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MÚSICA PARA TUS OIDOS

-Como si nunca hubieran visto a una pareja – dijo Ron en voz baja, acercándose a Harry y a Hermione –. Principiantes.

-Y tu eres el niño experto – repuso Hermione, sonriendo con ironía.

-Niño no, hombre – aclaró Ron. Luego chocó las manos con James –. Esto no suena igual con guantes.

-No suena a nada, Ron – observó James con el ceño fruncido y mirándose las manos –. "Pelo" si me los quito, me da frío.

-Para tu fortuna estamos al final del invierno – le informó Ron –. De pura chiripa hoy no llovió más…

-Menos mal – dijo James, mirando el estrellado cielo –. ¿Y quienes son ellos?

Harry siguió con la vista la dirección que indicaba la mano de su hijo. El niño estaba señalando al equipo entero que en esos momentos los miraba expectantes y al advertir la mirada de Harry voltearon la cara de inmediato.

-Ellos son mis compañeros de quidditch.

-A mi me gusta el quodpot – repuso James distraídamente.

Harry y Ron se limitaron a mirarse. Hermione comenzó a hurgar en la mochila que llevaba al hombro.

-¿Quieren chocolate caliente? – les preguntó.

-La duda ofende – repuso Ron.

-También traje para el resto de sus compañeros.

-¿Y no trajiste algo más? – preguntó Ron con mucho interés –. No sé, tal vez panecillos, galletas, no te rechazaría un sándwich…

-Sándwich suena bien – intervino Harry bastante antojado.

-Sólo traje panecillos, pero si no los quieren recibir…

-¿Quién dijo que no? – replicó Ron.

-Nadie, Ron. Nadie – dijo hermione con mansa voz.

-Bueno, vamos que quiero presentarles a los chicos – les dijo Harry con rapidez. En realidad no era el momento ni el lugar para que Hermione y Ron iniciaran una de sus típicas discusiones.

Caminaron hasta el grupo de chicos, que de no haber sido porque Harry los pilló in fraganti, hubieran pasado por estar en conversaciones interesantísimas. Devon, Onix y Belinda también se acercaron; sin duda alguna estaban muy interesados en lo que Harry les pudiera decir.

Cuando estuvieron todos reunidos, Harry tomó la mano de Hermione y ella se la apretó. Mientras tanto, Ron se puso a comer un panecillo que le dio la chica, como si el asunto que Harry iba a comunicar hiciera parte de una película de ciencia ficción.

-Chicos… Bueno, el momento es un poco extraño para lo que les voy a decir – dijo Harry claro y despacio –, teniendo en cuenta que estamos en un plan de conquista por parte de Ralph hacia la abuela de Katherine para poder tener a nuestra compañera en la alineación del día de mañana…

-Dilo de una vez o te zampo ese balón en la cabeza – murmuró Ron.

-Para no alargar más el asunto – continuó Harry, mirando a Ron de reojo –, les presento a mi familia.

Muchos se limitaron únicamente a arquear las cejas, pero Devon y Belinda no se conformaron con eso ya que también abrieron la boca. Sólo Ron y Tommy, que conocían de la existencia de James, estuvieron impasibles, pero Tommy a pesar de eso miraba a Hermione con seriedad.

-¿Nos estás hablando en serio? – preguntó Devon con incredulidad.

-¿Por qué tendría que mentirles? – inquirió Harry.

-Bueno, nunca dijiste nada – analizó Devon –. En otras palabras, no hablabas de tu vida privada…

Mientras Devon seguía analizando en profundidad el comportamiento de Harry por no hablar de su vida, Hermione volvió a apretar su mano. Harry la miró, ella estaba bastante seria, como si con la mirada estuviera exigiendo una explicación. Miró a Devon y lo volvió a mirar a él. A Harry se le hizo un nudo en la garganta, comprendió de inmediato que Hermione reconoció la cara de Devon, la misma que Harry utilizó para acercarse por primera vez a James.

-Luego hablamos – le susurró para que en esos momentos ella no comenzara a disparar preguntas.

-Cállate, Devon, que hay cosas más importantes que tus explicaciones rebuscadas – lo atajó Belinda. Después le dijo a Harry –: ¿Y cómo se llaman?

-Ella es Hermione, mi pareja – respondió, abrazándola –. Y el es James, nuestro hijo.

James los miró a todos, sonrió y movió la mano. Belinda y Onix, las únicas mujeres presentes además de Hermione exclamaron un cariñoso ¡Ah! y suspiraron.

-¡Que dientes tan lindos! – dijo Onix. Belinda asintió.

