35

REENCUENTRO

-¡Hermione! – exclamó Harry en cuanto se apareció en la habitación de su novia.

Todo estaba perfectamente ordenado. La luz del día entraba a plenitud por la ventana. La cama estaba hecha. No se escuchó ningún chillido de gato asustado.

Quizás no estaba allí; tal vez ese día había ido a trabajar, pero Hermione no le manifestó sus intenciones de hacerlo. Con gran apuro Harry salió de la habitación, tenía la respiración entrecortada y veía todo de una manera un tanto distorsionada.

-¡Hermione! – volvió a gritar Harry, ahora con desesperación, caminando por el pasillo hacia la sala.

Y entonces la vio, saliendo de la cocina con un vaso de agua en la mano. Sonrió al verlo, pero Harry corrió hasta ella y la abrazó. Hermione soltó el vaso y al impactar en el suelo un agudo ruido indicó que se había hecho añicos.

-¿Estás bien? – le preguntó él, tomándole el rostro con ambas manos.

-Claro que estoy bien – repuso Hermione, sonriendo con serenidad –. Pero a ti es el que te pasa algo.

-Tommy me dijo que Tamara podría estar aquí – le contó Harry.

Hermione no dijo nada al respecto. Sacó su varita y apuntó a los pedazos de vidrio esparcidos por el suelo.

Reparo!

De inmediato el vaso volvió a formarse, aunque sin el agua. Harry, con un movimiento de su varita secó el charco que había en el suelo.

-Déjame, yo lo recojo – le dijo Harry cuando Hermione se disponía a agacharse para tomar el vaso.

-¿Ya almorzaste? – le preguntó ella.

-No. En cuanto finalizó el entrenamiento vine.

-James todavía se demora una hora y estoy por finalizar ¿Me acompañas a la cocina?

-¿Estás cocinando? – preguntó Harry, asombrado –. Se supone que deberías guardar reposo.

Hermione abrió el refrigerador y sacó unos cuantos vegetales.

-Harry, estoy embarazada, no enferma – replicó ella con suavidad, colocando los vegetales sobre el pequeño mesón, en medio de la cocina –. No puedo estar para toda la vida inactiva.

-Recuerdo muy bien que el doctor dijo… - comenzó a decir Harry.

-Que mis actividades diarias no se verían modificadas – recordó Hermione, tomando un cuchillo del recipiente que guardaban los cubiertos –. Si no he ido a trabajar es porque estoy esperando los artículos para la edición de mayo. ¿Ya viste la de este mes?

-Aún no – contestó Harry. Hermione frunció el entrecejo, ofendida.

-Prepara la ensalada, por favor – dijo ella con frialdad, pasándole el cuchillo.

-¿Cómo quieres que las pique?

-Bien finas. Ya sabes, como le gustan a James.

Harry lavó el repollo, las lechugas y la zanahoria. Hermione observaba lo que se cocía en el horno.

-¿Tamara vino? – preguntó Harry, luego de minutos de picar y picar.

-Si – contestó Hermione en voz baja, apagando la olla arrocera.

En ese momento Harry comenzaba a picar la zanahoria con fuerza. La inesperada respuesta de Hermione estuvo a punto de ocasionar que se quedara sin un dedo.

-¿Si? ¿Y vienes a decírmelo hasta ahora? – replicó Harry con enfado.

-Estabas demasiado preocupado como para darte una respuesta – argumentó Hermione sin darle importancia.

-Valiente excusa – le espetó Harry, dejando a un lado el cuchillo.

-No te comportes así.

-¿Cómo más esperas que reaccione cuando me ocultaste algo tan importante?

-No es para tanto, Harry.

-¿No es para tanto? – repitió él, incrédulo –. Pudo hacerte algo, Hermione.

-Pues me visitó para lo contrario, para ofrecerme una disculpa.

-Es lo mínimo que podría hacer – comentó Harry con crudeza.

-No deberías juzgarla con tanta severidad, Harry.

-Dejé de tenerle aprecio en el momento en que te tomó por los hombros y te tiró al suelo.

-Solo quería apartarme para enfrentar a Libby con libertad – aseguró Hermione con convicción.

-Me sorprendes… - replicó Harry –. ¡Estuvo a punto de matarla!

Quería que entendiera, que recapacitara, que su gran cerebro aceptara lo que la acción de Tamara estuvo a punto de lograr. Pero Hermione la defendía y la justificaba.

-No hables así – susurró Hermione, estremeciéndose. Instintivamente llevó las manos a su infladito abdomen.

-Es la verdad. Sabes perfectamente que lo que te ocurrió, en una mujer común, pudo tener consecuencias fatales.

-No fue su intención, Harry – insistió Hermione.

Él abrió la boca para seguir replicando, pero utilizando lo último que le quedaba de cordura guardó silencio; se volvió a concentrar en picar los vegetales.

La señora Granger llegó con James pasadas las dos de la tarde. El almuerzo ya estaba listo. En cuanto el niño vio a Hermione corrió hacia ella y la abrazó, dándole un sonoro beso en su pansita.

-¿Qué hay de almuerzo? – preguntó la señora Granger luego de saludarlos.

-Pernil al horno – contestó Hermione.

James ingresó en la cocina mientras su padre alistaba los platos para organizarlos en el comedor.

