22

HOSPITAL CANGURO

Harry se acercó con rapidez a su amigo, que yacía en el suelo completamente inmóvil. Se arrodilló a su lado y le dio un par de golpecitos en la mejilla para que reaccionara. Hermione se sentó a su lado, dándole a Ron golpes en las manos, pronunciando su nombre.

-¿Qué tiene? – preguntó Libby, hipando.

-No sé – contestó Harry, zarandeando a su amigo.

-¿Y si está muerto? – aventuró Libby, angustiada.

-No lo está – le aclaró Hermione, poniendo uno de sus dedos cerca de las fosas nasales de Ron –. Respira, pero con dificultad.

Intempestivamente, Libby se arrodilló frente a Hermione, la tomó de los hombros y zarandeándola proclamó:

-Es culpa mía, es culpa mía. Tú me advertiste que no tomáramos ese vodka de porquería... ¡Es culpa mía!

Cada vez que repetía eso zarandeaba con más fuerza a Hermione, estaba fuera de sí y así como de un momento a otro comenzó con el movimiento, así lo detuvo. Miró a Hermione detenidamente con la boca entreabierta, como quien mira una muñeca de porcelana nueva.

-Esto te hace daño... ¡Quítate de mi camino! – la soltó y cogió a Harry por los hombros, para zarandearlo a él –. ¡Es culpa mía, ¡Es culpa mía!.

-Libby... ¡Basta! – la reprendió Hermione con voz tensa –. Harry, hay que llevarlo a un hospital... parece petrificado.

En cuanto Hermione pronunció la palabra "petrificado", Libby se levantó cogiendo la botella de cerveza en su mano y yendo hacia el poste de la luz que estaba junto al jeep. CRASH, rompió la botella, que quedó picuda.

-¡Hay un basilisco por aquí! – exclamó Libby, blandiendo la botella como si se tratara de una espada, y mirando para todos los lados en busca de la enorme serpiente.

-¡No digas estupideces! – gritó Hermione, exasperada.

-Así te pusiste tú cuando te petrificaron – argumentó su amiga, sin dejar de estar en guardia –, y voy a estar lista para cuando se aparezca el desgraciado, porque voy a degollarlo.

-Libby... de haber una yo la hubiera escuchado – intervino Harry con desdén, sin dejar de zarandear a Ron para que reaccionara.

Hermione dio un resoplido de impaciencia y se hizo al otro lado de Ron para ayudar a Harry a levantarlo y trasportarlo al jeep.

-¡NO! – bramó Libby dejando caer la botella picada al suelo y apartando a Hermione –. No puedes... Yo lo hago.

Y ante la mirada asombrada de la chica, ella y Harry levantaron a Ron y lo acomodaron en el asiento trasero del jeep. Libby también se sentó en el asiento trasero, acomodándose para que sus piernas le sirvieran de almohada a Ron, Hermione estaba un poco tensa como para conducir, así que Harry se encargó de manejar hasta el hospital.

Llegaron a él gracias a las indicaciones de los transeúntes rumberos y nocturnos que se encontraron. Aunque llegaron en menos de diez minutos, a Harry le pareció una eternidad, no solo por el temor que Ron se pusiera peor, sino por los constantes sollozos de Libby. En cuanto estacionaron frente a la entrada de urgencias Harry se bajó del jeep y con mucha dificultad sacó a su amigo del vehículo, allí en medio de un concurrido sitio muggle no podía utilizar la varita. Hermione arribó donde ellos acompañada por dos enfermeros y una camilla. En cuanto vieron a Ron lo montaron en ella e ingresaron en la sala de urgencias.

-Se pondrá bien... ¿verdad? – sollozaba Libby, caminando de un lado para otro.

-Si, no te preocupes – le dijo Hermione con toda la tranquilidad que le pudo manifestar, aunque estaba un poco pálida por el susto –. Ven, vamos a sentarnos.

Abrazó a su amiga y ambas caminaron hasta una pequeña salita mientras Harry solicitaba en la recepción información sobre su amigo.

-En estos momentos está siendo atendido por el médico residente – le informó la enfermera recepcionista –. Valla siéntese, y en cuanto tengamos información le avisamos.