James, tan orgulloso del tamaño de sus dientes como siempre, sonrió con más amplitud, moviendo la cabeza de derecha a izquierda y viceversa, lentamente, para que todos admiraran su sonrisa. Ése acto arrancó las carcajadas de todo el equipo rompiendo el tenso ambiente que se había creado.

Harry y Ron le presentaron a Hermione uno a uno de los chicos, al parecer había simpatizado un poco más con Belinda y Onix, seguramente por el comentario de los dientes de James. Cuando conoció a Devon lo trató con amabilidad, pese a la mirada pícara e inquisitiva que le lanzó al chico y que al parecer él no captó. Tommy le habló con respeto pero de una manera bastante formal, además de analizarla con una mirada crítica; Harry intuyó que se debía a la solidaridad familiar entre él y Tamara, pese a esto no pudo evitar disgustarse con él por no tratar a Hermione como se merece.

-Ralph está en una misión – le dijo a Hermione. James y los tres cazadores se pusieron a jugar en el balón americano –. Y Katherine se encuentra en aislamiento.

-¿Por qué?

Harry le contó todo lo que había ocurrido ese día. Ron se puso a repartir entre sus compañeros sendas tazas de chocolate caliente y panecillos. Cuando terminó su relato, el cual incluía la visita del representante de Katherine, su visita a la casa y por supuesto, la huida de Ralph, Hermione rió con ganas, muy gratificada ante el vía crusis que estaba padeciendo el capitán.

-No creas que me río por maldad – le aclaró a Harry –, pero es que les ha hecho unas, que sinceramente…

-Pero si la serenata no resulta, mañana la tendremos difícil – reconoció Harry.

-Si esa chica dice que a su abuela le gusta ese grupo musical, claro que resultará – repuso Hermione con optimismo –. Sólo tiene que adicionar algo como un poema, un recital, un pequeño discurso…

-Sus discursos son de dictadura – la interrumpió Harry –, así que por ese lado no podemos esperar nada.

Franco y Mallo, así como el resto del equipo suplente, se unió a Devon, Belinda, Onix y James en el juego con el balón. El niño corría de un lado para otro, saltando y gritando muy animado. En algunas ocasiones, debido a la rapidez con que jugaban, a James se le enredaban los pies y caía de bruces sobre la nieve, se levantaba y seguía como si nada. Ron y Tommy estaban algo alejados de ellos, tomando chocolate y hablando con seriedad.

-¡Ya vuelvo! – les gritó James a los chicos.

-No te tardes – le dijo Mallo, lanzando el balón en alguna dirección.

James corrió al encuentro con sus padres, que todavía hablaban sobre las cosas adicionales que tendría que hacer Ralph para conquistar a la abuela de Katherine. Ambos de pie, con Hermione recostando su cuerpo en el tronco de un árbol y Harry frente a ella apoyando una mano en el mismo, comentaron a la vez:

-Tal vez le guste el quidditch.

Se miraron y rieron. En ése momento sonó un ¡Ay! Muy largo, como si a Ron le hubieran cambiado el canal donde ve "24". James estaba tirado en el suelo boca arriba, había tropezado contra alguien de un grupo de seis personas. Uno de ellos se hincó y lo levantó.

-¿Te encuentras bien? – preguntó la figura. James asintió –. ¿Qué haces por acá?

-Estoy con mi papá, "señol" – respondió James y señaló a Harry.

Él y Hermione se acercaban con rapidez al grupo de personas, todas con túnicas oscuras, como si se tratara de un grupo de mortífagos en los tiempos oscuros. El hombre que había levantado a James se volteó hacia la dirección que apuntaba la mano del niño.

-¿Harry es tu padre? – preguntó Ralph.

-Si, "señol" – confirmó James. Luego, miró al resto del grupo que lo acompañaban –. Con "pelmiso"

Corrió y se reunió con sus padres para decirles:

-Tengo hambre.

El grupo musical y Ralph se formaron en arco frente a la puerta de la casa. Sólo los iluminaba la lámpara de aceite que había sobre la entrada. Los demás aguardaron lejos de ellos, debían dejado encendida una sola fogata y se sentaron en torno a ella, expectantes ante lo que podía suceder. El grupo comenzó con la música; los cinco integrantes, todos hombres, no solo cantaban sino que también tocaban algún instrumento. Había una guitarra de cuerda, un acordeón, una gaita, un violín y…

-¿Una pandereta? – preguntó Ron.

-Ese debe ser gay – murmuró Belinda.

-¿Qué es "sel" gay? – preguntó James con mucho interés, sentado en el regazo de su padre.

