo. Estaba por llegar al árbol cuando sintió un picotón en su brazo izquierdo. Lo miró con rapidez por si se trataba de una abeja, pero no había nada. Caminó un poco más cuando se mareó, estando a punto de perder el equilibrio. Alguien gritó y Harry se dio cuenta que sus pies habían despegado del suelo. Estaba levitando a unos treinta centímetros de tierra y no sabía por qué.

-¡Dios, Dios! Te ha picado un Billywig – gritó Abba muy excitada, saliendo como un rayo del riachuelo y yendo a su encuentro.

-¿Un, qué? – inquirió Harry, tratando de soportar su mareo.

-Un Billywig – repitió Abba con impaciencia –. ¿Dónde fue?

-No sé – masculló Harry, a punta de vomitar por el mareo.

Hermione, Libby y James también salieron del riachuelo aunque Libby y el niño parecían maravillados por el espectáculo, Hermione se veía preocupada.

-Hay que buscarlo – le urgió Libby a Abba –. ¡Yo quiero que me pique!

Las chicas salieron corriendo en dirección a Ron y Eprham y James las siguió. Hermione cogió a Harry por las rodillas y tiró de él hacia abajo, para que aterrizara.

-¿Estas bien? – le preguntó ella, poniendo sus manos sobre los hombros de Harry para que no se elevara de nuevo.

-Más o menos... estoy mareado.

A lo lejos se escuchaban los gritos de los chicos, que al parecer se habían unido a las chicas para buscar el Billywig. Pero los esfuerzos de Hermione no fueron suficientes y de un momento a otro Harry estaba comenzando a elevarse de nuevo. La chica tuvo que prenderse a su cuello para ayudarse con su peso, cosa que fue inútil porque Harry se elevó y esta vez un poco más alto, más de un metro.

-¡Ay, no! – susurró Hermione, abrazándose fuertemente a Harry.

-Ya, Hermione, no pasa nada – le dijo él para tranquilizarla. A Hermione no le gustaban las alturas y la abrazó para reconfortarla.

-¿Sabes cuánto vamos a estar así? – susurró ella –. Casi cinco minutos. Son los últimos efectos de la picadura.

De vez en cuando ella miraba hacia abajo, y cerraba los ojos con fuerza al comprobar la altura a la que estaban. A pesar de estar más alto que la vez anterior, Harry sintió que el mareo iba cesando poco a poco, seguramente por la explicación que dio Hermione, que esos eran los últimos efectos de la picadura.

-¡Ron! ¡A tu izquierda! – gritó Abba.

Harry volvió su vista hacia sus amigos y vio a Ron tirarse hacia su lado izquierdo, sin atrapar nada.

-¡Hay que aturdirlo! – gritó Eprham.

Libby y Ron sacaron sus varitas y se pusieron en guardia, mientras James corría de un lado para otro distraídamente, para ver si por pura chiripa se cruzaba con el animal.

-¡Eprham, detrás de ti! – gritó Abba. El chico se agachó.

Desmaius! – exclamaron Ron y Libby a la vez.

Dos ases de luz roja salieron en dirección a Eprham, que pasaron por encima de su cabeza, a la vez que rebotaban contra una pared invisible. De la nada apareció un ser muy extraño que debido a los rayos aturdidores cayó al suelo, produciendo un golpe seco.

Debía medir por lo menos un metro y era en color azul zafiro muy llamativo, tenía alas en la parte superior de la cabeza y de su tórax salía un aguijón largo y fino.

Varias personas se acercaron al grupo y se exaltaron cuando se dieron cuenta de qué era lo que habían aturdido.

-25 knuts la picadura de Billywig – dijo Libby, estirando la mano derecha. Hermione chasqueó la lengua.

De inmediato un mago de mediana edad, con algo de barba sacó el dinero y se lo dio a la chica. Entre Ron y Eprham alzaron al animal y picaron al hombre en su brazo derecho con el aguijón. En cuanto lo hicieron el mago se mareó un poco y segundos después comenzó a levitar. Al parecer estaba acostumbrado, porque podía moverse unos cuantos centímetros por el aire.

