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POR EL HONOR

Ambos buscadores se elevaron más allá de las cúspides de las porterías, mientras sus compañeros eran partícipes de un titánico juego. Harry no prestó atención a los movimientos del resto de jugadores, así como tampoco a los gritos de la multitud; para él su prioridad era atrapar la snitch, ésa escurridiza pelota con alas que podría ser el eslabón principal para que a James le gustara el juego. Sus oídos ya no escucharon más, era como si el flujo de la sangre que circulaba por su cabeza hubiera sido tanta que los inundó y los tapó. A sus compañeros no los reconocía, vistos desde tan alto parecían manchones de colores trasladándose de un lado para otro a una velocidad sorprendente. La snitch había desaparecido por completo. El buscador oponente estaba estático e impasible, analizando cualquier anomalía en la corriente de aire. Harry poseía tanta adrenalina que decidió circundar el campo de juego, si se quedaba quieto la ansiedad traicionaría sus sentidos y lo más probable era que podría confundir la snitch con cualquier pajarito que volara desprevenidamente.

-Sólo han transcurrido un minuto con ventidos segundos y ya hay alguien chorreando sangre – comentó Lee por encima de la alborotada multitud –, y es que ese golpe con la bludger no debió ser muy suavecito que digamos, ¿verdad, Nick?

-Así es – ratificó el chico –. Y en mi posición de comentarista neutral tengo que anotar que el señor Peterson se le atravesó a la trayectoria de la pelota, golpeada por el capitán O´Neal. De no ser así la señorita árbitro le hubiera dado la razón a los enfurecidos seguidores de los murciélagos y Barney posiblemente no estaría haciendo mala cara.

-Si pierden no tendremos cerveza de mantequilla gratis – murmuró Lee en tono lúgubre. Luego prosiguió con su narración, en un tono más alegre –: Y siguiendo con lo que me pagan… Dent tiene la quaffle y va como una flecha hacia la portería de los Cannons; la gata Williams se le atraviesa, pero Dent vira su escoba hacia su izquierda a la vez que pasa la quaffle a su compañera Lynn. La pequeña cazadora, como si fuera un murciélago, vuela esquivando a sus oponentes, ¡parece que tuviera un radar de ultrasonido en la nariz! Entra sola al área de tiro y Weasley va a su encuentro… ¡La pequeña y el gigante cara a cara!... ¡La enana lanza, digo, ¡Lynn lanza!... ¡Y Weasley la atrapa con una larga y enorme mano!

Un suave gemido de desesperación se escuchó tras la portería norte, donde estaban ubicados los seguidores de los Murciélagos de Ballycastle. La afición de los Chudley Cannons gritó y aplaudió con energía, mientras Ron lanzaba la quaffle en dirección a Belinda. Harry sintió un zumbido en su oído izquierdo como si fuera algo que aleteaba a su lado. Volvió su cabeza con rapidez en esa dirección es busca de la snitch, cual fue su desilusión al comprobar que se trataba simplemente de una libélula. Harry la espantó con la mano, un poco exasperado por el engaño en el que había caído y se reprochó a sí mismo al creer que la snitch aparecería por ahí, a escasos minutos de haber comenzado el partido.

-Barney está llorando a lágrima viva el no haber anotado el gol – comentó Nick, refiriéndose con ironía a la mascota de los Murciélagos de Ballycastle –. Más bien deja de chillar y tráeme una cerveza.

-La quaffle en posición de Bean – narraba Lee –, y realiza un amague muy extraño que nunca había visto en mi vida, y eso que he visto muchas cosas. Al final realiza un pase a Kropp y éste sale disparado hacia el guardián Sabin. La gata Williams se abre hacia su izquierda para impedirle el paso a Fauchard quien iba bastante pega Kropp para quitarle la quaffle. El cazador de los Cannons ingresa al área de lanzamiento y… ¡Hoyt lanza una bludger a él! ¡Le pega en la mano que no era, pero Kropp pierde la concentración en el tiro!

Durante más de diez minutos no se vislumbraba que alguno de los equipos pudiera marcar. Por otra parte, los golpeadores de los Murciélagos de Ballycastle eran soberbios. No solo sus tiros eran fuertes y acertados, sino que además lograban darle una trayectoria bastante conveniente a las resabiadas bludgers. En cuanto al equipo de los Chudley Cannons, Ron estaba teniendo una de las mejores actuaciones que Harry le haya visto, en realidad le estaba cumpliendo lo que le dijo a él y a Hermione: todo lo haría por James, para que por fin le gustara el quidditch. Harry se sintió inmensamente agradecido con su amigo y con el gran empeño con el que estaba jugando aquel partido.

A pesar de la ausencia de anotaciones, los fanáticos de ambos equipos no habían perdido el entusiasmo en el partido y al parecer Barney había dejado de llorar. El espectáculo que les estaban brindando los catorce jugadores era un incentivo para que el silencio se ausentara y aunque la mayoría del tiempo sólo se escuchaban los susurros de la multitud, cuando algún cazador se acercaba a la portería contraria o algún golpeador manipulaba de manera magistral la bludger, el público armaba una gran algarabía. Harry y el buscador de los Murciélagos, de apellido Hindemith, volaban en círculo sobre las cabezas de los espectadores y el campo de juego; en realidad eran los más pasivos del partido y la cosa estaba tan buena unos metros más debajo de ellos que en un par de ocasiones, cuando se cruzaron, se miraron con detenimiento, como si desearan estar jugando allí con sus compañeros, en lugar de estar unos metros más arriba volando como aves carroñeras en espera de su presa, la dorada snitch.

