33

RING

-Y dices que van a dejarla en periodo de prueba; eso es bastante sensato – comentó Hermione.

Ella, James y Harry estaban en el parque cercano a la casa de éste, el mismo donde sostuvo el primer encuentro con Libby. Harry le contó parte de la conversación con los gemelos cuando llegó del Callejón Diagon mientras empujaba el columpio de James.

-Hubiera sido mejor que la contrataran de inmediato, ¿no crees? – dijo Harry.

-En parte – admitió Hermione, sentándose en un columpio junto al de su hijo, quedando frente a Harry. James sólo podía verla cuando él lo impulsaba –, pero los gemelos hacen bien en probar sus capacidades y aptitudes y si éstas cumplen con los objetivos del negocio. Quién iba a pensar que serían tan cuidadosos a la hora de hacer negocios, ¿verdad?

-Bueno, les ha costado lo que tienen. Es natural que lo cuiden – analizó Harry.

-Si – dijo Hermione con aire melancólico y apoyó la cabeza en la cadena del columpio – ¿Recuerdas cuando comenzaron? Con todo el alboroto que armaron en el colegio.

-Claro que lo recuerdo, si hasta tú estabas maravillada con los magifuegos – observó Harry. Hermione sonrió con vergüenza y se encogió de hombros –. Además, quién puede olvidarse de la palabra caca…

James soltó una carcajada, agarrando las cadenas del columpio con fuerza y echando la cabeza hacia atrás. Hermione también rió.

-¿Y por qué lo hiciste? – preguntó Hermione.

-Yo no hice nada – repuso Harry, extrañado.

-Entonces, no hablaste con los gemelos.

-Ah, eso… Pues, la verdad, lo hice por ti.

-¿Por mi?

-Si – confirmó Harry –. Al principio fue un simple comentario. Cuando estábamos esperándolos en el aeropuerto Libby lucía triste y para animarla le dije que le ayudaría a encontrar un trabajo aquí. La noche que nos hicimos novios me contaste que ella era lo que más extrañabas de tu vida allá, y allí tomé en serio lo que prometí. Además, James también la extraña, no lo puedo negar.

-Ni que lo digas – dijo Hermione, mirando a su hijo y haciéndole una mueca con una sonrisa –. Ron estará muy contento.

Harry no dijo nada más, sólo asintió con energía.

-¿Y cuándo viene? – preguntó James con mucho interés.

-Bueno, los gemelos viajarán a mitad de semana – contó Harry –, me imagino que será el miércoles o el jueves, así que estará por aquí el lunes o martes…

-¿Así de rápido? – preguntó Hermione, sorprendida.

-Quizás – repuso Harry, encogiéndose de hombros –. Lo mejor sería que cogiera las riendas estando ellos aquí, ¿no?

-Si, las cuentas claras y el chocolate espeso. Habrá que hacer unos cuantos cambios en la casa para su alojamiento…

-¿Va a dormir en tu habitación? – la interrumpió Harry.

-No, y nosotros qué – contestó Hermione de inmediato –. Ella duerme con James, pero no es justo ofrecerle una cama plegable… Necesita privacidad, que al llegar del trabajo se relaje y vea televisión, escuche música… Afortunadamente la habitación de James no es tan pequeña, bastará con distribuir y aprovechar los espacios.

-¿Al final no resultará incomodó?

Hermione miró a Harry por un par de segundos y luego replicó:

-Si, pero máximo serán dos semanas. A Libby le gusta la independencia y vivir con padres, sean de quien sean, no es el mejor plan para ella.

-Por qué no aprovechan y viven nuevamente juntas – propuso Harry –. Y, pues, para mí sería mucho más sencillo dormir de vez en cuando allí que en tu casa.

-¿Todavía te sientes incómodo? – le preguntó Hermione con una sonrisa. Harry asintió con timidez –. Pero, si mis padres no te dicen nada.

-Porque no se han dado cuenta todas las noches que he pasado allí – observó Harry –. ¿Cuántas veces me vieron, ¿tres, cuatro?

-Harry, no exageres – repuso Hermione con burla.

-Es en serio – la contradijo él con una sonrisa –. La mayoría de las veces me aparezco, en las que te conté fue cuando entré por la puerta de tu casa.

-Ellos no son tontos, Harry, saben que te has quedado muchas más veces de las que te han visto.

Harry sintió que por su espina dorsal caía una gruesa y helada gota de agua. Abrió los ojos como platos por el impacto y la vergüenza. Dejó de empujar a James y el columpio perdió impulso. Hermione se levantó y lo abrazó por la cintura, apoyando la cabeza en su hombro. Harry correspondió a su gesto.

-No te asustes, no estás haciendo nada malo.

-Es que… siento como si lo nuestro fuera escondido, clandestino – confesó Harry.