Harry se sentó en un sofá al lado derecho de Hermione y miró el reloj que estaba colgado a un lado de éste, eran las tres de la mañana y unos cuantos minutos. Libby se levantó y comenzó a deambular por la salita, observando de vez en cuando la puerta por la cual habían ingresado a Ron que tenía un letrero que rezaba: acceso restringido. A los pocos minutos se cansó de caminar y prefirió sentarse en una butaca, apoyando su espalada y cabeza contra la pared.

Mientras los minutos pasaban se escuchaban más sirenas que llegaban desde el estacionamiento, al recordar que el jeep lo habían dejado frente a la puerta Harry se apresuró en ir a parquearlo en otro sitio cercano, donde no hiciera estorbo. Cuando regresó Hermione había recostado su cabeza sobre el espaldar del sofá, dormitando.

-¿Han dicho algo? – le preguntó Harry a Libby. Hermione se despertó.

-Todavía nada – dijo Libby, desanimada.

-Por qué no regresas a la casa y descansas – le propuso Harry a Hermione en voz baja, sentándose nuevamente a su lado.

-¿Y dejarlos solos? No, no puedo – contestó ella –. Además, si no llego con Libby, su abuela puede hacer preguntas...

-Ni se te ocurra – la interrumpió su amiga –. Después me dice que soy una irresponsable.

Hermione se pasó las manos por el rostro, para despabilarse por el sueño. Lucía un poco cansada y Harry la abrazó. Hermione respondió al abrazo y apoyó su cabeza en el hombro izquierdo de Harry, de dónde no la movió.

A las tres y cuarenta de la mañana se acercó a ellos un doctor.

-¿Los familiares de Ronald Weasley?

-Si – respondió Libby, levantándose. Lo mismo hicieron Harry y Hermione y se acercaron al doctor.

-¿Parentesco? – preguntó éste, anotando en una planilla.

-Soy la novia – dijo Libby con rapidez, como si se le acabara de ocurrir esa idea. Harry y Hermione la miraron de inmediato ante su sorpresiva respuesta.

-Perfecto – dijo el doctor sin dejar de escribir –, entonces usted podrá responderme algunas preguntas.

-Las que quiera.

-¿Edad del paciente? – preguntó el doctor.

-23 años... casi 24.

-¿Enfermedades hereditarias?

-Ninguna... – vaciló Libby – que yo sepa.

-¿El paciente bebe, fuma, es adicto a algún narcótico...?

-No, no – lo interrumpió Libby, alarmada y tapándose la boca disimuladamente para que no le sintieran el olor a licor –. Él es un niño muy sano que no trasnocha, no mete vicio, ni fuma...

-Bueno, siendo así... – dijo el doctor, terminó su redacción y los miró a todos, en especial a Libby –. Lo que le ocurre al señor Weasley es que se deshidrató.

-¿Cómo? – inquirió Harry.

-Su cuerpo sufrió una descompensación de líquidos debido a la gran cantidad de licor que ingirió ésta noche – le explicó el doctor –.Además, parece que paró de beber de inmediato, entonces el organismo le pidió más liquido, por eso es que se le encogieron sus pulmones y los tendones de la mano. Si hubiera bebido aunque sea agua cuando decidió no beber más licor, éste problema no se hubiera presentado.

-¿Y qué le han hecho para resolver el problema? – le preguntó Hermione, Libby estaba con la boca abierta ante el diagnóstico médico.

-Suero fisiológico intravenoso – contestó el doctor –, pero deberán adquirir unos medicamentos para dárselo en cuanto le demos de alta.

-¿Y cuándo será eso? – preguntó Libby con la voz ahogada.

-En las horas de la mañana. Ahora él está mucho mejor y su cuerpo volvió a la postura normal. Ésta... – dijo, pasándole a Libby una hoja – es la receta médica, en el segundo piso está la farmacia para que adquieran los medicamentos allí.

Libby salió disparada hacia el ascensor, sin siquiera despedirse o agradecer al doctor.

-Pueden regresar a casa con toda tranquilidad, aunque si lo desea la novia puede quedarse – les dijo como quien no quiere la cosa, pero claramente se entendía que no tenían nada que hacer en ese lugar.

A los diez minutos Libby regresó con una bolsa en sus manos.

-Cuarenta dólares... – se quejó ella, moviendo la bolsa al aire –. Aquí la salud es más costosa que en Estados Unidos.

