23

EL GOLPE DE LA MONA

Harry sintió que sus pulmones se encogían y su garganta se transformaba en un árido desierto. De pronto su cabeza comenzó a dar vueltas y realizó un gran esfuerzo para no desfallecer. Un hijo, otro hijo, ¿en qué momento pasó, ni siquiera había aprendido a ser un buen padre con James y ahora venía otro. "Alguien viene"... ¡el sueño con su madre!... fue casi igual cuando trataba de decirle por lo bajo que nacería James... por qué simplemente no le decía: vas a ser padre, Harry.

-Harry... di algo – le dijo la voz de Hermione desde muy lejos.

-¿Ah? – musitó él distraídamente.

-Necesito que me digas algo – repitió ella con voz un poco tensa –. Necesito saber...

-¿Pero, en qué momento...? En Australia, ¿cierto? – dijo Harry pensativamente e increíblemente sereno –. Eso fue hace pocos días y el hechizo que sirve para conocer el estado se realiza cuatro días después...

-No, no fue en Australia.

-¿Cómo? – preguntó Harry, como si de un golpe hubiera vuelto a la realidad.

-Fue... aquí – puntualizó Hermione, con una tensa sonrisa.

-Entonces desde hace mucho sabías...

-No – dijo ella con rapidez –, me enteré ayer.

-Entonces fue en Australia.

-Que no, Harry. El hechizo me indicó el tiempo de gestación, casi cinco semanas.

-¿Pero, cómo es eso? – preguntó Harry, levantándose de golpe –. ¿Cómo no te diste cuenta antes?

-Yo no pensaba angustiarme por un retraso que me da en ésta época del año – repuso ella –. En invierno siempre se me retraza la regla – le contó ante la mirada confundida de él.

-Claro... – murmuró él para si mismo, caminando por la habitación ante la atenta mirada de Hermione –, por eso mamá me lo decía... y mi papá ¿por qué no se apareció?... y Sirius... al menos hubiera sospechado algo... Es increíble que incluso después de muerto no sea considerado conmigo...

-Harry... ¿qué te pasa? – lo interrumpió Hermione, anonadada por todas las incongruencias que decía él.

-No te he contado – contestó él, sin dejar de pasearse por la habitación –. Después de enfrentarme a Voldemort soñé con mis padres y Sirius... ellos me dijeron que una persona nueva vendría a mi vida, pero no se explicaron bien. Semanas después te vi en aquel estacionamiento y bueno, el resto ya lo conoces.

-¿Tratas de decirme que intentaron comunicarte que serías padre? – le preguntó Hermione, muy sorprendida.

-Mas o menos – reconoció Harry –, no te digo que no se explicaron. Y en Australia soñé con mi madre, me decía que alguien venía... pero, no se me ocurrió que fuera otro hijo.

-Es increíble que se haya dado cuenta primero que nosotros – comentó Hermione, sobrecogida.

-Si... si – dijo él, luego se detuvo en seco y miró a Hermione –. Bien, alista tus cosas.

-¿Cómo?

-Si, las tuyas y las de James. Se vienes conmigo para Inglaterra – sentenció Harry.

-Pero... Harry.

-¿Qué? ¿qué te pasa?

-Harry... – dijo Hermione mirándolo a los ojos –. Yo aún no estoy preparada para vivir contigo.

Harry se quedó de piedra o peor, como si le hubiera caído un yunque encima.

-¿Qué? – inquirió él, sin dar crédito a lo que acababa de escuchar.

-Lo siento, pero...

-No quieres vivir conmigo... tenemos un hijo y viene otro en camino y ¿no quieres vivir conmigo?

-Harry, por favor, cálmate – le aconsejó ella, levantándose y caminando hacia él –. Para mi no es fácil, entiende.

-Y para mi qué, Hermione – le dijo él en voz alta –. Me dices que estás embarazada y resulta que no quieres que seamos una familia.

