37
CEREMONIA EN LA MADRIGUERA
Hermione sonrió a su hijo en cuanto éste le dijo cuán bonita se veía. Estaba frente a la cómoda, buscando en el primer cajón algún joyero.
-Gracias – dijo ella y volvió su vista nuevamente al cajón, escudriñando.
Estaba usando un vestido verde oscuro, largo y ceñido en el busto. Cubría el extremo de sus hombros, dándole al escote la forma de la mitad de un rectángulo, con los ángulos en curva. La tela del busto estaba bordada en hilo color oro; las figuras no eran muy definidas, pero parecían ramas de árboles. Con el cabello rizado al igual que Libby, pero recogido completamente en un sencillo moño que lo rodeaba un listón del mismo color del vestido. Un fino y corto mechón adornaba su frente.
-¿Te ayudo? – se ofreció Harry.
-Si. Con lo afanada que estoy seguramente el colar ya pasó por mis narices.
-¿Cómo es?
-El aro es de oro. Los dijes son en piedra de murano color negro.
-¿No será este? – insinuó Harry, mostrándole uno igual a su descripción, guardado en un estuche.
-Si. Gracias, Harry…
-Permíteme – le dijo, dándole media vuelta para que quedara de espaldas a él.
Al abrocharle el collar, y aún estando tras ella la abrazó, dándole un beso en el cuello.
-Te vez preciosa – le susurró al oído –, más que siempre.
-¿Te gusta? – le preguntó Hermione con timidez, estrechando con sus brazos los de Harry.
-Si, mucho…
-¿Aunque sea verde?
-Si te gusta a ti…
-¡Hermione! ¿Ya lo encontraste? – gritó Libby desde la sala.
-Si – contestó ella, luego le dijo a Harry –: Es hora de irnos.
-Estamos justo sobre el tiempo – comentó él, mirando su reloj.
-¿A qué hora es? – preguntó James.
-A las diez – contestó su madre, tomando un pequeño bolso de mano –. Llegaremos a tiempo para sentarnos en un buen lugar.
-¿Estaré parado todo el tiempo? – quiso saber James de camino a la sala.
-Será poquito, no te preocupes – repuso Hermione – ¿Recuerdas lo que practicaste cuando estuvimos en La Madriguera?
-¿Es sólo eso?
-Si.
Se despidieron de los padres de Hermione y los cinco subieron a la azotea, desde donde se trasladarían. Ron encantó un viejo enchufe de electricidad y cada cual lo tocó con un dedo.
-Espero no despeinarme – murmuró Libby entre dientes, tomando el sombrero de James –. Es para evitar que se caiga – le dijo al niño cuando estuvo dispuesto a abrir la boca para protestar.
-¿Listos? – les preguntó Ron.
Hermione abrazó a James con la mano que tenía libre, Harry hizo lo mismo con ella. En pocos segundos estaban en los extensos pastizales de La Madriguera. El radiante sol de la mañana pronosticaba el éxito de la celebración.
-Después de todo no fue tan malo – aseguró Libby, examinando su cabello y su vestido.
Harry miró la decoración del lugar, dividido en dos secciones. La primera donde se efectuaría el enlace; un pequeño altar con decenas de sillas frente a él, divididas en dos grupos y en medio una alfombra roja por donde pasaría la pareja. Todo estaba decorado con delicados arreglos florales blancos. Ya habían unos cuantos invitados allí. Unos metros más al sur estaba la pista de baile y las mesas para la fiesta, vestidas con manteles blancos y decoradas con las mismas flores del altar.
-Hay que entrar a la casa – dijo Hermione –. James debe subir con la novia.
-Si puedes convencerla que no cometa esta locura… - le insinuó Ron al niño por lo bajo.
-¡Ron! – lo regañó Hermione.
-¿Qué?
-Resígnate.
-Pero, si todavía está a tiempo – observó el pelirrojo con enfado.
-Vinimos a celebrar la felicidad de tu hermana – repuso Hermione con el ceño fruncido – ¡No te comportes así!
Ron abrió la boca para replicar, pero Libby le tomó el brazo con fuerza y se alejaron del grupo.
-Es increíble – murmuró Hermione, negando con la cabeza.
-Mami… – la llamó James titubeando –. Se ha llevado mi sombrero.
Dentro de La Madriguera todo era un completo caos. Hermione subió con James a la habitación de Ginny para dejarlo allí. La madre de Ron estaba con ellos, el resto de los integrantes de la familia recibían a los invitados que llegaban por la red flu.
