21
LA FEMME
Arribaron a la casa en la playa al anochecer. Ron estaba feliz porque le encantó la experiencia de levitar por la picadura de un Billywig y tenía pensado regresar a la zona de The Peer para capturar uno y llevárselo a Inglaterra para hacer un negocio redondo, pero desistió cuando Hermione le dijo que el insecto se podía morir porque necesitaba de zonas cálidas para sobrevivir, además, era ilegal la comercialización de picaduras de esa especie, sin contar con las demandas que podía tener si algún cliente resultaba alérgico.
-No voy a volver a pensar en voz alta – dijo Ron, cuando estaban a punto de dormir –. Hermione siempre tiene que estropearme los planes.
-Piensa que quiere evitarte una cuantiosa perdida económica... y que estés en lista de los más buscados del Ministerio de Magia por contrabandista de especies nativas – repuso Harry, quitándose las gafas.
Al día siguiente, los anfitriones de la casa los invitaron a navegar, aprovechando que el abuelo David solo tendría por un par de días mas un viejo yate que le prestó su amigo Amadeus, que vivía a unos veinte kilómetros del lugar.
Ese día el océano estaba muy calmado y más claro que nunca, se adentraron en él casi seis kilómetros y de vez en cuando pasaban por allí embarcaciones muggles, sin siquiera sospechar que ellos eran magos. El viejo yate era color blanco, pero por su edad parecía en color amarillo pálido, tenía un motor turbo (sonaba como si estuviera a punto de fundirse) por lo cual debía ser maniobrado de manera muggle, podían acomodarse con facilidad y sobraba espacio suficiente como para que pudieran bailar en él. El abuelo David ancló mientras con un movimiento de su varita la abuela Fiona hacia aparecer de la nada muchos bocadillos sobre una mesa.
La mañana estaba reluciente y el sol hacia brillar de una manera preciosa las cálidas aguas.
-Un concurso – propuso Ron –. El que haga la bomba más grande al tirarse al agua.
-Y el que pierda será Libby – complementó Eprham.
La chica se abalanzó sobre él y ambos cayeron al océano.
-No, así no se vale – dijo Harry –, tiene que ser individual, no en parejas.
-¡Moco, ¡Eslabón perdido! – exclamaba Libby, empujando a su hermano en el agua – ¡Brat Pitt después de la quimioterapia, ¡Burro idiota!
-Bueno, yo creo que nosotros estamos en desventaja – comentó Abba, señalando a James, Hermione y a sí misma –. Ustedes por ser hombres y ser más pesados pueden hacer bombas más grandes.
-Pueden tirarse con los gatos – repuso Ron.
-A los gatos no les gusta el agua – le recordó Hermione.
-Bueno, pues, cada una se tira a su turno con James – concedió Ron –. Estaríamos en igualdad de condiciones, ¿no?
-¡Sí, ¡Sí, yo también – exclamó James, dando saltitos –. Al mar.
Estaba dispuesto a correr y lanzarse cuando Harry lo detuvo.
-Solo no... – dijo Harry con una sonrisa –. ¡Y has dicho: mar!
-Si... mar... ¿qué tiene?
-Esa es la... – murmuró Ron, contando algo invisible en el aire – cuarta palabra con ere.
-¡Qué! – gritó Libby, subiendo al yate –. ¡Ay, no, me lo perdí por culpa de ese imbécil.
-¿Por culpa mía, qué? – le preguntó Eprham, abordando nuevamente el yate.
-Por culpa tuya, enano mental, me perdí la cuarta palabra de James con ere – le dijo Libby con ironía.
-No es para tanto – le espetó su hermano, quitándose la camiseta.
-Niños, no peleen y miren – intervino su abuela, señalando al océano.
Todos fueron a reunirse con ella y justo dónde su dedo señalaba había un pez muy raro y bonito, que media casi veinte centímetros, de color plateado. Todos exclamaron un ahogado ¡Oh!
