28

INQUISICIÓN

Harry estiró hacia su derecha el brazo, lo hizo perezosamente, buscando un poco del calor corporal de Hermione. Abrió los ojos de par en par al palpar el lugar completamente vacío y frío. Con la misma rapidez con la que abrió los ojos se incorporó. La luz del día tenía una lucha titánica con las cortinas de la ventana para poder traspasarla. Un suave y constante goteo informaba que estaba lloviendo. Harry arrugó en entrecejo, más como una señal de exasperación que como una señal de disgusto y con un fuerte resoplido se dejó caer en la cama con los brazos extendidos, como si fuera un cristo. No podía creer que Hermione se disgustara por haberse quedado dormido, ¿Qué de malo tenía? Si supiera y entendiera en realidad la clase de entrenamientos que estaba siguiendo para el reinicio de la temporada seguramente no se hubiera levantado a media noche, completamente furiosa, para marcharse de su casa.

Por su mente estaba pasando toda clase de alegatos y objeciones que le diría en cuanto la viera por desconsiderada, cuando una suave explosión proveniente de la chimenea lo hizo volver a la realidad. Con rapidez se cubrió el cuerpo, antes que el visitante reparara en su desnudez; pero cuál fue su sorpresa al encontrar a una lechuza completamente mojada en lugar de un ser humano. El ave aterrizó al lado de Harry y sacudió las plumas con fuerza, dejando las sábanas a medio mojar. Soltó de una de sus patas un sobre rojo y antes de que Harry se preguntara quién a esas horas de la mañana le escribiría, el animal estiró sus alas y emprendió el vuelo saliendo por la puerta de la habitación, que estaba completamente abierta.

Con una velocidad asombrosa Harry se puso las gafas y abrió los ojos como platos cuando se dio cuenta que el sobre rojo que la lechuza había dejado a su lado era un vociferador. Imaginándose que ésa era la manera en la que Hermione cobraría revancha por su falta de ganas la noche anterior, Harry se apresuró a abrir el sobre antes de que estallara y quemara sus finas sábanas blancas.

-¡POTTER! – dijo una voz fuerte y autoritaria salida del sobre –. ¡¿Con qué autorización te tomaste la mañana libre! ¡¿Acaso YO te la di! ¡Porque siendo así YO no lo recuerdo! ¡Y si fuera por mí te suspendería, pero tendría que suspender al equipo entero! ¡Esto no se va a quedar así, no señor!

Después de apagada la voz de Ralph, un tenso silencio se apoderó del ambiente, hasta que segundos después, la misma voz, proveniente de la habitación de Ron gritaba a todo pulmón el mismo mensaje, con la diferencia que inició gritando: ¡WEASLEY! en lugar de Potter. Harry volvió su vista hacia el reloj despertador, indicaba casi el medio día.

-Estaba durmiendo tan rico – declaró Ron, completamente escandalizado mientras se preparaba un sándwich como desayuno-almuerzo –. ¡Con qué derecho viene Ralph a despertarme de esa manera! Casi me mata del susto al escuchar su atronadora voz y oler a sábana de pelirrojo quemada… Y es culpa suya que nadie fuera por practicar en nosotros su anarquía brutal. Sinceramente no me arrepiento.

-Te juro que creí que eran las siete de la mañana – le dijo Harry, evitando por todos los medios bostezar. La espalda le dolía un poco –. Anoche en cuanto me acosté, caí fundido.

Ron detuvo la fabricación del sándwich y lo miró con avidez.

-¿Te quedaste dormido? – preguntó, muerto de curiosidad –. ¿Antes de iniciar la faena?

-No hubo faena – mintió Harry –. Estaba cansado y lo único que quería era dormir, punto. Y por favor, Ron, no vuelvas a realizar ese tipo de comentarios, respeta mi intimidad.

-Las mujeres suelen hablar de ése tipo de cosas – dijo Ron encogiéndose de hombros, sin darle importancia al comentario de Harry –. ¿Qué tiene de malo que nosotros lo hagamos?

-No me gusta – gruñó Harry.

-Pero, que sensible estas – dijo Ron, analizando a Harry de hito a hito –. A ti algo te pasa.

-No tengo nada- repuso Harry, mirando sin mucho entusiasmo su sándwich. En realidad no podía explicar la razón de su mal humor, omitiendo, claro está, los comentarios impertinentes de Ron.

-Ya que has decidido no comentarme nada sobre tu vida – siguió el pelirrojo, aunque con un poco en tono de reproche –, la única razón que yo lo veo a esto es la presión psicológica y moral que nos está dando Ralph.

Harry frunció el ceño completamente incrédulo. No veía al capitán de su equipo como el culpable de su inexplicable mal humor.

-Mira, Harry, yo en estos momentos, a estas horas del día, con este hambre y este sueño, me siento anímicamente devastado y estomacalmente vacío – Ron mordió un gran pedazo de su sándwich y después de unos segundos de masticar y tragar, prosiguió –: Lo bueno de este desafortunado incidente (me refiero a la advertencia de Ralh, por supuesto) el entrenamiento de mañana será un enfrentamiento y yo apostaré diez galeones a favor de Kat.

-Yo apuesto cien – dijo Harry con ironía, aunque muy en el fondo no estaba interesado en ver a Raplh y Katherine lanzándose maldiciones a diestra y siniestra.

