36
LA REJA
En las semanas siguientes al frustrado encuentro con los reporteros, éstos, en cada partido de quidditch buscaron por todos los medios acercarse a Hermione y a James; pero gracias a la habilidad mental de Hermione y la malicia innata de Libby, lograban camuflarse entre la multitud de fanáticos. En el trabajo de ella las cosas tampoco marchaban muy fáciles. Una semana después de publicado el artículo de El Profeta, cuando Hermione se reintegró a sus labores, sus compañeros no dejaban de acosarla con preguntas durante todo el día. Ante la poquísima voluntad de los redactores para trabajar, al señor Burke no le quedó más de otra que amenazarlos con suspenderlos por varios días y si eso no era suficiente los pondría a limpiar los baños públicos del Callejón Diagon, sin magia.
Harry también recibió su tajada de pastel por parte de los curiosos. En los otros dos partidos de quidditch que se jugaron en abril los jugadores de los equipos contrarios no le perdían la pista. Los que mejor aprovecharon esa "inesperada" distracción fueron Belinda, Katherine y Devon, quienes anotaban con mucha facilidad, logrando que el equipo ganara con una amplia ventaja, además de producir en Ralph un anormal espíritu de compasión hacia el equipo por la tranquilidad que le causaba tener más anotaciones en el conteo general que los Montrose Magpies.
Al llegar mayo los nervios de la familia Weasley aumentaron. En los primeros días del mes se evidenció el caos que producía la proximidad de la ceremonia de Ginny. Bill y Fleur regresaron de Francia para colaborar con los detalles finales. Charlie ofreció un magnífico carruaje de bodas, tirado por un dragón, pero la señora Weasley desechó de plano la idea, horrorizada de imaginarse lo chamuscado que quedaría el vestido de novia. Percy, gracias a su excelente posición en el ministerio, contrató a los mejores decoradores de exteriores del mundo mágico inglés. Aprovechando que el enlace se efectuaría en las horas de la mañana, le ofreció a su hermana una ambientación de jardín del edén, y no permitió que Fred y George metieran sus criminales manos. Pese a eso, fueron los gemelos quienes se encargaron de la despedida de soltero de Richard. Invitaron a sus amigos muggles y magos, dos noches antes de la ceremonia (se llevaría a cabo un día sábado) y aprovechando que ese fin de semana no había fecha en la liga porque la selección inglesa definiría su clasificación para la Eurocopa, Harry y Ron pudieron asistir con total libertad.
La noche en cuestión Hermione despidió a Harry con una clara mirada de advertencia, si no se comportaba bien se arrepentiría. Ron también fue víctima de las insinuantes miradas de Libby; a pesar que la chica parecía tener una mente más abierta que la de Hermione, en aquel momento afloró lo que se le pegó de ella, pero mucho más drástica, era capaz de matar a Ron con una cucharita. Además, estaba muy sensible porque esa noche emitirían el último capítulo de Friends.
-Ay que ver como se ponen, ¡si no vamos a hacer nada malo! – declaró Ron cuando conducía hacia Londres. Habían quedado de iniciar la fiesta apostando y perdiendo en un casino.
-Están celosas – aseguró Harry.
-¿De qué? – replicó Ron –. Yo he sido un novio muy cumplido ¿Y Hermione? Me extraña de ella.
Harry carraspeó por la incomodidad. En realidad desde que Hermione salió del hospital no había sido capaz de tocarle un pelo, por eso últimamente lucía bastante irritada.
-¿Cuánto dinero tras? – le preguntó Harry, para cambiar de tema.
-No mucho. Estoy ahorrando.
-¿Tú?
-Si, es raro, pero hay que pensar en el futuro.
Se reunieron con los demás chicos Weasley, Richard y sus amigos poco antes de las diez de la noche. Entre todos no sumaban más de veinte y en el estacionamiento del casino Charlie pidió las varitas mágicas de todos mientras Richard distraía a seis de sus amigos, los muggles.
-¿Y, para qué? – preguntó uno de los amigos de Richard llamado Linus. Era bonachón y alto, entregando la varita de mala gana.
-La gracia es disfrutar de todo lo más sencillo posible, sin hacer trampa – razonó Charlie. Percy asintió de inmediato –. Si queremos decir grocerías porque no ganamos o simplemente perdemos, pues bienvenidas sean. Sin contar que no debemos levantar sospechas entre los muggles.
-Pero nos las regresa cuando vallamos a Céfiro – pidió George.
-¿Y para qué? – inquirió Percy.
-Hay que ofrecerles cosas magníficas a las chicas – repuso Fred.
-Donde Angelina te oiga… - comentó Bill por lo bajo.
Ingresaron en el casino y los amigos magos de Richard se quedaron con la boca abierta; a leguas se les veía que jamás habían entrado en uno. Bill les dio un codazo a un par de ellos para que no llamaran tanto la atención. El ruido de las ruletas, el timbre de las máquinas tragamonedas y las cartas que chocaban una contra otra mientras las revolvían inundaba el lugar. De vez en cuando se escuchaba el golpe de los dados. Se dividieron en dos grupos, unos fueron directo a las llamativas y ruidosas máquinas tragamonedas; otros prefirieron los juegos de mesa.