-Es una Rámora – les explicó la abuela Fiona –. Sólo las pueden ver en el océano Índico... esa que vemos es muy pequeña – la Rámora desapareció de vista –, esos animales tiene propiedades mágicas portentosas, tanto que la Confederación Internacional de Magos ha dictado muchas leyes para protegerlas de los cazadores furtivos.
-¿Y cómo pasa desapercibida con los muggles? – le preguntó Eprham.
-Ellos creen que es un pez de la zona, no más – le explicó su abuelo, masticando un sándwich de los que había hecho aparecer su mujer –, pero también creen que no se puede comer, por eso no los cazan... hasta ellos lo cuidan más que nosotros. Y qué, ¿qué pasó con el concurso?
-Sí, claro...
Todos se quitaron sus prendas, los trajes de baño ya los tenían puestos y Hermione le puso el chaleco salvavidas a James.
-Impervius – murmuró Harry, apuntando con su varita a sus gafas.
-Hermione, querida – le dijo la abuela Fiona con cariño –. Tú no puedes participar... más bien ayúdame – y la cogió por la muñeca llevándola a la mesa.
-Abuela... ¡no! – intervino Libby –. Mira que es tu invitada y...
-¿Quieres ayudarme tú también? – le preguntó su abuela, con la mirada iluminada –. ¡Que linda!
Libby retrocedió los pasos que había avanzado y se lanzó al agua. Cada uno a su turno fue lanzándose al agua, mientras Hermione permanecía sentada con Crookshanks en su regazo y Catrushka y Claudio enredados en sus pies. La primera ronda la ganó Ron, pero Abba se quejó porque resultaba muy incomodo saltar con James en brazos.
-No es tan "diveltido" – le dijo James a Harry y fue a sentarse con su madre.
Hacia medio día y con muchos quemones producidos por el agua, los chicos se sentaron a la mesa junto con los abuelos y degustaron de los deliciosos bocadillos. Para esperar que la digestión se hiciera como era debido y volverse a meter al mar, escucharon música con la radio mágica de Abba mientras cada grupito se enfrascaba en sus propias conversaciones.
-Deberíamos hacer algo especial en estos dos días que nos quedan... sin contar este – les dijo Ron a Harry y Hermione. Los tres estaban sentados sobre la proa (parte delantera) del yate.
-¿No te parece especial lo que hemos hecho todos estos días? – le preguntó Hermione, arqueando las cejas.
-Si, claro que si – respondió Ron con un poco de brusquedad –. Pero a lo que me refiero es que hagamos algo que nos recuerde este viaje para siempre... o hasta que hagamos uno mejor.
En la parte trasera del yate Libby y su hermano debatían, mientras James miraba a una y otro para definir quién tenía la razón.
-Pues... – meditó Hermione – armemos una excursión para ver los canguros y los koalas...
-Son aburridos – la interrumpió Ron.
-¿Y si volvemos a Peer para acampar y ver las estrellas? – le propuso Harry.
-Tuve estrellas suficientes con las que vi en el colegio – argumentó su amigo.
-Vamos a Sydney a ver el edificio de la Opera – dijo Hermione.
-¿El del techo en forma de olas? – preguntó Ron, ella asintió –. No.
-¿Entonces qué es lo que quieres, Ron? – le preguntó Hermione, perdiendo la paciencia –. Te estamos dando opciones y nada te gusta.
-Es que lo que ustedes me proponen, especialmente lo que tú propones, es aburrido.
-Pues no te caería mal aprender un poco más de cultura universal, ¿no crees?
-Me gustaría ir a Tasmania – murmuró Ron, mirando ningún punto en particular en el cielo y sin prestar atención al comentario de Hermione –, para ver a Taz.
Harry y Hermione se miraron y evitaron por todos los medios no reírse.