Un grito ensordecedor estalló en el estadio. Harry y Hindemith buscaron desesperadamente con la mirada una explicación. A lo lejos, el guardián de los Murciélagos de Ballycastle, Sabin, le daba golpes al palo de su escoba, completamente furioso; cerca de él tres personas vestidas con túnica color naranja se abrazaban, una de ellas, de cabello negro y demasiado esponjado levantaba una mano en dirección al cielo. Devon había anotado. Muy emocionado, Harry sonrió y aplaudió con energía, esto lo había motivado mucho más en hallar la snitch y atraparla.

Lo que en el fútbol hubiera sido una celebración de toda la plantilla, con trepada a la malla de las graderías y todo, en el quidditch fue una vuelta por el campo de Devon saludando a todo el mundo, riendo de oreja a oreja y exhibiendo su tupido cabello. El reinicio del partido fue mucho más agresivo de lo que los espectadores pudieron haber esperado. En varias ocasiones la multitud vociferó con fuerza ¡Uy! y pequeños grupos de hinchas lanzaban palabras malsonantes y señales muy groseras con ambas manos a alguno de los jugadores de los Murciélagos de Ballycastle. En un par de ocasiones se escuchó claramente la palabra pícaro gritada por todo el estadio. Harry solo esperaba que Hermione le estuviera tapando los oídos a James.

-Con casi una hora de juego, el marcador avanza a 70 contra 40 a favor de los Chudley Cannons – informó Lee –. El rudo partido expuesto por ambos equipos ha hecho las delicias de las bocas y la imaginación de estos inocentes aficionados. Que después no se quejen de dónde sacaron tantas palabrotas sus hijos.

-Todo tiempo pasado fue anterior – comentó Nick con nostalgia –. Y siguiendo con lo de hoy, la defensa de los Chudley Cannons ha destado bastante sólida. Jugadas como la que estamos viendo en este momento, donde O´Neal golpea la bludger dándole una trayectoria irregular pero directa al punto de impacto, que en este caso es el estómago del jugador Dent.

-Dent puerde la quaffle y el aire – siguió Lee – y ahora está en manos de Bean. Bean va directo hacia el guardián Sabin, acompañada por la gata Williams. Unos metros sobre su cabeza se encuentra el deleite de todas las fanáticas, llamado por las mismas "Tommysito", dispuesto a dar batazos a diestra y siniestra por si se atraviesa la bludger. Bean entra sola al área de lanzamiento y sus compañeros se quedan atrás, porque saben que si la acompañan es ilegal. Sabin se queda en su posición, esperando el lanzamiento de la cazadora de los Cannons. Bean se pega a la escoba, aferrando con fuerza la quaffle… ¡Pero la sueltay se agarra con fuerza la cabeza! ¿Qué pasó?

Belinda chilló como si estuviera siendo víctima de un ataque. Frotaba su frente con ambas manos, tratando de apaciguar un dolor. Entonces Harry lo vio y lo comprendió, Belinda había chocado con la snitch. Mientras los cinco cazadores restantes bajaban en picada en pos de la quaffle, Harry voló como una flecha en dirección a su compañera, que al parecer maldecía por lo bajo a causa del tremendo dolor de cabeza que tenía. La snitch se hallaba un poco alejada de la chica, desplazándose a toda la velocidad que podía luego del choque con Belinda. Harry se acomodó mejor en su escoba para tener poca reitencia con el viento y adquirir mayor velocidad. Hindemith bajó en picada para poder alcanzar a Harry, que ya le levaba varios metros de ventaja. "Tengo que alcanzarla, tengo que alcanzarla", pensaba él cuando seguía a la escurridiza pelota. Cada vez estaba más cerca de ella, la distinguía perfectamente, volando rápido pero con torpeza cerca de la tribuna oriental, con los fanáticos gritando como locos.

Con desesperación más que con emoción, Harry la rozó con los dedos. Hindemith estaba ya a su espalda y harry alcanzó a ver su mano. Como último esfuerzo adelantó su cuerpo mucho más, casi hasta sacarlo de la escoba. Sintió la pelota en la palma de su mano. Aún aleteaba con fuerza cuando la cerró.

-¡Por Dios, esto no pudo ser mejor! – exclamó Lee por encima de la euforia de los espectadores –. El juego estuvo de primera. Me estaba debatiendo entre la pelea de los cazadores o la carrera de los buscadores. ¡Pero eso ahora no importa, porque tenemos un ganador!

Después de la voluntaria incomodidad con la que Harry atrapó la snitch, se acomodó como pudo de nuevo en la escoba y con una inmensa alegría bajó al terreno de juego, donde sus compañeros ya celebraban. La única persona que aparentemente no celebraba la victoria era Belinda, se limitó a tener ambas manos en la frente mientras de sus ojos salían una que otra lágrima. A lo lejos de ellos, Ralph estrechaba las manos de sus oponentes.

-A ver, deja ver ese… ¡Uhh! – exclamó Katherine al quitar las manos de Belinda de la frente de ésta –.Amiga, te va a salir una montaña.

-¿Tan grande está? – chilló la chica a causa del dolor.