La mayoría de los amigos magos de Richard estaban fascinadísimos con las tragamonedas. Charlie y Fred estuvieron con ellos para evitar a toda costa que llamaran excesivamente la atención a causa de las exclamaciones de asombro y los estrambóticos "vivas" que gritaban cada vez que alguno de ellos ganaba unas cuantas monedas. Harry, desde la mesa donde jugaba tranquilamente veintiuno vio en varias ocasiones a Linus golpear con fuerza los lados de su maquinita de juego para que ésta le diera más monedas de las que había ganado. Después de más de dos horas de ganar, perder y maldecir, los hombres salieron del casino, algunos con los bolsillos más vacíos de lo que habían entrado.
-Está muy entretenido – opinó uno de los amigos muggles de Richard, de cabello rubio rojizo y rostro de simio –. Pero, yo me esperaba otra cosa en tu despedida, Richard.
-¿Acaso no sabes que la pasión de un hombre es el juego, el trago, y las viejas? – le preguntó Fred.
-Y el fútbol – complementó el amigo de Richard.
-Si, pero a esta hora no hay liga – observó George –. Por eso ya vamos por el trago y las viejas.
-Chicos, no creo... – comenzó a decir Richard.
-Cuñado, esta es de las últimas noches de soltería – lo interrumpió Charlie con descaro, tomándole los hombros –, tienes que aprovecharlo. El matrimonio es una cárcel para toda la vida… Sino, pregúntale a Bill.
-Con cuidado – le advirtió su hermano –. Afortunadamente estoy muy bien casado, y tu también lo estarás, Richard. No podría afirmar lo mismo de ti, Charlie.
-Hay muchas facetas de mi vida que todavía desconoces – repuso Charlie –. Tal vez les de la sorpresa más pronto de lo que esperan…
-¡Dejen de hablar como viejas cotorras! – exclamó George –. Hay chicas que visitar.
Charlie devolvió la varita a cada mago del grupo, lo que indicaba que George tenía razón, irían por las chicas a Céfiro. No tardaron mucho en llegar a ese lugar. La fachada, en ladrillo viejo y corroído era iluminada por un aviso en neón que rezaba el nombre del establecimiento. En cada extremo del aviso un par de palmeras que titilaban en un efecto de movimiento de hojas. En la entrada, abarrotada de gente con ansias inmensas por ingresar, estaban parados dos enormes guardias de seguridad. Inmensos hombres negros con los brazos cruzados y cara de pocos amigos. Si alguien intentaba ingresar ellos simplemente estiraban una mano, impidiéndoles el paso. Cuando Fred y George se acercaron a uno de ellos, abriéndose paso tranquilamente entre la multitud, Harry creyó que en cualquier momento los vería volando, sin necesidad de escobas, por encima de su cabeza.
Hablaron con el guardia con la mayor confianza del mundo, aunque él permanecía impasible. Nunca supieron lo que le dijeron, con el murmullo de la gente era imposible escuchar. Luego de varios minutos George les hizo una seña para que siguieran y uno a uno fueron ingresando en el lugar. Harry fue de los últimos en entrar.
-Este no – escuchó que decía George –. Es un colado.
Harry miró hacia atrás. Un chico que jamás en su vida había visto fue atajado por el enorme guarda, parándose delante de él.
-Hay que ver cómo son de vivos estos muggles – murmuró George, entrando tras Harry.
Cuatro tarimas, ubicadas en cada esquina del local era lo más llamativo del sitio, cada una con una decoración épica diferente. Fred los condujo hasta la tarima de la esquina inferior izquierda, con la ambientación del coliseo romano. Unos cuantos caballeros bebían despreocupadamente al lado de ella, pese a que no mostraba ningún show como las otras. Al otro lado Harry distinguió a dos chicas vestidas con trajes griegos; bastantes cortos, por cierto, que se acariciaban y desvestían una a la otra mientras que otras tres, ya solo tapadas por una diminuta tanga, recogían el dinero que los espectadores de esa tarima les lanzaban.
-Traseros de calidad – aseguró Ron. Harry y Charlie asintieron a la vez.
Se sentaron en una mesa larga, justo frente a la tarima del coliseo romano. Los amigos magos de Richard se frotaban la manos con entusiasmo; se les notaba, sin ningún disimulo, que era la primera vez que estaban en un sitio así. A los pocos minutos una camarera vestida con un traje inusualmente formal les dio la bienvenida. Fred y George se desilusionaron al verla en pantalón negro, delantal del mismo color, camisa blanca de mangas largas abotonada hasta el cuello y corbatín de moñito negro.
-¿Qué desean tomar? – les preguntó en voz alta debido a la música.
-Whisky de fuego – contestaron tres de los amigos magos de Richard.
-…
-Whisky en las rocas – se apresuró a decir Harry –. Para mí un tequila.
-Que copión – le reprochó Ron –. Yo quería lo mismo.
Así, cada cual pidió su bebida y cuando la camarera regreso y puso sobre la mesa la última copa el escenario se oscureció por completo.
-Ya va a comenzar. Disfrútenlo – les dijo la chica, alejándose de ellos.