Todos miraron al niño, temerosos, y luego se miraron entre ellos mismos buscando una explicación. Harry y Hermione también se miraron y él sintió cómo se le subieron los colores al rostro, por fortuna era de noche.

-Es un modismo que utilizamos los adultos, cariño – le dijo Hermione, despacio y claro.

-¿Para qué, mamá?

Todos perdieron por completo el interés en el plan conquista que había puesto en marcha Ralph. Belinda, seguramente por su comentario, puso una cara que indicaba su deseo de ser tragara por la fogata.

-Para referirse a la gente que les gusta las personas del mismo género – explicó Hermione sin rodeos.

-¿Los homosexuales? – preguntó el niño.

-Los mismos.

-¡Ah! – exclamó James en voz baja luego de comprender.

Las personas que se encontraban allí se quedaron con la boca abierta ante las riendas que tomó Hermione de la situación y Harry no fue la excepción. Después de recuperarse del shock intelectual y de la clarísima explicación, volvieron a concentrarse en la serenata, pero Ron no se quedó con las ganas y miró a Hermione con una ceja levantada.

Finalizó la primera canción y seguía sin pasar nada. El grupo tocó otra más alegre y rítmica moviéndose hacia adelante y hacia atrás con el ritmo. Sus túnicas negras, adornadas con decenas de listones de colores se movían en contra al cuerpo y el pago de la pandereta levantó las manos y la golpeó dos veces.

Belinda dio un sonoro respigo que trató de amortiguar tapándose la boca con las manos. Parecía que ése acto le confirmaba que el hombre era gay. Sus compañeros de equipo se limitaron a reírse por lo ridículo que resultó el bailecito.

-¿A qué clase de mujer le gusta un grupo así? – inquirió Franco, lanzándoles una mirada crítica –. Son unos payasos.

-Hay que admitir que tienen ritmo – dijo Devon, moviendo los hombros como si fuera una sandunguera.

James rió con ganas, apoyando el cuerpo y la cabeza en el pecho de Harry.

De pronto la luz del segundo piso de la casa se encendió, las risas cesaron y una respiración delgada y lenta se apoderó del grupo.

-Desde aquí no podemos ver – observó Tommy –. Acerquémonos.

Avanzaron unos metros más pero sin acercarse mucho al grupo y a Ralph. Vieron cuando la cortina de aquella ventana se corrió y la anciana dio la cara, una mucho más amable y serena de la que ellos habían visto en la tarde cuando persiguió a Ralph.

El capitán se frotó las manos, tal vez para darse un poco de calor o porque consideraba que todo estaba saliendo a pedir de boca. La abuela de Katherine abrió la ventada, sonriendo mientras a los chicos también se les dibujaba una sonrisa. Todo estaba solucionado.

La mujer miró al grupo absolutamente maravillada, después miró a Ralph y lo señaló con la mano derecha, tenía la varita. De ella salió un chorro espeso y abundante de color verde que cubrió al capitán de pies a cabeza, dándole el aspecto de una montaña de moco.

Los chicos soltaron carcajadas y las chicas, incluida Hermione, gritaron. El grupo musical detuvo la música y miró a Ralph con sorpresa.

James soltó la mano de Harry, se quitó el gorro y las orejeras y corrió en dirección al capitán.

-¡James, vuelve! – le gritó Harry. Avanzó tan solo un paso para alcanzar a su hijo y evitar que la anciana hiciera lo mismo con él, cuando Hermione lo detuvo.

-No le hará nada.

-¡Es mi héroe! – comentó Devon con admiración.

James les dijo algo a los músicos, para después llevarse una mano a la cabeza y alborotarse el cabello con ella. Harry sonrió, ése gesto le recordó a su padre.

La tercera canción podía considerarse de parranda o rumba. Era muy alegre y movida, digna de una gran fiesta. James comenzó a bailar de un lado para otro, con descoordinación y mucha gracia. Movía las caderas como si fuera un patito, así como los hombros, aunque sin la maestría con que lo hizo Devon minutos atrás.

-Aprende rápido – murmuró él, maravillado.

Daba vueltas sobre si mismo, de vez en cuando los pies se le enredaban y trataba de caerse (lo que causaba respigos de angustia en el equipo), pero lograba mantenerse de pie. La abuela de Katherine saltó y gritó como si fuera una adolescente en pleno concierto de pop, mientras Ralph poco a poco se quitaba la plasta verde de encima.

-Se han fijado que el grupo ya no baila – reparó Ron.

Belinda dio un gritito de sorpresa.