-Siempre has cocinado delicioso ese plato – dijo la señora Granger –. No me digas que lo adobaste con zumo de naranja…

-Y astillas de canela – complementó Hermione. James abrazó a Harry. La señora Granger ingresó en la cocina.

-¿Y Harry qué hizo? – quiso saber, tomando los platos para llevarlos al comedor.

-La ensalada – contestó él de inmediato, sintiendo un poco de vergüenza por haber hecho tan poco.

-Luce apetitosa – comentó la señora Granger, echándole un vistazo –. Eres bastante pulido, ¿sabes?

Harry sonrió con timidez. Claro que era bastante pulido. En las clases de pociones Snape solía calificarlo con un cero cada vez que cortaba mal o de mala gana un ingrediente. El instinto de supervivencia lo obligó a disciplinarse más.

-¿Y Libby no vendrá? – preguntó la señora Granger rato después, cuando estaba disfrutando de la comida.

-No, mamá. Esta mañana me dijo que comería en el callejón.

-¿Y cómo le ha ido? – preguntó esta vez Harry.

-Está muy conciente de la responsabilidad que tiene. Eso es bueno – le contó Hermione –. Después del susto porque creyó que la despedirían ahora habla y mide sus acciones con más cautela. En unas cuantas semanas contratará a un vendedor para que se encargue de la tienda del callejón, mientras ella también está pendiente de la de Hogsmeade y realiza un recorrido por las ciudades principales del país en busca de distribuidores.

-Parece que se tomó muy en serio su trabajo – comentó Harry.

-Bueno, los gemelos depositaron toda su confianza en ella – razonó Hermione – y hay que admitir que Libby es un As para los negocios.

-Chicos, les quedó muy delicioso todo, pero me tengo que ir – manifestó la madre de Hermione, levantándose.

-¿Tan pronto? ¿Por qué? – preguntó Hermione.

-Tengo paciente a las 3:30. Tal vez hoy nos tardemos un poco, tu padre me invitó a cenar.

Se despidió de Hermione y James con un beso en la mejilla, a Harry le estrechó la mano. Tomó su gabardina vinotinto del perchero y salió del apartamento.

-¿Quieres más, James? – le preguntó Hermione, ofreciéndole pernil.

El niño negó enfáticamente e hizo a un lado su plato vacío.

-Gracias – dijo, y bebió un poco de su jugo.

-¿Tienes tareas? – preguntó Hermione.

-No, mami.

-¿Y para la próxima semana?

-No sé – contestó James, encogiéndose de hombros.

-Ahora vamos a revisar – repuso Hermione.

Harry se levantó y poco a poco recogió los platos del almuerzo. Al tenerlos juntos en el lavaplatos movió su varita mágica y de inmediato un pequeño cepillo comenzó a lavarlos.

-A cepillarse los dientes – le dijo Harry a James, antes de que éste se levantara del comedor.

-¿Y si quiero comer más? – sugirió James con habilidad.

-Te cepillas de nuevo, no hay problema – dijo Hermione.

Estirando los labios James se dirigió con Harry hasta el baño. Se subió en un pequeño butaco y tomó su cepillo.

-¿Hermione, dónde está mi cepillo de dientes? – le preguntó Harry, asomando la cabeza por la puerta.

Ella se encontraba sentada en el comedor, con aire pensativo. Se exaltó un poco al escuchar a Harry

-¿Tu cepillo?

-Si.

-¿Acaso no está con los demás?

Harry movió la cabeza en forma negativa, Hermione se levantó.

-¡Ah! Está en mi habitación.

Mientras ella iba a buscarlo, James comenzó con su cepillado; bastante torpe, por cierto.

-Si, estaba allí – dijo ella, entregándoselo en las manos.

-¿Por qué?

-Cuando anunciaron la visita de Tamara lo escondí de inmediato – argumentó ella –. Si descubría algo tuyo por ahí lo tomaría para realizar cualquier brujería.

-¡Hermione! – exclamó Harry con los ojos como platos.

-¿Qué?

-Eres bastante precavida.

-¿Lo crees? – Harry asintió, untando el cepillo con crema dental –. Por qué no aprovechas y te das un baño. Me imagino que sudaste mucho en el entrenamiento de hoy.

-La verdad, si.

-Yo te alisto una muda de ropa y la dejo aquí colgada.

-¿Tengo mucha "lopa" aquí? – preguntó él con confusión y con en cepillo en la boca –. Ya no lo "lecueldo"

-Algunas prendas.

Cuando Harry salió de la ducha, Hermione había dejado un pantalón deportivo largo y una camiseta de mangas cortas, además de ropa interior.

-Hermione, llevaré a James el sábado a La Madriguera – le dijo Harry, ingresando en su habitación – ¿Nos acompañas?

-Claro – dijo ella – ¿Y qué van a hacer en La Madriguera?

Harry iba a contestar, pero James resbaló de la cama de su madre cuando saltaba en ella.

-No duele, no duele – aseguró el niño, levantándose con rapidez.

-Van a tomarle las medidas para el traje del matrimonio de Ginny y Richard – le informó él, impidiendo que James volviera a subirse a la cama.

-¡No! – se quejó James.

