32
BOMBA H
El siguiente capítulo puede contener material sensible para los menores de edad. Se recomienda la supervisión y orientación de un adulto.
-Eres mi héroe, después de Jack Bauer y James, claro está – proclamó Ron minutos antes de que Harry saliera a su encuentro definitivo con Tamara –. Pobre Estorbo, no seas tan cruel con ella…
-Es interesante notar como te preocupas – le dijo Harry mientras revisaba la carga de su teléfono móvil.
-Es que no soy tan malo como aparento – repuso Ron, Saqueando el refrigerador –. El entrenamiento de hoy me dejó con mucha hambre…
-En realidad nunca entendí la razón de tu inquina hacia Tamara.
-Digamos que fue fastidio a primera vista – argumentó Ron colocando todas las cosas sacadas del refrigerador sobre la mesa de la cocina –. No sé por qué, pero esa actitud demasiado risueña, sus comentarios cursis y su risita tonta fueron un insecticida para mis intenciones de amistad. Sin contar con lo intensa que se vuelve cuando tiene algo entre ceja y ceja.
-Tamara también tiene cualidades…
-Si, como el supremo optimismo – reconoció Ron –. Espera demasiadas cosas buenas de la gente, y esperó por ti muchos meses…
Harry lo miró con los ojos entornados y se despidió de él con un gesto de la mano. Miró su reloj, eran las tres de la tarde, a esa hora Hermione estaría recogiendo a James en el colegio; no habían quedado en nada, así que Harry le había dejado el automóvil para que pasara por el niño y él iría a la cita con Tamara por su cuenta.
Que la chica viviera en el mismo pueblo de Harry fue una gran ventaja a la hora de transportarse, nada más tomar un taxi y en veinte minutos estaba llamando a su puerta. La chica lo recibió con su característica sonrisa, amplia y risueña; se había aplicado un maquillaje muy suave y su cabello castaño oscuro lo tenía ondulado. Vestía de una manera un tanto informal y sostenía una gabardina entre sus brazos. Saludó a Harry con un fugaz beso en la mejilla y cerró la puerta de su apartamento.
-Que bueno que llegaste a tiempo. No puedo demorarme mucho, tengo otro compromiso.
Harry no dijo nada, pero en el fondo le parecía perfecto porque así le diría las cosas sin rodeos y la conversación no se prolongaría más de lo debido.
-¿Dónde está tu auto? ¿Lo vendiste? – preguntó Tamara con curiosidad al ser guiada por Harry hacia el taxi que lo había llevado.
-Lo tengo prestado – contestó Harry llanamente.
-No me digas que Ron se ha apoderado de él – comentó Tamara con una sonrisita.
-A veces tiene esa costumbre.
-¿Y adónde vamos?
-¿Has escuchado hablar del café La Bastilla? – preguntó Harry, ella asintió –. Iremos allí, me lo han recomendado. Es un sitio agradable con vista a los campos de trigo y sus bebidas son muy populares, en especial el té chino.
Fue relativamente fácil llegar hasta ese café. Estaba situado a poco más de seis calles del apartamento de Tamara. El local, en ambiente barroco, pequeño y de dos pisos, estaba ubicado en lo que se podía llamar el centro comercial y turístico del pueblo, Harry recordó que a unos cuantos metros estaba el almacén al cual había llevado a Jame de compras por primera vez y donde le compró su ahora deformada almohada de Bob Esponja. Con una sonrisa en los labios invitó a Tamara para que ingresara, ella también sonrió.
-¿Qué te parece? – le preguntó a ella en cuanto ingresaron.
-Bastante muggle – respondió Tamara en voz baja, mirando cada detalle y cada rincón con detenimiento.
Y en verdad que lo era. Harry tomó la precaución de ir a un sitio donde su presencia pasara completamente desapercibida y un café de magos no era precisamente la mejor opción. Pasaron entre las pequeñas mesas del primer piso; algunas de ellas estaban ocupadas, cuando no eran por parejas eran por grupitos de amigos, amigas o ambos. Con cierta curiosidad Harry escuchó como las chicas conversaban sobre el último tono de labial en el mercado o el actor de moda y su nueva aventura romántica. Imaginándose que en unos quince o dieciséis años Harmony hablaría de lo mismo con sus amigas volvió a sonreír.
-¿Por qué tan contento? – le preguntó Tamara sin poderse contener.
-Simplemente pienso en el futuro… Por qué no vamos al segundo piso – le propuso.
Subieron por la escalera en forma de caracol y un iluminado recinto les dio la bienvenida. Organizado tal cual el primer piso, con las mismas mesas, los mismos adornos y hasta el mismo tamaño del bar, la gran diferencia era la inmensa y larga ventana de vista a los campos de trigo del pueblo. El piso estaba casi vacío, apenas se escuchaba el murmullo de las conversaciones de las dos mesas que estaban ocupadas. El bajo volumen de la música sonaba como un susurro.
-En la ventana, en la ventana – dijo Tamara con entusiasmo.
