27
UNA NUEVA CIUDAD
Los días anteriores al viaje de Hermione resultaron ser una completa locura. Primero, Harry tuvo que encargarse de buscar una escuela para James, que quedara cerca de la casa de ambos (Hermione se instalaría primero con sus padres), y cuyas instalaciones fueran las adecuadas para la sana recreación del niño. Ron no dejaba de burlarse ante la petición de Hermione, ya que la veía completamente absurda e innecesaria ("es algo tan obvio, para qué tiene que decírtelo" le decía el pelirrojo). Por fin encontró una que cumplía con todas las exigencias de Hermione, aunque era una escuela privada, aún así no le importó pagar un poco más por la educación de niño si con esto garantizaba que lo que le enseñaban era lo más adecuado y lo mejor para su edad.
Segundo, un par de días antes del reinicio de los entrenamientos de quidditch Harry tuvo que quedarse en New York para adelantar todos los documentos referentes al cambio de apellido de James y los permisos para sacarlo del país, ya que por documentación en su escuela en Inglaterra, tenía que presentar un certificado que estaba cursando estudios en Estados Unidos y si aparecía sin sus documentos de viaje muggles tendrían que dar muchas explicaciones, así que no les quedaba más de otra que viajar en avión.
-Los "aliones" son lentos, Hermione – observó Ron mientras etiquetaba una caja pequeña, con las pertenencias de James. Era el domingo anterior al inicio de los entrenamientos –. Te demorarás muchísimo en llegar.
-Son necesarios, Ron – replicó Hermione de manera cansina, ya le había explicado quince veces las razones por las cuales viajarían así –. No podemos presentarnos en la escuela del niño como por arte de magia.
Libby estaba en una esquina de la habitación de James, guardando sus carritos y muñecos más pequeños. Los ponía en la caja con delicadeza y lentitud, suspirando y echándoles una mirada de melancolía.
-¿Sabes, yo una vez viajé en uno – le informó Ron.
-¿En serio?
-Si, y lo que más me gustó fue cuando convulsionó por la turbulencia.
-Eso no es cierto – lo contradijo Harry –. Si te agarraste a la silla con fuerza, temiendo que el avión te dejara de cabeza.
Hermione negó con la cabeza, mirando a Ron con recelo. Se acercó a Libby y se sentó a su lado.
-Pero eso nada más fue en la primera sacudida – repuso Ron sin darle importancia –, porque después sí que lo disfruté.
-Si, hasta conquistaste… con titubeo y todo – recordó Harry.
Ron le lanzó una mirada fulminante alejándose de él. Se acercó a Libby y movió la mano, como si estuviera quitando un mugrecito.
-Shu, shu – le dijo a Hermione para que se levantara y le diera ese sitio a él.
-Nunca vas a dejar de ser grosero – gruñó ella, levantándose bastante indignada.
Ron tomó su lugar sin prestar atención a su queja y le dijo algo a Libby en voz baja.
-Harry… - le susurró Hermione, con una significativa mirada.
Ambos salieron de la habitación de James y fueron hasta la sala, donde el niño pintaba un dibujo que le habían dejado como tarea. Crookshanks estaba echado a su lado.
-¿Qué pasa? – le preguntó Harry en cuanto tomaron asiento.
-Solo quería dejarlos solos, Libby le tiene mucha confianza. Desde que se enteró que nos vamos a entrado en una depresión – le explicó –. Por ella fuera esperaríamos a que los documentos del cambio de apellido de James estuvieran listos, y viajar en tres o cuatro meses… o quizás nunca. Está muy apegada a nosotros, en especial a James, y quedarse sola no era algo con lo que contaba.
Harry sintió una especial compasión hacia ella. Durante sus años de ausencia, Libby se había convertido en una especie de padre para James y un apoyo moral muy importante para Hermione. Imaginó que para ambos la falta de la compañía de Libby les sería muy notoria en Inglaterra. Había que agregar también que James no estaba del todo entusiasmado con la idea de vivir allá, y la razón era que llovía mucho.
-¿Nunca pensaste que pudiera volver a aparecer?
-Claro que lo pensé – aclaró Hermione – y al principio lo esperé… Pero como pasaba el tiempo y no aparecías.
-Bueno, yo traté de comunicarme contigo desde el principio – se defendió Harry –, pero no contestaste a ninguno de los mensajes que te envié con Hedwig.