-Yo no he dicho eso – repuso ella con la voz tensa –. Por qué crees que te lo dije, yo no quiero cometer los errores del pasado, Harry. Solo te pido que me des tiempo para...

-¿Tiempo...? ¿tiempo? – la interrumpió con furia –. Te he dado tiempo suficiente, Hermione. Tú deberías estar en Inglaterra conmigo, con tus padres, no tienes nada que hacer aquí...

-Tengo mi vida aquí – argumentó ella, alejándose un poco de él –. Mi trabajo, la escuela de James...

-Esas cosas pueden reemplazarse, Hermione – objetó Harry bruscamente–. ¿Qué es lo que pretendes? ¿que siga visitándolos de vez en cuando? Y el bebé, ¿que lleve tu apellido y no el mío...? ¡Por favor!

-Vez... vez, por tu altanería y agresividad es que me largué en tus narices...

-Pues no hace falta que lo hagas – replicó Harry –, porque el que se larga soy yo.

Y sin decir una palabra más, pensó en su casa y desapareció.

Mientras realizaba la primera fisioterapia de la semana, Harry seguía con la cabeza en New York y en Hermione, pero principalmente en el nuevo bebé. ¿Cómo se le ocurría a ella decirle que no quería formar una familia? ¿qué pretendía? Ser de esas mujeres modernas que juran ser capaz de levantar a dos hijos sin la ayuda del padre, estando él dispuesto a hacerlo. Harry pensó en lo desagradecida que era Hermione al rechazar su proposición, a fin de cuentas en el mundo habían millones de mujeres que no contaban con el apoyo de un hombre y ella que si lo tenía no quería utilizarla.

Estando en casa, Ron notó algo extraño en él ya que desde que regresó de La Madriguera Harry a duras penas le decía algo.

-¿Ahora si me vas a contar qué demonios te pasa? – le preguntó el pelirrojo ese lunes en la tarde, después de propinarle una paliza en el videojuego La Pelea del Infierno.

Harry guardó silencio durante unos segundos, no estaba seguro de querer contarle lo ocurrido a su amigo.

-Vamos, Harry, no debe ser tan malo – insistió Ron.

-Hermione está embarazada – le soltó de inmediato.

-¿Qué? – exclamó Ron.

-Y quiere defenderse solita – concluyó Harry.

-¿Qué? – repitió el pelirrojo.

-Ya te imaginarás la que se armó.

-No me vas a decir que discutieron delante de James.

-No, estábamos a solas – aclaró Harry con rabia.

-Pero de todas maneras discutieron ¿no?

-Si – confirmó su amigo.

-¿Trataste de controlarte? – le preguntó Ron, temeroso.

-¿A qué te refieres con trataste de controlarte? – inquirió Harry.

-Me refiero a que no habrás sido agresivo en tus comentarios...

-Simplemente le dije lo que pensaba – lo interrumpió Harry.

Ron negó con la cabeza.

-Ella no tiene nada que hacer allá – continuó Harry, sin prestar atención a la reprobación de Ron –. Debería estar en éste país conmigo, con sus padres...

De pronto a Harry se le ocurrió una idea, algo que de haber realizado hace mucho tiempo quizá todo eso no estuviera ocurriendo.

-¡Sus padres! – exclamó Harry con entusiasmo.

-¿Qué con ellos? – preguntó Ron, sorprendido ante el cambio de actitud de Harry.

Pero Harry no contestó. Salió de la habitación de su amigo para buscarlos en la guía telefónica. Al no encontrarlos cayó en cuenta que debía hacerlo en la guía telefónica de Londres y como ya estaba oscureciendo, decidió hacerlo después de la sesión de fisioterapia, además de solicitarle la guía a la recepcionista del doctor o en otro caso pedirle la ayuda a él para que pudiera localizarlos ya que por pertenecer al gremio de la salud tendría mejor acceso a la información.

-Apellido Granger, ¿verdad? – anotó el doctor en su agenda, al día siguiente.

-Si, ellos son dentistas – le comentó Harry.

-¿Y piensa hacerse un trabajo dental con ellos?