-Tan grande, no – repuso Katherine –. Tan rojo. Harry, le debes una.

Harry reparó con mayor atención la frente de su compañera. Un enorme círculo rojo sobresalía en la mitad de su frente por la tez blanca que lucía a causa del invierno. Seguramente si para esa época del año tuviera el tono bronceado con el que regularmente la encuentran cuando finaliza el verano, las consecuencias del golpe no serían tan evidentes.

-Si, gracias – dijo Harry sin más remedio.

-Muy bien hecho, Belinda – dijo Ralph muy animado en cuanto se reunió con ellos –. Así me gusta, que no solo te limites a tus funciones de cazadora.

La chica lo miró con gana de matarlo, volvió a taparse la frente con una mano y se marchó del campo de juego.

-Hay quienes acumulan sabiduría – comentó Katherine en voz baja. Miró a Ralph con lástima y agregó –: y hay otros que acumulan estupidez – Negó con la cabeza y siguió a su compañera.

-Bueno, chicos, vamos a cambiarnos porque hay muchas cosas que hacer – siguió Ralph, sin inmutarse ante el comentario de Katherine.

-Nonos vas a decir que tenemos que entrenar ahora – dijo Ron, horrorizado de solo imaginarlo.

Ralph soltó una carcajada.

-Claro que no ¿Pero acaso no tienen planes para hoy?

-Por supuesto – contestó Ron con rapidez.

-¿Y no quieres ponerlo en marcha ya?

-La duda ofende – repuso el pelirrojo.

Harry miró en dirección a la tribuna occidental donde estaban ubicados Hermione y James. Montó en su escoba y estaba dispuesto a volar cuando la árbitro lo interrumpió para pedirle la snitch.

-¿No me la puedo quedar? – inquirió Harry.

-No.

-Pero…

-No.

Con el entrecejo fruncido y una exasperación que desvaneció un poco la euforia por el triunfo, Harry le devolvió de mala gana la pelotita. Vio marcharse a la bruja y volvió a alistarse para volar.

-Harry, vamos – lo llamó Ron.

-Voy por ellos – dijo Harry.

-No, ven al camerino, estarán allí. Y es más privado, ¿no crees?

Cuando todos se reunieron en el camerino Katherine estaba sometiendo a Belinda a una intensa sesión de maquillaje. Onix se encargaba de indicarle dónde consideraba que debía de aplicarle más polvo facial para ocultar el delator golpe. Devon se reunió con ellas nada más para botar risitas flojas, burlándose de la chica. Ella se vengó dándole un puntapié en la pantorrilla.

-Menos mal que tengo botas de quidditch, sino…

-Si, agradece que no caí en cuenta de golpearte más arriba – observó Belinda con ironía.

-Te demando por daños y perjuicios en propiedad privada. Créeme.

Belinda bufó con ironía.

-Bien, creo que es suficiente – dijo Katherine, bastante satisfecha con su trabajo. Sacó su varita mágica y apuntando a la frente de su amiga exclamó –: ¡Sigillo! Ya está. Ahora no se va a correr tan fácil. Son diez galeones.

-¡Ja!

-Es una ganga – repuso Katherine con vehemencia.

Las chicas desaparecieron de vista, dirigiéndose a sus vestidores para cambiarse. Los chicos las imitaron y en menos de veinte minutos ya. Estaban todos listos para marcharse por su cuenta. Antes de que cualquiera se fuera por su lado, Ralph los atajó para darles un mensaje.

-Hoy todo marchó tal como se planeó, aunque he de admitir – miró a Belinda – que el método en que se atrapó la snitch fue un poco… improvisado.

-Y doloroso – puntualizó la chica.

-Por eso los felicito – siguió el capitán, mirándolos con orgullo – Belinda, te doy el lunes de descanso. Los demás, nos vemos a las nueve.

-Ay, no, por qué no me pegó a mi – se quejó Katherine cuando abría la puerta para marcharse.

Varias personas esperaban por ellos, la gran mayoría eran sus parejas. Harry buscó con la mirada a Hermione, y la vio hablando animadamente con Libby y con otra mujer de cabello castaño y lacio. James estaba a su lado, abrazándola en una pierna y mirando con las ceja arqueadas a la niña, un poco más pequeña que él, que acompañaba a la mujer. Cuando Harry se acercó a ellas reconoció que la mujer era la esposa de Ralph, Martina.

-Así es – aseguró Martina con optimismo –, desde que tengo uso de razón mi abuela ha tenido un respeto bastante particular por las criaturas mágicas. Creo que ella le podrá ayudar en lo que quiere, Hermione.

-Estoy esperanzada en ello…

En cuanto Libby vio a Harry se apartó disimuladamente de ellas, pasó por su lado y le susurró dándole un suave empujón por la espalda:

-Reemplázame.

-Cuando esté en Howgarts estaré en el equipo de quidditch de mi casa – informó la niña con convicción. James tenía una mirada mitad incredulidad, mitad confusión –. Mi posición favorita es la de guardián, ya lo sabes ¿verdad?

-Lo has dicho cinco veces… ¿no te cansas de hablar? – dijo James.

-A veces – reconoció la niña sin darle importancia.

-Te pareces a mi tía… hablas y hablas y hablas.

Se oyó un grito amortiguado cerca de Harry, Libby había chillado por las nuevas palabras de James. Ron se retiró de su lado con rapidez para evitarse una vergüenza.

