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EL NUEVO HÉROE
El siguiente capítulo puede contener material sensible para los menores de edad. Se recomienda la supervisión y orientación de un adulto.
-¿Y bien? ¿Qué es? – preguntó Harry.
-¿No lo ve? – le preguntó Madame Maecha, sorprendida.
-No puedo distinguir – contestó Harry sinceramente. Debido a los nervios resultaba imposible diferenciar el rosado del rojo sangre.
-¿En serio? – dijo la bruja, a punto de reírse.
-Si – gruñó Harry –. Nos va a decir, sí o no.
Madame Maecha abrió los ojos, pero más que una señal de disgusto parecía ser una expresión de burla. Hermione le volvió a apretar la mano a Harry, para que se calmara.
-Estos padres modernos – murmuró la bruja para sí misma –. Es niña.
-¿No es maravilloso? – le preguntó Hermione una hora después.
Desde que la bruja les había confirmado el género del bebé no habían dejado de hablar del asunto. Incluso pasaron por alto los 27 galeones que tuvieron que pagar por la consulta.
-Más que maravilloso – repuso Harry con una sonrisa mientras conducía, Hermione buscaba algo en su bolsa –, es perfecto.
-Creo que es tiempo de decírselo a James – le dijo Hermione en voz baja, sacando su teléfono móvil –. Debemos ser muy delicados con esto.
-¿Por qué? No creo que con el niño haya problema.
-Era nuestro único hijo, Harry – le recordó Hermione –. ¿Cómo crees que se sentirá ahora que sepa que habrá un nuevo bebé en la familia?
-Desplazado... y celoso – contestó luego de pensarlo durante unos segundos.
-Si, por eso debemos hacerle ver lo que en realidad es éste bebé, una compañía y no una competencia.
Harry se mordió el labio inferior ante lo que le esperaba. ¿Cómo le harían saber a James que pronto tendría una hermanita y que no se sintiera rechazado ni amenazado?
-No te preocupes – lo animó Hermione, acariciando su mejilla –. Todo saldrá bien – Marcó un número telefónico y al esperar unos segundos y no recibir respuesta comentó -: Pero bueno, ¿dónde se metió Libby?
Siguieron recorriendo el condado durante mucho tiempo, Harry se metía por todas las calles bonitas que encontraba, para conocerlas y matar el tiempo, comentando animadamente todas las cosas que les había dicho Madame Maecha.
Antes de ir por el niño a la escuela, compraron un poco de comida para almorzar en la casa y así evitar que Hermione cocinara. Al ver a su hijo salir con sus compañeritos, riéndose y hablando animadamente a Harry se le revolvieron las tripas. Si era verdad lo que le insinuaba Hermione, que James podría sentirse incomodo y en cierto caso rechazar a su hermanita, la labor que le esperaba sería un poco complicada. Se imaginó la carita de su hijo replicando y reprochando atención cuando estuvieran pendientes de la bebé y no de él. Se lo imaginó mirándola con rencor y recelo, acostadita en su cuna. Robándole los juguetes o pegándole en la cabeza con un oso de felpa.
-Harry...
-¿Qué? – contestó él distraídamente.
-Arranca – le dijo Hermione.
Estaba tan absorto en sus pensamientos que no se fijó en qué momento los tres abordaron el automóvil.
-¿Vas a "seguil" viniendo "pol" mi todos los días? – le preguntó James con entusiasmo.
Harry y Hermione se miraron, un tanto serios.
-No – contestó Harry a su pesar, recordando que Hermione le había pedido tiempo para acomodarse a la situación –. Pero lo haré cada vez que pueda, lo prometo.
-Ah – se lamentó James con la voz apagada.
-¿Cómo estuvo tu día, cuéntanos? – le preguntó Hermione con rapidez, para que abandonara su triste expresión.
-Tanque...
-¿Tanque? – preguntaron Harry y Hermione a la vez.
-El "hulón" – aclaró James –. Se escapó de la jaula "polque" Jenny la dejó "abielta", entonces tuvimos que "suspendel" la clase "pala" "cogelo" y no se "peldiela" del todo "polque" se "muele" de "hamble" "pol" ahí...
Hasta que llegaron a la casa de Hermione James siguió hablando de Tanque y de sus intentos por dejar regalitos por todo el salón de clases. Decidieron darle la noticia después de almorzar, para que de esa manera el niño se alimentara como es debido y no rechazara la comida en caso de armar una pataleta. Fueron hasta la sala, donde los tres se sentaron en el sofá, James en medio de sus padres.
-Vamos a decirte algo muy importante – comenzó Hermione, hablando con paciencia y una tranquilidad que Harry hubiera deseado tener.
-¿Ah, si? – preguntó el niño, mirándola primero a ella y luego a Harry.
-Si – confirmó su madre – ¿Sabes lo que eres para nosotros, verdad?
James negó con la cabeza, confundido.
-Eres nuestro orgullo, nuestro tesoro, lo más bello que hay en el mundo – le dijo ella.
-¿Lo soy?
-Claro que lo eres – le confirmó Harry, las manos le sudaban –. Desde que te vi por primera vez me identifiqué mucho contigo, incluso antes de saber que eras mi hijo. ¿Lo recuerdas?
