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LA PROPUESTA

Hermione se acercó al niño con determinación, seguramente dispuesta a pedirle una explicación de lo ocurrido, pero Harry se sorprendió cuando ella se hincó de rodillas frente a James y lo abrazó.

-¿Qué fue lo que pasó? – le preguntó ella en voz baja, Harry se sentó al lado de James.

Pero el niño no contestó, estaba mudo, como si los ratones se le hubieran comido la lengua. Hermione lo soltó para después abrir los ojos como platos cuando vio su carita.

-¿Quién te hizo esto? – inquirió ella, tomando su carita con ambas manos.

Harry también lo miró, horrorizándose con el aspecto que lucía su hijo: su ojo derecho estaba levemente morado y las fosas nasales un poco rojas, como si hacía poco hubieran dejado de sangrar.

-James – dijo esta vez Harry, llamando la atención del niño –, dinos qué pasó.

En cuanto James reparó en la presencia de Harry abrió los ojos como platos para después desviar la mirada y bajarla, sin decir absolutamente nada. En ese momento la recepcionista les habló:

-La directora los espera – Señaló una puerta de vidrio opaca que decía "dirección" –. Por esa puerta. El niño se queda allí – agregó cuando Harry se levantó y tomó la mano de James.

Harry llamó a la puerta dos veces hasta que una voz femenina dijo: "adelante". Ambos ingresaron, primero Hermione y después él. Ante ellos estaba la directora, con un apretado moño recogido en la cabeza y unos mechones rizados en color ocre que le cubrían la frente, usando unas gafas delgadas y cuadradas en montura negra que las tenía a la mitad de su protuberante nariz. Sentado frente a ella estaba un señor bonachón de cabello negro y rizado y parado al lado de éste un niño rechoncho de cabello rubio platino, casi blanco.

-Buenos días – les dijo la directora con amabilidad –. Siéntense, por favor.

Como frente a ella sólo quedaba un asiento vacío, Harry lo movió para que Hermione se sentara en él. Harry se paró tras ella.

-Los he llamado – dijo la directora mirando a Harry y Hermione – para que hablemos de la pelea que tuvo su hijo con el alumno Matthew Turner, aquí presente – Miró al niño, él irguió la cabeza – y para que determinemos su castigo.

-Un momento – la interrumpió Hermione –, primero tiene que explicarnos qué fue lo que pasó exactamente antes de adoptar una medida tan drástica. Además – agregó, mirando al niño durante unos segundos, que tenía dos arañazos en la mejilla izquierda –, una pelea es entre dos.

-Su hijo atacó a Matthew – le dijo el señor sentado al lado de ella con severidad –. Aquí están las pruebas – Tomó al niño y se lo mostró, como su fuera una especia de objeto en un juicio por asesinato –, es más que suficiente.

Matthew puso una cara de víctima desvalida que crisparon el genio de Harry.

-¿Pero se ha fijado cómo quedó mi hijo? – preguntó Harry en voz alta, mirando al otro chiquillo con ganas de matarlo –. Está mucho peor que el suyo.

-James atacó a Matthew sin razón aparente – intervino la directora –. El niño no quiere hablar y Matthew nos ha dicho que no le dijo nada para haber sido víctima de tal agresión. Además, hay algo muy extraño aquí... Matthew nos dijo que James le cambió el color del cabello cuando se lo jaló.

Harry miró con mayor detenimiento al niño, si bien era cierto que tenía el cabello casi blanco, sus cejas y pestañas eran de color negro, como las de su padre. Inmediatamente después miró a Hermione y ambos asintieron levemente, James había utilizado magia involuntaria.

-Yo creo que tenía algo untado en sus manos – dijo Matthew, con una voz bastante gruesa para tratarse de un niño –. Seguro cogió algo del laboratorio.

-Imposible – lo contradijo la directora, negando con la cabeza –. Los de kinder no tienen acceso a los laboratorios, solo los alumnos de cuarto en adelante, como tú.

-Un momento – volvió a decir Hermione, volviéndose hacia el niño –. ¿Estas en cuarto?

