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NELL'OSPEDALE

-Ron, ve por el auto, está estacionado a dos calles de la entrada del Caldero Chorreante – le dijo harry con urgencia, lanzándole las llaves –. Tráelo y allí te esperamos.

-Sugiero que no salgan por la entrada común – dijo George.

-¿Por qué? – inquirió Harry, desesperado ante la pérdida de tiempo –. Es la única que conocemos, la única salida…

-Es para evitar a los curiosos, Harry – lo interrumpió Fred –. Utilicen el pasaje de propietarios, por el cual todos nosotros ingresamos la mercancía para los negocios.

-¡Cierto, ustedes me hablaron de él! – exclamó Libby con optimismo –. Nadie nos verá y se dejará de lado tanto chismerío que hay allí afuera.

-Ron, la entrada está ubicada al lado opuesto del Caldero Chorreante; como quien dice, atrás – le explicó George –. Es una puerta común y silvestre con escaleras y un letrero que dice "En Venta"

Ron asintió y revolcándole a James un poco el cabello se despidió de todos. Al abrir la puerta del local cientos de curiosos lo abordaron, impidiéndole el paso.

-¿Es cierto que habrán combates diarios y el que gane tendrá un año de petardos sordíferos? – preguntó alguien con interés.

-¿La chica rubia es hermana de Lady Di o de Camila Parker? – preguntó otro.

-¿Los Chuddley Cannons expulsarán a alguien del equipo si no ganan la liga?

-¡Apártense! – gritó Ron con exasperación, alistando su varita - ¡Se quitan o los pongo a respirar pa' dentro!

De inmediato la multitud abrió paso, Ron pudo salir (aunque sin dejar de apuntar) y cerró la puerta tras sí.

Harry cargó a Hermione entre sus brazos. Libby se levantó y pasó las manos por su rostro para secarse definitivamente las lágrimas. James se les unió, pero Harry lo detuvo.

-Tú te quedas.

-¿Por qué? – preguntó el niño, con el ceño fruncido.

-Te vas a aburrir mucho – contestó Harry, convencidísimo.

-¡Que va! – exclamó James sin creérsela.

-No hay juguetes, ni televisión, ni radio… - repuso Hermione, hablando en voz baja.

-Ah, entonces no – decidió James con indiferencia.

-Más bien quédate con nosotros para probar algunos sortilegios que lanzaremos – le propuso George.

-Está bien…

-George – dijo Hermione con suspicacia, mirándolo con cara de: Si queda deforme, te mato.

-No te preocupes, no son un peligro para la comunidad… ¡Es de lo más sano que hemos creado!

-Por aquí, Harry – lo llamó Fred.

Salieron por la bodega del local, abarrotada de suelo a techo por decenas de cajas, unas completamente llenas, otras abiertas y medio vacías. Fred abrió la puerta, que dejó ver un estrecho callejón por el cual a lo sumo podían caminar dos personas. Libby tomó los pies de Hermione y salió tras Fred, de esa manera movilizarse por allí era más sencillo, a pesar que Harry avanzaba prácticamente de lado.

-¿Qué tal un encantamiento levitador? – sugirió Libby como quien no quiere la cosa.

-Nada de magia por ahora – repuso Harry.

-No sé, sería más sencillo – insistió Libby.

-Si ya estás cansada, no importa. Yo la llevo.

-Me preocupas tú – dijo libby – ¿Qué pasa si te desbaratas por tanto esfuerzo?

-Se vuelve a armar – intervino Fred.

El callejón resultó eternamente largo. Harry vio muchas puertas (seguramente de cada local del mismo lado del de los gemelos) y en unas cuantas, justo a su lado, una que otra caja estorbando. El callejón finalizaba en una puerta de metal color marrón, vieja y bastante corroída. Fred sacó su varita mágica y exclamó:

Alohomora!

-Que ingenioso – comentó Libby.

-Es la única manera en que los delincuentes muggles no pueden abrirla – explicó Fred, guardando la varita –. No es como el Caldero Chorreante que solo es visto por los magos. Se podría decir que esta salida es de lo más normalito que hay.

Fred abrió la puerta y la calle quedó al descubierto. Había mucho tránsito en ella, pero poca gente caminando. Cerca de la puerta estaban ubicados enormes contenedores de basura, seguramente por eso la gente prestaba poco interés en aquel lugar. Fred detuvo la puerta mientras Harry y Libby salían con Hermione. Al salir él También, la cerró. Esquivaron los contenedores y aguardaron en la acera mientras aparecía Ron.

-Se está demorando – comentó Harry con enojo. El peso de Hermione estaba haciendo efecto en sus brazos.

-Tranquilo, es por el tráfico – justificó Libby.

-Ella puede estar mal – gruñó Harry.

-Estoy bien – repuso Hermione.

-No seas un ave de mal agüero – lo regañó Libby con el ceño fruncido –. Está delicada, pero no le va a pasar nada…

-Si actuamos rápido – la interrumpió Harry con ironía.

-No discutan y alístense – intervino Fred –, porque llegó Ron.

El pelirrojo estacionó justo frente a ellos, con chirrido de llantas y frenada en seco que estuvo a punto de dejar al automóvil sin coraza.