-Harry…

-No te estoy culpando – se apresuró a decir Harry, mirándola a los ojos –. Me pediste tiempo y a pesar de eso siempre me esperas con una sonrisa y con los brazos abiertos. Pero, eres mi novia, Hermione, la madre de mis hijos. Quiero llegar a casa luego de un entrenamiento y encontrar los juguetes de James esparcidos por el suelo, estorbando. Verlo todos los días cuando llegue del colegio y que corra por toda la casa directo al televisor para verse Bob Esponja, no importa si el capítulo lo han pasado diez, quince o veinte veces. Quiero verte llegar todas las tardes con las manos llenas de pergaminos, criticando los errores de redacción de tus compañeros o poniéndole orden a las cosas; siempre dispuesta a escucharme sobre cualquier tontería que quiera decir, estar junto a mi cuando esté furioso por cualquier idiotez que nos dijo Ralph en el entrenamiento – acercó su boca al oído de ella –. De vez en cuando, tenerte a mi lado en las tardes y no tener que esperar hasta la noche para que vibres entre mis brazos…

Hermione soltó una risita nerviosa y acarició la nuca de Harry. Se miraron unos segundos, con los labios tan juntos como si estuvieran a punto de darse un beso. Harry sintió el suspiro de Hermione impactar en la comisura de su labio. La tomó de la mano; hizo lo mismo con James.

-Nos vamos a casa – le dijo al niño.

Tal cual lo había pensado Harry, Libby llegó el lunes. Viajó tal cual lo había hecho Hermione y James, en avión, y para Ron (que era la primera vez que estaba en un aeropuerto) la experiencia fue alucinante. A pesar de que jamás en su vida se había montado en uno, conocía a la perfección su funcionamiento y qué los mantenía en el aire sin necesidad de magia. Le explicaba a James complicadísimas técnicas de vuelo y funciones de alas, motores, alerones y cientos de tuercas y tornillos que el niño a duras penas alcanzaba a pronunciar bien. Se vanagloriaba de todo lo que había aprendido de ellos viendo Discovery Channel y no dejaba de observar con fascinación cómo aterrizaban los enormes aparatos en medio de la noche. James terminó por rendirse ante las complicadas y extensas explicaciones de Ron; Harry lo sentó en su regazo y lo abrigó con sus brazos mientras Hermione trataba de hacer entender al pelirrojo que el viaje de Libby en avión era para legalizar su residencia allí.

-Ron, piensa que ella va a quedarse mucho tiempo aquí. Si algún día va a realizar una compra en un establecimiento muggle y ven sus documentos de identificación no dudarán en reportarla con la oficina de inmigración por estar de ilegal – le explicó Hermione.

-Pero, si tú te fuiste de aquí y viviste muchos años allá y que yo recuerde no te montaste en ningún avión. Entonces, no tuviste problemas para comprar tus cosas, y tu auto, y rentar una casa…

-Por supuesto que tuve que hacer lo mismo – le informó ella.

-¿Cómo es eso? – preguntaron Harry y Ron a la vez.

-Verán, tres semanas antes de que naciera James los padres de Libby me llevaron hasta Canadá. Como es frontera abierta pasamos sin ningún documento. Como Canadá es considerado territorio británico pues estando allá es como si jamás me hubiera movido de Gran Bretaña, y como quería legalizar mi situación decidí mostrar todos los documentos que mis padres me enviaron en la cabina de inmigración de la frontera cinco días después, cuando nos devolvimos. Así yo ingresé a Estados Unidos legalmente y no tuve problemas con la "migra" a la hora de dar a luz.

-¿Hiciste la vuelta dos veces? – preguntó Ron con asombro.

-Podría decirse que si – reconoció Hermione –. Pero, como ingresar a Estados Unidos desde Canadá mostrando el pasaporte era opcional, decidí tomarlo para facilitarme la vida y moverme libremente por todo el país.

-¿Te das cuenta que hemos sido unos ilegales todo este tiempo? – le comentó Ron a Harry –. ¡Somos unos delincuentes!

-Como me arrepiento – dijo Harry.

-¿Y en Australia? – preguntó Ron horrorizado –. Con todo lo que hicimos… Y en el hospital…

-Harry se las arregló para que no se dieran cuenta – lo tranquilizó Hermione.

-Le dije a la recepcionista que los documentos los había dejado en Canberra – dijo Harry.

-¿Qué es Canberra? – preguntó Ron.

-¡Ron! – exclamó Hermione, escandalizada.

-¿Qué? – inquirió él.

-Canberra es la capital de Australia.

-No sabía.

-Deberías leer más.

-No quiero.

-Pero he visto que en casa de Harry hay varias enciclopedias – observó Hermione.

-Las tenemos allí para parecer inteligentes – repuso Ron.

Hermione negó con la cabeza, incrédula. Se volvió hacia Harry que en ese momento le limpiaba una baba a James.

-Libby me contó que no podías realizar viajes muy largos en el embarazo de James – dijo Harry –. ¿Eso no fue arriesgarse demasiado?

-El estado de New York limita con el estado canadiense de Ontario – contestó Hermione –. Fingimos que iríamos a ver las cataratas del Niágara y como se pueden apreciar mejor desde el lado canadiense, no ponen ningún problema para la movilización de turistas…

En ese momento una voz en los parlantes anunció el pronto aterrizaje del avión de Libby. Ron se levantó de inmediato y se pegó, cual niño pequeños, al vidrio que dejaba ver la pista de aterrizaje. Sonriendo, Hermione siguió con su relato.

-Como necesitaba descansar por el viaje, nos hospedamos en un hostal de Chippawa, un pueblito canadiense de la frontera. Cuando ya estaba lo suficientemente recuperada atravesamos nuevamente la frontera y mostré mi pasaporte y todos los documentos. Para mi era mucho más tranquilizador legalizar mi situación y dar a luz a James sin problemas. Por eso cuando cambiamos su apellido te pedí que viajaras al estilo muggle, para que todo saliera sin inconvenientes.