Harry se levantó para ir a pagar la cuenta, si bien era cierto que Libby estaba pagando la mayoría de los gastos de la noche, no podía dejar que además costeara los gastos de salud de Ron. La cuenta llegó hasta las 125 libras, según las cuentas de cambio que Harry hizo en su cabeza y no le tocó más de otra que pagar con su tarjeta de crédito.

-Necesito una identificación suya – le dijo la recepcionista.

Harry le dio su tarjeta de identificación.

-Necesito su pasaporte – especificó ella, devolviéndole la credencial.

A Harry se le congeló la sangre, él no había llegado a Australia con transporte muggle, así que no tenía pasaporte.

-No salgo con él de noche – mintió él. La recepcionista lo miró con recelo –. Mire, venimos desde Canberra y no lo traje conmigo... y yo soy el único que tiene dinero suficiente para pagar la cuenta. Ya vio mi identificación, ahora déjeme pagar... ¿sí?

La recepcionista suspiró con resignación y le dio la factura de pago.

-¿Qué pasó? – le preguntó Hermione cuando regresó con ellas.

-Casi no me reciben la tarjeta porque no tengo el pasaporte – le informó Harry.

-Bueno, Hermione ya me comunicó lo que les dijo el doctor... Dame la factura – le estiró la mano a Harry, a lo que él le dio la factura –. Se van y en la mañana vienen por nosotros.

-¿Que nos vamos? ¿A dónde? – inquirió Hermione.

-A un hotel, o a dormir bajo un puente... o lo que sea... pero se van... yo soy aquí la adulta responsable – argumentó Libby muy decidida –. Ah... y me dejan el jeep, para garantizar que regresaran por nosotros.

-¿A dónde vamos a las cuatro de la mañana? – preguntó Hermione, cuando salían del hospital.

-El único hotel que conozco es Burswood – dijo Harry, pensativo –. Vamos a descansar unas cuantas horas y regresamos por ellos.

Abordaron un taxi que los llevó al hotel y con lo que Harry pagó solo le quedo poco dinero como para regresar al hospital.

-¿Tienes algo de dinero? – le preguntó a Hermione cuando se acercaban a la recepción del hotel.

-Sí, un poco...

-Guárdalo para regresar al hospital.

Registrarse y pagar por adelantado la cuenta en el hotel resultó muchísimo más sencillo que pagar la cuenta en el hospital. Como solo iban a quedarse unas horas, solicitaron una habitación de camas dobles, para que ambos durmieran cómodamente. El botones los llevó hasta ella y en cuanto ingresaron quedaron deslumbrados por la belleza de la estancia.

La decoración de las pareces, así como los edredones de las camas y las cortinas eran en color arena dorada. Tenía un armario muy amplio y elegante, un sofá de color chocolate, un baño y...

-¡Un mini bar! – exclamó Harry. Miró a Hermione y ella asintió. Harry corrió hasta el minibar y al abrirlo sacó dos botellas de agua fría, lanzándole una a Hermione –. Que no nos pase lo mismo que Ron.

Se sentaron en el sofá, bebiendo de las botellas de agua, Harry hizo una pausa para quitarse las gafas y ponerlas encima del minibar, mientras se restregaba los ojos.

-Voy al baño – le dijo Hermione en cuanto terminó con su botella.

Harry siguió disfrutando de su bebida, convencido que con eso iba a evitarse una deshidratación semejante a la de su amigo. Al terminar con su botella se sentó en una de las camas para posteriormente dejarse caer en ella con los brazos abiertos. Comenzó a revisar los muebles del lugar y fue hasta una de las mesas de noche. Allí dejó sus gafas y abrió el cajoncito, dónde encontró una caja de preservativos color gris plata.

-Ésta cama está muy cómoda – murmuró Harry para sí mismo, dejándose caer nuevamente sobre ella.

Hermione salió del baño y se acercó para acostarse en la cama vecina. Cual fue la sorpresa de Harry cuando sintió a la chica montada en su cintura, con sus piernas a cada lado de su cadera.

-¡Hermione! – exclamó Harry en un hilo de voz, incorporándose con las manos para quedar sentado.

Pero ella no dijo nada. Tomó el rostro de Harry con sus frías manos y lo besó. Al principio sólo fue el contacto de los labios, suaves en esos momentos por acción del agua, pero poco a poco las bocas se abrieron y la exploración de una y otra se hizo presente. Las manos de Hermione abrazaron el cuello de Harry, sin separar sus labios, mientras las de él fueron a la espalda de ella y bajaron la cremallera del vestido...