Todos los chicos Weasley vestían unas elegantísimas túnicas que hacían juego con sus sombreros; se turnaban en la chimenea para recibir a los viajeros y conducirlos fuera de la casa para ubicarlos en las sillas del altar. Fleur le ayudaba a Bill en esta labor y en un par de ocasiones que cruzó palabra con Harry, le manifestó lo feliz que se encontraba en su labor de madre. Ron también se unió a la comitiva de protocolo y aunque no comentó nada de lo que Libby le dijo, lucía bastante contrariado cada vez que decía "Bienvenidos"
-¿Dónde está papá? – preguntó Percy, limpiando sus gafas.
-Lo vi dirigirse a la madriguera de los gnomos – contestó Fred con indiferencia.
-¿Cómo? – inquirió Percy – ¿No será capaz…?
-Ya lo creo – lo interrumpió Fred –, quiere decorarlos para la ocasión, es lógico, deben hacer juego.
-¡Está loco! – declaró Percy, saliendo como un vendaba de la casa.
-Ya era hora – murmuró Fred.
-¿De qué? – quiso saber Harry.
-De que saliera de la casa – contestó Fred con malicia –. No me gusta que me den órdenes.
-¿Entonces tu papá…?
-Bueno, él ya decoró los gnomos – admitió Fred –, pero ahora está con Richard y su padre hablando cosas de hombres…
En ese momento se produjo un chasquido en la chimenea y entre las llamas verdes se vio a una figura dando vueltas. Luego, salió de aquellas llamas sin resvalar por el suelo. No se sabía quién era, una larga y oscura capa lo cubría de pies a cabeza. Al quitarse la capucha Harry reconoció su rostro. Hace muchos años no lo veía.
-¡Profesor Lupin!
-Hola, Harry – saludó Lupin con tranquilidad, quitándose la capa –. Qué tal, Fred.
-Negociando – contestó éste, recibiendo la prenda.
-Si, me he enterado del enorme éxito de Sortilegios Weasley en Paris.
Su cabello contaba con muchas hebras blancas y su rostro dibujaba más líneas de expresión, pero seguía siendo el mismo tipo de mirada jovial que Harry recordaba. Sus ropas ya no eran andrajosas ni tampoco sumamente elegantes, usaba una túnica verde como el musgo, bastante formal.
-Por qué no se sienta y toma algo, profesor – le ofreció Fred con amabilidad.
-No, Fred, gracias. Falta poco para la ceremonia, no alcanzaría. Qué tal si hablamos un rato antes de que comience, Harry. Quiero saber cómo va tu vida.
Harry asintió y caminaron juntos hasta la sala. Se encontraron con Libby mirándose al espejo para que éste le dijera alguna cosa.
-Eres la bruja más hermosa del universo – declaró el espejo.
-Ese es cuento viejo – le espetó Libby –. Tienes que ser original.
En la sala estaban sentadas Hermione y Martina, conversando animadamente. Por lo que Harry sabía Ralph no había sido invitado; Martina asistió para acompañar a Mádison.
-Así que es cierto – dijo Lupin.
-El qué.
Lupin no contestó a la duda de Harry, se limitó a mirar a Hermione.
-Está muy avanzado – analizó Lupin – ¿Cuánto tiene? ¿Cinco, seis…?
-Cinco – contestó Harry –. Profesor… ¿Quién se lo dijo?
-Suelo comunicarme frecuentemente con el profesor Dumbledore. Me alegro por ti, Harry. Me alegro que hayas formado una familia.
Lupin le dio unas palmaditas en la espalda, provocando que Harry sonriera con timidez. Cuando Hermione los vio se levantó de inmediato. Una enorme sonrisa se dibujo en su rostro cuando estuvo frente al profesor.
-Sigues siendo la de siempre – le dijo Lupin, dándole un suave abrazo, al que Hermione correspondió –. Me han contado que eres la asistente de edición de La Transformación Moderna.
-Si, estoy allí desde febrero. Pero, usted tampoco ha cambiado, profesor.
-Vamos, Hermione, los años pasan más si eres un hombre lobo.
-Pero sabe conservarse – observó ella –. Supe que ya tiene un trabajo estable. Usted se lo merece.