-Tuviste que hacer todo eso por mi culpa…

-Y por la mía – interrumpió Hermione con una triste sonrisa. Acarició su rostro y lo besó –. Pero no hablemos de eso, ya está en el pasado.

Aterrizó el avión en el que viajaba Libby y Ron no dejaba de observar, maravillado, cómo éste perdía velocidad, acercándose al puente aéreo. Se volvió hacia Harry y Hermione y aplastándose el cabello con gracia preguntó:

-¿Cómo me veo?

Los chicos se miraron por unos segundos, encogieron los hombros y asintieron con suavidad.

-¿La chaqueta café sale con la camisa negra? – preguntó con la voz apremiante.

-Te vez más pelirrojo – contestó Hermione con vehemencia.

-¿Eso es bueno o malo? – musitó Ron.

-Eso es ser tú, Ron – aseguró Harry.

Ron sonrió con nerviosismo y emprendió una marcha rápida hacia la sala de equipajes. Harry y Hermione lo siguieron, pero a paso lento porque James todavía estaba durmiendo. Al llegar una pequeña multitud aguardaba por la salida de los pasajeros. Un par de niños, no mayores a diez años, discutían acaloradamente sobre a quién le traería más regalos su padre. Un grupito de adolescentes esperaba con fervor a un grupo musical que llegó en ese vuelo, todos armados con cámaras fotográficas y de video, otros con afiches y cuadernos para que los autografiaran, algunos chicos con flores en sus manos. Harry distinguió la cabeza de Ron por encima de la multitud, por los afanes con los que salió de la sala de espera había encontrado un lugar estratégico para ver a la perfección a cada persona que salía. Harry supuso que estaría pegado a la barrera de protección que pusieron las autoridades del aeropuerto ante la llegada del grupo musical; él y Hermione esperaban prácticamente en la calle, alejados un poco del desorden originado por los fanáticos, por la seguridad de Hermione y el descanso de James.

Poco a poco los pasajeros fueron saliendo de la zona de equipajes en tiempos intercalados, unos se demoraban más, otros se demoraban menos. Aquellos a quienes ninguna persona había ido a recibir salían con afán por el callejón formado por las barreras de seguridad y abordaban un taxi de inmediato. Cuando salió el grupo musical (integrado por dos chicas y dos chicos) los fanáticos enloquecieron y un centenar de luces de flash y chillidos de excitación rompieron con el murmullo de la gente. Harry, con el entrecejo fruncido, abrazó con más fuerza a James, tratando de que su cabeza quedara más inclinada hacia su pecho para no recibir de lleno el fastidioso ruido. Hermione comprendió su intención y parándose frente a él pegó su cuerpo al de Harry, cubriendo la oreja derecha de James con la mano.

El grupo musical se demoró más de un cuarto de hora en abandonar el aeropuerto. Sus fanáticos golpeaban con energía la camioneta que abordaron y cuando ésta emprendió marcha no dejaron de tomar fotografías, hasta una fanática gritó:

-¡Chris, hazme tuya!

-Ay que ver – bufó Hermione, mirando a las deschavetadas chicas con una ceja levantada.

-Son jóvenes – repuso Harry –. Algún día viviremos lo mismo con Harmony.

-Me temo que si…

-¿Y sabes qué es lo mejor? Que lo sacará de ti – comentó Harry.

-¿De mi?

-Si, eras tan extremista como ellas. Con Lockhart pintabas corazoncitos en los horarios, le escribiste una tarjeta el día de San Valentín, aplaudías con entusiasmo cada vez que habría la boca, sin contar los suspiros y todas las veces que justificaste sus idioteces…

-Oh, Harry – dijo Hermione, con el ceño ligeramente fruncido y dándole una suave palmada en el brazo.

-No deberías avergonzarte.

-No lo hago, solo que… Olvídalo.

Harry sonrió con picardía. Hermione se mantuvo impasible, observando el rostro de su hijo.

-Allí vienen – le dijo Harry.

Ambos volvieron sus rostros en dirección a la salida de pasajeros, ahora con poca gente y sin las chillonas fanáticas. Ron y Libby caminaban cogidos de la mano; ella con cara de sueño, él bastante despeinado y la chaqueta un poco torcida. Hermione fue hacia ellos y Libby soltó la mano de Ron, ambas se dieron un efusivo y sobrecogedor abrazo. Resultó bastante singular ver a Libby abrazando a Hermione, que se veía menuda a su lado, tanto que la cabella llegaba solo hasta la barbilla de la rubia.

-¿Y a ti, qué te pasó? – le preguntó Harry a Ron cuando éste llegó a su lado.

-Las fanáticas muggles – contestó el pelirrojo –. Fue horrible, Harry, casi me destrozan. En cuanto aparecieron esos chiquillos gritaron, saltaron y empujaron como locas.

-Desde aquí pude apreciarlo un poco – comentó Harry. En ese momento Hermione le secaba a Libby unas cuantas lágrimas.

-¿Y no se despertó con semejante escándalo? – preguntó Ron, levantando algunos mechones de la frente de James.

-No, afortunadamente.

-Duerme como su tío – repuso el pelirrojo, rebosante de orgullo.

Hermione y Libby llegaron donde ellos, caminando abrazadas. Libby soltó a Hermione y le dio un fugaz abrazo a Harry, embargada de emoción; luego, tomó a James entre sus brazos, prácticamente arrebatándoselo.

-¡Ey! – se quejó Harry.

-No pierdas cuidado – repuso Libby sin darle importancia, arrullando a James y tocando el rostro del niño con su mejilla.