-Más o menos...
-Bien, eso significa que el lugar que tienes en mi vida y en mi corazón nunca será desplazado ni reemplazado por nadie – continuó Harry, hablando con más confianza y convicción – y tampoco en el corazón de tu madre.
-Si viene otra persona – siguió Hermione –, ella jamás será una intrusa porque tú tienes tu lugar en esta casa y con nosotros, también con tu tía y tus abuelos...
-¿Y Ron también? – la interrumpió James.
-Y Ron también – afirmó ella con una sonrisa –. Lo que tu padre y yo queremos decirte es que...
-Eres un héroe – la interrumpió ésta vez Harry.
-¿Qué? – exclamó Hermione, sorprendida.
-Si, un héroe, ¿y sabes qué hacen los héroes? – le preguntó a James.
-¡Salvan al mundo! – exclamó el niño, levantando los brazos.
-Y protegen a la damisela – concluyó Harry.
-¿Cuál damisela? – preguntó James lleno de curiosidad.
-La damisela que pronto llegará a la casa – contestó Hermione, al comprender la intención de Harry – y que no somos ni tu tía ni yo.
-¿Y donde está? Hay que "plotegela" – preguntó, parándose de pronto sobre el sofá y mirando para todos los lados.
Harry lo cogió y lo sentó en su regazo.
-La damisela está aquí – le aclaró Hermione, tocándose el estomago con las manos.
James los miró a ambos sin entender muy bien lo que le querían decir.
-En unos cuantos meses tendrás una hermanita – le dijo Harry.
James abrió levemente la boca, sin apartar la vista de el estomago de su madre.
-¿Si?
-Si, y ella te quiere mucho, más que a nada en el mundo – susurró Hermione acariciándole la cara – y sabe que contigo se sentirá segura y amada, porque eres el mayor y el hermano mayor es...
-¡EL HÉROE! – exclamó James, levantando nuevamente los brazos.
-Bueno, si, el héroe – aceptó Hermione sin dejar de sonreír. James había aumentado otra palabra a su renovado vocabulario.
-Y me imagino que le enseñarás a ver Bob Esponja – observó Harry.
-¿Puedo? – preguntó James, abriendo notablemente los ojos. Tanto Harry como Hermione asintieron – ¡Si! ¡Bob Esponja!... ¿Y cuándo llega?
-En agosto – contestó Hermione.
-¿Y cuándo es agosto?
-Todavía falta mucho para agosto – repuso Harry.
-¿Y qué voy a hacer hasta entonces?
-Nada – dijo Hermione, después se corrigió –: La tarea.
-Hoy no tengo – repuso James distraídamente –, "glacias" a Tanque.
-Tendré que hablar con la madre de Tanque... – comentó Hermione, observando a su hijo con suspicacia. James se limitó a encogerse de hombros.
Harry concluyó que todo había resultado muchísimo más sencillo de lo que se imaginó, hasta en sus más optimistas especulaciones no se esperaba un resultado tan positivo. Sin duda alguna él y Hermione hacían un gran equipo. Durante el resto de la tarde Harry se quedó acompañándolos, viendo a James dibujar mamarrachos con la estupenda caja de colores y pinturas que Ron le regaló en Navidad, Hermione se limitó a examinar unos documentos que le llegaron vía lechuza, aparentemente de la redacción de la revista y en todo ese tiempo Libby no se apareció. Solo lo hizo hasta que cayó la noche, antes de que James se alistara para ir a la cama.
-¡Llegó la reina! – anunció ella, entrando por la puerta principal.
-Hay "otla" "leina" – le aclaró James con solemnidad.
-¿Quién está usurpando mi lugar? – le preguntó ella, aparentemente ofendida.
-¿Ah? – balbuceó James.
-¿Quién es? – redujo ella el comentario.
-La damisela...
-¿Cuál damisela? – le preguntó Libby, extrañada.
-Mi hermanita.
Libby gritó o más bien chilló. Cargó a James con tanta rapidez que el niño no se dio cuenta en que momento estaba siendo apachurrado por los brazos de la chica.
-Tu quinta palabra con ere... – dijo ella, maravillada.
-Séptima – murmuró Harry.
-¿Cómo? – inquirió Libby, sin soltar a James.
-Quinta – intervino Hermione con rapidez –. ¿Y dónde estuviste todo el día?
-En la calle – se limitó a decir ella con una reluciente sonrisa, se sentó en el sofá con James en su regazo –. Conque es niña... ¡que emoción!
-Si, nos lo confirmó Madame Maecha ésta mañana – le informó Hermione –, Harry me acompañó.
-Tan bonito – comentó Libby como quien no quiere la cosa –. Y qué, ¿cómo se llamará?
Harry y Hermione se miraron.
-No hemos pensado en eso aún – admitió Harry.
-Se llama hermanita – intervino James, tirando del abrigo de su tía.
Libby volvió a chillar y abrazar al niño, mientras él hacía mala cara por estar siendo apachurrado con tanta frecuencia.