James miró a Harry y sonrió con amplitud. Soltó la pierna de su madre y saltó a su cuello.

-"Glan" partido – opinó James. Harry sonrió, embargado de emoción –. Lo "mejor" fue cuando la cogiste así – Cerró el puño de su mano derecha con fuerza.

-Fue algo inesperado – reconoció Harry.

-"Pelo" ganamos.

Esa palabra, ganamos, produjo en Harry una serie de emociones mezcladas que no recordaba haber sentido nunca. Por una parte, el pecho se le infló tanto que creyó, iba a flotar como un globo. Las mejillas le picaron al punto de que creyó que se le iban a encoger. Un escalofrío placentero recorrió su estómago y los pies se le congelaron. Dejó a James en el suelo, saludó a Martina con cortesía y le dio un beso a Hermione. Harry volvió a mirar a la niña, era Madison, la hija de Ralph. La última vez que la había visto hablaba atropelladamente. Ahora su cabello era tan oscuro como el de su padre y tenía enormes ojos azules, como los de su madre.

-¿A ti también te gusta el quidditch? – le preguntó Madison a James muerta de curiosidad.

-No, a mi me gusta el quodpot – aclaró el niño.

De pronto, todas esas hermosas sensaciones que Harry tenía desaparecieron. Hermione tomó su mano y con una discreta caricia en ella le susurró:

-No te preocupes, ya siente como suyo el equipo.

-¿Qué es eso? – preguntó Madison, refiriéndose al quodpot.

-Es el juego de los magos en Estados Unidos – le explicó James con emoción. Martina se alejó de ellos para encontrarse con su esposo –. Mi tía me llevó a "valios" partidos. Son emocionantes y te ríes mucho. Cuando la pot explota en tus "nalices" sales y hay que volar "lápido" para que no hagas "PUM"…

Ahora era el turno para que Madison tuviera las cejas arqueadas, mirándolo con confusión. James no prestó atención a ése detalle, su inocencia infantil no lo hacía reparar en esa clase de comportamientos y siguió explicando como si tal.

-Se me vino el alma a los pies con lo del quodpot – dijo Harry en tono siniestro.

-¿Esperabas que a tu hijo le gustara el quidditch tras ver solo un juego?

-Si.

-Harry – dijo Hermione con cariño acariciándole la mejilla izquierda –, fue maravilloso lo que hiciste hoy y eso James lo reconoció porque no dejaba de gritar y apoyarte. Tan entretenido estaba que no se fijó en el centenar de palabrotas que gritaba la gente, mucho menos en los gritos de Libby de "patéales el trasero, Ron". De él también hay que estar orgullosos porque cumplió su palabra. Pero no puedes pretender que le guste algo de buenas a primeras que apenas ha visto. Lo importante es que lo disfrutó y la próxima vez que venga estará más animado que hoy. Sólo es cuestión de esperar. Sé que la palabra esperar no está en tu diccionario, pero…

Harry asintió con resignación. Desde ese momento se propuso a ser un mejor buscador y a convencer a Ron por todos los medios de no patearles el trasero a sus oponentes.

-¿Nos vamos? – le preguntó Hermione con timidez.

-Si, ya no tenemos nada que hacer aquí. A propósito, ¿en qué vinieron?

-En tu mini-van.

-Pero es un viaje largo, más de dos horas – dijo Harry, sorprendido.

-Libby condujo, redúcelo a una. ¿Nos vamos, James?

-"Espélate", mami, le estoy explicando el quodpot – suplicó el niño.

-Terminas de explicárselo después.

-Esto terminó en "continualá" – le dijo James a Madison. La niña se limitó a asentir, confundidísima. Se despidió de James moviéndole la mano y corrió hasta su padre –. Ya.

-Libby tiene las llaves, hay que pedírselas – comentó Hermione cuando James tomó su mano. Ella tomó la de Harry nuevamente y mirando alrededor preguntó –: ¿Dónde se metió?

Ella y Ron al parecer ya habían salido del estadio porque no se les vio por ninguna parte. Supusieron que estaban donde habían estacionado y al dirigirse allí los vieron a lo lejos, sentados sobre el capó de la camioneta, hablando. Avanzaron unos pasos más hasta que coincidencialmente se encontraron con Tamara, quien iba en compañía de la hermana de Tommy. Harry creyó que era la hora de aclararle las cosas de una vez por todas, aunque en realidad lo que ellos tuvieron jamás pasó de ser una simple amistad, pero tenía que reconocer que la chica estaba especialmente ilusionada. Tamara pasó por su lado y sin siquiera mirarlos siguió su camino con la cabeza erguida y la nariz levantada, en una actitud bastante petulante. A harry aquello no le importó y siguió su camino como si no la hubiera visto.

-¿Ya hablaste con ella? – le preguntó Hermione con seriedad.

-No, y creo que no hace falta. Tamara y yo nunca tuvimos algo.

-Sería bueno que se lo recordaras – repuso Hermione –. No nos vendría bien otro malentendido como el que tuvimos con Ginny.

-Ahora es diferente, somos más maduros – dijo Harry sin darle importancia.

Pero parecía que Hermione no pensara lo mismo, lucía bastante contrariada por más que intentara disimularlo.

-No te pongas así – le susurró Harry al oído –. La única en mi vida eres tú.