-Si, no vuelves a saltar, te vas a vomitar – lo contradijo Hermione con severidad –. Nos vamos en las horas de la mañana para que la tarde la tengas libre y descanses para tu partido.

-¿A qué hora vengo por ustedes?

-¿Hora? – se extrañó Hermione –. Creí que mañana dormirías aquí.

-¿Quieres que lo haga?

-No sé por qué la duda.

-Si, ¿verdad?

El sábado en las horas de la mañana los tres estaban en La Madriguera. La señora Weasley los recibió con una amplia sonrisa, dirigida principalmente a Hermione. Era la primera vez que la veía en casi seis años.

-Estás muy linda, muchacha – le dijo la señora Weasley con cariño, abrazándola –. Los años no te pasan.

-No crea – repuso Hermione.

-Y el embarazo te sienta muy bien – opinó la señora weasley, analizándola con mirada crítica – ¿Cuánto tienes?

-Poco más de cuatro meses.

-Mmm… Me parece que para esa etapa estás un poco flacucha – siguió la mujer. La tomó de la mano y la llevó a la cocina - ¿Ya desayunaste, verdad? De todas maneras otro poquito no te caería mal. Ahora debes alimentarte por dos. Acabas de salir del hospital y debes recuperarte de inmediato.

-¿Y dónde está Ginny? – preguntó Hermione, tomando asiento en el comedor. Harry se sentó junto a ella.

-Ya baja. Está probándose el primer diseño del vestido de novia.

-¿Acaso no ha escogido uno? – quiso saber Harry.

-Claro que si – contestó la señora Weasley distraídamente, poniendo frente a cada uno un plato. James se sentó frente a sus padres –. Lo que ocurre es que deben tomarle varias medidas. Probar si lo quiere más largo o más corto. Probar el velo, la estructura de la tela…

-¿Y quién es la costurera? – le preguntó Hermione.

-¿Costurera? – repitió la señora Weasley, asombrada –. Es diseñadora.

-Ron me dijo que era costurera – le contó Harry. La señora Weasley arrugó el entrecejo.

-Ese muchacho me tiene cansada – masculló, sirviéndoles pan tostado –. No aprecia ni valora todo lo que estamos haciendo para que el matrimonio de Ginny sea perfecto. Siempre son opiniones negativas y comentarios desganados los que recibimos de su parte…

Harry y Hermione se miraron ¿Qué más se podría esperar de los celos de Ron?

-En realidad me sorprendió que encontrara la damita de honor – siguió la señora Weasley, sirviendo el chocolate –. Me imagino que se dio cuenta que con su actitud no llegará a nada. Arthur siempre me lo dijo, que tuviera paciencia, que Ron recapacitaría.

-¿Ya tienen los invitados confirmados? – preguntó Hermione.

-A la gran mayoría. Vendrán amigos de los chicos, también algunos profesores de Hogwarts…

-¿El profesor Dumbledore? – la interrumpió Harry.

-No solo él. También la profesora McGonagall, Hagrid, Remus Lupin…

-No he vuelto a saber nada de él – dijo Hermione.

-La última vez que tuve noticias suyas fue hace dos años – le contó Harry –. Estaba en Austria, realizando unas expediciones para un archiduque.

-Está por finalizarlas – les informó la señora Weasley, sentándose junto a James –. Creo que se alegrará mucho de verlo ¿Sabe de su existencia?

-A medias – contestó Harry. Hermione y la señora Weasley lo miraron sin comprender – Le conté que había tenido un hijo, pero en ese entonces no sabía si era niño o niña…

-Buenos días – los saludó Ginny con una inmensa sonrisa. Se acercó a James y lo abrazó –. Casi que no terminamos.

Lucía un poco despeinada, pero feliz. Tomó asiento al otro lado de James y cogió uno de los panes.

-¿Qué dijo Lisa? – le preguntó la señora Weasley.

-Qué no dijo, mamá. Primero, "la tela es divina". Segundo, "luces como una princesa". Tercero, "ni se te ocurra tocar allí, estropearías el diseño"

-¿Qué clase de diseñadora es esa? – le preguntó Harry sin poderse contener.

-Una que anteriormente respondía al nombre de Hugo.

En realidad Lisa tenía la pinta de todo, menos de que tiempo atrás fuera un hombre. Alta, de figura estilizada y cabello negro azul, muy liso, con una túnica en colores alegres y llamativos, cientos de collares de cuencas colgándole en el cuello y en todos los dedos de sus manos llamativos anillos en piedras semipreciosas. Maquillada en colores dramáticos y los labios en rojo sangre, sus uñas pintadas en azul eléctrico. Mientras tomaba las medidas de James, el hombre, o mejor dicho, la mujer, no dejaba de mover su cabello de un lado para otro. Los alfileres se enterraban en la tela, con cada indicación que Lisa les daba. Cuando no estaba de acuerdo con algo que ella misma había propuesto, simplemente ponía las manos en las caderas sin dejar de zapatear. En varias ocasiones pellizcó las mejillas de James en una señal de cariño, hasta dejarle la marca de sus dedos. Cuando estaba por terminar con él, por la chimenea de la sala llegaron Martina y Mádison; la niña envuelta en una túnica para no ensuciarse por su viaje en la red flu.