La tarde fue invadida por una lluvia suave pero constante. Los pocos vestigios que quedaban de nieve, principalmente en los techos de las casas y en el borde de las calles, se iban derritiendo poco a poco a causa del gotereo. Mientras Harry se veía un capítulo de Bob Esponja (se había acostumbrado por la frecuencia en que lo hacía con James), Ron tenía desplegado sobre la mesa de la sala un par de pergaminos, anotando en ellos, con mucho entusiasmo, los posibles hechizos y maldiciones que utilizarían Ralph y Katherine respectivamente. Además, como si fuera una predicción, Devon, Mallo y Franco le habían enviado mensajes vía lechuza ofreciendo dinero para la apuesta; así que Ron, para conocer sus posibilidades reales de triunfo, analizaba con las lista las debilidades y fortalezas de los duelistas. Cuando Harry estaba por preguntarle los resultados de su análisis, se vio silenciado por el sonido de tres golpes en la puerta. Con el ceño fruncido debido a su exasperación y ansias de conocimiento la abrió, sorprendiéndose con la presencia de la persona a quien le había abierto.

-¿Qué haces aquí?

-Vine a traerte una tacita de azúcar – repuso Hermione a punto de sonreír, luego se arrepintió – ¿Y a ti qué te pasa?

-Nada – mintió Harry mientras abrazaba a James y le dio paso a Hermione para que siguiera.

-¡Lo tengo! ¡Lo tengo! – exclamó Ron muy entusiasmado y aplaudiendo de la emoción –. Ya sé quién ganará el duelo mañana. Hola, Hermione – la saludó con apuro cuando se sentaba frente a él. Después le dijo a Harry –: Katherine tiene el 78 de posibilidades de triunfo.

-¿Estás seguro? – preguntó Harry, acercándose a Ron para ver los resultados de su análisis –. Mira que pienso invertir mucho dinero en esto, Ron.

-Harry – dijo Ron, con el tono de ser el hombre más experimentado y sabio que haya pisado la faz de la tierra –, esto será como la pelea entre una cucaracha y una chancleta, muy reñida, pero hemos visto las habilidades de Kat , sobre todo a la hora de tratar de convertir a Ralph en algo verdaderamente asqueroso y lo menos parecido a un ser humano – Harry asintió – y Ralph es muy bueno para los encantamientos escudo, prueba de ello es que todavía tenga un aspecto decentemente normal, ¡Pero!

-¿Pero?

-Katherine tiene algo que Ralph no, y son unas uñas así de largas – concluyó Ron, realizando una medida ficticia con sus dedos sobre la longitud de las uñas de la chica.

-¿Qué pasó? – preguntó James con mucho interés.

-Que mañana habrá un duelo entre el capitán de nuestro equipo y una de las cazadoras – le informó Harry.

-¿Cómo es eso? - preguntó esta vez Hermione.

-Bueno, en realidad es lo que sospechamos – admitió Harry, tratando de adivinar los garabatos que Ron había hecho en los pergaminos. No quería mirarla.

-¿Y de dónde sacaron esa conclusión?

-Es la tendencia que se ha venido manejando todo este tiempo – observó Ron –. Ralph es como el capitán Garfio y Kat es como Campanita.

Hermione lo miró con las cejas arqueadas sin comprender muy bien a qué se refería el pelirrojo. Harry hizo lo mismo. Ante la ignorancia de su público, Ron se vio en la tarea de explicar cada uno de los enfrentamientos que Katherine y Ralph han tenido durante la temporada, además de las razones por las que creía tendrían un duelo al día siguiente.

-Pero ese tipo es un bruto – dijo Hermione, escandalizada –. ¿A quién se le ocurre ponerlos a entrenar a ese ritmo, estando a escasos días del reinicio de la temporada?

-A él – dijeron Harry y Ron al unísono.

-¿Es que no se da cuenta que los puede lesionar? ¿Y Harry? ¡Puede reincidir en la lesión!

-Eso ahora no importa – la atajó Ron –. Lo que importa es que para mañana a estas horas tendré muchos galeones en el bolsillo.

Hermione lo miró con desaprobación mientras James salía de la cocina limpiándose la boca con el dorso de la mano. Como no había entendido las explicaciones de Ron, perdió todo interés en el tema.

-¿Y cómo estás tan seguro que lo vas a ganar? – preguntó Hermione, bastante incrédula.

-Gracias al exhaustivo análisis que hice – argumentó Ron con altivez, arrebatándole los pergaminos a Harry y pasándoselos a ella –. Yo voy a la fija.

Hermione los analizó con detenimiento y ante la sorpresa de ambos chicos, rayó, tachó y garabateó muchos de los apuntes de Ron. Cada vez que él trataba de protestar Hermione lo miraba con mucha severidad para que no la interrumpiera y en menos de diez minutos dejó la pluma quieta.

-Debiste haber tomado aritmancia – le dijo Hermione a Ron, dejando extendidos sobre la mesa los pergaminos para que se secaran.

-¿Por qué lo dices? – inquirió Ron, tratando de echar un vistazo a sus más que tachadas y despreciadas conclusiones.

-Porque con la aritmancia puedes hacer un análisis más profundo tomando en cuenta datos como el nombre y sus mejores hechizos, y convertirlos en cifras – le explicó Hermione –. Además, esa chica no tiene el 78 de posibilidades de triunfo.

-¿No? – preguntó Ron, horrorizado.

-No – ratificó Hermione – tiene el 87.

Ante los inesperados resultados, Ron se dispuso a enviarles mensajes a Devon, mayo y Franco para comunicarles que él aumentaba el monto de su apuesta. James se ofreció a verlo escribir, cerrar y sellas cada una de las cartas mientras sus padres se encerraron en la habitación de Harry para hablar:

-¿Ahora si me quieres decir qué es lo que te pasa? – le preguntó Hermione sin rodeos en cuanto Harry cerró la puerta de su habitación.