Poco a poco Harry fue descendiendo, mientras el mago iba subiendo. Cuando por fin tocó tierra Hermione lo soltó, estaba sudando frío.

-¡Ay, Dios! – dijo ella con un dejo de histeria, sentándose sobre el mantel –. ¿Todavía estas mareado?

-No, ya se me pasó – contestó Harry sentándose a su lado y estirando el brazo para alcanzar su mochila –. Pero es una sensación muy extraña... y que bicho más raro.

-Bueno, los Billywig son insectos nativos de Australia – le explicó ella, escurriéndose el cabello con las manos –. Son muy populares, especialmente entre los magos y brujas jóvenes... ya viste a Abba y a Libby. Les gustan atraparlos y obligarlos a picar para disfrutar de sus efectos – Harry dirigió de nuevo su mirada hacia el grupo y ya habían tres personas más levitando, entre ellas Ron –, aunque un exceso en las picaduras puede provocar que la persona flote incontroladamente en el aire durante días y si se produce una reacción alérgica grave, puede terminar en un estado de flotación permanente.

James se acercó al insecto, sostenido en esos momentos por Eprham y su prima, mientras Libby miraba a los que flotaban cerca de ella. El niño le cogió la mano y la agitó para que lo mirara, en cuanto lo hizo él le dijo algo, señalando al Billywig y ella negó con la cabeza. James se puso a saltar, suplicante.

-Ya vengo – le dijo Hermione. Se levantó y fue hasta James y Libby. Harry aprovechó para cambiarse. Sacó su traje de baño de la mochila y lo puso en su mano izquierda, mientras con la derecha se apuntaba a si mismo con su varita.

-Cambio – susurró.

De inmediato el traje de baño reemplazó a las prendas que tenía puestas. Las guardó en su mochila y se levantó, en el mismo momento que Hermione llegaba arrastrando a James.

-¿"Pol" qué? – se quejaba James.

-Porque estás muy pequeño y puede hacerte daño – argumentó Hermione con infinita paciencia.

-"Pelo" Ron lo picó...

-Porque Ron es más grande que tú, por eso – le dijo Harry. El niño arrugó el entrecejo de una manera desmesurada, estaba de muy mal humor –.Vamos a nadar un poco.

-¡No! – dijo James cruzándose de brazos y sentándose intempestivamente sobre el mantel sin abandonar su mala cara.

-James, no seas grosero con tu padre – lo reprendió Hermione con severidad.

El niño la miró a ella de manera hostil y se acostó sobre el mantel boca abajo, tapándose la cabeza con los brazos. Harry vio como Hermione se contenía enormemente por no gritar y cogió al niño por sus axilas y lo levantó.

-Vamos – le dijo, tomándole la mano y empujando a Harry por la espalda.

-No... – se quejaba James sollozando falsamente, resistiéndose a caminar con sus padres –. Yo "quielo" bicho.

El niño se estaba poniendo muy resabiado, era la primera vez que Harry lo veía así. Sin saber qué hacer se detuvo en seco y rápidamente cargó a James entre sus brazos para que Hermione dejara de hacer fuerza.

-Vas a hacerle caso a tu madre, ¿me entiendes? – lo reprendió esta vez él, utilizando un tono de voz serio pero sin ser severo. Era la primera vez que le llamaba la atención y eso no le gustó, parecía que le dolía más a él que al niño –. Dice las cosas por tu bien, para evitar que pases un mal rato y no porque si. Sé que es difícil para ti porque quieres explorar el mundo, pero en ocasiones no se puede sobrepasar los límites. Si tu madre te dijo que la picadura de Billywig te hacia daño es porque es cierto, a mi me picó y no me sentí muy bien que digamos... y eso que yo soy más viejo que tú.