Hermione soltó una risita nerviosa.

-Se estaban demorando – le reprochó Libby en cuanto se reunieron con ella y Ron.

-Los estuvimos buscando – se defendió Hermione.

-Es culpa de ella – dijo Ron, señalando a Libby –. Tanto grito por cualquier palabra con ere enloquece a cualquiera, así que la saqué.

-Oye, tengo derecho a alegrarme por el progreso vocal de mi James – le dijo Libby, bastante ofendida.

Ron no dijo nada. Se bajó del capó y miró a Harry y a Hermione.

-¿Tienen planes?

-Si – dijo Harry de inmediato.

-Menos mal – repuso Ron, aliviado – ¿Necesitan la camioneta?

-Se podría decir que no…

-Entonces yo me quedo con ella – concluyó Ron –. Si quieren, les doy un aventón. Ella quiere cambiarse – dijo, refiriéndose a Libby – y como se está quedando en tu casa, Hermione, aprovecho y los llevo.

-¿No sería más fácil que se trasladaran o se aparecieran? – preguntó Harry.

-Abría que regresar por la camioneta – razonó Libby –. Y sinceramente, eso quita mucha energía. Ya se me fue un poquito esta mañana cuando me trasladé.

-Conjurar un objeto no quita energía – observó Hermione.

-A mi si – la contradijo Libby con vehemencia –. Hoy hay que estar al cien… o al noventa, como yo.

-No hay que estar al cien para un simple concierto – comentó Hermione.

-Si es de Robie Williams, si.

-¿Concierto? – preguntó Ron, desconcertado.

-Si, Ron, concierto – le confirmó Libby, claro y despacio.

-Ah… - musitó Ron luego de comprender. Seguramente aquel sería el primer concierto de un artista muggle al que asistiría el pelirrojo.

-¿Conseguiste buenas localidades? – le preguntó Harry a Libby.

-Las mejores… ¡primera fila! – contestó la chica con emoción –. Y para llegar más rápido, yo conduciré.

Harry y Hermione se miraron, temerosos.

Pese a las sientas de veces que Libby invadió el carril contrario, o las tres ocasiones en que adelantó a los automóviles en una curva, o los seis minutos que se detuvo únicamente para ver cómo nadaban en un lago un grupito de gansas con sus crías, Libby los llevó hasta la casa de Hermione en un poco más de una hora. Fue una fortuna para Harry que Ron decidiera ir en el asiento de adelante con Libby; con el estado de Hermione hubiera sido muy peligroso que por las indiscreciones de la chica ella se llevara un buen susto. Por James no hubo problema ya que con rapidez se quedó dormido en la silla de seguridad que Harry le había comprado en días pasados.

-Si tuviera diecisiete años menos también estaría fundida – comentó Libby cuando los cuatro chicos subían por el ascensor hasta el apartamento de los padres de Hermione. Harry cargaba a James en sus brazos, profundamente dormido.

Al entrar al apartamento los padres de Hermione estaban en la sala, acompañados por Crookshanks, escuchando música y bebiendo té con galletas. Se levantaron para saludar a los visitantes mientras ellos colgaban sus abrigos en el perchero.

-¿Cómo les fue? – les preguntó la señora Granger llena de curiosidad.

-Muy bien – contestó Libby, dándole un beso en la mejilla –. Ganaron.

-Hola, Harry – lo saludó la madre de Hermione –. Hace días que no venías.

Ron soltó una carcajada que disimuló muy bien con una tocecita. A Harry se le hizo un nudo en la garganta y sólo atinó a sonreír. El hecho de que los padres de Hermione no se hubieran enterado que él durmió allí la noche anterior lo hacían sentirse como un novio adolescente, aprovechado y oportunista.

-Con permiso, voy a acostar a James – dijo Harry para salir del apuro.

Mientras se dirigía a la habitación de su hijo, Hermione presentó a Ron con sus padres, él inhaló con fuerza para parar de reír. Luego de media hora James se había levantado y Ron y Libby se habían marchado al concierto. A pesar de la insistencia de los padres de Hermione en que se quedaran a tomas las onces, los chicos se negaron con rotundidad afirmando que comerían algo en la calle y que debían llegar temprano al concierto para no tener que agarrarse de los pelos con la gente para poder entrar.

-Una vez nos tocó hacer eso para un concierto de Queen, ¿Lo recuerdas? – le dijo el señor Granger a su esposa.

-Si, una experiencia así no quiero volverla a vivir en mi vida – repuso la madre de Hermione –. A pesar que llegamos temprano el desorden que se armó antes del concierto fue verdaderamente vergonzoso.

James jugaba sobre el piso alfombrado de la sala, movilizando varios carritos de aquí para allá. Había creado una ciudadela con cubos didácticos y los habitantes de la misma eran decenas de figuritas de Bob Esponja. Harry estaba sentado en la sala, acompañando a los padres de Hermione a tomar el té. Ellos le contaron lo entusiasmados que estaban con los nuevos instrumentales de última tecnología que habían adquirido. Aunque Harry jamás comprendió qué era una Pieza de Mano, una Lámpara de Fotocurado y un Cabitrón, siempre prestó atención a todos lo que ellos hablaban diciendo: "¿De verdad?", "Eso es estupendo" o "Sus pacientes estarán muy satisfechos". Hermione lo miraba de reojo sonriendo con burla; ella comprendió que Harry no entendía nada y que simplemente lo hacía por el cargo de conciencia que tenía de haber pasado la noche allí. Para gran fortuna suya James no lo delató, se dedicó a mover sus carritos y desbaratar y construir nuevas edificaciones con sus cubos.