Debido al largo tiempo que estuvieron en alta mar y bajo el sol, al llegar a la casa, James tenía la piel un poco roja. El niño no le vio problema ya que según él le gustaba verse diferente. Y no era el único, Libby y Abba no se habían terminado de recuperar completamente de su quemada de días atrás y ahora lucían con la misma pinta de esa fecha, aunque al parecer no les preocupaba porque su abuela había preparado la poción para aliviar los ardores y aclarar la piel.
Durante toda la mañana del día siguiente Harry, Ron y James fueron a visitar el arrecife de coral en el que habían estado anteriormente para aprovechar los últimos dos días que estarían en el lugar. Se devolverían a New York al anochecer del otro día. A media tarde James comenzó a quejarse por las quemaduras de su piel, no pedía moverse ni sentarse con libertad provocando la desesperación en el niño. Hermione solo pudo aplicarle un poquito de poción porque la mayoría se la habían gastado Libby y Abba, así que a la chica le tocó preparar un poco más para su hijo.
-Ya sé que vamos a hacer – les dijo Ron a Harry y Libby, que estaban con él a las afueras de la casa, mientras Calixto picaba el suelo en busca de granos de maíz –. Vamos a conocer los bares de Perth.
-Buena idea – dijo Libby con entusiasmo –. Podemos irnos en el jeep del abuelo... pero no le podemos decir ni a Eprham ni a Abba porque se antojan y yo no quiero cargar con gente pequeña. Vamos sólo nosotros cuatro y listo.
Ron los contó a todos con un dedo.
-Pero si somos tres – objetó él.
-Y Hermione, cuatro – repuso Libby, mostrándole con su mano cuatro dedos.
-No puedo ir – les dijo Hermione, cuanto ellos le comunicaron lo que tenían planeado. Estaba preparando la poción para James –. El niño se siente un poco mal y no quiero dejarlo solo.
-Pero en cuanto le apliques la poción estará de lo mejor... – observó Libby –. Mírame a mí. Nada de nada, o casi nada de nada.
-Mira, en cuanto se la aplique y se duerma, y mientras vea que está bien, pues, yo les caigo dónde estén.
-Júralo.
-No puedo asegurarte nada, Libby – repuso Hermione con el entrecejo fruncido.
-Vez, te lo dije, por eso no conté con ella... ¿y cómo pretende que le avisemos? – le dijo Ron a Libby, cuando ambos junto con Harry estaban subiendo las escaleras para arreglarse.
-Lástima – susurró Libby –. Bueno, pero los tres vamos a disfrutar por ella.
A las nueve de la noche salieron de la casa, aunque la poción estaba lista, Hermione tenía que esperar a que se enfriara para aplicársela a James, una razón más para no poder ir. Cuando Ron vio a Libby se quedó con la boca abierta, Harry tuvo que pisarlo para que reaccionara. La chica iba vestida con una minifalda en tutú estampada en flores y una blusa muy bonita color blanca, como era tan alta se puso unas sandalias de tacón bajo.
-Vamos al centro y nos metemos en cualquier bar bonito que veamos – les dijo a Harry y Ron cuando conducía el jeep de su abuelo rumbo a Perth.
Se demoraron más de cuarenta minutos, porque Libby conocía muy poco la zona y no se permitía a sí misma conducir como una loca frenética. Al llegar a la zona de diversión nocturna de Perth quedaron maravillados, cientos de bares a ambos lados de la calle les daban la bienvenida, y de ellos salían y entraban muchos muggles. Libby se estacionó frente a uno llamado La Femme.
-¿Qué tal éste? – les preguntó a los chicos, sin bajarse aún del jeep.
-Parece bien – dijo Harry.
A través de la amplia ventana podía verse el movimiento dentro el local. En la ventana había un aviso luminoso en neón que anunciaba el nombre del establecimiento. Al ingresar en él quedaron a gusto, el ambiente era muy acogedor y la música muy buena porque en el fondo, sobre un pequeño escenario tocaba una banda de chicas.
-Uf... rock – dijo Libby.
Se sentaron en una mesa del medio, el lugar apenas estaba comenzando a llenarse ya que todavía no era muy tarde. Un mesero muy joven los atendió y los tres pidieron tequila.