-Es hora de irnos – dijo Hermione –. Libby está cansada y se hace tarde. El tráfico a las afueras de Londres puede ser eterno.

-¿Y las maletas? – preguntó Harry.

-Las trae el señor – contestó Ron, señalando hacia la sala de equipajes.

Con algo de dificultad, un hombre empujaba un carrito cargado con tres inmensas maletas y encima de ellas una maleta de mano.

-Argos llegará en el transcurso de esta semana – comentó Libby –, primero tengo que buscarle un buen arbolito donde pueda dormir, y ocultarlo también, un gavilán puede asustar a la gente.

Caminaron hasta el parqueadero, directo a la camioneta de Harry. Éste y Ron empujaban, junto con el maletero, el pesado carrito. En un par de ocasiones los chicos se miraron, pensando mentalmente que todo sería muchísimo más sencillo con un simple encantamiento de levitación.

-¿No te cobraron sobrecarga? – preguntó Ron sin poderse contener.

-Si – contestó Libby, indignadísima –. Pagué 300 dólares, ¡que descarados¡

Por la exclamación de la chica James se despertó. Libby lo abrazó con fuerza y James gritó emocionado, aunque también se podría interpretar como un chillido de auxilio por el efusivo abrazo. Entre los tres hombres montaron las maletas a la camioneta. Dentro de ella sólo cupieron dos, la otra fue amarrada al techo. Cuando Harry la abordó para conducir vio las llantas más bajas e hinchadas de lo normal y su auto más bajo, la diferencia también se notó a la hora de conducir porque se escuchaba al motor hacer fuerza excesiva para marchar a la velocidad que le indicaban. Inclusive desde su puesto de conductor, Harry sentía que la parte delantera se elevaba mientras la trasera se quedaba en el suelo, como cuando los aviones están despegando.

En casa de Hermione sus padres recibieron a la rubia con mucho cariño. La señora Granger había cocinado el plato favorito de Libby, arroz a la valenciana y pollo con salsa de champiñones, y repartió a todos lo que más le gustaba beber, vino de manzana. Libby, feliz con el detallazo, contó a todos la gran odisea del viaje. Como su asiento estaba en la misma clase que los del grupo musical, tuvo que soportar por más de tres horas como todos los adolescentes del vuelo caminaban y corrían como locos por los pasillos, cuchicheando y riendo como tontos mientras ella trataba inútilmente dormir.

-Ja, ni que fueran los Backstreet Boys – replicó la chica con ironía.

Luego de cenar y arreglar la cocina los padres de Hermione desearon las buenas noches y se fueron a dormir. Hermione miró a James y arqueando las cejas le indicó que él debía hacer lo mismo. Con una mirada suplicante trató de manifestarle a su madre que lo dejara despierto unos minutos más, pero ella no hizo caso y le extendió la mano para llevarlo a dormir.

-Pero todavía no tengo sueño – dijo James, dejando que Hermione lo llevara prácticamente arrastrado a su habitación.

-Es muy tarde, James – argumentó Hermione. Harry cargó al niño para que ella no hiciera más fuerza, él lo miró con el ceño fruncido –. No quiero escuchar disculpas cuando en la mañana vallamos al colegio.

-Mañana es sábado – repuso James como si tal.

-Si, ya lo creo que es sábado – dijo Hermione.

-¿Están seguros que lo pusieron en un buen colegio? – preguntó Libby con preocupación –. Porque si no sabe los días de la semana…

-Claro que si – replicó Harry, ingresando en la habitación. Los demás lo siguieron.

-¡Ay, pero les quedó muy bonito! - dijo Libby, fascinada.

Y es que durante todo el domingo Harry y Hermione reorganizaron la habitación de James para que quedara cómoda tanto para él como para Libby. Habían comprado en el callejón Diagon una carpa mágica para el niño, suficientemente amplia en el interior como para tener perfectamente organizados todos sus juguetes y objetos personales, así como su cama. La carpa estaba adornada con cientos de estampitas de súper héroes y dibujos animados muggles, siendo las de Bob Esponja las que más predominaban. En cuanto al espacio de Libby, a ella también le compraron una carpa (en realidad fue Ron quien la adquirió), mucho más femenina y más grande que la de James y con todas las comodidades, además de ser lo suficientemente privada. El techo de la habitación lo llenaron con estrellas, unas brillantes y otras fluorescentes; con un toque de la varita mágica Harry le cambió el color a la alfombra pasando de azul rey a verde oscuro. Las dos carpas, una al lado de la otra, parecían estar en medio del bosque pese al ruido de la calle que entraba por la ventana de James.

-Yo las pegué todas – informó James, señalando las estampitas de su carpa.

-¿Tu solito? – preguntó Libby.

-Bueno, mi papá y yo – reconoció el niño con una tímida sonrisa.

-¿Y no me esperaste? – preguntó nuevamente la chica, decepcionada.

-Para eso tiene a su padre – repuso Harry.

Ingresó con el niño en la carpa, aunque fue extraño que ninguno de sus amigos lo hubiera seguido. Mientras ayudaba a cambiar a James ingresó Hermione, arregló la cama y le dijo:

-Quédate esta noche, entrégale la camioneta a Ron.

-¿Para qué? – inquirió Harry.

-Bueno, Harry, me imagino que quiere un poco de privacidad con Libby. Para él fue una verdadera tortura que lo reconociera frente a mí.