-Si – contestó Matthew.

-¿Y le pegaste a un niño de kinder?

-Él comenzó – se defendió Matthew –. Y mire lo que me hizo.

-Pero eso no justifica que te hubieras aprovechado de él – dijo Hermione, indignada –. ¿Por qué no llamó a un profesor? ¿O a un monitor de clase? A un adulto que...

-Estoy de acuerdo con usted, señora Granger – la interrumpió la directora. Matthew la miró desconcertado y su padre impasible –. Matthew también tendrá su sanción, pero aquí el problema es James y su agresividad.

-Pero James no ha tenido éste tipo de problemas con nadie – observó Harry, recordando lo que en Halloween había hablado con la maestra de su hijo.

-Hasta el día de hoy – lo corrigió la directora.

-Él ya había peleado conmigo – dijo Matthew y todos los adultos lo miraron.

-¿Cómo es eso? – inquirió su padre.

-Si – ratificó el niño, poniendo nuevamente esa cara de víctima desvalida que sacaban de quicio a Harry –. Fue el año pasado, casi me pega con su correa.

A Harry le vino a la cabeza el día que por primera vez James había ido a su casa, cuando le contó que había un niño de cuarto grado gordo y feo que quería robarle la comida.

-Un momento – dijo Hermione por tercera vez, con un tono de voz bastante suspicaz –. ¿A ti te gusta mucho la comida?

Todos la miraron con sorpresa.

-Si – dijo el niño, asintiendo a la vez.

-¿Y el cóctel de frutas...?

-Con leche condensada azucarada – completó el niño, relamiéndose los labios.

-¿Y el sándwich...?

-De cordero, pero con queso – le informó el niño.

-¿Y el jugo de calabaza?

-Si... rico.

-¿Y James te pegó porque...?

-Le dije que su hermana sería fea y olería a caca – terminó el niño. Luego abrió los ojos como platos y se tapó la boca con las manos, tratando de reparar su metida de pata.

-Gracias – le dijo Hermione con serenidad.

-Entonces si tenemos una razón – dijo la directora, mirando al niño con dureza por haberle mentido y no era la única, su padre lo miraba con mucha severidad.

-Él me empujó primero – chilló el niño –. Me dijo que era un héroe y que nadie le hacía daño a la damisela... ¿cuál damisela? Yo no vi ninguna. Y yo me defendí y le pegué en la cara... – Se quedó mudo al advertir la dura mirada de su padre.

-Termina de contarnos, Matthew – le dijo su padre.

-Él cayó al suelo – siguió el niño con voz temblorosa, sin dejar de mirar con temor a su padre –. Entonces yo me senté encima de él y le di un golpecito en la nariz, no fue muy duro, pero llegó una niña y me arañó. Yo caí al suelo y ahí fue que él se sentó encima de mí y me jaló mucho el pelo.

-¿Cómo puedo estar segura que lo del color de tu cabello tampoco es una mentira tuya? – le preguntó la directora.

-Se lo juro – dijo el niño, suplicante –. Yo tenía mi pelo bueno... Pregúntele a la maestra Raquel.

Harry y Hermione volvieron a mirarse, si la maestra ratificaba que el niño había llegado a la escuela con su autentico color de cabello tendrían que dar muchas explicaciones. Entonces Harry miró al niño y al padre con rapidez para luego volver a cruzar miradas con Hermione, ella miró a la directora y después a él y ambos sonrieron.

-Muy bien, llamaré a la maestra Raquel para que ella nos confirme si usted dice o no la...

La directora había dejado de hablar, Hermione acababa de lanzarle el hechizo modificador de la memoria y no era a la única. Harry había hecho lo mismo con el padre de Matthew que dejó a un lado su expresión severa para ser reemplazada por una más relajada.

-¿Qué es eso? – preguntó Matthew, señalando las varitas de Harry y Hermione. De pronto, echó a correr hacia la puerta.

-Petrificus Totalus – dijo Harry.