James no dijo nada, se limitó a bajar la cabeza y cruzarse de brazos. Ingresaron en el riachuelo, el agua se sentía fría y era sumamente clara, podían ver las piedritas que abundaban en el suelo. Avanzaron hasta que el agua les dio en las rodillas y se sentaron allí. En esa poción el agua les llegaba hasta el estomago. James se alejó de ellos unos pasos, sentándose también, el agua le daba en los hombros y no los volteó a mirar.

-Debe ser muy difícil para ti verlo así – le dijo Hermione, mirando a su hijo por encima del hombro de Harry –. Es la primera vez que presencias uno de sus berrinches.

-Más difícil fue haberlo reprendido – comentó Harry con voz de ultratumba, sin atreverse a mirar hacia atrás, dónde estaba el niño.

-Sí – coincidió Hermione –, más cuando se hacen grandes... – Suspiró –. Pero James no es grosero, sólo quería algo que por el momento no le conviene... y no lo entiende.

-¿Cómo puedes soportarlo? – inquirió Harry en voz baja –. Soportar este sentimiento que se forma en el pecho cada vez que te mira así, cómo si te odiara.

-No sé – reconoció Hermione –. Seguramente es porque sé que él no es así y que esa es su manera de protestar por no obtener lo que quiere. Lo importante es no ceder porque él nos prueba hasta donde podemos llegar... y por eso te agradezco, por haberme apoyado.

Harry no dijo nada, sólo asintió con la cabeza.

-No te sientas mal, Harry – le dijo Hermione con ternura, acariciando su hombro –. James debe conocer los límites, como tu mismo dijiste... y es duro aprender, tanto para él como para nosotros.

Harry levantó la cabeza, cerca de la otra orilla del riachuelo pasaba una chica de casi diez años dejándose llevar por la suave corriente, montada en lo que parecía ser un neumático de automóvil, pero con dibujos de duendes móviles.

-¿Cómo puede disfrutar flotar en esto tan bajo? – preguntó Harry refiriéndose a la brujita que pasaba por allí. No quería seguir hablando del incidente de momentos atrás, se le hacia un nudo en la garganta.

-Bueno – dijo Hermione mirando a la chica también –, es que en esa orilla la profundidad del agua es muy buena, te da casi en el pecho.

-Y yo que creía que esto era un riachuelo...

-Lo es porque no es muy grande – observó Hermione – Éste y los otros que hay cerca desembocan en el río Swan... Mira, hacia el occidente quedan unas canchas de golf magnificas que utilizan los muggles durante todo el año. En el sur hay un monte sensacional para acampar en las noches y observar las estrellas, también hay lagos para practicar la pesca, y una reserva de aves exóticas, puedes cabalgar gracias a los amplios pastizales...

-¿Cómo sabes todo eso?

-Abba nos lo contó hace un rato.

Harry volvió la vista en dirección hacia sus amigos. Aunque debido a la distancia se veían muy pequeñitos, pudo distinguir que Eprham y Libby levitaban cerca del suelo, al parecer apenas habían sido picados por el Billywig.

-Harry – le dijo Hermione con timidez, él la miró –. Referente a lo que hablamos hace un par de días... me excedí mucho contigo en pedirte tanto dinero para la manutención de James y... – dejó la frase inconclusa, mirando detenidamente a Harry.

Él se preguntó por qué no dijo nada más, cuando sintió que unos pequeños y flacuchos brazos le rodearon el cuello. Harry volteó la cara y allí estaba James, parado detrás de él, prendido a su cuello y acostando a cabecita en el hombro derecho.

-Ya se le pasó – le susurró Hermione.

Harry cogió los brazos del niño, para que diera la vuelta y quedar frente a frente. Al hacerlo James sonrió con timidez sin soltarse de él. Así como estaban parecían de la misma altura. Harry le acariciró la cabeza tratando de aplastarle su alborotado cabello, pero no lo consiguió. No sabía por qué lo hacia si el niño tenía el mismo pelo indomable de él.

James los soltó y fue a abrazar a Hermione, dejándose caer sobre su regazo.