-Lo siento – gritó Ron –, el tráfico está muy pesado.

Fred abrió la puerta trasera de pasajeros y Harry sentó a Hermione en la orilla del asiento. Libby la ayudó a acomodarse, dejando sus pies dentro del auto, y cerró la puerta.

-Cuiden a James, por favor – le pidió Harry a Fred con la voz apremiante. El gemelo lo miró con una inusual compasión.

-No te preocupes, Harry… Es más, creo que él cuidará de nosotros.

-Les avisaremos lo que pase – siguió Harry, con una triste sonrisa ante el comentario de Fred –. Hedwig siempre aparece en el mejor momento, ella les levará el mensaje…

-¡HARRY! – gritó Libby, furiosa – ¿Qué esperas, que te traiga a golpes?

-Te recomiendo que no – susurró Fred.

Harry le dio la vuelta al auto y se sentó al lado de Hermione. Libby acompañaba en la parte delantera a Ron.

-Arranca – le indicó Libby a Ron –. Shumacher debe ser un pobre huevón al lado tuyo.

-Ese me va a servir de portacomidas – repuso Ron con malicia.

Y arrancó de una manera un tanto brusca, provocando que Hermione agarrara la mano de Harry con fuerza.

-El propósito es no matarnos – le dijo Harry a Ron en tono mordaz.

-El propósito es llegar rápido – repuso Ron –. No me molestes.

Lanzándole a su amigo una mirada de intenso rencor, Harry acomodó a Hermione nuevamente entre sus brazos. Ella se refugió en su pecho.

-Creo que cerca de acá hay un hospital – comentó Ron, más para sí mismo –. Tal vez a unas nueve calles…

-Sigue sin problemas, de los semáforos me encargo yo – replicó Libby con suavidad, hurgando en su gabardina.

-¿Qué piensas hacer? – preguntó Ron.

-Un viejo truco que descubrió mi hermano – le dijo Libby, apuntando con su varita hacia el frente –. Cuando nos escapábamos de casa con el auto de papá cambiábamos el color de la luz del semáforo. Claro está que solo podíamos hacerlo en navidad, porque si lo hacíamos en las vacaciones esa tonta regla del control de magia en menores de edad nos hubiera llevado directo a la cárcel.

-Todo saldrá bien, ya verás – le dijo Harry a Hermione al oído. Aunque en realidad se lo estaba diciendo a si mismo.

-Harry, no tengo nada, estoy bien – insistió Hermione.

-Eso lo dirá un doctor – Harry guardó silencio durante unos segundos. La respiración de Hermione golpeaba su cuello –. Tengo miedo.

-No digas eso, no hay por qué.

-¿Y si Harmony…?

No fue capaz de continuar, un nudo en la garganta se lo impidió. Vio en su mente cómo todo lo que tenían planeado se estaba desmoronando. Sus planes de vivir juntos, su familia, su futuro. Y si acaso esos planes sobrevivían sin duda alguna su vida desde ahora estaría incompleta con la ausencia de la niña.

Cerró los ojos con fuerza cuando el vértigo se apoderó de su cabeza. Con un brazo sostenía la espalda de Hermione. Ron tocaba la bocina por alguna razón. Libby le gritaba a alguien una torrente de palabras tan malsonantes que harían sonrojar a un marinero. Su mareo se transformó en pánico cuando se detuvieron por unos segundos, sólo funcionaba una vía de la calle. Puso su mano libre sobre la barriguita de Hermione, intentando abrazarla.

-Ya llegamos – anunció Libby, bajándose rápidamente del auto.

Regresó en menos de cuatro segundos, con dos paramédicos y una camilla. Los hombres se encargaron de descargar a Hermione en la misma e ingresarla al hospital. Harry y Libby los siguieron. Ron se marchó a estacionar el auto.

Un doctor se les acercó, vestido con pijama verde menta y un gorro ceñido a la cabeza de colores. Era bastante joven y llevaba una planilla en las manos.

-¿Alguno me podría decir qué fue lo que pasó? – les preguntó, listo para anotar en la planilla.

-Cayó sentada por culpa de una bruja – soltó Libby sin pensarlo dos veces. Harry puso los ojos en blanco.

-¿Fue premeditado o sin intención?

-No se sabe – contestó Harry –. En realidad a la que querían agredir era a ella.

-La examinaré de inmediato y los mantendré informados – les dijo el doctor sin dejar de escribir y marchándose.

-Apúrese – le urgió Harry.

Ron los acompañó a los pocos minutos y los tres se sentaron en la sala de espera, aguardando por información sobre el estado de salud de Hermione y su bebé. Harry no duró mucho tiempo así y se levantó únicamente para caminar en círculo, cruzado de brazos. Habían otras personas en la sala de espera, dos de ellas estaban abrazadas y sollozando. Eran unas niñas gemelas.

-¿Y si se queda sin pierna? – le preguntó una de ellas a un hombre que las acompañaba.

-Una mordida de perro difícilmente hace eso – contestó el señor.

Harry se sentó nuevamente y miró a Libby con detenimiento.

-¿Qué? – replicó ella.

-¿Qué ocurrió antes de que yo llegara? – le preguntó Harry.

