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VICTORIA

No llevaban ni siquiera dos minutos de juego y los Chudley Cannons ya habían anotado en cuatro oportunidades. Belinda y Katherine se tomaron tan en serio su labor que prácticamente no dejaban jugar a Devon porque preferían realizar los pases y amagues entre ellas. Ralph les tuvo que llamar la atención a gritos cuando pasó cerca de ellas, advirtiéndoles que debían jugar en equipo. Ron había tenido poco trabajo ya que Ralph y Tommy estaban golpeando de una manera magistral, desconcentrando y cambiando la trayectoria de vuelo de los cazadores de los Tutshill Tornados. Gracias al magnífico día en el que estaban jugando a Harry se le facilitó mucho su labor en buscar la snitch. Si no lograba atraparla sería por lento y por idiota.

La brutalidad del juego de Belinda y Katherine aumentó con el pasar de los minutos. Devon, ante el temor de salir seriamente lastimado, se limitaba a ejecutar uno que otro pase, y a interceptar los cazadores rivales.

-Este partido está resultando más agresivo de lo que esperé – comentó Lee Jordan –, pero la calidad en el juego sigue siendo de primera… ¡Bagshot con la quaffle, uniéndose en vuelo con Malory y que éste le proteja de la bludger! ¡Weasley listo en el arco para recibir el tiro de la cazadora! ¡Hedman golpea la bludger que impacta de lleno en el brazo de Malory! ¡Bagshot sigue sola al encuentro de Weasley! ¡Él se queda estático, muy juiciosito cuidando su portería! ¡Bagshot lanza!... ¡Y!... ¡Y!... ¡Dios, esquiva a Weasley! ¡Los Tornados anotan por segunda vez!

-¡Y con este gol el marcador es de noventa a veinte a favor de los Cannons! – informó Nick Jordan –. Aún así, todavía no tenemos campeón de liga; el partido de los Montrose Magpies y las Avispas de Wimbourne no finaliza…

Harry seguía buscando la snitch. Si bien era cierto que la ventajan que tenían era buena, para poder atrapar la snitch y ganar la liga por diferencia de anotaciones los cazdores debían hacer por lo menos tres goles más. Por el momento se encargaría de evitar que los Tornaron atraparan la snitch.

-¡Atención, espectadores! – exclamó Lee – ¡Crashow, el buscador de los Magpies, acaba de atrapar la snitch! ¡El partido finalizó con un marcador de doscientos treinta a ochenta! ¡Montrose Magpies son los virtuales campeones de la liga de quidditch!

A Harry se le revolvieron las tripas; primero, por la inesperada información, después, porque según sus cuentas con una anotación más y con la snitch en sus manos serían los nuevos campeones.

-¡Uno más! ¡Uno más! – les gritó Ralph a sus cazadores con desesperación.

Belinda y Katherine se transformaron en unas verdaderas leonas, parecían espantar con la mirada las bludgers que les lanzaban y a pesar que en dos oportunidades no consiguieron anotar, la tercera fue la vencida. En un magistral pase, Katherine le cedió la quaffle a Devon, y como a las que estaban marcando era a ella y a Belinda, el chico tuvo el camino despejado para anotar con total libertad. Le fue fácil esquivar al guardián, al que había pillado desprevenido, y anotar lo que significaba el gol de ventaja para ganar el título. Ahora todo estaba en manos de Harry.

Con semejante responsabilidad en su espalda, Harry se dispuso a atrapar la snitch. La buscó con mucho cuidado, prestando especial atención en el movimiento del aire, realizando el máximo esfuerzo para no desesperarse por la ansiedad, aquello lo cegaría. Esperó por varios minutos, controlándose para no perder la paciencia. Escuchó unos gritos de júbilo, y sintió un alivio al enterarse que Devon había anotado de nuevo. Segundos después la vio. Estaba volando unos metros por encima de su cabeza, directo a la portería norte. Voló hasta ella elevando un poco el palo de la escoba. Aquel estilo de vuelo no era su especialidad, lo que significaba un verdadero reto. La buscadora de los tornados se unió en su lucha, pero su objetivo era diferente. Harry comprendía que ella también quería ganar, pero para él era más importante la victoria. Sería histórico para el equipo, para cientos de fanáticos que esperaron paciente y tormentosamente por tantos años para volver a tener una alegría como esa.

Con ese pensamiento recorriendo sus venas, Harry se empeñó más que nunca, más que en cualquier otro día, en atrapar la anhelada pelotita. Estiró el brazo derecho, conciente de la escasa ventaja que le llevaba a la buscadora de los Tornados. El vuelo en subida estaba resultando bastante complejo, pero los motivos de Harry eran más fuertes y poderosos que eso. Su corazón se paralizó cuando sintió empuñada en su mano derecha a la snitch, que luchaba inútilmente por liberarse. Se quedó estático, frenando prácticamente en seco, y lentamente, aún sin creerlo, levantó la mano derecha para comunicarles a sus compañeros que lo había logrado, habían ganado.

El estadio se llenó de chillidos de emoción. Los Chudley Cannons, tanto titulares como suplentes, formaron una masa humana de felicitaciones en el aire. Las chicas lloraban, los chicos gritaban y con cierta dificultad pudieron aterrizar. Dejaron las escobas en el suelo y con la mayor euforia del mundo formaron un círculo, abrazados y saltando alegremente, haciéndolo girar.