Harry se despertó gracias a la fastidiosa luz que atravesaba la ventana. Al hacerlo se percató que no estaba solo y que no tenía nada puesto. Hermione estaba a su lado, profundamente dormía y con las sábanas que la tapaban a medias. Se puso las gafas para distinguir mejor y sus ojos se dirigieron automáticamente a los labios de ella. Jamás se imaginó que esos finos labios le hicieran sentir esa cantidad de placer que en la vida había tenido y aunque al principio fue un poco rústico debido a la inexperiencia tenía que reconocer que con la práctica la cosa mejoró.

Sonrió con ironía. Eso, de Hermione nunca se lo había esperado. Después fijó su vista en el reloj sobre el armario. Eran las ocho de la mañana. Con un poco de esfuerzo Harry se levantó, rascándose distraídamente la cabeza, pronto tendrían que regresar por Ron y Libby, así que alistó su varita y apuntando al par de preservativos que había utilizado y desechado durante la madrugada, los hizo desaparecer.

-¡Que vergüenza que las mucamas los vean! – susurró mientras los desaparecía uno a uno.

En cuanto terminó con eso, le pidió a la recepcionista que lo comunicara con la sección de urgencias del hospital donde habían internado a Ron, para saber cómo había pasado las últimas horas. Una gran sorpresa se llevó cuando le informaron que su amigo abandonó el hospital por voluntad propia pasadas las seis de la mañana.

-Hermione – susurró Harry, zarandeándola levemente en un hombro –. Despierta.

-Hummm – se quejó ella entre dormida.

-Despierta – repitió él – Es import... – dejó la frase inconclusa porque ella le tapó la boca con una mano.

-No grites, Harry... – susurró Hermione, sin siquiera abrir los ojos –. Me duele la cabeza.

Y antes de que pudiera hacer algo, ella se prendió fuertemente a su cuello y lo abrazó como si se tratara de un oso de felpa. Ahora Harry comprendía de quién había heredado James esa costumbre.

-Hermione... Ron se fue del hospital – le dijo Harry con la voz ahogada.

En cuanto ella captó el mensaje soltó a Harry y lo empujó, haciéndolo caer de la cama.

-¡Que Ron qué! – exclamó, incorporándose.

-Que ya no está en el hospital – le aclaró Harry, levantándose y acomodándose sus torcidas gafas –. Acabo de hablar con urgencias y me lo han dicho.

-¿Y Libby? – inquirió Hermione –. ¿Cómo permite Libby semejante...? ¡Ah, pero es que no se puede confiar en ella... Ya me la imagino alcahueteándole todas sus idioteces... Dios los cría y ellos se juntan...

Y mientras Hermione seguía mascullando incoherencias referentes a sus amigos, ella y Harry se vistieron y salieron del hotel. Llegaron a la casa en un taxi, faltando diez minutos para las nueve. Al estar en ella se sorprendieron de no ver a nadie levantado; al ingresar en la habitación de Harry encontraron a Ron durmiendo en su cama y Libby acostada en la de Harry, medio dormida. En cuanto sintió que había alguien allí se despertó sobresaltada y luego los saludó bostezando.

-¿Qué hay? – les dijo ella.

-¿Qué pasó? ¿Por qué están aquí? – le preguntó Hermione en voz baja, sentándose a su lado.

-Ay, no, es que ni se imaginan – comentó Libby, acomodándose para apoyarse en el espaldar. Harry se sentó al lado de Hermione –. Imagínense que se ha despertado como a las cinco de la mañana – les contaba, en voz baja para no despertar a Ron –, entonces una enfermera me dejó pasar para verlo. Pues cómo les parece que estaba botado en risitas y yo le decía: "Shist, baja la voz" y lo hizo, pero en ese instante acuestan al lado de su cama a un viejito que estaba a punto de estirar la pata...

-¿Ron, riéndose? – preguntó Hermione, asombrada.

-Si, y no me interrumpas – le reprochó Libby –, bueno, la cuestión es que ese viejito estaba en las últimas y Ron me dice: "míralo, está que se muere", o sea, yo creo que la borrachera apenas le estaba haciendo efecto. Como el viejito estaba que ya casi pues las enfermeras le han preguntado: "¿Quiere algo, Don Diego?" y él les contesta poniendo una manito detrás de la oreja para escuchar mejor: "Yo no conozco a ningún ciego" y ni se imaginan el ataque de risa que nos ha dado a Ron y a mí...