-¿Por qué? – quiso saber Harry.

-Porque les pregunté si tenían planeado algo y de inmediato se me fue por las ramas – contestó Hermione, mirando a James y dándole unas palmaditas al colchón para que se acostara –. Me dijo que dejara de alucinar y que no viera cosas donde no las había. Cayó redondito porque en realidad nunca pregunté por su relación con Libby.

-¿Y ella, qué dijo?

-Se hizo la tonta, como si no fuera con ella.

-¿Ron y mi tía son novios? – preguntó James muerto de la curiosidad.

-Casi, casi – dijo Hermione, cubriéndolo con las sábanas.

Harry salió para entregarle las llaves al pelirrojo. Él estaba apoyando su cuerpo en la pared, esperando por Libby.

-Entonces tienes planes.

-No – dijo Ron –, pero los tendré, me gusta improvisar.

-Cuídala – le advirtió Harry, dándole las llaves.

-¿Alguna vez la he dejado por ahí, a la deriva de los malhechores? Si es como mi hija, la llevo a una estación y hasta de comer le doy.

-¡Está fenomenal! – les comentó Libby, matada de la dicha –. Tiene de todo, ¡hasta telecable! Claro que hacen falta unos detallitos, pero con los días los voy arreglando, ¿Nos vamos? – le preguntó a Ron.

-Siempre listo.

Ambos se despidieron de Harry y después él volvió a ingresar a la carpa de James. No duró mucho tiempo allí porque Hermione acababa de dormirlo. Antes de cerrar la puerta dejaron que Crookshanks ingresara en la habitación y se dirigieron a la de Hermione en silencio. Harry se quitó la ropa y se puso el pijama que Hermione siempre guardaba para él en su mesa de noche. Ella utilizó un camisón color lila que por lo ceñido que le quedaba dejaba apreciar sus cuatro meses de gestación.

Harry se acostó en la cama, apoyando la espalda en la cabecera de la misma, mientras Hermione se miraba en el espejo, aplicándose crema en los brazos.

-Todo salió muy bien, ¿no te parece? – dijo Harry, quitándose las gafas y colocándolas en el nochero.

-Si – coincidió Hermione, acomodándose a su lado –. Impredecible lo del grupo musical, pero pese al alboroto todo salió de maravilla. ¿Viste la cara que tenía cuando vio su carpa?

-Si, es increíble que Ron haya refinado tanto sus regalos – observó Harry, apagando la luz de la lámpara.

-Tantos años viviendo contigo tienen que servir de algo… ¿Harry?

-Dime.

-¿Qué tienes?

Ante la pregunta inesperada de Hermione, Harry encendió de nuevo la lámpara y se puso las gafas.

-Yo no tengo nada – declaró él, sorprendido –. Tal vez un poco de sueño, pero…

-Ahora trataste muy mal a Libby, tú no eres así.

-Yo no la he tratado mal – repuso Harry sin dejar de sorprenderse por sus insinuaciones.

-La agrediste por dos cosas que comentó… ¿no me digas que estás celoso?

-¿Celoso, de qué?

-No sé, dímelo tú – contestó Hermione, encogiéndose de hombros –. Quizás, ¿de Libby?

-¿Por qué tendría que estar celoso de Libby?

-Tal vez porque creerás que te robará tu tiempo con James – apuntó Hermione.

-Eso no es cierto – replicó Harry.

-Ves, ahora me tratas con brusquedad.

-Simplemente me estoy defendiendo. Y no le tengo celos a Libby. ¡Faltaba más! – dijo Harry con exasperación.

-Saltaste en cuanto ella cuestionó el colegio donde James estaba estudiando…

-Sabes perfectamente que es el mejor de la zona – la interrumpió Harry.

-Si, lo sé. Además, le diste a entender que James tiene en ti a la única persona con quien puede jugar y hacer sus actividades…

-Ella no tiene porque inmiscuirse en mi labor de padre, Hermione, mucho menos cuestionarla.

-Ahí tienes. ¿No pensarás que pretende desplazarte?

-¿Y si es así? De ella no lo dudaría.

-¡Harry! – exclamó Hermione, incorporándose para quedar sentada igual que él.

-No me mires así, Hermione, y no la defiendas.

-No pensaba hacerlo – repuso Hermione con el ceño ligeramente fruncido –. Date cuenta de lo que estás diciendo. Estas siendo egoísta.

-Bueno, puedo serlo. Creo que puedo tomarme esa atribución – objetó Harry. Hermione puso los ojos en blanco.

-Entonces no sé para qué le conseguiste el trabajo. Para ti hubiera sido mejor que se quedara en New York.

-Lo hice por ti – le recordó Harry.

-Pues me estás demostrando que tus intenciones no eran verdaderas – opinó Hermione con vehemencia.

-No digas eso.

-Harry, Libby no es una amenaza, y el padre es el padre, créeme. James te ama, y mucho, pero también quiere a Libby. Ella es su tía favorita, su única tía, pero son cariños diferentes. Pegó las estampitas contigo, no la esperó, y en ese caso Libby debería estar ofendida y no tú – analizó Hermione. Harry agachó la cabeza.

-Pasará más tiempo en esta casa que yo – balbuceó Harry, Hermione soltó una risita floja.

-¿Y quién es el que lo recoge en el colegio? ¿Quién lo lleva a la casa de Simón? ¿El que hace las tareas con él a escondidas mías? – Harry levantó la cabeza, asombrado. Como respuesta Hermione le dijo –: Si, me doy cuenta. Hasta las madres muggles tienen algo de brujas, Harry.