-¡Ay, no, les dijo que eran gays! – chilló con angustia.

Cuando la canción finalizó James se paró frente a la ventana de la señora, llevó ambas manos a la boca y con ellas le lanzó un exagerado beso. La mujer se desmayó.

-¡Lo amo! ¡Lo amo! – gritaron las chicas, abrazadas.

En la casa de Katherine todo era alegría y festejo. La chica estaba súper feliz porque su abuela le levantó el castigo y podría jugar el día siguiente. Ralph estaba en otra habitación, arreglándose y limpiándose un poco. La anciana no hacía más que admirar a James, y no era la única, Belinda, Onix y Katherine no se quedaron atrás.

-Tienes sabor – le dijo Belinda –. ¿Dónde aprendiste todo eso?

-En la escuela.

-¿En cuál? – quiso saber la abuela –. ¿En una muggle?

-Si, "señola" abuelita. Yo tenía un amigo que baila así. Y la "maestla" "Oplha" también nos enseñó. "Pelo" tenía que bailar con niñas y me gusta más bailar solito.

-¿No bailarías conmigo? – se ofreció Katherine.

-Todavía estoy cansado…

El grupo musical se había marchado, pero su presencia no hizo falta. Todos hablaban tan animados que la falta de música ni se sintió.

-Te sacaste la lotería con ese niño, Harry – comentó Ralph cuando se reunió con el grupo –. ¿Por qué lo tuviste escondido?

-Ellos vivían en otro país – respondió Harry, abochornado por la pregunta.

-¿Y qué edad tiene? – preguntó el capitán.

-En diciembre cumplió cinco

-¡Los mismos que llevas en el equipo! Pero, ¿tú y la madre…?

-Hermione y yo somos pareja desde adolescentes – le explicó Harry –. Es una larga historia.

Harry se volvió hacia ella, para ver con horror que estaba hablando con Devon, seguramente bombardeándolo con toda clase de preguntas. Fue hasta ellos, cuando pasó nuevamente por el grupo de mujeres que hablaba con James escuchó claramente cuando Belinda dijo:

-Gracias por no decirle al mago que era gay.

-Es que yo no soy sapo – repuso James con toda tranquilidad.

Tenía que apurarse antes de que se formara un escándalo. El corto trayecto entre el centro de la sal ay la entrada de la misma fue eterno y sumamente lento, como si no avanzara nada. Cuando por fin estuvo junto a ellos las manos le sudaban y tenía seca la garganta.

-¿Entonces, tu estudiaste en Hogwarts? ¿Por qué no te recuerdo? – preguntó Hermione.

-Bueno, yo iba dos años delante de ustedes – le informó Devon –, además, estaba en Hu…, y aunque la relación entre nuestras casas era de fraternidad, pues sinceramente no es que andáramos juntos de arriba para abajo. Pero yo si te recuerdo a ti. Eras lamedor bruja de tu generación, además que fuiste petrificada por aquel basilisco. Que tiempos aquellos, ¿verdad?

-Si.

-Lo que más extraño de Hogwarts es al profesor Dumbledore – continuó Devon –. Lo último que supe de él es que es un firme candidato para suceder a Madame Bones en el puesto de ministro de magia.

-Al profesor Dumbledore nunca le ha interesado ese puesto – recordó Harry. Aquello se lo había dicho Hagrid.

-Es cierto – reconoció Hermione –, pero el profesor Dumbledore podría hacer cosas maravillosas por la comunidad mágica desde esa posición y complementar la extraordinaria gestión de Madame Bones.

-Vamos a ver qué pasa, pero mi voto va por el profesor – aseguró Devon –. Oye, Harry, estuvimos hablando de la vez que usaste la poción multijugos con mis cabellos y sinceramente hay que ser muy… para dejar que se te pasara el tiempo ¿No te enseñaron a hacer las cosas bien o qué?

Harry no se atrevió a mirar a Hermione ya que su vergüenza era más pesada que su cabeza.

-Fue un error de cálculo – se limitó a decir él.

-Pues por tu error el que quedó mal fui yo.

-¿Tú? ¿Por qué? – inquirió Harry.

-Porque le presté algo mío a un despistado y no pienso volverlo a hacer en mi vida. Manchaste mi nombre y ahora no soy digno de confianza – y dicho esto irguió la cabeza marchándose con dignidad.

-No creí que fueras a decirle algo por lo de la poción – reprochó Harry.

-Tenía que saber exactamente qué fue lo que ocurrió – se justificó Hermione –. Además, el modo en que te apareciste dejó mucho que desear.