-¡Ay, la damita! – exclamó Lisa con ternura, ubicando a Mádison al lado de James –. Por tu cabello y tu tono de piel te tengo preparado un vestido divino… Espérame cinco segundos y lo pienso.

James y Mádison se miraron con el gesto de estar frente a un payaso muy deschavetado. Martina se sentó junto a Hermione y Ginny. Harry le ofreció galletas.

-Disculpen el retraso – dijo Martina, tomando una galleta de la bandeja que sostenía Harry –. Es difícil que se levante temprano un sábado.

-No te preocupes – repuso Ginny con optimismo –. Lisa apenas termina con James. ¡Van a quedar preciosos!

-¡Ay, ya sé! – gritó Lisa con euforia. Los niños dieron un respigo –. Vas a peinarte con una cola alta y alrededor de ella unas florecitas bien delicadas. Sombrero no vas a usar porque lo llevará este pimpollo.

Estrujó el cabello de James, él frunció el entrecejo.

-Pero el color de tu traje será el mismo de él, blanco hueso, claro que bordaremos unos detallitos en amarillo claro o hilo dorado y una cinta del mismo color ubicada en la cintura para que la falda muestre la forma de campana…

-¿Él… digo… ella, también confeccionará el sombrero de James? – preguntó Harry.

-Claro, querido – contestó la señora Weasley –. Se verá como todo un hombrecito vestido de mago.

-Es la primera vez que lo veremos así – comentó Hermione con nostalgia.

-¿De verdad? – preguntó Ginny de inmediato. Hermione asintió – ¡Y será para mi matrimonio!

-¿Ya pensaron qué usarán para la ceremonia? – preguntó Martina.

-Libby y yo saldremos de compra la semana entrante – contó Hermione –. Para ella será más fácil, pero yo tengo que buscar con paciencia un vestido adecuado y cómodo.

-¿Y, qué será? – quiso saber Martina.

-Niña – contestó Harry.

-No te sorprendas si en el último trimestre aumentas de peso más de lo debido – le dijo Martina a Hermione –. Yo aumenté cuatro kilos de más, pero en cuanto cumplí los cuarenta días de dienta comencé a ejercitarme de nuevo. En menos de seis meses tenía mi figura normal.

-¿Ya? – preguntó James con impaciencia.

-Claro, campeón – dijo Lisa.

-Soy héroe – aclaró James, bajándose del butaquita. Fue hasta sus padres y con vehemencia declaró –: Voy a buscar gnomos.

-¿Para que te vuelvan a morder? – repuso Hermione con las cejas arqueadas.

-Yo voy con él, no te preocupes – se ofreció Harry.

Era urgente salir de la casa. Las mujeres estaban entrando en un terreno desconocido y aburrido para él: el tema de las compras. Pronto se iniciaría un debate de la última moda en peinados, en maquillaje, en túnicas y en sombreros de bruja, y al lado de ellas una diseñadora que podría darles cuerda. Él y James avanzaron con decisión hasta la madriguera de los gnomos, listos para tapar todos los huecos y obligarlos a asomar la cabeza sólo por uno. Entonces, asomó la cabeza una papa particularmente fea y mugrienta.

-Es mío – aseguró James con malicia.

-No – susurró Harry, tomándolo de los hombros –. Espera a que salgan más.

Poco a poco los gnomos emergieron a la superficie; algunos de ellos exasperados, otros, curiosos. Cuando se percataron de la presencia de Harry y de James corrieron despavoridos, imaginándose que sería otra jornada para desgnomar el jardín. Otros, en cambio, se quedaron quietos para enfrentarlos, alistando los puños y abriendo amenazadoramente la boca, listos para morder. James no se dejó intimidar. Corrió hacia ellos, exclamando un grito de guerra. Harry fue tras él, con la varita empuñada en caso de salirse la situación de las manos.

Los gnomos de la resistencia rieron a carcajadas, considerando que James no era un peligro para ellos, pero se equivocaron. James puso los brazos como si fueran las alas de un avión y fue hasta ellos, tumbando a dos. Ahora era el momento de él reír. Se detuvo en seco para observar a los caídos, que pataleaban en el suelo sin saber cómo levantarse.

-¡Esto no se va a quedar así! – gritó uno de los gnomos que se mantenía en pie, empuñando la mano en señal de advertencia.

James ni se inmutó; corrió hasta él y lo empujó con el pecho, haciéndolo caer al suelo. Se arrodilló sobre la pequeña criatura y en su flacucho estómago le hizo cosquillas.

-Hay herencias que no se pierden – comentó una voz gruesa y amable tras Harry.

La reconocía, aquella voz hace más de cinco años no la escuchaba. El estremecimiento recorrió su columna vertebral y dio media vuelta con rapidez. Los ojos se le iluminaron cuando confirmó quién era.

-Profesor Dumbledore – susurró Harry – ¿Qué hace por aquí?

-Quise traer personalmente algunas cosas para el matrimonio de Ginny – contestó Dumbledore con una serena sonrisa.

Harry se fijó que su director estaba mucho más viejo, con más arrugas, pero con la vitalidad de siempre. El anciano maestro concentró su mirada en James. Un brillo de alegría y nostalgia se reflejaba en su rostro.