Ralph no expresaba palabra alguna. Estaba tan impactado por el triunfo que simplemente dejó que la alegría de sus saltos manifestara lo que estaba sintiendo. Pero Harry sabía quién era la persona que más estaba disfrutando de todo eso, Ron. Desde que se conocieron, el pelirrojo siempre había sufrido por los Cannons y defendió su fanatismo hasta el punto de convencer a Harry de alinearse en el equipo. La vida de Ron cambiaría de ahora en adelante, estaba haciendo historia en el equipo de sus amores y desdichas, estaba formando parte de un equipo de campeones, el mismo al cual seguramente él pretendió apoyar en sus épocas de estudiante.

El momento de la premiación fue más tranquilo, pero a la vez más especial. Era la ratificación de la victoria.

La nueva ministra de magia, Madame Bonns, se había trasladado desde Londres para premiar al campeón. Cada jugador recibió una reluciente medalla de oro y se acomodaban en una tarima que habían puesto en el centro del campo. El último en recibirla fue Ralph, quien además también recibió la copa de la liga, un trofeo en cristal, al parecer bastante delicado. Él la besó y cuando la levantó en sus manos varios funcionarios del departamento de juegos mágicos expulsaron de sus varitas millones de confites y papelitos color blanco y anaranjado que cayeron sobre los jugadores como si de lluvia se tratara. Montaron de nuevo en sus Nimbus 2-3D y pasaron por las tribunas donde estaban los seguidores de los Cannons en dos ocasiones.

Después de varios minutos de festejo se dirigieron al camerino, donde los socios principales del equipo y sus familiares los esperaban. Y allí estaban Hermione y James; ella, sonriendo ampliamente, él, luchando contra los brazos de su madre que lo detenían. Entonces, en un movimiento maestro, James se desprendió de Hermione, corrió hasta Harry y de un salto se prendió a su cuello. Abrazándolo y agarrándole el cabello con fuerza chilló en voz ahogada:

-¡Ganamos! ¡Ganamos!

La euforia por el triunfo duró varios días. Ese domingo el equipo en pleno y sus familias estuvieron celebrando en la casa de la abuela de Katherine. La chica aprovechó que ella estaría unos días en Holanda y logró convencer al elfo doméstico, Ousla, para que no se preocupara por los posibles estragos de la celebración, pues personalmente se encargaría de resolverlo todo. Hermione estaba dichosa, no solo por la victoria de Harry, sino también por el viaje de Geraldine, según lo que contó, se pondría en contacto con personas de influencia en la sociedad mágica holandesa para expandir la ideología del P. E. D. D. O. Libby se encargó de lo más llamativo de la celebración: los juegos artificiales. Los gemelos, en señal de buen agüero, le enviaron un pequeño surtido de su última creación, las luces de bengala Pulgarcito, que en el cielo formaban cientos de figuras humanoides, corriendo de aquí para allá.

Los días que siguieron también fueron celebrados, pero de una manera diferente. El martes, los socios del equipo los homenajearon con un elegante almuerzo. El jueves, sus patrocinadores oficiales, la Nimbus Racing Broom Company, les otorgaron un premio en metálico, además de una intensa sesión de fotografía para la siguiente edición de la revista El Mundo de la Escoba; así que durante esa semana los planes de buscar casa quedaron pospuestos, pero Harry se encargó de reactivarlos a la semana siguiente, cuando Hermione le mostró los anuncios de venta en el diario El Profeta.

-Linda mansión. Asustan de vez en cuando. Precio de ganga – leyó ella –. A un paso de Preston.

-Dijiste que quedara cerca de Londres, ¿no? – observó Harry.

-Si, Preston está muy lejos – repuso Hermione distraídamente sin dejar de buscar – ¿Qué tal esta? Linda y vieja campiña inglesa, a las afueras de Lew, garantizamos la no presencia de gnomos…

-Esa me parece bien – dijo Harry. Hermione encerró el anuncio en un círculo –. Pero algo más cerca no estaría mal.

-Bueno, encontrar una casa adecuada no es fácil, Harry, es un proceso que puede llevar semanas… o meses.

-En más o menos tres nacerá Harmony…

-No te impacientes – le dijo Hermione, acariciando su mano con ternura –. Si hacemos esto con calma y con cabeza fría compraremos la mejor casa del mundo.

Pero el comentario de Hermione estaba muy lejos de la realidad. En un abrir y cerrar de ojos pasó mayo y ya corría la mitad de junio sin lograr encontrar la casa adecuada a sus exigencias. Visitaban varias a la semana y los dueños de las mismas estaban fascinados con la idea de que Harry Potter sería su comprador. Pero a la hora de la verdad la casa resultaba decepcionante, cuando no era que se estaban cayendo por lo viejas era porque estaba sumamente cerca de la curiosidad muggle. Mientras tanto, James salió a vacaciones y la barriga de Hermione seguía creciendo. El tiempo se estaba acabando y no tenían nada definido. Harry creyó que todas las cosas que Hermione le compró a la bebé en su tarde de compras compulsiva se pudrirían, abandonadas en la habitación de huéspedes de su casa.