-Bueno, hay tiempo suficiente para pensar en un nombre ¿no? – dijo Libby. James se aplastaba el cabello con ambas manos, mirándola como si estuviera completamente chiflada –. Pero si deciden más rápido mejor, así la bebé se acostumbrará a su nombre desde antes de nacer y eso desarrollará con más rapidez su inteligencia.
Hermione la miró con las cejas levantadas.
-No solo veo NBC – argumentó Libby –, también veo Discovery Healt.
-Libby tiene razón – le dijo Hermione a Harry –, es bueno ir pensando en un nombre para la niña. Yo buscaré en los libros de magia que tengo en el sótano unos cuantos de brujas que hayan sido importantes para la historia de la magia, o creadoras de conjuros y hechizos, también de aquellas que hayan luchado por los derechos de las criaturas mágicas...
Libby dio un gran bostezo y se rascó los ojos. Dejó a James en el sofá y se levantó.
-Bueno, ahí se ven... tengo sueño – les dijo, saliendo de la sala –. Buenas noches.
-Es hora que tú también te vallas a dormir, James – dijo Hermione, mirando su reloj. Era las ocho de la noche.
-Si, el héroe necesita dormir – dijo James con solemnidad.
-¿Escuché algo? – preguntó Libby a lo lejos.
-Nada – gritó Hermione con rapidez. Si Libby se daba cuenta que James decía otra palabra con ere, podría el grito en el cielo.
-Evanesco – murmuró Harry, apuntando con su varita a todas las cosas que James esparció sobre la mesa de la sala para dibujar.
James se durmió con mucha rapidez, nada más se puso el pijama y se arropó bien en su cama y quedó fundido.
-Estuvo muy bien lo del héroe – le dijo Hermione, apagando la luz de la lámpara del niño.
-Se me ocurrió a última hora – reconoció Harry, saliendo de la habitación –. A los niños les gusta ser héroes, ¿no?
-A todos – repuso Hermione, cerrando la puerta –. ¿Pero si James se vuelve sobre protector con la niña? Ya viste cómo era Ron con Ginny en el colegio.
Harry la miró durante unos segundos, ¿y si eso resultaba?
-No... – vaciló él – ¿o si?
-Habrá que trabajar en eso – dijo Hermione, encogiéndose de hombros.
-Hermione... quería pedirte disculpas por lo que te dije la semana pasada – le dijo Harry en voz baja –, yo...
-No creas, Harry – lo interrumpió ella, también en voz baja –, entiendo perfectamente tu actitud. Esperas cosas de mí que aún no puedo darte y te sientes frustrado por eso, lo único que te pido, por favor, es que me des tiempo. Y no te preocupes, no pienso alejarte de esta bebé como te alejé de James, yo no vuelvo a cometer ese error.
Harry intempestivamente la abrazó.
-No solo por la actitud que tuve contigo la semana pasada te pido perdón – dijo él susurrándole al oído, sin soltarla –. También te pido perdón por lo agresivo que fui en aquel estacionamiento, cuando estabas esperando a James – Tomó aire para organizar mejor sus palabras. Hermione permanecía callada, abrazándolo con fuerza –, el impulso que tuve me hizo obrar de una manera insensata y un poco cruel, que te asustó y te obligó a desaparecer en mis narices...
-Eso ya hace parte del pasado, Harry.
-Pero es algo que siempre tuve entre pecho y espalda... – repuso Harry –, y estoy seguro que para ti también.
Hermione guardó silencio, Harry sabía lo que significaba. Le dio un delicado beso en la mejilla para después mirarse.
-Es hora de irme – le susurró a Hermione, ella asintió –. Que duermas bien.
Se dieron un corto beso y luego repitieron el abrazo. Al separarse se miraron a los ojos, ambos se sonrieron con serenidad, Hermione tomó la mano de Harry e ingresaron en su habitación. Al cerrar la puerta volvieron a abrazarse apoyándose en ella y el beso que se dieron ya no fue corto ni tierno, sino largo y romántico. Hermione acarició el pecho de Harry, desabotonando poco a poco la chaqueta de éste.
-Quédate conmigo esta noche – le dijo ella en susurró, sin apenas despegar los labios.
Poco a poco cada uno fue despojando de las prendas al otro. Resultaba muy extraño que lo hicieran en una especie de cámara lenta, sin afanes, como disfrutando pacientemente con cada contacto y cada caricia que se daban.
Cuando al fin quedaron en ropa interior se miraron, o trataron de mirarse, porque la oscuridad de la habitación no les permitía verse con claridad. Con un chasquido de sus dedos Hermione hizo que la lamparita de su mesa de noche se encendiera con una tenue luz. Ahora si podían verse mejor, ella usaba un conjunto de top y panti-shorts en color blanco con el logotipo de una marca deportiva que decía NIKE en ellos, Harry tenía unos boxers marcados en la pretina con el nombre de Calvin Klein.
Volvieron a tomarse de las manos y se sentaron en el borde de la cama. Hermione acarició la mejilla de Harry, para después retirarle los lentes y ponerlos al lado de la lamparita. Se besaron nuevamente, unidos en un abrazo, cayendo delicadamente en la cama. Harry tuvo mucho cuidado de no quedar completamente encima de Hermione, pero eso no evitó que estuvieran muy pegados, porque ella enredó sus piernas en las de él.