-Claro – mintió él –, para mi y para mi hijo, nos lo recomendó un amigo muggle, pero él se ha marchado del país y no me dijo dónde podía localizarlos.

-Muy bien, Harry, en cuanto tenga los datos le avisaré.

-Gracias – le dijo Harry con sinceridad.

Durante el resto del día planificó qué era lo que les diría a los Granger. Lo primero que se le ocurrió fue disculparse por haber embarazado a Hermione hace más de cinco años, pero luego recapacitó y una disculpa en este caso no era necesaria, ya que a fin de cuentas él no se hizo cargo de James por decisión de ella. Antes de cenar llamó a su hijo para saber cómo estaba, afortunadamente cuando lo hizo el pequeño acababa de llegar de la escuela y le contó todas sus aventuras del día, inclusive los comentarios de sus amigos porque él había estado en tierras cálidas mientras ellos tenían que estar casi todo el día encerrados en casa por el frío, también habló con Hermione y le preguntó cómo se sentía, al ella decirle que estaba bien decidió dar por finalizada la conversación y le deseó un feliz día.

Estaba a punto de acostarse, eran casi las once de la noche cuando Ron tocó a su puerta.

-Harry... una llamada para ti – le dijo él, ingresando con el teléfono inalámbrico en la mano.

-Gracias, Ron... Alo.

-Harry, ¿cómo estas? Es el doctor Morgan.

-Muy bien, doctor, gracias ¿y usted?

-Bien, bien... llamaba para comunicarte que encontré la dirección del consultorio de los doctores Granger.

Harry pensó que el corazón se le paralizaba, por una parte esa era una gran noticia, pero por otra eso lo llevaría a darles la cara después de tanto tiempo.

-¿Y esa cara? – le preguntó Ron en tono burlón la mañana siguiente, cuando desayunaban y el pelirrojo leía la edición diaria de El Profeta.

-Creo que de ahora en adelante todo va a salir muy bien.

Ron lo miró con las cejas levantadas, esperando una explicación más precisa.

-No te conté que quería localizar a los padres de Hermione para hablar con ellos y decirles que van a ser abuelos de nuevo. El doctor Morgan me dio anoche la dirección y ahora voy a verlos. Le pedí al doctor que me diera el día libre.

-¡Estas loco! – exclamó su amigo, horrorizado –. ¿Qué pretendes? ¿qué te maten?

-No, Ron – contestó Harry con desdén –. Quiero que se enteren de lo que está haciendo Hermione, eso es todo.

Ron negó con la cabeza, ceñudo. Luego dejó el ejemplar de El Profeta sobre la mesa y salió de la cocina. Harry terminó con su desayuno a los pocos minutos ya que repitió doble porción, necesitaría de muchas energías para afrontar lo que le deparaba el día. Luego de cepillarse los dientes y coger las llaves de su auto abrió la puerta de su casa, al hacerlo se encontró de cara con Libby, que iba muy desgreñada, con un abrigo puesto y una cara de sueño espantosa.

-¿Qué haces aquí? – le preguntó Harry, sorprendido.

-Permíteme – dijo ella perezosamente.

Le quitó los lentes y PUM, de un puñetazo en la cara lo tumbó al suelo.

-¿Por qué demonios me pegas? – gruñó Harry, tapándose la cara con las manos.

-Por imbécil – contestó ella en un bostezo, ingresando a la casa y cerrando la puerta –. A ver, ¿qué es lo que pretendías hacer?

-Que te importa – le contestó Harry en tono altanero, levantándose.

-¿Querías ir a ponerle la queja a los padres de Hermione, no? – apuntó ella con mucho acierto, devolviéndole los lentes.

Harry la fulminó con la mirada. Al colocarse de nuevo los lentes volvió su vista hacia la escalera, especialmente hacia el pasillo, pensando en Ron. Allí estaba el pelirrojo que en cuanto vio a Harry se escondió.

-Ya te dije que no te metas.