La tarde del último viernes de junio, Libby los llamó para informarles sobre una campiña cercana al área metropolitana de Londres. La información que tenía de ella era muy limitada, solo sabía que estaba en la localidad de West End, que era de dos pisos y con amplios paisajes. Sin pensarlo dos veces fueron al lugar, llevando a James con ellos. A primera vista era una campiña común y corriente, muy parecida a la casa donde vivía Katherine, construida toda en piedra; le calcularon más o menos doscientos años de antigüedad. El césped estaba cubierto por una suave maleza, que incluso invadía el camino de herradura que los llevaba hasta la entrada. La puerta estaba medio abierta, lo que significaba que había gente allí. Anunciaron su entrada tocando dos veces e ingresaron.

-¿Está seguro que la presencia de los muggles no nos estorbará? – preguntó desde el interior una voz que arrastraba las palabras.

-Ay, no – susurró Harry con exasperación, poniendo los ojos en blanco.

-Vamos – lo apremió Hermione, tirándolo de la mano.

Atravesaron el amplio vestíbulo. Sus paredes estaban pintadas de blanco, sucio por el pasar del tiempo, y el piso era en vieja pero fina madera. Estaba completamente vacía, de no ser por las personas que se hallaban hablando en el salón del comedor.

El presentimiento de Harry era cierto, con el dueño de la casa estaba Draco Malfoy acompañado de Pansy Parkinson. Malfoy lucía el cabello un poco más largo, casi hasta el lóbulo de la oreja y recogía la mitad de este en una cola. Él y Pansy mantenían la actitud petulante con la que Harry y Hermione los conocieron.

-¡Por las barbas de Merlín! ¡Si es Harry Potter! – exclamó el dueño, un hombre bastante entrado en años.

Malfoy y Parkinson los miraron de inmediato. Sus miradas eran una mezcla de burla y el más profundo resentimiento.

-Potter y Granger – susurró Malfoy con malicia. Pansy soltó una risita tonta –. Ah, y su retoño.

-¿Se conocen? – preguntó el dueño de la casa con ávido interés.

Harry iba a responder que no, cuando Malfoy se le adelantó.

-Por supuesto. Somos de la misma generación de Hogwarts, ¿no es así, Potter?

-No.

-¿No me digan que ustedes también vienen a ver la casa? – preguntó el hombre con emoción –. Mucho mejor, porque pronto iba a comenzar el recorrido con los señores Malfoy, así me evito realizarlo varias veces…

-¿Señores Malfoy? – preguntó Hermione.

-Si – ratificó Pansy con suficiencia, estirando la mano derecha en dirección a Hermione –. ¿Te gusta mi anillo?

Ella, que no iba a dejarse humillar por un reluciente anillo de diamante, abrazó a James con una mano y la otra la puso sobre su barriga.

-Me gustan más los hijos de Harry – contestó con sencillez.

-Sangre mestiza, ¿verdad? – preguntó Malfoy en tono mordaz.

-Si, gracias – contestó inocentemente James.

-Bueno, me imagino que querrán conocer la casa, ¿verdad? – interrumpió el mago –. Siendo así… Este es el comedor, y como ven cuenta con una chimenea. La casa es muy antigua, por eso ese detalle, las de hoy no las fabrican iguales…

Luego les mostró la enorme cocina, como para preparar la cena de un batallón. Estaba un tanto abandonada y se cocinaba con lo que parecía ser un horno de carbón. De lado a una de las paredes de la cocina había una escalera que conducía al segundo piso, la cual estaba en excelentes condiciones para tratarse de una casa vieja. Con el fin de evitarse problemas y causarle una buena impresión al dueño, Harry y Hermione permitieron que Malfoy y su esposa subieran primero.

Otro vestíbulo los recibió en el segundo piso, era mucho más pequeño que el del primero, pero al igual que éste contaba con una magnífica iluminación, gracias a los tragaluces del techo.

-El segundo piso cuenta con cinco habitaciones, muy amplias, por cierto – les dijo el dueño –. La habitación principal cuenta con baño propio. Hay otro que sirve para las cuatro restantes y uno en el primer piso para las visitas sociales. La chimenea de este vestíbulo tiene la misma conexión que la del comedor. Todas las habitaciones tienen chimenea, pero más pequeña, ya que anteriormente no existía lo que los muggles inventaron, esos aparatos de calefacción.

Mostró cada habitación del segundo piso. Como había dicho todas tenían chimeneas pequeñas, y no sólo eso, también enormes huecos en la pared para incrustar un closet o un armario. La última en mostrar fue la principal, que resultó ser el doble de grande de las anteriores. En la chimenea también se notaba la diferencia, no era tan pequeña.

-¡Ay, Draco! ¡Me encanta! ¡Me encanta! – dijo Pansy caminando por toda la habitación –. Pondremos todas nuestras cosas aquí. La habitación del bebé puede ser la del frente, así nuestro elfo lo atenderá más rápido y no te molestará…

-Señor Jargen – le dijo Hermione en voz baja, conteniendo la ira – ¿La casa es segura en los alrededores como para que los niños jueguen?

-Por supuesto. Pocos muggles vienen por aquí.

-¿Qué tal son los terrenos para un invernadero? – quiso saber Hermione

-Tierra de la mejor calidad. Es ideal para el cultivo de mandrágoras.

-¿Hay habitaciones adicionales en el primer piso? – preguntó Harry.

-Si, la de la sala y continua a ésta el estudio – contestó el hombre.

Hermione agarró con fuerza la mano de Harry, impactada por la información.

-¿Podemos verla?

-Claro. Síganme.