-¿Te disgusta que lo haga?

-No, siempre y cuando no pase de una simple ayuda. No es bueno para James que te volvieras alcahueta, concediéndole todos sus deseos para que te prefiera a ti por encima de Libby. Creo que te ha demostrado de muchas maneras que eres su favorito… ¡Hasta soporta el quidditch!

-Muchas gracias – repuso Harry con ironía.

-Vamos, Harry – le dijo Hermione para animarlo, acariciándole el cabello y sonriendo – ¿Alguna vez has visto a un niño hacer algo por iniciativa propia y que no le guste?

-No.

Hermione arqueó una ceja sin dejar de sonreír. Claramente le estaba diciendo que era demasiado obvio. Harry sonrió con timidez, complacido ante el hecho de que James lo prefiriera claramente a él.

-¿Ahora tienes alguna objeción? – le preguntó Hermione con suavidad, Harry negó con la cabeza –. Lo mejor sería que arreglaras las cosas con Libby, decirle lo que piensas y lo que esperas de ella…

-¿Y si me pega? – preguntó Harry con temor.

-¿Por qué tendría que pegarte?

-Es que… - Harry guardó silencio durante unos segundos, dudando si era oportuno o no contarle a Hermione lo que ocurrió en su casa el día que fueron a su primer control. Respiró profundo y continuó –: Es que ya lo hizo una vez.

-¿Te pegó? – inquirió Hermione con el ceño fruncido.

-Si, pero fue por mi culpa – confirmó Harry. Ante la mirada de duda de Hermione decidió contarle todo lo que ocurrió aquella mañana.

-No sé quién es más infantil, si tú o ella – opinó Hermione con brusquedad – ¿De dónde sacaste la idea de acusarme con mis padres?

Harry bajó la cabeza, avergonzado.

-¿Y Libby con qué derecho viene a inmiscuirse en mis asuntos?

-Quería evitar una estupidez de mi parte – la defendió Harry, sintiéndose sumamente extraño porque minutos atrás sólo quería atacarla –. Y se lo agradezco porque me aclaró y me hizo comprender muchas cosas que mi cerebro no captó. Gracias a ella acepté tu decisión de no querer vivir conmigo y de darte tiempo para acomodarte a la situación, ya que tú no supiste darme ni pistas ni explicaciones.

Hermione, furiosa, se levantó con ímpetu y fue hasta la ventana, abrió un poco la cortina y le dio la espalda a Harry. Él, completamente conmocionado por su reacción también se levantó, pero de una manera lenta y durativa. No sabía qué decirle, después de todo, lo que le dijo era verdad y se lo manifestó de una manera bastante serena para no herirla.

-Yo si quiero vivir contigo – susurró Hermione.

-¿Cómo?

Hermione dio media vuelta y de frente a él repitió:

-Yo si quiero vivir contigo.

-¿Me hablas en serio?

-Yo no te pedí tiempo porque si, Harry. Necesitaba saber qué tanto habíamos cambiado, qué tanto habías cambiado – explicó Hermione –. Los dos hemos cambiado, ya no somos los estudiantes de Hogwarts cuya mayor preocupación era defendernos de Voldemort, o soportar al profesor Snape. La vida de todo el mundo cambió y nos hicimos adultos estando alejados. Pero estoy tan tranquila al darme cuenta que no somos tan diferentes a cuando éramos chicos. Que a pesar de los desacuerdos que tenemos, con el diálogo, estemos enfadados o no, tratamos de llegar a una solución. El apoyo moral y físico que me has dado con respecto a la educación de James… bueno, no podía esperar menos de ti. Cuando me ayudaste con este trabajo lo hiciste respetando mi inteligencia, porque lo gané a pulso, con mis logros. Valoraste lo que significa para mí demostrar lo que soy, lo que sé… Me respetaste, Harry, aún tienes eso.

-Pero… – balbuceó Harry, aturdido por todo lo que acababa de escuchar – ¿Yo hice todo eso? Es decir, con lo del trabajo te di una manito – dijo con modestia –. Y James, bueno, hago lo mejor que puedo…

-Y lo estás haciendo muy bien – lo interrumpió Hermione con una sonrisa.

-A veces discutimos – reconoció Harry, rascándose la cabeza – y nos enfadamos tanto que duramos sin hablarnos por horas, o días.

-Pero siempre alguno de los dos da el primer paso diciendo algo, así sonara tonto – observó Hermione –; con eso llegaba el dialogo, el perdón, y lo mejor de todo, la reconciliación. Ahora comprendes todo lo que tuve que ver para decirte: Si, Harry, quiero vivir contigo.

Harry la abrazó con delicadeza sin pegarla demasiado a su cuerpo. Hermione correspondió al abrazo, apoyando la cabeza en su hombro. Posiblemente si la barriga de Hermione no fuera tan evidente, en ese momento él la estaría abrazando como para desbaratarla.

-No se tú, pero yo quisiera que los niños crecieran en otra casa – le dijo Harry –; tal vez cerca del campo, más grande, donde puedan correr y si hacen magia accidental que no sea tan evidente a los ojos de lo muggles…

-Entonces vamos a buscarla con paciencia hasta encontrar lo mejor – propuso Hermione –. Tal vez en un pueblo cercano a Londres. La vamos a comprar entre los dos…

-No – dijo Harry con rotundidad –. La casa la compro yo. Tengo suficiente dinero como para darme ese gusto.