-Ya te lo dije, no me pasa nada.

-A mi no me mientas, Harry.

-Pues es asunto tuyo si no me crees – repuso Harry en un tono peligrosamente mordaz.

Hermione lo miró con los ojos entornados y los labios apretados; parecía que deseaba hacerle estallar la cabeza con una visión de rayos láser.

-¡Me dejaste solo! – exclamó Harry de un momento para otro –. Te fuiste y me dejaste solo, no me dijiste nada.

La mirada de Hermione, anteriormente de matadora, cambió a una de total sorpresa e incredulidad.

-¿Cómo?

-Si, me quedé dormido, pero eso no era excusa para que te fueras a media noche y me abandonaras – soltó Harry, liberándose por fin del nudo que tenía en la garganta –. ¿Cómo crees que me sentí cuando esta mañana no te encontré? ¿Y qué hiciste con James? ¿Lo despertaste y te lo llevaste medio dormido?

-Yo no hice eso – dijo Hermione despacio y claro para que el atropellado cerebro de Harry entendiera.

-¡Ya sé! ¡Entonces lo hiciste levitar! – apuntó Harry con el entusiasmo de quien descubre que el agua moja.

-No me moví de tu lado en toda la noche – le informó Hermione.

-No te creo – le espetó Harry, dándole la espalda. Lejos de sentirse satisfecho por desahogarse con Hermione, algo en su cerebro le susurraba que era ilógico que se sintiera tan disgustado.

-Harry, yo no quise despertarte porque supuse que estabas así de cansado por tus entrenamientos.

-Eso lo concluiste con lo que te contamos Ron y yo esta tarde – la interrumpió él.

-Pues yo recuerdo muy bien que en varias ocasiones me contaste sobre la obsesión de tu capitán en los entrenamientos – argumentó Hermione con un dejo de disgusto – y por consideración a ti decidí no despertarte ¿Qué querías que hiciera? ¿Que te utilizara como un títere?

-Si – dijo Harry. Hermione abrió los ojos como platos, sorprendida. Harry se corrigió –: No, quiero decir que no.

-Y hoy me levanté para llevar a James al colegio y para ir a trabajar – continuó ella –. Y para tu información nos bañamos y desayunamos aquí, en tu casa.

-Por lo menos debiste haberme dejado una nota, ¿no? – propuso Harry, segundos después que su cerebro procesó y entendió toda la información.

-Lo pasé por alto, lo acepto. Pero creí que no era necesario.

-Creíste mal – repuso Harry con desdén – Ahora, déjame solo.

-¿Qué?

-Que me dejes solo.

Hermione guardó silencio, mirándolo con una mezcla de seriedad y lástima. Suspiró como quien lo hace lego de aceptar una derrota y salió de la habitación.

-Eso… Déjame… Ahora si me haces caso, ¿verdad? – murmuró Harry con ironía.

Se sentó en la cama, pasando las manos por el alborotado cabello para después apoyar los codos en las rodillas y rodearse el cuello con las manos.

Durante varios minutos trató de buscar una explicación a su comportamiento. A pesar de que Hermione le había informado que ella si había pasado la noche en su casa y que no lo había despertado por consideración a su cansancio no pudo evitar sentir furia hacia ella. No era justo que lo haya dejado dormir como una roca cuando él quería estar activo durante buena parte de la noche. No era justo que no le diera un beso de buenos días o un beso de despedida. Ni siquiera era justo que ella no lo despertara reclamándole un poco de atención. De pronto oyó que encendían un auto y de inmediato corrió a la habitación de Ron; desde allí podía verse la calle. Su presentimiento resultó ser verdad. Hermione se marchaba con James en la mini-van.

-Cambia esa cara, Harry – le dijo Ron a la mañana siguiente durante el desayuno –. Hoy es un día muy importante para la historia del equipo.

-Y eso a mí en qué me perjudica – repuso Harry con indiferencia, sirviéndose otra caliente y humeante taza de chocolate.

-En nada y es por tu culta. Debiste haber apostado alguito… En realidad nunca pensé que fueras tan tacaño.

Harry no le prestó atención, sólo se limitó a encogerse de hombros en una actitud bastante insolente.

-Y otra cosa que estoy detectando en tu aura – continuó Ron de manera analítica – es que estás comiendo como un auténtico porky…

-¿Porky?

-Cerdo – aclaró el pelirrojo.

-Ayer no comí nada – se justificó Harry –. No pretenderás que me deje morir de hambre.

-Eso jamás. Es preferible que te mueras por el acoso de Estorbo. Y hablando de Estorbo, ¿Dónde está Estorbo?

-No sé. No la he vuelto a ver desde aquel día en el Callejón Diagon, cuando nació Amelie.

-Es increíble que con todo lo que te persiguió y con todo lo que no obtuvo esté quietecita y dejándonos vivir en paz – analizó Ron con un toque de solemnidad –. Yo opino que se le quitaron las ganas cuando supo que tendrías otro hijo con Hermione, y sería una completa descarada si sigue detrás de ti cuando no le has demostrado absolutamente nada.

-¡Que filósofo eres!

-La universidad de la vida, Harry – admitió Ron con orgullo –, y una asignatura especial llamada: Cómo entender a las mujeres y no morir en el intento.

Harry lo miró con las cejas arqueadas.

-Ni te preocupes – repuso Ron con desdén –, reprobé cinco veces.