-Tú no me querías ver, ¿de qué otra manera pretendías que me acercara al niño?

-¿Entonces, sólo lo hiciste por acercarte a James? – susurró Hermione con una peligrosa mirada.

-No, no me malinterpretes – se apresuró a decir Harry –. Claro que te quería ver a ti también, pero necesitaba conocer un poco más de James antes que cualquier otra cosa, ¿me comprendes?

-Si – gruó Hermione con desdén. En ese momento por su lado pasó Ousla, sosteniendo en cada mano una bandeja con bebidas que oscilaban peligrosamente. Hermione se horrorizó – ¿En esta casa hay un elfo doméstico? ¿Y le pagarán? ¿Y tiene vacaciones y servicios de salud? Porque si no lo tiene…

-Ya, tranquila.

Ousla dejó las bandejas sobre una mesa frente a la chimenea. Realizó la respectiva reverencia, tan exagerada como acostumbraban los elfos (Hermione gimió con debilidad) y se acomodó la bufanda.

-Ousla, te ordené hace dos horas que fueras a descansar – dijo la abuela de Katherine con el ceño fruncido – ¿Qué haces aquí?

-Vine a traerle bebidas a sus invitados, señora – chilló el elfo –. Ousla no pretendía desobedecer las órdenes de su ama, no señor.

-Abuela, ya sabes que este elfo es viejo y terco – intervino Katherine desde el otro lado de la sala –. Esas mañas no se le van a quitar.

-Ya van varias veces que ocurre lo mismo, Ousla – le advirtió la anciana en tono cansino.

-No volverá a pasar, mi señora – musitó el elfo, a punto de llorar.

-Eso espero, eso espero. Ahora, ve a dormir.

-Pero…

-Ve a dormir – ordenó.

El elfo salió de la sala caminando hacia atrás y realizando la reverencia. Cuando estaba fuera de vista, Hermione se llevó una mano a la boca y luego la retiró.

-Quiero saber más acerca de este asunto – dijo ella.

-No, Hermione – la atajó Harry –. No te vallas a poner a promulgar el P. E. D. D. O. ahora, no es el momento.

-Cualquier momento es el momento, Harry – argumentó Hermione con terquedad –. Y por lo que veo las cosas aquí pueden ser muy fáciles.

Hermione caminó hasta la señora y Harry la siguió. Las chicas hablaban animadamente apartadas de ella y James estaba reunido con los chicos. La señora se encontraba con Ralph.

-Que esto te sirva de lección, muchacho – replicó la anciana –. El líder de un equipo debe motivar y animar, no reprimir. Yo le sugerí a mi nieta que ingresara a los Cannons por Martina; ella me contó que urgías de una cazadora competente, y mira con lo que me resultas.

-Geraldine, tienes que admitir que la responsabilidad de un capitán es abrumadora – comentó Ralph con una confianza que desconcertó a Harry –. Yo no puedo permitir que se pierda el respeto en la autoridad que me fue otorgada.

-Por eso mismo, debes inspirar respeto, no temor. Aún te queda mucho por aprender, Ralph – dijo la anciana. Al estar Harry y Hermione junto a ella los miró y sonrió con benevolencia –. Tienen un hijo maravilloso, ya se los había dicho, ¿verdad? Qué me iba a imaginar yo que algún día un niño, y más el hijo de Harry Potter bailaría para mí. Si me sentí como en mis años mozos. Tiene cinco años, ¿verdad? Los mismos que Madison, ¿no es así, Ralph?

-Los cumplirá pronto, Geraldine – corrigió él.

-Deberías hacerle una fiesta e invitar a James – luego miró de nuevo a Harry y Hermione –: Madison tiene muchos amiguitos, todos pequeños magos y brujas, y así James conocería a muchos niños con sus mismas habilidades y dones. Y seguramente irán juntos a Hogwarts.

-Sería interesante… - dijo Harry.

-No hay por qué dudarlo, muchacho.

Ralph miró su reloj y abrió los ojos como platos.

-¡Por Dios! Si son casi las diez – murmuró. Después gritó –: ¡Todo el mundo a sus casas! ¡Ya!

-¿Qué te acabo de decir? – inquirió Geraldine.

-Después me das el sermón. Ahora debo hacer descansar a los muchachos.

Cada uno fue tomando su escoba y se despidieron entre si, todas las chicas besaron a James dos veces en cada mejilla y después le revolcaban el cabello. Ron tambien tomó su escoba y se adelantó para irse antes que Harry. Katherine había subido a dormir y en la sala sólo quedaron su abuela, Hermione, Harry y James, quien ya estaba profundamente dormido.