-¿Qué vamos a hacer con James? – le susurró Harry a Hermione al anochecer.

-¿Qué quieres decir? – le preguntó ella a la vez.

-Bueno, que tengo planes para nosotros…

-Voy a hablar con mi madre – lo interrumpió ella.

Hermione se llevó a su madre hasta la cocina, con la excusa de revisar las galletas que se estaban cocinando. Harry siguió allí sentado cerca al señor Granger, mientras él le seguía contando con muchísimo entusiasmo todas las cosas que pensaba adquirir para renovar por completo su consultorio. A los pocos minutos las dos mujeres salieron de la cocina; la señora Granger con una bandeja de galletas, Hermione con una reluciente sonrisa.

A las ocho y media de la noche acostaron a James. Al principio mostró resistencia, alegando que no podía dejar sola a ciudad esponja, pero en cuanto Harry lo acostó y Hermione le leyó tan sólo dos páginas de su libro de cuentos, el niño serró los ojos, quedándose profundamente dormido.

-Espérame en la sala, no me demoro – le dijo Hermione en voz baja cuando salían de la habitación de James.

Harry esperó durante casi diez minutos. Los padres de Hermione se habían retirado para ver una película en privado, así que él se encargó de recoger todos los juguetes que James había utilizado. Los dejó organizadamente amontonados al lado del sofá porque no quería llevarlos a la habitación de James y provocar que se despertara. Cuando Hermione apareció Harry no distinguió nada diferente en ella. Llevaba el mismo pantalón café y sueter verde oscuro que utilizó durante el día. Al momento de tomar sus abrigos fue cuando percibió el suave aroma que la cobijaba; además, se había aplicado un poco de maquillaje y llevaba un bolso colgado al hombro.

-Hueles muy bien – le susurró Harry al oído. Hermione agachó la cabeza con timidez.

-¿Adonde vamos?

-A Londres.

-¿No hubiera sido mejor que Ron nos dejara la camioneta? – preguntó Hermione segundos después, al cerrar la puerta del apartamento.

-También pensé en eso – reconoció Harry –. Pero a la hora de la verdad va a ser innecesaria, ya verás. Nos trasladaremos a una zona segura, cercana al lugar donde te voy a llevar.

Subieron hasta la azotea. El clima era el de siempre, brisa fría y cielo semidespejado, viéndose la luna a medias. Harry sacó del bolsillo de su abrigo un calcetín viejo y motoso. Hermione lo miró con las cejas arqueadas.

-¿Qué? – preguntó Harry con una sonrisa.

-¿Por lo menos está limpio?

-Por supuesto – repuso Harry aparentemente ofendido. La verdad era que ese calcetín estuvo años y años enrollado dentro de su baúl de colegio.

Harry encantó la prenda con su varita mágica, recordando a la perfección las coordenadas del lugar donde debían trasladarse.

-Ven – le dijo a Hermione, tomándola de la cintura y atrayéndola con delicadeza hacía sí.

Ella le rodeó el cuello con sus brazos, mirándolo con una sonrisa.

-¿Lista? – preguntó, Hermione asintió –. En cinco segundos.

Pero lo que ocurrió antes fue que ella lo besó y durante el corto viaje no se despegaron. Fue la sensación más extraña y alucinante que Harry experimentó en su vida. Al momento de tocar tierra Harry se sostuvo con fuerza, mientras Hermione apenas separaba sus labios de él y se reía.

-¿Te gustó? – preguntó ella.

-¡Uf! – exclamó Harry, enderezando sus gafas – ¿De dónde esas ideas?

-Se me ocurrió a última hora – reconoció Hermione, encogiéndose de hombros.

Harry la tomó de la mano, negando con la cabeza. Salieron del callejón donde habían aparecido hasta una transitada calle que pasaba a orillas del río Támesis.

-¿Dónde estamos?

-En la calle Todey – contestó Harry –. Mira, allí está la Torre de Londres.

Hermione siguió con la vista la trayectoria del brazo de Harry. Al otro lado del río se levantaba la monumental estructura. Con la apariencia de un castillo pequeño, la construcción estaba magníficamente iluminada por cientos de luces dentro de ella, dándole un aspecto gótico gracias a su estilo medieval. Atravesaron la calle hasta llegar al muelle HMS Belfast, donde un ferry aguardaba a que varias personas lo abordaran.

-Bueno, llegamos a tiempo – comentó Harry mirando su reloj. Faltaban cinco minuto para las nueve.

Fueron los últimos en ingresar y uno de los marines los guió hasta el centro del salón, a una mesa ubicada al lado de una ventana. El lugar tenía por lo menos treinta mesas, todas ocupadas en su gran mayoría por parejas de todas las edades y una que otra tenían familias. En el interior elegantes candelabros que colgaban del techo iluminaban a los viajeros, dándole al ambiente un aspecto brumoso y de ensueño. Las mesas, cubiertos por finos y delicados manteles blancos y bordados. Sobre ellas, pequeños arreglos en rosas amarillas y en el centro de las mismas una vela. Harry ayudó a sentarse a Hermione y después él lo hizo frente a ella. Se tomaron de las manos y el ferry zarpó en corriente norte.