-La labor de personas que como tú, luchan por defender los derechos de todas las criaturas, es lo que me ha permitido contar con un sustento económico y anímico. Aún sigues con lo del P.E.D.D.O ¿Verdad?
-Si, la abuela de Martina me está ayudando mucho.
-¿Y Harry? – preguntó Lupin con suspicacia.
-El me escucha y me aconseja – le contó Hermione –. No toma más partido, pero…
-Lo importante es que no sea un obstáculo para tus propósitos. Mejor aún es que se interese por lo que haces.
-Si, y me gusta – admitió Hermione.
Regresaron al lado de Martina y mientras Hermione conversaba con ella, Harry y Lupin tuvieron su propia charla. Se alegró mucho al enterarse del éxito de las investigaciones que realizó el profesor sobre los moradores de los alpes austriacos y los beneficios que podrían ofrecerle a la comunidad mágica como secretos astrológicos, manipulación de ingredientes para pociones y control y exterminio de plagas. Gracias a esos resultados Lupin tenía programada otra investigación, esta vez en la polinesia, acompañando a magos de todo el mundo en su tarea de comprender y descifrar el misterio que guardaba el triángulo de islas situadas en el centro y el sur del Océano Pacífico, principalmente en las Islas Cook en Nueva Zelanda. Por su parte, Harry le contó cómo era su vida ahora de padre, de lo mucho que había cambiado, de los planes que tenía a corto plazo con Hermione y de lo bien que marchaba el equipo en la liga de quidditch.
Vieron a la madre de Richard entrar en la sala, una señora alta y muy elegante que sonreía con nerviosismo; eso significaba que la novia pronto iba a bajar.
-Qué les parece si vamos al jardín – les propuso Lupin.
Al salir de la casa se encontraron con Hagrid. Como ya era costumbre en él cada vez que había un acto especial, se había puesto su usual abrigo de piel de topo. Un corbatín de color naranja lo complementaba. En cuanto vio a Harry no pudo evitar darle un gran abrazo. Un par de lágrimas escurrieron por su enmarañada barba.
-¡Muchacho ingrato! – lo regañó –. Meses sin saber de ti.
-Perdón – dijo Harry de todo corazón. Con tantas cosas que estaban ocurriendo en su vida se le había olvidado por completo comunicarse con el semigigante.
-De no ser por Dumbledore… - comentó Hagrid.
¡Otra vez Dumbledore! ¿Acaso se había convertido en una vieja chismosa?
-Profesor Lupin. Señora – saludó Hagrid inclinando un poco la cabeza a Lupin y Martina –. ¡Hermione! ¡Luces espléndida!
Y con una suavidad anormal la abrazó. Otro par de lágrimas resbalaron por la barba.
-Hagrid… - susurró Hermione con ternura.
-Será niña, ¿verdad? – preguntó Hagrid –. La esperaré en Hogwarts, quizás no herede el espíritu curioso de sus padres… Será más fácil.
-Falta mucho para eso – observó Harry.
-¿Y dónde está él? – preguntó el guardabosque con emoción contenida, buscando a alguien con la mirada.
Harry comprendió de inmediato que se refería a James.
-Lo verás en la ceremonia.
-¿Vamos? – preguntó Libby que se había reunido con ellos. En cuanto vio a Hagrid abrió la boca sin ningún disimulo, luego la cerró. Pellizcó su vestido a ambos lados de la cadera y dobló un poco las rodillas –: Libby Foyt.
-Rubeus Hagrid – dijo él, inclinándose un poco –. Guardian de los secretos de Hogwarts y sus alrededores.
Se sentaron en la segunda fila del lado derecho. Hagrid y Martina lo hicieron en la última y Lupin prefirió ubicarse al lado de Dumbledore y la profesora McGonagall, una fila más atrás. Ron se reunió con ellos, sentándose al lado del pasillo, con el rostro de alguien que recién había llegado de un funeral. Libby, sentada a su lado, le dio ánimos acariciándole sutilmente la mano.
-Luces espléndida, querida – le decía la profesora McGonagall a Hermione, golpeándole suavemente el hombro. Estaba sentada tras ella –. Felicitaciones por tu labor en la revista.
La profesora McGonagall no dejaba de mirarla con orgullo; Hermione se acomodó de lado en su asiento para que no le diera una tortícolis.
-No ha sido fácil – admitió Hermione.
-Pero, siempre te han gustado las labores que conllevan un reto – recordó la profesora con modestia –. Cuanto me alegra que hayas regresado.