Mientras más largo e intenso se hacía el beso, más se aflojaba el abrazo, hasta que las manos quedaron completamente libres. Hermione dirigió las suyas hasta las nalgas de Harry, metiéndolas por debajo del bóxer y apretando la zona con un poco de fuerza. Él se limitó a bajar los tirantes del top y besar los hombros de Hermione con delicadeza.
El primero en quedarse completamente desnudo fue Harry, Hermione se las había ingeniado, no se sabe cómo, para retirarle el bóxer. Al Harry notar la desventaja en la que se encontraba le retiró con rapidez el top y estaba dispuesto a ir directo hacia la otra prenda cuando una vez más los senos de su amante capturaron su atención y antes de que se diera cuenta ya había posado sus labios en uno de los pezones.
Hermione arqueaba la espalda cada vez que Harry succionaba con fuerza. Él aprovechaba cada uno de esos movimientos para retirar lentamente las pantaletas de la muchacha. Al estar ya sin nada que los cubriera dejaron que sus manos recorrieran el terreno del otro. Se acomodaron mejor sobre la cama, Hermione tenía su cabello esparcido sobre la almohada, tan enmarañado como siempre. Harry se acomodó a su lado, apoyándose sobre su brazo izquierdo. La miró, algo le impedía seguir.
-¿Qué pasa? – le susurró Hermione –. ¿Tienes miedo?
Harry asintió, Hermione sonrió con serenidad.
-Yo también – reconoció ella, acariciándole suavemente la mejilla –, pero confío en ti.
Y dicho esto abrió lentamente las piernas para que Harry se acomodara entre ellas. Él dudó, ¿y qué tal si algo resultaba mal? Volvió a sentir la mano de Hermione acariciándole la mejilla, dándole ánimo para que no vacilara. Harry respiró profundo y sin dejar de mirarla se acomodó entre sus piernas, con sus manos a los costados de ella y apoyando su cuerpo en los codos.
Hermione atrajo la cara de Harry a la suya. Lo besó con delicadeza mientras él se introducía lentamente en ella. Al quedar por completo unidos Hermione dio un pequeño gemido.
-¿Qué fue eso? – le preguntó Harry, alarmado –. Te hice daño, ¿verdad?
-No pasa nada, Harry – repuso ella, dándole un manotazo suave en el brazo –. Y ni creas que voy a dejar de expresar lo que siento...
-Perdón – murmuró él mansamente.
-Solo relájate – le aconsejó ella, para después besarlo de nuevo.
Durante muchos minutos Harry la envistió con suavidad, estaba muy temeroso de provocar algún inconveniente en el embarazo, pero las caricias y movimientos de Hermione le hicieron abandonar esa idea. Poco a poco las gotas de sudor de ambos se mezclaron provocando que sus pieles se tornaran pegajosas y brillantes. Al dejar los temores llegó el placer, no solo para ella sino para él y cuando ya no quedaban energías Harry se dejó caer al lado derecho de ella, completamente exhausto.
Hermione alargó su mano hasta el reloj despertador y lo programó, después se volvió a Harry con una espléndida sonrisa.
-Ves, no pasó nada – le dijo ella, apoyándose sobre su codo derecho.
-Discúlpame por mi ignorancia – repuso Harry, pasando sus dedos entre la melena de Hermione, las raíces de su cabello estaba húmedas.
-Hay que dejar a un lado esos temores, Harry – observó ella mientras sus dedos recorrían con lentitud las cicatrices que Harry tenía en el torso –, si nos dejamos intimidar por esos mitos, nuestra vida íntima será un fiasco.
-Eso es lo que menos quiero – comentó él con una sonrisa. Hermione también sonrió.
Luego de tomar aire por unos minutos volvieron a repetir su entrega para después quedar profundamente dormidos.
El sonido de una alarma logró que despertara, pero sin abrir los ojos, segundos después alguien le zarandeaba suavemente el hombro, llamando su nombre:
-Harry, despierta.
-¡Que! – gruñó él perezosamente, dándose la vuelta para que lo dejaran en paz.
-Ya es hora...
-¿De qué?
-De que te vallas.
Esa frase hizo que se despertara completamente de golpe.
-¿Cómo? – preguntó Harry, incorporándose. Aún estaba oscuro.
-Tienes que ir a tu fisioterapia – aclaró Hermione.
Harry dirigió su vista hasta el reloj despertador, pese a que no tenía puestos los lentes pudo distinguir un número luminoso, el 125.
-Son la una de la mañana, Hermione – replicó Harry con desdén.
-Súmale seis horas – argumentó ella –. Así que tendrás que ir a tu casa a bañarte, cambiarte de ropa y prepararte para tu sesión.
Harry la miró con los ojos entornados durante unos segundos, ¿cómo se le ocurría despertarlo a la una de la mañana para una estúpida sesión de fisioterapia?
-No querrás que te aumenten las semanas de recuperación, ¿verdad? – siguió ella, en un tono de voz bastante acusador.
-No, suficiente tengo con la que me adicionaron.