Libby lo cogió de la manga de su chaqueta y con una fuerza impresionante para ser una mujer tan delgada lo llevó hasta la sala, dónde lo hizo sentar en un sofá, mientras ella lo hacia frente a él, pero sobre la mesa.

-¿Qué, de todas las cosas que te dijo Hermione, no entendiste? – le preguntó como si estuviera hablando con un oso de felpa.

-Lo entendí todo perfectamente.

-De ser así no me hubiera tenido que levantar a las dos de la mañana para venir a darte tu merecido.

-Eres una atrevida – le dijo Harry sin rodeos, estaba furioso –. ¿Con qué derecho vienes a pegarme?

-Te pego porque me da la gana – argumentó ella tranquilamente, parece que al estar con un sueño descomunal le impedía darse cuenta del insulto que le había dicho Harry –. Y para evitar que hagas una estupidez.

-Estupidez es lo que hace ella – vociferó Harry, señalando hacia la ventana, supuestamente en esa dirección estaba Estados Unidos.

-¿Y qué fue lo que te dijo, a ver?

-Que aún no estaba lista para vivir conmigo.

Libby lo miró con las cejas arqueadas, para después poner los ojos en blanco y negar con la cabeza.

-¿Qué parte de la frase no entendiste? – le preguntó ella, mirándolo con lástima.

Harry se quedó callado. Ante su silencio Libby continuó:

-Te voy a explicar, niño. "Aún" significa que ella lo ha pensado mucho y si te dice que no está lista es porque en sus planes está vivir contigo, pero todavía no – explicó ella como si fuera la cosa más obvia y sencilla del mundo.

-Eso no es cierto – le espetó Harry.

-Mira, niño – Harry se puso más furioso –. Hermione es una chica que los últimos años se esforzó muchísimo para sobrevivir en un país nuevo y desconocido. Si, yo la ayudé un poco, pero todo el trabajo lo hizo ella. Hizo milagros para dedicarle el tiempo suficiente a su hijo y no abandonarlo mientras trataba de salir adelante...

-Yo quería responder por James...

-No me interrumpas – le dijo ella echando chispas por los ojos –, no vez que se me va la paloma. Hermione aprendió y se acostumbró a vivir sola, sin un hombre a su lado, bueno, yo era el hombre gay de la casa, porque a mi me gustan los hombres, pero la cuestión es que ella nunca pensó que se volverían a ver... Y ahora, ocurre todo esto, hay un bebé en camino y es normal que ella lo piense dos veces antes de tomar una decisión tan importante. Ustedes no son las personas de antes, Harry. Cada uno ha vivido lo suyo y quizás sus experiencias de vida los haya hecho cambiar ¿y qué tal si no resulta? ¿y James? ¿qué pasa si se ilusiona con una familia y resulta que al final todo es un espejismo? Además, Hermione no le gusta depender de nadie y regresar aquí significaría estar inactiva durante mucho tiempo, sin un trabajo y esperando a que la panza le crezca y el bebé salga por ella.

Libby bostezó y se rascó los ojos, mientras Harry asimilaba toda la torrente de aclaraciones que ella le soltó.

-Mira, Harry, Hermione no le ha dicho nada a sus padres, ni a James, esperaba darles la noticia contigo, cuando se te pasara tu periodo de indignación e incomprensión, pero como te le ibas a adelantar pues... pum.

Harry la miró durante unos segundos y ella le sostuvo la mirada, aunque los ojos le pesaban bastante, estaba que se dormía.

-¿Cuándo te enteraste? – le preguntó él, un poco más sereno.

-Al rato que te marchaste. Imagínate, prefirió decirte primero a ti que a mí. Cuando ingresé a su habitación estaba muy triste y allí fue cuando me soltó la bomba... y se puso a llorar.

-No trates de hacerme sentir culpable – le reprochó Harry.

-Yo no trato de hacerte sentir culpable... es que tú eres culpable.

En ese momento Ron hizo su aparición en la sala, rojo como un tomate y no se atrevió a mirar a Harry. Libby seguía con cara de sueño y con la cabeza ladeada.