-Me gustaría hablar con usted sobre syu elfo doméstico – le dijo Hermione a la abuela de Katherine sin rodeos.

-¿De mi elfo? ¿y por qué?

-Me interesa mucho el modo en que usted lo trata, eso es todo.

Harry la miró de reojo cargando a James en sus brazos. Él sabía perfectamente que eso no era todo.

-Mira, muchacha, a mi elfo le tengo consideración porque es un ser que piensa y siente – replicó la anciana con suavidad –. Sería una completa canallada de mi parte ponerlo a trabajar más de ocho horas seguidas. Si mi pobre sirviente no descansa, ¿Cómo pretende que trabaje bien para mí? Quizá el trato que le da a las criaturas que le sirven no sea tan condescendiente como el que yo le doy, pero…

-No, no se ofenda – la interrumpió Hermione con una sonrisa. Harry sospechó que en aquel preciso momento le pediría unirse al movimiento –, por el contrario, me sorprendió gratamente lo que hizo con su elfo – Miró a Harry con James en brazos y agregó –: ¿Qué le parece si nos reunimos la próxima semana?

-¿El lunes?

-En las horas de la tarde, ¿está bien?

-¿Aquí?

-Aquí me parece bien. Aprovecharía, si usted lo permite, hablar con su elfo.

-No me digas que la vas a unir al movimiento – susurró harry cuando cam8inaban hacia el lugar donde encendieron las fogatas.

-Estoy segura que ella estará de acuerdo – comentó Hermione con mucho optimismo –. Si quiero que el movimiento tenga fuerza, tengo que comenzar con excelentes relaciones públicas y más con gente que comparta conmigo los mismos ideales.

-¿Pero, el lunes no tienes que trabajar?

-Sólo hasta las dos de la tarde – contestó Hermione, buscando algo en su abrigo –. Ya terminé con la corrección de todos aquellos pergaminos y ahora sólo me concentraré en elegir los más adecuados para la próxima edición. Y ya tengo unos cuentos en mente.

Sacó la varita mágica y apuntando con ella al termo en el que había llevado el chocolate musitó ¡Portus! Tomó a Harry del brazo y segundos después fueron succionados. Harry abrazó con fuerza a James, estaba mareado a causa del centenar de colores que veía. Su brazo izquierdo perdía sensibilidad, Hermione lo apretaba con fuerza.

-¿Dónde estamos? – preguntó Harry luego de tocar suelo firme. Una brisa fría impactaba en su cara.

-En la azotea del edificio donde vivimos.

Harry puso más atención a lo que veía. El piso en asfalto y rústico, varias salidas de chimeneas y en el horizonte las luces de cientos de viviendas y pequeños edificios que le daba al pueblo un aspecto de estrellas en tierra.

-Está cerrada – dijo Hermione con exasperación, tratando de mover de un lado para otro la manilla de la puerta. Chasqueó la lengua y apuntó con la varita –: ¡Alohomora!

-¿Cuánto tenemos que bajar? – preguntó Harry segundos después, cuando ella volvió a cerrarla.

-Dos pisos nada más.

Las escaleras, como en todo edificio muggle, estaban levemente iluminadas, provocando que a Harry le diera más sueño. Se demoraron en llegar un poco más de lo debido para evitar que James se despertara por el movimiento.

-¿Por qué no nos trasladamos directamente a tu casa? – le preguntó Harry sin poderse contener.

-Porque hubiera matado de un susto a mis padres – susurró ella, abriendo la puerta de su apartamento.

La sala estaba simplemente iluminada por una lámpara, de resto todo era quietud. Hermione colgó en el perchero la bufanda y el abrigo, además de la mochila. Crookshanks los recibió maullando con suavidad y enredándose en las piernas de su dueña. Apagó la luz de la lámpara y a ciegas caminaron por el pasillo que conducía a las habitaciones. Hermione pegó la oreja a la primera puerta que se encontraron.

-Están durmiendo – susurró ella –. Que flojos, eh.

Dejaron a James en su habitación debidamente cubierto. Crockshanks se quedó con él, durmiendo al lado de su cama.

-Bueno, Hermione, me voy a descansar – dijo Harry, dispuesto a apagar la luz de la lamparita de James.

-¿Vas a dejarme solita esta noche? – preguntó ella.

-Mañana es un día trascendental para el equipo – se justificó Harry, a pesar que en el fondo no quería irse –. Sabes perfectamente lo necesario que es el triunfo para nosotros.