Hermione volvió a acostarse en la cama, arropándose completamente para seguir durmiendo con el delicioso frío, mientras Harry se enredaba con las prendas de ella esparcidas por el suelo tratando de localizar las suyas a oscuras. Ella encendió la lamparita de su mesa de noche para que Harry pudiera vestirse con más acierto, le pasó los lentes y así pudo localizar sus cosas con mayor suerte. Cuando estuvo completamente vestido tomó la media que no se había puesto para conjurarla y regresar a su casa, pero antes se acercó a Hermione y le dio un suave beso en los labios.
-Nos vemos después – le susurró al oído.
-Llámame en cuanto salgas.
-Muy bien, Harry – le decía el doctor Morgan esa mañana, estaba por finalizar la tormentosa sesión –. La tensión que su codo puede soportar está muy cerca de la que estaba acostumbrado anteriormente, eso es una maravilla.
Harry a duras penas sabía lo que estaba levantando y movilizando de un lado para otro, como había estado tantas horas despierto y había dormido poquísimas, el sueño estaba por vencerlo. Ni siquiera el baño que se había dado en su casa antes de ir a la consulta logró espantar su cansancio.
-¿Entonces para la próxima semana finalizamos? – preguntó Harry, evitando con todas sus fuerzas bostezar.
-Por supuesto – dijo el doctor Morgan con entusiasmo –. Tuvo mucha suerte con las pociones que le envió mi abuela, gracias a ellas su recuperación fue más rápida y eficaz... Pero aún me preguntó por qué lo habrá hecho – agregó de manera pensativa, mirando hacia el techo.
Harry se encogió de hombros, no le interesaba explicarle a su doctor, a esas horas de la mañana y con semejante sueño, las verdaderas razones por las cuales su abuela había sido tan amable con él.
Al salir del consultorio y desearle los buenos días a la recepcionista, Harry vio al señor Burke, el director de la revista La Transformación Moderna. Aún iba en muletas y su pierna estaba protegida por una férula.
-¡Qué tal, señor Potter! – lo saludó con entusiasmo.
-Muy bien, gracias, ¿y usted?
-Mejor de lo que quisiera – contestó el señor Burke con pesar.
Harry recordó que él deseaba por todos los medios recuperarse en el mayor tiempo posible, entonces se le ocurrió una idea.
-Me gustaría hablar con usted en privado – le dijo Harry.
-Claro, por qué no va a la redacción de la revista mañana en la tarde – repuso el señor Burke –, a eso de las tres.
-¿Y dónde queda la redacción?
-En el callejón Diagon, por supuesto, local 105.
Nada más en regresar a su casa se metió en su cama, arropándose cómodamente. Ron ingresó en su habitación, sentándose a su lado y zarandeándole el hombro para hablar con él antes que se durmiera.
-¿Cómo te fue? – le preguntó su amigo, muerto de curiosidad –. Cuéntamelo todo.
-No me fastidies, Ron – replicó Harry –. Tengo sueño.
-¡Ah, no! ¡A mi no me vas a dejar con la incertidumbre...! ¿qué es, niño o niña?
-Llama a Libby para que te lo cuente – le propuso Harry, gruñendo entre dientes.
-Libby no es la madre – repuso su amigo –. Deja de ser tan desconsiderado conmigo.
Harry bufó con impaciencia, si en realidad quería dormir tendría que saciar las ansias de conocimiento del pelirrojo.
-Es niña... ¿satisfecho?
-¿Qué? – inquirió Ron, parándose de inmediato –. ¿Niña? ¡No!
-¿Qué tiene de malo que sea niña? – preguntó Harry con altanería, se había olvidado por completo de sus intenciones de dormir.
-Pues de malo nada... pero es más fácil criar niños – contestó su amigo con solemnidad –. Con las niñas tienes que estar pendiente que los chicos no anden tras ellas, o consolarlas cuando una amiguita suya es más bonita, o recorrer con ellas todo el centro comercial para encontrar un vestido que les guste...
-Después hablamos de eso... ¡Ahora déjame dormir! – exclamó, tapándose la cabeza con las sábanas.
-Se me olvidaba – dijo Ron, deteniéndose en la puerta –. Estorbo llamó ayer diez veces, dice que quiere hablar contigo y que... ya se le pasó el enfado – agregó en tono de burla.
-¿Libby se dio cuenta? – preguntó Harry con rapidez, mirando a su amigo.
-¿Qué tiene que ver ella en esto?
-Ella puede contarle a Hermione.
-Pues ella fue quien recibió casi todas las llamadas – le dijo Ron, con una sonrisa burlona –. De la que te perdiste... Y tranquilo, no va a decir ni pío.
En cuanto el pelirrojo salió, Harry tomó su teléfono móvil y llamó a Hermione, tal como habían quedado.
Al día siguiente después que salió de la fisioterapia Harry almorzó su casa, desde allí se trasladaría al Callejón Diagon por la red flu para la cita que había acordado con el director de la revista. Antes de tomar los polvos por la chimenea apareció la cabeza de la señora Weasley, que lo saludó un poco apurada.
-Hola, Harry, querido, gran día ¡eh! – dijo ella con sarcasmo, estaba nevando sin cesar.