El niño unió sus manos al cuerpo y sus piernas se juntaron, cayendo al suelo boca abajo.

-Sólo se les modifica lo de la magia de James, no más – le recordó Hermione.

Harry asintió mientras avanzaba hasta el niño. Le dio la vuelta, Matthew lo miraba asustado.

-Que esto te sirva de lección para que no vuelvas a meterte con los niños pequeños – le dijo Harry con severidad –, y mucho menos para meterse con su familia.

-"Gi" – musitó el niño.

-¿Puedes hacer algo con su cabello? – le preguntó Harry a Hermione.

-Si, no te preocupes – Se acercó a ellos y apuntó con su varita al cabello del niño –. Finite – al instante el color de su cabello volvió al estado natural.

-¿Así de sencillo? – preguntó Harry, él pudo haberlo hecho. Hermione asintió sonriendo – Obliviate – dijo Harry, apuntando son su varita a la frente de Matthew.

-Perdón... ¿qué pasó? – dijo la directora un par de minutos después, saliendo de una especie de trance. Ella, Matthew y su padre estaban en el mismo lugar que estuvieron durante toda la reunión.

-Estábamos por determinar la sanción para James y para éste niño – dijo Harry.

-Sí, sí, muy bien. Como la pelea fue incitada suspenderé a ambos por dos días – terció la directora con determinación, anotando en una hoja – a partir de hoy, podrán regresar a clase el próximo lunes. Ésta falta de indisciplina será reportada en su expediente estudiantil como han de suponer. Señores – les dijo a Harry y Hermione, pasándoles la hoja debidamente doblada – se lo mostrarán a la profesora Oprha para que puedan sacar el maletín de James. Ahora, si me permiten, tengo asuntos que arreglar con el señor Turner.

-Si, directora – repuso Hermione, tomando el papel y levantándose –. Y disculpe por todo éste incidente.

-No ha pasado nada diferente a lo que suele pasar en una escuela – dijo la directora sin darle la mayor importancia –. Que tengan un buen día.

-Al final no resultó lo del héroe – dijo Harry con pesadumbre, mientras iban al encuentro con James.

-Por el contrario – lo contradijo Hermione con serenidad –, se lo está tomando muy enserio y me gusta, de esa manera no se sentirá desplazado. Pero hay que decirle que no recurra a la violencia por cualquier insulto, no queremos un niño agresivo en la casa ¿o sí?

-No, nunca – repuso Harry.

Fueron al encuentro de James. El niño seguía sentado con la cabeza agachada y cruzado de brazos. Harry tomó su mano izquierda y Hermione la derecha, levantándolo para que se fuera con ellos.

-¿Me vas a "castigal"? – le preguntó a Hermione en voz baja, pero ella no dijo nada –. ¿Y tú? – le preguntó ésta vez a Harry.

-No vamos a hablar aquí – le susurró él.

James se quedó callado y bajó la cabeza.

Fueron hasta su salón y al entrar en él los niños de la clase aplaudieron y vitorearon a James con entusiasmo, levantándose de sus asientos. Harry y Hermione se miraron sin decir nada.

-¿Cómo están, señora Granger, señor Potter? – los saludó la maestra Oprha, avanzando hasta ellos y estrechándoles la mano.

-Muy bien, gracias – le dijo Hermione, luego le pasó la hoja que le entregó la directora –. Es para usted.

La maestra Oprha la desdobló y leyó con rapidez.

-Muy bien... James, puedes ir a recoger tus cosas – le dijo con tranquilidad.

El niño la miró durante unos segundos a asintió distraídamente. Avanzó por las mesas grandes y cuadradas, donde se sentaban cuatro niños, hasta una donde estaban sus amiguitos Juan, Scott y Thierry. Tomó su maletín y se despidió de ellos con la mano. Cuando se fue de allí Thierry miró a Hermione y le lanzó un beso con la mano descaradamente. Una niña de la mesa de al lado se tapó la boca para no reírse.

Antes de ir al encuentro con sus padres, James se acercó a otra mesa, donde estaban sentado dos niños y dos niñas y le dijo a una de raza negra y con muchas trencitas en la cabeza:

-Gracias.