-Si, es bastante extraño – comentó Harry con ironía.

-Entonces Ron siguió en las mismas: "Míralo Libby", me lo decía a cada rato hasta que le contesté: "Es que si lo miro voy a soñar con ese viejito un mes entero" – paró un poco para tomar aliento y seguir con su relato –. A los minutos, cuando se ha dado cuenta dónde estaba empieza a acosarme que se quería ir de allí, o sea, se olvidó del viejito y la cogió conmigo, pero en esas llega una doctora que comenzaba la guardia y le ha pegado un regaño como si de su santa madre se tratara, diciéndole: "Ah, es que se quiere morir o qué". En cuanto salió la vieja, empieza a acosar para que le acelerara el goteo del suero y me tocó hacerlo, cosa que en cuanto la bolsa estuvo vacía se levantó y salió como si nada. Yo lo seguí antes que la doctora regaños estuviera por allí y de camino a casa le ha dado de nuevo... se puso tieso y respiraba con fuerza, yo le dije: "Ay, no, Ron. Si te vas a morir hazlo de una vez, pero no me amagues... yo no quiero volver para que esa vieja me regañe"

-¿Le dio otro ataque y no te devolviste? – le preguntó Hermione entre dientes.

-Si – reconoció Libby sin inmutarse –, pero tranquila que yo me las arreglé. Entre los medicamentos que compré habían cápsulas de potasio, pues le metí dos en la boca y me puse a tantear en el piso del jeep por si encontraba una botella de agua o algo... y preciso que la encuentro, se las pasó con agua y se le quitó. En cuanto llegamos lo primero que dijo fue: "quiero mi cama" y aquí estamos.

-¿Te dijeron algo tus abuelos cuando llegaron así? – le preguntó Harry, mientras Hermione evaluaba detenidamente a Ron.

-No, todavía están dormidos. El único despierto era Ephram, pero cuando llegamos ya había salido a trotar.

Harry entendió por qué Libby estaba tan tranquila, si sus abuelos la hubieran visto, seguramente habría tenido una discusión con ellos.

-Bueno, si me disculpan voy a seguir durmiendo – les dijo Libby como quien no quiere la cosa, acostándose nuevamente en la cama de Harry –. En una hora tengo que darle otra cápsula a Ron... Adiós.

-¿Te das cuenta de lo que pudo pasar? – le preguntó Hermione a Harry, saliendo de su habitación y caminando a la de ella –. Ron no se mide...

-Lo que me sorprende es que hayan tenido tanta suerte – reconoció Harry, abrió la puerta y le permitió el paso a Hermione –. En otras circunstancias esto pudo haber terminado peor... Pero Libby es muy recursiva ¿no te parece?

-Si... menos mal que estaba con ella.

James dormía placidamente en su cama, con la almohada de Bob Esponja tirada en el suelo. Sus padres se acercaron para observar cómo había amanecido después dela insolación del día anterior. Su piel lucía un color rosa pálido, la poción había hecho desaparecer los manchoncitos rojos que tenía esparcidos en sus brazos y al parecer, también el ardor. Hermione se acostó en la cama del medio, Harry también lo iba a hacer pero eran tan delgadas que dos personas en ella no cabían.

-Si quieres, acuéstate en la de Libby, así compensas – le dijo Hermione. Harry así lo hizo.

Su madre estaba a su lado, vestida de blanco y con unas hermosas flores en las manos. Estaban sentados sobre el muelle de un lago inmenso y muy azul. No hablaban nada, pero el silencio era lo suficientemente cómodo como para que Harry no se marchara. Hacía muchos meses que no soñaba con ella y no quería desaprovechar esa oportunidad que quizá, en unos meses más no se repetiría. Lily se levantó y Harry hizo lo mismo, le dio en sus manos el ramo de flores que sostenía y le sonrió a su hijo. Miró hacia un lado y le dijo sin dejar de sonreír:

-Alguien viene...

Una pequeña manito pasaba entre su indomable cabello. Harry abrió los ojos perezosamente y se encontró de cara a James, el niño tenía el cabello mojado y estaba vestido con su ropa muggle.

-Ya casi está el "almuelzo" – le comunicó él.