Miró con severidad a Harry, dándole a entender que si en esta ocasión no utilizaba adecuadamente el cerebro ella misma lo transformaría en algo grotesco y horripilante.
Para dejar a un lado las amenazas de la profesora McGonagall, Harry prefirió mirar al altar. Allí estaba el sacerdote, un mago de mediana edad vestido de túnica blanca, bordada en hilo de gamas color violeta. Richard esperaba a un lado. No llevaba túnica, sino uno de esos trajes muggles de matrimonio en gris oscuro; Harry supuso que era en homenaje a sus antepasados. Lo acompañaba su madre y Linus, quien sería el padrino de la boda. Se veía bastante cansado y con un ojo más pequeño que el otro. Los estragos de la pelea en el club nocturno no habían desaparecido. Harry buscó a los amigos muggles de Richard y no tardó en encontrarlos; prácticamente desentonaban en comparación con la vestimenta que todos los magos utilizaban. Ellos llevaban puestos elegantes trajes con corbata y miraban al resto de los invitados con cierta curiosidad, todos los caballeros además de la túnica utilizaban sombrero. Harry cayó en cuenta que no llevaba puesto el suyo.
-Mira – le dijo a Hermione, poniéndose el sombrero. Lo había guardado dentro de su túnica.
Ella sonrió con amplitud. Era el mismo sombrero que le había regalado el último San Valentín en Hogwarts.
-Quién iba a pensar que haría juego con tu túnica – comentó Hermione – ¿Ya lo habías usado?
-No, en qué…
La melodía de la organeta al lado del altar anunciaron la llegada de la novia. Todos los asistentes se pusieron de pie y giraban hacia sus espaldas para verla desfilar por el pasillo. Al inicie de éste estaba ella, la llevaba del brazo el señor Weasley.
Ginny arrancó suspiros entre los asistentes. Lucía romántica y muy femenina. El vestido en blanco inmaculado dejaba un poco descubiertos los hombros, de mangas largas y ceñido hasta la cintura. La falda era muy amplia, daba el aspecto de una campana. El velo, en fino y delicado encaje le cubría prácticamente todo el cabello a manera de manto. Un manojo de rosas blancas, amarradas con un listón era su ramo. James y Mádison estaban unos pasos delante de Ginny y el señor Weasley. El vestido de la niña, del mismo color al de la túnica de James, era sostenido por un par de tiritas en cada hombro; no era tan largo porque se le alcanzaban a ver los zapatos. Una corona de florecitas adornaban su suelta cabellera. Ambos niños eran como sacados de esas fotografías de portarretratos. Más suspiros se escucharon. Harry miró a Hagrid, éste se limpiaba las lágrimas.
La marcha nupcial comenzó y mientras se efectuaba, Mádison, de una canastilla que llevaba en las manos, lanzaba al suelo pétalos de flores que en más de una ocasión golpearon la túnica de James. El niño la miraba con seriedad, no quería que alguno de ellos cayera sobre el cojín de seda blanca que sostenía, donde llevaba los anillos.
Se detuvieron en la fila de ellos, donde Richard y su madre los esperaba. Libby sostuvo fuertemente a Ron del brazo para evitar que se lanzara en cualquier momento sobre Richard. El señor Weasley besó a Ginny en la frente y le entregó su mano a Richard.
-Cuídala mucho – le dijo el padre de Ron, dándole suaves palmadas en la espalda.
Richard sonrió con nerviosismo cuando Ginny tomó su brazo y siguieron caminando hacia el altar. El señor Weasley y la madre de Richard se reunieron en primera fila con sus esposos. El sacerdote extendió las manos y comenzó su discurso:
-El día de hoy nos hemos reunido para celebrar la unión de estas dos almas… Dios creó al hombre y la mujer para que sus caminos se encontraran y seguir recorriendo uno solo, juntos. Festejemos, entonces, la decisión de Richard y Ginny de seguir recorriendo el largo camino de la vida en compañía.
Conforme la ceremonia avanzaba la señora Weasley reprimía más los sollozos. James y Mádison se sentaban a cada lado de los novios; constantemente jugaban con sus pies, balanceándolos de adelante hacia atrás a causa de lo larga que les estaba resultando la ceremonia. Fue bastante anormal ver a Fred y George realizando las lecturas de la Biblia con una postura sumamente seria y respetuosa. Más anormal fue escuchar a Ron recitando el salmo. Harry pudo apreciar el gran esfuerzo que estaba realizando su amigo para no decepcionar a su hermana.