-No hay de qué – repuso la niña con desparpajo, moviendo la mano en señal de despreocupación.

-Bueno, James, nos vemos el lunes – le dijo su maestra. Él volvió a asentir.

Hermione decidió no regresar ese día a trabajar para poder estar con el niño, así que se dirigieron a su casa para poder hablar con mayor privacidad. Durante todo el trayecto en automóvil James no dijo absolutamente nada, se limitó a mirar por las empañadas ventanas del mismo como se intensificaba la nevada. Harry y Hermione lo imitaron, intercambiando miradas de cuando en cuando. Al llegar a casa Crookshanks los recibió maullando y fue directo a James para que éste lo cargara, al no recibir respuesta del niño el peludo gato regresó a la sala y se echó frente al radiador de calefacción.

-¿Quieres algo de comer? – le preguntó Hermione a James.

El niño la miró bastante sorprendido y luego atinó a asentir con la cabeza.

-¿Tú también? – preguntó, esta vez a Harry.

-Solo algo de tomar... y caliente.

Hermione tomó la mano de James y así ingresaron en la cocina, seguidos por Harry.

-Siéntate con tu papá mientras preparo algo.

En menos de diez minutos el mesón de la cocina estuvo lleno con humeantes tazas de chocolate y pilas de tostadas con mantequilla. Mientras James comía un poco, Harry que se sentó a su lado le contó a Hermione todo lo referente al nacimiento de la hija de Bill y Fleur. Hermione no pudo aguantar la risa cuando se enteró de la indignadísima reacción de Ron porque utilizaron su habitación para traer al mundo a la niña.

-Es que lo hubieras visto – le decía Harry entre risas –, estuvo a punto de ahogarse en un vaso de agua por definir qué le regalaría a Amelie.

-¿Y al final, qué le compró?

-Déjame recordar... Ah, si: un móvil para la cuna, un osito que decía hechizos...

-¿De esos que les apachurras la pancita? – preguntó ella con un brillo en los ojos.

-Si, ¿cómo lo sabes?

-James tenía uno – le contestó –, pero Argos lo destrozó a picotazos cuando una mañana le habló... Casi lo mata del susto.

-Gracias – dijo James poniendo la taza ahora vacía. Le había quedado un bigote de chocolate sobre la boca.

-Bueno, James – comenzó a decir Hermione, sentada frente a él y mirándolo a los ojos –. ¿Quieres decirnos qué fue lo que pasó con tu compañerito?

-Él no es mi "compañelito" – aclaró James, devolviéndole la mirada.

-Bueno, no lo es – se rectificó ella –. ¿Por qué no nos cuentas a tu papá y a mi qué pasó?

-¿Me vas a "castigal"? – preguntó James con timidez.

-No puedo prometerte nada – repuso Hermione con tranquilidad.

James suspiró, pesimista, bajando la mirada.

-James, queremos escucharlo de ti – dijo esta vez Harry, acariciándole la cabeza.

-Es que... – balbuceó sin levantar la mirada – dijo cosas muy feas sobre hermanita... y le dije que se "callala", "pelo" siguió. Dijo más cosas y lo empujé... – levantó la cabeza y miró a su madre – "pelo" me pegó aquí – se señaló el ojo – y me caí. Y luego se sentó encima mío y me pegó en la "naliz". Jenny lo "alañó" "pala" que me "soltala" y allí le jalé el pelo... llegó una "maestla" y nos llevó a la "dilectola"... y ya.

-¿Y qué fue lo que te dijo? – le preguntó Hermione.

-Cosas feas... que no "quielo" decil "polque" suenan feas.

Hermione miró a Harry y suspiró.

-¿Crees que mereces un castigo? – le preguntó al niño. Él la miró y asintió con pesadumbre. Hermione miró nuevamente a Harry y moviendo los labios le dijo: Bob Esponja.

-Muy bien – intervino Harry al comprender el mensaje de Hermione y con un nudo en la garganta dijo –: Hasta la próxima semana no volverás a ver a Bob Esponja.