Tomó a Harry de la muñeca izquierda y con tirones fueron hasta una de las cinco mesas que estaban de lado a ella. Por cortesía, Harry movió el asiento para que Tamara se sentara primero, posteriormente él lo hizo frente a ella.
-¿Qué desean tomar? – les preguntó la mesera con amabilidad.
-Té de limoncillo, por favor – contestó Tamara, mirando la carta –. Y también me traes galletas de jengibre. Gracias.
-Sólo té de manzanilla – dijo Harry sin mirar la carta.
-En seguida – susurró la mesera, anotando en una pequeña libreta y marchándose.
-Es un día precioso, ¿no te parece? – comentó Tamara en voz baja mientras observaba los extensos sembradíos de trigo.
-Si, aunque el sol no tenga muchas ganas de asomar – repuso Harry, divisando el cielo.
-Jugaron muy bien el sábado.
-¿Te parece?
-Si, aunque el modo en que encontraste la snitch es un tanto, cómo llamarlo… inusual – dijo Tamara con un dejo de ironía.
-Somos un equipo.
-Vi a Belinda antes de marcharse luego del partido… La esperaba una gran migraña.
-En el entrenamiento de hoy estuvo bastante bien, no creo que el golpe le halla afectado demasiado.
-Estamos a tres puntos de los líderes, ¿verdad? Tommy espera que el próximo partido lo pierdan y nosotros lo ganemos. Desde hace varias temporadas nunca habíamos estado tan cerca de ganar la liga.
-Desde hace varias… muchas – afirmó harry. La mesera colocó frente a cada uno lo que había pedido –. Gracias.
Sorbieron un trago de té. Al estar un tanto amargo Harry le puso una cucharadita de azúcar.
-¿Por qué? – preguntó Tamara inesperadamente.
-¿Por qué, qué? – preguntó harry, sorprendido e intrigado.
-No me dijiste que ella estaba embarazada.
-Ah, eso – dijo Harry, su estómago se volvió un nudo ante la agonizante mirada de Tamara –. Precisamente de eso quería hablarte.
-Sería mejor si me lo hubieras informado en el momento – repuso Tamara y tomó su taza de té.
-Fue algo que me tomó por sorpresa – admitió Harry –. En mi cabeza no había lugar para otra cosa.
-Y se lo dijiste primero a los chicos Weasley.
-Ellos son como mi familia – replicó Harry con suavidad.
-¿Y yo qué soy, un cero a la izquierda?
-Tú eres mi amiga, Tamara – le aclaró harry con el ceño ligeramente fruncido.
-Pude ser mucho más…
-Pero no quería – la interrumpió Harry. Tamara apretó los puños sobre la mesa, olvidando por completo que pretendía tomar de su té –. Yo te aprecio, Tamara, pero nunca fue mi propósito tener contigo una relación más formal, más íntima.
-Yo te esperé por meses, Harry – le recordó ella.
-Lo sé y realmente lamento que perdieras el tiempo conmigo cuando jamás te di esperanzas.
-Nos besábamos…
-Nos dábamos besitos, que era diferente.
-Lo de tu hijo lo entiendo – siguió ella con terquedad, golpeando con la yema de sus dedos la taza –, no conocías su paradero y cuando lo encontraste fue mágico para ti. Lo conocimos y nos pareció un niño encantador, seguramente tu fuiste así en la niñez. Nunca entendí la comprensión y la complicidad con la madre de tu hijo… ¡Ella te abandonó, Harry!
-Tamara…
-No me interrumpas – susurró ella, apretando los dientes –. Tantos años de dudas y preguntas sin respuestas; me imagino que los habrás buscado y ella seguía escondida… mintiéndote… Si querías una amante, ¿por qué no me escogiste a mí?
Harry se quedó de una pieza, sorprendido ante la pregunta de Tamara. Lentamente volvió a arrugar un poco el entrecejo, asombrado por lo que acababa de decir.
-¿Acaso soy fea? ¿Tengo cara de troll? ¿No me ves sexy? ¿Qué le viste a ella?
-Yo no estoy con Hermione ni por su hermosura ni por sus curvas – le dijo Harry, escandalizado –. A mí de nada me sirve tener a una mujer para exhibirla; yo la quiero para disfrutarla en la intimidad, estando o no en la cama con ella.
-Pero no con una persona que te traicionó.
-¡Hermione nunca me ha traicionado! – exclamó Harry, arto de las insinuaciones mordaces de Tamara. Para evitar que los demás clientes del lugar encontraran interesantemente atractiva su conversación, Harry volvió a bajar la voz –. Escúchame bien, Tamara, porque no pienso repetírtelo. Hermione es la única persona que ha estado conmigo en las buenas y en las malas. Jamás en su vida me dio la espalda y siempre tuve en ella una voz crítica y de apoyo. Con argumentos inteligentes y convincentes evitó que cometiera demasiadas estupideces, mientras en otras ocasiones se metía conmigo en los problemas más descabellados…
-Como tener un hijo en la adolescencia, por ejemplo – citó Tamara con ironía.