-Por qué no te acuestas a dormir un poco – le propuso Harry, ella lo miró con aprehensión –. No me moveré de aquí, lo juro.

Libby lo miró con los ojos entornados, o eso creyó Harry porque también parecía que los hubiera cerrado del todo.

-Voy a confiar en tu palabra... Y deberías hacerte algo en la nariz, la tienes un poquito roja.

Se levantó mientras Harry seguía sentado y sintiéndose sumamente minúsculo. Abrazó a Ron y le dijo:

-¿Dónde voy a dormir?

-Porque no duermes en mi cama – le propuso él, avanzando con ella y sin soltarla –. Ya está hecha pero te la preparo, mientras, yo veo un poco de tele.

-Bien, la tele me arrulla.

Harry se quedó toda la mañana allí sentado, analizando las palabras de Libby. Resultaba que Hermione en el fondo si quería vivir con él, pero por lo que pudo comprender, ella tenía miedo. Además, si vivía en Inglaterra posiblemente no tendría ningún trabajo y Hermione siempre ha sido una mujer independiente y fuerte, desde que era una niña. Lo otro era para darles la noticia a sus padres y a James, ella pensaba hacerlo en su compañía, eso quería decir que no pensaba alejarlo y que no rechazaba su apoyo. Cuando Harry volvió a la realidad lo hizo porque el estomago le rugió de hambre. Con mucha lentitud preparó un almuerzo sencillo y en cuanto estuvo listo Ron y Libby aparecieron en la cocina.

-Conste, no me fui – le dijo Harry a Libby de inmediato.

-Si, ya sé – contestó ella con una reluciente sonrisa. La dormidita le había servido muchísimo.

-¿Qué cocinaste? Tengo un hambre de miedo – dijo Ron, revisando las ollas que Harry había utilizado.

-¿Qué hora es? – preguntó Libby minutos después, cuando disfrutaban del pollo frito que Harry había cocinado.

-Dos con veinte – contestó éste, observando su reloj.

Libby se atragantó con la comida, Ron le dio unos golpecitos en la espalda para que le pasara.

-Se me olvidó... – susurró ella, después miró a Harry –. Hoy Hermione tiene su primer control.

-¿Qué?

-Si, en cuanto deje a James en la escuela va para allá... Y no vas a protestar porque no te dijo nada – le advirtió ella –, si estabas furioso.

Harry no comentó nada, en su lugar se levantó de la mesa, dejando a un lado su almuerzo y comenzó a buscar algo que le sirviera de prenda.

-Oye, ¿y no tenías que trabajar hoy? – le preguntó Ron a Libby.

-Si, pero no pasa nada si falto de vez en cuando. Además, con lo que me hicieron trabajar la semana pasada pues estoy pasando factura.

Un par de minutos después Harry se traslado a la casa de Hermione, apareciendo en la cocina. Crookshanks estaba en ella, tirado sobre el piso al lado del horno y en cuanto vio a Harry se acercó a él y se rascó en su pierna. Sin perder un segundo con el animal, Harry fue en busca de Hermione o James, tal vez aún no habían salido de casa. Al doblar en la sala e ir directo a sus habitaciones, se encontró con James, que lo recibió con un chillido.

-Hola – chilló el niño, lanzándose al cuello de Harry. Él se había agachado.

Cuando Hermione escuchó el chillido del niño salió como una flecha de su habitación, con el abrigo torcido y mal puesto.

-Ah, eres tú – dijo ella, más tranquila –. No vuelvas a gritas así, James.

-No, mami – repuso James mansamente, sin soltar a Harry.

-¿Y dónde está Libby? – preguntó ella, mirando hacia la puerta de su amiga.

Harry estuvo a punto de decirle que se encontraba en su casa, pero desistió porque además tendría que explicar las razones por las que ella estaba allí. Así que se limitó a encogerse de hombros, James lo imitó.