-Mejor no puede ser – repuso Harry, acomodándose la bufanda.
-¿Dónde está Ron?
-Ya se lo llamo... ¡Ron!
Su amigo salió de la cocina con una galleta en su boca, y un vaso de leche en la mano.
-¿Gué?
-¡Ron, suelta esa galleta y préstame atención! – replicó la señora Weasley –. Fleur ya dio a luz. Ella y Amelie están bien.
El pelirrojo se atragantó con la galleta ante la inesperada noticia.
-¡Te dije que soltaras la galleta! – lo siguió reprendiendo su madre –. Bill está en estos momentos con ellas en tu habitación...
-¿No me vas a decir que la tuvo en mi habitación? – inquirió Ron, estupefacto de solo imaginarlo.
-Así es – confirmó la señora Weasley –, y espero que pronto te aparezcas para que conozcas a tu sobrinita – agregó con la voz melosa. Ron puso los ojos en blanco –, y tu también, Harry, siempre eres bienvenido.
-Gracias...
-Bueno, me voy porque hay que avisarles a Fred y George...
Y con un ¡plin! la cabeza desapareció.
-Tengo que ir a comprarle algo a la niña – masculló Ron, tratando de masticar lo más rápido posible lo que quedaba de galleta –. ¡Cómo se les ocurre traerla al mundo en mi habitación! – exclamó indignado, bebió un poco de leche y siguió –: Debe oler horrible.
-Yo voy para el Callejón Diagon – le informó Harry, tomando un puñado de polvos –. Si quieres podemos conseguirle algo allá.
-Buena idea – dijo Ron, tomando un abrigo y una bufanda del perchero –. La labor de padre hace que aportes ideas...
Aparecieron en la chimenea del local Artículos de Calidad para el Juego del Quidditch, su tienda favorita. Ron se estaba distrayendo con un nuevo juego de simulación para principiantes cuando Harry lo tiró de la bufanda para que siguieran su camino. Al salir a la calle, la nieve cubría las aceras de ambos lados y aunque en el mundo muggle nevaba allí no. Los vidrios estaban empañados por el frío y los pocos transeúntes, todos muy bien abrigados, hacían círculos en ellos para poder ver las vitrinas. Harry se detuvo en el local 87: Regalos y chucherías para toda ocasión mágica.
-Creo que aquí encontrarás algo – le dijo a su amigo.
-¿Qué le regalo? – preguntó Ron, alarmado –: ¿Un set de maquillaje, ¿La agenda con el grupo de música de moda, ¿O la foto autografiada de algún cantantucho?
-¡Ron, nació hoy! – le recordó Harry, exasperado –. Compra algo bonito y tierno... y ya, o pídele ayuda al dueño del local.
-¿Y tú adonde vas? – le preguntó cuando Harry se alejaba.
-Voy al local 105 – se limitó a decir.
Al llegar al local la puerta así como las vitrinas estaban completamente empañadas y sobre la entrada había un letrero en madera, escarchado con la nieve que decía: LTM. Harry ingresó y ante sus ojos quedó un amplio lugar lleno de mesas perfectamente alineadas. Brujos y brujas estaban sentados sobre ellas escribiendo en pergaminos ayudados con plumas vuelaplumas, algunos miraban hacia el cielo, aparentemente hipnotizados mientras la pluma escribía y escribía sin parar. Harry se acercó a la mesa más próxima, la de una bruja ya mayor.
-Disculpe – le dijo a la bruja en voz baja, ella levantó la vista mirándolo con ganas de matarlo –. El señor Burke, por favor.
-¿Departe de...? – preguntó ella con altanería.
-Harry Potter.
La bruja abrió los ojos como platos y de inmediato los dirigió hasta la frente del muchacho, para ver su cicatriz.
-Claro, claro – dijo ella, ahora con mucha amabilidad. Se levantó y condujo a Harry para subir por una escalera –. Por aquí, señor Potter.
Mientras subían, Harry vio como unos cuantos de los escritores cuchicheaban con su vecino, señalándolo y mirándolo con atención, había otros que simplemente seguían en lo suyo, hipnotizados.
La escalera finalizó en una puerta de madera vieja y desteñida, que en el centro tenía la inscripción de director. La bruja llamó a la puerta tres veces y ésta se abrió solita. La mujer asomó su cabeza con disimulo y susurró con un poco de histeria:
-Señor, Harry Potter está aquí...
-Dígale que pase...
-Pase – le dijo la bruja a Harry, haciéndole una reverencia muy parecida a los que hacen los muggles a la realeza.
Harry ingresó y con un suave movimiento de la mano, el señor Burke hizo que se cerrara la puerta, parecía automática. Su oficina era casi del tamaño de la mitad del salón donde estaban los escritores, aunque dividida en tres cubículos, uno de ellos decía edición y otro jefe de redacción. El piso era en madera y las paredes estaban cubiertas de cientos de caricatura móviles, unas le sonreían y otras cambiaban sus figuras cambiando de un simple dibujo humano a uno de un dragón expulsando llamas, para quemar a los dibujos vecinos que para protegerse saltaban de cuadro en cuadro gritando como locos.