-James nunca fue un problema, ni para ella ni para mí – aclaró Harry –. Fue inesperado, si, pero jamás le reproché al destino la oportunidad que me daba de ser padre.
-¿Y ella? Porque por algo se fue.
-Se fue porque creyó que la lastimaría…
-Como lo estás haciendo conmigo ahora – lo interrumpió Tamara, en un evidente tono de reproche.
-Lo siento, pero estoy siendo sincero contigo.
-¿Cómo puedes estar tan seguro de su amor?
-Porque me lo demostró desde el día que volvimos a vernos, y porque desde ese entonces no me ha dejado solo pese a los cientos de problemas que ha habido entre nosotros.
-¿Y si su nuevo embarazo es una artimaña para manipularte? Cómo pudiste… – comentó Tamara con pesadumbre, negando con la cabeza.
-Pude porque me dio la gana – le dijo Harry sin miramientos, ella lo miró con sorpresa –. Me acosté con Hermione porque la deseaba, la necesitaba. Y si, quedó embarazada, pero recibo a mi bebé con los bazos abiertos porque, como James, es el fruto de la unión con la mujer que amo.
Tamara se tapó la boca con la mano derecha y sollozó.
-Yo no tengo por qué darte explicaciones de mi vida, pero considero que por lo menos mereces saber cuál fue la razón para que nuestra amistad no fuera más allá. Esa razón se llama Hermione Granger.
Tamara, herida en su orgullo, mantuvo lo poco que le quedaba de cordura. Con rapidez y en completo silencio se levantó, marchándose con la cabeza erguida. Harry descansó la espalda en el espaldar de su silla, mirando de manera impasible las galletas de jengibre que la chica ni siquiera había tocado.
Una ira contenida recorría sus venas, mezclándose con la sangre. No podía creer que Tamara se atreviera a cuestionar a Hermione de esa manera, sólo él tenía el derecho y a pesar de eso ya la había perdonado. Bebió todo el contenido de su taza de té, ahora frío, y le pidió a la mesera que trajera otra igual. Pese a lo incómoda que resultó la charla con Tamara, esta le sirvió para que por su boca salieran cosas que tenía guardadas en el corazón, y definir la razón principal por la que amaba a Hermione, por su esencia.
Decidió comer algo ligero y se quedó en el café mirando uno de los últimos atardeceres del invierno. Cuando el cielo oscureció y las estrellas aparecieron en el firmamento Harry se marchó. La casa la encontró vacía, seguramente Ron estaba en La Madriguera, preparando su estómago para comer. Encendió la chimenea de su habitación y con las luces también encendidas se puso a escudriñar entre sus libros de defensa contra las artes oscuras del colegio. Conociendo como conocía a Tamara estaba seguro que la chica encontraría alguna maldición para vengarse de él, y hombre precavido vale por dos.
Eran más de las diez de la noche y Ron no llegaba, Harry supuso que dormiría en la casa de sus padres. Se puso un pijama de rayitas rojas y miró hacia el cielo por la ventana; las estrellas estaban iluminadamente espectaculares y la luna lucía un color azul claro. Tomó su teléfono móvil y pensó llamar al de Hermione para que viera esa maravilla. Dudó unos segundos, ¿y si ya estaba dormida? "Por lo menos la despertaras para que vea algo hermoso, algo que vale la pena", se dijo.
-Hola, ¿estabas dormida? – preguntó Harry a manera de disculpa.
-No, pero ya casi lo iba a hacer. ¿Cómo estuvo tu día?
-Bien – se limitó a decir –. Ve hacia la ventana y mira el cielo.
Esperó durante algunos segundos.
-Es hermoso – susurró Hermione.
-Es una maravilla… – opinó él sin dejar de enfocar el cielo –. Te lo regalo.
-¿Cómo?
-Te regalo el cielo, esa maravillosa luna y las brillantes estrellas. Cada vez que lo veas quiero que pienses en mí como yo pienso en ti.
-Harry…
-¿Dime?
Pero Hermione guardó silencio durante casi un minuto. Harry escuchó su respiración lenta y profunda, como suspiros. No quiso interrumpir su meditación en el cielo.
-Desde ayer en la mañana no te veo.
-He estado ocupado.
-Ven – dijo ella y cortó la llamada.
Harry contempló durante unos segundos la estructura de su teléfono móvil, viendo más que todo la pantalla que indicaba la duración de la llamada. ¿Había escuchado bien? Hermione quería que fuera, pero ya era un poco tarde y tendría que tomar un taxi para ir más rápido, sin contar que debía cambiarse de ropa nuevamente para salir a la calle.
-Pero, yo no soy muggle – susurró harry.
Apagó la chimenea con un movimiento de su varita y cerró los ojos pensando en la habitación de Hermione. No tardó mucho en aparecerse allí y el maullido aterrorizado de Crookshanks le hizo saber que había pillado al gato por sorpresa. El minino se escondió bajo la cama de Hermione; ella estaba al lado de la ventana, riendo por lo bajo ante lo cómico que le resultó la situación.