-Como bien sabrás, mi contacto con la familia Weasley ha sido permanente – continuó el profesor, sin perder de vista a James. En esos momentos se revolcaba en medio de carcajadas con el gnomo, mientras los demás gritaban apoyando a su camarada –. No sé si alguna vez habrás asistido a una ceremonia matrimonial mágica, pero se diferencia de la muggle en que se realizan tres tipos de rituales; el primero para la felicidad de la pareja, el segundo para el pan de cada día y el tercero para la fertilidad. Vine a traer unas plegarias antiquísimas y muy especiales que estoy seguro, serán muy útiles para el matrimonio de la pequeña Weasley.

-¿Usted asistirá?

-Claro que si – aseguró el profesor –. Ese día programé una salida a Hogsmeade para que el castillo quedara con la cantidad de alumnos que el profesor Snape y el propio Filch pudieran controlar, ya que Minerva y yo estaremos enfiestados.

-Si, supe que la profesora McGonagall vendría.

Hubo un momento de silencio en el que los dos hombres solo miraban a James. Harry iba a contarle quién era.

-Ha crecido mucho desde la última vez que lo vi – dijo el profesor Dumbledore.

Harry lo miró de inmediato, ¿había escuchado mal? ¿Acaso el profesor sabía…?

-Si, sé de tu hijo desde hace muchos años – confirmó el profesor antes de que Harry preguntara –. No he perdido detalle de él en este tiempo.

-¿Usted lo sabía? – inquirió Harry, furiosos – ¿Lo sabía y no me dijo nada?

-En los problemas de pareja nadie puede intervenir, Harry – repuso el profesor Dumbledore con una paciencia infinita –, era algo que Hermione y tú debían solucionar solos. Y lo hicieron…

-Pero tuvimos que esperar muchos años para eso – soltó Harry.

-Mi intervención hubiera sido inútil – razonó Dumbledore con tranquilidad –. Conociendo como conozco a Hermione, jamás hubiera aceptado que hablara por ti. Estaba demasiado dolida, y una mujer que sufre es peligrosa y vengativa.

Harry guardó silencio, más por respeto al profesor y no agredirlo con algún comentario que por no tener argumentos con los cuales replicar.

-Meses después de que egresaron de Hogwarts, Minerva me lo contó todo – siguió el profesor –. Me dijo que Hermione había salido del colegio, embarazada, y la razón por la cual su relación terminó. Tu engaño.

-Yo nunca la engañé – saltó Harry.

-Lo sé, Harry, te conozco muy bien. No eres ese tipo de hombres.

-La alejé para protegerla de Voldemort.

-En ocasiones el silencio produce más daño y más dolor que la verdad. No te estoy recriminando por tus decisiones porque al fin y al cabo eres una persona libre y después de todo funcionó. Pero el no contar con la opinión de ella, que a fin de cuentas sería la más afectada, trajo como consecuencia largos años de soledad y frustración para ambos. En cuanto supe de la existencia del bebé me dediqué por semanas a detectar el aura mágica de Hermione, hasta que la percibí, algo tenue, alejada.

-Ella se apareció en Salem…

-No solo por la distancia el aura de Hermione era débil. También por su estado. Un embarazo exige mucha energía de la madre.

James y el gnomo se detuvieron en su juego, sentándose en el suelo para tomar aire y descansar.

-Esperé hasta el verano para ver con más libertad a Hermione y a tu hijo – le contó el profesor –. No me equivoqué. En varias ocasiones los vi en compañía de la familia Foyt, en otras, en compañía de esa chica llamada Libby.

-Parecía estar muy bien informado – comentó Harry con ironía.

-Debía estarlo. Era tu hijo, Harry. Tenía que estar seguro que a él y a Hermione los rodeaba gente buena que los protegiera.

-Nada hubiera perdido en contármelo, ¿no cree?

-Me hubiera ganado muchas preguntas de tu parte, preguntas que no podía responderte – justificó el profesor.

-Como siempre – replicó Harry con exasperación.

-Ya te expliqué las razones por las cuales no intervine de manera directa.

-Tampoco lo hizo de una manera indirecta.

-¿Quién te lo puede asegurar? – preguntó el profesor Dumbledore.

Harry lo miró sin comprender.

-Con frecuencia visitaba a Hermione en New York sin que ella lo supiera- continuó Dumbledore –. Vi crecer a tu hijo, lo vi cuando dio sus primeros pasos, sus primeras caídas en el jardín de los Foyt. Siempre pensé en ti en cada uno de esos momentos. Merecías estar allí, pero en ocasiones el destino es tan impredecible que lastimosamente no te dio la oportunidad de vivir junto a Hermione esa etapa tan bella de la infancia de tu hijo. Como no podía intervenir directamente, poco a poco fui inmiscuyéndome en el ambiente laboral de Hermione, no quería que ella me detectara. Un día vi la oportunidad perfecta, el Congreso de Redactores y Reporteros Mágicos de Europa y las Américas. Me encargué personalmente que la invitación llegara a Hermione y a Libby, para no crear sospechas. Se llevaría a cabo en la semana de tu cumpleaños. Era la excusa perfecta para que Hermione regresara a Inglaterra sin protestar.

-¿Eso fue el año pasado? – lo interrumpió Harry.