El niño apretó los labios, pero claramente se oyó un sollozo.

-James, que esto te sirva de lección para no alterarte con las cosas desagradables que te diga la gente – le dijo su madre, levantándose. Rodeó el mesón y lo abrazó –. Te vas a encontrar con personas más desagradables que él y las cosas no se arreglan a punta de golpes...

Durante el resto de la mañana James permaneció encerrado en su habitación. Harry tuvo unos impulsos enormes de ir a hacerle compañía, pero Hermione siempre lo detenía cogiéndole la mano y negando con la cabeza. Él le devolvía una mirada ceñuda mientras ella le argumentaba que lo hiciera más tarde. Así lo hizo después del almuerzo y mientras Hermione se encargaba de revisar unos pergaminos que le habían enviado vía lechuza desde la redacción de la revista, Harry y James se sentaron en la escalera de las afueras de la casa, aprovechando que había dejado de nevar.

Durante todo el rato que estuvieron allí sentados James no dijo nada. Sentado, entre las piernas de su padre y apoyando su pequeño cuerpo sobre el torso de éste, se limitó a observar cómo Crookshanks constantemente se hundía entre la nieve, saliendo a la superficie con muchísima facilidad y saltando sobre otro pedazo de nieve del jardín para dejarse hundir. Luego James se dispuso a tomar una siesta, completamente aburrido sin poder hacer o ver algo. Harry aprovechó para poder hablar con Hermione.

-¿Te conté que conocí al director de tu revista, pero el de la edición británica? – le preguntó a Hermione como quien no quiere la cosa, sentándose a su lado en el sofá.

-¿De veras? – le dijo ella, levantando su mirada del pergamino y con una aparente curiosidad.

-Si, el doctor Morgan lo está tratando.

-¿Y qué tiene?

-Se fracturó el pie derecho la misma semana que inicié mi fisioterapia – le informó Harry.

-¡Pero esa clase de lesiones pueden arreglarse con un toque de la varita! – dijo Hermione muy sorprendida.

-Pero él no quiso – repuso Harry, encogiéndose de hombros.

-¿Y por qué me comentas eso? – le preguntó ella con perspicacia.

Cómo demonios se había dado cuenta de sus intenciones, ¿acaso lo conocía tan bien?

-Es que hoy hablé con él, poco antes de que me llamaras por lo de James...

-¿De verdad?

-Si – ratificó Harry. Tomó aire para decir lo demás y que ella no lo malinterpretara –. Hace días me dijiste que no te moverías de aquí por tu trabajo y yo decidí hablar con él para que te diera una oportunidad y leer tus escritos.

Hermione lo miró impasible durante unos segundos, mientras Harry se preparaba psicológicamente para recibir una torrente de mordaces insinuaciones.

-¿Y por qué no le pediste que me diera el trabajo?

-Porque no lo aceptarías si no es merecido – observó Harry.

Hermione puso el pergamino sobre la mesa de la sala. Cogió una pluma, la untó te tinta y escribió en él.

-¿Y para cuándo los espera?

-Lo más pronto posible – contestó Harry, apretando el estomago por su futura reacción.

Hermione dejó el pergamino en ese lugar y miró nuevamente a Harry.

-¿Y?

-¿Y, qué? – dijo él, confundido.

-Y cómo esperas que le envíe algo si no me has dicho cómo se llama ni adónde mandárselo.

-¿Me hablas en serio? – le preguntó Harry, temeroso.

-No, te estoy diciendo un chiste que aprendí del libro que me regaló Ron – respondió Hermione con sarcasmo –. Claro que te estoy hablando en serio.

Harry sonrió, satisfecho, y se abalanzó sobre ella, recostándose ambos sobre el sofá.

-Después me preguntan de dónde sacó James esa costumbre – comentó ella, sonriendo y abrazada a su cuello.

-Yo lo aprendí de él – repuso Harry, besándole el cuello.

-Mira, Harry – le dijo Ron casi a media noche, estando ya en su casa –. A que no es bonita.