-¿Qué hora es? – preguntó Harry en un bostezo.

James se encogió de hombros.

-Es "hola" del "hamble"

Ron durmió hasta casi entrada la noche, así que a Harry le correspondió arreglar todas las cosas de su amigo para que no se quedara nada. Como casi nadie en la casa se dio cuenta de lo que había pasado con Ron, a excepción de Ephram que sospechaba lanzándole a su hermana miradas suspicaces, a ellos le pareció muy extraño que el pelirrojo durmiera tanto, Libby argumentó que estaba muy cansado porque bailaron toda la noche. La abuela Fiona sirvió la cena mucho más temprano que de costumbre, ya que sus invitados se marcharían a las nueve de la noche hora local. Después disfrutar las deliciosas crepas con carne que la abuela preparó (Ron se comió cinco), estuvieron listos para trasladarse.

-Muchas gracias por todo, señora Foyt – le dijo Hermione, estrechándole la mano –. Fue una estancia maravillosa.

-Cuando quieran vuelvan – repuso la abuela –. Es un lugar magnifico para los niños.

-Y para los grandes – murmuró Ron, mirando a todos lados con aire melancólico.

-Gracias por su hospitalidad – dijo Harry, estrechando la mano del abuelo David –. Hasta una próxima ocasión.

-Que así sea – comentó el abuelo con una sonrisa.

Libby se despidió de ambos, abrazándolos con fuerza. Le dio un beso en la mejilla a su abuela y le dijo algo al oído, a lo que la anciana respondió pegándole una palmada en el brazo y sonrojada. Eprham se quedaría una semana más, hasta que comenzara en nuevo trimestre en Chartlon.

Harry, Ron, Hermione, James con Crookshanks en brazos y Libby se reunieron en torno a un pañuelo verde neón que la chica había conjurado, a las afueras de la casa. Volvieron a despedirse de los abuelos, Eprham y Abba moviendo sus manos y segundos después fueron succionados por arte de magia. Un par de minutos después estaban reunidos en la sala de la casa de las chicas en New York.

-¿Qué "hola" es? – preguntó James en cuanto soltó a Crookshanks, por las ventanas de la sala se filtraba la luz del sol.

-Las siete de la mañana – contestó su madre, mirando el reloj sobre la chimenea.

-Cierto... estamos repitiendo el día – dijo Libby, dejándose caer sobre el sofá –. O sea que somos afortunados en vivirlo dos veces.

-¿Ah? – inquirió James confundidísimo.

Y mientras Libby le explicaba todo lo referente al cambio horario y que dónde estaban era 14 horas más adelantado que su casa, Ron fue derecho hasta la cocina para hurgarla y encontrar algo de comer. Hermione lo vio marcharse, desconcertada.

-Creo que programó su cuerpo para desayunar – le dijo Harry por lo bajo.

En cuanto organizaron sus cosas, las chicas sacaron todos los documentos relacionados con su trabajo, para revisarlos y que no les hiciera falta nada para la primera reunión del año en la revista La Transformación Moderna. Los chicos se dedicaron a tratar de ver televisión, ya que por la época del año la programación que ofrecían no era la mejor, James cayó profundamente dormido en el sofá, su cuerpo aún estaba acostumbrado al horario de Australia.

Para evitar que Hermione se preocupara por el almuerzo, Harry pidió comida a domicilio, aprovechando también que aquel día no nevaba, por lo tanto no tendría retraso en llegar.

-Está delicioso – comentó Hermione, que comía con mucho entusiasmo su porción de tacos.

-Ron, déjame uno con chiles – le dijo Libby cuando él estiraba la mano para coger otro.

-Espérate – repuso Ron, abriendo un poco el taco y evaluándolo detenidamente, lo volvió a cerrar y se lo metió a la boca –. Éste no es.

En cuanto él y Libby finalizaron con sus tacos (entre los dos se comieron más de la mitad), salieron disparados de la cocina, con el fin de no esforzar su brazo moviendo la varita para que se limpiara sola. Crookshanks también salió luego de comer su alimento especial.

-¡Iug! – exclamó James, sacándose de la boca un hilillo de queso.

-No tienes por qué hacerle el feo, James – le dijo Hermione con el ceño fruncido –. Y espero que con Lisa no hagas ese tipo de cosas.

-¿Lisa? – le preguntó Harry.