Conocieron lo que era el salón social o sala, iluminada por grandes ventanas, también con una chimenea. De lado una puerta en madera; ese debía de ser el estudio.

-Puede utilizarse para otra cosa, ¿verdad? – insinuó Pansy.

-Si.

El hombre, inexplicablemente, asomó la cabeza por la puerta, como si pretendiera pillar a alguien en esa habitación in-fraganti. Luego los dejó pasar. Era la habitación más pequeña del lugar, pero allí perfectamente se podrían acomodar muchos libros.

Entonces, desde el techo, apareció un fantasma. De aspecto bonachón y con un finísimo bigote que constantemente enrollaba entre sus dedos, voló entre los visitantes con aspecto majestuoso. El dueño de la casa puso los ojos en blanco, su presencia lo exasperaba.

-¿Nuevos compradores? – preguntó el fantasma, como quien no quiere la cosa.

-Si, bisabuelo. Y no vallas a comenzar – le advirtió el mago.

-Yo no voy a comenzar nada – repuso el fantasma.

-El anuncio no informaba que la casa tuviera espíritus – replicó Draco.

-Yo no soy ningún espíritu – declaró el fantasma, indignadísimo –. Soy quien construyó esta morada, el alma de la casa. Frederic Jarden.

-Draco Malfoy – dijo éste, arrastrando las palabras.

-No me caes bien. No tendrás mi casa – aseguró Frederic con desprecio. Miró a James.

-James Potter – dijo el niño sin titubear, pese que era la primera vez que veía un fantasma.

-¿Eres mago? – le preguntó Frederic con interés y suspicacia.

-Sangre mestiza – le informó James.

-A tu edad me decían enano multiusos – le contó el fantasma.

-A mi edad me dicen héroe – le contó James a él –. Algunos en el colegio me dicen castor.

-Tú me caes bien. ¡Patrick! – llamó el fantasma a su bisnieto –. Dales mi casa a ellos.

-¡Un momento! – saltó Draco –. Nosotros llegamos primero.

-Lo sé, los vi – repuso el fantasma con indiferencia –. Pero Patrick y yo tenemos un acuerdo y los dueños de mi casa los escojo yo.

-Pero… - dijo Pansy.

-No voy a permitir que en mi casa se practiquen sus cochinas artes oscuras – la interrumpió el fantasma – ¡Fuera!

La humillación que sintió el matrimonio Malfoy en ese momento pudieron verla reflejada en sus rostros. Antes de marcharse con el rabo entre las patas lanzaron miradas de profundo desprecio.

-¿Cómo sabes que ellos quieren adquirirla? – inquirió Patrick, mirando al fantasma de su bisabuelo.

-Porque tengo buen olfato con las mujeres inteligentes, Patrick, y ella quiere la mejor casa para su familia.

-Les advierto que tendrán que vivir con él – les susurró el mago.

-No importa, a mi me cae bien – le dijo James.

-¿Y el precio? – preguntó Harry.

-Veinte mil galeones. ¡Es una ganga! Los conductos de agua están en excelentes condiciones para la edad de la casa.

No fue difícil decir que si. Aunque la casa no estaba muy barata, su precio no era tan excesivo para el tamaño que tenía. Al lunes siguiente firmaron los documentos de compra venta y, gracias al dinero que recibió Harry con el campeonato de la liga, decorarían gran parte de ella.

Durante casi un mes estuvieron reparando algunos daños estructurales que no revestían mayor problema. Con ayuda de Ron y Libby le dieron un retoque a la pintura de todo el lugar y Frederic resultó muy útil a la hora de esconderse de los muggles para que estos instalaran el sistema eléctrico. Literalmente, estaba que se moría de las ganas por saber como funcionaba esa caja de imágenes a la que llamaban televisión y de la que James le hablaba sin descanso.

Compraron la sala y el comedor en una venta de garaje. Los muebles estaban en excelentes condiciones y el tamaño de los mismos brindaba un aspecto sobrecogedor. Los electrodomésticos los adquirieron nuevos y las habitaciones siguieron siendo las mismas; James con sus cosas, Harry llevaría la cama de sus padres y del resto de los accesorios se encargaría Hermione. En cuento a la habitación de Harmony, ésta quedó prácticamente amoblada. Algunas cosas se repitieron, por lo cual Hermione las donó a la caridad mágica, como un moisés y un coche. Frederic tenía su lugar aparte, era el ático. Resultó ser un fantasma tan respetuoso que jamás aparecía sin anunciarse, a no ser que alguien lo llamara, en especial James.

Se instalaron definitivamente a finales de julio. Para los padres de Hermione fue doloroso dejarlos allí, después de todo los habían tenido varios meses en su casa. Libby se había marchado semanas antes para un pequeño departamento en Londres, era una mujer muy acostumbrada a las grandes metrópolis.

Crookshanks se acostumbró fácilmente a su nuevo hogar. Podía estirarse y escabullirse a sus anchas, y no tardó en encontrar un buen rinconcito donde tomar su siesta. Ahora que estaba más viejo era común verlo dormir con más frecuencia.

Harry decidió vender su antigua casa. Ron se encargaría de negociarla y se marcaría de allí en cuanto estuviera vendida, eso le daba tiempo para buscar un lugar donde ir. La única condición que puso Harry era que los compradores fueran muggles, de esta manera evitarían un exceso de fanatismo por parte de la comunidad mágica hacia el lugar donde Lord Voldemort fue derrotado.