-Bueno, la veré en la tarde – comentó Hermione distraídamente, terminando de acomodarse el abrigo y colocándose un gorro –. ¿Todo listo, James?

-Si... – contestó, señalando su espalda, o mejor, su mochila.

-Bien, vamos.

Afuera la nieve inundaba los extremos de la calle, taponando los desagües. Hermione sacó de su bolsa las llaves de su auto, que estaba con una fina y delgada capa de nieve sobre él. Harry se ofreció a conducir.

-Si la "maestla" nos deja "salil" hoy – les contaba James mientras Harry conducía hacia la escuela –, voy a hacer muñecos de nieve.

Harry y Hermione se miraron y sonrieron. Cada vez la fluidez vocal de James iba aumentando.

-Haces uno muy grande – le dijo Harry, muy contento –. Pero Libby se pondrá furiosa – Y automáticamente se llevó la mano a la nariz.

-¿Qué ocurre? – le preguntó Hermione.

-Nada... solo me picó un poco la nariz.

Esperaron fuera del auto hasta que James ingresara en la escuela. Aunque no estaba haciendo mucho frío, todos iban muy bien abrigados. Un grupo de niños aparentemente de tercer grado pasó cerca de ellos, lanzándose bolas de nieve.

-Vamos – le dijo Harry con rapidez.

-Harry... – susurró Hermione tímidamente, cuando ambos estaban dentro del auto y sin encenderlo.

-Dime.

-Hoy tengo el primer control.

-¿Si? – dijo Harry, aparentemente sorpresivo.

-¿Quieres acompañarme?

Harry solo asintió.

-Y a cuál hospital vamos – dijo él cuando emprendieron marcha.

-A ninguno – Harry la miró –. Este primer control me lo va a realizar una bruja obstetra.

-¿Una, qué?

-Bruja obstetra – repitió ella –. Es como los ginecólogos muggles, pero es bruja.

-¿Y por qué no con un doctor muggle?

-Porque quiero saber ciertas cosas y a esta etapa del embarazo un médico muggle no me las puede decir.

-¿Y tu trabajo?

-Pedí el día libre... gira a la derecha.

Se dirigieron hasta un suburbio a las afueras de Queens, demorándose más de una hora en viajar. Las casas eran grandes y muy antiguas, la mayoría de ellas levantadas en ladrillo y tanto los techos y los jardines estaban cubiertos por una gruesa capa de nieve, dándoles un aspecto de casitas de chocolate glaseadas. Estacionaron frente a una de las casas más pequeñas que había en la zona, era de dos pisos y no tenía ningún aviso que anunciara que allí residía una bruja obstetra. Al llamar a la puerta un hombre muy pequeño los atendió.

-¿Diga?

-La señora Maecha, por favor – le dijo Hermione con timidez.

-¿Quién la solicita?

-Hermione Granger.

-Sigan y siéntense...

El pequeño hombre les indicó sentarse en la sala. Para ser una casa de bruja era bastante normal, los muebles eran iguales, tapizados en color blanco y con cojines en tonos tierra. La chimenea estaba encendida, así que Harry esperaba que en cualquier momento una cabeza apareciera por allí. También tenía cuadros y pudo distinguir a un par de ellos que se movían, pero en cuento los miraba con mayor detenimiento estos se quedaban congelados y sus ocupantes ponían caras de mojigatos. A los pocos minutos de esperar llegó a la sala una bruja de mediana edad, alta y negra, con un turbante en la cabeza adornado por una gema roja, vestida de jeans y un chal de lana entre los brazos, sonriéndoles ampliamente.

-Buenos días, bienvenidos – les dijo, realizándoles una suave reverencia con la cabeza –. Soy Madame Maecha. ¿En qué les puedo servir?

-Buenos días – dijo Hermione, levantándose –. Soy Hermione Granger y deseo que me consulte. Estoy embarazada.

-¡Oh, el milagro de la vida! – exclamó Madame Maecha en tono soñador –. ¿Y el joven es...?