-Está como bueno, ¿no? – comentó Libby.
-¿Quién, el mesero? – le preguntó Harry en tono burlón.
-El bar... y el mesero está muy jovencito, so bobo.
El grupo femenino de rock estuvo tocando durante una hora más, al finalizar el público las ovacionó con entusiasmo y en cuanto se bajaron del escenario el DJ del bar puso música electrónica.
-Ya vengo – les dijo Ron a Harry y Libby.
-Menos mal que nos dejó solos – comentó Libby como quien no quiere la cosa –. Quería hablar contigo.
-Yo no fui – se apresuró a decir Harry.
Libby se rió.
-Eres como Bart Simpson – murmuró, luego –. Quisiera saber qué es lo que está pasando con Hermione.
-No está pasando nada con ella – dijo Harry con sinceridad.
-Si, tan tonta, eso es evidente... ¿Pero, por qué? Si ustedes...
-Pasó y punto – dijo Harry de manera cortante. Libby lo miró con ganas de matarlo y bebió otro trago de tequila antes de seguir con la plática.
-El primer día que hablamos me aseguraste que Hermione te odiaba...
-Y así es – la interrumpió Harry.
-Si te odiara no hubiera hecho el amor contigo – sentenció Libby.
-Su actitud reflejaba todo lo contrario.
-¿Y qué esperabas que te dijera?... ¡Ay, Harry, me has hecho ver a Dios de nuevo! o ¡Desgraciado, por qué te demoraste tanto!
-Lo único que quería es que por lo menos no me hubiera dicho: Harry, no debió pasar.
Libby abrió la boca para protestar, cuando Ron llegó con dos chicas muy guapas.
-Miren, él es Harry... Harry, ellas son Queen y Amanda. Son integrantes del grupo musical.
Queen era de cabello castaño y ondulado, mientras que Amanda lo tenía negro y pintado con rayitos violetas. Ambas vestidas con pantalón en cuero y blusas en colores llamativos.
-Hola – les dijo Harry con amabilidad –. Siéntense.
Se levantó y movió una silla para que Queen se sentara.
-No queremos interrumpir la charla con tu novia – dijo Amanda un poco abochornada.
Harry y Libby se miraron y soltaron una carcajada.
-Mejor me voy porque hago mal quinteto – dijo Libby, cogió su bolso y fue a sentarse en la barra.
-Sentimos haber interrumpido – dijo Queen, sentada al lado de Harry.
-Tranquilas, Libby es todo bien – les dijo Ron, llamó con una mano al mesero para ofrecerles a ellas algo de beber.
-Entonces pertenecen a la banda que estaba ahora en el escenario – repitió Harry.
-Si, nos llamamos Meyer y trabajamos aquí – le informó Amanda.
-¿Y qué instrumento les corresponde? – les preguntó Harry.
-Yo toco la batería – le respondió Amanda – y Queen el bajo.
-¿Qué quieren tomar, chicas? – les preguntó Ron cuando el mesero llegó a la mesa.
-Cerveza – contestó Amanda y Queen asintió.
Resultó una charla muy interesante. Harry se sorprendió de la desenvoltura de Ron al tratar de conquistar a una chica muggle. Les contaron que su grupo musical lo habían fundado desde que estaban en el bachillerato y que a pesar que cada integrante había decidido estudiar una carrera profesional, no lo habían disuelto porque les servía para ganar dinero los fines de semana y en la temporada de vacaciones. Harry se dio cuanta las significativas miradas que le daba Queen y prefirió pasarlas por alto y seguir conversando con ella, mientras Ron se secreteaba con Amanda.
-Entonces, ¿qué es lo que estas estudiando tú? – le preguntó Harry a Queen.
-Biología marina... me encanta el mar y la fauna que hay en él. ¿Has ido al Océano Índico?
-Si, los arrecifes de coral son maravillosos – contestó Harry.