-Ay, no, ahora no quiero hablar de eso – dijo Libby con cierto fastidio.

-Quiero saber cuáles fueron las razones para que ustedes dos reaccionaran así – exigió Harry.

-Harry, no la presiones, ¿está bien? – intervino Ron –. Deja que yo te cuente lo que pasó.

-Con todos los detalles.

-Por supuesto – repuso Ron –. Mira, estábamos en un paraíso terrenal donde todo era perfecto y había paz. Libby acababa de hablar con los rusos, cerrando un negocio buenísimo para exportar en masa hacia ese país. Antes de que ellos pagaran su primera tanda de muestra llegó Tamara. En cuanto vio a Hermione se transformó y puedo jurarte que se quitó su máscara humana para mostrar su rostro de banshee…

Libby soltó una risita floja.

-Gracias – le dijo Ron –. En ese momento los gemelos le contaban a Libby una de sus aventuras en Hogwarts y como te puedes imaginar esta muchacha – la señaló con una mano – soltó la gran carcajada. Aquella manifestación de alegría molestó a Tamara, digo, Estorbo… y de inmediato su atención se enfocó en Libby. Pasando por la caja susurró sin miramientos: "Turista", en el tono de voz más despectivo que te puedas imaginar….

-Esa fue la gota que colmó mi vaso – dijo Libby, interrumpiendo el relato de Ron –, y mi vaso de por si es bien pequeño. Miró nuevamente a Hermione, claro está que con disimulo, con el más intenso odio y se fue a rebuscar las dichosas galletas. Entonces llegaste tú, y lo demás ya lo conoces.

-Es increíble que Tamara sea una mujer tan resentida – lamentó Harry.

-Resentida, celosa y envidiosa – especificó Libby –. Te aseguro que desearía por todos lo hechizos del mundo estar en el lugar de Hermione.

-Eso no lo dudo – comentó Ron –. Lo mejor de todo es cuando la sacaste de los pelos, ¿Dónde aprendiste eso?

-En la escuela muggle – contestó Libby con orgullo.

-Y gracias a eso estamos aquí – le recordó Harry con un dejo de ironía.

-La culpa fue de Estorbo – saltó Ron –. Ya viste cómo se puso y todo lo que hizo para pelear con Libby.

Harry abrió la boca para replicar y de pronto escuchó a Libby sollozar. Antes de decir algo, prefirió quedarse callado y levantarse de nuevo. Minutos después el mismo doctor que los interrogó salió de la sala de emergencia. Como Harry lo vio venir hacia él decidió alcanzarlo, encontrándose a mitad del camino.

-Es usted el padre de la criatura, ¿verdad?

-Si – contestó Harry, estrujándose las manos por el nerviosismo – ¿Qué ocurrió?

-Bueno, no hay de qué alarmarse – dijo el doctor con tranquilidad – La paciente cayó sentada, pero como no fue un movimiento tan brusco porque al momento de la caída se apoyó en los brazos, el bebé no sufrió ningún daño…

Harry cerró los ojos, aliviado, y respiró profundo.

-No se presentó desprendimiento de la placenta – siguió el doctor, mientras Ron y Libby se reunían con ellos –, así como tampoco pérdida del líquido amniótico. Si recomiendo que pase esta noche interna para descartar algún otro problema originado por la caída. Estará un par de horas más en observación y posteriormente la remitiré a una habitación privada.

-¿Es necesario que pase la noche aquí? – le preguntó Libby.

-Por supuesto – corroboró el doctor –. Como le estaba diciendo al señor, es para descartar cualquier otra consecuencia. Ahora, si me permiten…

Y de marchó. De repente Libby comenzó a llorar.

-¿Y ahora qué pasa? – preguntó Ron, alarmado.

-Me voy a quedar sin trabajo – balbuceó Libby, desconsolada.

Harry avisó a los padres de Hermione sobre lo que había ocurrido y antes de que anocheciera ya estaba instalada en una habitación privada del quinto piso, acompañada de sus seres queridos. Su semblante era sereno y optimista, logrando tranquilizar a todos los que la acompañaban. Incluso James, a quienes los gemelos después de recibir el mensaje que Harry envió con Hedwig, parecía encontrar muy interesante todos los botincitos de la pared que había sobre la cabeza de su madre; de no ser por la señora Granger, que con infinita paciencia logró calmar sus ansias de conocimiento, lo más probable es que en esos momentos la habitación estaría llena de enfermeras y médicos especialistas para afrontar una supuesta emergencia. Sólo Harry estaba un poco apartado del grupo, en completo silencio y sentado en un rincón, observando cómo Libby le contaba a Hermione lo sorprendida que estaba porque loe gemelos no la despidieron.

-No me reclamaron nada, por el contrario, me felicitaron. Dicen que necesitan a alguien con agallas y pantalones para la gran responsabilidad de manejar el negocio en el país… ¿Puedes creerlo? – le dijo Libby.

-Sinceramente, cumples con sus expectativas – opinó Hermione con una sonrisa -, especialmente en la rama del golpe.

-De algo me tenían que servir las peleas con Ephram – repuso Libby.

-Buenas tardes – dijo una enfermera, ingresando en la habitación –. Vengo a anunciarles que el horario de visitas finalizará en diez minutos.