-Así es – confirmó el profesor –. Yo le daría el tiquete de regreso momentáneo, ya era cuestión del destino que se volvieran a encontrar. Y al parecer no me equivoqué. Conociendo tu ávido interés por el misterio, supuse que estarías interesado en comprar aquella exitosa novela muggle, más sabiendo que la encontrarías en una buena librería de Londres. Hermione no dejaba de asistir a diario a aquella librería, tan cercana al centro de reuniones del congreso en el que ella y Libby asistían. Fue una verdadera fortuna que la vieras aquel día, precisamente el último de su viaje.

-Me quedé estático cuando la reconocí – confesó Harry con vergüenza.

-Es natural, Harry. Tienen un pasado que los une eternamente – repuso Dumbledore – Solo era cuestión de tiempo que se encontraran cara a cara. Cuando por fin lo hicieron, aunque primero hayas tenido que seguirla – continuó. Harry lo miró con las cejas arqueadas –. Si, te vi seguirlos bajo tu capa invisible… Entonces comprendí que ya nada tenía que hacer. Entre ustedes resolverían todo. Y lo hicieron muy bien, Harry, esa niña los unirá más.

-¿Cómo sabe que tendremos una niña? – preguntó Harry, con la idea de que Dumbledore utilizaba la bola de cristal de la profesora Trenawley.

-En cuando James y tu salieron de La Madriguera llegué yo – contestó el profesor con una tímida sonrisa –. No me dejaron aterrizar en paz cuando ya me lo estaban contando.

-Mujeres tenían que ser… Si usted sabía que Hermione y yo nos habíamos reencontrado ¿Por qué hasta ahora vino a hablar conmigo?

-Primero, porque tenía que esperar a que su encuentro tuviera una evolución, ya sea para que regresaran o para que cada cual siguiera con su vida – explicó Dumbledore –. Y segundo, porque no había conseguido el coraje necesario para verte.

Harry lo miró durante algunos segundos, impasible. Después dirigió su mirada a James. Bonitas excusas.

-Sé que no estás conforme con lo que te dije, pero es la verdad.

-No debería seguir leyendo mi mente – repuso Harry.

-No es necesario leerla. Con tu mirada lo dices todo.

James volvió a la carga, lanzándose sobre otro gnomo ya que con el que jugaba anteriormente le suplicaba que lo dejara descansar un poquito más.

-No solo tiene el mismo nombre del abuelo, también tiene su misma actitud – comentó Dumbledore en tono pensativo.

-¿Qué quiere decir?

-Siempre te han dicho que tu padre solía ser un poco indisciplinado… bueno, yo no lo llamaría de esa manera, diría que era curiosos y travieso. Tu hijo no es la excepción, ¿verdad?

Harry sonrió. Si había alguien más curiosos que James era Ron, pero en la cocina.

-Nos veremos en el matrimonio de Ginny, Harry – dijo Dumbledore a manera de despedida –. A James lo veré en unos años más, en Hogwarts.

Harry abrió la boca para preguntarle a Dumbledore si ya había leído la lista, pero él, con rapidez, se llevó el dedo índice a los labios para que guardara silencio, y le guiñó un ojo. Caminó hasta La Madriguera (seguramente viajaría por la red flu) y al abrir la puerta se encontró con Mádison. La niña lo saludó moviendo la mano y salió corriendo. Avanzó hasta James, pero se detuvo en seco cuando lo vio tan despeinado y mugriento.

-¿Quieres jugar? – le preguntó el niño, deteniendo por unos segundos su acción de vueltas con el gnomo.

Mádison negó con vacilación. Dio media vuelta, corrió hasta Harry y se escondió tras él. James y el gnomo se miraron, y encogiéndose de hombros decidieron reiniciar el juego.

-Los humanos no saben disfrutar de la vida – opinó con la voz gruñona el gnomo con el que había peleado primero James –. No sabes lo divertido que es.

-No, gracias – repuso Mádison con indiferencia.

-No sé para qué te cuidas tanto – replicó el gnomo –, si de todas maneras ese vestido se va a ensuciar.

-Mi hermoso vestido jamás se ensucia – lo contradijo Mádison –. Es divino, inmune a bichos como tú.

El gnomo ignoró por completo el insulto de Mádison porque se encogió de hombros. Pero, pese a lo que Harry pensó, la criatura tomó un puñado de tierra y se lo lanzó a Mádison, impactando y ensuciando su bella falda beige.

-Te dije que se iba a ensuciar – dijo el gnomo con voz de santurrón, tomando otro puñado de tierra.

Mádison gritó con horror ante aquel atentado y cuando vio al gnomo correr hacia ella, se agarró fuertemente de las piernas de Harry en busca de protección. El gnomo la alcanzó y comenzaron a correr alrededor de Harry, sin que la niña lo soltara plenamente. El gnomo reía con malicia, Mádison gritaba con agitación. De verlos correr con tanta rapidez Harry se mareó; en ocasiones Mádison lo abrazaba tan fuerte, especialmente a la altura de las rodillas, que sintió quedarse sin circulación. Entonces, sucedió lo esperado; a Harry se le doblaron las rodillas y cayó sentado, aplastando al gnomo. Mádison reaccionó a tiempo para no caer enredada con ellos, sin embargo cayó boca abajo, al lado de Harry, ensuciando su hermoso vestido.

-Bicho feo – chilló la niña, levantándose. Su rostro estaba rojo por la ira – ¡Mi vestido!