-Bueno, la cuenta la paga Percy – dijo Bill.
-¿Qué? – saltó Percy.
-Tu fuiste quien más dinero ganó en el casino – observó Ron –, no te hagas.
La música seguía sonando con un ritmo de pop electrónico y el escenario fue habitado por cinco sombras delgadas. Las luces se encendieron de nuevo, pero eran las del piso, que les daba una iluminación especial a las chicas. Cinco mujeres vestidas de sexys y atrevidas gladiadoras, cada una con un arma en particular. Dos de ellas llevaban el cabello suelto, las otras tres cogido en una alta coleta; las cinco con las manos en la cintura, desafiantes.
Y comenzó el espectáculo. Las cinco mujeres bailando llamativamente en una coordinada coreografía. Movían la cabeza de tal manera que el cabello parecía cobrar vida propia por unos instantes. Las cortas faldas, en pliegues de cuero, iban de un lado al otro conforme movían sus caderas. El torso, cubierto por un sostén de cuero en aplicaciones de metal se doblaba con una elasticidad asombrosa. Entonces, cada una sacó su arma. Dos de ellas tenían espadas, otras dos unos báculos casi de su altura, la última un largo látigo. Tres se situaron frente a la mesa de los chicos, las otras dos frente a la mesa que estaba anteriormente ocupada, y sin abandonar esa postura amenazadora, siguieron bailando para ellos.
-Están muy buenas – opinó uno de los amigos magos de Richard.
-Las mejores de Londres – aseguró George, rebosante de orgullo.
Luego, él y Fred señalaron a Richard, indicándoles a las chicas quién era el homenajeado. La bailarina del látigo, una chica delgada y de cabello castaño, se paró sobre la mesa y bailó provocativamente para él. Un colectivo "Uhh" invadió la mesa. Las otras dos chicas que se quedaron en el escenario comenzaron un combate de espadas. La gladiadora del látigo lo blandió y al golpear con la mesa un vaso se hizo añicos, de inmediato los chicos cogieron los suyos y echaron la espalda hacia atrás. Poco a poco las prendas de las bailarinas fueron desapareciendo. Las luchadoras de las espadas se las quitaron la una a la otra con acción de las armas; la bailarina de la mesa lo hizo por si sola, las tres quedaron con un diminuto conjunto de ropa interior en cuero. Los chicos les lanzaron dinero, querían ver más. Uno de los magos lanzó unos cuantos galeones al escenario. Percy lo detuvo ante la mirada de los muggles que los acompañaban, un galeón le había pegado en la frente a una de las chicas de la espada. Las bailarinas de los báculos estaban un poco alejadas, distrayendo a los caballeros de la otra mesa, como para enterarse de lo que estaba sucediendo.
Entonces, vino lo mejor de la noche; las gladiadoras de la espada se quitaron el sostén, rasgándolo con el arma justo en medio de los senos, dándolos a conocer, eran grandes y redondos. Todos los chicos se quedaron de una pieza, algunos con su vaso de licor a medio camino de la boca.
-Libby las tiene más bonitas – murmuró Ron, analizándolas con mirada crítica.
Harry también las analizó y de inmediato la imagen de Hermione apareció en su cabeza. No era tan bien dotada en comparación con aquellas bailarinas, pero eso a él no le importaba, siempre había estado enamorado de su figura, y ha sabido disfrutarla. No quería una chica hecha en el quirófano.
Un grito de entusiasmo lo sacó de su exhaustivo análisis. La bailarina del látigo estaba a gatas sobre la mesa. Frente a Richard, indicándole que desabrochara su sostén. El chico acercó su mano temblorosa al broche, ubicado en la parte delantera, y con cierta torpeza lo logró. La bailarina se lo quitó, obsequiándoselo a Richard, quien no lograba cerrar la boca.
Uno de los caballeros de la otra mesa la llamó para que también bailara para ellos.
-¡Nosotros la vimos primero! – saltó Linus.
Al parecer aquel comentario ofendió mucho al caballero porque se levantó con rapidez. Las dos bailarinas que estaban con ellos se despidieron apresuradamente y recogieron su dinero. Lo mismo hicieron las tres bailarinas de la mesa de Harry, aunque antes de marcharse la chica del látigo le dio un fuerte beso a Richard en los labios y exclamó:
-¡Que seas muy feliz en tu matrimonio!
Lo que ocurrió después fue incomprensible. Cuando menos pensaron, algunos amigos de Richard se estaban dando golpes con los caballeros de la otra mesa. Las otras bailarinas gritaron. Más hombres se sumaron a la pelea y arrastraron con ello a todo el público del lugar. Unos enormes guardas de seguridad trataron de controlarlos. Lo último que recordó Harry fue ver una silla volando directo a su cabeza.
Cuando despertó se dio cuenta que estaba sentado en el suelo, apoyando la espalda y la cabeza en un frío rincón. Escuchó murmullos y risas flojas, y abrió los ojos para cerrarlos de inmediato. Un fuerte dolor de cabeza lo aquejaba, pero no por el licor, no había bebido lo suficiente. Luego lo comprendió, fue por el sillazo.