-¿Alguien puede quedarse con ella? – preguntó el señor Granger.

-No, lo siento. Solo se permite para los pacientes de cuidados intensivos. En diez minutos volveré a pasar para indicarles que el horario ha finalizado.

-Es una lástima que tengas que quedarte solita – le dijo la señora Granger a Hermione, acariciándole el cabello – ¿No te aburrirás?

-Dormiré toda la noche, mamá.

-Harry, como no hay nada de comer en la casa ¿qué tal vamos a un autoservicio y pedimos algo? – le propuso Ron.

-¿Ah?... ¿Qué? – dijo Harry, distraídamente.

-¿Estas en las nubes o qué? – lo cuestionó Ron.

-No, para nada.

Su amigo lo miró con detenimiento por unos segundos.

-Por qué no te quedas con Hermione, así dejas de angustiarte.

-Nadie puede quedarse con ella – le recordó Harry.

-A veces pienso que las pocas neuronas que tenías se las pasaste a James – susurró Ron. Harry frunció el entrecejo –. Utiliza la capa invisible.

-Voy por ella – dijo Harry, levantándose de inmediato. Ingresó en el baño, como quien no quiere la cosa y desapareció.

En su habitación fue directo a la cama y agachándose al lado de ella estiró la mano y sacó de allí si baúl. Allí adentro, perfectamente doblada, estaba la capa invisible que heredó de su padre. La última vez que la había utilizado fue cuando siguió a Hermione por primera vez en New York.

Harry se apareció nuevamente en el hospital, y cuando lo hizo, al otro lado del baño escuchó claramente cuando la enfermera dijo:

-¿Qué ha sido ese ruido?

-¡Un pedo! – exclamó James.

Todos rieron, pero ninguno tan fuerte como Ron.

-Ha venido del baño, voy a revisar – comentó la enfermera.

Con gran rapidez, Harry se puso la capa invisible, justo a tiempo para evitar ser visto por la mujer. La enfermera echó un rápido vistazo y volvió a cerrar la puerta.

-Las visitas comienzan a las ocho de la mañana – les informó a todos mientras el sonido de su caminar se apaciguaba –, pero estoy segura que después del medio día le darán de alta…

Harry escuchó con el oído pegado a la puerta, cuando cerraron la habitación de Hermione. Esperó unos segundos hasta convencerse que estaba vacía. Con lentitud abrió la puerta y aún con la capa invisible puesta se acercó a Hermione, quien leía con mucho interés una edición de la revista Hello. Ella levantó la vista hacia el vacío y escudriñó con la mirada cada rincón de la habitación.

-¿Harry? – preguntó con cautela.

-¿Cómo sabes que estoy aquí? – preguntó esta vez él, quitándose la capa.

-Sexto sentido.

-¿No será que puedes mirar a través de esto? – insinuó Harry, mostrándole la capa.

-Para poder ver lo que hay bajo una capa invisible se necesitan muchos años de entrenamiento y disciplina constante – le informó Hermione, dejando la revista a un lado –. Más bien dime por qué te quedaste.

-Para que no estuvieras sola – le dijo Harry. Hermione le sonrió –. Todavía es temprano, y sueño no creo que tengas. Y alguien con quien puedas hablar, más si es el padre de tus hijos, te servirá de terapia para distraerte un poco.

Cogió una silla y la puso junto a la cama de Hermione. Se sentó en ella y le tomó la mano.

-Harry ¿Por qué estás así? – preguntó en voz baja –. Te dije que no había pasado nada ¿Por qué no me creíste?

-Temí que no deseabas preocuparme – contestó Harry con sinceridad –. Sueles tener ese tipo de costumbres.

-No mentiría con algo tan delicado…

-No sabes el miedo que tuve por lo que ocurrió… Todos nuestros planes se desmoronaron ante mis ojos y Harmony… - alcanzó a decir Harry antes de que se le ahogara la voz.

-Siempre he creído que algo protege a tus hijos – comentó Hermione pensativamente. Harry la miró sin comprender –. Si, fue inusual que luego de aparecerme en Estados Unidos no hubiera perdido a James. Toda bruja embarazada que lo hace inmediatamente tiene una pérdida y si el embarazo es avanzado adelanta el parto. Una magia especial me protegió a mí y al bebé para que no muriera. Algo en tu sangre, que siempre hemos sabido que tienes, no solo protegió a James, también ha protegido a Harmony el día de hoy.

-La protección de mi madre, no me cabe la menor duda – murmuró Harry luego de meditarlo por unos segundos – Me protegió a mí y ahora los protege a ellos… Es muy poderosa.

-El único reflejo que tuve antes de caer fue que mis manos tocaran primero el suelo – le contó Hermione –, así amortiguaría la caída y todo el peso de mi cuerpo lo recibirían los brazos, sin llegar a correr demasiado riesgo. Al no sentir ninguna molestia supuse que hice bien y que no corría peligro.

-¿Por qué te interpusiste entre ellas? – le preguntó Harry sin poderse contener.

-Por Libby. Un escándalo, y en su primer día de trabajo, le traería el despido inmediato. Además, esa chica al lado de ella lucía bastante indefensa. Podría masacrarla.