-Que bobo – comentó Hermione.
-¿Quién?
-Crookshanks. Libby lo hacía con frecuencia, seguramente por eso no le obedece.
La habitación estaba a oscuras, pero la silueta de Hermione se distinguía perfectamente. Fue hasta donde ella y la abrazó.
-Harry, ¿qué pasa? – le susurró al oído, conmovida y respondiendo al abrazo.
-Te extrañé…
-Yo también te extrañé en estos dos días.
-Te extrañé durante todos estos años – aclaró a manera de confesión.
Hermione no dijo nada, se limitó a abrazar a Harry con más fuerza.
-Hoy en la tarde de mi boca salieron muchas cosas – contó él, separándose de ella y tomándole las manos. Hermione lo escuchaba con atención –, cosas que estaban guardadas en un lugar muy escondido de mi cerebro y mi corazón.
-¿Qué quieres decir?
-Esta tarde hablé con Tamara, le aclaré todo lo que estaba ocurriendo conmigo… con nosotros. Me cuestionó el por qué había regresado a tu lado y yo simplemente despejé sus dudas… y aclaré algunas mías también.
-¿Ella aceptó lo que le dijiste? – preguntó Hermione. Harry negó con cierta tristeza – ¿La querías?
-Le tenía aprecio. Es una chica bastante particular.
-¿Y qué le dijiste para que tomara esa actitud?
Harry poco a poco contó a Hermione todo cuanto le había dicho a Tamara, omitiendo algunos detalles como la insinuación de ella para escogerla como amante en lugar de Hermione y el que le diera a entender que su nuevo embarazo era simplemente una fachada para manejarlo a su antojo.
-¡Ay, Harry! No creí que fuera a causarte un daño tan grave – le dijo Hermione con voz queda.
-¿Daño grave? ¿A mí? – se extrañó él.
-Por mi culpa dejaste de interesarte sentimentalmente en las chicas; es como si te hubiera castrado, o algo así.
-¿Te interesaste por alguien más en estos años? – preguntó Harry con temor.
-Llené mi vida con tantas actividades para mantenerme ocupada y no pensar en ti, además del tiempo que le dedicaba a James, que las posibilidades y el interés por tener una pareja se redujeron muchísimo.
-¿Pero, no tuviste pretendientes?
-Unos cuantos – reconoció Hermione, encogiéndose de hombros –, pero los espantó el poco interés que les daba.
-¿Qué sentiste el primer día que te besé, cuando Libby trajo a James a escondidas?
-Miedo.
-¿Miedo?
-Si, de que ocurriera lo mismo, o que aquello fuera por un simple impulso.
-Tenía tantas ganas de besarte – susurró Harry, acariciando su delicado rostro.
-Y yo me entregué por completo a tu beso.
-La noche que hicimos el amor…
-Viví.
-Estabas un poco difícil – le susurró, besándole el cuello.
-Y tú un tanto atrevido.
-De no ser así no serías mía – repuso Harry, desnudándole un hombro y besándolo.
-Siempre fui tuya.
Harry la cargó entre sus brazos, Hermione acariciaba su nuca.
-No nos movamos – le pidió ella –, hagámoslo en el diván.
-Nos pueden ver – observó Harry
El diván se hallaba al lado de la ventana, cuyas cortinas estaban levemente abiertas.
-No importa – repuso Hermione.
-Me sorprendes, Hermione – admitió Harry mientras la acostaba sobre el diván, quedando un poco sentada.
-Quiero compensar los años de distancia.
-Yo también – aseguró él, de frente a ella, sentándose a su lado. ...
Con suavidad y lentitud Harry acarició el torso de Hermione por encima de la camisa de su pijama. Una y otra vez iba de arriba hacia abajo sin dejar de ver el rostro de Hermione. Ella, en una postura serena, respirando con profundidad, mirando a Harry a los ojos. Detuvo la mano en el seno izquierdo, sintiendo el pezón duro y erguido, lo apretó con suavidad. Hermione cerró los ojos por unos segundos, disfrutando de lo que Harry le hacía. Él se detuvo un momento, sólo para quitarle a ella la camisa. La sacó por la cabeza, en realidad no quería perder el tiempo haciéndolo botón por botón.
Los senos quedaron al descubierto y Harry volvió a tomar el izquierdo con total libertad. Lo masajeó varias veces y besaba a Hermione a la vez. Ambos exploraban el interior de la boca del otro, casi a mordiscos. Las gafas escurrían por su nariz y en dos ocasiones las acomodó con torpeza, sin despegar sus labios de los de ella. Llegó un punto en el que Hermione se exasperó por la incomodidad y le quitó las gafas para dejarlas caer libremente al suelo.
-No las necesitas – susurró. Tomó a Harry del cuello de su pijama y lo atrajo nuevamente a sus labios.