-Una casa es costosa, lo mejor será que compartamos los gastos – opinó Hermione con vehemencia.

-Pero…

-¿Y qué pasará con la educación de los niños? Tienen que ir al colegio y luego a Hogwarts, ¿de dónde vamos a sacar para eso? ¿Y si queremos salir de vacaciones? No, Harry, lo más sensato es compartir los gastos.

-¿Y cuándo piensas irte conmigo? – preguntó Harry por cambiar de tema, en ese momento no quería diferir con Hermione en el asunto de la compra de la casa.

-En cuanto la compremos – contestó ella –. Ahora no porque Ron vive contigo y será incómodo para él vivir en el mismo techo de una familia. Es nuestro amigo y no puedes echarlo.

-Pronto se irá por su cuenta, él me lo dijo – le contó Harry.

-Además – siguió Hermione con una sonrisa –, quiero que James esté unos días más con sus abuelos, que lo disfruten.

Harry sonrió con resignación y antes de quedar profundamente dormido se convenció más en querer salir de su casa y ver crecer a su familia alejado de los tristes recuerdos.

-Bueno, nos vemos en la noche – le dijo Ron al día siguiente luego del entrenamiento.

-¿Para dónde vas? – quiso saber Harry.

-Para el almacén – contestó el pelirrojo distraídamente, hurgando en los bolsillos de su túnica –. Ahí la tienes – dijo, entregándole unas llaves a Harry –. Como si nada.

-No me quiero imaginar lo que hicieron – comentó Harry, recibiéndolas.

-No hicimos nada – repuso Ron

Harry lo miró con detenimiento.

-Allí – especificó su amigo.

-Saluda a Libby de mi parte.

Con un ademán, Ron le indicó que lo haría. Tomó un puñado de polvos flu que había sobre la chimenea del camerino y exclamó "Sortilegios Weasley". Harry recogió a James en el colegio y almorzaron en un pub cercano al mismo. Iban en la mitad de la comida cuando Hermione lo llamó para contarle que estaría acompañando a Libby en su primer día de trabajo. Al enterarse, James también se ofreció a visitarla y a Harry no le quedó más de otra que viajar hora y media hasta Londres (una gran congestión vehicular había en el centro) he ingresar con él en el callejón Diagon.

Era la primera vez que James iba al callejón mágico. El niño tomó la mano de Harry al ingresar al Caldero Chorreante. El aspecto rústico y un tanto siniestro lo habían asustado. A esas horas de la tarde había muy pocas personas en él; en un extremo dos brujas muy viejas y jorobadas, de aspecto sucio y andrajoso que ponían sobre la mesa varios ingredientes para pociones, desde una rana muerta hasta lo que parecía ser un nudo de pelos. Cerca de la chimenea estaban sentados tres magos bebiendo sendos vasos de whisky de fuego, hablando en voz alta y riendo a carcajadas. Harry se topó con Tom, el cantinero y dueño del Caldero Chorreante. Con algunas hebras de más en su cabello y dos dientes menos en su dentadura, el hombre le dio una calurosa bienvenida.

-Meses sin verlo, señor Potter.

-Generalmente ingreso al callejón por alguna chimenea – repuso Harry –. ¿Cómo van las cosas?

-Ya sabe que esta época del año no es tan buena como las otras – contestó el hombre, indicándole que tomara asiento en la barra –. Los chicos están por finalizar su curso en Hogwarts y el verano siempre trae ganancias ¿Qué desea tomar?

-Dos cervezas de mantequilla – dijo Harry, alzando a James y sentándolo –. La de él, bien suave.

-¿Y quién es el niño que lo acompaña? – preguntó Tom con curiosidad –. Se parece mucho a usted, es como si fuera su…

Antes de que el cantinero continuara, Harry asintió con energía. El hombre abrió los ojos como platos.

-¿Es su hijo? – preguntó con energía.

-Si, su nombre es James.

-James Potter – especificó el niño. A Harry se le infló el pecho.

-Entonces, señor James Potter – dijo Tom con solemnidad –, el día de hoy va a degustar de la mejor cerveza de mantequilla del mundo mágico y sus alrededores.

Mientras Tom preparaba las bebidas Harry volvió a echar un vistazo al local. Los tres borrachines cercanos a la chimenea lo miraban de cabo a rabo y en cuanto percataron la mirada de Harry siguieron bebiendo como si tal. Las dos brujas no disimularon para nada, por el contrario, no dejaban de hablar por lo bajo y de señalar a padre e hijo. Harry se imaginó mientras su estómago daba un repentino pringosazo, que la privacidad de su familia en unas cuantas horas sería del dominio público.

Completamente desentendido de la situación, James disfrutó como nunca de una bebida, tanto que no se detuvo mientras la sorbía. Harry nunca lo había visto con las mejillas tan rosadas (recordó que Hermione en una ocasión le prohibió tomarla) y con una amplia sonrisa le devolvió el vaso a Tom.

-Gracias, "señol", estaba muy rico.

-¿Cuánto le debo, Tom?

-Es por cortesía de la casa – repuso el cantinero.

El callejón estaba con pocos compradores. Pasaron por la tienda de animales, por la tienda de ingredientes para pociones y por la tienda de artículos para el quidditch. Al verla, James tiró de la mano de Harry y ambos fueron a ver la vitrina. Una magnifica y majestuosa escoba estaba exhibida, de mango color azul eléctrico y escobilla en blanco nacarado. El letrero decía Saeta de Hielo.