-Ni tan indefensa – repuso harry con ira contenida. Tan solo recordar cómo Tamara apartó a Hermione para pelear libremente con Libby lograba que le hirviera la sangre –. Ya vez lo que te hizo.

-Estaba furiosa con Libby, no fue su intención. Se cegó por la ira y quería enfrentarse a ella. Yo simplemente era un obstáculo.

-No la defiendas – replicó Harry con enojo.

-No la defiendo. Simplemente trato de comprender las razones por las cuales ella reaccionó así.

-Tienes razón, no somos tan diferentes a cuando éramos chicos – opinó Harry –. Y es que no has cambiado en nada.

Hermione sonrió con timidez.

Antes de las nueve de la noche dos enfermeras ingresaron en la habitación. Si no hubieran tocado la puerta antes de entrar seguramente hubieran descubierto a Harry sentado al lado de la cama de Hermione. Él se paró en un rincón, cubierto por la capa invisible, mientras una de ellas tomaba los signos vitales de Hermione y la otra corría las cortinas y la cubría con una gruesa sábana.

-Esta noche dormirá muy bien – le dijo la enfermera que tomó los signos vitales, oprimiendo un botón ubicado al lado de la cama, que le ayudó a descender la espalda de Hermione – ¿Qué le parece así?

-Que no quede muy acostada, por favor – pidió Hermione.

-¿Desea más almohadas? – preguntó la otra enfermera.

-Otra estaría bien – contestó Hermione.

-A eso de las dos de la mañana regresaremos para tomarle nuevamente los signos vitales. No se asuste si la vamos a despertar, ¿está bien? Ya sabe, si tiene alguna molestia oprime alguno de estos botones y enseguida estaremos aquí.

-Está bien – repuso Hermione mansamente, recibiendo la otra almohada.

-Buenas noches – le desearon las dos enfermeras a la vez

-Buenas noches – repitió Hermione cuando ellas apagaron la luz y se marcharon.

-Muy buena atención – opinó Harry, quitándose la capa.

-Es que me están tratando como una reina.

-Eres una reina – aseguró él, dándole un beso en la frente –, y es hora de que duermas.

-¿Y tú dónde piensas hacerlo?

-Aquí, en esta silla – puntualizó Harry, sentándose.

-Me imaginé que lo dirías, por eso pedí esta almohada – dijo Hermione –. Duerme en el sofá y te cubres con la capa para que no te vean.

-Bueno – aceptó Harry –, pero primero te duermes tú.

Las enfermeras fueron cumplidas y a las dos de la mañana estaban en la habitación de Hermione tomándole los signos vitales. Harry observó todo, envuelto como un tamal en su capa invisible, y encogido en el sofá para que no lo detectaran. Como las chicas no podían encender la luz, dejaron un poco abierta la puerta y con la luz del pasillo pudieron realizar su labor mientras conversaban en susurro.

-Si, la paciente del 1327 le extrajeron 12 kilos de grasa – dijo una, tomándole a Hermione el brazo y rodeándolo con una faja oscura –. Yo asistí al doctor Smith en ese procedimiento. El pobre sudó mucho.

Hermione se movió un poco y despertó.

-Hola, Hermione, hemos venido a chequearla – le susurró la otra enfermera.

Ella se quejó con suavidad, pasando la mano que tenía libre por el cabello.

-Su presión está muy bien. Ahora escucharemos los latidos de ese bebé.

Una enfermera bajó las sábanas para que la otra, por encima de la bata, colocara el fonendoscopio en el abdomen de Hermione. Lo puso en varios puntos, seguramente buscando el sonido más nítido. Transcurrido un minuto lo retiró.

-Lo latidos son normales. Su bebé está muy bien – le comunicó la enfermera con alegría, quitándose el aparato de los oídos –. Duerma tranquila que mañana será dada de alta.

Ambas mujeres se despidieron, y al salir retomaron su conversación sobre la liposucción de la paciente del 1327. Hermione se acomodó de lado, quedando prácticamente frente a Harry. Se cubrió con las sábanas, quedándose quieta.

-Harry… - susurró ella con debilidad.

-¿Qué pasa? ¿Te sientes mal? – preguntó él con preocupación, levantándose.

-Ven – pidió Hermione.

Harry se quitó la capa.

-¿Te sientes bien? Si quieres voy ya por las enfermeras – dijo Harry, sentándose sobre la cama, a su lado.

-Solo quiero que duermas conmigo – repuso Hermione con la voz somnolienta.

-Vuelvo y repito, ¿te sientes bien? – le dijo Harry, sorprendido ante su propuesta.

-¿No quieres acompañarme? Bueno, regresa a tu espléndido sofá – espetó ella, bastante ofendida.

-Está bien, está bien – concedió Harry, quitándose los zapatos y empujándolos con los pies hasta debajo de la cama –. Pero si nos descubren no duraré en culparte.

-No lo harás.

-Y si te quejas por la falta de espacio en la cama, no me vas a culpar.

-No lo haré.

Harry se acostó a su lado, cubriéndose nuevamente con la capa, la única parte visible de su cuerpo era la cabeza. Hermione lo cubrió con las sábanas y le quitó las gafas.