-Pero solo están a tres puntos del líder – objetó Hermione estirando los labios, como quien lo hace cuando está a punto de llorar.

-Tengo que pasar una noche tranquila.

-¿Crees que soy una loca? Vamos, prometo dejarte en paz.

Durante gran parte de la mañana siguiente Harry lamentó profundamente que Hermione hubiera cumplido su palabra y nada más ingresar en su habitación se acostó y se durmió. A las once el equipo en pleno se reunió en el camerino del estadio, tendrían como visitantes a los Murciélagos de Ballycastle y pronto las graderías estarían a reventar. El regreso de Katherine había producido una renovada ola de optimismo en todos los jugadores, y Ralph, más ansioso que nunca, mostró un poco más de compasión hacia el equipo y sus acostumbrados discursos de designación de responsabilidades y culpas absurdas pasó a ser reemplazado por una charla más humana y familiar. Era como si durante toda la noche la abuela de Katherine le hubiera quitado el cerebro y le hubiera puesto alma o podría ser que tomó en cuanta sus palabras y las de su nieta, el de contar y recibir los consejos de su esposa. De todas maneras, durante la hora de discurso no dejó de dar vueltas por todo el camerino, más nervioso que nadie ante el partido que se avecinaba.

Cuando llegó la hora del almuerzo fue el único que no probó bocado mientras los demás comían desenfrenadamente por el nerviosismo. A Ron le sorprendió ver cómo Harry repitió tres veces de ración, y es que ni él mismo pudo con dos.

-No pude desayunar bien esta mañana – argumentó Harry ante la mirada de su amigo.

-¿Es que temías que te descubrieran los padres de Hermione y te escondiste bajo su cama, o qué? – preguntó Ron con las cejas arqueadas.

-Ni se dieron cuenta de mi presencia – repuso Harry, mirando a Ron como quien mira una cucaracha – Lo que pasó es que mientras desayunábamos me puse a ver televisión con James y en verdad no comes lo mismo cuando estas distraído.

-Y Hermione los regañó porque no se puede comer mientras se ve televisión – apuntó Ron. Harry asintió con vergüenza. El pelirrojo soltó una carcajada.

-Bueno, niños – dijo Ralph en voz alta para llamar la atención. Devon carraspeó, ofendido –. Todavía falta una hora para el partido, así que no van a hacer nada y van a reposar para que no se les rebote el estómago en pleno juego.

-Ay, no, ya se le pegó lo de mi abuela – susurró Katherine en tono lúgubre.

A las tres de la tarde el estadio de los Chudley Cannons estaba a reventar. Cuando los jugadores salieron al campo, volando en sus estupendas Nimbus 2-3D, el tibio sol del final del invierno los cobijó. El campo de juego estaba completamente libre de nieve, solo la cúspide de las porterías estaba un poco escarchada. El cielo completamente despejado y las centenares de personas vestidas de color naranja que formaba una inmensa marea terminaron por subir los ánimos del equipo.

Dieron varias vueltas por el campo, a una velocidad más bien lenta, en lo que Ralph llamó: "Acomodar el estómago a la altitud de competencia". Ron se desvió un poco hacia la tribuna occidental, donde una chica rubia y un poco alta le agitaba con energía la mano. El pelirrojo se detuvo frente a ella y cuando Harry pasó cerca se dio cuenta que aquella chica era Libby.

Al acercarse para saludarla distinguió a su lado a Hermione y a James. Fue un alivio para él porque con los afanes de la mañana se le había olvidado preguntarles dónde se sentarían. Libby hablaba con Ron a una velocidad desconcertante, sus labios se movían tan rápido que en ocasiones los gestos que realizaba con los ojos eran demasiado lentos para la velocidad de su boca.

-Pero te aseguro que esa me las paga – le dijo la chica a Ron, con una peligrosa mirada y un tono de completa malicia –. Por poco y no nos deja pasar, ¿Qué tal?

-Si vas a armar un plan, cuanta con mi desinteresada colaboración.

-Listo, pero hoy no.

-Claro que hoy no…

-¡Hola, Harry! – exclamó Libby alegremente.

-¿No que no te gustaba el quidditch? – preguntó éste con ironía, abrazando a James –. Te luce la túnica del equipo, te vez más amarilla.

-Si en verdad me gustara la hubiera comprado original – repuso Libby con indiferencia, Ron bufó –. Yo no pienso invertir un solo galeón en el merchandising de algo que no me gusta – se defendió ella.

-¿Todo lo compra pirata? – le susurró Harry a Hermione.