Cuando los chicos llegaron al estadio para el entrenamiento matutino encontraron a sus compañeros de equipo hablando en voz baja, algunos de ellos diciéndose cosas a los oídos. Harry y Ron se acercaron a ellos y se unieron a las conversaciones, la gran mayoría especulativas, de lo que pasaría aquella mañana cuando Ralph y Katherine se vieran cara a cara. Algunos de ellos, como Devon y Mallo, estaban demasiado ansiosos, estrujando sus manos debido al frío y los nervios por el dinero que ganarían y perderían en unos cuantos minutos.

Harry comprobó, para gran sorpresa suya, que todos excepto él habían apostado en el probable duelo. Hasta Tommy, que parecía ser el más seriecito de toda la plantilla, apostó veinte galeones a que el resultado final sería un empate. Fue el único, ya que el resto de los jugadores daba como ganador a Katherine o a Ralph, siendo la chica la archifavorita.

Los minutos pasaron y cuando Ralph se reunió con sus jugadores un silencio de tumba se apoderó de los mismos. Mientras la casi imperceptible lluvia seguía cayendo, Ralph daba sus instrucciones para el entrenamiento del día, al parecer como si fuera más un juego de recreación en comparación a los tormentosos y agotadores entrenamientos de los días anteriores. Durante sus diez minutos de explicación no dejaba de golpear su varita contra la palma de la mano, como alistándose para un ataque sorpresa. Sus ojos enfocaban a cada uno de sus jugadores y a la vez a ninguno en especial y cada vez que no veía a Katherine entre ellos, la buscaba disimuladitamente a sus espaldas, temeroso de que en cualquier momento la chica le lanzara unja torrente de raras y malolientes maldiciones; a pesar de eso, no dijo nada sobre la inasistencia general al entrenamiento del día anterior.

-Es bastante extraño que Katherine no se haya presentado al entrenamiento de hoy, ¿no? – le comentaba Ron a Harry cuando volaban juntos sobre el campo de juego –. Es decir, ella siempre nos ha defendido de la anarquía brutal de Ralph y preciso cuando rompe su propio record de tiranía, no aparece.

-¿Y qué tal que esté indispuesta? – apuntó Harry –. Recuerda que nosotros pasamos todo el día de ayer tratando de recuperar energías. Además, las mujeres son más delicadas y tardan más en recuperarse.

-Ella no, Harry – dijo Ron con testarudez. Se quedó estático frente a los arcos y agregó –: Esta apuesta no se nos puede caer, y hay que averiguar lo que está pasando.

Durante toda la mañana el entrenamiento, mucho más parecido a un juego didáctico, fue un tanto desordenado. Ante la ausencia de Katherine, Belinda y Devon no lograban coordinarse a la perfección con Onix, la cazadora suplente que la estaba reemplazando. A pesar de que la chica era muy buena en su posición, sus lanzamientos y pases cogían desapercibidos a Belinda y a Devon y a pesar de todo el esfuerzo que los tres hicieron, al final fueron muy pocos los pases y gambetas que pudieron realizar. Sinceramente, la falta de juego en equipo entre los tres fue absurdamente evidente. Mientras tanto, Ralph resoplaba y se pasaba las manos por el cabello una y otra vez a causa del mal genio y de la desesperación. Los gritos fueron innecesarios ante su denotada actitud y solo cuando el trío de cazadores logró realizar un pase completo, respiró profundo, como quien dice "por fin". A pesar de esto solo faltaba un partido para el reinicio de la temporada y el trío no estaría a punto a tiempo. Ante la pesimista expectativa de una derrota más, Ralph concentró toda la responsabilidad del partido en Ron, Tommy, Harry y él mismo.

Pasado el medio día y cuando finalizó el entrenamiento, Ralph reunió a todos sus jugadores en el centro del campo de juego para indicarles a qué hora se reunirían al día siguiente para el partido. Estaban en esas cuando el utilero del equipo se acercó a ellos, acompañado de un señor muy anciano, encorvado y de malas pulgas.

-Capitán – dijo el utilero –, este señor lo busca.

-¿Ralph O´Neal? – preguntó el anciano con voz gruesa y enérgica, a pesar de la enmarañada bufanda que le cubría el cuello y la boca. Cuando Ralph asintió el anciano continuó –: Yo soy el manager de la señorita Kate… Cof, cof… ¡Ay, Dios, este clima! – negó con la cabeza –. Soy el manager de la señorita Katherine Williams y en nombre de mi representada vengo a informar que la señorita Williams da por terminado el contrato deportivo con su equipo.

-¿Cómo? – inquirió Ralph mientras el resto del equipo miraba muy sorprendido al anciano, en busca de una explicación.

-En próximos días recibirán de parte del Departamento de Juegos Mágicos la notificación de la demanda de finalización de… cof, cof… del contrato deportivo – continuó el anciano sin prestar mayor atención a la pregunta de Ralph o a las miradas del resto de los presentes –. Como es natural, usted, por ser el capitán del equipo, así como los dueños de la franquicia, deberán asistir a la audiencia de conciliación…

-¿Cómo puede haber audiencia de conciliación si la que da por terminado el contrato es ella y no nosotros? – lo interrumpió Belinda.

-Porque la causal de demanda es el señor O´Neal – respondió sin rodeos el anciano.

-¡Fantástico! ¡Fantástico! – exclamaba Ralph con ironía e histeria, caminando en círculos por el camerino –. No tenemos cazadora y además YO tengo la culpa… - se detuvo en seco y miró con detenimiento a Belinda que en esos momentos se pasaba una toalla por la cabeza. Los demás trataban de escurrir sus túnicas.