-No quiero que duermas incómoda – insistió Harry, acomodándose sobre su costado izquierdo y mirándola.

-¿Desde cuándo eres un estorbo para mi? Se supone que la de los estigmas soy yo.

-El que anda entre la miel algo se le pega – observó Harry, abrazándola.

Hermione acomodó la cabeza justo bajo la nuca de Harry, correspondiendo a su abrazo. Harry le acariciaba el cabello con lentitud, tratando de arrullarla. Hermione respondió a ese estímulo besándole el cuello. En pocos minutos su respiración se volvió lenta y profunda y mientras dormía serenamente abrazada a Harry él no pudo cerrar los ojos, vigilando su sueño por el resto de la madrugada.

Harry no asistió al día siguiente al entrenamiento. Primero por estar acompañando a Hermione y segundo porque estaba completamente agotado por la falta de sueño. Los padres de Hermione se encargaron de llevar a James al colegio y después del medio día, para gran sorpresa suya, Ron llegó al hospital en compañía de Katherine y Belinda. Ambas chicas le llevaron obsequios a Hermione.

-¿Y a qué hora le dan de alta? – le preguntó Ron a Harry, ambos sentados en el sofá.

-Lo último que supe es a las cinco de la tarde – le informó Harry.

Katherine y Belinda hablaban animadamente con Hermione, contándole todas las cosas preciosas en tema de decoración que había en el mercado mágico para la habitación de un bebé.

-¿Ya comiste? – preguntó Ron.

-Desayuné muy bien – contestó Harry –. Más tarde bajo a la cafetería a almorzar.

-Te acompaño con gusto – se ofreció su amigo.

-Eso no lo dudo…

-Ron nos contó que será niña – le dijo Katherine a Hermione –. Cuando nos informó lo que había ocurrido y la razón por la cual Harry no asistió al entrenamiento Ralph lo entendió de inmediato…

-Algo bastante extraño en él – comentó Belinda.

-Es un padre de familia. Eso lo sensibiliza un poco – observó Katherine -¿Y dónde está James? A él también le traje un obsequio.

-Todavía está en el colegio – le contó Hermione –. Estará aquí cerca de las cuatro de la tarde.

-¿Les gustaron los regalos para la niña? – les preguntó Belinda a Harry y a Hermione –. Fue sencillo escogerlo.

-Es cierto – admitió Ron –. Creí que tendría que sacarlas arrastradas del almacén de bebés.

-Es que es más sencillo comprar en un almacén muggle – repuso Katherine –. No quiero decir que las cosas que venden allí sean de menor calidad, simplemente la sencillez de sus artículos facilita la compra.

-La ropita está muy bonita – declaró Hermione, acariciando las prendas de color rosa pálido – ¿Sabían que es el primer biberón que le regalan?

-¿En serio? – preguntó Belinda, sorprendida. Hermione asintió –. Bueno, es que somos brujas. La fruta está buena, ¿verdad?

-Ya no queda nada de ella – dijo Hermione.

-Y no me echen la culpa a mí – intervino Ron de inmediato –. Todo se lo ha devorado ella.

Para que todos almorzaran, Belinda y Katherine se quedaron acompañando a Hermione mientras Harry y Ron bajaron a la cafetería. Luego, ellos las sustituyeron para que ellas también se alimentaran (Hermione almorzó antes del relevo) y antes de las cuatro estaban todos nuevamente reunidos, esperando por la orden para salir. Pasada esa hora, llegó la señora Granger en compañía de James. El niño corrió al lado de Hermione y con sumo cuidado subió a la cama y la abrazó.

-Hoy en el colegio hicimos muchas cosas – le contó el niño, lleno de emoción –. Jugamos fútbol y me escogieron para el equipo. ¡Soy el "poltelo"!

-¿Portero? – susurró Ron, frunciendo el ceño.

-Lo que en el quidditch es el guardián – aclaró Harry.

-¡Ah! – exclamó su amigo, y una inmensa sonrisa apareció en su rostro –. Si es que es igualito a su tío Ron.

-Entonces, por eso estás tan sucio – analizó Hermione.

-Es un poquito de polvito, no más – repuso James, bajándose de la cama y sacudiendo con las manos el saco y el pantalón.

Corrió intempestivamente hacia Harry, sentándose en su regazo y abrazándolo.

-Tu padre nos verá esta noche en la casa – le dijo la señora Granger a Hermione –. Porque te dan de alta hoy, ¿verdad?

-El doctor dijo que si – contestó su hija –. Mira lo que le regalaron a Harmony las compañeras de Harry, mamá.

-¡Ay, que bonito! – exclamó la señora Granger con ternura, al tomar un pantaloncito de lana.

-Es pequeñito – opinó James, dejando a Harry y acercándose a su abuela.

-El biberón también está muy lindo – siguió la señora Granger.

-¿Puedo volver a tener uno? – le preguntó James a su madre.

-No, ya estás muy grande para eso.

-Soy un niño – observó James con vehemencia.

-A mi me parece que de niño tienes muy poco – opinó Katherine –Creo que ahora te dicen el héroe, ¿verdad?

-¡Si! – exclamó James, levantando los brazos.