Sentándose en el suelo se llevó ambas manos al rostro y sollozó.

-Ya, ya – le dijo James, sentándose a su lado y dándole unas palmaditas de apoyo en la espalda.

-Me muero… me muero – balbuceó el gnomo sin aliento. Harry lo estaba estripando.

-Esta torrencial lluvia nos impide ver con precisión lo que está ocurriendo en este, hasta hace un momento, emocionante partido – decía Lee Jordan desde muy lejos. El sonido de la lluvia distanciaba sus comentarios –. Pobrecitos. Y pensar que ninguno de los dos capitanes se ha puesto de acuerdo para detener el partido. Por eso seguiremos intentando ver cómo avanza la cosa que hasta ahora va 50 a 20 a favor de los Tsunami de Malvern Hill.

-¡Es el colmo! Nos van a provocar una gripa a todos – opinó Nick Jordan descaradamente.

-Afortunadamente fuimos precavidos y trajimos paraguas, ¿Qué tomas? ¿Chocolate? – quiso saber Lee.

-Si, y bien caliente – confirmó su hermano –. Los vendedores del estadio están haciendo su agosto.

-Es una lástima que la liga no se juegue en Agosto, así no tendríamos que soportar este clima tan nefasto para el espectáculo. Hedman golpea la bludger hacia Roddick, o será a la otra cazadora, Grart… Bueno, la lanzó hacia alguno de los dos cazadores que iban directo hacia Weasley y a los cuales les interrumpió por completo la trayectoria de lanzamiento…

Harry, quien observaba el juego varios metros por encima de sus compañeros. Iba de un lado al otro del campo de juego buscando con esmero la pequeña snitch, ahora casi imperceptible, la cantidad de agua que caía dificultaba mucho la visión. Harry pensó en James, en lo aburrido que estaba con la lluvia (la detestaba), y tal vez en lo temeroso, en cualquier momento un trueno o un rayo se haría presente. Tenía que apurarse en atraparla; un incidente como ese estropearía por completo el deseo de Harry, que a James le gustara el quidditch.

-¡GOL! – gritó Lee –Pero, ¿de quién? ¡Oh, si! ¡De los Chudley Cannons, anotación de Devon Corp. Y la cuenta se reduce 50 a 30.

Pasó por su lado, aleteando con descaro. Harry estiró el brazo, pero la snitch se escurrió entre sus dedos; estaba demasiado resbalosa.

-¡Demonios! – exclamó Harry con ira, yendo tras ella.

No la perdería de vista, no podía, menos ahora que la distinguía un poco. La velocidad fue aumentando, así como el ardor en el rostro por el golpe de las gotas de agua que lo quemaban. Se olvidó un poco de esa molestia, atrapar la snitch era su prioridad. Descendió en picada cuando la vio dirigirse al suelo, ahora las gotas quemaban su nuca y sus orejas. Los gritos de los espectadores rompían un poco el sonido de la lluvia.

-Más rápido… más rápido – susurró Harry, estirando el brazo al máximo.

La snitch inesperadamente dobló a su derecha, pero Harry fue lo suficientemente rápido como para atraparla, empuñando la mano con fuerza.

-¡SI! – gritó con alegría.

Pero se quedó de piedra cuando vio el suelo demasiado cerca. Con la mano izquierda logró levantar el palo de la escoba todo lo que pudo, lo suficiente como para seguir volando unos metros horizontalmente, hasta que la punta del mango se enterró en la gramilla de la cancha. Harry salió despedido hacia delante, rodando varias veces en el suelo, hasta que quedó boca arriba. Las gotas de lluvia podrían lavar su sucia cara.

-La próxima vez deberías ser más considerado – le recriminó Katherine a Ralph cuando ya estaban en el camerino –. Por tu culpa nos va a dar una neumonía ¿Por qué no detuviste el partido?

-Si conocieras las verdaderas razones… Siéntate que les voy a decir algo. No me mires así que no pienso expulsarte – le dijo Ralph con exasperación.

Mojados de pies a cabeza y con todo el asco de sentarse como estaban, tanto jugadores titulares como suplentes prefirieron mantenerse de pie.

-Como quieran. Mallo, hazte tras ella – le indicó Ralph al chico, señalando a Belinda –. La razón por la que no pedí una suspensión del juego era porque sabía que íbamos a ganar…

-Desde que se inventaron las excusas… - murmuró Devon con ironía.

-Y si se suspendía se enterarían antes de tiempo – siguió Ralph, mirando a Devon con serias intenciones de sancionarlo –, y eso no lo podía permitir. Crearía una confianza excesiva y los conozco demasiado, hubieran subestimado a nuestro rival de hoy. Antes de comenzar el juego me enteré que trece segundos después de iniciado el otro partido la buscadora de Holyhead Harpies había atrapado la snitch y los Montose Magpies perdieron. Con nuestro triunfo de hoy los igualamos en puntos y compartimos el liderato de la liga.

Belinda perdió el equilibrio por la impactante noticia. Mallo la detuvo justo a tiempo.

El camerino se llenó de gritos de júbilo, entre todos se abrazaban escurriendo agua por montón. Ralph sonreía con serenidad.