-¡Ay! Ya les dije que no sabía nada – se defendió ella, Ron bufó. Belinda, en venganza, le pringó el pecho con la toalla mientras él se quejaba –. Es la verdad. No he hablado con Katherine desde hace dos días. ¿Tú no sabes algo? – le preguntó a Devon.

-Ni forro – repuso él. Como los demás no entendieron, aclaró –: Nada, no sé nada. Lo único que sé es que me quedé con las ganas de ver un duelo entre ella y el capitán.

-Lo que hay que pensar es qué vamos a hacer para el partido de mañana – murmuró Ralph sin dejar de caminar por el camerino y sin inmutarse por el comentario de Devon –, porque con el nivel que presentaron el día de hoy sinceramente no alcanzará para nada.

Belinda y Onix miraron a su capitán con ganas de matarlo, Devon se limitó a entornar los ojos.

Si era verdad lo que Ralph decía, que el nivel de los cazadores no era suficiente, y al parecer si lo era, Harry se vería en aprietos al tratar de mostrarle a su hijo el gran equipo en el que jugaba. Se suponía que si James veía lo divertido y fascinante que era el quidditch más temprano que tarde le gustaría y dejaría a un lado de una vez por todas su gran afición por el quodpot.

Con el fin de que los cazadores estuvieran a punto para el gran partido, a Harry se le ocurrió una idea y cuando abrió la boca para expresarla, Ron le dio un pisotón.

-Ni se te ocurra sugerir que sigamos entrenando – le advirtió Ron en susurro –, no vez que está que llueve más fuerte.

-Esa no es una postura de competencia, Ron – le reprochó Harry, bastante dolido con su amigo.

-Es una postura de atleta cansado – dijo Ron con aires de solemnidad –. Y si pretendes que mañana sea un buen guardián por lo menos déjame descansar.

-Más vale que así sea – dijo Harry en tono amenazador –, porque sino, este pisotón me lo cobro.

-¡Devon! – dijo de pronto Ralph, se detuvo en seco y lo miró –, voy a ver a Katherine, acompáñame.

-¿Por qué yo?

-Porque sabes dónde vive ella y yo no – repuso Ralph.

-Belinda también sabe – observó Devon.

-Pero yo quiero que me acompañes tú – sentenció Ralph.

-¿Sin siquiera almorzar? – preguntó Devon, horrorizado.

-Te gasto el almuerzo que quieras, pero vienes conmigo.

Devon parecía debatirse consigo mismo ante la perspectiva de un suculento almuerzo por acompañar a su capitán. Entonces miró a Harry y de inmediato sus ojos se encendieron en una mirada maligna; en ese momento Harry tragó saliva, temeroso ante las intenciones maquiavélicas de su compañero.

-Harry, compañero – le dijo Devon al acercarse a él. Le dio unas palmaditas en la espalda y continuó –: Creo recordar que me debes una.

-¿Yo? – se extrañó Harry.

-Si, tú – confirmó Devon –. A ver: septiembre, cabellos míos, poción multijugos…

-Si, te debo una – rectificó Harry.

-Y disculpa que te la cobre, pero necesito que vallas conmigo.

Harry arqueó las cejas. Esperaba de todo menos que Devon le pidiera que lo acompañara.

-¿Y por qué? – inquirió Harry al no comprender las intenciones del chico.

-Porque no quiero estar solito con Ralph – contestó su compañero en voz baja para que nadie los escuchara –. Con el genio que tiene y la tensión del partido de mañana, si algo sale mal me regaña y me pega.

-Ni que fuera tu madre.

-Le diremos a Ralph que nos acompañarás porque después ambos iremos al Callejón Diagon a comprar cualquier cosa.

-No quieres que Ralph piense que eres cobarde – apuntó Harry.

-Cobarde no, precavido – aclaró Devon.

La casa de Katherine quedaba ubicada a unos 15 kilómetros de Liverpool. Era una granja construida en piedra, como las viejas campiñas inglesas, con el techo de paja y una chimenea en el extremo norte y otra en el extremo sur, rodeada de árboles que para ese entonces estaban sin hojas y con unos cuantos copos de nieve entre sus tramas y cercana a una carretera sin pavimentar, indicio de que la zona era poco habitada y generalmente sin visitantes.

Antes de que Ralph llamara a la puerta, tres conejos pasaron retozando por su lado y cuando menos pesaron, ¡plof, los conejos echaron chispas y de sus cabezas salieron varias motas de pelo color marrón con las puntas hacia arriba, dándoles un aspecto de erizos y siguieron corriendo como si nada.

-Esto es obra de ella – comentó Ralph negando con la cabeza y dando tres golpes a la puerta.

-Seguramente lo iba a utilizar en ti – murmuró Devon.

-Buenas tardes – dijo Ralph al elfo doméstico que les había abierto la puerta –. ¿Se encuentra la señorita Williams?

-Un momento, señor – respondió el elfo con voz chillona y al hacer la común reverencia a los magos la criatura pisó un extremo de la vieja y raída bufanda que le cubría el cuello, y al tratar de incorporarse se cayó.

-¿Se encuentra bien? – le preguntó Harry mientras Ralph ayudaba a levantarlo.

-Se encuentra bien este tonto u torpe elfo, señor. Gracias, señor – le dijo a Ralph, luego miró a Harry para agradecerle su preocupación, cuando reparó en la cicatriz en forma de rayo que tenía en la frente – ¡Harry Potter! ¡Harry Potter y sus amigos en la casa de mi señora! – chilló la criatura, con los ojos encharcados en lágrimas – ¡Ay, y este elfo que deshonra el nombre de la casa!