-La niñera – le explicó Hermione –. James reanuda clases la otra semana, y de aquí hasta el viernes se quedará solo en casa medio día porque Libby y yo trabajaremos, así que desde Australia contratamos una niñera para que lo cuidara en las mañanas. Además, como tendremos reuniones muy extensas para definir el programa del año, probablemente nos demoremos todo el día.

-Lisa me cae bien – comentó el niño con solemnidad –. Ella es buena conmigo.

-Qué te parece si lo llevo conmigo a Inglaterra por estos días – le propuso Harry.

Hermione lo observó detenidamente por encima de su vaso de soda.

-No sé – contestó ella en voz baja –. Como hace días me comentaste que te utilizaba para mi conveniencia.

-Sabes perfectamente que lo dije en un momento de ira – replicó Harry entre dientes.

-Puede ser – susurró Hermione distraídamente –. Pero lo dijiste y me ofendió muchísimo... ¿James, puedes dejarnos solos por favor?

El niño salió de la cocina, sin comprender porque lo habían echado de allí.

-Por tus comentarios impulsivos es que hemos tenido problemas, Harry – siguió Hermione, en cuanto James salió –. No te mides en lo que dices y no sé si te das cuenta que con ellos hieres susceptibilidades.

-¿Ah, si? – preguntó él entre dientes sin poderse contener –. Pues yo no soy el único que hiere susceptibilidades... Recuerdo muy bien el día siguiente al cumpleaños de James cuando me dijiste...

-Eso ya pasó, Harry – lo cortó Hermione, en tono aparentemente indiferente.

-Y creo que te estás demorando para decirle algo parecido hoy – terminó él.

-No pensaba hacerlo... – repuso ella –. ¿Sabes? Sí, será mejor que te lleves a James, así estaré más tranquila que él esté bajo tu cuidado que bajo el cuidado de alguien que no es de la familia.

-¿Y hasta cuando puedo estar con él? – preguntó Harry, contentísimo después que ella hubiera aceptado.

-Tráelo el sábado en la tarde... Es más, creo que con el horario de Inglaterra podrá acomodarse más fácilmente que con el de acá... ya sabes, para cuando comience a estudiar de nuevo.

-Pero son cinco días – se quejaba Libby cuando Harry le comunicó que se llevaría a James. Hermione estaba en la habitación del niño organizándole la ropa, aunque esta vez llevaría para el invierno.

-En los cuales estarán ocupadas... así que no molestes – le espetó Harry.

-Pero si tú también estarás ocupadísimo – objetó la chica, testaruda –. Tienes que ir a tus fisioterapias y eso ¿no?

-Lo llevaré conmigo.

-Los niños no deben estar en los hospitales...

-Es un consultorio particular – le aclaró Harry de manera cancina –, no un hospital.

-De todas maneras...

-Nada – la interrumpió Harry – no tendrás tiempo, así que no llores.

Libby lo miró con ganas de matarlo.

-Esto no se va a quedar así – lo amenazó ella. Harry puso los ojos en blanco ante lo intensa que estaba –. Ya veras... ¡me las pagarás!

-Que mujer tan obstinada y egoísta – murmuró Ron, negando con la cabeza.

-¡Cállate!... Estas de su parte, ¿no?

-Si – dijo Ron, con toda trranquilidad.

-Libby, ¡basta! – replicó Hermione con voz serena, ingresando en la sala con la mochila de James –. Harry y yo ya tomamos la decisión, no te agobies.

La chica se dejó caer sobre el sofá, indignadísima y se cruzó de brazos para manifestar su inconformidad. Los chicos se trasladaron a Inglaterra a los pocos minutos y nada más aparecerse en la casa el insistente ulular de las lechuzas los obligó a ingresar en la cocina. Hedwig y Pigwedgeon estaban encerradas en sus jaulas, furiosas y ya sin alimento y sin agua. En cuanto Ron les abrió la rejilla las lechuzas se fueron sobre él, picoteándolo con fuerza en la cabeza, aunque Pigwedgeon no tanto ya que se puso a dar tumbos alrededor de ella, feliz. Cuando Hedwig vio a Harry se abalanzó sobre su cabeza, picoteándolo a manera de reclamo por tantos días de encierro y olvido.

-Pero no podía dejarte afuera – protestaba él, tapándose la cabeza con las manos. James se reía –. Te morirías de frío. ¡Ron, has algo!