-Es bonita, ¿verdad? – comentó Harry.

-Uff – dijo James, comiéndosela con los ojos.

Llegaron a Sortilegios Weasley y al entrar vieron en el local a varios compradores y cerca de la caja de pago estaban Ron, Hermione, Libby y los gemelos. Por alguna extraña razón la expresión de Ron era bastante desagradable, y Libby, se podría a decir que era una asesina en potencia.

James soltó la mano de Harry y corrió hasta Hermione. Ella, con una amplia sonrisa, lo recibió con los brazos abiertos.

-Hola, Harry – lo saludó Fred, feliz. En la mano tenía un buen grupo de pergaminos –. ¿Cómo anda todo?

-Muy bien – contestó él, llegando hasta Hermione –. ¿Qué tal le va a Libby?

-Es lista, astuta… y peligrosa – contestó George en tono confidencial.

-¿Qué quieres decir? – preguntó Harry sin captar la idea.

-Mira – susurró Hermione, mirando hacia los compradores.

Harry los miró para averiguar el por qué de los comentarios de George. Dos de los compradores eran hombres y en su canasta de compra metían todo cuanto se les atravesaba por los ojos; el otro comprador era una chica, Tamara.

-Ya es la segunda tanda que nos compran en un día – le contó Fred –. Son compradores rusos y Libby los enredó con un exhaustivo análisis de éxito si compraban surtido de bombas satuple y petardos olíferos. Irán a Rusia y si todo sale bien exportaremos en gran cantidad.

-¿Te ha dicho algo? – le preguntó Harry a Hermione con preocupación

-Se limitó a mirarme mal – contestó Hermione con tranquilidad –. Pero en cuanto vio a Libby, no sé… Creo que es aversión mutua.

Tamara llegó a la caja registradora, y le pasó a Libby, de mala gana, una bolsa con galletas.

-¿Cuánto cuestan? – le preguntó.

-Creo que 7 knuts cada una – repuso Libby con aspereza.

-¿Crees?

-Son nuevas, apenas están a disposición del público – replicó Libby con suavidad, conteniéndose al máximo.

-Eres la encargada de esto, ¿verdad? ¿Cómo puedes ofrecerle al público un producto sin determinar su precio? – opinó Tamara con crudeza. Bajó la cabeza para buscar unos galeones en su cabeza y susurró –: Estúpida Yankee.

PUM, Libby le lanzó al rostro un paquete de galletas. Ron se apartó de inmediato. Tamara retrocedió unos pasos.

-¡Más estúpida eres tú por venir a comprar a una tienda tan mediocre como esta! – exclamó Libby llena de ira.

-Soy un cliente, respéteme – espetó Tamara.

-Respéteme usted primero y respete este lugar – dijo Libby, caminando hacia ella –. Márchese, por favor.

-Tú de aquí no me echas.

-Por supuesto, soy la encargada, me reservo el derecho de admisión – repuso Libby con suficiencia.

Entre ambas estaban a punto de matarse. Harry miró a los gemelos, esperando que en cualquier momento ellos echaran a Libby también, pero con asombro vio que estaban expectantes y emocionados ante lo que pudiera pasar.

-Libby, es suficiente – le dijo Hermione, yendo hasta ella –. Esta mujer se irá por su cuenta.

-Tu no te metas, oportunista – replicó Tamara, dispuesta a golpear a Libby y mirando con un intenso odio a Hermione.

-Oportunista tu abuela. Y lo que es con ella es conmigo – la amenazó Libby, lista para darle una bofetada.

Hermione la detuvo justo a tiempo, pero Tamara no fue tan considerada; cogió a Hermione de los hombros y la apartó hacia un lado para que no estorbara. Ella cayó sentada en el suelo.

-¡HERMIONE! – gritó Harry

Corrió hacia ella, se oyó otro grito, más bien un chillido de horror. Harry la tomó entre sus brazos y se alejaron para poder ver cómo Libby agarraba a Tamara por el cabello y la estrujaba de derecha a izquierda.

-¡Si les pasa algo te mato! – gritaba la chica.

Tamara gritaba en busca de auxilio. Ron cargó a James y lo alejó de la pelea. Los compradores rusos seguían echando artículos a su canasta sin perder pista del espectáculo. Algunas luces centellantes vislumbraban en la ventana.

-¿Estás bien? ¡Dime que estás bien! – suplicó Harry, acariciando el rostro de Hermione.

-Si – musitó ella, respirando con agitación por el susto –. Harry, la va a dejar sin pelo.

-Eso no importa, nos vamos a un hospital.

Harry se preparó para sacar a Hermione de allí cuando vio a Libby literalmente barriendo el piso con Tamara. Intentaba sacarla del local tirándola del cabello y arrastrándola por el suelo mientras la chica trataba inútilmente de retirar las manos de Libby de su maltrecho pelo. La rubia estiró un brazo en dirección a la puerta y como si de él saliera un chorro de aire la abrió. Llevó a Tamara hasta el umbral y la sacó de allí en medio de los murmullos de los curiosos. Al ingresar de nuevo cerró la puerta con fuerza y se quedó allí parada. Puso ambas manos en su rostro y lloró.

-Lo siento, lo siento mucho – musitó entre sollozos apenas entendibles, avanzó hasta Hermione y se sentó a su lado –. Hay que ir a un hospital.