-Cálmese – le dijo Harry, bastante abochornado ante los chillidos del elfo –. Solo venimos a ver a Katherine.

-La joven ama se encuentra en casa – informó la criatura, con la voz ahogada a causa del llanto –, pero la ama la tiene castigada.

-¿Castigada? – inquirió Devon –. ¿Por qué?

-Ousla no puede decir los asuntos de la familia, no señor – repuso el elfo, negando enérgicamente con la cabeza –, pero le dirá a la joven ama que sus amigos vivieron a visitarla.

Y dicho esto, cerró la puerta. Ralph resopló con impaciencia y se volvió hacia Harry y Devon.

-Esto es muy extraño – comentó el capitán –. ¿No que era muy independiente? ¿Desde cuándo a una mujer tan vieja se le castiga?

-Cuidado, no valla a ser que te escuche – le advirtió Devon –. Según me contó, esta es la casa de su abuela, pero ella casi no permanece aquí sino en Italia y Holanda. A lo mejor la abuela está aquí y Kat hizo algo que a la viejita no le gustó.

-De todas maneras… ¿Qué hacen aquí? – preguntó Ralph cuando el resto del equipo aterrizaba y desmontaba sus escobas delante de ellos.

-¿Y si el duelo se da aquí? – aventuró Ron –. No podemos dejar de saber qué pasó.

Ralph frunció el ceño y estaba dispuesto a abrir la boca para recitar las leyes de la conducta, el respeto y el buen comportamiento cuando sobre su cabeza cayó un nudo de sábanas. Todos alzaron la cabeza para sorprenderse al ver a Katherine bajando con torpeza por una especie de cuerda formada por varias sábanas atadas. Cuando la chica tocó suelo lo primero que hizo fue abrazar a Ralph para después soltarlo y empujarlo con las manos.

-Sinceramente eres un idiota – susurró ella, seguramente para que en su casa nadie la escuchara – ¿Te das cuenta en el problema en el que me metiste? ¿No se te ha pegado un poquito de la astucia de mi prima?

-¿Yo que hice? – inquirió Ralph en voz baja –. ¿Y qué tiene que ver Martina en esto?

-¿Qué hiciste? – repitió Katherine, incrédula ante la pregunta de su capitán –. Enviaste ese estúpido vociferador y yo vivo con mi abuela, Ralph. A la pobre cucha casi le da el patatús. ¿Y Martina qué tiene que ver en esto? Pues que si le hubieras pedido su opinión lo más probable es que te hubiera sugerido enviarnos una carta en vez de ese… estúpido… vociferador – terminó ella, chuzando el pecho de Ralph con el dedo índice.

-Estaba en mi derecho de llamarles la atención – se defendió Ralph.

-¡Claro! – exclamó Katherine con ironía – y gracias a eso mi abuela me castigó y contrató a ese viejo decrépito para dar por terminado mi contrato.

-¿Ella fue la de la idea? – le preguntó Tommy.

En cuanto Katherine reparó en su presencia se le lanzó para abrazarlo, llevándose a varios por delante, entre ellos Harry. Cuando terminó de abrazarlo lo miró, para después darle un fuerte beso en los labios.

-Tan lindo tú – le dijo a Tommy en el tono más cariñoso que Harry había escuchado en su vida. Luego, la chica abrazó a uno por uno hasta que llegó nuevamente donde Ralph, lo tomó de la solapa de su abrigo y lo zarandeó –. ¡Has algo! ¡Has algo!

-¡Con cuidado que es finísima! – se quejó él –. ¿Y qué pretendes que haga? ¿Que me arrodillé?

-Si es necesario, si – sentenció Katherine –. Ahora, ayúdame a subir antes de que me descubran.

Esperaron hasta que Katherine subiera nuevamente hasta la ventana del segundo piso por donde había salido y cuando subió las sábanas y la cerró los demás se alejaron de allí. Decidieron agruparse, ocultándose entre un grupo de árboles que había a veinte metros de la casa.

-Bueno, al menos sabemos que Katherine quiere seguir en el equipo – dijo Tommy, luego miró a Ralph –. ¿Qué piensas hacer?

-¿Yo?

-Si, tú. Por tu culpa es que estamos como estamos – observó Belinda, cruzada de brazos –. Tienes que hacer algo para reconciliarte con la abuela de Kat… y tiene que ser de inmediato porque para mañana a estas horas ya estaremos jugando.

-Pues para que todos lo sepan, desde hace rato puse a maquinar mi cerebro para encontrarle una solución a esto – les informó Ralph un tanto disgustado y con el ceño fruncido –. Si es necesario que hable con esa señora, pues lo haré…

-Y si es de arrodillarse también lo harás – complementó Ron –. Todo sea por el triunfo, Ralph.

-Bueno, tampoco hay que irse a los extremos – se apresuró a decir el capitán.

-Claro que si – lo contradijo Harry –. Nosotros queremos ganar, ¿acaso tú no? Deberías de dar ejemplo.

-Y recuerda que ni Devon, ni Belinda, ni yo estamos al 100 coordinados como para jugar mañana – observó Onix –, pero si quieres esperar un par de semanas más, pues…

-¡Vale! ¡Vale! – exclamó Ralph, arto de las insinuaciones de los chicos –. Voy a hablar con la señora, pero si ven que me estoy demorando mucho, van en mi rescate.

Vieron cómo Ralph se acercaba nuevamente a la casa, topándose con uno de los tres conejos que en un principio se encontraron. Entre todos se miraban de reojo, preguntándose qué pasaría minutos después con un silencio a manera de burla.