-¿Cómo esta, señor Potter? – le preguntó el señor Burke tratando de levantarse de su asiento con un poco de esfuerzo, Harry corrió hasta él para que no lo hiciera, extendiéndole la mano.
-Muy bien, gracias...
-Tome asiento – le dijo a Harry, señalando uno justo frente a él –. Y dígame, ¿en qué le puedo ayudar?
Harry respiró ondo. Vio cómo detrás del señor Burke pasaba el dragón escupiendo llamas, uno de los dibujos se transformó en un gigantesco extintor muggle, que echó vapor en la boca del dragón apagando por completo las llamas. El dragón se puso a llorar.
-Verá, lo que ocurre es que conozco a una excelente columnista de la revista que imprimen en Estados Unidos – le explicó, tratando de que sonara como un comentario normal – y me gustaría que usted leyera su trabajo para saber si puede aplicar o no a una vacante de la edición que ustedes imprimen aquí.
-Con mucho gusto, pero sabrá que la redacción y el lenguaje que utilizan en Estados Unidos es un poco diferente al de nosotros, así que...
-No hay problema – lo atajó Harry –, ella es británica.
-Entonces así será más sencillo – comentó el señor Burke con amabilidad –. Pero, ¿por qué no me pide que simplemente le de el puesto?
-Porque debe ser merecido – repuso Harry –. Además, ella no aceptaría que interfiriera en esto, por eso solo le pido que lea su trabajo.
El señor Burke se rió.
-Esta bien – dijo –. Dígale que me envíe los pergaminos a ésta dirección y a mi nombre, y lo más rápido posible obtendrá una respuesta.
-Muchas gracias – dijo Harry, feliz – No sabe lo que esto significa.
-Pues creo que mucho para que esté tan contento.
-Y recuerde, si no lo encuentra apropiado dejamos las cosas así. Gracias de nuevo.
Al salir de nuevo al callejón se encontró con Ron, su amigo llevaba una amplia bolsa de regalo con ositos de peluche móviles dibujados en ella.
-Fue más fácil de lo que creí – le dijo el pelirrojo, mostrándole la bolsa –. Compré varias cositas para empacarlas en un mismo regalo, mira...
Entre las cosas que compró estaban unos móviles cantores para la cuna, un par de osos de felpa que decían conjuros y hechizos para hacer chocolate, crear un unicornio en humo y hacer caminar una muñeca y también algo de ropita.
Como el local de los gemelos estaba a unos cuantos pasos, fueron a visitarlos. El local, completamente abarrotado de bromas, petardos, sombreros y dulces estaba casi vacío, Fred y George jugaban a los naipes explosivos para pasar el tiempo mientras llegaba un cliente.
-Hola – los saludó Fred, tirándole una carta a su gemelo –. ¿Qué van a comprar?
-Nada – repuso Ron, vio la baraja de George y señaló una carta –. Vinimos de visita.
-¿Qué es eso? – le preguntó George, señalando el paquete.
-Regalos para Amelie...
-¡Cierto! – exclamó Fred, dejando sobre la mesa sus cartas –. La primera nieta... Hay que hacer algo, George.
-Lo que te dije – dijo su gemelo, dejando también sus cartas –. Crear un sortilegio en su honor...
-Para que quede por toda la eternidad – observó Fred.
-De generación en generación de los Weasley – comentó George.
-Y sea recordado para toda la vida – concluyó Fred –. Mientras, le enviaremos unas flores a Fleur.
Ron abrió los ojos como platos.
-Se me olvidó por completo Fleur – dijo –. Ya vengo... – y salió corriendo del local de los gemelos.
-¿Y cómo están Hermione y James? – preguntó George mientras guardaba el paquete de compras de Ron en un armario.
-Ambos están muy bien – respondió Harry –, en especial Hermione.
-¿Por qué? – quiso saber Fred, cogiendo de nuevo la baraja de cartas.
Harry no sabía si era oportuno contarles, pero tarde o temprano se enterarían, así que no valía de nada la espera.
-Está embarazada, voy a tener otro hijo.
George dejó caer el paquete de compras de Ron y los regalos se regaron por el suelo. Fred se quedó con la boca abierta y en ese instante los naipes explotaron en sus manos, chamuscándole las cejas.
-¡Si que te rinde, Harry! – exclamó Fred, sin prestar a tensión a sus cejas en llamas.
-Deberías aprender más cosas de tu hijo – comentó George, metiendo nuevamente los regalos en la bolsa de compra –. Mira que él si tiene los pies sobre la tierra... ¡Es mi héroe!
Harry arrugó el entrecejo y negó con la cabeza. En ese instante ingresaron al local unos clientes y Fred fue a atenderlos, apagando las llamas de sus cejas con la yema de sus dedos.
-Buenas tardes, bienvenidos. Estamos en promoción por cambio de inventario.
Una de las personas se acercó a Harry, él las conocía.
-¡Hola, Harry! – lo saludó Tommy con entusiasmo. De la mano llevaba una niña da casi diez años, su hermana –. ¿Cómo van tus vacaciones y tu lesión?