-Séquense, cámbiense y cada cual para su casa – les ordenó sin dejar de sonreír –. El título sólo depende de nosotros y de los tres partidos que aún nos quedan.

-Se siente bien tener ropa seca – opinó Devon, minutos después cuando salían del camerino –. Qué importa si no está caliente, lo que importa es que estamos de líderes. Nunca creí que diría esto, pero… - dudó unos segundos y bajó la voz para que solo Harry y Ron lo escucharan –: Creo que la labor de Ralph ha dado sus resultados.

-Ni se te ocurra decírselo – le advirtió Ron en tono amenazador.

-¡Estás loco! – repuso Devon –. Sería como suicidarnos.

Sus familiares los esperaban en la salida de los camerinos, algunos de ellos tan mojados como lo estaba anteriormente el equipo, otros parecieron contar con suerte y llevaron paraguas; pero todos felices, ya sabían del co-liderato de la liga.

-Ya lo saben, ¿verdad? – preguntó Harry cuando se reunió con Hermione y James. Ella lo recibió con una sonrisa.

-Si, lo supimos a los pocos minutos que comenzaron a jugar – contestó ella y le dio un beso en los labios.

-Yo te vi atraparla – le contó James con emoción, agarrando un puñado de aire.

-¿Cómo es eso? La visión estaba imposible – dijo Harry, cargando a James.

-No estuvimos en las tribunas. Vimos lo poco del partido desde aquí abajo.

Harry comprendió por qué ni ellos ni Libby estaban mojados.

-No fue muy cómodo tener la vista en el cielo por cuarenta minutos – siguió Hermione, masajeándose la nuca.

-Lo siento – se disculpó Harry con sinceridad.

Hermione lo abrazó y le dio un beso en el cuello.

-No tienes por qué disculparte – repuso ella, hablándole al oído –. No pudimos subir, habían muchos reporteros en las tribunas.

-¿Qué? – inquirió Harry. No podía creer que ahora estuvieran acechando a Hermione.

-Bueno, me imagino que luego del artículo de El Profeta… - apuntó Hermione con timidez.

Harry resopló con exasperación, quería salir lo más rápido posible de allí.

-¡Ron! ¿vienen? – le preguntó a su amigo.

Para sorpresa suya Libby le acomodaba el mojado cabello. Lo extraño era que Ron jamás permitía semejante acto, ni siquiera a su madre.

-Si, no vale la pena viajar con semejante lluvia – contestó el pelirrojo –. El auto es más cómodo.

-¡Vamos, si ya lo peor pasó! – lo contradijo Libby –. Es una lloviznita no más.

-Pues si, comparado con el vendaval que tuvimos que soportar…

Al salir del estadio Harry le dio la razón a Libby. Aún llovía, pero las gotas eran finas, apenas perceptibles por la piel. No alcanzaron a dar dos pasos cuando una decena de periodistas les cerró el paso.

-¡Son ellos! ¡Son ellos! ¿Algunas palabras para la revista Corazón de Bruja? – preguntó uno de los reporteros, con pergamino y pluma vuelapluma a mano.

Harry frunció el ceño y alcanzó a cubrir el rostro de James con una mano antes de que le tomaran cualquier foto. Por lo menos él merecía crecer en el anonimato.

-Dame a James y márchate con Hermione – le susurró Libby.

-¿Qué?

-Divide y vencerás.

Sin pensarlo dos veces Harry hizo lo que Libby le indicó, y ella, al tener a James en los brazos, repitió lo de Harry: cubrirle el rostro. Tomó la mano de Hermione y doblaron a la derecha; Ron, Libby y James fueron a la izquierda.

-¡Síganlos! – exclamó uno de los reporteros.

-¿A quién? ¿Al niño? ¿A la chica?

Harry miró atrás por un instante, alcanzó a ver cómo se debatían los reporteros en cuál era la mejor foto, la de Hermione o la de James. Unos daban un paso y se devolvían; otros miraban a lado y lado sin definirse.

-Buen plan – dijo Harry, acelerando el paso.

-¿Qué vamos a hacer? – preguntó Hermione –. Ellos se van en el auto, pero, ¿nosotros?

Harry no contestó a esa pregunta, en lugar de eso buscó la varita de su pantalón. Levantó la mano al cielo con la varita empuñada. Miró a Hermione.

-¿Lo recuerdas? – le preguntó. Ella sonrió con picardía – ¡Accio Saeta de Fuego!

-¿La tienes aquí?

-Guardada desde el año pasado – le contó Harry, escuchando cómo su vieja escoba rasgaba el aire yendo hacia él –, desde antes del inicio de la temporada, cuando cambiamos de escoba.

La saeta se detuvo junto a él, lista para que la montaran. Harry lo hizo primero y le estiró la mano a Hermione, invitándola. Ella, con cierto temor, no lo dudó y se sentó delante de Harry, no de la misma manera que él, más bien de lado.

-¿Lista? Bien, allá vamos.

Dio una patada en el suelo y se elevaron a gran velocidad por lo menos quince metros. Mientras se alejaban de los desilusionados reporteros el corazón de Harry se invadió de nostalgia. Con Hermione volando junto a él vinieron a su memoria muchos recuerdos del colegio. Ella lo abrazó con fuerza, descansando la cabeza en su hombro. Al oírla suspirar supuso que sentía lo mismo.