No duraron mucho tiempo así, Harry quería más, aquello que siempre hacía cuando estaba a solas con Hermione en un momento en el cual iban o no a tener intimidad. Separaron los labios sólo para que Harry posara los suyos en el pezón izquierdo de Hermione y como siempre, como cada vez que lo hacía, ella arqueó la espalda colocando la mano en la nuca de él, pidiéndole que no se detuviera, que continuara. Lo llenó de saliva alternándolo con mordiscos y constantes succiones. Les encantaba; a él saborearla y a ella sentir, por eso ésta actividad era algo necesario para ambos, algo que siempre hacían cuando se veían. Con discreción se separaban de la gente y buscaban un lugar lo suficientemente privado como para brindarse de ese privilegio, todo después de enterarse que tendrían otro bebé.
Hermione suspiraba ante los estímulos de Harry; en ocasiones seguía arqueando la espalda para liberar energías, en otras movía las piernas como si pretendiera masajear el diván. Bajó los besos por el estómago de Hermione y metió varias veces la lengua en el ombligo, arrancándole suaves carcajadas. Bajó un poco más, al nivel del vientre, cubierto en ese momento por el pantalón del pijama. Sin detenerse a preguntar, Harry cogió con sus manos la cintura del mismo, llevándose de paso también las pantaletas.
-Tu madre está loca – susurró Harry, hablándole a su hija a través del vientre de Hermione, acariciándolo con la yema de los dedos –. Menuda ocurrencia el de querer hacerlo aquí, ¿no te parece?
Miró hacia la ventana. La pequeña visión que dejaba la cortina mostraba las luces de edificios lejanos (o sería porque no tenía puestas las gafas); pero en realidad desde ese punto nadie podía verlos.
-Ven, no te quedes atrás – dijo Hermione, tomándolo de la camisa y llevándolo con ella.
Volvieron a besarse, de una manera más tierna, más serena. Hermione se movió un poco para darle lugar a Harry de que se sentara junto a ella. Así lo hizo, y Hermione aprovechó para hacer lo mismo, pero sentada sobre sus muslos. Con paciencia y maestría abrió la camisa de Harry botón por botón. Intercalaban cortos besos con miradas y en dos ocasiones Harry estiró un poco el cuello para besar y morder el mentón de Hermione, acariciando de arriba hacia abajo su espalda con total soltura y libertad.
Hermione apoyó su frente en la de Harry, con sus manos recorriendo el pecho de éste. Le retiró la camisa y lo abrazó; Harry besó su cuello, embriagado en su suave y dulce aroma. Ella se meneó sobre su regazo con lentitud, pronosticando lo que vendría a continuación. En cuestión de segundos lo dejó desnudo y se alistó, volviendo a la posición anterior.
Harry estaba más que listo, completamente sentado y con las piernas estiradas sobre el diván; agarró las caderas de Hermione y la ayudó a descender para que fuera penetrada sin inconveniente.
Al principio ninguno de los dos se movió, Hermione se hallaba abrazada al cuello de Harry, volviendo a apoyar la frente en la de él. Harry la abrazaba por la cintura, respirando profundamente. La tomó de ésa misma zona y elevándola un poco le indicó que era hora de comenzar.
Hermione se movía en forma ascendente y descendente impulsada por sus piernas y las rodillas, Harry la ayudó tomándole nuevamente las caderas, ayudándole a mantener un ritmo lento y constante. A los pocos minutos la habitación se llenó de gemidos, esforzándose ambos para que a los oídos de los habitantes del apartamento no fueran tan evidentes. Se tomaron de las manos en un momento en el que Hermione detuvo el ritmo, únicamente para descansar un poco.
Con la respiración agitada y los cuerpos pegajosos por el sudor se abrazaron de nuevo, antes de dar inicio a los últimos movimientos y desfallecer luego del relajante y electrizante orgasmo.
-Siempre quince hacerlo aquí. Era una de mis fantasías – confesó Hermione cuando ya descansaban en la cama de ella.
-¿Me hablas en serio?
-Si, claro que te hablo en serio ¿Nunca se te ocurrió lo mismo?
-Bueno, nuestra primera vez fue en casa de mis padres…
-Me refiero a la casa de tus tíos – especificó Hermione.
Harry meditó durante unos segundos. En realidad no se le había pasado por la cabeza una idea tan descabellada. Lo que si sabía era que Hermione no merecía semejante humillación.
-Siempre has merecido lo mejor – se limitó a decir Harry.
-Lo hicimos hasta en el colegio – recordó Hermione, dejando caer su cabeza sobre el hombro de Harry – ¡Ay, que falta de respeto!
-No pensabas lo mismo en aquel entonces.
-Si lo pensaba, otra cosa era que no lo dijera – repuso Hermione, acariciando el pecho de Harry.
-¿Por qué te quedaste callada?
-No quería preocuparte.