-Y las playas sensacionales – complementó Queen –, blancas y súper buenísimas para el surfing... ¿Pero no me has dicho de dónde eres?
-Ingles.
-¿Y a qué te dedicas?
Harry no sabía qué decirle, no podía utilizar la profesión que le había dicho a la maestra de James ya que en Australia se jugaba el rugby, ¿y si ella sabía qué era y como se jugaba?
-Soy chef – mintió él.
-¿De veras? – preguntó Queen, maravillada –. ¿Tan joven?
-Si...
Harry no supo durante cuantos minutos estuvo indicándole recetas a ella, recordando todo lo que podía de lo que tía Petunia le obligaba a cocinar cuando en su niñez vivía en Prive Drive. De vez en cuando miraba hacia la barra, donde Libby hablaba y se reía animadamente con el barman mientras sostenía una copa en la mano. Harry supuso que para regresar él tendría que conducir porque Ron no es que estuviera muy sobrio.
-Amanda... tenemos que regresar – le dijo Queen.
-¿Van a tocar de nuevo? – les preguntó Ron.
-Si, cinco canciones más y estamos libres.
Harry dirigió su vista hacia el escenario, donde las otras integrantes del grupo ya estaban acomodándose con los instrumentos.
En cuanto las chicas se levantaron y llegaron allá, Libby se les acercó.
-¿Van a quedarse?
-Si, ¿por qué? – preguntó Ron.
-Porque voy a hacer tour nocturno por las discotecas de la calle – les informó ella –. Y por la cuenta no se preocupen que ya pagué.
-No debiste molestarte – repuso Harry.
-No lo hice, sólo pagué lo que consumimos, a ustedes les toca pagar lo que ellas consumieron – aclaró Libby.
Harry y Ron se miraron.
-Bueno – siguió ella –, cualquier cosa me buscan por ahí... o nos vemos afuera en tres horas.
Volvió a acercarse a la barra y moviendo la mano se despidió del barman, marchándose con una chica de cabello liso, castaño y un poco largo que usaba un vestido en color mandarina de cortes asimétricos.
-Son un buen grupo, ¿no? – le dijo Harry a Ron.
-Si... y viste, no tartamudeo con las muggles.
-No digas esa palabra aquí – le recordó Harry.
Las chicas finalizaron su presentación, de nuevo ante una gran ovación del público. Se reunieron aparte con su grupo mientras Ron le pagaba al mesero la cuenta.
-¿Y qué vamos a hacer con Libby? – le preguntó Harry cuando cayó en cuenta que la iban a esperar.
-Nada... acaso está sola.
-Pero es su auto.
-Hermione no la dejará conducir así de bebida.
-¿Hermione? – se extrañó Harry.
-Si, la chica que salió con ella de aquí era Hermione – le dijo Ron.
Sin saber por qué, Harry se levantó de la mesa.
-Vamos – le apremió a su amigo.
-¿A dónde? – inquirió Ron.
-A buscarlas, no pretenderás que las dejemos solas – argumentó Harry.
-Pero habíamos quedado en... – dejó la frase a medias porque Harry lo sacó del bar arrastrándolo.
-Libby dijo que estaría en alguna discoteca de la calle – comentó Harry, mirando hacia todos los lados para distinguir alguna entre la cantidad de bares.
-Hay muchas, Harry – observó Ron de mal humor.
-Pues entonces entraremos a cada una hasta que las encontremos – sentenció su amigo.
Ingresaron a dos discotecas que había en la acera en la que se encontraban y a pesar del gran ambiente de ellas y de las protestas de Ron no pudieron quedarse porque tenían que seguir buscando.
-Piensa que has conocido todas las discotecas de la zona – replicó Harry con impaciencia cuando ingresaban a una de la acera del frente, llamada Bunker.