-No debiste conformarte con enviarme mensajes con Hedwig. En ese entonces yo estaba muy dolida contigo, Harry, y simples mensajes vía lechuza no eran suficientes para que arregláramos este asunto. Por eso anteriormente te dije que te faltó decisión para buscarnos. Tenías que haber ido al Ministerio de Magia, al Departamento de Registro y Domicilio Mágico, donde te pudieran dar información sobre el lugar donde me encontraba…
-¿Se puede hacer eso? – preguntó Harry, atónito ante la información.
-Claro, ellos tienen una base de datos en la cual esta registrado la dirección de residencia de cualquier mago o bruja de la Gran Bretaña, no importa el lugar del mundo en el que se encuentre. Como es natural, mi domicilio en New York estaba allí y también el lugar donde trabajaba.
Harry se sintió tan estúpido ante su ignorancia del funcionamiento del Ministerio que no se preocupó en evitar exhalar un resoplido de exasperación.
-Pero eso ya pasó – comentó Hermione con optimismo –. Ahora estamos los tres…
-Cinco – aclaró James distraídamente.
-¿Cinco? – preguntaron Harry y Hermione a un tiempo, muy sorprendidos.
-Uno – dijo James señalando a Crookshanks –, dos – Y se señaló a sí mismo –, "eles" – Señaló a Harry –, "cuatro" y cinco – dijo al final, señalando dos veces a Hermione.
La suave lluvia del lunes en la mañana no opacaron los ánimos del capitán de los Chudley Cannons, que recibió a los jugadores con una amplia sonrisa y con un nuevo plan táctico para poner en práctica.
-Me alegro mucho que todos estén bien porque así podremos entrenar como es debido, y claro, nuestro rendimiento será parejo – les dijo Ralph en el camerino –. Tengo planeado para este entrenamiento un corto juego…
-Si, estuve en Italia con mi familia – le contaba Kat a Devon en susurro, para que Ralph no se diera cuanta –, y déjame decirte que eso italianos son divinos. La bruja de los regalos, porque allá no es Papá Noel sino la bruja de los regalos, me dio unos zapatos divinos para la primavera. Yo tenía unas ganas enormes de estrenarlos, pero mis deditos se congelaban.
-Esa bruja debió de haberte traído un bozal – opinó Devon con solemnidad.
Kat le dio un fuerte puñetazo en el brazo y cuando el chico se quejó Ralph se dio cuenta que no le estaban prestando atención.
-Katherine Williams – replicó Ralph con enojo. La chica paró de torturan a Devon, que estaba botado en risitas y se quedó mirando al capitán –, te juro que este año no te voy a pasar ni media, o prestas atención o te suspendo.
-No estoy haciendo nada – se defendió ella.
-Estas dejando de prestar atención y eso es algo – argumentó Ralph –. Además, estas distrayendo a Devon.
En cuanto lo nombraron el chico puso una cara de santurrón que arrancó las risas por lo bajo de todos.
-La conversación es entre dos – repuso Kat, un poco ofendida por la llamada de atención de la que estaba siendo víctima.
-¿Crees que no lo sé? – preguntó Ralph con sarcasmo, al parecer ya estaba arto de la actitud de la muchacha –. Él también recibirá su sermón, pero primero estas tú.
Al montar en su escoba e ir en busca de la snitch, Harry volvió a experimentar la agradable sensación de adrenalina en todo su cuerpo. Ya no había que temer por algún movimiento inesperado, porque su codo estaba completamente sano. El viento en su rostro, aunque sumamente frío, refrescaba esas ansias de libertad y control que tanto extrañó durante sus dos meses de inactividad. Voló en círculos sobre el estadio, algunas partes de las tribunas lucían escarchadas por el efecto de la nieve caída días atrás, las banderas alusivas al equipo estaban empapadas y parecían pegadas a los postes que las izaban; los jugadores volaban por el campo con mucho entusiasmo, pese a los gritos e instrucciones que Ralph sacó no se sabía de donde, mientras Katherine le lanzaba fulminantes miradas, aún resentida por el regaño que se ganó. Harry vio cuando la chica metía la mano por su túnica, seguramente empuñando su varita mágica y lista para lanzarle alguna maldición deformadora en cualquier momento.