-Muy bien – respondió Harry con sinceridad –. La próxima semana finalizo con las fisioterapias – Vio a la otra persona que había llegado con ellos, era Tamara que cogía unos cuantos sortilegios para comprar.
-Estupendo, ¿Y ya hablaste con Ralph?
-Todavía no...
-Y no tienes afán – lo interrumpió su compañero –. Mira, yo no le he dicho que regresé de Portugal hace un par de días, quiero gozar del final de vacaciones en paz.
Su hermanita le tiró la mano, señalando un envase de gotas de cocodrilo que al tomar dos gotas lloras sin cesar por tres horas y con dos más armas pataleta, berrinche y espectáculo.
-Quiero esa – le dijo la niña.
Tommy se acercó al mostrador para observarlo.
-Hola, Harry – lo saludó Tamara con amabilidad. Al parecer si se le había pasado el disgusto.
-Hola, Tamara, feliz año – le deseó Harry.
-¿Cómo van tus cosas? – preguntó ella, pasándole las cosas que había comprado a Fred para que las facturara –. Ayer te llamé y esa chica me dijo que estabas fuera del país haciendo algo muy importante – agregó, refiriéndose a Libby.
-Así es – confirmó él.
-¿Y?
-¿Y, qué?
-¿Y qué era lo que tenías que hacer? – se especificó ella –. ¿Tu hijo está bien?
-Mejor que nunca...
En ese momento sonó su teléfono móvil, se llevó una sorpresa cuando con la persona que habló fue Hermione.
-Hola, ¿estas bien? – le preguntó con preocupación.
-Si, si – dijo ella con rapidez –. Pero necesito que vengas... es James.
-¿Qué ocurrió? – preguntó él de inmediato. Su tono de voz hizo que Fred, George y Tamara prestaran atención.
-Nada grave, Harry – aclaró Hermione con la voz suave –. Pero necesito que vengas ahora...
-¿Dónde estas?
-En el trabajo... puedes venir como quieras...
Harry miró a su alrededor, en el local de los gemelos había una chimenea.
-¿Cómo le hago para ir por red flu?
-Di: 1 Merced Road, Queens.
-George... polvos flu – le dijo en cuanto colgó con Hermione.
-Aquí tienes – le pasó una bolsita para que cogiera un poco –. ¿Qué ocurre con James?
-Nada grave, pero Hermione dice que debo estar allá – contestó cogiendo un puñado –. ¿Le puedes decir a Ron que nos vemos después?
-Claro – contestó George.
-Nos vemos – les dijo Harry a Tommy y Tamara.
-¿Quién es James? – preguntó Tommy.
-El hijo de Harry – contestó Fred, mientras Harry se metía en la chimenea. Tommy lo miró con asombro –. Y a ver cómo le vas a hacer, Harry, porque con dos hijos esa viajadera no será suficiente.
Harry alcanzó a ver cuando Tamara miró con rapidez a Fred, asombrada e impactada por su comentario. Al pronunciar correctamente la dirección que le dio Hermione Harry fue succionado por la chimenea. Resulto un viaje normal por la red flu, con cientos de chimeneas borrosas a su paso y girando sobre sí mismo en un espacio de llamas verdes, lo diferente fue que se demoró diez veces más que trasladarse por ella en Inglaterra, debido a la distancia. Cuando tocó suelo lo hizo sobre unos enormes cojines y al enredarse con ellos se calló.
-Hola – le dijo Hermione, tendiéndole la mano para que se levantara.
Harry la rechazó, ella no debía hacer esfuerzo.
-Hola – la saludó él cuando estuvo parado, le dio un beso en los labios y siguió –: ¿Qué ocurrió?
-Me llamaron de la escuela – le informó Hermione, caminando a su lado por toda la sala en la que había aterrizado y al igual que la revista en el Callejón Diagon, estaba con mesas organizadas en fila, aunque en mayor cantidad y divididas en cubículos con letreros–. La directora quiere hablar con nosotros.
Muchos trabajadores apenas estaban llegando a sus puestos, Harry miró un reloj sobre la pared, eran casi las diez de la mañana.
-¿Por qué no informó desde antes? – le preguntó Harry, atravesaron una puerta que decía Consejo Editorial –. ¿Por qué a ésta hora?
-Porque James se metió en problemas – dijo Hermione, tratando de contener su rabia. Se detuvo en una mesa frente a una ventana, en ella había unas fotos de James, Harry y ella en Australia y cientos de pergaminos y documentos muy bien enrollados y organizados.
-Espera, espera... Cálmate, te puede hacer daño.
-Lo sé – repuso ella, tomando su bolsa y su abrigo. Por la ventana se veía que allí también estaba nevando.
-Y no podemos juzgar a James hasta que no sepamos qué paso.
-También lo sé...
Llegaron a la escuela, quedaba muy cerca de la oficina de Hermione, casi a quince minutos o en otras palabras, a diez calles, la oficina estaba perfectamente camuflada en un local de galletas de arroz. Fueron hasta la dirección, donde una recepcionista los recibió e hizo esperar para que la directora los tendiera. Vieron a James, esperando también, sentado con la cabeza agachada y cruzado de brazos.