-¿Qué tal la cabeza, Harry? – le preguntó alguien.
Tardó varios segundos en reconocer aquella voz. Era Bill.
-¿Qué ocurrió? – le preguntó Harry con esfuerzo.
-Se despertó el instinto animal de los hombres – le contó Bill.
-¿En dónde estamos?
-En la cárcel – respondió otra voz, la de Fred.
Harry abrió los ojos de golpe. Era cierto. Él, Fred, Bill y otro hombre qye kes daba la espalda estaban encerrados en una habitación gris, los barrotes eran blancos. Intentó levantarse, pero el dolor de cabeza se lo impidió.
-No vale la pena que te esfuerces – le dijo Bill entre risas –. Total, no nos dejarán salir.
-¿Dónde están los demás? – preguntó Harry, dándose por vencido en sus intenciones de levantarse.
-En otras celdas.
-¿Cuántos años recibimos de condena? – quiso saber Harry, lleno de pesimismo.
Bill y Fred volvieron a reírse.
-Estamos en una estación de policía – le aclaró Fred –. He hecho cosas peores que no me han enviado a Azkaban.
-¿Qué es Azkaban? – preguntó el hombre que los acompañaba.
-Es una cárcel de mala muerte de Bristol – se apresuró a decir Bill.
-Ahh – musitó el hombre con indiferencia y volvió a darles la espalda.
-Este lo atraparon por ladrón – le contó Fred a Harry en tono confidencial.
-¿Qué hora es?
-Las cuatro de la mañana – informó Bill.
-Afortunadamente no tengo entrenamiento – comentó Harry.
-Y no tienes de qué quejarte, a comparación de cómo quedó Linus – dijo Bill.
-Pobre gordo – siguió su hermano –. Eso le pasa por bocón.
-¿Qué le hicieron?
-Literalmente lo desinflaron a punta de golpes – contestó Bill –. No fue fácil. A más de uno le partió el diente, ¿verdad, Fred?
Fred soltó una carcajada de solo recordarlo. Harry los miró con mayor detenimiento. Ambos lucían un tanto andrajosos, Bill tenía un rastro de sangre en la nariz.
-¡Potter, Harry James! – lo llamó la voz de un hombre.
Harry lo miró. Era un policía.
-Soy yo.
-Levántese – le indicó el policía –. Ya pagaron su multa. Puede irse.
Harry arqueó las cejas ¿Quién a esas horas de la madrugada había ido en su rescate?
Con la ayuda de Bill y Fred se levantó. Lo acompañaron hasta la reja, donde el policía la abrió y Harry salió con torpeza. Caminaron por un corto pasillo, que a ambos lados tenía celdas. Alcanzó a distinguir unas cuantas cabezas pelirrojas antes de salir de aquel lugar. Pasaron al lado de unos escritorios. El policía se detuvo en uno de ellos y le hizo firmar a Harry un documento para que pudiera salir. Pasó por una barra donde un agente anotaba el relato de una mujer y al llegar a la sala de espera se sorprendió. Allí sentada estaba Hermione, con una coleta floja en el cabello y una gabardina hasta las rodillas que le cubría en gran parte su pijama de pantalón. Se levantó en cuento vio a Harry, estaba bastante seria. Él tragó saliva.
-¿Cómo te sientes?
-Me duele mucho la cabeza- dijo Harry con sinceridad.
-El golpe debió ser muy fuerte – repuso Hermione, tomando su brazo –. Vamos a casa, te daré algo.
Harry se preguntó cómo se enteró que fue golpeado, también las razones por las cuales estaba allí; se suponía que debía estar durmiendo.
En la entrada de la estación, apoyada sobre el marco de la puerta, estaba parada una mujer alta. El cabello recogido en un moño deforme, el rostro cubierto por una mascarilla de barro verdoso; aquel esperpento les estaba impidiendo el paso.
-Ya está – le dijo Hermione –. Es hora de irnos. Los señores Weasley vendrán por los demás.
Harry comprendió que aquella mujer era Libby. A su lado estaba Ron, tan rojo como un tomate. Ingresaron dos caballeros antes de que salieran de la estación y Libby se prendió al cuello de Ron. Ambos hombres lo miraron con preocupación por dejarse abrazar de semejante monstruo.
-Te advertí que si no te comportabas te arrepentirías – le dijo Libby, camino al estacionamiento.
-Pero, no hice nada malo – replicó Ron – ¡Lo juro! ¡Harry es testigo!
-Es cierto – intervino Harry.
-Claro, entre bomberos no se pisan las mangueras – repuso Libby con ironía.
-Si me porté lo más de juicioso – aseguró Ron –. Todo fue culpa del idiota de Linus. Ya te lo expliqué todo.
-A enredar al duende, Ron – espectó Libby.
-¿Cómo supieron que estábamos aquí? – preguntó Harry.
-Ron tuvo la decencia de llamar a avisarnos – contestó Libby, sacando las llaves de la mini-van de Harry –. Vinimos voladas y les avisamos a los señores Weasley.