Era una discoteca de diseño diferente, ya que para ir a la pista de baile había que bajar unos cuantos escalones. El ambiente era igual de festivo al de las anteriores en las que habían estado, pero gracias a su estilo era mucho más fácil ver si las chicas estaban allí. La música que tocaba el DJ era tropical y la gente bailaba de una manera un tanto tiesa. Harry entornó los ojos para agudizar la vista, aprovechando lo bien iluminado que estaba el lugar. Estuvo buscando lentamente durante unos segundos, cuando Ron le dio un codazo en el estómago.
-¿Qué? – gruñó Harry.
-Ya las vi...
Bajaron los escalones, siete en total y Ron lo condujo hasta el lugar dónde estaban las chicas. A medida que se acercaban pudo distinguirlas, estaban sentadas en una mesa redonda, alta y pequeña en la que había varias botellas de cerveza y un par de latas. Secreteaban entre las dos, como comadres que eran, soltando risitas flojas de vez en cuando. Llegó un momento en que Libby abrazó a Hermione en el cuello mientras le estrujaba la cabeza, después se separó de ella secándose unas lágrimas y llevándose una botella a la boca.
Cuando estaban a punto de saludarlas se acercó un hombre alto y de cabello moreno. Le dijo algo a Hermione, pero ella negó con cortesía, él miró a Libby y la chica negó con una mano, al finalizar de beber de su botella le gritó:
-Mas tarde... – y se notó cuando eructó. Hermione la miró con reprobación, pero sonriendo.
En cuanto el hombre se marchó Ron las saludó:
-¡Qué hay! – exclamó el pelirrojo, sentándose al lado de Libby y examinando las botellas por si había una vacía.
-Compra las tuyas – replicó Libby, dándole una palmada en la mano para que dejara de seguir buscando.
-¿No me dejaste ni un poquito de cerveza? – le reprochó él, falsamente ofendido. Harry se sentó a su lado.
-No... Creí que te bastaría con lo que bebiste en el bar – repuso ella, tomó la botella y se la llevó a la boca con mucho glamour, mirando a Ron con autosuficiencia.
-Creíste mal – dijo Ron –. ¿Dónde está el mesero?
-Espérate – le dijo Libby. Se levantó y alzó la mano moviéndola –. Ya viene.
-¿Desean algo? – preguntó la mesera.
-Una botella de vodka... Absoluti Vodka – especificó Libby.
-No creo que sea buena idea – la interrumpió Hermione.
Ron y Libby le lanzaron miradas fulminantes.
-A mi hermana – continuó Libby –, le trae otra lata de Red Bull y... – miró a Harry.
-Cerveza Corona – informó Harry –, bien fría.
-¿Y qué hacen aquí? – preguntó Libby después que la mesera se marchó.
-Pues, fue Harry quien... – alcanzó a decir Ron, pero Harry le pegó una patada en la pantorrilla para que se callara.
-¡Ah! – gritó Libby con voz aguda, muy contenta –. Música disco.
Tomó de la mano a Ron y salieron a bailar.
-No abran el vodka – les advirtió a Harry y Hermione mientras se alejaban.
-No sabía que vendrías – comentó Harry, sentándose al lado de Hermione.
-Yo tampoco – repuso ella, encogiéndose de hombros y tomando su lata de bebida. Miró hacia la pista de baile, donde sus amigos bailaban animadamente, aunque Libby tenía levantada una mano realizando círculos con ella, en cámara lenta, como si estuviera en un rodeo.
-Y James, ¿cómo siguió?
-Mejor, gracias a Dios... En cuanto le apliqué la poción se durmió y no se volvió a quejar.
-Pero habías asegurado que no vendrías – continuó Harry.
Hermione lo miró.
-Yo no aseguré nada – objetó ella con solemnidad –. Además, ustedes dejaron sola a Libby en el bar, me llamó...
-¿Nos viste en el bar? – la interrumpió Harry, muy sorprendido.
-Y por eso estoy aquí – finalizó Hermione sin responder a la pregunta de Harry –. Y como James se sentía mejor...