Harry sonrió. Eran pocas las veces en las que Hermione guardaba silencio, la gran mayoría de ellas para no disgustarlo a él. Le besó la frente y apagó la luz de la lamparita, dispuesto a descansar.
Al día siguiente el entrenamiento resultó ser un atropello total. Inexplicablemente Ron tenía un humor de perros y Harry no alcanzó a preguntarle el por qué de su actitud cuando lo vio antes de comenzar el entrenamiento ya que había llegado retrazado a causa de James. Debido al mal humor del pelirrojo, él y Katherine discutieron acaloradamente durante unos minutos, yéndose caso a los golpes. Ralph no podía creer que la chica lo hubiera dejado en paz durante todo el entrenamiento, sólo para confrontar las frases mordaces y de doble sentido que susurraba Ron cuando alguno de los tres cazadores titulares fallaban un tiro.
-Con que vuelvas a decirme algo así – le insinuó Katherine a Ron en el camerino, tratando de juntar los dedos pulgar e índice –, hago que botes los gases por la boca y respires por el trasero.
-Eso no es físicamente posible – le espetó Ron con exasperación, dándole la espalda.
-Es mágicamente posible – aclaró ella con altivez.
Ron movió la mano en señal de incredulidad y salió de inmediato del camerino. Harry se reunió con él minutos después, a la salida del estadio.
-¿Qué te pasa, Ron? – le preguntó su amigo sin rodeos.
-¿A mi? Nada.
-Estás de un humor de perros – observó Harry.
-A mi no me pasa nada – repitió el pelirrojo con terquedad.
-¿Es Libby? – preguntó Harry con precaución, tanteando el terreno.
-No, no es ella.
-¿Entonces? – insistió Harry.
-Es Ginny.
-¿Ginny? – repitió harry, sorprendido.
-Se va a casar – masculló Ron. Harry arqueó las cejas –. Mamá me lo contó todo ayer. Richard le propuso matrimonio "el día de San Valentín" – contó en sonsonete cursi.
-Bien por ellos…
-De bien no tiene nada – repuso Ron – ¿Qué se cree ese?
-Se aman, Ron, es natural.
-Se pueden amar mucho, pero Ginny es joven, debe estar en su casa.
-Y a todas estas, ¿tus padres qué opinan? – preguntó Harry, como para desviar un poco el sentido de la conversación.
-Están felices – contestó Ron, escandalizado – ¿Y sabes qué? Todos quieren que James sea su pajecito…
-Estará dichoso – lo interrumpió Harry sin poder reprimir una sonrisa.
-Harry, por favor, ¿vas a permitir que el niño participe en semejante payasada?
-Ron, déjate de estupideces – le dijo Harry con severidad. Su amigo abrió los ojos como platos, para después dirigirle una mirada de profundo rencor –. Ginny es una mujer adulta, sabe lo que quiere.
-Estás comportándote como mi enemigo – replicó con enfado.
-Hace pocos días me dijiste que pensabas seriamente en tu futuro – observó Harry –. ¿Acaso los demás no pueden hacer lo mismo? ¿O es simplemente la envidia porque Ginny se te adelantó?
-Es demasiado joven para casarse – repitió Ron. Harry negó con la cabeza –. Más bien dime qué te retrazó esta mañana que ocasionó un casi regaño de Ralph.
-James.
Ron arrugó el entrecejo, incrédulo.
-Si, fue una verdadera odisea alistarlo para que se fuera al colegio – contó Harry –. Los padres de Hermione madrugan mucho, siempre se marchan temprano. Cuando desperté James estaba corriendo por toda la casa detrás de Crookshanks. Para bañarlo tuvo que ser a las malas, no quería ir al colegio…
-Igualito a su tío Ron – dijo el pelirrojo, lleno de orgullo.
-Como supondrás, el pijama me quedó empapado de pies a cabeza. Él lo encontró muy divertido.
-¿Y Hermione que hacía que no te ayudó?
-El desayuno.
-¿Te dejó a ti encargado? – harry asintió con vergüenza, Ron rió –. Bueno, ya era hora que te hicieras responsable.
-Es más difícil de lo que creí – reconoció Harry –. Con todo lo que me demoré bañándolo y arreglándolo me retracé un poco. Llegué a casa de afán únicamente para darme un duchazo de flash y venir al entrenamiento. ¡Estoy pasado de hambre!
-Novato… Vamos a casa, esta mañana dejé en la cocina comida que me regaló mamá…
-No la vi.
-Con semejantes afanes.
Harry se comió más de la mitad de la comida que Ron había llevado desde La Madriguera. El pelirrojo no lo dejaba de mirar con asombro.
-Tengo hambre – se defendió Harry.
-Eso se ve.