Entonces la vio, volando al lado de la portería norte; pequeña y dorada, la escurridiza snitch se vanagloriaba entre dos de los postes mientras Mallo, el guardián suplente, no se daba ni por enterado que el objeto mágico rondaba por allí. Harry dirigió su escoba hasta allí, pero al parecer Franco también la había visto porque se dirigía al mismo lugar y estaba mucho más cerca que Harry. Estaba seguro que si Franco la atrapaba Ralph no dudaría en alinearlo como titular en su próximo partido oficial para la liga, y Hermione había insinuado que ella y James irían a verlo jugar. No, no podía permitirlo, ese partido era especial, más especial que cualquiera, James estaría viviendo en Inglaterra y Harry deseaba que lo viera jugar ya, de inmediato. Pegó su cuerpo al palo de la escoba para ganar mayor velocidad; respiró solo una vez, fuerte y profundo, porque de otra manera era imposible concentrarse. En fracciones de segundo que ni siquiera se alcanzan a contar, la velocidad de Harry aumentó logrando alcanzar a Franco. Estiró el brazo derecha sin titubear, abriendo la mano al máximo para tener más capacidad de agarre.
-No te me vas a escapar – susurró con malicia.
El brazo de Franco también estaba estirado al máximo, casi a la par con el de Harry. De pronto la snitch dobló a la izquierda de ambos, un ángulo perfecto para el lugar en el que iba Harry. Viró la Nimbus 2-3D a la izquierda mucho más rápido que Franco y aprovechó la ventaja para tomar la escurridiza pelota.
-¡Muy bien, muy bien! – exclamó Ralph, muy contento al comprobar que el nivel de Harry seguía siendo tan bueno como siempre –. Así me gusta, Harry, que sigas siendo el de siempre. Ya decía yo que esa lesión no podía durar para siempre.
-Ya decía yo que tu lloradera no podía durar para siempre – comentó Devon por lo bajo, cuando fue hasta donde Harry y le dio unos golpecitos en la espalda, felicitándolo –: Bien por ese código.
-¿Código? – preguntó Harry, sorprendido.
-Si, es la mitad de tu brázigo, ¿no?
El entrenamiento finalizó al atardecer. Ralph se empecinó a jugar durante todo el día, únicamente con un receso para almorzar, pero los demás jugadores no pusieron reproches, ya que después de dos meses de inactividad bien les vino jugar un poco más de lo acostumbrado. Y no fue el único día, durante el resto de esa semana finalizaban de jugar poco después del medio día, pero, con el transcurrir de los días ya no les sentó en gracia.
Una vez finalizado el entrenamiento del sábado, Tommy se acercó a Harry para hablar con él.
-La verdad si me sorprendió mucho lo que dijo uno de los gemelos Weasley en su local – confesó Tommy –. Nunca pensé que tuvieras un hijo.
-Es una larga historia – dijo Harry –. ¿Los gemelos no te contaron algo?
-No, para nada, y menos delante de Tamara.
-¿Qué tiene de malo? – se extrañó Harry –, si tu prima conocía la existencia de James.
-Pues si – repuso Tommy –, pero si hubieras visto la manera en que agarró a Ron para sacarle información sobre tu nuevo hijo me comprenderías, y seguramente por eso los Weasley no comentaron más, querían seguir intactos y como ella no les tiene la confianza que si le tiene a Ron…
-Voy a tener que hablar con ella – dijo Harry pensativamente. Avanzaron por el pasillo hacia el camerino e ingresaron en él –. ¿Y qué? ¿Le compraste a tu hermanita las gotas de lágrimas de cocodrilo?
-Si, y me arrepiento – dijo Tommy con pesadumbre –. Este año que ingrese a Hogwarts llevará cientos de Sortilegios Weasley…
-No te preocupes – lo tranquilizó Harry. Se sentó en una banca para quitarse los guantes y las botas –. Para ti es extraño porque en la escuela que estudiaste no estabas acostumbrado a ese tipo de ayudas didácticas, pero los Sortilegios Weasley son un artículo obligatorio de los útiles escolares de la nueva generación de Hogwarts… No me extrañaría que el día de mañana James llevara más sortilegios que pergaminos – agregó en voz baja.
El sábado en la mañana del fin de semana siguiente llegarían a Inglaterra Hermione y James. El vuelo estaba programado para aterrizar a las nueve de la mañana, pero Harry se despertó desde las cuatro y eso que había pedido el día libre. Se arregló con esmero, vistiéndose de elegante traje y corbata. Trató por todos lo medios, mágicos y muggles, para arreglarse el cabello, pero de nuevo fue completamente inútil. A la hora del desayuno no comió gran cosa, solo pudo pasar una tasa de té y una tostada, mientras Hedwig y Pigwedgeon aún dormitaban en sus jaulas debido al frío. Tomó el abrigo más elegante que tenía, era de color negro y se cubrió el cuello con una bufanda roja. Llegó al aeropuerto unos minutos después de las ocho y se sentó en uno de los asientos de la sala de espera con las manos ocupadas; en la derecha llevaba un delicado ramo de rosas y en la otra un muñeco de Bob Esponja. Miraba el clima por los grandes ventanales de la terminal cuando alguien le tocó el hombro con un poco de fuerza.