Le mostró una fotografía digital que le tomó a Amelie son su móvil. Se distinguía perfectamente el rostro de la niña durmiendo aunque ceñudo y un poco arrugado. El cabello muy rubio y las cejas no se le veían.

-No, es bonita – repuso Harry –. Y al final qué le regalaste a Fleur.

-Una canastilla con frutas, ya sabes, para que recupere pronto la figura – contestó el pelirrojo, guardando su teléfono en su abrigo. Se sentó en el sofá, prendió la televisión y respiró profundo –. Fred me dijo que tuviste que irte de volada para New York...

-James se metió en problemas – lo interrumpió Harry.

-¿Cómo? – exclamó Ron, dejando de mirar la televisión –. Imposible.

-Lo que ocurrió fue que...

Y Harry le contó todo lo ocurrido ese día en la escuela.

-¿Y lo castigaron por defenderse? – inquirió Ron, indignado ante la decisión de la directora de la escuela. Lejos de parecerle una falta de disciplina estaba maravillado con el comportamiento del niño –. ¿En qué mundo vivimos?

-Las cosas no se resuelven a los golpes, Ron – argumentó Harry.

-Mentira – dijo Ron, testarudo –. A nosotros nos funcionó en el colegio.

-Malfoy era diferente.

-Ese niño es un Malfoy versión muggle – sentenció Ron. Se quitó su abrigo y masajeó su brazo derecho.

-¿Qué te pasa?

-Que Estorbo la cogió contra mí – gruñó Ron

-¿Qué?

-Como lo oyes – le explicó su amigo –. En cuanto regresé al local me apretó el brazo exigiendo información sobre tu nuevo hijito y yo gustoso...

-¿Qué tanto le dijiste? – preguntó Harry, temeroso ante los comentarios de Ron.

-Le dije la verdad. Creo que es suficiente, ¿no?

-¿Y la verdad es...?

-Que regresaste con Hermione y que se les fue un poco la mano... y otras cosas, palabras textuales – concluyó su amigo como si nada, volviendo a concentrarse en la televisión.

-Nosotros no hemos regresado... aún – aclaró Harry.

Ron soltó una carcajada.

-Si, y yo soy el mejor amigo de Estorbo.

Harry había planeado pasar el fin de semana en la casa de Hermione, pero todo se vino abajo cuando un repentino cansancio invadió su cuerpo, y al parecer Ron sufría de los mismos síntomas, porque casi no era capaz de levantarse de su cama el sábado en la mañana.

-Esto parece soroche – se quejó el pelirrojo, rascándose la cabeza y mirando con aire ensimismado la cocina –. El cuerpo nos está cobrando esos cambios horarios tan repentinos.

-¿Por qué tenía que ser ahora? – replicó Harry reprimiendo un inmenso bostezo –. Antes no sufríamos de esto.

-Me odio a mi mismo por estarme pasando factura de cobro – repuso Ron –. Con qué ganas voy a hacer vida social hoy... – dejó caer su cabeza sobre la mesa y cerró los ojos –. Por lo menos no tengo obligaciones con nadie.

-¡Cállate! – le espetó Harry con desanimo –. Tengo que esperar hasta después de medio día para avisarle a Hermione.

-Y yo a Libby – murmuró Ron –. Así no voy a funcionar.

-¿Qué? – exclamó Harry.

-¿Qué de qué? – se apresuró a decir su amigo.

-No me vengas que entre tú y Libby...

-Entre ella y yo ¿qué?

Harry evaluó a su amigo con ojos escrutadores, tratando de descubrir algo por su comportamiento o sus comentarios, pero Ron seguía con la cabeza sobre la mesa, bostezando.

-Nada – dijo Harry. Ron se encogió de hombros –. De todas maneras tendremos que hacer algo... Yo no estoy dispuesto a cocinar.

-Ni yo – repuso Ron –. Voy a comunicarme con mi madre para que nos envía algo para el estomago y para combatir esta pereza...