Cuando el sacerdote realizó la lectura del evangelio, Richard y Ginny, así como todas las parejas asistentes a la ceremonia, se tomaron de las manos. Al sentarse y escuchar la homilía Harry y Hermione no se habían soltado, ella puso la mano de Harry en su regazo y con las suyas no dejaba de acariciarlo. A Harry le gustaba enredar sus dedos con los de Hermione.
Como era de esperar el intercambio de alianzas y los votos matrimoniales fueron el punto cumbre. Ambos literalmente temblaban cuando se pusieron los anillos y cuando finalmente el sacerdote exclamó "puede besar a la novia", los asistentes estallaron en aplausos.
El banquete y la fiesta duraron toda la tarde. Para no correr ningún tipo de riego con los invitados muggles de Richard, Charlie colocó en las bebidas de todos ellos unas cuantas gotas de Filtro de Paz. Así, cuando vieran pasear descaradamente entre los invitados a varios gnomos o cuando algún mago se lucía realizando un hechizo con su varita, ellos simplemente lo considerarían como el acto de un espectáculo circense.
Harry compartió la mesa con Hagrid ante la insistencia de éste por conocer mejor a James. No podía contener la emoción cada vez que el niño le dirigía la palabra.
-A mi me gusta el quodpot – le contaba James, mientras disfrutaba de su helado –, pero aquí no lo juegas.
-Bueno, aquí lo que más gusta es el quiddicth. Deportes raros como el tuyo tienen muy poca difusión – observó Hagrid – ¿Has visto jugar a Harry? Lo hace muy bien ¿verdad?
-Si, mi papá juega muy bien – admitió James con orgullo –; pero, a mi me gusta el quodpot.
-Hermione, como se ve que es tu hijo – le dijo Hagrid.
-¿Por qué?
-Cuando se le mete algo entre ceja y ceja…
-Silencio, Hagrid, no lo condenes – lo regañó Ron.
-¿Condenarlo a qué? – saltó Hermione.
-Yo no voy a permitir que la vida de James se arruine porque no hay espacio para el quidditch – argumentó Ron con una vehemencia desconcertante –. Lo lleva en la sangre. Lo lleva en la influencia que le doy yo…
-No digas tonterías – le espetó Hermione.
-Que tú no quieras el quidditch, le hagas el feo y lo desprecies no significa que James tenga que hacer lo mismo.
-Mira, Ron – replicó Hermione con ira contenida –, una cosa es lo que a mi me gusta y otra cosa es lo que a James le gusta… ¡Y yo no le hago el feo al quidditch!
-Si, niégalo ahora…
-¡Chito! – los calló Libby, golpeando la mesa con el cuchillo – ¡Cierren la boca! Va a pasar algo importante.
-¿Qué cosa? – le preguntó Ron con interés.
-Van a rifar el ramo de novia – contestó Libby, levantándose.
Ron le volteó la cara con desprecio. No le interesaba lo que pudiera ocurrirle al dichoso ramo.
-¿Vienes, Hermione? – preguntó Libby.
-No.
-¿Por qué? Eres soltera.
-Si, Hermione, no aceptes – intervino Ron –, te dará mala suerte.
-Libby, no voy porque no soy soltera – argumentó Hermione.
-Pero, tú no estás casada con Harry – observó Libby.
Aquel sencillo comentario despertó incomodidad en él ¿Acaso era una clara indirecta que debía casarse lo más rápido posible con Hermione? La idea ya había pasado por su cabeza varias veces, pero antes de dar ese paso definitivo quería vivir etapas del noviazgo con ella que en el pasado no pudieron.
-Pero tenemos un compromiso – aclaró Hermione con tranquilidad –. Eso es lo mismo.
-Y tu eres la de mente cerrada – murmuró Libby, alejándose.
-¿Qué le ven a eso? – inquirió Ron –. Es una tradición muggle estúpida.
-Es un juego, Ron – replicó Hermione –, sirve para especular quién será la próxima en casarse.
-Yo no creo en ese tipo de ritos – declaró Ron con convicción –. Ginny jamás se ganó un ramo, y mírala.
-Hablando de ritos – intervino Harry –, Dumbledore me comentó de unos que se harían en la ceremonia, creo que eran para la felicidad, el pan y la fertilidad, pero el último no lo vi por ninguna parte.