-Hola – le dijo Libby, sentándose a su lado –. ¿Hace mucho llegaste?
-Veinte minutos – contestó Harry, un poco sorprendido ante su presencia –. Es extraño verte aquí.
-Es que los despedí anoche en el JFK y vine a recibirlos… y también estoy acompañando a los padres de Hermione.
-¿Dónde están?
-Comprando café – dijo ella. Luego analizó a Harry con mayor detenimiento –. Estas muy bonito hoy.
-Oh, cállate – le espetó él, burlándose.
-Quieres impresionarla para que se enamore más de ti – dijo la chica con cariño, como si estuviera hablando con un muñeco de Winnie The Pooh.
-Tal vez – reconoció Harry con timidez.
-¡Oye, ¿Por qué la duda? – lo recriminó Libby. Tomó al muñeco de Bob Esponja y lo abrazó, sentándolo en su regazo –. Sus padres nunca pudieron convencerla para que regresara, pero apareces tú y no duda un solo segundo en enviar sus escritos y aplicar para un empleo aquí… - Suspiró y miró con melancolía la pista de aterrizaje, donde un avión de dos pisos estaba correteando.
Harry la miró durante unos segundos, realmente parecía muy triste.
-Te voy a ayudar – le dijo.
-¿A qué? – preguntó ella.
-A que consigas un trabajo aquí.
Libby abrió los ojos y la boca en una proporción descomunal. Se abalanzó sobre Harry, dispuesta a darle uno de aquellos abrazos desbaratadores que le daba a James cada vez que el niño pronunciaba una nueva palabra con ere y seguramente también chillaría. Pero a última hora se contuvo y prefirió estrujar el muñeco.
-No te apachurro porque ya estas muy despeinado – se justificó ella.
Los padres de Hermione llegaron a los pocos segundos, ambos muy bien abrigados y con unas sonrisas de oreja a oreja, les dieron tazas de de café a Harry y Libby y los cuatro esperaron juntos a que el avión aterrizara.
A las nueve en punto, un avión blanco con inscripciones de British Airways aterrizó en la pista número tres. En cuanto estacionó, Libby tomó a Harry de la solapa su abrigo, arrastrándolo hasta la sala de equipajes. Corrió como loca por medio terminal, con el muñeco de Bob Esponja en una mano y arrastrando a Harry de la otra.
-Toma – le dijo ella cuando se ubicaron estratégicamente para ver cuando Hermione y James tomaran las maletas, le pasó el muñeco, pegándole con él en el estomago.
-Estuviste a punto de ahogarme – le reclamó Harry, acomodándose nuevamente la ropa y enderezando sus gafas.
-Desagradecido. Gracias a mi llegamos a tiempo.
Los padres de Hermione llegaron luego de un par de minutos, ni siquiera había salido el primer pasajero con su equipaje. Poco a poco la gente fue saliendo, la gran mayoría con cara de sueño y bostezando. A algunos de ellos los recibían comitivas enteras con letreros y globos de bienvenida. A medida que pasaban los minutos y la salida de personas se hacía más numerosa, Harry se llenaba de más ansiedad.
-No destroces las florecitas – le susurró Libby.
Harry bajó la mirada, en realidad el ramo estaba milagrosamente intacto.
-¡Allí están! – le murmuró Libby en tono apremiante, y no desaprovechó la oportunidad para darle una suave zarandeada.
Después de lanzarle una mirada de exasperación, Harry dirigió su vista nuevamente a la sala de equipajes. Hermione miraba atentamente cuando pasaban las maletas, fijándose con detenimiento cuales eran las suyas, James estaba aferrado a su pierna derecha con la cabeza inclinada sobre la misma. Ambos estaban abrigados y llevaban gorros en la cabeza. El corazón de Harry se aceleró cuando Hermione y James atravesaban la puerta de salida, acompañados por un señor bastante entrado en años que empujaba el carrito de las maletas. Harry pretendía ir a su encuentro, pero los padres de Hermione se le adelantaron, atravesándose en su camino. Por una jugada maestra, hecha no se sabe cómo, James los esquivó a tiempo y salió a correr en dirección a Harry. Él, antes que Libby lo hiciera, corrió hasta James y lo cargó en brazos.