Después del medio día, Hedwig llegó con una inmensa bolsa llena de comida que les envió la señora Weasley poniendo también en ella un par de botellas con pociones reguladoras del sueño y niveladoras de energía, pero para gran pesar de ambos, no tenían efectos inmediatos.

Esto que les sirva de lección para que aprendan a organizar su tiempo – decía la carta que les envió la madre de Ron, con las instrucciones –. Ya son hombres adultos y no entiendo cómo es posible que viajen de allá para acá con tanta frecuencia y sin medir las consecuencias en su salud. Agradezcan que todavía no se ha reiniciado la temporada de quidditch porque sí que lo lamentarían. Les mando un beso y recupérense pronto.

-¡Es el colmo! – exclamó Ron, volviendo una bola la carta y lanzándola a la crepitante chimenea –. Hasta por insignificancias como esta me regaña... ¡Que tal que aún viviera en casa!

-En parte tiene razón – razonó Harry.

-Deja de justificarla – dijo Ron con desdén –, porque a ti también te regañó.

Después de debatir durante minutos las atribuciones y advertencias de la señora Weasley, Harry se dispuso a llamar a Hermione para comunicarle que no estaba con los ánimos necesarios para viajar.

-Lo que tienes es soroche – le dijo ella, concordando con la explicación que horas atrás le dio Ron –. Claro, por los cambios tan abruptos de horario que has tenido últimamente.

-Me gustaría estar con ustedes allá – repuso Harry con melancolía.

-Pues, mira, ahora que lo dices... – Hermione guardó silencio durante unos segundos, como si estuviera tomando el valor suficiente para decir algo –. Yo podría ir y... aprovechamos para hablar con mis padres.

Ante el impacto que le causó las palabras de Hermione, Harry se quedó sin aire.

-Si, creo que si – dijo Harry en un hilo de voz. La perspectiva de hablar con los padres de Hermione, después de tantos años y de todo lo que ha ocurrido no era un panorama muy encantador que digamos.

-Perfecto – dijo Hermione –. Voy a llamarlos de inmediato para avisarles que iré a visitarlos...

-¿Traerás a James? – la interrumpió Harry.

-Si, después de todo no se ven desde el verano – contestó Hermione.

-¿Y dónde te vas a aparecer?

-No me puedo aparecer, Harry, recuerda lo que pasó con James – observó Hermione.

-Si, claro, no queremos que nos ocurra lo mismo – se apresuró a decir Harry –. ¿Por qué no te trasladas acá a la casa?

-Primero hablaré con mis padres y luego te aviso, ¿esta bien?

Harry esperó más de una hora por la respuesta definitiva de Hermione. Al final decidió trasladarse a su casa con James, así que Harry tuvo que tomar unas cuantas medidas para evitar que el niño en medio de su castigo se viera tentado a ver la televisión. Cerró mágicamente el armario donde estaba la televisión de la sala y le pidió a Ron que hiciera lo mismo con la puerta de su habitación. El pelirrojo se mostró en desacuerdo con la medida, pero Harry le advirtió que debía respetar la decisión que él y Hermione tomaron, si no quería ser el blanco de las maldiciones de la muchacha. Muy alarmado, Ron dijo que sí de inmediato.

Hermione y James llegaron al atardecer, solos y sin Crookshanks ya que Libby se quedó cuidándolo. Cuando Hermione vio a Ron, con semejante cara de sueño, tuvo que morderse los labios para no reirse.

-Es tu culpa por vivir tan lejos – le espetó Ron, cargando en brazos a James, quien parecía de mucho mejor humor al de la última vez que Harry lo vio.

-Me responsabilizo de los síntomas de Harry, no de los tuyos, Ron – replicó Hermione con suavidad.

Ron bufó con indignación y se llevó a James.

-Mucho cuidado con lo que le digas al niño – le advirtió Harry serenamente.

Ron soltó otro bufido, mientras Hermione lo veía alejarse con preocupación.

-Tranquila, él no hablará nada incorrecto – le dijo Harry.

-Si. De todas maneras... – susurró ella.