Harry se imaginó que en cuanto se enteraron y pasaron por el vestíbulo seguramente vieron las manillas del reloj con las fotografías de los chicos Weasley indicando "En la cárcel"
Al final, Libby los llevó hasta el apartamento de los padres de Hermione. Parecía un corto camino hacia el infierno por la cara que puso Ron durante el trayecto. Libby no permitió que la acompañara en la parte delantera, prácticamente le ordenó que viajara en el asiento trasero con Harry. Cuando él y Hermione se bajaron del auto ron pretendió hacer lo mismo, pero la voz de Libby lo detuvo.
-No te bajes.
-¿Cómo? – inquirió Ron.
-Hay cosas que aclarar – observó Libby con seriedad –. Vamos a casa de Harry.
Ron pegó sus manos al vidrio de la ventana, mirando a Harry de una manera suplicante, esperando por su rescate. Cuando el auto se alejó, Ron no había dejado su postura; parecía un niño angustiado que se dirigía a la cita con su dentista.
-Esto te servirá para el dolor – le dijo Hermione a Harry, brindándole un vaso con agua y una cápsula. Estaban en la cocina.
-Gracias…
-También te pondré paños de agua fría – siguió Hermione, llevando una vasija pequeña con agua –. Hay que controlar esa hinchazón.
Caminaron en silencio hasta la habitación de Hermione. Ella sacó de su armario una toalla de mano blanca y la metió en la vasija. Harry se sentó en su lugar de la cama. Apenas se había quitado los zapatos.
-Bueno, un par de estas y podrás dormir bien – opinó Hermione, sentándose a su lado y colocando la húmeda toalla sobre su cabeza.
Un frío placentero recorrió la frente y la nuca. Cerró los ojos para relajarse mejor.
-Hermione, te aseguro que…
-Ahora no, Harry – lo interrumpió ella sin alterarse –. Créeme, no estoy con el humor y la disposición para entenderte. Podríamos discutir.
Harry prefirió hacerle caso y dormir en paz.
Cuando ya había pasado el medio día se levantó. Al principio tuvo un mareo, teniendo que quedarse sentado por unos instantes para tomar aire. Se llevó una mano a la cabeza, no estaba tan inflamada como pensaba; pese a eso, aún le dolía.
-¿Qué tal dormiste? – le preguntó Hermione, ingresando en la habitación.
-Bien – musitó Harry, limpiando distraídamente sus gafas.
La miró durante algunos segundos, estaba hurgando en su armario, buscando qué ponerse.
-¿Adonde vas?
-Vamos – especificó ella.
-Hoy es el control muggle, ¿no lo recuerdas?
Harry hizo un descomunal esfuerzo mental debido al dolor de cabeza. Si, la madre de Hermione prácticamente les había exigido que asistieran donde un ginecólogo de verdad, alguien con criterio clínico para asegurarles que todo estaba bien.
-Si… si – dijo Harry tontamente. Hermione dejó sobre la cama una muda de ropa para él – ¿No fuiste a trabajar?
-Si, estuve un par de horas en la oficina – contestó Hermione.
-Ya – replicó Harry con un dejo de ironía. Nuevamente lo había dejado solo.
-Hay agua caliente para que te bañes – continuó Hermione – y el almuerzo está casi listo. Mamá irá por James al colegio, yo tengo que ir donde la modista por mi vestido.
-¿Podré verlo?
-No.
-¿Por qué? – preguntó Harry con el ceño fruncido.
-Sorpresa, sorpresa – repuso Hermione sonriendo con picardía.
La cita era en el hospital local, ubicado en la entrada norte del pueblo. Cuando llegaron tuvieron que esperar casi veinte minutos mientras el doctor terminaba de atender a otra paciente. Al ingresar al consultorio, bastante sencillo pero con los aparatos que se podrían considerar de última tecnología, el doctor Holmes los invitó a sentarse. No era tan joven, lo que les daba la confianza de que tuviera un poco de experiencia. Recibió la historia clínica que a Hermione le entregaron al darle de alta en el hospital.
-Bueno, según el registro del doctor que la atendió la caída no fue tan drástica – comentó el doctor Holmes, leyendo las hojas sentado tras su escritorio – La internaron durante un día por precaución…
-Así es – lo interrumpió Hermione.
-¿Ha sentido alguna molestia después del incidente?
-No, además de las nauseas matutinas.
-¿Rechazo a algunos alimentos?
-No.
-¿Alergia a medicamentos?
-Para nada.
-¿Dificultades al moverse?
-No.
-¿Trastorno del sueño?
-No.
-Muy bien – susurró el doctor y tomó un pequeño cartón que tenía números formando un círculo – ¿Ya les pronosticaron la fecha de nacimiento?
Harry y Hermione se miraron. Cuando a principio de año asistieron a la consulta de Madame Maecha ella no les había hablado al respecto, y en realidad tampoco se les ocurrió preguntar. Ambos negaron con la cabeza.
-¿Conoce la fecha exacta de gestación? – le preguntó el doctor a Hermione.
-Cinco de diciembre – contestó ella.
-Ya cumplió cinco meses – dijo el doctor, más para si.
En el cartón que había tomado movió una circunferencia del mismo material con cientos de huecos que dejaban ver los números. Luego, lo detuvo.