Ralph llamó a la puerta varias veces y cuando le abrieron Harry pudo distinguir a Ousla, el elfo doméstico de la familia. Ousla volvió a cerrar la puerta mientras Ralph se quedaba allí parado, como una estatua.

-Ya, no se pudo – dijo Tommy con la voz queda.

-Ya, pues, sin llorar – le dijo Belinda, dándole unas palmaditas en la espalda. Tommy se limitó a mirarla de reojo.

-Y yo pensé que se daría un duelo de verdad – comentó Mallo muy desilusionado. Devon y Ron asintieron –. Ya saben, la experiencia contra Ralph.

-Se imaginan si se hubiera enfrentado a la abuela de Kat… - dijo Ron en tono soñador.

Pero no hubo tiempo de imaginárselo. El grito desgarrador de una mujer los puso en alerta y todos a la vez se pusieron en guardia con la varita en la mano. Cuál fue su sorpresa cuando vieron correr hacia ellos un aterrado Ralph gritando como un loco, o mejor dicho, como una loca, esquivando de puro milagro decenas de destellos que le lanzaba una anciana alta y delgada, empuñando su mano libre hacia el cielo. Todos al unísono, soltaron sonoras carcajadas mientras se escondían tras los árboles para que la anciana no los viera. Tratando de amortiguar el sonido de las risas, se taparon la boca con las manos. Entre tanto la anciana vociferaba:

-¡Canalla! ¡Mal criado! ¡Sin vergüenza! ¡Dictador!

A lo lejos, Katherine se asomaba por la ventana, tratando de oprimir la risa. Ralph tomó una de las escobas que habían dejado tiradas sus compañeros, montó en ella y dando una patada en el suelo se elevó varios metros y desapareció de vista.

-¡Vuelve acá, cobarde! – gritó la anciana. Los jugadores del equipo se quedaron mudos para que la mujer no se diera cuenta de su presencia –. ¡Martina va a saber esto, ya verás!

Devon respigó, como si hubiera descubierto algo. Segundos después la anciana regresaba a su casa por el mismo camino por el que persiguió a Ralph. Cuando estuvo lo suficientemente alejada uno a uno fue saliendo de su escondite. Algunos se habían limitado a esconderse tras los troncos; otros más extremistas como Franco, Devon y Onix habían subido hasta las ramas más altas y se bajaron de allí con precaución. Lo que si tuvieron todos en común fue que al verse las caras se mordieron los labios para no reírse.

-Esto estuvo de ataque – dijo Belinda entre flojas risas, sin poderse contener –. Pobre Ralph.

-Se lo merece – se limitó a decir Tommy.

-Creo que con lo que le dijo de veras lo asustó – analizó Ron.

-¿Con lo de Martina? – preguntó Harry –. Pero si yo recuerdo que es muy amable.

-Y lo es. Pero he analizado que lo que más teme Ralph es decepcionarla – explicó Devon –, pero si la doña le cuenta que casi la mata del susto con lo del vocifeador ¿Cómo crees que se sentirá? Por eso está tan obsesionado con el triunfo, quiere demostrarle a ella que vale la pena. Otra cosa que descubrí es que nos trajo aquí como escudos humanos, Harry. Él conocía a la familia de Kat y sospechaba que la abuela le caería a hechizos en cuanto lo viera… pero le salió el tiro por la culata.

Harry sintió compasión por su capitán. Él sabía perfectamente lo que sentía ya que buscaba de la misma manera el modo de impresionar a James para que supiera lo que valía su padre y lo divertido que podría ser el quidditch.

Pese a la fuga, Ralph no tardó en reunirse de nuevo con sus jugadores. Respiraba con fuerza, aún agitado por la maratónica escapada.

-Bueno, el dialogo no funcionó – le dijo al equipo.

-Yo propongo algo – dijo Devon. Todos lo miraron, expectantes –. Almorcemos.

-Ahora no – se apresuró a decir Ralph.

-Y quien quiera que Ralph lo pague, que alce la mano.

En cuanto Devon dijo esto, doce manos se levantaron.

Franco se ofreció para ir hasta Liverpool por comida para todos. Les habló del restaurante de una bruja islámica cuya sazón era riquísima y una hora después comprobaron que era verdad. Cuando estaban a punto de finalizar con la comida y mientras debatían qué haría Ralph para hablar civilizadamente con la abuela de Katherine, la chica se asomó por la ventana agitando la mano, al parecer tenía un papel en ella.

Accio! – exclamó Belinda, apuntando con su varita en dirección a Katherine.

De inmediato el pergamino que la chica tenía escapó de su mano y fue a parar a las de Belinda. Lo desplegó y al leerlo en silencio una sonrisa irónica se dibujó en su rostro.

-A mi abuela le gusta Legis – leyó Belinda en voz alta –, así que consíganlos como puedan y tráiganlos. Bueno, Ralph, ahí verás como le haces.

-¿Y esos quienes son? –preguntó Ralph con el ceño fruncido.

-Son un grupo de música folklórica irlandesa – le explicó Belinda mientras volvía una bolita el pergamino –, tiene más de ciento veinte años de creado.

-¿Y cómo los consigo? – preguntó Ralph –. Porque me imagino que deben estar en una gira o algo así.

-Deberías ir al Callejón Diagon – le aconsejó Franco –. Pregunta por Feni Salash, es una bruja representante de artistas, quizá ella te pueda decir.