-El padre – la interrumpió Hermione.

Madame Maecha volvió a hacerle una suave reverencia con la cabeza, como aprobando su presencia allí, de pronto se fijó en su cara y en su cicatriz para después abrir los ojos como platos.

-¡Por Changó...! si es Harry Potter

-Si, todos me dicen lo mismo – dijo Harry.

-Le rogaría, por favor, que fuera discreta con esto – le pidió Hermione.

-No te preocupes, querida. Si hay algo que hay que aprender de los medicuchos muggles es la ética profesional. Síganme, por favor.

Avanzaron con ella por la casa. Cuando subían por las escaleras los cuadros colgados a lo largo de ella señalaban a la pareja y cuchicheaban, la mayoría de ellos eran de magos y brujas negros, fumando tabaco. Uno gritó: "Abajo Castro"

-¿Es usted cubana? – le preguntó Harry.

-Cubana y balcera – dijo ella con orgullo –. Estaba muy pequeña cuando llegué a este país y mis padres no conocían nada de la magia... Hubieran esperado unos cuantos años más y les hubiera fabricado un traslador – agregó para si misma, mirando hacia el cielo.

-Pero, entonces... ¿en Cuba no hay escuelas de magia?

-Claro... que Castro no las conozca es diferente – le informó la bruja, ingresaron en la primera puerta que encontraron en el segundo piso –. Menos mal que a él le basta con los santeros.

-Pero ellos también son magos – dijo Harry.

-No – lo contradijo Madame Maecha con tranquilidad –. Son squibs que pueden hacer algunos conjuros sencillos y se han especializado en botánica, pero no pueden realizar un solo hechizo con una varita mágica. Muy bien, recuéstese en la camilla, por favor – le indicó a Hermione.

Hermione se quitó el abrigo y luego hizo lo que le indicaron, mientras Madame Maecha se subía su chal y sacaba del bolsillo de su jean su varita mágica.

-Tenga la amabilidad de desabrocharse el pantalón – le dijo a Hermione – y súbase un poco el suéter.

Bajó un poco el pantalón de la chica, hasta que el vientre le quedó por completo descubierto. Apuntó su varita sobre él murmurando:

-Imagen Gravidanza

De su varita salió una fina luz azul clara que atravesó el vientre de Hermione, segundos después del vientre de la chica salió la misma luz, formando una especia de pantalla de televisión de catorce pulgadas, en la que claramente se vio una especie de gusanito color beige, enroscado.

-¿Qué es eso? – preguntó Harry anonadado, sentándose al lado de Hermione y tomándole la mano.

-Es el embrión – contestó Madame Maecha, señalando la imagen con su varita.

-¡Tan grande! – exclamó Harry.

-No – repuso Madame Maecha, a punto de reírse por la ignorancia de Harry –. Está amplificado 1500 veces. En estos momentos el embrión es tan grande como un grano de arroz y no pesará más de cinco gramos. ¿Ven estos circulitos negros? – les preguntó a ambos, señalando con la punta de su varita una especie de cápsula negra ubicada en lo que parecía ser la cabeza –. Esos son los ojos.

-¿Será de ojos negros? – preguntó Harry.

-No se sabe – reconoció la bruja –, todos los embriones los tienen así, en un par de meses los cerrará y comenzará el desarrollo de sus nervios ópticos. Ahora, ¿ven estas cuatro protuberancias? – ellos asintieron cuando ella señaló cuatro palitos que salían del embrión, dos arriba y dos más abajo –. Esos serán los brazos y las piernas. Y por lo que veo, todo anda de maravilla.

Hermione apretó la mano de Harry, embargada de emoción.

-¿Y eso...? – preguntó él, emocionado, señalando una quinta protuberancia –. Eso es de un niño, ¿verdad?

-No.

-¿De una niña?

-Tampoco.

-¿Entonces? – preguntó él, confundidísimo.