-Las cuentas dan para el veinte de agosto – les comunicó el doctor, dejando a un lado el doctor –. No se preocupen si la labor de parto se adelanta o se demora unos cuantos días… Suele ocurrir.
-¿Qué tan exactas son esos cálculos? – quiso saber Hermione.
-Del ochenta y siete por ciento. Ya le dije que la fecha puede varias. Ahora, acuéstese en la camilla, por favor. Voy a realizarle un ultrasonido.
Las cosas eran muy diferentes a como la había examinado Madame Maecha. Aunque el vientre quedó descubierto, a Madame Maecha le bastó con una luz de su varita para ver el embrión; en cambio, el doctor Holmes le aplicó un gel transparente que esparció por todo es estómago de Hermione con la ayuda de un escáner manual. Encendió un pequeño televisor y con el escáner recorrió todo el abdomen, buscando el lugar que le diera la mejor imagen del feto. Harry, sentado al lado de ella, esperó por la imagen, que debía ser un poco parecida a la que les mostró Madame Maecha en New York. Sería la primera vez que vería la forma humana de su hija, tal vez lograría verle el color de los ojos. Cual fue su desilusión al percatarse de la imagen, en blanco y negro, a duras penas se lograba distinguir el perfil del bebé. Hermione le apretó la mano sonriendo con ironía. Ella también pensaba lo mismo que él.
-Bien, bien – dijo el doctor, examinando la imagen –. Tiene un buen tamaño, veinte centímetros. ¿Ven esas hondas que salen de su pecho? Son los latidos del corazón.
-Entonces ¿no hay inconvenientes luego de la caída? – le preguntó Harry.
El doctor no contestó de inmediato. Ubicó el escáner en otra zona del vientre de Hermione y evaluó la imagen.
-No, para nada.
Harry sonrió con tranquilidad y besó a Hermione en los labios.
-¿Quieren saber qué será?
-Bueno – contestaron ambos al unísono, mansamente.
-Creo que es niña, ¡felicidades!
Luego de eso le tomó el paso y la presión a Hermione, encontrando todo dentro de lo normal. Había aumentado ocho kilos de su peso habitual. Antes de marcharse, Hermione quiso aclarar una inquietud con él.
-Vera… Es sobre Harry – le dijo ella, algo cohibida por su mirada.
-¿Qué sucede con él?
-Pues… - vaciló Hermione –. Desde hace semanas su comportamiento me desconcierta.
Harry cerró los ojos, incrédulo ante lo que estaba escuchando.
-¿En qué sentido? – indagó el doctor.
-En ocasio9nes su humor es irritable. En varias oportunidades me he fijado que tiene dolores lumbares y su apetito ha aumentado considerablemente…
-Hermione, no creo que él sea el especialista indicado para este asunto – la interrumpió Harry entre dientes.
-Por el contrario – repuso el doctor Holmes –. Lo que usted padece hace parte de un síndrome que estudia la ginecología moderna. Se denomina Síndrome de Couvade.
-¿Estoy enfermo?
-No, para nada. Lo que usted tiene es una reacción emocional y hormonal. El veinticinco por ciento de los hombres lo padecen. Es una manera en que el cuerpo y la mente manifiestan que usted intervino en el embarazo, que le importa la pareja y el bebé – explicó el doctor –. Voy a recetarle un medicamento que lo ayudará a contrarrestar los síntomas y nos veremos en un mes.
-Ahora eres tú el embarazado – se burlaba Hermione, sentados en el banco de un parque cercano.
-No es gracioso. A veces me siento mal, ¿sabes? – replicó Harry con enojo.
Hermione le untó la punta de la nariz con un poco de crema de helado.
-Pero, si es adorable saber que te importamos – dijo ella con una sonrisa. Le limpió la punta de la nariz con sus labios –. Es sexy.
Harry negó con la cabeza, sonriendo. Ella se acercó a su cuello y lo besó.
-Cerca hay un hotel, ¿Por qué no…?
-No, Hermione – susurró Harry –. Me da miedo.
-Pero ya escuchaste que todo va bien…
-Y quiero que todo siga así. Creí que solo te bastaba con los estímulos y las caricias.
-Al principio – admitió ella con un dejo de enojo –. Pero ya no. Quiero de nuevo a mi pareja, Harry. No quiero esperar a que nazca Harmony y luego seis semanas de dieta y cuidados para volver a estar contigo.
-¿Por qué no vamos por tu vestido? – le propuso él para dejar a un lado aquel incómodo tema –. Tal vez necesite alguna modificación adicional.
Hermione se cruzó de piernas y terminó con su helado sin mirarlo.
Las consecuencias las pagó horas después. Primero fueron por el vestido y Harry no pudo saber cómo era, Hermione no permitió que lo viera, tal cual se lo había dicho. Luego, despertó en ella un inusual antojo por comprar. Tirándolo de la mano, ingresaron en un almacén de artículos para bebés que había en el centro. Muchas cunas, cientos de adornos y juguetes y decenas de prendas de vestir decoraban el lugar. No necesitaron de la ayuda de la vendedora para que Hermione escogiera lo que quería. Sin siquiera detenerse a repararlo, le entregaba a Harry toda cosa rosada y blanca que se topaba en sus narices. Estaba descontrolada y cuando Harry abría la boca para decirle que se detuviera, ella le frenaba las intenciones con una fulminante mirada. Tres o cuatro veces entregó el mismo juguete y cuando llegó el momento de escoger la cuna, inmediatamente seleccionó una blanca, la más bonita, la más grande y la más costosa. A la hora de pagar la cuenta Harry fue sumamente valiente para no desmayarse de la impresión. El monto era tan elevado que creyó que su cuenta bancaria en Gringotts disminuiría considerablemente.