Ralph tomó una de las tantas ramas que habían esparcidas por el suelo y la encantó con su varita mágica para utilizarla como traslador. Dos horas después el capitán no había regresado y aunque aún era temprano, por la estación en la que se encontraban el cielo adquirió un tono azul oscuro, estaba atardeciendo. Para matar el tiempo por la espera y aprovechando que Ralph no se encontraba por allí, los chicos jugaron a los naipes explosivos (Tommy nunca salía de casa sin uno) y cuando ya se aburrieron, Devon encontró la manera perfecta de animarlos, realizando una exageradísima pantomima de la persecución de la cual fue víctima Ralph al inicio de la tarde. Las carcajadas inundaron el ambiente, unas cuantas lágrimas aquí y allá y varias personas tiradas en el suelo por perder el equilibrio. La tardanza de Ralph indicaba que no había podido localizar a los tales Legis y sin ellos una reconciliación con la abuela de Katherine era considerada como misión imposible. Apabullados ante la visión de que los cazadores tendrían poca participación en el partido y con toda la responsabilidad del resultado puesta en las espaldas de la defensa y el buscador; Devon, Belinda y Onix se alejaron un poco del grupo y comenzaron a lanzarse entre si un balón muy parecido al del fútbol americano (Ron se los aconsejó) para aprovechar la irregular trayectoria del objeto y por lo menos hacer uno que otro pase con la mayor coordinación posible.

-¿Qué es ese ruido? – preguntó Mallo, intrigado porque seguramente era la primera vez que oía timbrar un teléfono celular.

-Es tecnología muggle, Mallo – le explicó Tommy mientras Harry buscaba en su abrigo su móvil para contestar –, lo utilizan para comunicarse entre si en tiempo real. Es muy útil, ¿sabes?

-¿Cómo conoces tanto sobre el tema?

-Porque soy "miti – miti" – dijo Tommy llanamente –. Mitad mago, mitad muggle.

-No me digas que ese es el ring tone de Bob Esponja – murmuró Ron, temiendo lo peor.

-El mismo – le confirmó Harry. Vio en la pantalla el nombre de la persona que lo llamaba y se alejó del grupo para poder hablar con ella sin interrupción –: Hola, Hermione.

-Hola, Harry. ¿Cómo estás? ¿Te sientes bien?

-Me siento muy bien, ¿Por qué lo preguntas?

-Por nada – dijo Hermione con rapidez –. Estuvimos en tu casa y estaba vacía… James, no oprimas los botones, por favor… Te decía que estuvimos en tu casa y no había nadie. ¿Todavía estas entrenando?

-Casi.

-¿Casi?

-Si, casi. Estoy con el equipo. ¿Dónde estás tú?

-En el edificio donde vivimos… Te lo dije, James, ahora esto hará la parada en todos los pisos.

A lo lejos Harry pudo escuchar como su hijo se reía con desparpajo.

-Quiero verte – le dijo él.

-Yo también te quiero ver.

-¡Y yo! ¡Y yo! – gritó James

-¡Oye! Por qué no vienen y me hacen compañía – le propuso Harry muy animado –. Aprovechamos también para que conozcas a mis compañeros y para que ellos te conozcan a ti y a James.

-¿Estas muy lejos?

-A unos kilómetros de Liverpool.

-Ir en auto me tomará más de dos horas – murmuró Hermione, como si estuviera pensando en voz alta –. ¿Conoces las coordenadas?

-No – dijo Harry con pesar. En ese momento Devon gritó, insultando el balón –. Pero sé de alguien que la conoce. Hermione, ¿eso no es peligroso?

-¿Qué? ¿Trasladarnos? No, para nada. Lo peligroso es aparecerse – le informó ella.

-Harry fue al encuentro con Devon mientras Hermione le contaba que ya había terminado de revisar y corregir todos los artículos que aparecerían en la próxima edición de la revista. Devon, aún ofendido y de mal humor con el balón le dio las coordenadas a Harry prácticamente sin darse cuenta y después éste se las dijo a Hermione.

-Bueno, deja que nos pongamos ropa más cómoda y espéranos para dentro de media hora.

Harry esperó durante media hora, Ralph seguía sin aparecer y sus compañeros de equipo se sentaron para observar cómo Belinda realizaban pases mucho más coordinados en comparación con Devon que se le escapaba el balón entre las manos o se le desviaba a una dirección diferente de donde se suponía la había lanzado.

-¡Chueco!

-¡Manos de mantequilla!

-¡Ábranse! – les gritó Devon, exasperado.

El cielo se oscureció por completo y las estrellas hicieron su aparición. Los chicos hicieron tres fogatas para iluminar más el campo y para brindarse un poco de calor. Harry creyó que Hermione ya no llegaría, cuando de pronto escuchó la voz de un niño que chilló:

-¡"Otla" vez!

Al parecer sus compañeros no lo escucharon porque siguieron burlándose y apoyando a Devon. Hermione y James estaban a unos pasos de Harry, ambos muy bien abrigados y con gorros en la cabeza (James también tenía orejeras). El niño cuando distinguió a Harry soltó la mano de su madre y corrió hacia él para después saltar a su cuello y darle un fuerte abrazo.

-Hola, ¿qué haces?

-Esperarlos.

-Ya no más, estamos aquí.

Padre e hijo sonrieron y Hermione se acercó a ellos. También sonrió a Harry y él dejó una mano libre para poder abrazarla.

-¿Qué tal el trayecto? – le preguntó un poco preocupado.

-Buen, no pasa nada.

Luego se dieron un largo beso en los labios que provocó en los oídos de Harry un silencio de desierto. Cuando se separaron Harry vio a todos sus compañeros mirándolo con sorpresa y completamente mudos.