-¡Bienvenido! – le susurró Harry. James se prendió a su cuello con fuerza.
-Tengo "hamble" – se limitó a decir el niño.
Hermione se dedicó a abrazar a sus padres a la vez, mientras el señor que llevaba el carrito de las maletas se quedó estacionado, leyendo una revista muggle.
-Es para ti – le dijo Harry a James, mostrándole el muñeco de Bob Esponja e intentando por todos los medios que el ramo de rosas no se le cayera.
El niño abrió los ojos como platos y abrazó al muñeco con una rapidez que desconcertó a Harry. Pronto Hermione se reunió con ellos y Harry la recibió con un abrazo, mientras sostenía a James con el brazo izquierdo abrazó a Hermione con la brazo derecho. Luego le dio un tímido beso en los labios y le entregó el ramo de rosas.
-Están muy lindas, gracias. ¿Las encantaste?
-No – respondió Harry –. Con el clima que tenemos no era necesario… ¿nos vamos?
Los seis, acompañados por el señor que manejaba el carrito de las maletas fueron hasta el estacionamiento. Primero llegaron al automóvil de los padres de Hermione, que era muy parecido al que ella tenía en New York, pero de color negro. James quiso viajar con sus abuelos y Libby se le pegó. Como el automóvil de Harry era más grande, él se ofreció a llevar las maletas, que eran tres y pequeñas.
-¿No son muy pocas? – comentó él luego de pagarle al maletero.
-Libby estuvo trasladándose toda la noche para traer nuestras cosas – dijo Hermione en voz baja –. Tuvimos que solicitar una autorización especial ante la Oficina de Trasladores para poder realizar todos los viajes en una sola noche.
Camino a casa de Hermione el auto de los padres de ella se le adelantaron. La chica le contó a Harry todos los pormenores del viaje y la razón por la cual James tenía hambre: había dormido durante el trayecto y no pudo comer nada de lo que ofrecían las auxiliares de vuelo. Cada vez que un semáforo en rojo los obligaba a detenerse, Hermione aprovechaba para besar a Harry con mayor libertad, provocando que en un par de ocasiones los automóviles les pitaran para que permitieran la circulación de los mismos.
-¿Y no me trajiste nada? – preguntó Ron, indignado, aquel mismo día pero en las horas de la tarde, cuando Hermione y James ya estaba instalados en la apartamento de los Granger –. Te vienes a vivir aquí y no te acuerdas de mi, ni siquiera un dulcecito o un bomboncito… ¿nada?
-No tuve tiempo, Ron – repuso Hermione, exasperada.
-Ah, pero en cuanto te den los dichosos antojos seré yo el que tenga que conseguirte la comida, ¿no? – siguió el pelirrojo con terquedad –. Porque siempre es así: Ron, ve a conseguir tal cosa… Ron, ve a conseguir esta otra… ¡No era pastel de pollo, idiota!
-¡Ay, no! – se lamentó Libby, compadeciéndose de él, mientras le rascaba distraídamente la panza a Crookshanks –. Has sido torturado por las mujeres embarazadas.
-De toda mi familia – le informó Ron –. Desde mi prima Clare, que tuvo su último hijo a los cuarenta y tantos, hasta Fleur que dio a luz hace poco.
Hermione miró con desaprobación a Ron, negando con la cabeza, mientras Harry se encargaba de desaparecer son un movimiento de su varita mágica la última maleta que quedaba por desempacar. Ron se sentó con fuerza en la cama de James, rebotando unos cuantos centímetros.
-No hagas eso – replicó Hermione con serenidad –, la vas a dañar.
-Bueno, señora – repuso Ron mansamente, pero Harry vio cuando su amigo le guiñó un ojo a Libby.
Cuando Libby se despidió de Hermione y James al día siguiente resultó ser una escena sumamente conmovedora. La chica no dejaba de sollozar, abrazándolos a ambos. Resultó ser tan dramático que hasta a la madre de Hermione se le aguaron los ojos y Harry claramente escuchó cuando ella le comentaba a su marido que aquello era tan trágico como el desenlace de la película Titanic.
Los documentos de James solo estuvieron a punto el día martes, así que el miércoles a primera hora Harry arribó por Hermione y James para llevar al niño a su primer día de escuela. A diferencia de su vestimenta en Estados Unidos, el colegio que escogieron para James tenía uniforme. Era de pantalón negro, con corbata del mismo color y un suéter en cuello en u ve de color gris; en la cabeza llevaban una gorra del mismo color.