La primera noche que Harry durmió en su nueva casa se sintió sumamente extraño. Por una parte feliz, aquella era una nueva etapa y la estaba viviendo con la mujer que amaba, con su familia; por otra parte tenía miedo a lo que llegaría, las nuevas responsabilidades de hombre de hogar.

Habían pasado dos minutos luego de la media noche cuando Hermione lo despertó, zarandeándolo suavemente. Harry se preguntó si en realidad no había quedado satisfecha.

-Feliz cumpleaños – le susurró con dulzura.

-Gracias – repuso Harry perezosamente, restregándose los ojos.

-Tengo un regalo para ti.

Encendió la luz de la lamparita y cubrió su desnudez con una levantadora de seda color azul cielo; fue hasta el baúl, al otro extremo de la habitación. Regresó al lado de Harry con una enorme bolsa entre sus brazos. Se sentó a su lado.

-Estos son los regalos que año tras año compré para tu cumpleaños – le contó –. Jamás olvidé la fecha.

-¿Por qué lo hiciste? – preguntó Harry, incorporándose.

-Porque algo me decía, no sé qué, que algún día nos volveríamos a encontrar. No quería que pensaras que pasé por alto algo tan importante.

-Hace un año te volví a ver, y lo vi por primera vez a él – recordó Harry.

-Fue un buen regalo de cumpleaños, ¿verdad?

-Digamos que si… - murmuró Harry, acordándose que fue demasiado lento a la hora de reaccionar aquel día.

Hermione lo besó largamente en los labios. Él puso una mano sobre su vientre, cubierto por la suave seda. Sintió como se movía Harmony, al parecer estiraba sus piernitas, y aunque no era la primera vez que lo hacía para Harry cada manifestación de vida de su hija era especial. Esa noche no abrió los regalos, esos no importaban. Tenía más símbolo, más significado el detalle de Hermione, que nunca hubiera olvidado aquella fecha.

Agosto inició bastante agitado. El tercer día del mes, mientras Hermione arreglaba el jardín antes de comenzar con su gran proyecto, la construcción del invernadero, llamó a Harry. Él estaba en el segundo piso, acondicionando una de las dos habitaciones que había sobrado con todo su equipo de quidditch; aquel sería el cuarto de juego.

-¿Qué ocurre? – le preguntó a Hermione, asomándose por la ventana.

-Rompí fuente – le dijo ella.

-No hay problema, compramos otra.

-¡Harry! – exclamó Hermione, indignada. Luego, se miró la barriga. Harry lo comprendió.

Se le dificultó un poco salir de la habitación ya que por el afán y el nerviosismo sus piernas se enredaban con las botas de quidditch esparcidas por el suelo, uno que otro balón de James, quizás alguna de sus túnicas de práctica. Afortunadamente Hermione se había preparado para el parto, fue hasta su habitación y tomó una pequeña maleta donde estaba guardado lo esencial. Bajó a toda prisa por las escaleras, tanto que las saltaba de dos en dos, y antes de finalizarla Frederic se interpuso en su camino.

-¿Qué ocurre? – le preguntó éste.

-Es Hermione – contestó Harry pasando a través del fantasma, sintiendo un frío tremendo –. Harmony está por nacer.

-En mis tiempos no dejábamos que gritaran y la partera les ponía un trapo en la boca – le contó el fantasma, acompañándolo hasta la puerta –. Pero ahora las dejan gritar como locas… Si eso sirve de algo… Mucha suerte.

Al salir de la casa Hermione lo esperaba en el auto. Lucía bastante serena. Cuando Harry lo abordó lanzó la maleta al asiento trasero.

-Tranquilízate – le dijo Hermione –. Todavía falta para las contracciones.

-No. Por el contrario, Hermione, hay que darnos prisa – repuso Harry con terquedad, poniendo en marcha el auto.

-Mira, vas a conducir normalmente. Mientras, llamaré a mis padres para informarles. A libby también, para que cuide bien de James.

Camino a Londres Hermione le exigió a Harry prudencia en su manera de conducir, de otra manera adelantaría el trabajo de parto y la niña nacería en medio de una concurrida autopista.

Harry la llevó hasta el hospital St. Andrews, el mismo en el cual el doctor Morgan le operó el codo derecho. Pese a la urgencia del caso a Hermione no la internaron en la sala de emergencia, sino que le asignaron una habitación del segundo piso, exclusivo como sala de maternidad. La habitación era del mismo tamaño en la que harry estuvo luego de su cirugía, la gran diferencia radicaba en que estaba decorada con cenefas de dibujitos y tenía muchos aparatos eléctricos que fueron conectador al pecho y al abdomen de Hermione.

-¿Qué tal van esas contracciones? – quiso saber el ginecólogo del hospital, revisando una larga hoja con rayitas de colores que salía de una de las máquinas.

-Leves – contestó Hermione.

-Apenas está comenzando el trabajo de parto, pero va muy bien, los latidos del corazón de su bebé son estables. Ahora, abra las piernas que le voy a medir la dilatación.

Harry abrió los ojos como platos, impactado ante aquel cometario. La única persona que ha explorado esa área es él.

-Harry, quiero escuchar música – le dijo Hermione.

Buscó en la maleta el discman que previamente habían empacado. Cuando se volvió hacia Hermione el doctor sacaba la mano de su entrepierna.