-Es que el de la fertilidad la realiza la pareja en privado, en su noche de bodas – contó Hermione. Ron gruñó.
Los murmullos de las chicas que querían obtener el ramo de novia de Ginny rompieron con las conversaciones en las mesas. Muchas de ellas se empujaban para lograr un mejor puesto, pero ninguna se arriesgaba a tocar a Libby, su altura resultaba intimidante. Ginny se paró sobre una silla para llamar la atención de las frenéticas invitadas.
-Voy a lanzar el ramo a la cuenta de tres – les dijo –. Ya saben, la afortunada en cogerlo será la siguiente en casarse ¿Listas?
Dio media vuelta para darles la espalda y cuando la cuenta colectiva llegó a tres lanzó el ramo hacia atrás. El preciado y codiciado objeto se elevó varios metros para luego descender hasta el centro del grupo. De pronto una voz exclamó:
-¡Accio!
El ramo cambió de trayectoria, yendo directo a las manos de quien lo había invocado. Una chica de vestido durazno tenía levantadas ambas manos; en la derecha empuñaba su varita, en la izquierda empuñaba el ramo. Fue fácil reconocerla, era Libby.
En cuanto Ron la vio dio un respigo y su rostro palideció por completo, mientras las demás invitadas protestaban con indignación, lanzándole a Libby miradas de odio profundo.
-¿Quién es el de la mala suerte ahora? – preguntó Hermione con ironía – ¡Ron!
Harry también lo miró. Sudaba, y las manos las puso sobre la mesa, sumamente rígidas.
-¡Ron! No hagas más payasadas – le dijo Hermione, algo preocupada.
Pero su amigo no se interesó en replicar, en realidad no tuvo ninguna reacción, seguía con la misma postura. Hermione se levantó y le zarandeó los hombros para que regresara a la realidad. Al no obtener respuesta tomó un vaso con agua y se lo lanzó al rostro.
-¿Ah? – musitó Ron.
-¿Te sientes mejor? – le preguntó Harry.
-No – contestó Ron, a punto de llorar.
-Quién se iba a imaginar que serías el primero del trío en casarse – comentó Hagrid con aire bonachón.
-Prefiero la muerte – repuso Ron con indiferencia.
-Pero dijiste que estabas ahorrando para el futuro – le recordó Harry.
-Para el futuro, no para el matrimonio – aclaró Ron.
-Libby se "ganó" el ramo, pero eso no significa que se valla a casar contigo – observó Hermione tranquilamente, sentándose de nuevo.
-¿Cómo que no? – inquirió Ron.
-No – ratificó Hermione –. La tradición es que será la próxima en casarse y eso puede ser en dos o tres años, quizás más.
-Eso no es cierto – saltó Ron con enfado. Las gotas de agua todavía escurrían por su rostro.
-Yo no sé si es cierto o no. Simplemente te hago una observación.
-No la necesito, gracias – espetó Ron.
-Está bonito, ¿verdad? – comentó Libby, sentándose al lado de Ron. Colocó el ramo sobre la mesa para que todos lo admiraran.
-¿No fue trampa lo que hiciste? – le preguntó Harry.
-No. En ningún momento dijeron que estaba prohibido.
-Buen punto – dijo Hagrid.
-¿Con quién te vas a casar? – le preguntó Ron a Libby.
-Con nadie… aún… Simplemente me pareció bonito, y como podía obtenerlo gratis…
Un grupo de música de Latin Blues amenizó la velada. Los invitados bailaban con entusiasmo, charlando y cambiando de parejas constantemente. Mientras bailaba varias piezas con Hermione, vio como algunas invitadas hacían fila para bailar con James. Tal vez era por la curiosidad de preguntarle sobre su vida privada por ser hijo de Harry, o porque en realidad encontraban fascinante el estilo con que se movía, pero fuera como fuera, al finalizar la fiesta fue James quien más disfrutó de ella. Tan cansado terminó que estando todavía en La Madriguera se quedó profundamente dormido.
Poco a poco los invitados se marcharon. Los padres de los novios los despedían antes de que estos tomaran los trasladores o se metieran en la chimenea para viajar por la red flu. Cuando quedaban menos de la mitad de los asistentes Richard y Ginny se marcharon, ya no estaban vestidos con sus ostentosos trajes, usaban ropa más cómoda. Disfrutarían de su noche de bodas en un elegante hotel londinense, obsequio de Harry y Hermione. Poco después se marcharon los amigos muggles de Richard con sus parejas. Bill, Fleur y Percy se encargaron de modificarles un poco la memoria.