Su amigo, ya libre del ataque de las ofendidas lechuzas, les sirvió comida y agua y en cuanto vieron sus platitos llenos se olvidaron por completo de los adultos y salieron disparadas para llenar el estomago. Luego encendió la calefacción.

-Bueno, creo que es hora de irse a dormir – le dijo Harry a James, tomándolo de la mano para salir de la cocina –. Has dormido muy poco en las últimas horas.

-¿Qué "holas" son?

-Las ocho de la noche... – contestó él, y mientras pasaba por la mesa del teléfono, vio que la máquina contestadora indicaba 99 mensajes.

Al día siguiente Harry regresó a las fisioterapias con el doctor Morgan acompañado por James. Mientras realizaba sus ejercicios, el niño se la pasó dibujando en un pergamino que el doctor tan amablemente le regaló.

-¿Y su férula? – le preguntó el doctor cuando Harry levantaba pesas de siete quilos con ambas manos.

Él se limitó a abrir los ojos como platos, desde vísperas de año nuevo no se la había vuelto a poner.

-Me lo imaginé – comentó el doctor, sonriendo de manera sarcástica –. Las fiestas de fin de año la relegaron al cuarto de San Alejo.

-No es eso – se excusó Harry rápidamente –. Lo que ocurrió fue que estaba en una ciudad de clima cálido, y me estorbaba un poco...

-No tiene porque justificarse – lo cortó el doctor con amabilidad –, lo entiendo perfectamente. Pero su olvido alargará una semana más las sesiones de fisioterapia. Es más, como vamos tan avanzados, ya no tendrá que venir los fines de semana.

Durante el resto de la semana James acompañó a su padre a las sesiones, Hermione los llamaba todos los días después del medio día, justo antes de que ella saliera a trabajar y con las llamadas Libby aprovechaba para hablar con el niño, aunque por su falta de tiempo durante el día no podía hablar con Ron por el chat, cosa que el pelirrojo estaba completamente desprogramado.

En el amanecer del día sábado Harry volvió a soñar con su madre, diciéndole como última frase: "alguien viene", justo antes de que James lo despertara zarandeándole un hombro levemente. Ese día lo pasaron solos ya que Ron se trasportó a La Madriguera para saludar a su familia y tener noticias de Fleur, que atravesaba los últimos días de su embarazo. Después de las seis de la tarde, Harry y James se trasladaron a New York y al llegar Libby casi tumba a James con un súper abrazo.

-¡Ay, me hiciste tanta falta! – exclamó ella, levantándolo en sus brazos y llevándolo a su habitación –. Tengo que mostrarte un poco de cosas que me han regalado estos días en el trabajo, están de lo mejor...

-¿Y qué tal tus fisioterapias? – le preguntó Hermione, indicándole que ingresaran a su habitación.

-Bueno, te había comentado que el doctor me aumentó una semana de fisioterapias por no usar la férula la semana pasada – le dijo Harry, siguiéndola –. Así que hasta dentro de dos semanas no descansaré de ella.

-¿Pero sientes alguna sensación extraña en el codo o todo está bien? – siguió Hermione, cerrando la puerta tras Harry.

-Pues yo creo que está bien porque ya no tengo dolores ni tirones – dijo Harry con sinceridad –, así que a lo mejor las fisioterapias son por prevención.

-¿Y ya hablaste con el capitán del equipo?

-No – contestó Harry con una sonrisa –. Voy a esperar hasta fin de mes para que no me presione.

Hermione se sentó en su cama y le indicó a Harry que hiciera lo mismo.

-Si, lo último que necesitas ahora es que te presionen... – comentó ella distraídamente.

-¿Qué es lo que te pasa? – le preguntó Harry, desde que había llegado se percató que Hermione estaba ausente.

-Nada del otro mundo, no te preocupes.

-Te conozco – insistió Harry –, algo tienes... Dímelo.

-Es que... – vaciló ella – no sé cómo lo vallas a tomar.

-No me asustes, Hermione. De qué se trata ¿Es sobre James?

-No, no te asustes, es lo que menos quiero – dijo ella con rapidez y mirándose las manos.

-¿Entonces? – preguntó Harry con impaciencia, no soportaba que lo hicieran esperar.

Hermione respiró hondo.

-No te asustes – repitió ella.

-Dímelo.

-Este... estoy embarazada –susurró ella.