-Tiene dos centímetros – les informó, quitándose los guantes –. Esperemos que cada hora siga dilatando por lo menos un centímetro.

-¿Cuánto cree que se demore hasta el momento del parto? – le preguntó Harry.

-Si todo sale bien, al anochecer. Pero si antes de las seis de la tarde no ha dilatado lo suficiente la inyectaremos. Por ahora el suero será suficiente para hidratar al bebé mientras nazca.

-¿Cuánto tienes que dilatar? – le preguntó Harry a Hermione en cuanto estuvieron solos.

-Diez centímetros.

-Entonces, faltan ocho horas para que nazca… Eso es mucho, Hermione.

-Con James fue muy rápido – le contó ella –. Tal vez con Harmony sea igual…

Pasada la hora del almuerzo la habitación estaba llena de gente. Primero llegaron los padres de Hermione, quienes cancelaron todas las consultas que tenían esa tarde para acompañar a su hija. Libby y James llegaron a los pocos minutos. El niño estaba muy entusiasmado con la idea de usar esas batas verdes que utilizan los doctores durante una cirugía. El último en llegar fue Ron, que traía bajo el brazo un par de almohadas.

-¿Dónde las conseguiste? – le preguntó Libby cuando las recibía.

-Las robé del cuarto piso.

-¡Ron! – exclamó Hermione, escandalizada.

-Según creo debes estar cómoda – repuso él tranquilamente, sentándose en el sofá –. Que desagradecida.

Hermione realizó una mueca de dolor y se acomodó mejor en la cama.

-¿Cada cuanto tienes contracciones? – le preguntó su madre.

-Cada veinte minutos – contestó Harry por ella. Era quien llevaba el tiempo entre mueca y mueca.

-Ah, eso es muy bueno – comentó la señora Granger –. Entre más rápido se presenten más pronto nacerá. Una labor de parto larga agota a la madre. ¿Te has relajado con lo que te indiqué, música de la nueva era?

-Si, mamá, desde que llegamos.

La tarde fue lenta, aburrida y tormentosa. Hermione durmió por varias horas, escuchando con los audífonos la música que le recomendó su madre. Con más frecuencia, entre sueños, hacía una pequeña mueca de dolor; pese a eso seguía con los ojos cerrados, respirando profundo y con tranquilidad. Sus padres entraban y salían con mucha frecuencia, principalmente para contestar las llamadas de su móvil, el resto del tiempo se sentaban a leer una revista o un periódico, siempre tratando de realizar el menor ruido posible con sus comentarios. Ron, ante la falta de acción, se echó un sueñecito sentado en el sofá. Harry se turnaba con Libby para dar un paseo con James por el hospital, por lo menos así no se aburriría tanto.

La última vez que el ginecólogo chequeó a Hermione eran más de las seis de la tarde. Estaba bastante satisfecho, ya que con nueve centímetros de dilatación estaba pronta a iniciar con el parto. En esos momentos sólo la acompañaban Harry y la señora Granger, los demás habían ido a la cafetería a tomar una merienda.

-El ginecólogo del pueblo nos indicó que el bebé nacería para el veinte de agosto – le contó Harry al doctor – ¿Por qué se adelantó tres semanas?

-Eso depende de los cuidados que se tuvieron durante el embarazo – contestó el doctor, analizando la larga hoja con rayitas de colores que indicaban los latidos del corazón del bebé –. En otras ocasiones es por cuestiones hereditarias; como también porque el bebé ha cumplido su desarrollo dentro del útero y ya está listo para salir al mundo exterior, como en el caso de su bebé… Aproximadamente en media hora estará con nosotros.

La señora Granger dio un respigo de alegría y salió como un vendaval, seguramente en dirección a la cafetería.

-¿Podría conseguirme una de esas batas verdes que ustedes usan? – le pidió Harry al doctor –. Es para mi hijo.

-Si, claro, en cuanto regrese con mis asistentes le traeremos una – repuso el doctor, luego se volvió a Hermione –. Vaya preparándose, pronto estará lista para pujar.

Fue cuestión de minutos para que la habitación estuviera nuevamente llena de gente. Además de los que acompañaban a Hermione, también estaban el doctor y dos asistentes más y, tal cual lo prometió, llevó una bata verde adicional para James. Claro está que a la hora de ponérsela le quedó excesivamente grande, pero eso no fue impedimento para que disfrutara de su nueva vestimenta. Iba de un lado para el otro de la habitación, con el carácter de creerse todo un fantasma. Entonces, Hermione gimió de dolor, esa era la señal para el ginecólogo de que el momento había llegado.

-Yvonne, mis guantes, por favor – le dijo el doctor a la auxiliar más joven.

La chica sacó de una caja un par de guantes plásticos mientras Ron salía despavorido de la habitación.

-¡Ron! – exclamó Libby con enfado.

-Es que me da asco – se defendió el pelirrojo desde el pasillo.

El doctor se sentó frente a Hermione, en medio de sus piernas. La otra auxiliar se mantuvo de pie tras él.

Harry se ubicó a la izquierda de Hermione y la madre de ésta a la derecha.

-¿Lista? – le preguntó el doctor.

Hermione asintió con pesadez en la cabeza, respirando profundo. Harry le tomó la mano izquierda.

-¡Puje! – le ordenó el doctor.