El entusiasmo de James no parecía ser el más adecuado y eso que no estaba lloviendo. Hermione explicó que esto se debía a que ahora el niño no estudiaría con sus amiguitos de la anterior escuela, además que el uniforme le incomodaba. Al llegar al colegio los ánimos del niño parecieron aumentar un poco; tenía amplios jardines, con muchos juegos en él. Al ingresar un colorido pasillo los recibió, adornado con centenares de dibujos en papel y cartulina, el bullicio proveniente de los salones de clase a medio abrir muy similar al de la anterior escuela de James, niños y niñas pasaban por su lado corriendo y gritando. Fueron hasta la oficina del director, que los recibió con amabilidad, aunque un poco apurado debido al inicio de la jornada escolar. A él le entregaron el expediente escolar del niño, junto con los documentos que certificaban su entrada legal al país. En cuanto los documentos estuvieron en regla, los tres adultos acompañaron al niño hasta el último salón del pasillo y una profesora de cabello rojizo, bajita y muy delgada le dio la bienvenida. James les lanzó a sus padres una última mirada, mitad desconsuelo, mitad curiosidad, realmente no lo descifraron en ese momento, e ingresó en el salón de clase con un profundo suspiro.
-Sobrevivirá – comentó Hermione cuando salían del colegio y el tibio sol de la mañana los recibía –. Solo es cuestión de tiempo.
-¿Y si queda traumatizado para siempre? – preguntó Harry, temeroso.
-Puso la misma cara el día que ingresó a la escuela en New York.
Harry miró su reloj, era un poco más de las ocho de la mañana.
-Creo que se te va a hacer tarde – dijo –. Por qué no te llevas mi auto y así no nos arriesgamos.
-¿Arriesgarnos? ¿De qué hablas?
-De que por tus afanes pueda pasarle algo a ti o a Harmony – explicó Harry.
-Como ya todos deben saber – decía Ralph cuando el equipo se reunió aquella mañana –, este sábado se reinicia la liga, y claro, nosotros estamos en una cómoda posición para seguir peleando por el campeonato. Afortunadamente la semana pasada nos fue de maravilla con los entrenamientos y comprobé, para mi gran satisfacción, y claro, la del equipo, que todos ustedes han mantenido el nivel de juego con el cual realizamos el obligado receso de navidad, y debo agregar que la recuperación de Harry no pudo ser mejor…
-¿Es verdad que te recuperaste con la ayuda de un médico muggle? – le preguntó Belinda con mucho interés, interrumpiendo el discurso matutino de su capitán.
-Así es – contestó Ralph por Harry –. A que no es bueno para tratarse de una técnica médica tan rudimentaria y primitiva.
Después de un extenuante entrenamiento, en el que todo el equipo, tanto titulares como suplentes, quedaron prácticamente destruidos, Harry y Ron se dirigieron a su casa a través de la red flu. Estaban muy agotados como para reunir energías y aparecerse y realmente no tenían muchas ganas de esforzarse pronunciando un sencillo hechizo para conjurar una prenda y trasladarse. Disfrutaron tranquilamente del almuerzo preparado en el horno microondas que Ron estuvo a punto de dejar quemar, hasta que el pelirrojo hizo una pregunta inesperada:
-¿Y quién va a recoger a James en el colegio?
Harry se atragantó con el sorbo de jugo que bebía, en realidad no había hablado con Hermione de quién recogería al niño y que él supiera, en el Callejón Diagon no habían teléfonos para comunicarse con ella.
-Deberías utilizar la red flu para hablar eso con Hermione – le sugirió Ron, resolviendo instantáneamente el enigma de Harry.
Sin demorarse un segundo más Harry tomó un puñado de polvos flu que había al lado de la chimenea de la casa y tirándolos a esta dijo:
-Callejón Diagon, local 105.
Segundos después, luego de que su cabeza diera decenas de vueltas en medio de un torbellino de llamas verdes, vislumbró un amplio salón lleno de muchos escritorios, alienados en filas perfectas. Un mago de mediana edad estaba frente a él:
-Buenas tardes – le dijo con amabilidad –. ¿Qué necesita?
-Busco a Hermione Granger – le contestó Harry con apuro.
-Ah, la chica nueva… – susurró el mago, como si lo hubiera recordado después de unos segundos, después se concentró de nuevo de Harry –. No está.