-Eso será su órgano genital, puede ser tanto de niño como de niña – explicó Madame Maecha –. Por eso los médicos muggles solo pueden decir el género del feto a mitad del segundo trimestre, porque para esa etapa el órgano genital ya está completamente desarrollado y puede distinguirse externamente, o sea, a través de las ecografías.

-¿Tenemos que esperar tanto? – inquirió Harry.

-Para nada – repuso la bruja con una sonrisa –. El género del bebé se define después de la segunda semana de gestación, cuando los cromosomas X y Y se han fusionado y definen el sexo, el color de la piel, los ojos y el cabello, además de si será una persona alta o baja, de qué enfermedades padecerá, etc. Nosotros los brujos tenemos una gran ventaja sobre los muggles, porque después de la segunda semana de gestación, con un sencillo conjuro, podemos conocer si será niño o niña.

-Por eso te dije que quería venir donde ella – le susurró Hermione a Harry –. Para qué esperar cuatro meses más.

-Bueno, bueno – comentó la bruja, analizando nuevamente la imagen con su varita –. El tamaño es el ideal, anatómicamente no le hace falta nada, el corazón funciona con normalidad... Repito, todo está muy bien. Ahora vienen las recomendaciones: nada de esfuerzos físicos, creo que es bastante obvio. Nada de alimentos demasiado fríos o demasiado calientes...

-¿Por qué? – la interrumpió Harry.

-Porque en el momento de tener las contracciones no las soportaría – le explicó Madame Maecha –. Verá, las bebidas y alimentos fríos perjudican notablemente la matriz, enfriándola como es lógico. Al momento de dar a luz, las paredes de la matriz se encogen y por eso hay muchas mujeres que gritan como locas en las salas de parto, ellas no se cuidaron. Con las comidas muy calientes lo que ocurre es que puede alterar el comportamiento del feto. Bueno, siguiendo con las recomendaciones, es aconsejable que camine mucho, eso le ayudará a dar a luz más fácilmente porque dilatará con mayor rapidez, además que es un ejercicio excelente para oxigenar el corazón y por consiguiente, la sangre el bebé. Siguiendo con los alimentos, no es necesario que coma por dos o tres personas, bastará con que sepa distribuir bien las proteínas, minerales, calcio y vitaminas que necesita. Muchas mujeres creen que por estar embarazadas deben aumentar su ración de comida, por eso engordan hasta veinte kilos.

-¿Entonces, cuál es el peso ideal que debe subir Hermione? – le preguntó Harry.

-Lo normal serían ocho... pero si quiere subir hasta veinte, es asunto de ella.

Harry la miró con rapidez, negando con la cabeza, suplicante.

-Bueno – continuó la bruja – y lo que más les gusta a las parejas, pueden tener sexo las veces que quieran.

-¿Qué? – inquirieron ambos al unísono.

-No me digan que ustedes son de los que creen que la mujer embarazada tiene que quedarse con las ganas – les dijo Madame Maecha, sorprendida –. Porque ni siquiera los muggles se creen ese mito.

-¿Y eso no le hace daño al bebé? – le preguntó Harry, temeroso.

La bruja soltó una carcajada.

-Señor Potter, el bebé está resguardado en el útero – le explicó ella con una sonrisa – y ni siquiera el miembro más largo del mundo puede llegar al útero. Eso si, nada de practicar posiciones contorsionistas.

Volvió a tocar la imagen del embrión con su varita y ésta se esfumó, dejando un hilillo de humo en su lugar.

-Bueno, ¿quieren saber si será niño o niña?

Harry miró a Hermione y asintieron a la vez.

-Muy bien – Madame Maecha volvió a apuntar el vientre de Hermione con su varita –. Esto es muy sencillo, en cuento pronuncie el conjuro aparecerá un círculo sobre la zona, si es rojo sangre será niño y si es rosado será niña... Genere Riveli.

De inmediato, en la zona donde había apuntado la varita de la bruja apareció un círculo, casi del mismo tamaño de un galeón. Harry creyó que el tiempo se hacia eterno, no distinguía, ¿eso qué era: rojo o rosado?