-Sean todos bienvenidos al tour nocturno por el río Támesis – dijo una voz por los parlantes, las conversaciones se silenciaron –. Para el ferry Blue Star es un gran honor contar con su presencia esta noche. Esperamos que el trayecto y la cena sean de su agrado. Esta noche nos acompaña el grupo instrumental Peel Seal. Que tengan una maravillosa velada.

Al fondo del ferry, sobre un pequeño escenario, un grupo de hombres, todos vestidos en smoking negro, comenzaron a tocar sus instrumentos de cuerda, violines de todos los tamaños. Las conversaciones volvieron a inundar el amplio salón, pero la suave música se distinguía por encima de ellas. El barco navegaba lento y Harry ya tenía hambre.

-¿Qué te parece? – preguntó Harry con timidez.

-Es muy lindo – contestó ella con una sonrisa. Miró por la venta hacia el río, ésta se empañaba por la respiración de Hermione –. Hace mucho que no montaba en uno.

-¿Dónde lo hiciste?

-En New York, cuando salíamos de paseo con James – contestó Hermione con nostalgia –. Pero eran ferrys turísticos. No tenían el hermoso ambiente que tiene este. Sólo se escuchaban las animadas conversaciones en todos los idiomas que te puedas imaginar. Los niños corriendo de un lado a otro y sus padres corriendo tras ellos…

En ese momento llegó un mesero empujando un carrito con bebidas. Hermione pidió una de frutas sin alcohol, Harry la imitó.

-¿La extrañas mucho? – preguntó él luego de un largo y placentero trago.

-¿A quién?

-A la ciudad.

-La verdad… si – admitió Hermione. A Harry se le encogió el corazón –. Extraño el estilo de vida que llevaba, las comodidades y facilidades que tenía… Pero lo que más extraño es a mi hermana.

Harry abrió los ojos como platos aprovechando que Hermione volvía a mirar el río. Él le había prometido a Libby ayudarla a encontrar un trabajo. Hasta ese momento no había hecho intento alguno.

-Unas cosas por otras – siguió Hermione luego de un suspiro. Miró a Harry a los ojos –. Ahora estoy aquí, en mi país, cuando creí que nunca regresaría. Estoy contigo, a punto de formar un nuevo hogar – Harry sonrió de contento, seguramente tenía las mejillas sonrojadas –. Tengo un trabajo que me gusta y que me permite tener todo el tiempo necesario para James; veo a mis padres, felices con el niño. Estoy feliz de ver que Ron no ha cambiado en su esencia que sigue siendo el mismo protestón, terco y alcahueta de siempre, y que encontró a alguien a su medida, que lo quiere tal y como es…

-¿A qué te refieres? – preguntó Harry, sorprendidísimo.

-¡¿No te has finado! – exclamó Hermione, Harry negó con la cabeza –. Harry, ¿En qué mundo vives?

-Luego me cuestionas eso. ¿De quién hablas?

-De quien va a ser, de Libby.

-¿Qué?

-Pero si hasta se venía venir. Tanta compincharía, tanto secretitos, esas miraditas…

Harry volvió a beber gran cantidad de su cóctel. Nunca se le pasó por la cabeza que Ron y Libby fueran a tener algún día una relación diferente a la de simplemente amigos. Bien era cierto que se llevaban muy bien, que hablaban con mucha frecuencia y que salían juntos con regularidad. A veces diferían en algunas cosas, principalmente en tema James y tema quidditch, pero de allí no pasaba el asunto.

-Por eso ella usó hoy la túnica del equipo – observó harry.

-Si – confirmó Hermione –. Es un comportamiento un poco anormal de alguien a quien no le gusta el quidditch, ¿verdad?

-Como tú – comentó Harry con una sonrisa –, porque en quinto curso, cuando me expulsaron del equipo dejaste de usar la bufanda y las escarapelas de griffyndor para los partidos… Hasta afirmaste que tu felicidad no dependía de la habilidad de Ron como guardián. Con esos amigos…

Hermione sonrió con picardía y se encogió de hombros.

La velada transcurrió de lo más tranquila y amena que Harry lo pronosticó. Mientras cenaban, ambos se contaron lo que había sido de sus vidas los cinco años que estuvieron separados. A él no le sorprendió saber todas las cosas que hacía Hermione en su tiempo libre ya que no solo se dedicó a promulgar el P. E. D. D. O., cuando no estaba con James se sumergía en sus estudios avanzados de aritmancia y ganaba dinero adicional elaborando las cartas numerológicas de sus compañeros de trabajo. Libby se había convertido en su relacionista pública y durante un año entero estuvo enviando decenas de pergaminos, llenos de cálculos y conclusiones matemáticas vía lechuza a lo largo de la nación americana. Gracias a esto su movimiento de liberación de los elfos se dio a conocer.

Luego de la exquisita cena, ambos fueron hasta el segundo nivel del ferry, acondicionado con muchos asientos alineados en perfección. No tenía techo, pero si barandas que lo rodeaban para que cualquier pasajero, por más desprevenido que estuviera, no se cayera al río. Se sentaron en el primer asiento que encontraron, alejados de unas parejas que se besaban hasta la saciedad, siendo iluminados sólo por la tenue luz de la luna.

-¿Tienes frío? – le susurró Harry al oído, abrazándola.