Fren y George armaron plan para seguir con la celebración, a la cual se apuntaron inmediatamente Ron y Libby. Ella se había llevado muy bien con Angelina y Nelly, las parejas de los gemelos. Harry y Hermione declinaron la invitación, ella aludiendo cansancio, él argumentó que la llevaría a casa. Bill y Fleur también declinaron, querían estar con su hija.
-La señora Weasley estaba muy triste – le contó Harry a Hermione cuando bajaban por las escaleras. Se habían trasladado a la azotea del edificio.
-Yo más bien diría que estaba melancólica – analizó Hermione –. Era la menor de la familia y la única mujer entre sus hijos. Lo más seguro es que se sentirá sola por muchas semanas, tal vez hasta meses. El señor Weasley tendrá que ser muy paciente.
-Siempre lo ha sido – repuso Harry, deteniéndose en la puerta para que Hermione la abriera. James aún dormía en sus brazos.
Hermione asintió asintió. El apartamento estaba a oscuras, así que ella encendió la luz de la cocina y puso en agua el ramo de flores que se robó Libby. En la nevera vio pegada una nota. La leyó.
-Mis padres salieron a cenar – le informó a Harry, colocando la nota donde la encontró –. Quizás se demoren, todavía es temprano, acabarían de salir.
Alistaron a James y lo dejaron durmiendo en su carpa, Crookshanks le haría compañía. Hermione tomó prestada una de las películas de sus padres y la vio con Harry, recostados en el sofá de la sala.
-Tu idea fue maravillosa – dijo de pronto él.
-¿Cuál idea?
-El regalo para los novios.
-Ah, bueno, fue por el ritual – reconoció Hermione –. Es mejor conjurarlo en un lugar hermoso y especial, después de todo, será para toda la vida.
Harry jugaba con sus dedos enredándolos en los mechones que salían del moño de Hermione. Allí, recostados sobre el sofá, con ella apoyando la espalda sobre su pecho, siguieron disfrutando de la película, una comedia romántica sobre un viaje en motocicleta. De vez en cuando acariciaba el abdomen de Hermione por encima de su largo vestido, de vez en cuando se embriagaba con el sutil olor de su cabello. Al finalizar la película los padres de Hermione todavía no llegaban, por lo que supusieron irían a bailar. Dejaron todo apagado y se encerraron en la habitación de ella para descansar.
Entonces, tuvo un sueño inquietante, en el que lo único que hacía era correr… Pero, ¿de qué? Estaba seguro que aquello que lo perseguía no era peligroso, pero sin embargo, correr era la mejor opción que tenía, la única que se le ocurría.
Pasaba por las calles, entre los autos detenidos por el tránsito y los transeúntes, pero nadie lo miraba, nadie le preguntaba nada. Luego, la inquietud desapareció, siendo reemplazada por una sensación que hace mucho no tenía, pero que le agradaba muchísimo. Aún medio dormido logró recordar dónde la había experimentado. Fue en un hotel de Australia.
Abrió los ojos de golpe ante el impacto de aquel recuerdo. Todavía era de noche, no pudo distinguir ninguna figura. Instintivamente llevó su mano derecha a la entrepierna, cual sería u sorpresa al encontrar la cabeza de Hermione.
Con ambas manos trató de retirarla, deteniéndola momentáneamente en los estímulos que le estaba otorgando. Sabía lo que pretendía, pero él estaba decidido, no iba a ceder, lo más importante en esos momentos era la seguridad de Hermione. Siguió insistiendo con cierto enfado ante la terquedad de ella, pero Hermione le apartaba las manos; en ocasiones con manotazos.
Llegó un punto en el que Harry se dio por vencido y estirando los brazos sobre la cama dejó que Hermione siguiera produciendo en él esa torrente de alucinantes sensaciones. Su mente estaba dividida en dos; una completamente relajada, disfrutando; la otra le cuestionaba el por qué había sido tan débil, sucumbiendo a los deseos de la chica. Entonces, dejó de sentir el estímulo, dejó de sentir el cabello de Hermione rozando su estómago, dejó de sentir su respiración golpeando contra su ingle. Segundos después sintió cómo el calor del cuerpo de Hermione lo envolvía, sentándose sobre él. Sin embargo así se quedó, sin realizar algún movimiento.