Al parecer los temores de Hermione no se hicieron realidad, ya que durante la cena tanto Ron como James hablaban animadamente sobre los dibujos que había hecho el niño con la caja de colores y acuarelas que le regaló el pelirrojo en navidad. Ron se sintió muy satisfecho que el regalo hubiera encantado a James.

Esa noche todos se acostaron temprano. Hermione le organizó a su hijo una cama en la habitación en la cual durmieron durante su anterior visita. Ron cerró la puerta de inmediato, ni siquiera se sintió que hubiera encendido su televisión para ver algo, ya que diez minutos después estaba roncando.

-Venirme a echar la culpa a mí – murmuró Hermione, mirando la puerta de su amigo con el entrecejo fruncido.

-Tiene que justificar su descuido de alguna forma – argumentó Harry, tomándole la mano y llevándola a su habitación.

-Si, pero tú no me has echado la culpa de tus síntomas – observó Hermione, cerrando la puerta –. Harry...

-Dime.

-Ya le envié mis escritos al señor Burke.

-¿En serio? – preguntó Harry, sonriendo –. ¿Y cuántos les enviaste?

-Quince pergaminos.

Harry abrió los ojos como platos.

-¿Por qué tantos? – preguntó él.

-Porque son columnas que realicé de diferentes áreas de la transformación – explicó Hermione. Harry negó con la cabeza mientras ella le daba la espalda para ponerse su pijama.

-¿Y cuándo se los enviaste? – preguntó minutos después, acomodándose en la cama.

-El viernes en la mañana, a primera hora – contestó Hermione, abrigándose en sus brazos –. Tuvo que ser así para que a Argos le rindiera el viaje.

Ambos se quedaron dormidos de inmediato y a la mañana siguiente los besos de Hermione lo despertaron. El panorama que Harry tenía por delante aquel día hacía que su respiración fuera más densa de lo normal y que en ocasiones los latidos del corazón le dolieran. Estaba muerto de miedo. Lo único que aminoró un poco ése sentimiento fue que Hermione lo invitó a que se bañara con ella.

-Si, hace mucho me recriminaste que no lo hubiera hecho – comentó Harry, recordando que en el colegio ella se lo había dicho, precisamente el día que engendraron a James.

-Pues yo pienso hacerte pagar cada uno de tus desplantes – repuso Hermione, divertida. Estaba recostada sobre su pecho, disfrutando del agua cálida de la bañera.

-No me asustes – le advirtió Harry, temeroso.

-Es un comentario sarcástico, Harry – dijo Hermione, pellizcándole las rodillas.

-De todas maneras – susurró él al cabo de unos segundos. Puso las manos en sus senos, los masajeó y le beso el cuello.

Antes de medio día él, Hermione y James se despidieron de Ron (éste seguía en la cama, con las sábanas tapándole la cabeza) porque almorzarían en la casa de los padres de ella. Fueron en la mini-van de Harry y mientras más se acercaba, él más aferraba las manos al timón. Resultó que los padres de Hermione vivían en Watford, al norte de Londres, así que el viaje duró más de una hora pese a que no tuvieron que pasar por la capital. Harry no podía creer lo cerca que estuvo de la casa de Hermione ya que el Valle de Godric queda en Sunbury a un poco más de cincuenta kilómetros de Warford.

Cuando Hermione le indicó estacionar frente a un edificio de apartamentos, Harry sintió cómo se le encogía el estomago. Al apagar el auto fue incapaz de despegar las manos del timón, era como si hubieran sido pegadas en la fábrica de automóviles. Hermione puso sus manos sobre las de él y con caricias logró que relajara los dedos para después retirarlas.

Ingresaron al edificio. James se puso a dar saltos de contento cuando estuvieron en el ascensor, donde Hermione hundió el numero 4. Al salir de allí un pasillo pintado de blanco los recibió, con dos puertas a cada lado. Avanzaron hasta la que indicaba el número 421 y Hermione llamó a ella tres veces.

-Tranquilo – le dijo a Harry –, todo saldrá bien.