-Mañana en la mañana haré llegar todos los artículos a su casa – dijo la vendedora, feliz, devolviéndole la tarjeta de crédito a Harry –. El camión estará allí a primera hora.
-Prefiero que lo lleven el lunes – propuso Hermione –. El fin de semana no estaremos en casa.
-Como guste – replicó la vendedora con suavidad, llenando una planilla.
-Todas esas cosas no cabrán en a habitación que sobra en mi casa – observó Harry cuando salían del almacén
-Claro que si – aseguró Hermione –. Yo me encargaré de eso.
-Pues, no sé cómo le harás – opinó Harry, encogiéndose de hombros. Llevaba en las manos una caja larga y delgada con el vestido de Hermione –. Tal vez haya que guardar algo en el ético.
-Utilizaré el mismo truco con que guardé todos mis libros y elementos mágicos – replicó Hermione –. No quiero que se dañe alguna cosa por guardarla en el ático.
-¿No te parece que compraste cosas que todavía no necesitamos? – le preguntó Harry sin poderse contener.
-No. Y estoy segura que la casa que compraremos será lo suficientemente grande para que esas cosas no estorben… ¡Pero, si no tengo zapatos para mi vestido! – exclamó Hermione con decepción –. Hay que buscar unos de inmediato.
Harry suspiró con exasperación, lo que provocó que Hermione lo tomara fuertemente del brazo y lo arrastrara hasta el almacén de calzado. Solo cuando anocheció la chica se decidió por unos muy bonitos, forrados en seda verde oscura. Eran los primeros que se habían probado.
-Si me dejaras ver tu vestido pondría darte una opinión de cómo te quedan – le propuso Harry.
-No.
-Pero…
-No.
En el apartamento de los padres de Hermione, James estaba muy entusiasmado en abrir el paquete que había llegado para él. La señora Granger les contó que lo había llevado una lechuza poco antes de que atardeciera.
-Seguro es su traje para mañana – comentó Hermione.
-¿Puedo? ¿puedo? – preguntó James, impaciente.
Y rasgó el paquete dorado de inmediato, dando a descubrir una fina túnica blanco hueso con bordados en las mangas y en los bordes en hilo dorado. El sombrero en forma de cono era del mismo color, y el hilo dorado bordaba figuras de estrellas.
-Vas a verte como un angelito – opinó la señora Granger, poniéndole el sombrero.
-Yo soy un héroe – aclaró James tranquilamente.
El señor Granger llegó antes de la cena, al igual que Libby. Luego de transcurridas unas horas del incidente en la estación de policía su semblante volvía a ser el de siempre, por lo menos Ron había contado con suerte, ya se lo preguntaría al día siguiente en el matrimonio de Ginny.
Vio el noticiero de la noche en compañía de los padres de Hermione. Entre los tres comentaban lo que esperaban de los próximos juegos olímpicos que se llevarían a cabo en Atenas. Hermione y Libby hablaban en tono confidencial en la cocina. La rubia estaba repitiendo su tercera porción de postre.
-¡Que boba! – exclamó Libby, negando con la cabeza – ¡En qué mundo vives!
-Shh… - saltó Hermione, alarmada.
No fue la única vez en las que Libby exclamó comentarios como ese. Otras veces dijo: ¡Eso no se hace! ó ¡De ese color!
-Me voy a dormir – anunció Libby –. Necesito las horas de sueño necesarias para verme regia.
-¿De qué color es tu vestido? – preguntó la madre de Hermione.
-Color durazno – contestó Libby –. En la mañana me verás espectacular. Andando, James.
El niño se despidió de todos dándoles un beso. A Harry le dio una punzada en el corazón el ver lo obediente que era con Libby.
-Yo también voy a descansar, hoy tuve muchos pacientes – dijo el señor Granger, levantándose con dificultad.
-Te acompaño – se ofreció su esposa –. Mañana, muy temprano, Ester viene por mí para ir a correr.
Entonces se quedó solo con Hermione y comenzó el programa deportivo sobre juegos muggles que se llevarían a cabo el fin de semana. Hermione tomó el control remoto y cambió el canal.
-Estoy viendo, Hermione.
-No me gustan los deportes – repuso ella, deteniéndose en un canal de documentales.
-Estuve aquí primero – observó Harry.
-Esta es mi casa…
-Gracias por recordármelo – replicó Harry con ironía, levantándose.
-No te vas a ir
-¿Y si es así?
-No me levantes la voz – susurró Hermione –. Esto es un campo abierto, no está hechizado como mi habitación.
-Buenas noches – dijo él entre dientes.
Hermione lo detuvo, agarrando su mano.