-¿Que no está? – repitió Harry con un dejo de desespero – ¿Salió hace mucho? ¿Se demora?
-Lo que le diga es cuento muggle – admitió el mago –. Si quiere puede enviarle un correo lechuza.
Sin siquiera despedirse o darle las gracias por la información, Harry sacó con fuerza la cabeza de la chimenea y fue hasta la mesita del teléfono, donde regularmente guarda las llaves de su auto, pero recordó que se lo había dejado a Hermione. Con un ahogado grito de exasperación se revolcó el cabello y salió a toda marcha para ir a recoger al niño. Su buena fortuna le llevó un taxi cuyo conductor resultó ser tan sumamente irresponsable que se pasó todos los semáforos en luz roja, se comió las indicaciones de pare y no bajaba la velocidad cuando encontraba baches para el tránsito lento.
Llegó a la escuela de James luego de nueve minutos con veintiséis segundos de viaje (según las cuentas de su reloj), casi a las dos de la tarde y ya muchos niños estaban a las afueras del mismo esperando por sus padres. Le dijo al taxista que esperara y se bajó del auto en medio de una fría ventisca, no había llevado nada para abrigarse. Cruzado de brazos y tiritando de pies a cabeza esperó más de un cuarto de hora hasta que James salió, con una sonrisa de oreja a oreja y acompañado de un niño muy rubio y mejillas rosadas, la mitad de su rostro oculto por el abrigo de la bufanda y un poco más bajo que él. Harry fue a su encuentro a pesar de estar a punto de congelarse y cuando James saltó a su cuello y lo abrazó el frío pareció desaparecer.
-La pasé de lujo – le dijo James antes de que Harry le preguntara algo –. Vimos un poco de cosas muy chéveres y la "plofesola" es muy chistosa.
-¡Que bien que te haya gustado! – dijo Harry tratando de sonreír. La cara la tenía dura por el frío, estaba congelada.
-Y tengo un amigo nuevo, papá – le informó James, señalando al niño rubio.
El niño lo saludó moviendo la mano y entornando los ojos, como si estuviera sonriendo, luego estornudó.
-Soy Simón – dijo con la voz chillona, sorbiéndose la nariz.
En ese instante una señora con un abrigo inmenso se ubicó al lado de Simón y el niño la abrazó. Era su madre.
-¿Cómo seguiste? – preguntó ella, respondiendo al abrazo.
-Mocos, moscos – repuso Simón –. Mami, James – dijo, señalando al nombrado –, amigo nuevo.
La señora les sonrió a Harry y a James y después, con un gesto de la cabeza se despidió de ellos.
-Y tuvimos dos "lecleos" – seguía diciendo el niño, de regreso a casa de Harry. El taxista ya conducía como era debido, por advertencia de Harry – y la "plofesola" nos enseñó algo que se llama yoga. Y una mano era así – decía, estirando una mano hacia el frente – y el pie se dobla así también…
Cuando llegaron a casa, Ron estaba acostado en el sofá, con una sábana calientita y cambiando los canales de televisión. En cuanto los vio los saludó perezosamente, casi sin moverse.
-Me duelen hasta los pelos del… ya sabes qué – le dijo a Harry, muy indignado.
En cuanto almorzó, James se unió a Ron en la tarea de ver televisión. Harry se lo permitió sólo por unos minutos, ya que primero estaban los deberes, si tenía. Revisó los dos cuadernos que había en su maletín y cual fue su sorpresa al leer una nota de la profesora, donde lo felicitaba por su participación en clase, y también le pegó una estampita de carita feliz.
-¿Y Hermione? – preguntó Ron durante los avisos comerciales.
-No sé donde está – contestó Harry, un poco preocupado.
-¿No fue a la escuela por James? – preguntó el pelirrojo, levantando la cabeza y asombrado.
-No – repuso Harry. Ron levantó las cejas.
En menos de media hora Ron se durmió, arrullado por las aventuras y las risas con sonido de chillido de Bob Esponja. A las tres y media en puntó sonó el teléfono de la casa. Al otro lado la voz de Hermione.
-¿Cómo está James? – fue lo primero que preguntó ella, un poco apurada.
-Bien, viendo la televisión – le informó Harry –. Pero tranquila que no tiene tareas.
-Harry, lo siento tanto – se disculpó Hermione con sinceridad –. Pretendía ir por James al colegio, pero he tenido tanto trabajo que se me pasó el tiempo volando…
-¿Qué quieres decir? – inquirió Harry –. ¿Qué te pusieron a hacer?