El partido del día siguiente podría determinarse como único e inusual. Por primera vez en toda su carrera deportiva a Ron no le anotaron un gol. Quizás fue por la desagradable cara que puso o simplemente por la forma aguerrida en que jugó. Katherine también había realizado un magnífico trabajo, fue tan agresiva y en ocasiones encolerizada a la hora de realizar un pase o lanzar la quaffle a gol que en varias oportunidades los jugadores de Kenmare Kestrels se retiraban de su camino para no resultar seriamente lastimados. Ella y Ron no se dirigían la palabra desde su discusión a mitad de semana y Ralph lucía dichoso porque disfrutó de unos cuantos días de paz. Harry estaba feliz porque James también había ido a verlo jugar y aunque cuando se vieron luego de finalizado el partido su entusiasmo por el quidditch era el de siempre, no dejó de repetir las jugadas que más le había gustado y las semejanzas de éstas con las del quodpot. Libby no había podido trasladarse , algo que tenía un tanto alicaído a Ron; según las palabras de Hermione tuvo que quedarse para hacer un detallado análisis de los costos e ingresos de publicidad así como del impacto que ésta causaba en los lectores como informe del primer bimestre del año. Como era de suponer, Libby estaba que se salía de la ropa por tener que trabajar un fin de semana.
Por sugerencia de James y aprovechando que Stetfort (pueblo donde habían jugado el partido) estaba en el área metropolitana de Manchester. Harry invitó a Ron y a Hermione a un pub cercano a la sede deportiva del Manchester F. C, sobre la calle Chester. El pub, ubicado en una casa de diseño medieval con entrampados de madera era bastante caluroso. Ron no puso problema a pesar de ser un establecimiento completamente muggle. Pidieron jugos y sorbetes, además de algo para picar, y durante todo ese rato, tal cual lo hacían en el colegio durante sus salidas a Hogsmeade, hablaron de cosas triviales. Llegó un momento en el que Hermione abordó el tema del matrimonio de Ginny.
-Deberías ser más considerado, Ron, alegrarte por la felicidad de tu hermana – le aconsejó Hermione.
-Ella está muy bien así, viviendo en casa con mis padres y trabajando con Fred y George.
-¿No crees que tiene un círculo social muy cerrado? – le preguntó Hermione.
-El matrimonio la amarraría más.
-El matrimonio no es una atadura, Ron. Es un vínculo, un compromiso…
-Ella está muy joven – espetó Ron, dando por zanjada la conversación.
-Pues me parece una actitud inmadura, egoísta y ridícula – opinó Hermione –. Afortunadamente jamás te hice caso.
-Si, desobediente – le dijo Ron con aire acusador.
-De todas maneras ya no puedes hacer nada. Eso fue decisión de tu hermana y Richard, así que no le busques más patas al gato y deja de complicarte la vida – razonó Hermione –. Ron, si no puedes con el enemigo, únete a él.
-Si, ya, corriendo.
-Yo no veo ningún problema, Ron – intervino Harry –, después de todo Richard tiene algo que tu necesitas.
-¿Qué cosa?
-Información de videojuegos y cibernética.
-Si, claro, a cambio de la libertad de Ginny…
-Sinceramente contigo no se puede – repuso Hermione, negando con la cabeza.
-Nunca se ha podido. Me darás la razón cuando tu hija nazca y crezca.
-No metas a Harmony en esto – replicó Harry en tono cansino.
-Debes prepararte, Harry – siguió su amigo, como si estuviera aconsejándolo en un tema trascendental para la supervivencia de la humanidad –. A las niñas hay que protegerlas, ¡escúchame bien, James, espantarle los noviecitos tontos, hacerlas recapacitar cuando van a estropearse la vida…
-¡Ron! – exclamó Hermione, escandalizada –. No le hagas caso, James, está celoso.
El niño miraba a uno y otra, en parte asombrado, en parte confundido.
-Tú también me darás la razón, Hermione, y ese día reiré.
-Por ahora confórmate y cierra la boca – sentenció ella.
Febrero finalizó rápido y en la segunda semana de marzo les comunicaron la fecha del matrimonio de Ginny, sería el ocho de mayo. Aunque Ron se había resignado al inevitable acontecimiento, esto no le impidió buscarle todos los peros a la ceremonia y el banquete. En dos ocasiones la señora Weasley le lanzó maldiciones tan solo por insinuar que la fiesta sería una reverenda porquería. James sólo decía "Cole, Ron" en una de sus visitas a La Madriguera, precisamente la primera vez que ocurrió aquella persecución.
Libby se trasladó varias veces y hablaba telefónicamente con Ron con una frecuencia más constantes que las demás y aunque su amigo no quiso decirle nada, Hermione le contó a Harry que en una ocasión Libby estuvo por más de una hora tratando de convencerlo, pero ante la terquedad del pelirrojo la chica no tuvo otra alternativa que trasladarse para propinarle un doloroso puntapié en la canilla.
Por otro lado James ya estaba un poco más habituado al estilo de vida y al clima en Inglaterra y a pesar que llovía con frecuencia el niño encontraba actividades provechosas para realizar ya fuera en casa de sus abuelos o en la de Harry. También había cultivado una entrañable amistad con Simón, el niño que harry conoció en su primer día de escuela. En varias oportunidades él mismo lo llevó a su casa para que jugaran junto con los tres perros que Simón tenía.