-No.

Estuvieron en silencio durante un par de minutos; simplemente miraron cómo la calle de la rivera del río se fue quedando sola, sin transeúntes o automóviles. Hermione se abrigó más en los brazos de Harry cuando una inesperada ventisca los acarició, llevó su mano a la mejilla de éste y levantando un poco la cabeza lo besó.

Fue largo, intenso, maravilloso. Harry comenzó a perder el dominio sobre sus manos, sabía que nadie los estaba mirando, los pocos que se encontraban allí estaban ocupados en lo suyo. Sabía que ese era el inicio, que el viaje estaba por terminar. Sus manos sabían cómo era el cuerpo de Hermione; cuales eran los puntos más sensibles, los que la hacían delirar. Abrazándola aún con su brazo izquierdo la miró; ella también lo hizo, más bien de una manera expectante. Harry acarició su mejilla con sutileza; la sintió tan suave, tan fría.

El ferry aminoró su marcha, Harry comprendió que estaban llegando nuevamente al muelle HMS Belfast porque pasaron debajo del Puente de Londres, aprovecharon la oscuridad para darse otro beso antes de levantarse y salir de allí.

-Es una fortuna que no haya llovido – comentó Hermione cuando caminaban por la acera de la calle Todey.

-Ya te estás pareciendo a James.

-Es mi hijo, algo tenía que sacarme ¿verdad?

-Si, hasta su poco gusto por el quidditch – analizó Harry a manera de reproche.

-Puede ser – dijo Hermione –, pero piensa que Harmony puede salir a ti.

Harry sonrió, imaginándose a su hija igual de obstinada y terca a él. Miró el reloj, eran más de las once de la noche. Tomaron un taxi, que por indicaciones de Harry los llevó al Hotel Keystone, desde donde se podía ver a la perfección la imponente Abadía de Westminster.

Después de registrarse en la recepción, un botones los acompañó hasta la habitación 616 en el último piso, Harry le dio cinco libras de propina. Cuando encendió la luz Hermione exclamó un ¡Ah! Lucía un aspecto de remanso de paz; con las paredes blancas y las cortinas en claro lila, la cama con dosel en edredón y colgaduras del mismo color; al lado de la ventana un pequeño sofá y frente a él una mesita de centro invadida con orquídeas violeta y sosteniendo una cubeta de plata con una botella en ella, al lado dos copas. Los demás detalles resultaban insignificantes ante la magnífica vista de la Abadía de Westminster.

Harry encendió el estereo, colocando uno de los Cds que tan amablemente la administración del hotel le prestó. Se sentó con Hermione en el sofá ambientados por la suave música y sirvió la fría y burbujeante champaña pasándole una copa a ella.

-No creo que haya algún problema – dijo Harry –. Es la que tiene menos grado de alcohol.

Hermione la recibió, gustosa, y brindaron a la salud de ambos. En la segunda tanda brindaron por sus hijos y en la tercera por Ron y Libby, porque la estuvieran pasando bien.

-Así que lo del concierto era puro cuento.

-Claro – ratificó Hermione –. Libby es generación Spice Girls y Backstreet Boys. A ella nunca le gustaron los cantantes en solitario. Es una chica Boy Band.

Finalizaron con la tercera ronda y aún quedaba muchísima champaña en la botella, pero decidieron no beber más. Entonces, comenzaron con un juego erótico de miradas y caricias, lo besos se hicieron presentes y las prendas poco a poco fueron sacadas de su lugar.

-Espera un momento – susurró Hermione, deteniendo el avance de Harry hacia su pantalón.

-¿Qué ocurre?

-Sólo un minuto, no más – dijo ella. Se levantó, tomó su bolso e ingresó en el baño.

Harry se quedó allí sentado completamente desganado. Cerró las cortinas y encendió tres veladoras aromáticas que había sobre la cómoda, apagó la luz y terminó de quitarse la ropa, quedando únicamente en boxers. Se sentó en el borde de la cama, dejándose caer y rebotando varias veces. Tal vez en su niñez hubiera estado matado de la dicha saltando en un colchón de resortes.

Hermione no tardó más de cinco minutos. Al salir sólo tenía puesta una fina y delicada pijama, en estilo bata y de tiritas, de alto hasta más arriba de las rodillas y en puro color blanco, ceñida un poco al cuerpo. Harry se levantó con lentitud, maravillado ante ésa visión. La música había dejado de sonar, pero no hizo falta, otra melodía sonaba en la cabeza de Harry.

-Estas preciosa.

-¿Valió la pena la espera?

-Valió la pena la espera…

Se besaron con delicadeza, avanzando lentamente hasta la cama. Hermione tropezó con ella y se detuvo. Lentamente se fue pegando sin despegarse de Harry. Él se separó, arrodillándose frente a ella y besó su vientre por encima de la suave tela.

-Me pediste tiempo, y te lo estoy dando, pero esto no puede esperar – le dijo. Hermione lo miró, confundida –. Debí pedírtelo hace mucho, pero no lo hice, ni siquiera te lo dije cuando estábamos en el colegio y creo que ha llegado el momento. Pensarás que fui un despistado y que me faltó tacto… Creo que si. Pero sé que siempre lo esperaste y no vale la pena que te tenga más tiempo así – Suspiró y dijo con decisión –: Hermione, ¿quieres ser mi novia?