-Nada del otro mundo, pero tenían muchísimas crónicas retrasadas y me pusieron a revisarlas y corregirlas. Fue horrible. Nunca había visto tantas inconsistencias en un escrito. Bueno, en realidad nunca vi las de Goyle o Crabbe, que debieron ser igual de nefastas, o peores. He corregido más de diez y apenas he comido algo decente – En ese momento, del lado de la línea de Hermione se oyó un suave pito –. Ya se me va a acabar el tiempo, al atardecer estoy en tu casa.
Y colgó antes de que Harry la reprendiera por no comer adecuadamente.
Tal como lo dijo ella, antes de las siete de la tarde estaba en casa de Harry, y antes de que pronunciara alguna palabra, él la llevó a la cocina, donde estaban servidos varios platos de alimentos, desde frutas y vegetales hasta carne. Y mientras comía y comía, Hermione le aclaró cuales eran las responsabilidades que le asignaron en la revista. Harry escuchaba a medias, casi no había descansado durante toda la tarde. Apoyó la cabeza en su mano, y la miraba somnoliento. Entre las explicaciones que alcanzó a captar, la habían asignado para redactar la columna mensual que resumía los temas que se tratarían en cada edición de la revista. Además, sería la correctora literaria de todos los artículos que llevaría cada edición mensual. Al parecer éste último era bastante parecido al cargo que ella tenía en New York.
-¿Y Ron? – preguntó Hermione.
-En su habitación – dijo Harry, bostezando –, durmiendo.
-¿James está con él? – Harry asintió –. No creo que sea adecuado, Harry. Ron está descansando y con el ruido del televisor no lo hará muy bien que digamos.
Sacó su varita mágica y apuntando a los platos que había dejado casi limpios, la agitó. De inmediato todos ellos fueron a para al fregadero, donde se lavaron solitos.
-Mañana terminaré de revisar los escritos retrasados – le dijo a Harry cuando salían de la cocina – y de allí en adelante revisaré dos diarios para la edición del mes de marzo. Lo bueno de esto es que mis horas de trabajo son las mismas que tenía en New York y me quedará mucho tiempo libre para que estemos con James.
Subieron por las escaleras, donde unas cuantas fotografías los saludaron al pasar, entre ellas las del profesor Dumbledore.
-El señor Burke estaba muy asombrado con todos los escritor que alcancé a revisar y a corregir – comentó Hermione como quien no quiere la cosa, luego de mirar la fotografía del director de Hogwarts –. Pensó que me llevaría más de una semana la labor, pero yo quería salir de eso lo más rápido posible y comenzar en forma con lo que tenemos asignado para la próxima edición.
Aprovechando que iba tras ella, Harry bostezó sin reparo, tratando de estirar ambos brazos a la vez. Cuando los dos estuvieron en la habitación de Ron, se sorprendieron al ver a James profundamente dormido, con el control remoto del televisor en su mano y muy bien abrigado. Ron no lo parecía. A decir verdad estaba un poco destapado de cintura para arriba y se abrazaba con fuerza a la camisa de su pijama. Era como si James le hubiera arrebatado de a poquitos la protección contra el frío que Ron tenía. Hermione dio un resoplido de incredulidad mientras Harry avanzaba hasta el niño y lo tomaba en sus brazos.
-Nos quedaremos esta noche – susurró Hermione, cubriendo al pelirrojo con el gran pedazo de sábana que dejó James.
Al dejar a James debidamente acostado y bien abrigado, ambos decidieron también acostarse a descansar y se desvistieron mientras Harry le contaba a Hermione todos los pormenores de el abusivo entrenamiento que habían tenido ese día.
-Pero eso se puede denunciar, Harry – opinó ella, escandalizada –. Si tu capitán no controla su obsesión por el triunfo, más de uno pagará las consecuencias en su salud, además que tú podrás reincidir en la lesión.
-Solo fue por hoy – repuso Harry –. En cuanto la temporada se ponga en marcha todo volverá a la normalidad.
Como Hermione no tenía con qué dormir, decidió hacerlo completamente desnuda. Harry arqueó las cejas cuando ella le indicó con la mano, dándole suaves golpecitos a su lado de la cama, que fuera con ella. Sin pensarlo dos segundos terminó de desvestirse por completo y fue a su encuentro, besándola con pasión. Lastimosamente el cansancio fue más poderoso que sus ganas de pasarla bien esa noche y en menos de dos minutos estaba profundamente dormido.