-Lo único que compra original y sin remordimiento es cualquier artículo de Friends – contestó Hermione en tono confidencial –, y como se está acercando mayo…

-¿Qué va a pasar en mayo?

-Es el final… - Hermione miró a su amiga con pesar.

Harry recordó que cuando persiguió a Hermione y a James por primera vez escondido bajo la capa invisible, escuchó a Libby lamentarse profundamente por el final de la serie, mientras debatía qué sería de su vida sin Joey, el cabeza hueca más adorable de la televisión.

-Tiene que comprender que la vida sigue – murmuró Harry.

-Al parecer no la va a pasar del todo mal – comentó Hermione –. Parece que en el otoño Joey tendrá su propio programa, así que tendrá con quien mitigar el dolor.

-Ésa es una buena noticia.

-Ay, no, hablamos más tarde – le dijo Libby a Ron con optimismo –. Ya sabes: evita los goles y patéales el trasero.

-Las dos opciones son muy atractivas – dijo Ron de manera pensativa –. Será difícil escoger.

-Vas a comportante como un guardián, por supuesto – repuso hermione con el ceño fruncido y sin poderse contener.

-Hermione – dijo Ron, escandalizado por su comentario –, en la mayoría de las ocasiones un guardián debe ser recursivo. Yo no voy a permitir que me anoten uno solo.

-Que te anoten o no está en tu calidad – observó Hermione.

-Que es muy alta – dijo Ron con mucha confianza.

-Entonces no necesitarás recurrir al juego sucio para ganar.

-Jugar como un santo tampoco ayudará.

-Pero los pueden sancionar si van contra las reglas.

-Pienso jugar rudo, no hacer trampa – repuso Ron bastante ofendido. Se acercó a ella y a Harry y en voz baja agregó –: Pienso hacerlo por tu hijo. Harry y yo conseguiremos que le guste el quidditch.

Ése comentario aplacó el sermón moral de Hermione, pero Harry sabía que en el fondo ella seguía sin aprobar las patadas en el trasero.

-Hay que jugar limpio, Ron – le dijo harry al alejarse de la tribuna –, demostrarle a James que no es un juego de injusticia.

-Sabes perfectamente que lo hice para ver qué me decía Hermione… ¿viste cómo lo tomó?

Harry se detuvo y vio como se marchaba su amigo hacia la portería que debía defender. Cuando los catorce jugadores estuvieron en la cancha Lee Jordan inició con los comentarios, más animado de lo que en las últimas fechas había estado. Su hermano Nick estaba nuevamente acompañándolo.

-Si, señores, este es el reinicio de la temporada – dijo Lee por encima de los gritos y el gran alboroto del público –. Hoy, acompañando a esta afición de Telford, en el estadio de los Chudley Cannons y mañana en la costa este, en Theddethorp All Saints, para el partido de los Falmouth Falcons contra el líder, los Montrose Magpies.

-Y como supondrás, Lee, muchos querrán que este partido finalice rápido – continuó Nick –, para irse de tarde romántica y disfrutar de San Valentín.

-Lo que me hace recordar a una compañera de clase y a la cual quería mucho… Y que nunca salió conmigo. Se te tiene en cuenta, Angelina.

-Y siguiendo con lo que a esta hora del día nos interesa, los Chudley Cannons volvieron a su antigua alineación. Como todos recordamos el jugador Potter tuvo una severa lesión en su codo derecho a finales de año.

-Y si mal no recuerdo, fue un médico muggle quien lo recuperó – informó Lee –. Hay que ver que saben valerse por sí mismos, ¿verdad?

-Los más muggles que los muggles suelen decir que la magia no es suficiente.

Ambos hermanos guardaron silencio durante un par de segundos. Después se rieron con ganas.

-¡Oh! Y allí sale el árbitro… O mejor, la árbitro.

Caminando por el campo de juego se hallaba la mujer, que por el aspecto que lucía parecía ser bastante pequeña. Los jugadores, a excepción de los guardianes, bajaron a su nivel y se reunieron en torno a ella. Al estar a su altura comprobaron que sí era pequeña pero con aspecto de niña debido a su delgadez. Con un peinado en cola de caballo que le hacía lucir mas flaca y con un uniforme negro, muy parecido al que usan las tenistas, las mujer quedaba como un pitufo en comparación con los demás jugadores.

-Capitanes – dijo, con voz aguda y alta, como si una niña gritara –. Al centro. Ahora, dense la mano y buen jugo.

De una patada abrió la caja que contenía las pelotas de juego. Tomó la quaffle y la lanzó, la snitch y las bludgers salieron como locas. Los jugadores dieron una patada en el suelo y se elevaron.