Apretó los dientes y pujó con todas sus fuerzas. Fue tanto el esfuerzo que realizó que al final quedó prácticamente sentada. Harry colocó su brazo derecho tras ella para que en el siguiente esfuerzo apoyara su espalda.

-Una vez más – le indicó el doctor.

Ahora Hermione no solo apretaba lo dientes, también trituraba la mano de Harry. Lo único bueno de todo eso era que su mano derecha (con la que atrapaba la snitch) no corría peligro, pero sí estaba seguro que en cuanto naciera Harmony iría a la sala de emergencia y después pasaría al quirófano para que reconstruyeran su extremidad.

-Vamos muy bien, Hermione – le dijo el doctor con optimismo –. Ya puedo verle la cabecita.

Hermione trató de reprimir un sollozo. Sus lágrimas se confundían con las gotas de sudor.

Pujó por última vez; un gruñido de escapó entre los dientes apretados. De pronto, se dejó caer sobre el brazo de Harry completamente agotada.

-¡Iu! –exclamó James con asco y sorpresa. Lo había visto todo.

Harry estiró un poco el cuello para ver a su hija recién nacida, pero le fue imposible, hasta que el doctor la puso sobre el pecho de Hermione, chillando a todo pulmón.

-Felicitaciones – dijo el doctor con alegría –. Son padres de una hermosa niña.

Lo que Harry vio fue lo más hermoso del mundo. Sobre el pecho de Hermione había una pequeña criatura de mucho cabello negro, con la piel tan roja como el cabello de Ron a causa del llanto, que abría y cerraba sus diminutas manos en busca de calor. Estaba mojada y con uno que otro rastro de sangre; además, en algunas zonas de su pequeño cuerpo parecía que le hubieran aplicado talco. Hermione la acogió con su mano derecha; Harry fue incapaz de moverse.

-¡La foto! ¡La foto! – dijo Libby muy excitada, con cámara en mano.

El señor Granger se paró al lado de su esposa y cargó a James. Libby tomó la fotografía.

-Yvonne, me harías el favor… - le insinuó Libby, entregándole la cámara.

La chica la tomó sin problemas. Libby se ubicó al lado de Harry.

-Muévete – le dijo.

-No puedo – replicó él.

-¿Por qué?

Harry no contestó. Era evidente que no podía moverse; Hermione todavía le tenía apretada la mano izquierda y descansaba la espalda sobre su brazo derecho.

-Eres bastante lento – opinó Libby con vehemencia, tomando los hombros de Hermione para levantarla un poco.

-¿Quiere…? – preguntó el doctor instantes después, mostrándole unas tijeras a Harry – . Es para que corte el cordón.

Con la mano temblando, más por la impresión que por haber sido anteriormente apachurrada por el cuerpo de Hermione, Harry aceptó. Puso el filo de la tijera donde el doctor le dijo y con un poco de fuerza la cerró. Sintió aquel cordón como algo esponjoso y acuoso.

-Bien, vamos a limpiarla un poco para que puedan besarla sin problemas – dijo la otra auxiliar del doctor, cargando a la diminuta Harmony.

-Lo hiciste muy bien, Hermione – susurró la señora Granger, besando su frente –. Es una niña preciosa.

-Está bien, mamá, ¿verdad? – preguntó Hermione con preocupación. Yvonne la organizaba en la cama.

La señora Granger miró a su marido, quien estaba junto a la otra auxiliar viendo como limpiaban y vestían a Harmony mientras el doctor la examinaba. El señor Granger le devolvió la mirada y levantó los pulgares.

-Si, está en perfectas condiciones – confirmó la señora Granger con cariño –. Voy a verla.

-Harry, ¿dónde está James? – le preguntó Hermione.

-Está con tus padres. Quiere saberlo todo – contestó él con una sonrisa. Luego, le dio un corto beso en los labios –. Gracias.

-¿Por qué?

-Por haberme dado estos hijos tan maravillosos.

Hermione se sonrojó aún más después del gran esfuerzo que había realizado. El llanto de Harmony se fue silenciando; sin duda alguna la ropita que le ponían le estaba dando calor.

-Son tan tuyos como míos, Harry – aseguró Hermione.

Harry sonrió, orgulloso. En ese momento la otra asistente regresó con Harmony en brazos; le habían puesto un gorro rosa y estaba apretadamente envuelta en una manta blanca con rayitas de colores. Se la entregó a Hermione y ella la acostó sobre su pecho. El corazón de Harry se paralizó.

-Harry, cárgala – le dijo Hermione.

Entonces, los latidos del corazón regresaron con una velocidad sorprendente. Abrió los ojos como platos, no se sentía capaz.

-Vamos – lo animó Hermione.

Lentamente tomó la pequeña criatura entre sus manos y la levantó hasta que quedaron cara a cara. Harry dejó de respirar; Harmony respiraba con lentitud, como si tuviera mucho sueño. Sus ojos eran tan verdes como los de Harry y el tono de piel muy parecido al de Hermione, no era tan blanca como él. Apenas si se le distinguían las cejas, eran unas finas líneas, delgadas y negras. La nariz apenas sobresalía de su rostro.

Harmony bostezó descomunalmente y cerró los ojos. Harry le besó la frente embargado de emoción. En la mente aparecieron imágenes de sus padres.

-¿Cuál será el nombre de la niña? – preguntó Yvonne con planilla en mano.

-Harmony – contestó Hermione. James se había acostado a su lado y se abrazaban.

-Y Victoria – continuó el niño.