-Y el héroe también merece un premio – continuó Belinda, pasándole un colorido paquete.

James lo tomó de inmediato y sentándose en el suelo lo abrió con rapidez. U chillido de emoción se escuchó y James se levantó nuevamente, mostrándoles a todos lo que tenía en las manos; en la derecha una sudadera amarilla, en la izquierda un vaso grande de Bob Esponja.

-Muchas "glacias" – dijo el niño, abrazando a cada una –. ¿Cómo lo supieron?

-Un pajarito nos contó – repuso Belinda.

-Uno de plumas rojas y que de vez en cuando es un poco grosero – puntualizó Katherine.

-Que feo – dijo James en voz baja, arrugando el entrecejo. Ron carraspeó y se movió un poco en el sofá.

El doctor que había atendido a Hermione en la sala de emergencia ingresó en la habitación. Lo acompañaba una enfermera algo entrada en años. En cuanto Belinda y Katherine lo vieron se quedaron de piedra.

-Buenas tardes, Hermione, ¿Cómo se siente? – le preguntó el doctor con amabilidad, tomando la planilla que estaba en la mesa con rodachinas a los pies de la cama de Hermione.

-Igual que ayer, muy bien.

-Cuanto me alegro… Pero no me mire así, ya le expliqué las razones por las cuales no permití que anoche se marchara.

-Y lo comprendo – replicó Hermione con suavidad.

Belinda y Katherine hablaban por lo bajo, mientras una negaba la otra asentía.

-Le traigo muy buenas noticias – siguió el doctor, leyendo la planilla –. He traído la orden para que salga del hospital. Afortunadamente todo va de maravilla. Anita se quedará con usted para ayudarle a cambiarse ¿Tiene algún ginecólogo que realice si control de embarazo?

-Si – mintió Hermione.

-Muy bien. A él le darán estos exámenes para que los ingrese a su historia clínica – le dijo a Hermione, firmando cada una de las hojas –. Pese a lo ocurrido, sus actividades diarias no se verán modificadas, mucho menos su dieta alimenticia. En caso de cualquier molestia regresa inmediatamente, ¿está bien?

-Si, doctor – concedió Hermione mansamente.

El doctor se despidió de Hermione estrechándole la mano. Dio media vuelta y lo mismo hizo con Harry, que se había levantado. Deseó las buenas tardes a todos y antes de salir una tocecita llamó su atención.

-¿Se siente bien? – le preguntó a Katherine.

-Si – dijo ella en un hilo de voz.

-¿Segura? – insistió el doctor.

Katherine asintió, pero en ese momento empuñó una mano y se la llevó cerca de la boca para toser. Hizo una cara de enferma de gripe tan exagerada que Belinda se retiró de su lado para no reírse.

-Acompáñeme a mi consultorio para realizarle un chequeo.

-Está bien – repuso Katherine sin muchas ganas.

Se fueron juntos y antes de salir, la chica dio media vuelta, miró a Belinda y le guiñó el ojo.

-Yo no la conozco – murmuró ella, mirando a otro lado.

Antes de las cinco de la tarde ya se habían marchado del hospital. Harry le sugirió a Ron que llevara a Belinda y a Katherine hasta su casa, pero el pelirrojo se negó rotundamente ya que se demoraría más de seis horas en realizar todo el recorrido en el auto de Harry, teniendo en cuenta que una vivía en Cambridge y la otra a las afueras de Liverpool. Ellas no pusieron problema en irse por su cuenta trasladándose, pese a que Katherine fracasó estrepitosamente en sus intenciones de conquistar al doctor.

-Me iba a meter una sonda por la garganta. Salí espantada – les contó a todos en el estacionamiento, completamente escandalizada.

Ron abordó un taxi hacia el Caldero Chorreante, James se fue en el auto de su abuela y Harry llevó en el suyo a Hermione. Los dejó instalados en el apartamento de los Granger y al anochecer él marchó a su casa, donde se dio un buen duchazo con agua caliente, comió algo ligero que le llevó Ron y se acostó a dormir de inmediato.

-Mi mamá quiere que lleven a James el sábado en la mañana para que la costurera le tome las medidas – le contó Ron a Harry el día siguiente, antes del entrenamiento –. Ya sabes la absurda idea que tienen para que sea el pajecito.

-Se lo diré a Hermione en cuanto la vea.

-Además, están buscando una niña de la misma edad de James para que lancen pétalos de flores mientras los novios caminan hacia el altar – siguió Ron, en un tono de voz que se podía interpretar como burla e ironía.

-¿Y dónde piensas encontrarla?

-No sé – repuso su amigo con indiferencia –. Afortunadamente Amelie es demasiado pequeña.

-Si, tres meses no son suficientes – aseguró Harry.

-¿Escuché bien? – intervino Katherine, caminando tras ellos –. ¿Necesitan una niña que sirva de damita de honor?

-Si la conoces, no lo digas – le advirtió Ron.

-Bahh – balbuceó ella, mirándolo como a un bobo –. Mi sobrina Mádison

-Tú no eres tía – afirmó Ron.

-Como si lo fuera – replicó Katherine con suavidad – .Soy prima de la mamá y Mádison me dice tía.