-¿Quieres que siga? – le preguntó ella en voz baja.
-Si.
-Di "por favor" – susurró con malicia.
-Por favor – repitió Harry de inmediato.
Tiempo después normalizaban la respiración, acostados en la cama. Harry se pasó varias veces las manos por el rostro. Se sentía mal.
-¿Qué ocurre? – le preguntó Hermione con suavidad.
-No es nada, no te preocupes.
Hermione se incorporó un poco; apoyó un codo al lado de la cabeza de Harry y con la otra mano acarició su mejilla.
-No hace mucho me dijiste que querías que te utilizara como un títere – le dijo ella –. Me excedí mucho, perdóname.
Harry no comentó nada. No lograba comprender por qué se sentía así, tan devastado. Hermione lo besó en los labios. Fue un beso largo, muy largo, al que Harry correspondió con timidez.
-Te amo – susurró Hermione.
Ahora fue el turno para que él le acariciara la mejilla.
-Yo también te amo.
La nueva semana de entrenamiento comenzó más agitada que cualquiera. Además de ser la última era la más importante, el próximo fin de semana finalizaría la liga y estaban a un pelito de coronarse campeones después de 104 años de espera. Pese a cualquier pronóstico por parte de los jugadores, Ralph decidió no cambiar las tácticas de juego; primero, porque en una semana no se adecuarían perfectamente a unas nuevas, y segundo, porque consideraba que el equipo tenía un gran nivel con las que jugaban actualmente. Sin embargo, entrenaron a doble jornada. Devon y Mallo, los más bromistas e indisciplinados del equipo, tomaron los entrenamientos muy en serio y eran los que más animaban a sus compañeros para que no perdieran la concentración cuando se equivocaban. Por otro lado, Harry y Hermione decidieron que en cuento finalizara la temporada de quidditch buscarían una casa, de esa manera contarían con el tiempo suficiente para comprar la más adecuada a las necesidades de su creciente familia. En cuanto al trabajo de Libby, ella contrató un vendedor permanente para la tienda del callejón Diagon, así le resultaría más sencillo estar con el vendedor de Hogsmeade, supervisándolo sin dejar abandonado el almacén principal. Ron parecía tranquilizarse por completo del repentino ataque de pánico que tuvo cunado Libby tomó el ramo de novia de Ginny. A pesar que él no tocaba abiertamente el tema, en varias ocasiones le preguntaba a Harry, como quien no quiere la cosa, qué se sentía dormir con la misma persona todos los días. Él prefería no prestarle atención, estaba más preocupado en repasar tácticas de juego para atrapar la snitch y en detectar cualquier molestia en el embarazo de Hermione.
La noche del sábado Ralph reunió a todo el equipo en un hospedaje a las afueras de Norwich. Siguiendo el equipo de los equipos de fútbol muggles, decidió concentrar el equipo en un solo lugar antes del partido para no ser víctimas de los curiosos y la presión de los fanáticos. El último partido, el del título, se llevaría a cabo en Sprowston, una localidad a cinco kilómetros de Norwich. Como compartían el liderato con los Montrose Magpies, ambos partidos comenzarían a la vez.
La mañana del domingo se esfumó con una velocidad alarmante. El nerviosismo se apoderó de los jugadores; algunos de ellos lo manifestaban con un tic corporal, o estrujando bruscamente las manos, mordiendo la uña del dedo pulgar o chasqueando la lengua.
El estadio estaba a reventar. Algo que subió enormemente el ánimo del equipo fue ver a la mitad de los espectadores vestidos con la túnica anaranjada, pese a que jugarían de visitantes. El radiante sol, el cielo despejado y el poco viento era la profecía de que aquel día sería espléndido, inolvidable.
Caminando por el campo de juego para tomar posiciones y elevarse, los catorce jugadores y el árbitro denotaban un poco de nerviosismo. Pese a que los Tutshill Tornados no aspiraban al título, seguramente ofrecerían una gran resistencia, todo por brindarle un buen espectáculo a sus fanáticos. En el centro del campo todos los jugadores se dieron la mano, no está de más de sir que pese a los gruesos guantes los dedos les sudaban.
El árbitro dejó libres la quaffle, las bludgers y la snitch y junto con los catorce jugadores dieron una patada en el suelo.