-¿Victoria? – repitió el señor Granger, extrañado.

-Si, es bonito, y sale – argumentó James.

Yvonne no se decidía a anotar el segundo nombre, pero, con una afirmación de Hermione lo consiguió. La señora Granger sentó a James en la cama y le entregó un regalo.

-¿Y esto? – le preguntó James, asombradísimo.

-Lo trajo tu hermanita para ti – contestó su abuela.

-Yo no lo vi – aseguró James con vehemencia.

-Fue por arte de magia… ¿no crees en ella?

-¡Claro! – exclamó el niño, matado de la dicha.

-Te dije que ya podías pasar – dijo Libby, tirando de Ron hasta hacerlo ingresar en la habitación –. Lo asqueroso ya pasó.

Hermione estuvo ingresada por dos días más. En cuanto le dieron de alta la señora Granger la acompañó hasta su casa y se quedó con ella por cinco semanas, cuidándola en su recuperación. Los Chudley Cannons iniciaron entrenamientos una semana después del nacimiento de Harmony, ya que Ralph había salido de gira con todo el equipo suplente; así que para Harry fue bastante alentador saber que la señora Granger estaba en casa cuidando de Hermione y sus hijos. El fantasma Frederic también fue un gran aporte para la causa, realizaba rondas por la habitación de Harry para informar si la bebé estaba dormida o no, en otras ocasiones les relataba a ella y a James historias realmente descabelladas de sus aventuras con los muggles en la guerra civil, cuando no, en la revolución industrial (aunque a decir verdad entre una y otra habían más de doscientos años de diferencia). Para la señora Granger fue bastante perturbador tener que convivir con un fantasma, pese a eso, tanto Frederic como ella se trataban con mucho respeto. Durante aquellas semanas recibieron visitas con bastante frecuencia, desde los compañeros de equipo de Harry, pasando por algunos profesores de Hogwarts, hasta la familia Weasley en pleno.

Las noches no fueron tan tranquilas como los días. Generalmente Harmony lloraba dos o tres veces en la madrugada, la razón, completamente desconocida. Resultaba tormentoso para Harry tener que levantarse y realizar mil y una monerías para que la niña se calmara. Cuando por fin lograba quedarse tranquila, al momento de acostarla en la cuna comenzaba de nuevo con la lloradera. Fue Hermione, quien con infinita paciencia, le explicó cómo debía cargarla, arrullarla y acostarla para que no se despertara. Harry se sintió sumamente impotente al principio, James había aprendido más rápido que él. Pero, pese a aquellos inconvenientes, estaba disfrutando más que nunca su rol de padre. Después de los entrenamientos solía jugar con James, ya fuera dentro o en los jardines de la casa; con frecuencia Ron lo acompañaba para no sentirse tan solo ahora que habían vendido la antigua casa de Harry, estaba viviendo en un condominio a las afueras de Londres y Libby tenía planeado irse a vivir con él. Aprendió a cambiar pañales con y sin magia y era quien le sacaba los gases a Harmony luego de que Hermione la hubiera alimentado.

El último domingo de las vacaciones de James fue el bautizo de Harmony. Sólo las personas más allegadas a Harry y a Hermione asistieron, convirtiendo la ceremonia en algo muy privado. Además de la asistencia de la familia Granger y la familia Weasley, Harry tuvo la oportunidad de conocer a los padres de Libby. Se llamaban Diadora y William y eran tan joviales como su hija. Eprham también asistió y con gran orgullo les informó a todos que se especializaría en diplomacia mágica, gracias a las buenas notas que obtuvo previo a los EXTASIS que presentaría en el siguiente curso escolar. Libby reía socarronamente ante la idea de que su hermano pudiera gestionar civilizadamente con alguien. Ron ese día estaba más feliz que nunca, sus amigos lo eligieron como padrino.

Como era costumbre, Harmony se despertó a la madrugada con un chillido. Harry fue quien se levantó y la cargó para calmarla, en menos de dos minutos la niña dormía. Era la primera vez que lo hacía bien.

-¡Por fin, Dios mío! – susurró Harry en medio de un suspiro, arrullando a su hija –. Lo hice bien, lo hice bien.

Las manos de Hermione rodearon su estómago. Apoyó la cabeza en su espalda.

-Está todo bien – le dijo Harry –. Ya se durmió.

-Perdóname – susurró Hermione.

Harry frunció el entrecejo, ¿a qué se refería?

-¿Cómo?

-Perdóname, Harry – repitió ella, con la voz ahogada.

Harry dejó a Harmony sobre la cuna y se volvió hacia Hermione.

-¿De qué hablas? – le preguntó.

-Perdóname por haberte privado de vivir esto con James.

Harry sintió cómo su corazón daba un vuelco.

-Perdóname tú a mí por haberte asustado – le dijo al oído, abrazándola –. Fui insensato e impulsivo.

-Pero me mantuve oculta por muchos años – replicó Hermione –. No tenía la intención de regresar.

-Pero lo hiciste – observó Harry –. Y no solo eso, también me abriste las puertas de tu casa y de tu corazón. Y no impediste que me relacionara con James…

Hermione sollozó en silencio, abrazándose fuertemente a Harry.

-Ya nos hemos perdonado, Hermione – aseguró Harry, cargándola en brazos –. Ahora no quiero que llores, quiero que disfrutes de todo lo que te voy a brindar.