El embarazo de Hermione iba de maravilla. Poco a poco Harry notaba los cambios en su cuerpo. Como no tenían una intimidad muy frecuente, cada vez que estaban a solas (y con tiempo) él descubría algún cambio. Primero fueron sus senos, que se hincharon y se sensibilizaron un poco; luego, el vientre, que se había inflamado unos cuantos centímetros. Indudablemente Harmony crecía con rapidez. Pese a esto el apetito de Hermione seguía siendo el de siempre, lo único que tenía era mareos matutinos. Ya fue común que Harry durmiera por lo menos dos noches en casa de ella y Hermione pasara el fin de semana en casa de él.
Al llegar abril Harry vio la oportunidad perfecta para ayudarle a conseguir un trabajo a Libby. Había pasado el tiempo suficiente como para comenzar su búsqueda para no hacerla sentir mal a ella al notar su desesperación por estar allí. Aprovechando que el primer fin de semana del mes no había liga porque la selección de quiddtich de Gran Bretaña jugaba un partido de eliminatoria para la Eurocopa, Harry visitó a los gemelos en su tienda del callejón Diagon. Se había enterado en su última visita a La Madriguera que planeaban abrir una tienda en el Boulevar La Cible, el callejón mágico de los franceses, situado en el centro de París, sobre la avenida de Versailles.
-Estamos adecuando el local para que esté a la altura de nuestras necesidades y del perfil de nuestros clientes potenciales – le explicó George a harry aquel sábado en la tarde –. Ese tipo de decoración no es tan sencilla de hacer con el movimiento de una varita mágica.
-¿Qué tan complicado puede ser poner unas cuantas estanterías y ya? – preguntó Harry.
-No son simples estanterías – repuso Fred –, son artefactos delicados. A mitad de semana nos trasladaremos para supervisar personalmente el acabado en los detalles.
-Luego, nos quedaremos unos cuantos meses, hasta que el negocio despegue – siguió George.
-París es una gran plaza – comentó Fred con optimismo –. Es la ciudad de Europa que más turistas recibe… – calló unos segundos para registrar la compra de una joven bruja. Al marcharse continuó –. Imagínate cuantos magos la visitan al año, teniendo en cuenta que la afluencia de muggles es bastante considerable.
-Los japoneses son consumidores compulsivos – continuó George –. A ellos les podremos meter por los ojos una que otra cosilla peligrosa que no necesiten, pero que seguramente encontrarán útil.
-¿Y quién se encargará de esta tienda y de la de Hogsmeade? – preguntó Harry como quien no quiere la cosa, interesadísimo en examinar una bengala mágica y letalmente explosiva.
-Ginny por unos días – le informó Fred un tanto preocupado –, pero no se dedicará como debe por lo de los preparativos de su matrimonio, así que la labor recaerá en Lee…
-Aunque habrá día que no abrirá debido a sus viajes por el país, está escribiendo crónicas deportivas para la revista El Mundo de la Escoba – reconoció George.
-Entonces no tienen a alguien que se responsabilice completamente del negocio – observó Harry.
Ambos chicos negaron a la vez, en ese momento ingresó al local un nutrido grupo de compradores y corrieron a atenderlos. Harry sonrió aliviado, las cosas resultarían más fáciles de lo que esperaba. Luego de veinte minutos (y de una gigantesca compra que dejó una sonrisa en los gemelos), Harry se aventuró a lanzarles una propuesta.
-Conozco a alguien que podría hacerse cargo de las tiendas todo el tiempo que quieran.
-¿De verdad? – preguntó George con muchísimo interés.
-Si, quizá se acuerden de esa persona. Es Libby, la amiga de Hermione.
-¿La chica rubia? – preguntó Fred.
-¿La madrina de James? – dijo esta vez George.
-Saben muchas cosas sobre James – dijo Harry con perspicacia.
-Hay que saber todo lo referente a tu héroe – aseguraron los gemelos al unísono.
Harry negó con la cabeza.
-Pero, ¿Qué sabe hacer esa chica? – preguntó Fred.
-Ella es la encargada del departamento de publicidad de La Transformación Moderna en Estados Unidos – aclaró Harry.
-Una mujer con estudios y experiencia es siempre buena referencia – recitó Fred, mirando a su gemelo.
-Ella sabe mucho sobre la línea de Sortilegios Weasley – argumentó Harry para convencerlos del todo –. Además, es experta en canales de marketing y esas cosas. Ginny puede dedicarse a preparar su boda, Lee con sus crónicas y ustedes en París… Piénsenlo.
-Habrá que ponerla en periodo de prueba – comentó George de manera pensativa.
-Pueden hacerlo.
-La ley estipula dos meses – dijo Fred.
-Con uno bastará – lo contradijo George.
-Muy bien, Harry, confiaremos en tu criterio – le dijo Fred –. Déjanos su dirección y vía lechuza nos comunicaremos con ella.