Bebió de su lata y volvió su vista a la pista de baile. Llegó la mesera con las bebidas que habían solicitado junto con unas copas pequeñas y como había dicho Libby, no se atrevieron a abrir la botella de vodka. Harry bebió un largo trago de cerveza, para pasar el amargo rato que le produjo saber que Hermione estaba por ahí, bailando con alguien. Ella finalizó con su lata y tomó la otra, destapándola y bebiendo de ella.
En cuanto finalizó la canción Libby y Ron regresaron a la mesa, muy contentos.
-¡Esto está muy bueno! – exclamó Ron. Cogió la botella de vodka, la destapó y sirvió en las dos copas que llevó la mesera, para darle una a Libby –. ¡Salud!.
-Esta noche nos tenemos que desatar – le dijo Libby, sentándose a su lado –, porque mañana nos vamos y luego regresan los días laborales donde ya no puedes beber a conciencia porque te crea inconciencia y no puedes hacer nada.
-Y tenemos a una adulta responsable que puede conducir y llevarnos a casa – observó Ron, mirando a Hermione significativamente. Ella frunció el entrecejo.
-Yo no pienso...
-¡Tan linda! – exclamó Libby, levantándose. Se abrazó a Hermione, por encima de la mesa –. Para eso son las hermanas.
Sonó otra canción disco y Libby y Ron volvieron a levantarse. Al hacerlo Libby le dio un pellizcó a Harry en el brazo y al quejarse ella señaló con la cabeza a Hermione.
-¿Bailamos? – le preguntó Harry a Hermione.
-No tengo ganas.
Harry se levantó y siguiendo el ejemplo de Libby, tomó la mano de Hermione y la arrastró hasta la pista de baile.
-Harry, es en serio – le dijo ella, suplicante –, no quiero.
-Vienes a una discoteca y no bailas, ¿qué raro?
-Me gusta escuchar la música, no más.
-Pero yo recuerdo que bailabas muy bien.
En ese momento alguien le detuvo el paso, tomándolo del brazo.
-La señorita ha dicho que no quiere bailar – era el mismo hombre que la había invitado a ella y luego a Libby.
-Disculpe, pero... no se meta – le espetó Harry.
-Harry, por favor – dijo Hermione colocándose en medio de ellos y poniendo las manos sobre su pecho –, no pelees.
-Tranquila, no pienso hacerlo.
-Y a usted – le dijo al hombre con amabilidad, pero sin apartar sus manos del pecho de Harry –, gracias.
Dejaron al hombre allí plantado y se reunieron con Ron y Libby.
-¡Ah! – gritó ella –. Un remix de Madonna.
Estuvieron en la discoteca hasta pasadas las dos de la mañana. Al salir Libby llevaba en su mano lo poco que quedaba en la botella de vodka y tanto ella como Ron estaban bastante repipis.
-Libby – le dijo él, tomando su hombro y zarandeándola –. ¡Quiero ir a ver viejas, quiero ir a ver viejas!
-No conozco ningún asilo en la zona – repuso ella, hipando.
-No esas viejas – aclaró Ron –. Sino viejas buenonas, con buena delantera... 100, 60, 100...
Se montaron en el jeep y puesto que ni Harry ni Hermione estaban si quiera mareados, Harry se ofreció a conducir, mientras Libby y Ron ocupaban el asiento trasero y discutían a dónde irían.
-Uff –dijo ella, como recordando –. Hay uno muy popular... Harry, dobla a la izquierda.
A los pocos minutos y siguiendo las indicaciones de su amiga, se detuvieron en el estacionamiento en un hotel casino llamado Burswood que estaba situado entre hermosos parques, parqueando al lado de un poste que alumbraba el lugar. Ingresaron por el hermoso lobby, en piso de mármol color beige con visos cafés, sumamente brillante. Al fondo se distinguía la recepción del hotel y doblaron a la derecha para ingresar en el cabaret. Hermione miró a Libby con las cejas arqueadas.
-Mis amigos merecen traseros de calidad – se justificó la chica.