-Déjame ir.
-No – dijo ella con terquedad. Apagó el televisor y tirando de Harry ingresaron en su habitación.
-Deja de tratarme así, ¿quieres? – estalló Harry.
-De tratarte cómo.
-Como si fuera un cero a la izquierda. La peor calaña del mundo – sugirió él.
-No digas tonterías – le espetó Hermione.
-Y todo porque no quiero hacer el amor contigo.
-Entonces eso es lo que pasa, no quieres – replicó ella, horrorizada –. ¿Ya estoy demasiado gorda para ti? Claro, lo que puedes conseguir en la calle es mucho más esbelto.
Crooshanks salió bajo la cama de Hermione, intrigado por los gritos.
-Eso es mentira.
-Por eso ya no me deseas, ¿verdad? – siguió Hermione –. Me vez fea, sin gracia.
-Si no te deseara no te besaría como lo hago, te negaría una caricia, un estímulo…
-Lo haces por compromiso – sollozó ella, tapándose la cara con las manos. Se sentó en la cama –. Si estás conmigo por compromiso, dímelo de una vez, Harry.
-¿Cómo puedes decirme eso?
-Haz cambiado y no me gusta.
-Sigo siendo el de siempre – la contradijo –. El compromiso que tengo contigo y con mi familia es muy grande, Hermione. ¿Por qué no comprendes que no quiero poner nuestro futuro en riesgo?
-Porque no hay nada que arriesgar – contestó ella de inmediato –. Harmony y yo estamos en perfectas condiciones. Pero sabes qué, quédate con tus temores, si tanto te gustan.
-¿Cómo puedes afirmar semejante barbaridad?
-Porque me cansé de explicarte una y otra vez que no corro peligro. Harry, no voy a rogarte más.
-¿Quieres que me marche?
-Si.
Harry no durmió bien esa noche. Ya se había acostumbrado a la compañía de Hermione y dormir solo, en su cama, le resultaba bastante desolador. Una sensación de abandono recorrió todas sus entrañas y el desconcierto de tratar de comprender por qué Hermione no lo entendía también se hizo presente. Todo lo estaba haciendo o dejando de hacer por ella. Pero en el pasado has tenido la misma idea y no ha salido bien , pensó de pronto.
-Ahora es diferente – aseguró en voz alta –. Ella conoce las razones.
Cuando él y Ron arribaron para recoger a Hermione, James y Libby, el señor Granger los invitó a un refrescante jugo de naranja. Eran más de las nueve de la mañana y el primero que apareció fue James en su traje de pajecito. Parecía un verdadero mago, pero en miniatura.
-Mi abuelita me ayudó – les contó a los adultos –. Llegó de correr y me vistió.
-Creí que eso lo haría tu mamá, o Libby – repuso Ron.
-Ellas están levantadas desde las seis de la mañana, encerradas en la habitación de Hermione – dijo el señor Granger.
-¿No han comido algo desde entonces? – preguntó Harry.
-Les dejo la comida en la puerta – contestó el señor Granger –. Helen me prohibió acercarme al lugar.
-Es por su bien – aseguró Ron.
-Sus vestimentas son muy parecidas a las de James – observó el padre de Hermione.
Harry y Ron se examinaron. Usaban unas túnicas de gala bastante normales; la del pelirrojo era azul oscura, la de Harry era rojo sangre.
-Bueno, si – admitió Ron, encogiéndose de hombros.
-¡Pero, si quedaste espectacular! – exclamó la señora Granger a lo lejos.
-Anoche te aseguré que me vería espectacular… Aunque me quedé corta… ¡Estoy despampanante! – dijo Libby con alegría.
Y apareció en la sala, caminando junto a la señora Granger, Ron se quedó con la boca abierta. La chica lucía un vestido largo y un poco entallado color durazno de tiritas; la de la derecha adornada con un suave bolero. El escote era bastante sencillo; así como las joyas que utilizaba, y el rubio cabello en suaves rizos que recogía sutilmente al lado derecho con un broche de diamantes. Muy poco maquillaje resaltaba en su cara.
-¿Cómo me veo? – les preguntó a los caballeros, posando.
-Más joven – opinó James.
-Te luce mucho ese color, Libby – le dijo el señor Granger.
-Gracias – repuso ella, rebozante de alegría. Miró a Ron.
-Pues… - balbuceó él.
-Si, con eso me basta – dijo Libby, acomodándose los aretes.
-Eres la bruja más hermosa del universo – declaró el pelirrojo.
Harry se sorprendió al escuchar a su amigo. Era la primera vez que alababa de esa manera a una mujer. Se sorprendió aún más cuando Libby lo besó tiernamente en los labios. Nunca los había visto manifestar tan abiertamente su relación.
-¡Libby! ¿Has visto mi collar de murano? – preguntó Hermione.
-¡Ve! – le ordenó Libby a Harry.
Con las cejas arqueadas por la insolencia de Libby, Harry se dirigió hasta la habitación, su hijo lo siguió. Al ingresar se quedó estático, incapaz de pronunciar palabra alguna, James lo hizo por él.
-¡Uy, mami! – exclamó – ¡Estás muy bonita!