-¿Tía? – preguntaron Harry y Ron a la vez, sin creerle.

-Si, la tía vacana.

Ron la miró sin comprender lo que le quería decir.

-Tú nunca entenderás el lenguaje de los niños – le dijo Katherine –. Voy a hablar con Ralph. Lo obligaré a que acepte.

-¿Qué es lo peor que podría pasar? – preguntó Harry mientras Katherine se quedaba resagada para que el capitán llegara hasta ella.

-¿Que Ralph fuera el pajecito? – apuntó Ron. Harry rió.

-¿Y cómo está Libby?

-Digamos que se cree la dueña ahora que los gemelos no están – observó Ron –. Pero lo está haciendo bien.

-¿Irás a verla esta tarde?

-No – contestó Ron con rotundidad –. El vernos todos los días, y con una relación tan joven, puede llegar a estropearla.

Harry se asombró de la madurez con la que Ron llevaba su romance con Libby.

Al finalizar el entrenamiento, igual de exigente a los demás, Ralph le comunicó a Ron su visto bueno de la participación de su hija en el matrimonio de Ginny. Ron, con un rostro de pesadumbre que podría llegar a ser contagioso, no le quedó más de otra que asentir y esperar la respuesta final luego de consultar con la madre y la hija.

-Es en un mes, Ron – le recordó Harry –. Ya no tienes nada que hacer.

-La desesperanza es lo último que se pierde.

Al llegar al camerino, algunos jugadores leían la última edición de El Profeta. Belinda, al ver a Harry se acercó a él de inmediato, con un ejemplar en la mano.

-Ya lo saben todo.

-Saber ¿qué? – preguntó Harry sin comprender.

-Lo de tu familia, Harry, mira.

Harry tomó el periódico. En primera plana tres fotografías móviles encabezadas con rl título Lo que ha sido de la vida de Harry Potter años después de la derrota de Quien no Debe Ser Nombrado.

Luego de años de conocer información limitada del famoso jugador de quidditch, El Profeta conoció lo que Harry Potter le estaba escondiendo a la opinión pública: su familia. En tres fotos exclusivas mostraremos el incidente que llevó a que se desvelara este gran secreto. En la primera, ven la secuencia de dos mujeres agarrándose de los pelos dentro del local Sortilegios Weasley. ¿Cómo permitieron los famosos gemelos semejante leonera? En la segunda se ve claramente al señor Potter cargar en sus brazos a una mujer embarazada que estuvo en medio de la pelea. En la tercera vemos a las dos luchadoras, la chica rubia sacando del local a la de cabello castaño mientras ésta chillaba en busca de auxilio.

Una buena fuente informó a este diario que el señor Potter fue visto aquel martes (hace tan solo dos días) en el Caldero Chorreante, minutos antes del incidente, en compañía de un niño y según las palabras del mismo Potter, era su hijo. El Profeta, en una exhaustiva investigación, logró averiguar que la mujer embarazada de la segunda foto es la madre del niño y responde al nombre de Hermione Granger. Si logran recordar, esta misma chica fue novia de Potter en sus épocas de estudiante, justamente el año cuando se reinició el famoso torneo de Los Tres Magos…

-Se acabó mi paz – afirmó Harry con ironía, doblando el periódico.

-Pero, fíjate cómo sale Libby – dijo Ron, arrebatándoselo para ver las fotos en movimiento –. Hasta a la hora de pelear se ve adorable.

-La otra chica es la prima de Tommy, ¿verdad? – apuntó Belinda.

Harry y Ron asintieron a la vez.

-Con razón ha estado tan serio el día de hoy – comentó Belinda, analizándolo.

Tommy estaba apartado de ellos, terminando de acomodarse su túnica. Su aspecto era tímido.

-Le llevas mis saludes a Hermione – le dijo Belinda a Harry, e ingresó en el vestidor de las chicas.

-Se puede decir que ahora harán lo posible por conocer más sobre tu vida privada – repuso Ron, echándole un vistazo a las páginas internas del diario.

Harry no dijo nada más. Tommy se acercó a ellos.

-Mira lo que hacen las locuras de tu prima – le soltó Ron de inmediato. Harry le dio disimuladamente un pisotón.

-Tamara suele ser bastante impulsiva – admitió Tommy – ¿Fue ella quien ocasionó el problema de tu esposa, verdad?

A Harry le dio un vuelco el corazón cuando escuchó la pregunta de Tommy. La palabra esposa le estremecía, pero no de una forma negativa, era como la clave para entender la etapa de la vida por la que estaba pasando.

-Si, fue ella – confirmó Ron con un poco de rencor en su voz –. Yo lo vi.

-Tamara no es mala. Ella jamás lastimaría a alguien, mucho menos si está embarazada – replicó Tommy con suavidad – Es más, siempre que mete la pata busca arreglar las cosas. No me extrañaría que buscara a tu esposa para darle una explicación.

-¿Tamara fue en busca de Hermione? – inquirió Harry.

-Es un simple comentario, no estoy seguro de eso. Sólo lo dije porque la conozco – contestó Tommy de inmediato.

Harry y Ron se miraron. A esas horas Hermione estaba sola en casa. Y Tamara… Algo podría pasar.