Un mesero los ubicó en una mesa de primera fila, luego de que Ron le dio una buena propina. Se estaba presentando un grupo de chicas bailando tap, vestidas con chalecos ceñidos y tangas brillantes, con un sombrero cuadrado en la cabeza y un bastón en las manos. Libby y Harry pidieron cerveza, Hermione un cosmopólitan y Ron, por estar entretenido mirando a las bailarinas no quiso tomar nada.
-¡Que piernas! – exclamó el pelirrojo, mirando embelesado al trío de bailarinas.
Al finalizar esa presentación, se hizo un receso de cinco minutos, tiempo después del cual salió al escenario un nutrido grupo de bailarines compuesto por hombres y mujeres, vestidos con ostentosos, emplumados y coloridos trajes. Ron y Harry se quedaron con la boca abierta cuando vieron que las chicas no tenían nada que les cubriera el pecho.
El show comenzó y los bailarines se movieron por todo el escenario, luciendo sus magníficos trajes mientras en el centro una de las bailarinas, la principal, cantaba al son de la música. El espectáculo duró más de veinte minutos y resultó muy animado, el público se involucraba coreando la canción y aplaudiendo con entusiasmo. De vez en cuando las bailarinas realizaban pasos tan difíciles y extraños, que Harry creyó que se caerían. Al finalizar el público los ovacionó de pie, hasta Libby y Hermione.
-Nada que envidiarle al Lido o al Moulin Rouge – le dijo Libby a Hermione, sin dejar de aplaudir.
Hubo otro receso y después salió una pareja que bailó una milonga muy romántica. Muchas mujeres del público suspiraban con los pasos del bailarín y la manera tan galante que se veía con su sobrero. Luego de eso apareció un grupo de seis bailarinas vestidas en falda de volantes y botas, como en los cabarets del viejo oeste. Una en particular llamó la atención de Ron.
-Libby, mira a esa vieja – le dijo a la chica sin apartar la vista del escenario, mirando a una bailarina rubia y zarandeándole el hombro –. Libby, mira a esa vieja.
-Ay, Ron, no sea tan lobo – replicó ella con desdén, zafándose –. Si querías que nos hiciéramos en primera fila, al menos hágase el experto.
Y así fue: Ron se cruzó de piernas formando el número cuatro, apoyó un brazo en la mesa y puso su cabeza en la mano, para luego mirar a las bailarinas como si fuera un don Juan. Hermione se bebió lo poco que quedaba de su cóctel para no reírse y herir el orgullo de su amigo. Harry y Libby solicitaron su tercera ronda de cerveza y Ron seguía mirando como bobo a la bailarina de cabello rubio. En cuanto el grupo finalizó su presentación, Ron se levantó con rapidez y las ovacionó, lanzándole piropos.
-Bueno, por esta noche es suficiente – dijo el pelirrojo –. Ahora me vas a llevar a algo más de hombres... ¿me entiendes?
-¡Ron! – exclamó Hermione, ceñuda.
-Ni rechistes – se apresuró a decir él –, que esto solo es entre Harry y yo... y ella que es nuestra guía turística – agregó señalando a Libby.
Hermione miró a Harry, con la boca abierta y él se apresuró a negar con la cabeza, alarmado. Pagaron la cuenta y salieron del hotel casino. Libby y Ron caminaban en zig-zag (Libby iba con una botella de cerveza en la mano) mientras Harry trataba de convencer a Hermione que él no estaba interesado en ir a ver la clase de chicas que quería apreciar Ron. A pocos pasos de abordar el jeep, Ron se detuvo en seco.
-¿Qué pasa? – preguntó Harry que iba tras ellos.
Pero su amigo no contestó. Agarró la mano de Libby y la apretó con fuerza, mientras lentamente se dejaba caer en el suelo. Las chicas gritaron y Ron cayó boca arriba. Tenía los ojos vidriosos y las manos encogidas, respirando con dificultad.
